lunes, 15 de diciembre de 2014

Noelia

La Vero y yo no sabíamos qué hacer. Llevábamos varios minutos en silencio, sentados en el mesón de la cocina. Ella no dejaba de batir su café frío, mientras escuchábamos de fondo una muñeca que no dejaba de chillar desde la tarde. Habría deseado fumar, pero la tienda estaba cerrada. Sí, le prometí a la Vero dejarlo, pero aún lo hago a escondidas. Al igual que nuestra hija Noelia, en varias cosas. Esa mañana me habían llamado del colegio para decirme que necesitaban hablar con la Vero, pero que cómo era el padrastro, preferían contactarse directamente con la madre. La Vero ya se había ido al trabajo; yo estoy desempleado desde hace un mes, y sólo hago un turno los sábados en un bar. Insistí en ir, pero el inspector general también. Hace unos días le sacaron el celular a la Vero en el trole, y no conocía el número de su trabajo, por lo que decidí contárselo en un mail.  Cuando llegaron la Noelia y su hermana chica la Vicky, parecían las mismas niñas de siempre. Después del almuerzo, la Vicky empezó a jugar con una muñeca que le regalaron sus tíos hace tres meses, cuando estuvo de cumpleaños. Vicky acaba de cumplir 8 y Noelia 14; cumplen años con un mes y unos días de diferencia. El padre de ellas suele visitarlas cada vez que puede; sin embargo, pese a que no les pasa la mensualidad, la Vero se siente feliz, y lo prefiere así. Me casé con ella hace dos años, cuando la Noelia todavía llevaba su mochila de Monster High a la escuela.

Es odioso comparar, pero la Vicky es más despierta y preguntona que la Noelia; incluso más abierta. A veces siento, cuando voy con ella a la tienda no sin antes prometerle un helado, que converso con una pequeña adulta. Me gustaría haber tenido una relación así con la enana mayor; al principio lo intenté. Le regalé incluso mi celular, porque el que le había dado el papá se había roto. No pasó mucho antes de que lo perdiera. Le regañaba mucho más a la Vicky. Alguna vez le grité tan fuerte que se puso a llorar y una vecina de la casa me acusó de pegarle a la niña. Por un tiempo sentí alivio de que el papá de la Noelia y la Vicky no viniera a querer golpearme o algo así. Pero él tenía ya otra familia, o por lo menos así me hacía entender la Vero.
—No sé si debería contarte.... me dijeron en el colegio que la Noelia ha llegado tarde al colegio porque se ha ido con el novio a comprar una prueba de embarazo.
En ese instante deseé más que nunca un tabaco.
—Chuzo... ¿y qué haremos? —le pregunté.
—Por lo pronto, llevarla al médico y que le examinen. Por favor, hasta mientras no digas nada, puntualizó.

Los siguientes días no sabía qué hacer. A espaldas de la Vero, le conté el asunto a mi hermano mayor Paúl, quien es médico y tiene una nena de tres años. Mi ñaño me sugirió que pase lo que pase, no pierda la compostura, pues los latinos "solemos ser muy cascarrabias" y perder los estribos. Que demuestre autoridad, pero de manera serena y centrada. Y que en caso de haber metido las patas, por nada del mundo le insinúe con abortar, ya que en el país es ilegal.
—Me da coraje porque la Vero y yo ni siquiera hemos pensado tener hijos aún, pues la Vero dice que dos ya son bastantes —agregué. —¡No es justo que en menos de un año me convierta en papá y abuelo al mismo tiempo!
—Ahí sí, vos verás, pero recuerda que aceptaste casarte así —terminó.

—¿Qué fue, Vero, ya le llevaste al médico a la Noelia?
—Para qué la voy a llevar, si me dirá lo que ya sé -respondió.
No había sido la primera vez; la Noe ya había tenido relaciones con un novio anterior.
Me enfadé mucho con la Noelia. Ni siquiera fue por haberse anticipado y dejarse llevar por la curiosidad, y no saber decir que no. Me enojó la manera en que su madre y yo nos enteramos.
Días después, a espaldas de la Vero, durante el almuerzo, hablé con la Noelia. Entre las varias cosas obvias que le dijé y lo que evité decirle pues consideraba redundar innecesariamente, le dije que no la trataría más como una niña, ya que había decidido por su cuenta dejar de serlo.

