domingo, 28 de julio de 2019

La una de la medianoche

Había quedado en juntarme con Diego, un colega del preuniversitario, en el chifa de la Colón y 10 de Agosto. Ese día no traía celu, pues me lo había choreado hace un mes, luego de tomarme varias cervezas con otro amigo, Carlo, cerca de la 6 de Diciembre, por lo que me fue imposible contactarme con el Diego. Distinto de otros días de verano y de julio, cuyo tono suele ser seco y soleado, ese mediodía era tan agradable y fresco, que hasta el sol parecía haber salido a tomar una biela helada con las nubes. Sin embargo, la impuntualidad de mi compañero ya me estaba impacientando.

Nos juntaríamos ese día para comernos un chaulafán y comparar unas guías que nos habían dado para los nuevos cursos que iniciaríamos en septiembre; el pre abriría una nueva sucursal, y debíamos discutir si seguiríamos con el mismo manual de clase o si haríamos unas adaptaciones. Mi compañero no suele ser impuntual; de hecho, me extrañaba que no llegara todavía. Supuse que quizás se encontraría de camino con Diana, su novia de ya siete años, y que una nave extraterrestre los habría abducido y llevado a una exótica playa en las Galápagos o en el Caribe, donde tendrían sexo desenfadado hasta que terminara el verano. O que quizás, un agente llegó a su casa para anunciarle que se ganó la lotería, por lo que decidió de manera sigilosa mandar al carajo a nuestro trabajo, en donde no teníamos ni contrato ni prestaciones sociales. El punto es que el Diego no llegaba, y sentía algo de pereza de salir a buscar una cabina para llamarle a su celular, por lo que decidí pedir un chaulafán con cocacola y un plato de wantán.

Mi comida transcurría normal, hasta que, en medio de una canción de reguetón que sonaban en la radio y el español mal pronunciado de una de las meseras (supongo, hijo de la dueña), una llamada telefónica en una mesa vecina llamó mi atención. La charla, protagonizada por alguien que parecía colombiano decía más o menos «Sí pues, nos vemos entonces a la una de la medianoche, bien pueda mijo, nos lo quebramos.» «Nos lo quebramos»... ¿Dónde había escuchado esa frase? ¿No fue en algún episodio de aquella serie Pandillas: Guerra y Paz? ¿Sería posible que estuviera contemplando el plan de asesinato de alguna persona, y que el amable comensal de la mesa vecina fuese un sicario?

Por un momento, pensé en salir del chifa, buscar la cabina más cercana y llamar cuidadosamente a la policía para que detenga al sospechoso. Pero al recordar que nuestros chapas son más lentos que tortuga y que para cuando llegara alguna patrulla seguramente el potencial sicario se habría marchado, concluí que sería mejor hacerme el loco y seguir con mi comida. Sin embargo, los pedazos de carne de cerdo y camarones muertos de mi plato me recordaron de nuevo el carácter frágil de la vida, y de nuevo me entró una duda, la de que quizás mi silencio sería el culpable de que algún tipo cualquiera de la ciudad muriera esa madrugada, o mejor dicho esa medianoche, la una de la medianoche, ¿o la una de la madrugada? qué importaba. Quizás era algún lenguaje en clave... o quizás no se trataba de algún asesinato, quizás mi polisemia estaba fuera de lugar y «quebrar» no se refería a matar, como se suele interpretar en la jerga colombiana, sino cerrar algún negocio, o romper alguna cosa. Mientras divagaba, el hombre del celular ordenó una cerveza.

El Diego seguía sin llegar; supuse que definitivamente ya no vendría. De todos modos estaba comiendo ya, y no dejaría mi plato a medias, a más que el arroz estaba bueno. En eso, el celular del hombre sonó de vuelta. Pero esta vez, el tipo salió a contestar afuera. Fue entonces que confirmé que no debía tratarse de nada bueno, y que tal vez notó su imprudencia de hace un momento, de contestar en público. Pensé en escaparme entonces del restaurante, pero había un problema: todavía no había pagado, y seguro la china creería que intentaba salir sin pagar. Nuevamente me senté, respiré un poco y quise suponer que veía demasiada tele y cucos por todas partes, que probablemente aquella conversación fue producto de mi imaginación y que tal vez estaba estresado por el trabajo que aquel día ya no podría hacer por causa del tirón del Diego. Entonces, el tipo regresó. Volvió a la mesa como si nada.

