sábado, 18 de junio de 2011

La montaña


     A veces, cuando miraba a la montaña, solía pensar que detrás de ella se encontraba el mar. Con el tiempo, alguien me dijo que detrás de la montaña sólo habían más montañas.

     -¿Y algún día podrás llegar al mar? -solía preguntar a quien me lo decía.

     Nunca nadie se aventuró a decirme la respuesta. Era obvio; ninguno de ellos había subido nunca a la montaña. Un día, decidí experimentar.

     No hay nada como mirar la ciudad hacerse más y más pequeña. Es como si se convirtiera en un hormiguero: es como si los pájaros se convirtieran en enormes dinosaurios, capaces de tragársela entera. Es como si el cielo aguardara con un viento suave y dulce, que se traduce en silencio. A veces el silencio es necesario para volver a entender el ruido.

     Por más que sigas, la cima aguarda. Se ve tan chica, pero es tan grande en realidad.
-Corre -dice una voz lejana-, corre, no importa, es mentira que el oxígeno se agotará, no hay nadie persiguiendote, corre.

     Los pajonales y la arena son los únicos testigos de esta gesta heroica; no hay aplausos ni hurras, solo el suave sonido del viento y la neblina que empieza a descender. De pronto, en medio de la oscuridad tropiezas y empiezas a resbalar. No has perdido el equilibrio, ni estás alucinando por la soledad. No es nieve tampoco; es por fin el mar.

viernes, 3 de junio de 2011

Nunca dices adiós


Te vas,
como la lluvia cuando termina,
te vas,
dejando un espejo donde se reflejan
los fantasmas.
Te vas,
como el tenue granizo de un instante,
llevandote la ilusión de jugar con nieve.
Te vas sin decir adiós,
nunca dices adiós,
como el arcoiris que no puedes
mirar desvanecerse,
decir adiós,
para qué,
las palabra para qué.
La vida se desvanece en un instante.
El viento no tiene palabras.
Nunca dices adiós,
la noche no llega gritándote un hola,
sólo te regala la luna para quitartela
una y otra vez.
Nunca digas adiós,
nunca te despidas.
Que el viento no tiene voz,
ni el mar dice hasta pronto.

domingo, 8 de mayo de 2011

Noizbait


Alguna vez, cuando este cuerpo haya envejecido y todavía no tenga certeza de lo que deseo de este mundo, como sucedía hace diez años, cuando tenía la certeza de que envejecería un poco y desconocía sobre que quería hacer con mi vida, espero encontrarte ahí, de vez en cuando, a veces, como aquella vez cuando tus ojos no eran luminosos pixeles y podía mirar al sol reflejarse en ellos.

    Espero volver hacia aquel árbol aunque sea para embriagarme de nostalgia y alucinar con tu cuerpo, enfadarme con nuestros malos recuerdos, desear matarte y desear matarme en ese preciso momento, cuando sienta tu corazón latir debajo de aquel corazón tallado en ese árbol que ojalá no se le ocurra a alguien alguna vez talar, pero que espero borre los mensajes ajenos de otros seres idiotizados por aquello que llamaban amor, que quizás llegaron antes o después. Espero que alguna vez el musgo los borre, pero deje intacto nuestro corazón tallado con una llave...

    Quizás algún día, cuando ese momento llegue, y me encuentre a solas frente al árbol y al recuerdo de un momento, que quizás no sea nada, que quizás solo haya sido una ficción. Espero alguna vez volver. Desafío...

domingo, 3 de abril de 2011

Aeropuerto


Te fuiste un día,
como se van las horas,
como se escapa el viento.
Era una noche entre tantas,
la más adecuada para coincidir.
Te fuiste una vez,
te fuiste mil veces.
Deseé estar lejos alguna vez.
Las luces de neón estaban encendidas,
algunas luces de neón se pueden mirar
aún desde miles de pies de altura.
Te fuiste,
como los sueños que te empeñas en recordar
pero que de todos modos se te olvidan.
Te fuiste...
como nieve en el deshielo.
como ola de mar.
Volver es lo que quisiera,
como en una espiral dialéctica,
daría tantas cosas por volver al ojo
de aquel huracán.
Volver a esos ojos tuyos,
volver a ese silencio y ser nuestra voz.
La lluvia es tan fuerte que no me permite
escuchar tus latidos.
El vacío a veces es inevitable.
No siento nada hoy,
llegué a la conclusión de que todo es fugaz.
Si tan solo pudiera volver.
A ese instante, al instante aquel.
volver a esos ojos tuyos,
como en una espiral dialéctica.
Irme contigo,
Irme una y mil veces.
Recordar el sueño aquel que una mañana olvidé.
Coincidir en una noche especial.
Abrazarte junto al viento.
Olvidar las horas.
Irnos un día.

martes, 1 de marzo de 2011

Sin asunto

Como aquello,
que me destroza,
como aquello en lo que no creo.
Como un instante,
como un susurro,
...como la noche,
como el miedo.
Y ya no siento,
me desespero,
no sé si encuentro,
una razón,
para ocultarme,
una canción,
para escaparse....
Y no me importa
lo que piensa
el mundo entero,
toda la estupida verdad,
y donde estoy,
que importa ya,
no es nada más,
que un momento,
una razón,
una ansiedad,
toda la estúpida verdad....
como un instante,
como un susurro,
como la noche,
como el miedo,
y ya no siento,
me desespero,
no se si encuentro,
una razón,
para ocultarme,
una canción,
para escaparse....

domingo, 6 de febrero de 2011

Quito sin vos


Es una ciudad extraña
entre la nada.
Es solo un millón de
seres de hormigón.
Es un ruidoso pueblo fantasma,
un cementerio de hombres vivos.
Miro al cielo y siento
como te vuelves uno con la luna.
Las luces de colores
ya no me estremecen.
La Alameda es un mar muerto
perdido entre la cordillera.
La loza de La Basílica es un
gélido rompehuesos.
Los semáforos no son más que
pinceladas caprichosas.
El silencio es el aire
y el ruido de una sirena el latido.
Miro al cielo y siento,
como te vuelves uno con la lluvia.
Desde un campanario busco tus ojos
entre los tejados,
pero el smog irrita los míos.
En una canción creí escuchar
tu voz el otro día.
Las calles no son las mismas
sin tus pisadas.
Quizás el amor sea algo
que esté por encima de nosotros.
Miro al cielo y siento,
como te vuelves uno con las estrellas.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Koyagal


Nuestros ojos se encontraron

un día sin pensarlo.

El viento soplaba las espigas

a lo lejos.

Una inmensa nube gris nos miraba.

La lluvia dejó un rastro de lodo

donde hundímos nuestros pies.

Sus voces nos hablan pero

no nos importa.

Solo queremos escuchar

nuestro corazón.

La sangre nos reclama,

pero preferimos sentirla

hirviendo.

La cruz que plantaron en medio

de nosotros ya la

arrancamos.

Aunque partiste un día con los pájaros

siempre esperé tu rastro sobre el agua.

En alguna montaña intento reconocer

tu aliento y trasladarme lejos.

Ojalá fuésemos tan leves como

espigas de trigo.

Ojalá pudieramos abrazarnos

por el viento.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Rayo de sol


La mañana se va con sus pájaros,
por un pedazo de cielo mataría en este momento;
celeste horizonte que esconde detrás lo que
ya no podrán tocar nuestras manos.
Sobre un charco en el asfalto vi tu alma,
era un arco iris de colores imposibles de imprimir
en un papel.
Los recuerdos se desvanecieron como tinta en el agua,
bajo el hielo aguardan las palabras que siempre
esperaron ser pronunciadas.
No hay regreso.
La tarde nos envolvió disfrazada en calendarios,
pero muy dentro un rayo de sol derritió el hielo.
Las hojas seguirán cayendo,
pienso,
quizás un día para encontrarnos,
quizás un sueño para descansar
y entender que habrá detrás del velo.
Los libros aguardan mil historias perdidas
entre tú y yo.
Entre tú y yo nos separa
el cielo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

LSHV

Puedo contar,
los días que,
me quedarán,
un hálito de incertidumbre
intenso,
no sabe como devolverme
el aliento.
Y cada canción,
en mi memoria,
me lleva hacia el vacío.
Una espiga seca,
atravesó el camino,
y me juntó hacia
el destino.

Que nos quedará
sino un puñado de palabras
sin decir,
tantas páginas vacías,
tantas canciones sin oir.
Lentamente el mundo
y sus latidos me llevaron de aquí.
Y no sé,
si estaré de nuevo,
bajo la lluvia que imaginé
en el desierto.

Y una voz me dice
deja los recuerdos,
aplasta la nostalgia,
que nada era cierto,
ni siquiera soñar.

Pero hace tiempo que,
la brújula se averió,
Barcos de papel,
hundidos bajo el sol.
¿Cuántos naúfragos,
habrán dentro del mar?

Y me imagino que regreso
y no puedo callar.
A veces pretendo escalar
una montaña blanca.