La relación entre la enana mayor y yo cambió. De repente dejó de saludarme y de conversar. Por las tardes habría sentido que la vida era una romántica celda fría, tediosa y silenciosa, como suelen describir los ambientes los neorrománticos, de no ser por la muñeca de la Vicky, que despertaba de su tumba con su horrible chillido, y me obligaba a prender la tele o poner música para amagar. Pero ni el maravilloso Youtube o la radio me impedirían conversar con la Vero.

—Se qué hablaste con la Noelia y qué quisiste ayudar, pero debiste consultar conmigo primero.
—Perdón. Tú sabes que no es fácil —respondí.

Luego de varias otras cosas que me dijo y preferí ignorar, la relación con la Vero también se fue deteriorando. Ya sólo hablaba con la Vicky. La Noelia llegaba del colegio, comía y se encerraba en el cuarto, y sólo de vez en cuando le escuchaba hablar, generalmente cuando se peleaba con la enana menor. No he tenido suerte en encontrar otro empleo, a veces me gustaría encontrar cualquier cosa, con tal de ya no pasar por ese ambiente. La Noelia no resultó embarazada; llegué a la conclusión al igual que su madre, de que prohibirle tener un novio era casi tan caricaturezco como pretender que el presidente dejara de hacer su sabatina para que el estado ahorre. De todos modos, jamás podríamos estar con ella las 24 horas del día. Le dije solamente que haga lo que haga tenga más criterio, de ahora en adelante, y piense un poco en su madre. Un día la muñequita de la Vicky finalmente dejó de chillar, no sé si la arrojaron a la basura o la pila se fundió. Fuera de eso, las cosas ya no volvieron a ser como antes.


martes, 3 de junio de 2014

El amanecer de las hormigas

Esa mañana de 2001, desperté soñando que nunca había pasado matemáticas, y que por lo tanto no me había graduado del colegio. No era la primera vez; desde hace días atrás tenía el mismo sueño. Alguna vez incluso me vi con el uniforme de la escuela primaria, repitiendo el sexto grado. El punto es que siempre, muy en el fondo, tenía la sensación de no haber terminado algo.

Volviendo a esa aburrida mañana, al dirigirme a la cocina buscando jugo, noté como una curiosa columna de hormigas se había formado entre el lavabo y la ventana. Enseguida recordé lo que mamá solía decir, que a ellas y a las moscas les encanta el azúcar. Busqué enseguida alguna taza del café de la noche, pero todo estaba aparentemente en orden. El departamento de estudiantes donde vivía con mi hermano siempre estaba limpio, gracias a que la dueña de casa tenía una asistente que venía los martes y jueves a limpiar. Las hormigas siempre me parecieron simpáticas. Recuerdo que cuando iba de visita con los abuelos, y me escapaba para no ayudar en las tareas de la casa o para no jugar con mis hermanos, solía ir a un terreno que tenían detrás a espiarlas. Era simpático verlas cargando pequeñas hojas hacia el posible sitio de su guarida.

A mi ñaño le encantaba quemarlas con una fosforera. Y su afición se me hizo más notable, luego de aquella aburrida mañana de 2001, cuando empecé a verle hacer eso a diario. Desde luego me parecía un crueldad, claro, no mayor que la de nuestro primo Carlos Andrés, quien disfrutaba con arrancar las alas y cabezas de las moscas moribundas. Volviendo a las hormigas, estas me inspiraban cierto respeto, primero, porque me parecían los insectos más inofensivos (pensamiento que mantuve hasta aquella vez en Santo Domingo, cuando conocí a ese otro tipo de formícidos que mordían). Luego, por su notable organización, y finalmente, por la instantánea mental que dejaban en mis ojos cada vez que una columna de ellas resaltaba con una delgada línea verde formada por hojas.

Un dia, entendí que ellas también eran como nosotros, depredadoras y carroñeras, cuando vi que un grupo de ellas arrastraba a una mosca hacia su guarida secreta, donde probablemente la reina les recibiría con un apoteósico homenaje. En algún libro, y luego en un película, aprendí que también tenían su propio ganado, consistente un grupo de pulgones o insectos áfidos a los que ordeñan una rica sustancia azucarada. En alguna otra página maltraducida, de esas que abundan en internet, leí que algunas especies de hormigas tropicales tienen incluso rebaños de insectos con el fin de alimentarse de su carne.

