Estoy en un chifa. Escucho desde la mesa contigua a un hombre que comenta que vendió su taxi por apenas diez millones de sucres y que está considerando ir a España, mientras un bebé llora unas mesas más adelante. Si al menos estuviese comiendo… Mi chaulafán no llega. ¿Acaso ignoran que es mi día especial? ¿Se estarán tardando para ponerme un camarón de más?
Mientras mi plato sigue aguardando, mi padrastro me ofrece de su tallarín para de algún modo tamizar el instante incómodo. Supongo que descartó el restaurante que yo quería por considerarlo caro; supongo le habrá dado igual mi incorporación. Como sea, ya nada de eso importa. Luego de rechazar su gesto de paz, y tras la demora de mi suculento almuerzo, doy gracias y decido marcharme a casa. Es la última vez que llevaré la corbata y el uniforme del colegio Montúfar; ya en el barrio no me dirán lechero nunca más. Por cierto… Vivo en un barrio de puros tipos del Mejía, que se acaban de graduar también. Quizás nos veremos en la universidad; aunque lo dudo. Ingresaré a la Católica a estudiar Ciencias Geográficas y Ambientales, y me convertiré dentro de unos años en una especie de nuevo Jacques Costeau o Steve Irwins.
Ni siquiera mis amigos han venido a verme. El Luis tuvo que trabajar; se graduará el año entrante. El Andrés, ni idea; seguro mira un video de la WWF o escucha WASP a todo volumen. Mi madre me llamó temprano: dijo que enviará a mi padrastro el dinero para el primer semestre de la universidad y que no olvide hacer el trámite para la pensión diferenciada. Supongo que era una de las razones para no ir al Toro Partido.
Es agosto: debimos graduarnos en julio, pero el paro de inicios de año retrasó varios de nuestros planes. Solo hay cinco capas y birretes para doscientos muchachos en su mayoría físico-matemáticos, que han postulado a la Politécnica. Solo dos compañeros nuestros se graduarán en septiembre, un par de losers cuyos nombres olvidaré y dejaré de prestar importancia. Tampoco nos fuimos de paseo. La división ideológica de nuestra clase, aunque risible, es irreconciliable. Quizás fue mejor así. Después de todo a casi nadie le caía bien. Además, qué aburrido salir solo entre varones. Presiento que del curso saldrán al menos uno o dos gays, precisamente aquellos que juraban que yo lo era también. A uno de ellos le molerán a golpes unos años después. Otro compañero, a quien presté un disco que no me devolverá nunca más, se hará famoso por un triste motivo, mientras otro mas se pondrá en pausa indefinidamente. Dos de los demás chicos dicen que optarán por la Policía: uno de ellos, mi gran amigo Ruiz, quien quizás no pueda entrar debido a su medida de vista de casi 2.0; tal vez el Cisneros sí lo logre. Supongo que varios de ellos viajarán a España el año entrante; dicen que el Alfonso ya es papá incluso. Paúl, el más aniñado de la clase será el único en acudir a la San Pancho, tan despreciada por el Lucho, que se declara guevarista a morir y que se irá a estudiar Derecho a la Central —el plan que yo tenía hasta quinto— junto con la mitad del curso. Solo el Guillermo ha tenido el valor de optar por Psicología. Cuando me preguntaron de qué se trataba mi carrera, solo supe decirles que «de dibujar mapas». «Seguro te irá bien brou, vos sí dibujas», me dicen de vez en cuando. El Rueda dice que no tiene para la U y que ingresará al Servicio Militar de manera voluntaria. El Levoyer (quien pensé por mucho tiempo que era venezolano) supuestamente se irá a Estados Unidos. El Tula, cuya voz parece de locutor de AM, seguro estudiará Comunicación y se volverá un locutor famoso. El Danilo tal vez me siga a la Cato. Nadie se atreve a decir que no estudiará: todos harán más o menos algo. Christian Stahli, el chico de intercambio que fue nuestro compañero, nos ha enviado una felicitación por escrito, ya que tuvo que volver a Suiza unos días antes. Los muchachos corean una versión chauvinista de «Al partir» de Nino Bravo. En mi cabeza suena «Run» de Collective Soul.
Ya no pronunciaré el himno de mi colegio, ni juraré darme de puñetes con un rosca del Mejía si es necesario. Ya no entonaré alguna barra colegial adaptada de Barcelona o de Liga, robadas a su vez de cánticos argentinos. Quizás ya no leeré a Marx: sé que en la Católica no son materialistas dialécticos. No sé si deba fingir ser fiel devoto o algo así. Supongo que habrán muchas chicas bonitas, y que me enamoraré de alguna de ellas. No sé si hago lo correcto. Siempre me gustó escribir. Quizás debería haberme inscrito en la Facultad de Filosofía y Letras, pero qué futuro podría esperarme. Dicen que hay puros chinos tirapiedras y garroteros.
Tal vez en la Católica tenga futuro. O tal vez no. Tal vez no exista el futuro. Tal vez conoceré a un tipo de quien solo recordaré que me dijo una vez que «cada persona es un mundo»; por ahí me gustará la chica más alta de la clase, que jamás me hablará hasta 2005, cuando coincidamos en una marcha que busque derrocar al presidente de turno; quizás me citaré con otra chica de aspecto más simple, a quien compraré flores y quedaré de ver en la Plaza Grande, pero finalmente no veré porque no acordaremos la hora jamás, y que me llamará días después a preguntar por qué no volví a clase, ya que me retiraré ni terminado el primer semestre.
Quizás me olvidaré de todos ellos y escribiré sobre lo fugaz que es la vida, de vez en cuando.
