jueves, 13 de agosto de 2009

El juego


Cuando eres niño, una de las cosas que te permite conocer amigos y no ser antisocial, definitivamente, es saber jugar bien al fútbol.

Nunca fui bueno para ningún deporte; recién a partir de 1988, y gracias a la transmisión de los Juegos Olímpicos en Seúl, que veía casi a medianoche mientras esperaba que mamá llegara del trabajo, empecé a tener alguna noción de lo que significaba competir, sea en la pista o en la cancha. Sin embargo, fue unos meses antes que tuve la primera experiencia en un partido de fútbol: era el festival deportivo escolar, y cada grado se presentaba con un equipo. Sabía muy poco de corners, penalties, foults o tiros libres. Apenas tenía una idea muy leve sobre el arquero, quien tomaba la pelota con las manos. Fue así que, jugando en una supuesta posición de defensa, agarré la pelota con mis manos, dentro del área penal. El resultado fue una mano, un penal, un gol y una puteada de mis compañeros, quienes no podían entender que hice eso pensando que estaba salvando al equipo.

Dos años después, en 1990, y gracias al mundial en Italia, mis conocimientos sobre el "rey de los deportes" se incrementaron notablemente: conocía no sólo a los equipos de Primera A del Torneo Ecuatoriano, sino también a los clubes de Argentina, Paraguay, Bolivia, Chile y además, aprendí algo más de la geografía del mundo. Descubrí a Pelé, Maradona, Zico, Kempes y otros nombres que ni mis compañeros tenían idea. Sin embargo, aún no sabía lo más importante: cómo jugar fútbol.

Ya en tercer grado, mis calificaciones eran las más altas. Había sido escolta del pabellón nacional, y era el nerd de la clase. Así, llegó la ocasión del siguiente torneo deportivo escolar, y el grado nuevamente armó su equipo. Para no descolarme del equipo, me habían asignado el número 3 de defensa, impreso en un uniforme que no usaría nunca ya que, la profesora, quien me alagaba en Matemáticas y Sociales, me ignoraba por completo antes de cada partido. Así, pasaron otros tres años y llegué finalmente a sexto grado.


Eso de que los niños son inocentes e ingenuos muchas veces es mentira; mis compañeros de clase ya sabían de extorsión y chantaje, y fue así que, aprovechándose de mi frustración de no jugar nunca, encontraron la ocasión perfecta para actuar. Era febrero de 1993, y celebraríamos juntos el último festival deportivo escolar. Por ser presidente de la clase (nuestra noción de democracia era extraña: no existía la mayoría de votos ni el consenso, simplemente si tenías el promedio más alto del grado eras presidente y punto), el profesor me había asignado el número 10, lo que ocasionó gran envidia entre los niños, aunque también sabían en el fondo que esa camiseta nunca estaría en la cancha.


Adquirir el uniforme para la inauguración de los deportes en la escuela era un poco costoso, especialmente para los padres de familia de la escuela fiscal Gonzalo Abad de Quito. La fantasía más recurrente de todos los chicos era llegar a ser futbolistas y clasificar algún día al Mundial de fútbol (hasta entonces Ecuador nunca había clasificado). Por aquellos días soñaba con ser arquitecto. Pero mis compañeros tenían otros planes. Uno de ellos, Alex, un niño llegado de la Costa en cuarto grado, era muy talentoso: además de bailar igual que esos músicos de la tele, era bastante hábil con el balón; también fue uno de los chicos a quien sus padres no pudieron comprarle el uniforme. Miguel, el "líder natural" de la clase (porque mi cargo de presidente era algo así como el cargo del rey en España, una cosa puramente ornamental), había dispuesto una reunión secreta con la "cúpula" futbolera del grado: Milton, Hector, Henry, Edison, Luis y Santiago. Hector fue designado como portavoz de la terrible noticia.


-Omar, tenemos que hablar con vos.

-Mierda- pensé. Estos manes me van a pedir el uniforme para que el Alex juege- seguí.


-Queremos hacer un trato- siguió el Hector. Nos conviene a todos.

-Bueno, cuando le traigo la camiseta al Alex- me adelanté.

-No, no es eso, aunque sí sería bueno- siguió el Hector.

-Entonces qué es?- respondí.

-Queremos que juegues- intervino el Miguel. Pero a cambio, queremos que nos ayudes con Matemáticas. A cambio, el Henry le prestará el uniforme con el 7 al Alex, para el partido contra los de quinto grado y el sexto A. Eso sí, vas a jugar sólo una parte del segundo tiempo.