Así algo más instruido pero de todos modos perplejo, desperté otra mañana luego de soñar de nuevo que no había aprobado matemáticas y noté que las columnas de hormigas ya no estaban. Suponiendo que mi hermano había terminado con todas ellas, me dirigí a la sala para acercarme al balcón cuando de pronto, en el piso café pero amarillo por el sol, noté que las hormigas ya no habitaban en columnas, sino que caminaban por todos lados. La escena me recordó un texto que leí sobre la impresión de Hernán Cortés al llegar a Tenochtitlán y ver cómo una ciudad había emergido en la subestimada América. De la comtemplación y casi veneración infantil por los formícidos pasé entonces al humano exterminador. Las hormigas estaban incluso en los sillones. Tuve que salir a un supermercado cercano por un incecticida, que rocié durante al menos media hora por toda la sala y luego por todos los posibles orificios de la casa. Horas más tarde, luego de suponer que los efectos del veneno habían pasado, noté que una columna gigante aún salía del pasillo, hasta la puerta de uno de los cuartos de los inquilinos que estaba con candado. Al preguntar al vecino si me podía permitir revisar su habitación, descubrí que tenía en su ventana una lata de Fanta.

Desde entonces no volví a ver a las hormigas, pero sigo soñando que debo volver al colegio por matemáticas. He intentado establecer la relación más lógica posible, pero hasta ahora no puedo.

lunes, 5 de mayo de 2014

El último heavy

Mientras refunfuneaba por mi tesis inacabada y el escenario de Sodoma y Gomorra que se me vendría encima, ahora que tendría que buscar un empleo a mis ya 35 años, por casualidad había encontrado en mi viejo bar un cassette de Ángeles del Infierno, donde venía grabado el disco 666, de 1988. Al escucharlo, en mi equipo Sony cuyo lector de compactos ya no sirve desde hace años, el viejo parlante cuyo bajo ya hace vibrar mis ventanas delató la voz de mi amigo Édison Pereira, a quién apodábamos en la clase de la U el gallego. Resulta que el Édison, junto con el Santiago y el Jorge, se pusieron a jugar con el cassette, simulando que presentaban un rock show radial al que habían titulado Rock and Box. Luego de egresar, había perdido contacto con ellos, hasta el día en que la Diana, una chismosa que ahora trabajaba como relacionista pública, que sospecho siempre soñó con presentar un noticiero de farándula, me contó que el Santiago se había a ido a EEUU, que el Jorge se había casado y divorciado, y que del Édison, un tipo misántropo por naturaleza no sabía nada, puesto que siempre fue reacio a abrirse una cuenta de Facebook.
Algo indignado por haber encontrado la cinta pero también algo curioso por saber en qué momento mis compañeros la habían alterado, finalmente olvidé ese episodio hasta esa noche de carnaval en que decidí visitar La Zona, que por motivos del feriado y del día lluvioso, parecía un colegio en día domingo.
Luego de deambular un rato, ingresé al Casino Beat, el bar que en tres o cuatro ocasiones frecuenté con varios amigos y amigas, a quienes intenté e incluso robé destrampes fugaces, al son de alguna canción de heavy metal en castellano de Obús, Barón Rojo o Mago de Oz. Además del letrero, el bar conservaba el mismo aspecto, salvo por una cosa: la música ya no era la misma. Empezó a llover más fuerte y la pereza me consumió más rápido de lo que supuse me consumiría la cerveza. Me senté al fondo (no habían más que tres o cuatro pelagatos) y pedí un combo.
La última novia que tuve me dijo que "era un tipo muy económico" y que con el tiempo, en lugar de volverme inmune al alcohol mi garganta se había vuelto sensible. De repente escuché aquella voz:
Grabamos en ese cassette mientras fuiste a almorzar con tu ñaño.
Era el Édison, y no sólo era él; era su vieja camiseta de Testament, su vieja chaqueta y cabellera.
—Chucha, no has cambiado nada —le dije. —¿Quieres una biela?
—Gracias loco —me respondió casi con el cristal abrazando sus entrañas.
—Qué verga de bar  —siguió; quise ir al Waiting o al Rocko, pero estaban cerrados.
Yo no era muy asiduo de esos lugares; sin embargo, en una ocasión entré al Rocko. Me pareció un sitio repugnante. El Casino Beat me gustaba no sólo por ser relativamente pequeño, sino además porque tenía una ventana bastante grande desde donde veías a la gente. El Lennon y el Ambrosía tampoco me gustaban del todo.
—¿Es la primera vez que vienes al Casino Beat? le pregunté.
—Qué te haces el loco careverga, no te acordarás que un día vinimos con el Santiago y el Jorge?
—Simón  —respondí.
—Te has engordado más cabrón, siguió.
—Jajajá.
Luego de varias canciones de rock latino que no me incomodaron en absoluto, el Edison a irritarse. Recordé enseguida que el lichigo era de la vieja escuela ochentera.
—Ya nadie se viste como vos —le dije, mientras en sus lentes se reflejaba la etiqueta de la botella de Pilsener, que había doblado de tal forma que en lugar de leerse la marca se leía Pene.
—No sé, pana; estos lugares en el fondo sólo buscan vender.
Me pareció muy lógica su apreciación.
—¿Has sabido algo del Santiago?
—Sí, el otro día le vi por la Plaza de Toros; me dijo que pensaba hacer un programa en una radio online con un primo. Luego supo que se fue a Boston, donde viven los hermanos.
—¿Y que hay de tu revista Rock and Box, sigue el proyecto en pie?
—Se hace lo que se puede, loco; ahí nos armamos una página con un pana y una man que sabe full de extremo.
—¿Ah, sí? ¿Y cuántas visitas has tenido?
—Sólo las necesarias —concluyó.