Y una voz me dice
deja los recuerdos,
aplasta la nostalgia,
que nada era cierto,
ni siquiera soñar...

sábado, 16 de octubre de 2010

A un objeto perdido

Querido Zi:

Que te diré... casi siempre es más fácil imaginar que hacer realidad los deseos... aunque a veces los sueños parezcan reales, sabes que en el fondo de todo ese desmembramiento no está ocurriendo... y que ese beso tampoco existe. Cuando los objetos perdidos regresan a tus manos, tampoco son los mismos; algo en ellos ha cambiado para entonces. Tus ojos ya no miran del mismo modo, y el aire tampoco es el mismo, ni similar... con cada día el cuerpo parece menos ligero, la carrera más lenta y la respiración más difícil. Con cada día perdemos algo de nosotros, sin darnos cuenta.....

lunes, 4 de octubre de 2010

Apnea


Intento dormir,
pero por alguna razón no puedo dejar de mirar
al obscuro colibrí en mi ventana...

lunes, 20 de septiembre de 2010

Robot

Los días de mi vida habían sido grises y turbios hasta entonces; aquella mañana, en que al fin desperté, lo primero que escuché fue un pájaro que se coló por la ventana. Desde la cama podía ver cómo mis libros no habían cambiado de posición; aparentemente, a nadie le importó en lo más mínimo curiosearlos. Las películas, que estaban apiladas en el estante, simplemente ya no estaban. El viejo póster de Golumque vino con el periódico de hace varios años, cuando se estrenaba la última parte de El Señor de los Anillos, estaba casi roto.

     Cuando intenté levantarme, descubrí asustado que la enfermera no estaba. Me habían dicho, a través del enlace cibernético vía R.E.M. que al despertar, una asistente aguardaría por mí. Sin embargo, a esa hora nadie parecía estar despierto; era un jueves, y supuse que mis hermanos estarían rumbo al colegio, y qué mamá estaría en su trabajo.

     La situación no me habría molestado en absoluto, de no ser por un pequeño problema: sentía enormes deseos de masturbarme. Sé por mi padre que en el pasado esta práctica era mal vista, y sé por mi abuelo, que su abuelo, le contaba que le saldrían pelos en la mano, si no se quedaba tuerto o ciego primero; el caso es que, siempre me pareció una burrada. Mi profesor de planificación, un hombre que se parecía a Milhouse de Los Simpsons, en pleno siglo XXI solía insinuar que eso también era causa de la calvicie, y que al abstenerse había logrado no sólo mantener una frondosa cabellera, sino también una serenidad digna de los ascetas más fieles. Años más tarde supe por algunos amigos que el tipo murió por sobredosis de viagra.

     Como les decía, mis días hasta ese entonces habían sido grises: todo comenzó cuando una terrible infección urinaria sumada a una hemorragia producida por una herida de bala, me había hecho perder el pene. Sí. ¿Pensaban acaso que estaba inválido? No. Sin embargo, gracias a la tecnología y a un experimento de ingeniería biomédica al que accedí a cambio de una cuantiosa suma de dinero que hoy me permite vivir sin incomodidades, ahora tengo un miembro genital robótico, gris, de frío metal. Sin embargo, lo que la ciencia no ha logrado hasta ahora es devolverme el placer que sentía a solas, sin necesidad de conquistar el amor de una mujer, sin necesidad de acudir a un cabancho de mala muerte o de propagar hasta el infinito el rentable negocio de los proxenetas, verdaderos putos a los que la sociedad casi siempre ignoró en detrimento de las hermosas prostitutas que alguna vez, gracias a la generosidad de sus cuerpos, hicieran de hombres vírgenes y casi maricas, hombres machistas y prejuiciosos.

     Bueno. Al menos puedo caminar y aparentar una vida normal. Pudo ser peor. Afortunadamente la ciencia estuvo de mi lado. Benditos sean los ingenieros biomédicos. Benditos sean los androides. No sé por qué, pero por alguna razón siento que soy parte de la siguiente generación que dominará este mundo.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Calles de barrio


Solía esperar sentado, caminando, corriendo y divagando durante horas; a veces no me importaba si llovía o si una avalancha humana se lanzaba en estampida. Cerca del lugar, un elefante blanco aguardaba por abrir los ojos; no muy lejos, la niebla negra lo envolvía todo.
    Acostumbraba repetir un nombre ahora desconocido en silencio, en voz alta; no faltó nadie que me creyera loco. Lejos, una solitaria cancha aguardaba el grito infantil y extrañaba el furor de los ya envejecidos. Las viejas barandas del estadio se oxidaban al ritmo de las hojas al caer; era un pueblo fantasma.
    A veces, para ser el primero en llegar, tomaba un bus cuya terminal era una estación de acero, gris, opaca, como un gallinero de dimensiones espeluznantes, y para partir, casi con el alba, abordaba otro colectivo de colores venidos a menos, de ventanas grasientas y de olores reprimidos. De vez en cuando el aroma de una empanada se colaba por alguna arista, entremezclándose con el anhídrido carbónico.
    Me pregunto que habrá sido de mí. Me pregunto qué habrá sido de esas calles de azul oscuro, tendiendo a negro. Me pregunto sí todavía suelen haber estampidas humanas capaces de la carnicería, la brutalidad y la sangre; me pregunto si habrán otros muertos en aquella estación gris.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Vórtice

«Despierta», me decía esa voz lejana.
    Tenía dificultad para recordar el día anterior; por más que lo intentaba solo habían pedazos y fragmentos de lugares, de cosas y de personas. Lo único que sentía con absoluta certeza era un malestar extendido por todo el cuerpo.
    Levantarme a caminar no fue sencillo. Todo estaba bien, me habría quedado a morir en ese lugar sin protestar, de no haber sido por el terrible sol cuyo rayos me abducían como tentáculos de pulpo gigante. Ya no podía dormir; sentía un fuerte dolor de cabeza. Sin embargo tenía que continuar.
    Hacía mucho que no escuchaba música en ese sitio, y cada vez que una leve tonada llegaba hasta mis oídos, la jaqueca la distorsionaba hasta el horror. Habían pasado las horas y tenía sed: mi boca, garganta y lengua estaban resecos. En ese no lugar, el agua parecía parte de otro sueño.
    Mi cabeza estaba por estallar. Deseaba echarme y rodar, pero el asfalto hervía. Unas luces anaranjadas que parecían arañas luminosas se veían desde lejos, mientras unos perros rabiosos desahogaban sus ansias de violencia.
 —Mierda, ¡no quiero morir así! susurré. Hacía tiempo que los perros eran los vigilantes de mis pesadillas. Ojalá me trague la obscuridad; no quiero morir entre sus fauces.
    Decidí correr, hasta que la última araña de luz anaranjada desapareciera de mi vista. El dolor continuaba, y deseaba echarme a rodar, pero el asfalto hervía. De repente, una alfombra de arena se volvió el lecho más confortante. Mi boca, garganta y lengua seguían resecos. No había nada; no había nadie.
—Despierta —volvió a repetir la voz.
—¿Quién eres? —grité. Fue inútil.
    Sigo con sed. Sigo con la angustia de que los perros me encuentren. El asfalto sigue hirviendo. Soy fugitivo. Sigo sin encontrar el camino a casa.

jueves, 26 de agosto de 2010

Flores de plástico


Aquella mañana había olvidado el dinero del pasaje, no sé si por pura casualidad o por el designio de alguna mente macabra. El caso es que tuve que bajarme del bus muchas cuadras antes del cementerio, en donde era prohibido llevar plantas, por lo que, previamente, había conseguido unas flores de plástico en un centro comercial del ahorro. No sé si recordar valga la pena (fue lo que pensé luego de comparar el precio de los falsos crespones con los que había comprado). No sé si exista la telekinesis, el cielo o el infierno. La abuela decía que si visitabas un cementerio luego de cierta hora, era muy posible contraer mal aire, enfermedad tradicional que solía curar al soplar un cigarrillo, cuyo humo impregnaba un ramo de chilca que frotaba sobre nosotros. Hoy en día pienso, tal vez de modo ingenuo, que el cigarrillo es un aliciente para la moderna enfermedad del estrés. Mientras recuerdo a la abuela y sus cigarrillos, estoy fumando uno a la entrada del cementerio.

Una vez adentro, recuerdo canciones como aquella de Mecano, que dice que "los muertos se la pasan bien entre flores de colores". Quizás sea cierto. Quizás el problema allí seamos nosotros, nosotros y nuestras flores de plástico, nuestras lágrimas de cocodrilo, nuestros cuentos que probablemente allí no tengan ninguna importancia y nuestras promesas que parecen líneas mal escritas de alguna telenovela. A veces suponemos cosas, como por ejemplo, que al invocarlos ellos vivirán por un momento, que serán felices mientras los recordemos. A lo mejor no es así. . Quizás cada vez que vamos sólo los disgustamos otro poco. Quizás ellos en realidad sean felices sin nosotros. Quizás lo que en realidad los hace felices, es que ya no los molestemos.

sábado, 21 de agosto de 2010

El churo


Esa tarde ella salió por un momento de su cuarto, sin imaginarse que me encontraría de regreso del bosque. Coincidimos en una celda inerte, llena de luces y colores, mismos que luego noté reflejados en sus anteojos.