La propuesta me parecía extraña; sin embargo, decidí aceptar, ya que era probable que no tendría otro chance.


-Simón- respondí. Préstenme sus cuadernos.



................




Esa tarde, el aburrido patio de la escuela, en donde nos formábamos todos los días y los lunes cantábamos el himno nacional, se pareció mucho al estadio Atahualpa en un día domingo. Era la final del torno escolar, y el sexto B, nuestro equipo, estaba por disputar el título de la escuela, luego de ganarle al sexto A por 3 a 2 y al quinto B por 5 a 1; en ese partido jugué durante cinco minutos. Nuestras reglas de juego eran algo singulares: cada equipo jugaba con 7 personas, con posibilidad de cualquier número de cambios (el equipo estaba conformado por 12 jugadores). El Henry, que no era tan mal jugador pero sí el más bronquista del grado, había hecho un sacrificio sin precedentes: le había prestado su uniforme con el número 7 al Álex, la gran promesa de la escuela y del fútbol ecuatoriano. A cambio, el Álex había marcado 5 de los 8 goles que nos llevaron a la final. Pero el Álex no era el único bueno para el fútbol en la Gonzalo Abad; otro niño, David Enríquez, del quinto A, también poseía el don del dribling. Y fue así que estos dos niños, Álex y David, esa tarde hicieron que el director de la escuela, Don Patricio Albuja, dispusiera que se suspendieran las clases para que todos pudieran ver el encuentro decisivo.


Ya me había vuelto un capo para las reglas de tres compuestas, y esperaba con ansias que mis compañeros también me dejaran jugar en la final, aunque sea tres minutos. Todos estabamos emocionados; las niñas de la clase se habían hecho unos pompones con periódicos, y habían aprendido barras como "Arquerito, arquerito, siempre buenazo" o "Era, era, era, chiripa no más era". Aparte de eso, se respiraba en el aula una atmósfera de campeonato, ya que el equipo de las niñas del sexto B había ganado el campeonato de basket (las niñas jugaban basket, los niños jugaban fútbol). Sonó el silbato.


!GOL! Fue el grito a los dos minutos.

Gol del quinto A. 1 a 0.

Los partidos escolares en nuestra escuela duraban cuarenta minutos en total, con dos tiempos de veinte cada uno.


!GOL! Otra vez. Otra vez David Enríquez. El quinto A nos estaba ganando dos a cero.

-CHUGCHA LA GRANDE PUCKTA!!!- fue el grito desesperado del Henry, quien para no sentirse por completo fuera del equipo simulaba ser una especie de asistente del técnico, nuestro profe de la clase. -ELLOS SON DE QUINTO GRADO Y NOSOTROS DE SEXTO, MUEVETE ALEX, HAZ ALGO!!!


Por primera vez estuve de acuerdo con el bronquista del Henry. Era inconcebible que esos niños, aparentemente más chicos, nos estuvieran ganando.


GOL!!!! YA ERA HORA!!! El Alex había hecho por fin un gol.


Ya en el entretiempo, el profesor, su asistente técnico y la banca de suplentes estábamos reunidos. Se dispusieron los cambios. Quedé fuera.


-Oye Edison, también quiero jugar- le dije a nuestro otro delantero estrella.

-Chugcha, es la final, queremos ganar, no que nos metan otro gol- me dijo, mientras salía corriendo a la cancha.


GOL!!!! 3 para quinto A, 1 para sexto B.

GOL!!!!! 3 para quinto A, 2 para sexto B.


Faltaban cinco minutos. -Mierda, ojalá pierdan- dije entre mí, cabreado porque no me harían jugar.


GOL!!! GOLAZO!!!!!!!! El Edison se había lucido, luego de un hábil pase del Álex. 3 a 3.

Las niñas del grado no podían ocultar su emoción. Además de ser hábil en el fútbol, el Edison Ludeña era considerado el niño más guapo de la clase.


Sonó el pitazo final.


-Veinte minutos más de alarge- dispuso el improvisado árbitro del partido, el profesor de Educación Física.


-Oigan, ¿Puedo jugar en los alargues? se me ocurrió decir. -Ya han de estar cansados- concluí.

-No Omar- respondió nuestro coach. Va a salir el mismo equipo del segundo tiempo.