Hace varios años, solía ver que en algunas paredes de la ciudad ponían pintadas que decían "el rock no es consumo". Hoy casi veo sólo tags de grupos de hip hop. El Santi solía decir que era un tipo "atrapado en el tiempo", y que debió haber nacido en 1945, para poder llegar a tiempo a Woodstock 1969.
—La Diana me contó que vas a entrar a un Ministerio a trabajar...
—Sí, loco, y me piden que me corte el pelo, porque la directora es temática con eso.
—Supongo que la plata no te vendrá mal.
—Claro que no, pero ojalá no me pidieran eso. A mi primo el Beto quien está en una Subsecretaría nadie le dice nada.

Hace tiempo también tuve el pelo largo, pero se me empezó a caer. Empecé a llevarlo corto por eso, por comodidad (odiaba peinarme) y porqué empecé a tener la sensación de que mi cara ya no se adaptaba a eso.

—¿No crees que es una tontería lo del pelo? le dije, sin contarle los detalles tediosos de mi historia.
—Jajajá... respondió. Salud.

Tiempo después, me enteré de que el Edison se había cortado el pelo, pero que apenas había durado tres meses en el Ministerio. Ahora ha entrado a la sección urbana de un periódico, en donde también escribe sobre espectáculos. A veces sueño que vuelvo a dejarme el cabello largo y que vuelvo a andar con un walkman por las calles. Hace una semana pasé por el Casino Beat y descubrí que ahora era es una shawarmera. El día feriado del bar, al preguntarle al Edison porqué quería que su revista se llame Rock and Box, me había contestado que era porque la música tuvo que entrar dando golpes.

lunes, 10 de marzo de 2014

Ticket a Crimea

 La fría espuma del mar en blanco y negro
 colándose entre mis huesos,
 me mostró un horizonte donde una silueta
 carmesí lo rasgaba todo.
 Aquí o allá,
 da igual dónde estés.
 Tus sueños pulverizándose en
 la ocre postal,
 tu diario en un desvencijado amarillo
 que hace mucho solía perderse entre el sol.
 Sobre la mar,
 el oso y el águila debatiendo por mi alma.
 Mientras un bufón que no causa gracia
 anima a las masas desde un monitor.
 Aquí o allá,
 da igual dónde estés.
 Solía ser gris con una silueta carmesí
 rasgándolo todo.
 Un barco fantasma de ratas caníbales
 divagando en el espacio.