—Ten, gracias por tu libro —le dije. —Pero he olvidado traerte la peli que te prometí.
—No hay problema —respondió. —Y casi al instante, me regaló unas galletas con chispas de chocolate, golosina que sin darme cuenta, me ha provocado adicción.

—Es curioso que nunca te haya visto —proseguí, mientras ella señalaba con su brazo el colegio donde divagó por seis años, haciendo cuentas e imaginando cuentos.

—¿Vives cerca? —volvió a preguntar.
—Sabes que sí.
—¿Te has subido al Churo alguna vez? —le sugerí, con la esperanza de que me acompañe hasta la cima del mundo, en aquella colina artificial del parque de La Alameda.

—No hace falta  —respondió. «Ya estamos en uno».


jueves, 29 de julio de 2010

A veces

A veces me pregunto
si el sol es el mismo en realidad,
en cualquier lugar del mundo;
si la noche nos cobija a todos por
igual,
si las constelaciones sólo difieren
en el norte o en el sur.

A veces desearía sentir al silencio
pero el ruido es más profundo;
desearía escuchar al mar desde
la cordillera,
pero los gritos no me permiten
concentrarme.

Me pregunto si alguien es capaz
de leer todos los libros del mundo,
y me pregunto también si alguien
pudo estar en todas partes;

a veces me pregunto si el sol en
realidad es el mismo para todos.

jueves, 8 de julio de 2010

Suele suceder


Esa
tarde habían más luces que de costumbre; el aroma de las flores era tan intenso que provocaba nauseas. Pese a que no existía el invierno en ese lugar del mundo, las personas llevaban prendas obscuras, que seguramente provocaban asfixia. Varias mujeres llevaban la cabeza cubierta con velos, a la manera musulmana; pese a estar tristes, todos se abrazaban y repetían "no somos nada".

        No entendía aquella situación. Intentaba hacer preguntas, pero a nadie parecía importarle. De pronto, alguien me hizo caso. ¿Por qué todo esto? le interrogué.

     No sé. Pero suele suceder.

martes, 22 de junio de 2010

Vueltas


Esa ordinario día no pensó en nada: simplemente tomó la bicicleta con la esperanza de andar hasta donde más pudiera; no buscaba escapar, ni una aventura, ni ganar un torneo, ni siquiera le interesaba el medio ambiente; simplemente le dio por agarrar los pedales. Sin embargo, la cercanía de la noche le hizo por un momento pisar la tierra, tener intenciones y alcanzar una paradójica meta: volver a casa.

El parque era más grande de lo que se había imaginado; no había gente, apenas se escuchaban unos pájaros y la neblina apareció silenciosa, sin ser invitada por nadie. Fue entonces cuando la vio, sentada, bajo un árbol, con otra bici.

-¿Tienes la hora? preguntó, con cierta timidez, pero también con un ágil quemimportismo.
-¿Acaso crees que el tiempo importa aquí? le respondió dulcemente la extraña.
-Qué raro... ¿porqué dices eso? prosiguió el terrible aprendiz de galán.
-Porque este momento, seguramente, no volverá a suceder- concluyó la chica bajo el árbol, que traía un piercing en el rostro.
Pensó de pronto que todo tenía sentido, que el destino le había conducido precisamente a ese mismo lugar, a ese pedazo de tierra, en donde un pedazo de cielo en forma de neblina se había colado como una sábana entre los árboles, como la metáfora de un sueño.

-¿Cómo te llamas?
-Llámame como tú quieras.



Nunca pude lograr que me dijera su nombre. Han pasado varios años desde entonces; me pregunto si aún suele dar paseos en bicicleta y detenerse a descansar bajo los árboles.

Un día regresé al bosque con la esperanza de encontrarla, pero sólo pude descubrir un rastro infinito de nombres escritos sobre los árboles. La chica del piercing tenía razón; ese día no volvería nunca más a repetirse.

jueves, 17 de junio de 2010

Héroe de nadie

La zancadilla me condujo
a un mundo de verdugos invisibles,
de fantasmas galopantes.
Urano y Neptuno eran dos lejanos
centinelas a quienes
miraba desde viejas páginas de libros.
El olor del café es un aliciente
entre la fetidez de lo doméstico;
los gritos de los detractores se propagaron
en lejanos ecos que acabaron de llegar
hace poco.
No hay tiempo ni regocijo,
sólo un puñado de sueños entretejidos
junto a las perspectivas difusas.
No hallaré otro barco pronto,
tendré que caminar junto a la playa
hasta llegar al otro lado.
No hallaré un globo,
tendré que improvisar un par
de alas para salir de este agujero.

martes, 8 de junio de 2010

Falaz

El sentir se convierte en vapor
en el horno de la pasión;
se esparce como lluvia ácida sobre
los árboles que nos cobijan
del sol,
ese inmenso sol que mientras
brilla para unos es oscuridad
para el reverso de la esfera.
Como arena entre los dedos el
sentir se difumina con el viento y
vuela lejos,
muy lejos,
tanto como la sensación
de la relatividad,
como las manecillas del reloj
desapareciendo.
Es una sensación fuerte pero
al final pasajera,
es quedarse habitando una
celda de cristal,
un transparente caramelo
agridulce,
una mirada nublada.
Es como un aliento vital
que a ratos se vuelve crucial,
pero que un día se vaciará`
por la tonelada de la cotidianidad.
Es un abismo donde todos
se pierden alguna vez,
y pocos salen en una pieza,
pero al final saldrán todos al fin,
unos a para seguir viajando y
otros para contar estrellas...

jueves, 27 de mayo de 2010

Matar, muerte, morir


El día en que asesiné al perro que devoró a Waldo, el pequeño pato que tenía en casa de mi abuelo, entendí definitivamente que no quería ser abogado. La decisión de condenar a muerte a otro ser vivo (un perro, supuestamente con mayor inteligencia y sensibilidad que otros animales), era algo que no me dejaba dormir. En la televisión son comunes las noticias sobre ajusticiamientos indígenas, donde los supuestos criminales son incinerados; la justicia es un elemento tan comercial que muchos no sólo descreen de ella, sino que la han reducido a una máxima vital: eliminar al mal de raíz, matar, sí, matar, como lo disponía la Ley del Talión, como lo dispuso Moises contra quienes trabajaban el sábado, como lo dispuso Hitler con los judíos, como lo dispusieron varios judíos contra varios palestinos. La sed de sangre, de vacío, de silencio, es una necesidad difícil de satisfacer, pero con una gran imposición moral que provoca remordimientos, entre ellos, el miedo a la muerte misma, a ser la víctima, la carne donde se depositará el cuchillo, el pulmón que será atravesado por la bala, la respiración que termina, el alimento de otro ser vivo.

lunes, 10 de mayo de 2010

Quo vadis

Querido Zi:

La angustia insiste en permanecer conmigo... no quiero seguir mintiéndome... siento que es hora de un giro trascendental... no sé qué hacer...

lunes, 3 de mayo de 2010

Mi cuaderno de borrador

Había escrito tantas, tantas, pero tantas veces su nombre en mi cuaderno, que un día de pronto las páginas se volvieron una gran mancha de tinta que transformaron mis apuntes de borrador en un gran agujero negro...

miércoles, 21 de abril de 2010

El hambre

No es sentir
inanición,
es rabia,
la jaqueca
no cesa,
la ira tampoco
se resiste.
No sólo el azúcar
y la sal,
no sólo hiel.
El sueño es un maná
invisible,
el sueño me conduce
a una atmósfera
de humo.

domingo, 18 de abril de 2010

Nube gris

¿Qué es lo que
nos hace dudar,
cuando el camino es sereno?

¿Qué te hace
pensar tanto,
cuál es la culpa
que te agobia?

lunes, 12 de abril de 2010

sábado, 10 de abril de 2010

Nada

Querido Zi:

Las cosas han vuelto a salirse de control... he discutido fuertemente con mi hermano esta mañana y he pronunciado frases hirientes. Mi hermano ha defendido de manera sensata sus argumentos, e incluso me hizo sentir culpable. Sin embargo, ¿Qué puedo hacer? de seguro algo motivó en mí esta actitud. Tampoco soy un idiota.

No sé si es envidia o impotencia; no sé si fue el silencio que quiso implosionar hasta convertirse en un grito interior. Las cosas no están bien; hoy más que nunca me he dado cuenta de que de todo lo que me rodea, la cama en donde duermo, el techo sobre mi cabeza, las puertas, cerraduras, ropas, calzados, cosas... nada es mío realmente; ni siquiera los recuerdos, ya que involucran personas de las que no tengo la certeza de saber si desean ser recordadas; nada es mío. El fisco, las empresas de servicios no se molestan en averiguar si algo te pertenece o no; sólo están para cobrarte impuestos y tasas, entonces las cosas te pertenecen, pero cuando necesitas un crédito nada es tuyo nuevamente. ¿Qué hay de la familia? ¿tus padres? ¿tus hermanos? ¿la persona que amas? nada tampoco. Nadie es de nadie. Todos somos o de Dios, o del dinero, o de la sociedad capitalista, o de la maquinaria estatal socialista, o de los vecinos que no tienen de quien reírse. Sólo las palabras... aunque a veces ni eso. Resulta que cuando dices algo, o crees haber escrito algo novedoso, alguien ya lo dijo primero. ¿El corazón? fácilmente podría dejar de pertenecerte si te inscribes en un programa de órganos. ¿El estómago? jajaja. Que la gastritis no lo devore antes.