Durante los tiempos adicionales, se notó el cansancio en ambos bandos. Sólo el Álex y el David seguían corriendo a gran velocidad, con sus caras hinchadas y rojas por el sol y la fatiga. El Edison también peleaba, aunque iba más lento. Por otro lado, las niñas también estaban roncas de tanto gritar.


-Sonó el pito final.


-Vamos a penales- decretó el referee.

-Van a cobrar en el siguiente orden: Miguel, Milton, Luis, Edison y Alex- fue la orden del entrenador, otrora profesor de Matemáticas, Castellano, Sociales y Ciencias Naturales. Suerte Santiago, pon los cinco sentidos tapando- se dirigió a nuestro arquero.

Del otro grado al único que le conocía era al David Enríquez. A los otros chicos les conocía por la cara, pero no por el nombre.

La espectativa por los penalties era enorme. La mayoría de los niños de la escuela habían hecho un medio círculo alrededor del arco hacia donde se harían los lanzamientos. Las niñas gritaban más fuerte.

BIEN!!!!!!!!!! gritaron las chicas. El Santiago, nuestro portero, había atajado el primer tiro penal.

GOL!!!!!!!! Gol del Miguel, el más puñete de la clase. 1 a 0.

GOL!!!!!!!!!! Gol del quinto A. 1 a 1.

GOL!!!!!! Gol del Milton. 2 a 1.

GOL!!!!!!!!!! Gol del qunto A. 2 a 2, en su tercer penal.

Gol del Luis. 3 a 2.

Gol del quinto A. 3 a 3.

Era el turno del Edison. La Diana, la Lore y la Inés le gritaban toda clase de piropos. Pero el Edison erró nuestro cuarto penal.

BIEN!!!!! fue el grito de los niños del quinto A. La serie estaba otra vez pareja.

PUGTA, TIENES QUE TAPAR ESTE PENAL- Le gritaron el Henry y el Miguel al Santiago. Si tapas este tiro y el Álex hace el último gol, seremos campeones- concluyeron.

Pero el Miguel no pudo con los nervios. Tenía ante sí al David Enríquez, posiblemente el niño más hábil para el fútbol de toda la escuela. Al final, no pudo con él. La cosa se puso 4 para el quinto A, y tres para el sexto B, que había depositado su última carta en Álex, el niño venido de la Costa, el más hábil bailarín de los festivales artísticos y, también, uno de los niños con mejores notas de la clase (algo que descubrí unos meses después: tenía el tercer mejor promedio de la clase, luego de mis notas y de las de Diana).

¡ARQUERITO, ARQUERITO, SIEMPRE BUENAZO!!! Gritaban las niños del quinto A, ante la silbatinas de las niñas de mi grado, quienes ya estaban afónicas.

-Álex, te amo- gritó Inés. -Si haces este gol te juro que te doy un beso- gritó, ante lo cual los demás niños de toda la escuela habían respondido con un ICHIIIII............

Ignoro que pasaba por la cabeza del Álex. Supuse que debía sentir una gran presión. De pronto, al detenerme en su rostro, descubrí que tenía los ojos rojos. Pero nadie reparaba en eso. El Álex se dispuso a cobrar el penal.

DALE ALEX!!! Gritaron los demás.



..............................................



BIENNNNNNNNN!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! José, el arquero del otro grado, atajó el penal del Álex, y el quinto A había ganado el campeonato de la escuela.

Al final, las chicas del grado rompieron en llanto; algarabía total era el ambiente entre los niños y niñas del otro grado. El David Enríquez se había convertido en el héroe de toda la escuela; todos querían saludarle. Los profes no dejaban de felicitarle. Dentro de mí sentía gran satisfacción por la derrota.

-Debieron hacerme jugar- concluí.


Unos meses después, y con la desaprobación de mi madre, decidí regalarle mi uniforme con el 10 al Álex, luego de recordar esa tarde en que le vi llorando, aquél día de la final del campeonato. Era la clausura del año escolar, y no volveríamos a vernos. Nunca hice un gol. Hasta ahora no he sabido encontrar el chance.