lunes, 24 de febrero de 2014

Mi pelota de mocos

Antes de iniciarme en otras cosas cochinas para unos y ricas para otros, solía meterme los dedos en la nariz y sacarme los mocos. Quizás, como cualquier niño. Quizás como cualquier adolescente, anciano, político, deportista, superestrella o presidente en secreto. En una ocasión, mientras iba en el bus con una amiga, con una mueca y una tremenda cara de asco me dijo que un niño, que iba en la otra fila, "se estaba sacando los sesos". —"Ni que vos no te hubieras sacado los mocos nunca" le respondí. —"Tatay ve" me contestó.
Ella seguramente no imaginaba que yo mismo, antes de iniciarme en otras cosas cochinas para unos y ricas para otros, en una ocasión desarrollé un alocado experimento. Estaba creo que en cuarto o quinto grado, cuando una tarde, luego de terminar un aburrido deber de matemáticas, luego de sacarme los mocos y de frotarlos con mis dedos pulgar e índice, descubrí que mis mocos tenían una viscosidad que me recordaba a esas pelotas negras de caucho que solían vender en algunos bazares. El masaje había provocado un efecto tal, que fue como frotar plastilina. Decidí guardar mi pequeña bolita en el envase de plástico de un rollo de cámara de fotos de esos que ya casi no se ven.
Al día siguiente, repetí el experimento, y decidí unir las dos bolitas para formar una gran bola. Repetí el experimento durante varios días seguidos; al encerrar mi pequeña esfera en ese envase de plástico, había provocado sin querer que la bola no se secara a la temperatura ambiente, y que mantuviera un cierto índice de humedad. Nunca fui preciso en la geometría, pero creo que el diámetro llegó a superar los cinco centímetros, ya que varios días después mi pequeña esfera ya no cabía en el frasco.
Pasaron los meses, llegó Navidad, Carnaval, Semana Santa y para las vacaciones, ya tenía una pelota de mocos o por lo menos se le acercaba bastante, como comprobé un día mientras mi ñaño estaba fuera, al compararla con su balón de fútbol. Una tarde, luego de ir a la tienda por una bolsa de papas fritas, mi tía me esperaba en la puerta.

—¿Qué mierda es esta pendejada —dijo enérgicamente, con el juguete que había creado desde mis fosas nasales a sus pies.

Una semana después, luego de que el dolor en mis manos y orejas había pasado, decidí que no volvería a jugar fútbol o pingpong. Mi tía por su parte le agarró cierta tirria a las pelotas de caucho. En unas vacaciones siguientes, en las que fuimos de visita donde otros tíos, y en donde se me tapó la nariz, mi tía no paraba de verme, y cada vez que acercaba mi mano a la cara, me clavaba esa mirada inquisitiva que sólo había visto cuando un día por accidente perdí un vuelto en la calle.

Nunca más pude armar una bola tan grande de mocos. Supongo que hay cosas que sólo puedes hacer mientras eres niño.


sábado, 25 de enero de 2014

El hombre que le gritaba a la nada

Intentaba en vano concentrarme en hacer mi tesis, cuando lo escuché por primera vez. Aburrido casi por completo del facebook (le había dado like a lo que debía y a lo que no), esa noche escuchaba el trepitante sonido de una puerta, de esas de madera y metal. Suponiendo que se trataba de algún borracho, resté importancia al forcejeo. Sin embargo, mi paz artificial se echó abajo cuando empecé a escuchar, desde el fondo del alma de algún quiteño atormentado el grito imparable de SONIA, SOOONIA!!!!!!!!

Convencido al fin de dejar la aburrida laptop y el facebook desgastado, decidí mirar a través de la persiana de la sala, curioso -más bien morboso- por saber como era el aspecto del exótico galán que gritaba por su amada. El tipo, seguro, no medía más de 1,60 cm de estatura; no era gordo ni calvo, se veía trigueño (la luz amarillenta de la noche, que hace pocos días fue reemplazada por unas leeds, fue todo lo que me permitió distinguir). Supuse que se trataría del típico caso de algún borracho que habría extraviado la llave y al que se le habría negado la entrada a su casa por los tragos que seguro llevaba encima. Luego de ese panorama, apagué la compu y me fui a la cama.