¿Qué hacer? No hay nadie...

D

sábado, 3 de abril de 2010

Madrugada

Había pasado toda la noche sumergido en sus propios desvaríos; de repente, todas las personas que conoció aparecieron por un instante y desaparecieron en el siguiente. Una mosca que no podía colocar en mute con ningún control remoto se escabullía milagrosamente, a pesar de las palmadas que daba. La comezón era cada vez más insoportable.

La incomodidad llegó a un nivel tan elevado, que ya no pudo más. Hasta llegó a sentir que la tierra temblaba. Preso de una paranoia irreversible, salió del cuarto, se colocó las zapatillas y la bufando y salió para la calle. En ese instante no pudo sentir algo más refrescante que el aire de la noche; ni siquiera le importó que algún maleante estuviera a esas horas vigilando la zona. Una partida de niños minadores merodeaban por los basureros, que hasta entonces no habían sido retirados por el camión recolector, cuyo sonido abismal también le despertó en más de una ocasión. A lo lejos, un perro solitario se paseaba también.

Volvió a mirar por un segundo a todas las personas que protagonizaron sus desvaríos, y las vio desaparecer. Los niños minadores se esfumaron también. De pronto, el sonido de la mosca, del camión de la basura, el aullido del perro y la comezón volvieron todos al mismo tiempo. Ni siquiera la frescura de la noche pudo redimirle. Las horas transcurren y la noche parece prolongarse. La naúsea regresa y el cuerpo se siente ligero nuevamente. En un instante, parece posible escapar del cuerpo, que es como una prisión para el espíritu. Intenta escaparse, pero un invisible hilo umbilical le retiene a las entrañas. No es posible escapar. No se posible irse.

De pronto, el sonido del colibrí aparece de entre la nada como música llena de ternura y libertad. La comezón se vuelve menos frecuente y la mosca se ha ido a descansar. De nuevo, el espíritu y el cuerpo parecen volver a ser uno. El camión se ha ido ya, al igual que los niños. En el cielo un artista ha echado un brochazo celeste que empieza a difuminar la oscuridad.

jueves, 1 de abril de 2010

El malo de la película

"No he venido a sembrar de sal los campos"
Jorge Carrera Andrade


Olvidar,
que más da.
Qué importa sentir
algo si es la ausencia
lo único que está.
Durante la madrugada
recordé lo absurdo que se
vuelve el recuerdo y
su constante fricción.
Es como jugar a
soñar;
es como manipular
lo que estás soñando.
Que más da,
que importa si
el fin justifica los medios
si en el medio no hay nada.
La venganza será sal
y el perdón azúcar,
pero no hay un alimento
sobre la mesa.
Entre el smog,
el aliento
pierde su débil rastro y
el sudor se lleva un poco
más de juventud.
Puedes construir castillos
y derribar ciudades enteras.
Puedes aniquilar en ficción
a la humanidad.
Puedes escribir los más
inspiradores poemas.
Que más da.
Ni ayer ni hoy estás.

domingo, 21 de marzo de 2010

Eso que no puedo decirte

Duerme en silencio,
quizás la oscuridad esté hecha
de olvidos.
Duerme mientras el mundo
no deja de girar,
siente como el frío recorre
mis huesos.
La nostalgia se encerró en
una lejana estrella que no puedo
alcanzar,
y el amor es como nieve que
nunca llega.
Desde una montaña pretendo
mirarte sin que puedas mirarme
también,
para que la angustia no me
desborde.
El ruido de los autos no me
permite escucharte,
tampoco los pájaros
de madrugada.
Puede que la vida esté hecha
de olvidos;
no sé si estoy listo todavía.

viernes, 19 de marzo de 2010

Algunas despedidas

Esa tarde, en que llegué con una sonrisa, me había encontrado con otra: con la suya. Algo temeroso, decidí saludarla. Luego me acerqué; quizás no debí, pero algo por dentro me insitó a hacerlo. No me arrepiento. El mirar sus ojos, luego de la oscuridad imaginaria, fue algo nuevo, a pesar del pasado y de la tormenta que un día vi en ellos. Eran como una laguna plácida. Sentí tranquilidad. Los mejores momentos, a veces, son los que no se planean. Puede que ya no importe; siempre es bueno verla, aunque sea de vez en cuando. Tal vez no pueda crear cosas nuevas; pero quizás aún pueda sentirlas. Siempre es bueno reencontrarse con su sonrisa, aunque sea pura casualidad.


sábado, 13 de marzo de 2010

Una canción para escaparse

Dejando detrás el sol,
la razón se esfumó,
está bien, no hay por qué.
reaparecer.
Desde entonces sin saber,
donde ir y no volver,
y jugar a aparecer,
entre la nada.
Está bien,
no había lugar para
juntar el agua y el aceite,
que más da.
Sólo intento escribir,
sólo intento descubrir,
una canción,
para escaparme.
Que más da,
la soledad,
es un invento
para dar,
si pudieras dibujar,
tu sonrisa en el aire.
Sólo intenta escribir,
sólo intenta descubrir,
una canción,
para escaparte.
Era un tren,
al vacío.
Hoy saldré a caminar
por el aire.
Dejame,
dejame escaparme otra
vez,
dejame encontrar una
canción,
para escaparme.
El andar sobre el viento,
el sentir sólo el momento,
es como buscar una canción,
para escaparse.

sábado, 6 de marzo de 2010

Contusión


A veces cuando la noche se apodera de la ciudad, y en la tele no hay nada que mirar, y los libros esperan en silencio por una mano que despeje sus secretos, me parece estar despertando de una larga pesadilla llamada día. La inmensa pausa en donde tratas de crear algo para tí mismo se convierte en algo así como un refugio, en donde los recuerdos van y vienen, como círculos, en donde te das cuenta que a veces extrañas a las personas, y que las olvidas también, pero que a pesar de todo regresan una y otra vez para jugar contigo a los dados, al azar, a la casualidad, a la coincidencia, a buscar algo y perderse en todo lo demás.

    Como un moretón que evitas se extienda dentro de tí, matizado por palabras lejanas y ausentes, el dolor es como una inyección que acudió sin previo aviso, como mirar de pronto a un elefante en la esquina de tu casa, un buen día, sin ninguna explicación.

    Y ni las tibias compresas ni el analgésico más fuerte pueden a veces disiparlo…

jueves, 4 de marzo de 2010

Pausa cero

A veces siento como el vacío se apodera de cada instante mientras en el televisor pasan un video clip de tecno chicha sin otro fundamento que sustituír un vacío de conocimientos imposibles de llenar casi como un pozo de agua en Atacama o en el Sahara mientras el sol que todo lo devora y convierte en polvo en algún otro remoto lugar se refleja sobre un torrentoso río capaz de ahogar hasta el último suspiro de un pájaro que vuela de un lugar a otro desde su arribo al nido hasta su ocaso en el fondo de alguna montaña que suele mirarnos silenciosa de vez en cuando y que nos recuerda cuan grande es el mundo y cuán mundano es el riesgo del sólo hecho de atravesar una calle a la víspera del atardecer cuando las luces de los horribles edificios del centro norte de la ciudad se encienden sin frecuencia alguna porque para entonces los inquilinos y demás ocupantes de esas oficinas están embriagándose en algún cercano bar con algún trago barato mientras emprenden otra aburrida conversación sobre si es mejor el socialismo o el capitalismo que te obliga a acudir todos los días a esa aburrida oficina a ganar el pan de cada día como sí sólo vivieras comiendo pan o con pan pagaras las cuentas de luz de agua de teléfono de gas o la pensión de la escuela y el colegio de ese padre arribista que a pesar de decirse socialista sueña en el fondo con ideas tan escuálidas como mejorar la raza o el status social a través de la inclusión de su guagua en el jet sed donde con suerte su hijo se hará el mejor amigo del hijo del jefe o que su hija se enamore de él para soñar con compartir la empresa que durante los ochentas fue parte del gran aporte del estado que sucretizó las deudas y que le permitió incluirse en el tren del neoliberalismo que sin embargo critica y manda al carajo a la sombra del poster del Ché Guevara y bajo la atmósfera de un cigarrillo y de un viejo disco de Inti Illimani que consiguió gracias a aquél exiliado chileno que conoció un día en el estadio mientras su equipo preferido El Nacional ganaba su segundo tricampeonato ignorando que otros equipos tomarían años más tarde la posta de ser los preferidos apoyados por una legión de hinchas radicales que luego conformarían barras bravas al calor de la yerba del reggae y de los panas reunidos en alguna esquina sin esperanza en un falso futuro sólo cobijados por el presente mientras las chicas lindas pasean con sus puperas bajo un par de inmensas gafas que ocultan sus rostros mientras el implacable sol sigue haciendo de las suyas en esta Quito equinoccial y árida mientras los pocos árboles que quedan bailan con el viento invitándome a apartarme de la selva de cemento y escapar hacia donde nadie puede mirarme...