A Álex Angulo



martes, 11 de agosto de 2009

Libertad


Te esfumas como arena entre
los dedos,
navegando sobre un barco de
papel en el océano de los anhelos.
Tu nombre es éxito sin precedentes
en campañas de publicidad,
en camisetas con un rostro impreso y
un corazón rojo junto a tres letras;
es una franela bajo una lluvia
de piedras y gas.
Es la analogía de las aves que son
presa de rapaces y portadoras de
epidemias domésticas,
es el reflejo sobre una pileta que simula
naturalidad.
Tu nombre es el centro de
eternos debates,
de canciones de odio y amor,
de tardes bohemias de cigarrillos
y alcohol.
Quien pudiera entenderte,
quien;
anoche pude mirarte en los ojos
de un gato que atravesaba
el farol.

lunes, 3 de agosto de 2009

Stefan, el profeta


Las jornadas en la sala de redacción del diario eran increiblemente estresantes: todo era para ayer. La editora era una vieja warever a la que al parecer le faltaba sexo (unos días después supe que el novio le dejó por un gringo), y todos debíamos cumplir sus órdenes. Fue casi un golpe suerte que mi ortografía y sintáxis fueran aceptables; eso evitó que me boten de la pasantía por algunos meses. Claro está, nada que ver con la Lore, la preferida de Doña Hortensia (doña Horto le llamabamos en corto, por si las moscas).

En el diario que se llamaba El Mensaje debía cubrir comunitarias, lo que no me causaba la menor gracia. Siempre soñé con escribir sobre economía y finanzas, me parecía un tema súper interesante. Pero el chance nunca llegó, y a que no saben quien estaba en esa sección. ¡Ajá! Estaba la Lore. La sección deportiva también me fastidiaba: de los tres pelagatos que la cubrían, dos eran liguistas y la otra man se declaraba agnóstica del fútbol (eso sí, con un pelado liguista también). Siempre me pifiaban por ser del Deportivo Quito, un equipo de perfil bajo, de contínuas desilusiones para nosotros sus hinchas pero al fin al cabo, el equipo de mis amores.

Mariana era el nombre de la aguafiestas de la sección de deportes; un día, Doña Horto me preguntó si no estaría interesado en cubrir el puesto de la desubicada hincha de ningún equipo, puesto que Norma, una de las chicas de cultura, había pasado a mejor vida (es decir, se había ido de El Mensaje a una revista cultural) y Mariana la relevaría. Estaba casi todo listo: sin embargo, esa misma tarde una llamada telefónica lo cambió todo: Stefan, un reverendo desconocido de la San Pancho ocuparía ese lugar.

Bastante cabreado y con un par de bielas encima, esa noche le conté todo a Eliana, mi novia, quien para colmo estaba media estresada por no sé qué razón. Luego de que se fue a su casa, volví a la mía, con un tremendo dolor de cabeza y ganas de volver al día siguiente a escupir al tal Stefan y de pellizcarle el horto a Doña Horto, la omnipotente editora. No podía dormir, así que prendí la tele con la esperanza de que la radiación de rayos catódicos hicieran efecto en mí.

La mañana siguiente fue un chuchaqui seco de lo más hecho pedazos. Doña Horto fue la primera en saludarme. -¡AHÍ ESTÁ EL IRRESPONSABLE, TOMA Y NI SIQUIERA APARENTA EL CHUCHAQUI... A TRABAJAR!!!- dijo, saltándose a propósito el buenos días, que por cortesía tuve que decirle antes.

-Hola, que plena película Hombre en llamas, no?- me dijo el Stefan, quien se veía muy lúcido.

-Sí, claro- le dije; en efecto, había visto Hombre en llamas esa noche.

-De ley- que buena actriz es esa niña Dakota- concluyó, antes de largarse.

-Mierda- me dije a mí mismo. ¿Y éste tarado vio la misma película que yo? me pregunté.


-¡HOY TIENE QUE IR PARA SOLANDA Y ESCRIBIR UN REPORTAJE SOBRE LOS NIÑOS FALLECIDOS, SEÑOR PÉREZ!!- me dijo Doña Horto, casi fúrica.

-Si doña Hortensia- dije, -Pero necesitaré que me presten para el transporte- seguí.

Doña Hortensia era bien tacaña, tan coda que le cobraba arriendo a la hija, según me contó una vez la Lore, en una de esas dizque reuniones de integración.


Al salir de la sala de redacción, que no tenía nada de espectacular (las oficinas quedaban en el séptimo piso de un edificio verde de doce pisos del centro norte de la ciudad), sentí alivio por un momento, pero ese suspiro se cortó repentinamente cuando escuché el bip de un carro rojo de cuatro puertas.