Ya no me sentía para nada cómodo, y mi arroz que estaba aún por la mitad se quedaría a medias. Decidí ir al baño; me quedaría allí durante algunos minutos, hasta que el personaje salido de Pandillas Guerra y Paz abandonara el lugar. Pero el tipo no se iba, y por el contrario, lo vi de nuevo con el celular. Algo me decía que el man supuso ya que lo había escuchado y que al dejar el chifa me iría siguiendo. De repente, mi pana Diego apareció en el chifa, mientras espiaba desde la puerta del baño. Dio una ojeada, pero al no verme, supuso quizás que ya me había ido. Ni siquiera reparó en las guías de estudio en la mesa. Salí entonces corriendo a decirle que le estuve esperando, y que se siente tranquilo; supuse que la repentina aparición de mi compañero produciría una especie de giro de tuerca en esta historia, y que el sicario quizás supondría cualquier cosa sobre nosotros, menos que uno de nosotros fuese un sapo con la policía.

Preferí ahondarme en la discusión sobre las guías con el Diego, para distraerme; pero el potencial pistolero no se iba. Por el contrario, se pidió unos camarones a la plancha cuyo ruido y vapor escandaloso seguro llenaban más el plato que los camarones. Sumido en mis pensamientos, y casi quedándome en blanco, decidí salirme corriendo del chifa, dejando un billete de diez dólares. El colombiano se levantó también. Corrí sin mirar atrás durante varias cuadras. Corrí y seguí sin parar. Entonces vi al sujeto correr junto a mí. Imaginé que me alcanzaría, apretaría el gatillo de su pistola y... un momento, ¿por qué no iba en su moto? ¿No que los sicarios andan en moto? Seguí corriendo. Hasta que me choqué con un negro, como de tres metros de estatura y un uniforme de guardia de seguridad.

Luego de las respectivas disculpas, le conté al guardia sobre mis suposiciones. Me dijo lo mismo, que tal vez veía demasiada televisión. El colombiano se había esfumado; con algo de recelo, decidí volver al chifa, con la excusa de pedir el vuelto. Al regresar, lo encontré junto con el Diego. Resultó que eran amigos, que habían sido compañeros en la universidad, y que no se quebrarían a nadie, sino que estaban burlándose de Pandillas: Guerra y Paz, imitando un diálogo de la serie.

viernes, 21 de junio de 2019

Sol de Chernobyl

Cada solsticio nos recuerda
bajo la ardiente farola del universo
el cálido aliento de la muerte
Cada pájaro,
cada hoja de árbol desvaneciéndose
cada cerveza que se evapora en tu insípida existencia.
Has de correr,
pero no hallar salida;
solo fingir que el mundo acaba cada noche,
y mañana a la misma rutina.
Sentirte a gusto con las migajas que te da el mundo,
con encajar en algún rompecabezas,
con no morir en la miseria.
Con gritar aunque a nadie le importe tu intrascendente historia,
en una ciudad de los Andes.
Desbarata un muro,
quiebra unas cuántas cabezas;
juega a la revolución,
mientras llega el ocaso del sol.
Esta noche caerá un nuevo imperio en tu cabeza,
quizás mañana otro similar;
no te conformes tan solo con la luz a través del cristal.

La chica nacional

Don Manuel llegó a Quito hace como veintiocho años; oriundo de Rocafuerte, en Manabí, soñó por un tiempo con hacerse piloto de autos, pero una vez puestos los pies sobre la tierra, de pronto se vio trabajando en una cevichería de la capital, primero como mesero y luego como ayudante de cocina. Bastante más decidido que sentimentalista o nostálgico, cuatro años más tarde renunció a su trabajo y con un carrito empezó a vender encebollado como ambulante, unas veces en El Recreo, cerca de dónde vivía, otras, a las afueras del Hospital del Seguro, en ocasiones afuera del coliseo Rumiñahui cada vez que había un concierto, y otras, desafiando incluso a los policías municipales, junto a la plaza de Toros, cada vez que había corridas.

Con el tiempo y tras varias privaciones logró abrir un local de encebollados y ceviche, a unas cuadras del hospital del Seguro, dónde al parecer le había ido mejor. Primero trabajó como cocinero, mesero, cajero y posillero; luego, contrató a un par de muchachos oriundos también de Manabí que le ayudaron, y después a otra chica, Mariela, que con el tiempo se convertiría en la madre de sus dos hijos, que le resultaron hinchas de la Liga. El negocio continuó de maravilla, y tiempo después pasó a tener una decena de empleados, entre los que aparecería Julia, de apenas dieciocho años, no muy agraciada para doña Mariela quién en secreto temía que Don Manuel se enamore de alguna de sus empleadas, pero con una niña de dos años, que tendría que quedarse en casa con la abuela.