lunes, 22 de febrero de 2010

Umbral

¿Cómo respirar bajo el agua,
cómo hacerlo?
Los ojos se nublan y pierden
entre el gris reflejo.
Me pregunto donde estoy
y si volveré a la superficie;
te preguntas si me seguiré
hundiendo.

domingo, 14 de febrero de 2010

Dos barcos


Frente al océano,
que siempre deseé mirar contigo,
he escrito tu nombre en la arena.
Pretendo con un vaso de agua dulce
despejar los rastros de sal;
dentro de ese mismo vaso quise
atrapar el último rayo de sol antes
del ocaso.
Quisiera por un momento que
estuvieras cerca,
como quisiera también ver crecer
una flor entre las olas.
Lejos,
dos barcos se alejan.
Lejos,
un colorido pez da vueltas.
La noche llegó y la brisa que
deseé sentir contigo me empuja
hacia atrás,
pero el recuerdo de tu dulce voz
es agua dulce con la que pretendo
endulzar el mar.
Mis pies bajo la arena.
Mi cabeza en otro lugar.
Nunca más el mar.
Algo en mí se retuerce.
Lejos,
junto al horizonte,
dos barcos se han perdido
en medio de la noche.

Soñaba con la nieve


Cielo e infierno blanco,
gélida atmósfera cerca del sol.
El sueño y el miedo parecen juntarse
y ser uno solo.
¿Dónde estoy?
El desierto se encuentra a pocos
pasos pero el abismo es aun más
cercano...

viernes, 5 de febrero de 2010

Cadáver

La oscura habitación
parece alojar un fantasma.
El polvo de la ventana
no me permite mirar;
imagino que tras el candado
habrá una historia no
publicada.
Los insectos entran y
salen a su antojo,
son tan pequeños pero
tan omnipresentes.
Quisiera forzar la puerta.
Las fuerzas no me acompañan
ni la barraca.
Quisiera volar la
habitación pero
la piromanía está
restringida.
Qué haré ahora.
Romperé la ventana.
La asfixia es instantánea.
Mil gotas de lluvia atrapadas
descendieron y me hicieron
trizas,
el gas se apodera silencioso
de mi pleura...
los insectos,
tan diminutos y omnipresentes,
entran y salen por doquier...

No sé qué decir

A veces, por más que lo intente, no puedo hallar una palabra que pueda definir un momento. Confusión, quizás, sea el término más fácil para designar la perturbación; no busco la salida fácil. A veces, la música, por sí sola, es mucho más efectiva, si bien es cierto que la poesía tiene su propia musicalidad. Intentar traer al pasado de vuelta, pasando por encima de cualquier elipsis para burlar la nostalgia, es otra espiral con el poder de entristecer; vivir el presente, como una pluma suspendida en el aire, no parece una solución efectiva tampoco. "Que el tiempo se ocupe de todo", parece resumir una existencia sin agravios, pero con mucha angustia interior; estar recostado frente al televisor, haciendo zapping, gastar las horas en el computador releyendo spams, hojear viejas revistas, contar estrellas, personas, yerba... a veces, simplemente, la inspiración no llega.

lunes, 25 de enero de 2010

Radio Soledad



Luego de jalarme el año, el mundo se me había venido encima: ya no sería solamente el más vago de la casa, sino que ahora sería el único idiota de la familia capaz de haber reprobado física, química, geometría y biología, antes de los supletorios. Por supuesto, no regresaría a casa; la mañana de aquél martes de julio, en que entregarían las boletas de notas, lo había preparado todo con anterioridad: en la mochila que llevaba los cuadernos (que sólo andaban llenos de garabatos, escritos sobre fórmulas de cinética o de moléculas), había colocado un par de jeans, dos camisetas, un telescopio usado y una radio vieja de pilas. La comida no me había parecido demasiado importante; sólo empaqué un paquete de galletas de sal, cuidadosamente dispuestas junto a la linterna, y una botella de limonada.

     Luego de esa mañana, en la que los chicos planeaban qué hacer durante las vacaciones, y los otros concertaban citas de estudios para los supletorios, yo, quien ya no tenía nada que hacer, me había despedido para nunca más volver. Un bus me llevó hasta el terminal, desde donde tomé un bus directo a Ambato, en el centro del país. La gente, que suele meterse en lo que no le importa, me miraba de manera extraña; hasta hubo una anciana que se atrevió a preguntarme si iba de visita donde mis tíos o algún pariente cercano.

     Ya en el terminal de esa ciudad, y luego de comer de mala gana un llapingacho, me dispuse a trasladarme hasta El Arenal, cerca de Chimborazo. Sin embargo, no reparé en que ya no me quedaba dinero para el bus hasta Guaranda. Jalar dedo no fue fácil; no obstante, gracias a que era muy chico y aparentaba menos edad, un camión lleno de indígenas aceptó llevarme. Durante el recorrido, ellos hablaban en quichua, en castellano y en otros dialectos incomprensibles. En el colegio nunca me habían enseñado quichua; lo único que sabía era decir wawa, wambra, shunsho, y todas esas palabras que se emplean con fines peyorativos. Al fondo del balde, un chiquillo con mocos en la cara lloraba, por lo que accedí a regalarle mis galletas, acto del que después me arrepentí con sinceridad.

     Eran alrededor de las cinco y media de la tarde cuando me bajé de la camioneta; el viento era fuerte y el frío empezó a hacerme palidecer. Sin embargo, el desierto aguardaba por mí. Nunca me sentí más libre hasta ese momento; supuse ingenuamente que podría vivir de cazar conejos o de beber de alguno de los chorros de agua del Chimborazo. Con algo de suerte, podría incluso llegar hasta la nieve, que hasta ese día no había conocido.

     El tedio es capaz de llegar hasta los lugares más paradisiacos, y lamentablemente ese paraíso no pudo ser la excepción. Fue entonces que recordé la radio, esa radio vieja que me habían regalado tres años antes, cuando recién entré al colegio. La recepción en ese lugar era pésima, y ninguna estación parecía estar dispuesta a llegar hasta mi pequeño aparato. La noche llegaba, y el Chimborazo lucía como un fantasma gigantesco dispuesto a devorarme. Entonces, como por arte de magia, una estación, probablemente de Ambato o de Riobamba había aparecido por fin. Un rayo de música se había colado con el viento helado.

     A veces las canciones suelen tener un efecto demoledor; nos recuerdan la bohemia frustrada de nuestros padres, la nostalgia de los abuelos, la búsqueda precoz del amor. También me recuerdan personas y lugares. Entonces me acordé de Quito. Y me acordé del colegio. Y me acordé de mi cama, que en ese momento debía estar tendida, con las sábanas impecables y las almohadas acolchadas. Pensé en el pájaro que esa mañana vería el fantasma de mi cuarto, en la mesa del desayuno con una taza llena de café esperando en vano... A los quince años el miedo a morir es fuerte, y fue así que al día siguiente, y presa de un soroche, decidí regresar a mi ciudad.

     Luego de la tremenda puteada de mis padres, de la sopa de pollo hirviendo, de las comtrex y de una teleserie chilena que la televisión pasaba mientras ardía de fiebre, descubrí que la mochila aún estaba sin desempacar. Todo estaba allí, menos la radio; probablemente la olvidé mientras intentaba dormir al susurro majestuoso pero incómodo de la montaña.

     Lamento haberla dejado tirada.


miércoles, 20 de enero de 2010

La sombra, el fantasma, la imaginación y el sueño



Extraño escuchar tu frágil voz,
que parecía romperse en cada palabra.
Echo de menos tus pasos silenciosos.
El recuerdo de tus ojeras de inframundo
me produce gran nostalgia.
A veces cuando un gallo canta aún estoy
abrazando tu cuerpo inmaterial,
dibujando la silueta de tu espiritu en un lienzo.
Extraño cuando me hablabas desde lejos,
cuando un día sin sentido se tornaba
un mágico momento.
Me pregunto que sería de las hojas
caídas de los árboles que nos miraron pasar.
Extraño la yerba que sintió nuestros pasos,
y que probablemente ha sido podada ya;
¿Dónde habrán ido los insectos que ese día
fueron nuestros testigos?
Extraño sentirme inspirado por
ti,
cuando buscaba el octavo color del arco iris
pensando en vos.
Eras como aire,
tierra,
agua y fuego.
Eres la sombra,
el fantasma,
la imaginación
y el sueño.
Eres ternura.

sábado, 16 de enero de 2010

A dónde ir


Cuando terminas un libro, cierta sensación se apodera del momento; no habrán más letras, probablemente recordarás las páginas anteriores, algún detalle, lo más relevante de la trama y el personaje, pero al fin y al cabo no habrán más; de pronto y si te animas lo repetirás, pero ya no será lo mismo.