-Tienes que irte a Solanda? si quieres te llevo- me dijo Stefan, la adquisición más reciente de El Mensaje.

-Pero no tienes que irte al estadio para el partido del Nacional contra el Olmedo?- le respondí con algo de desdén.

-Qué va- Esos manes empatan a cero.

Me valía verga si le botaban al Stefan por faltar al partido, hasta pensé que ojalá así fuera por llevarme hasta Solanda, así que acepté su propuesta, con algo de malicia.

Gracias.


Oye, ¿Y que sentiste cuando la Eliana te terminó ayer jueves?- me dijo, mientras escuchábamos un disco de Babasónicos.

-¿Cómo sabes que mi pelada se llama Eliana?- le pregunté, sin darme cuenta de la barrabasada que me dijo sobre que me terminó ayer jueves, cuando era miércoles.

Vamos, en esa sala de redacción de ley te cuentan todo- prosiguió.

Tristemente, eso era cierto: aparte de infeliz, frustrada sexualmente y enamorada de un perro chiguagua llamado Pony, Doña Horto era una chismosa disfrazada de beata que en sus ratos libres o en esas dizque "integraciones" no dejaba de mangonear sobre la vida privada de los otros.

Mientras andábamos en el Chevrolet Aveo, el Stefan "adivinó" otras cosas más, por ejemplo, mis gustos musicales. Me encantaba Banasónicos: "canción llévame lejos, donde nadie se acuerde de mi, quiero ser el murmullo de alguna ciudad que no sepa, quien soy" era mi tonada favorita.

¿Quiéres que ponga algo de Tercer Mundo, Fofy? tengo un mp3 de los manes, no sientas pena, a mi también me gusta escucharlos de vez en cuando- dijo, ante lo que me quedé frío.

Fofy era el apodo que me decían en el colegio; por aquellos años, aparte de ser uno de los más enanos de la clase, era bastante gordo y para colmo estaban de moda unas galletas de vainilla y chocolate llamadas Fofys. Un tipo llamado Marco (que tenía cara de Goofy y de imbécil) me había puesto ese apodo en primer curso, mismo que no pude quitármelo hasta cuarto, año en el que por fin ese tarado se había largado del colegio.


-¿Eras amigo de un tal Marco Tufiño?- le pregunté con inquietud.

-Nica. Yo no estudié en La Salle, estuve en el San Gabriel- respondió.

En ese momento traté de armar varias piezas en mi cabeza: O doña Horto se enteró de varios detalles íntimos de mi vida en alguna de aquellas "integraciones", o el Stefan Nieto era pana del Marco Tufiño, o la Eliana era alguna amiga o ex del man, o estaba siendo parte de una broma de cámara escondida.

-No le putearás al Hansel por comerse la mesa de la sala- me dijo al botarme en Solanda. Nos vemos- concluyó.

¿Quién txutxa será este man? dije casi en voz alta, luego de bajarme del carro rojo del Stefan.



Cuatro días más tarde, todo lo que dijo el Stefan se había cumplido: la noche siguiente de aquél día, la Eliana me confesó que había vuelto con el Pato, un exnovio suyo que volvió de Estados Unidos y que por ende (las palabras estaban de más), "seguiríamos siendo amigos" (pobre cínica, y encima robándose la letra de una de las canciones de Hombres G). El Hansel, mi perro, a quién le puse ese nombre porque piensa que mi departamento es de chocolate y se lo come a pedazos día tras día, se había comido las esquinas de la mesita de centro de la sala, lo que me provocó una gran cabreadera e hizo que esa noche le hiciera dormir en la terraza, sin agua ni comida. El Nacional y el Olmedo habían empatado a ceros esa misma tarde; como El Mensaje no es un gran periódico, el Stefan no tuvo que hacer un gran trabajo al respecto. Lo de Tercer Mundo fue lo más sorprendente de todo, porque me daba mucha verguenza admitir que eran fan de aquél grupo de canciones ñoñas, pero que sin embargo escucho en este momento.


Me pregunto si lo del Stefan no sería olfato periodístico puro. Me pregunto si el man en realidad era el tal Pato con el que volvió la Eli. Me pregunto si en la San Pancho, dentro de sus asignaturas new age les enseñan también a adivinar y a levitar como Kaliman. Me pregunto si el man es un espía que pretende joderme la vida. Hay tantas cosas inexplicables en el mundo; quizás todo eso fue sólo una coincidencia.


a Carlo Celi