La siguiente noche, un poco más dispuesto a estudiar, pero un poco perdido entre las letras algo difusas de mis libros fotocopiados, le escuché otra vez. SONIA, SONIAAAA.... TUMTUMTUM... SONIAAAA... SONIAAAAA!!!!!

De pronto, pensé que el gritón galán tal vez era no un bebedor ocasional, sino un alcohólico, pese a las advertencias de que las casualidades existen. Sabía que era un tipo de estatura mediana, de apariencia ecuatoriana común y corriente, pero ignoraba su nombre. Al menos sabía -o suponía- que la persona requerida era Sonia. El sonido de la puerta continuó esa noche. Por un momento, creí que algún vecino llamaría a la policía. Por un rato se me pasó la idea por la cabeza también, sin embargo pudo más la lástima, y la comodidad de suponer que alguien más lo haría.

Una semana después, el grito de "SONIA, SONIAAAAAAA" regresó. Esa noche intentaba mirar una película erótica, y necesitaba sentirme concentrado; los alaridos del hombre entorpecieron mis planes. Esa noche me pareció el colmo. Agarré el teléfono y marqué al 911. La voz de la operadora no fue nada amable, y en tono aburrido me dijo "ya le comunico con alguien". Una musiquilla repetitiva, aburrida y odiosa al extremo casi termina por provocarme náuseas. Al final, los gritos del borrachín se me hicieron más simpáticos que la mediocre atención de los servicios de seguridad. Minutos después, un agente de policía me respondió. Le dije que un hombre hacía escándalo, que por favor se lo lleven, pero también les dije que le presten ayuda. Me dijeron que enviarían una patrulla en veinte minutos. La patrulla nunca llegó. Minutos después, los gritos del hombre pararon.

Habían pasado varios meses desde entonces. Conseguí un nuevo trabajo y volví a olvidarme de mi tesis. Me olvidé del gritón también, y de Sonia, a quien nunca conocí. Una noche, mi novia se quedó en casa conmigo. Mientras intentaba dormir (ella ya soñaba algo seguramente), le volví a escuchar.

Curioso (mejor dicho, morboso), decidí otra vez regresar, para constatar que fuera el mismo. Esa noche, una patrulla pasó por la calle con un altavoz, pidiendo a la última tienda abierta que la hora de cerrar había terminado a las 10. Unos chicos buscaban botellas de plástico para reciclar y vender. Escuché al camión de la basura también. El amarillo intenso de la lámpara más cercana a mi balcón, dio paso al hombre que seguía gritando SONIA, SONIAAAAAAAAAAAA.... a viva voz.

Un vecino de mi casa, Don Néstor, zapatero desde hace cuarenta años, me reveló finalmente el misterio del hombre de los gritos. Me dijo que se llamaba Efraín, de 63 años, que trabajaba eventualmente como electricista, y que Sonia, su ex-mujer, había fallecido hace diecisiete años, luego de estar recluida en el San Lázaro durante seis meses. Que luego de la muerte de Doña Sonia, su hijo mayor, Daniel, impactado por el suceso, se había enemistado con él, empezando a beber, situación por la que un día tuvo un accidente fracturándose la pierna, cuya recuperación le llevó más de un año, debido a un mal reposo que empeoró su condición, obligandolo a andar en muletas, parcialmente incapacitado.

Por momentos, creía que en esa casa vivía una mujer llamada Sonia. Alguna vez quise jugar a Sherlock Holmes y averiguar quien era la señora, sin embargo, la pereza y el recelo me hicieron declinar. La historia que me contó Don Néstor, al menos satisfizo mi curiosidad.

Un par de años después, casado ya con mi novia, una noche que no podía dormir, le volví a escuchar....

viernes, 17 de enero de 2014

Libro de autoayuda

Con tus palabras de libro de autoayuda
evocando a Coelho, Sánchez y la vaca que se robó el queso.
Todo marcha bien.
Las páginas no se han vuelto amarillas aún.
Osho y sus consejos de cabecera
y el chocolate caliente que altera mi alma.
Echaré la culpa al queso,
huiré con el chocolate
y escucharé a Arjona tal vez,
no viviré esta noche como Bukowski persiguiendo
una casilla postal.
Me entregaré al olvido por un instante
hasta dormirme sobre una biblia tal vez,
hasta estrellarme luego de una cetrería marchita.