La angustia invade entonces el ambiente; no te decides entre la televisión o escuchar la radio, alguna música que pueda llenar el espíritu. Decides entonces salir, caminar, respirar el afuera, el aquí y el ahora, compartir con el cielo algo del frío aliento de la noche. En un abrazo invisible empiezas a recordar lo que no tienes pero deseas, lo que tuviste y no supiste valorar, lo que tienes pero das por hecho, lo que tienes pero que está perdido o guardado.

¿A dónde ir? quien sabe. Viajar solo a veces puede ser un nuevo aliento, sentir el viento en la cara, mirar al sol desde la carretera, sentir con los dedos las gotas de lluvia del otro lado del cristal, escuchar otras voces, mirar otros ojos, respirar otro aire, sentir como los árboles se desplazan al lado opuesto de la velocidad.

Una tormenta se aproxima.

El instante

Que más da,
el sol se extinguirá un día
hasta ser una estrella enana.
Las sombras serán un sólo ser
en la noche,
y las mariposas que vuelan hoy
mañana ya no serán las mismas.
Que más da,
que importa,
no creo que alguien registre
todos los sueños de la humanidad
o tan siquiera sus nombres.
Es probable que ninguna computadora
tenga la memoria suficiente.
Que más da.
Que importa lo que pienses ahora,
tal vez sea distinto mañana,
no lo sé.
Que importa.

martes, 12 de enero de 2010

Redención



A veces el miedo a las viejas heridas es como un péndulo que regresa y se marcha, constantemente. Luego de salir del hospital, una vida entera aguardaba, al mismo tiempo que otra quedaba enterrada para siempre; "no será fácil la amnesia", decía el certificado firmado por los médicos. "Costará trabajo".
El asilo al que había sido enviado era un lugar tétrico, con aliento de humedad por todos lados. El smog de los carros había oscurecido a las ventanas, y la música ya no era un privilegio: discos viejos de lp´s se apilaban en una sala oscura, con olor a cera y ante un patio de piedra que mostraba una colina con mala yerba. Ya no era hora de visitas, y aunque el día era soleado, todo parecía gris dentro de esa casona.
"Ojalá derriben esto algún día", pensó, mientras un viejo se prestaba a salir a la calle, con un saco de cartón atado a la espalda.
"No habrá algún día" le respondió el cargador. "Los días ya no existen".
-Entonces que el diablo nos lleve de una vez- respondió la voz de una viejecita al fondo.

Varias semanas después, las visitas tan sugeridas, tan olvidadas pero tan esperadas también, no habían aparecido jamás. Se comentaba en el pasillo que el hombre era el sobreviviente de alguna especie de tragedia, que su familia había desaparecido bajo un deslave de tierra o que simplemente le consideraban un estorbo.

En su vida, nunca había esperado nada. Un día se dijo a sí mismo que no tenía que esperar por la compasión de los demás, ni menos de esos destartalados curas, enfermos mentecatos sin alma que trafican con almas ajenas. Pensó en la imagen de la virgen, tan ajena, tan lejana de sus facciones indígenas, así como de los retratos de los apostoles, de los profetas y de todos los demás santos.

-Mierda- pensó. -Si es el momento por el que tanto esperé, será mejor que arda todo.

Y el día llegó. Bajo el saco que su compañero empleaba para reciclar cartón y papel, escondió un galón de diesel que llevó a la iglesia, lo vació y encendió un fósforo que ocasionó un gran incendio. Las beatas que rezaban a esa hora, al ver que el infierno se hacía realidad, salieron despavoridas. El párroco, quien se hallaba en uno de los confesionarios, no tardó en llamar por celular a la Policía Metropolitana, misma que llegó tarde, mucho más tarde que los bomberos que luego de apagar el sitio encontraron al asfixiado pirómano amnésico, cubierto de hollín en todo su cuerpo, dormido quizás, pero quizás también recuperado del dolor, curado al fin de sus heridas.

domingo, 10 de enero de 2010

Despertar



Se levanta luego de un sueño irregular, prepara una taza de café y regresa a mirar algo en la televisión. El horizonte continúa mostrándose azul, a pesar de la amenaza del celeste, que se aproxima sigilosamente, con la excepción del sonido de algún automotor en una calle cercana.
La programación es pésima; apaga el televisor y cierra las cortinas, para prolongar la oscuridad por unos minutos más. Piensa en lo que la gente de otros paralelos y latitudes estará haciendo ahora, en sí el sol brilla sobre África, piensa en la oscuridad que aún debe reinar sobre el Pacífico. Divaga sobre alguien, sobre cuan lejos debe encontrarse, si lo habrá olvidado, si estará pensando en él; piensa si en algún lugar alguien estará muriendo, precisamente en ese instante, quizás en un barrio no muy lejano; juega con la idea de si en la maternidad ubicada a dos manzanas estarán naciendo juntos una víctima y un victimario, medita sobre lo que sentirá un pájaro al buscar las primeras flores de la mañana para subsistir, casi al mismo tiempo que las señoras que distribuirán los periódicos con las noticias de ayer.

Piensa que debe levantarse, pero que por alguna razón prefiere dormir otro poco...

viernes, 8 de enero de 2010

La nota

-Tengo la leve sospecha de que no volveré a verte- me dijo, casi con una expresión de risa.
-No te creo- le dije. No vas a morirte. No antes que yo.
Jajajá- replicó.

La ventana que estaba junto a nosotros delataba un rayo de sol profundo y asfixiante. Y mientras trataba inútilmente de contar los demás rayos, él dobló un papel y me lo entregó diciendo:
-Guarda por favor esta nota, y ábrela cuando esté bajo tierra.

Me hallaba desconcertada. "Este man está loco, o trata de llamar la atención", concluí.

-No la leeré jamás, por que no vas a morir- le respondí.

Desde ese día no he vuelto a verlo. A veces siento el irresistible deseo de abrir el papel y saber que quería decirme en realidad.

miércoles, 6 de enero de 2010

El guardabosques



Cierta tarde me extravié en el bosque: de pronto vi a un tipo solitario, que cargaba un rifle.
    —¿Qué hace usted aquí? Me preguntó el hombre, cuyas arrugas faciales delataban muchas lunas de experiencia. 
    —Solo estoy paseando.
    —Siga no más. Pero tenga cuidado. Parece que hay un lobo cerca.
    Pese a lo solemne de su voz, la afirmación me pareció inverosímil. «¿Lobos?», pensé. «No lo creo».
    Seguí caminando, despreocupado. Era otro aburrido domingo, de esos en que dan ganas de morirse o de borrarlo del calendario para volver al horrible lunes que otros detestan, pero que yo siento como un respiro. En eso, sentí que algo o alguien me tomaba por la espalda, que hizo nublar mi visión. Supuse que era muy tarde ya y que el sol pronto se ocultaría tras la montaña. Repentinamente, la oscuridad se aceleró.
    Al despertar, el hombre del rifle me apuntaba a la cabeza.
    —¿Qué pasó? —le pregunté, mientras tenía la sospecha de que el guardián no me entendía ni me escuchaba. Al final, antes de dormir, alcancé a escuchar entre la oscuridad:
    «Le dije a ese muchacho que había lobos cerca».

sábado, 2 de enero de 2010

Embriaguez



Brindo porque
es el final.
Brindo por toda
el aura de incertidumbre
que le rodeó;
brindo por estar acá
y poderlo mirar.

La celebración se
extenderá hasta el
otro lado del mar.
Brindo por tu ausencia
y por las palabras de
despedida que el viento
arrastrará.
Brindo por cada
sentir que ahora se
transformará en
olvido,
por cada aliento ajeno
del otro lado del cristal,
por el sol y sus rayos que
nos calcinarán,
por la lluvia que se hace
extrañar pero que luego
nos ahogará.
Brindo por los días,
las noches y
los atardeceres.
Brindo por un nosotros
imposible,
brindo por los otros,
por los demás.

Brindo por tu
copa vacía.
Brindo porque
este es el final.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Libros que nunca terminé de leer



Muchos se jactan de los libros que han leído, o que han escrito; en esta ocasión quiero rendir un homenaje a todos esos textos que un día empecé, pero que por diversas razones no pude, no quise, o no terminé de leer.

Empezaré por una novela titulada "El Tercer Hombre", de Graham Greene. Lo que recuerdo de la historia, es que se desarrolla en la Viena de la postguerra, con una especie de agente o algo así. No le metí muchas ganas; creo que no he intentado terminarla desde hace 5 o 6 años.

Otro libro que inicié a principios de 2008 y quedó pendiente es "El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo". El haber visto las películas de Peter Jackson sobre esta gran trilogía incidió de gran manera en mi desinterés, sin embargo, creo que me faltan (desde hace 8 o 9 meses) algo así como veinte páginas. Tendré que reelerla íntegramente, por la gran cantidad de detalles que ahora se me escapan.

A "Oliver Twist" le ocurrió algo parecido conmigo; he visto tantas versiones en películas, teleseries y hasta dibujos animados sobre esta novela de Dickens, que ya me resulta algo denso intentarlo. Como anécdota, entre las pocas páginas que revisé de esta novela, descubrí una palabra desconocida hasta entonces para mí: Sinecura.

Otro libro, muy corto pero que por desgracia cayó también en mis manos inconstantes, es "Carta al padre" de Franz Kafka. Pese a lo bakán del texto, nunca terminé de leerlo.

"La Peste", de Albert Camus, intenté leerla un día de año nuevo de 2001 o 2002, mientras estaba de visita en la casa de unos tíos. Pero no ha sido el único de Camus: A "El Verano", en cuyas páginas está un sello de la biblioteca de la Escuela Superior de Aviación de mi país, tampoco lo he concluido.

Con "El Coronel no tiene quien le escriba" de García Márquez llevaba un buen ritmo de lectura, hasta el día en que lo extravié. Fue hace como diez años.

A "Bajo el volcán" de Malcolm Lowry, que me trasladó momentaneamente a una especie de club campestre en medio de la sierra mexicana, solía llevarlo en mi mochila para leerlo en el bus. El libro era tan viejo, que varias de sus páginas creo que ya se han extraviado.

"Nada", de Carmen Laforet, sufrió por causa de una irresponsabilidad mía: debía presentar el resumen para la clase de literatura de cuarto curso, pero un trabajo ajeno que encontré para presentar y cierto apuro desprogramado me hizo desistir de la lectura, pese a que varios años más tarde su argumento me pareció interesante. Creo que terminé regalando ese libro a una amiga mía llamada Joy.

"De la tierra a la luna", de Julio Verne, que un día pedí prestado a mi ex-novia Isabel, tampoco pude seguirla y peor terminarla. Caso parecido con "Tinta Roja", del chileno Alberto Fuguet (en este caso, también me conformé con la película peruana). A otra ex-novia, Diana, le debo también el no haber concluído "Dracula", de Bram Stocker. Una noche, Diana me lo pidió prestado para no regresármelo nunca más.

"Y los dioses se volvieron hombres", del ecuatoriano Carlos de la Torre Reyes, también quedó inconcluso, al igual que "Ciudad sin Ángel", del también compatriota Jorge Enrique Adoum. Al texto de De la Torre lo he visto pasar en mi librero personal día tras día sin pararle bola, en tanto que al de Adoum lo inicié un día que me pereé de clases en la Universidad Católica y que fui a dar casi por accidente en el Centro Cultural Benjamín Carrión de Quito, lo que por razones de tiempo (el lugar ya tenía que cerrar) no le pude terminar. Lo mismo con "Cien Años de Soledad", pero en la Biblioteca de la Casa de la Cultura.

Por ahora, y para tratar de reividincarme, intentaré terminar "A Sangre Fría", de Truman Capote. Me faltan como cincuenta páginas.

jueves, 24 de diciembre de 2009

El presente de Navidad



De haber sabido entonces que ese carro de madera sería el último, quizás no lo hubiera tirado. De enano era bastante ambicioso; la tele hizo que me obsesionara con una pista de autos de control remoto. Dicen que los niños son pura ternura e inocencia; en mi caso, deseaba todos los juguetes caros, habidos y por haber. Así, los trompos y yoyos me parecían poca cosa, al igual que las fundas de caramelos. Quería esa pista, y la Navidad de 1989 no iba a ser perfecta sin ella.

     Eran las doce, y para entonces ya no creía en Santa Claus; sabía perfectamente que eran mis papás, mis tíos y mis abuelos los de los juguetes y todas esas pendejadas. Por entonces mi ma no tenía trabajo, y ya nos había advertido que los únicos regalos que recibiríamos serían de parte del abuelo, que era carpintero y había fabricado un pequeño carrito cuyas ruedas pulió el mismo durante casi medio año, ya que no tenía torno. Al día siguiente de nochebuena, cuando el abuelo regresó a su casa, decidí tirar el carro por una calle empinada. No me gustó el carro. Quería mi pista de autos de control remoto.

     La Navidad siguiente, los abuelos ya no volvieron a visitarnos; para las fiestas subsiguientes la abuela había fallecido, y cuatro meses antes de la Navidad que le seguía, el abuelo se pegó un tiro. Quizás debí conservar el carrito.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Dos palabras


Mientras mirábamos al horizonte, la lluvia empezó a caer, pese a que el sol aún estaba sobre nosotros.
-Siempre quise contemplar la lluvia contigo- le dije, mientras ella miraba hacia algún punto ciego.

Poco después se levantó y se marchó.

Unos minutos más tarde, me di cuenta de que algo no estaba bien, de que faltaba algo, de que algo daba vueltas en mi cabeza.

-¡Aguarda!- le grité.
-¿Qué ocurre?- respondió.
-Olvidé entregarte esto- le dije, mientras depositaba un chicle entre sus manos. En ese instante, desde el vacío, desde algún lugar que desafió al olvido, le escuché decir dos palabras que no esperaba escuchar.


-Yo también- le respondí. Luego la vi partir.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Horizontes lejanos



Por ahora no siento nada, mi cuerpo está dormido, mi mirada amortiguada. No sé a donde fueron mis pensamientos. Es como sí, sólo estuviera esperando algo. Es como sí, no esperara nada en realidad, como pretender agonizar, dúlcemente, con el menor dolor posible, tratando de poner mi mente en blanco. Es como sí quisiera caminar en el bosque, sentir la brisa, caminar sobre hojas secas, vacilar con pequeñas gotas de lluvia. Como si ya no pudiera sentir nada. Como sentir luz. Como un fuego azul dentro del corazón. Como la sensación de un mañana que llegará y me encontrará solo, pero que llegará de todos modos. Como si una larga carretera estuviera aguardando. Y está aguardando. Y estuvo aguardando. Y seguirá aguardando. Pero ya no tanto.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Casi las dos


Hay tantas cosas que qusiera poder
decirte en este momento;
deslizarme hasta tu mente desde
el fondo de mi pensamiento,
abrazar tu respiración con
incierta melancolía.
Hay tantas cosas que quise
decirte un día,
pero ya no queda tiempo.
Las palabras son como ceniza que
esparció el viento;
música en blanco y negro suena
en mi cabeza.
Aquél poste que alumbra solitario
afuera se resiste a dormir,
por un momento quisiera que todo
fuera oscuridad;
aparece,
ven aquí,
te espero con melancolía incierta;
el sueño se rehusa a venir por mí.

martes, 8 de diciembre de 2009

El último tabaco


-¡ME VALE UN RÁBANO QUE ESTA WEBADA MATE!- me dijo eufórica. -CHUCHA, HAY OTRAS TANTAS COSAS PEORES!!!- prosiguió.

        Era mi amiga Lucía, mujer brillante de 56 años, invencible en el ajedrez, conocedora del campo mucho más que cien hombres juntos que se la daban de chagras, implacable con los beatos, sensible como nadie, no con esa sensibilidad llorona de telenovelas, sino más bien sensible con la naturaleza, con los árboles, con el río, con los animales. Esa tarde no lo podía creer; estaba agonizando por causa de un cáncer de útero.

        La conocí hace quince años, mientras yo estudiaba en el colegio; ese día buscaba junto con un amigo que alguna chica del Simón Bolívar nos parara bola. No sólo hicimos un gran ridículo; también les servimos de cargadores a un grupo de chicas que necesitaban llevar jabas de colas para una fiesta que estaban organizando. Luego de un ingenuo gracias, nosotros, viriles adolescentes a punto del acné, nos sentamos en la mesa de una de esas tiendas-bares del centro histórico de Quito, que más que a tradición huelen a humedad.

         —Tengan— dijo la vendedora del local. —Les envían esto.
    El Raymond y yo nos habíamos sentado a tomar una Fruit, refresco de cola nacional en cuya publicidad aparecía un brasileño que más que persona parecía un chango. A nuestra mesa, la señora del local nos había traído un par de moncaibas, una especie de galleta gigante hecha de harina y azúcar.

         —¿Quién nos habrá mandado esto?- le pregunté a mi amigo Raymond Andrade, chico alto y apuesto, pero tan tímido e inseguro como yo, durante el segundo curso del colegio.
—No tengo idea —me respondió.

        Fue entonces cuando imitando a un detective a lo Sherlock Holmes, procuré durante treinta segundos tomar todas las pistas posibles, mismas que apuntaron hacia una señora no muy agraciada pero elegante, que estaba sentada junto a la vitrina con un cigarrillo en la mano.

        —Gracias, señora—le dije, levantando la mano.

Al principio creí que se trataba de alguna tía o de la mamá del Raymond, pero luego de que mi amigo me dijera que no tenía nada que ver, empezamos a suponer que se trataba de una traficante de órganos, corruptora de menores o simplemente una mujer que se quedó fascinada con los cabellos sucos de mi compañero de clase.

        —Oye loco, me da foca, vámonos— me dijo el Raymond, tratando de disimular lo más que pudo.

       —Vamos— le dije. No creo que sea una mala persona; en ese preciso instante procuré no dejarme dominar por la idea de que la moncaiba haya estado envenenada o algo. Mientras me hundía en mi absurda suposición, la señora empezó a hablar.

    —¿Y ustedes, qué hacen por aquí? ¿Acaso están buscando novia?
    —No señora— le respondí de inmediato, procurando mostrar una cara amable. -Lo que pasa es que vivimos cerca de este colegio- seguí.
—¿Sí?—replicó. —No les creo ni una palabra —continuó.

    Ese momento me parecía más una escena de ficción que de realidad. No podía creer que una desconocida, y encima mayor intentara entablar una conversación con nosotros. Pero las cosas se dieron, casi sin darnos cuenta. Al poco rato, nos enteramos de que se llamaba Lucía Hernández, que era profesora de Castellano y Literatura de segundos y terceros cursos del Simón Bolívar, que había estado en España por casi diez años, y que le gustaban las películas dramáticas estilo Braveheart y todo aquello, tema con el que definitivamente nos atrapó.

       A la semana siguiente, habíamos quedado en vernos en el mismo lugar; en esta ocasión el Raymond tuvo miedo de ir, argumentando que Lucía iba a sacarnos las tripas y venderlas en el mercado negro por varios millones de sucres. Yo también tuve gran recelo de ir, sin embargo, algo dentro de mí me incitó a acudir, y desde ese día iniciamos una amistad muy extraña con idas y vueltas, en la que nos vimos aproximadamente un par de veces cada año. Lucía estaba casado con un hombre quince años mayor, quien era rector de otro colegio de la ciudad, y tenía dos hijas hermosas: Gabriela y Lourdes, quienes por cierto, nunca me pararon bola tampoco, y a las que vi casarse durante este tiempo. Eso sí, en todas nuestras conversaciones nunca faltó el humo de sus cigarrillos, mismo que empecé a compartir a partir de los diecisiete años, ya en sexto curso.

        Lo más pleno de conversar con la Lucía eran nuestras charlas sobre libros: Desde escritores locales como Marco Antonio Rodríguez y Joaquín Gallegos Lara hasta Edgar Alan Poe y Stendhal. La tipa era toda una eminencia; le gustaba corregir mis textos, burlarse cariñosamente de mis faltas ortográficas y putear conmigo a toda la verborrea de la politiquería. El día en que le conté que por fin tuve novia, ella se echó a reír:
    —Vas a tener problemas en tu vida sexual —me dijo.
    —¿Y como lo sabes? —le increpé.
    —Por qué puedo leerlo en tu cigarrillo.
    —¿Acaso lees los tabacos? —le pregunté asombrado, casi al borde de la risa.

    Los años pasaron, y por mucho tiempo dejé de ver a Lucía. Un día, mientras caminaba hacia mi casa luego de la facultad, Gabriela, su hijo, alcanzó a reconocerme.

    —Hola —le dije. Ella siempre me gustó en secreto.
    —Hola —respondió, con cara de seria.
    —¿Y cómo está tu mamá? —le pregunté, algo extrañado.
—Ella se está muriendo. Hace seis meses nos contó que tiene un cáncer de útero. Si nos hubiera contado antes… ¡MIERDA! ¡Se pudo haber salvado!

    No lo podía creer. De repente, la Lucía que conocí, la profesora implacable con la ignorancia, cuyos fines de semana los pasaba montando a caballo cerca de Machachi, que dominaba a las vacas, que me enseñó los nombres de varios tipos de árboles, estaba cerca de morir. Supuse ingenuamente que todo eso se debía al tabaco, su pasión de siempre; pero la Gaby me había dicho que era un cáncer de útero.

    Ya en el Hospital, a donde fui con mucha vergüenza debido a la presencia de varios de sus familiares entre los que para mi desgracia no estaba su hermosa hija Gaby, una impresión desconocida me causó tanta incomodidad, a tal punto que decidí irme del lugar.
    Unos días después, una gripe de inofensiva apariencia pero de devastador poder me tendió en la cama durante casi tres días; nadie estuvo cerca para acolitarme. A la semana, me había recuperado, y mientras convalecía, reflexioné acerca de lo difícil que debe ser estar a punto de morir. Pese a que la familia de Lucía era muy numerosa, supuse que no le haría daño que un antiguo adolescente convertido ahora en universitario reestablecido de la gripe volviera a visitarla.
    Luego del fastidioso trámite de preguntar a los parientes, y luego de la desdicha de conocer al novel esposo de la Gaby, ingresé a la habitación exclusiva, que seguramente le había costado mucho dinero a la familia.

—Hola, pasa —me dijo, con su típica expresión amable, pero decorada con las líneas de expresión de su rostro.
—Hola —respondí. Vine a despedirme.

    En ese instante no pude evitar llorar. Ni siquiera lloré cuando mi abuela se murió; lloré un poco cuando mi tercera novia se había ido a estudiar en Canadá.

    —Eres un imbécil —me dijo. ¿Cómo se te ocurre poner los ojos rojos? Deberías estar contento de verme, chucha. Puede que sea la última vez. Y como es la última vez, tengo que decirte algo.
    
    Luego de escuchar que debería estar contento, definitivamente empecé a llorar.

    —Tranquilízate, por favor. O no podré decirte lo que tengo que decirte.
    —Qué quieres decirme. acaso me heredarás varios de tus libros?- le dije en ese instante, triste pero también con cierta codicia insólita.

    —Eso ni lo sueñes —me respondió. —Necesito que me traigas tabacos.

    —¿Qué? —le respondí. —¿Te estás muriendo y sólo piensas en fumar?
    —No me vengas con moralismos, cojudo. Ten, cómprame una cajetilla de Lark.

    En ese instante, la ira me invadió por completo, Tanto dramatismo por una pinche caja de tabacos. Lo primero que pensé por un momento era tomar los cinco dólares que me dio y largarme a pegar una biela con mis compañeros de clase. Sin embargo, y por enésima vez consecutiva, no pude hacerlo. Sentí que estaba en mis manos darle el último placer a esa mujer, y que no podía fallarle.

—Ya vengo —le dije.

    Una llamada a mi celular solicitando mi presencia por una estupidez doméstica que había ocurrido en la casa, me hizo desviarme de la tienda. Me demoré alrededor de cuatro horas. En mi cabeza sólo podía pensar que la Lucía me mataría.

    Llegué a eso de las cuatro, un poco antes de que despacharan a las visitas. Tenía que hacerle llegar esa cajetilla; pero algo extraño ocurrió. Los familiares de la Lucía habían desaparecido. Y en cuanto fui a verla en el cuarto, en un heroico acto de escapismo de las enfermeras, el cuarto estaba vacío también.

    Mierda, me dije a mi mismo. -Esta man ya se murió. Verch, llegué tarde.
La cama de la Lucy estaba vacía; me imaginé que la familia había decidido llevársela de inmediato para iniciar con los servicios fúnebres. Ni siquiera su marido estaba presente en este instante.

    Con una gran impotencia, y sin saber que hacer, decidí salir al patio del hospital y fumarme los cigarrillos de la Lucía. Mientras el tabaco se extinguía con una candela de luciérnaga, pensé mientras miraba como el humo buscaba al cielo, me imaginé al fantasma de la Lucía fundiéndose con él, bailando un vals que de repente fue interrumpido por un abrupto ¡POR QUÉ TE DEMORASTE TANTO IDIOTA! ¿QUÉ NO VES QUE TENGO MUCHAS GANAS DE FUMAR?

—Hola —respondí muy avergonzado (y extrañado a la vez)... Creí que ya te habías ido.
—Cierra la boca y enciéndeme pronto un cigarrillo, fumaremos juntos —continuó.

    Mientras fumábamos juntos por enésima vez, me preguntó que iba a ser al día siguiente, le pregunté porqué toda su familia se había marchado de ahí, me preguntó si era verdad que pensaba escribir una teleserie y me preguntó sobre mi amigo, Raymond, a quien no veíamos desde hace varios años.

    —Hace mucho tiempo que no le he visto al Raymond; he perdido su número telefónico y ya no recuerdo dónde era su casa.

    —Ya veo.

    —Dime algo, ¿Te gustaba mi amigo el Raymond, verdad? Confiésalo.
   —Obvio que sí, tonto —me respondió, con un tono de serenidad. Era muy apuesto, por eso me acerqué a ustedes, por eso les regalé aquellas moncaibas, de hecho se las envié para él, sólo que tampoco podía ser descortés contigo.
—¿Pero llegué a caerte bien, cierto? —proseguí, esta vez con cierta nostalgia pero a la vez con cierta envidia.

—Claro que sí. Aunque me habría gustado que vengas más seguido con el Raymond— continuó, con una leve sonrisa en sus labios.

—Y supongo que también pensaron que si una persona como yo les invitaba a algo, era porque quería robarles el riñón o algo, no es así?

—No lo dudes— le dije, y luego, ambos empezamos a cagarnos de risa.

    Lucía murió casi al mes de esa charla; no asistí a su funeral, pues nadie me invitó. Supuse que la Lucy lo habría preferido así; a pesar de su gusto por el drama ella detestaba esos gestos en la vida real; decía que uno es el mundo real y otro el de la literatura. Respecto a su muerte me informó Gabriela, aquella hija suya, ahora casada, que alguna vez me gustó mucho. El último consuelo que me queda es que ella aceptó tomarse un café conmigo, según ella, por un favor que le había pedido su madre antes de irse.