Bastante torpe al principio, Julia fue de aquellos marineros que tuvieron que aprender a navegar en medio de la tempestad, de la tempestad del restaurante de mariscos, que abría desde las siete de la mañana con desayunos costeños, encebollados para el chuchaqui y debía proseguir hasta las cinco de la tarde, cuando el último ceviche o arroz con camarones se hubiese terminado. Don Manuel y Doña Mariela le tomaron cariño a Julia, quien pese a sus notorios rasgos indígenas se había vuelto más mona que el resto de sus compañeros.

Un día llegó al restaurante una pareja de chicos venezolanos, Edwin y Mariangel; llegaron con una hoja de vida mal impresa, que aseguraba que tenían estudios universitarios pero que estaban dispuestos a trabajar en lo que sea. Por esos mismos días, dos de los meseros, que paradójicamente se habían enamorado en la cevichería, justo igual que Don Manuel y Doña Mariela, anunciaron que se irían a vivir a Santo Domingo, donde podrían un restaurante con otros parientes. Edwin y Mariangel eran muy hábiles; a diferencia de Julia, no tardaron en adaptarse a la rutina del salón. Los detalles de la manera en que fueron contratados nunca le fueron revelados a Julia, ni debían ser de su interés.
Después del terremoto de 2016, otra mesera, quién era de Jama, decidió renunciar también, para acompañar a su madre, con la promesa de poder volver en cuanto su situación esté más resuelta. Mariangel había recomendado a Don Manuel a una prima suya, quién estaría por arribar al país en unos pocos días. Durante ese lapso, Julia tuvo que doblar turnos y trabajar más fines de semana seguidos. Érika, la prima de Mariangel, relevaría definitivamente a la mesera de Jama, de quien aparantemente no se volvió a saber nada.

Maykel, quien era el menor de los meseros, anunció que se iría también, en vista de que al fin había obtenido un cupo para estudiar acuacultura en la Escuela Politécnica del Litoral en Guayaquil. No pasó ni un solo día cuando Isabel, natural de Táchira, lo reemplazaría. Alguna vez se le ocurrió a Julia preguntar a Doña Mariela por qué ese empeño en contratar ya solo a extranjeros. «Es que ellos trabajan más, al ecuatoriano no le gusta trabajar», sostuvo la jefa, Doña Mariela, quién llegó a la cevichería un día precisamente buscando trabajo.

Unos meses después, Julia escucharía sin querer una discusión: eran Edwin y Mariangel reclamando a Don Manuel, por negarse a subirles el sueldo. Julia supuso que quizás los trescientos sesenta dólares empezaban a ser insuficientes, después de todo, en un país dolarizado la vida es algo cara. Sin embargo, su sorpresa sería tremenda al enterarse de que a ambos se les pagaba en total seicientos dólares.

La hija de Julia, Cristina, tiene ya ocho años; Edwin y Mariangel tienen también una hija, Melanie, de 6. En una fiesta que Don Manuel organizó para el cumpleaños de su hija mayor, Cecilia, jugaron la tarde entera. Algo happy, y sin saber por qué de pronto le importaban esas cosas, Julia se atrevió a preguntar por qué a Edwin y Mariangel se les pagaba trescientos a cada uno, y no trescientos sesenta como a ella. Don Manuel no respondió.

Al lunes siguiente, a Julia se le redoblaron los turnos de trabajo. Para entonces, Julia suponía ya que los extranjeros son mejores trabajadores, precisamente por que se les ofrece menos paga a cambio de más horas de trabajo y de menos documentos personales. Julia, en secreto, ya estaba enviando hojas de vida a otros sitios; sin embargo, en cada uno de ellos la respuesta era un «no gracias» o simplemente nada. Un día, Edwin y Mariangel desaparecieron del restaurante; en su lugar estaban otras dos chicas venezolanas, Carlota y María Eugenia.

a Vale Gangotena

martes, 11 de junio de 2019

Vivi

Nos conocimos en un concierto de la banda sueca Hammerfall; curiosamente es de las pocas ocasiones en que recuerdo el atuendo que llevaba puesto ese día: una camiseta gris jaspeada, sobre un buzo negro, el cabello recogido en una cola y un pantalón militar. Fue agradable verla; ningún amigo había ido conmigo a ese show, y se me había acercado. Hablamos fundamentalmente sobre música; me dijo que estudiaba en el colegio 24 de Mayo, en tanto que yo hacía dos años que me había graduado. Intercambiamos nuestros números de celular, sin entusiasmo alguno; ese día estaba allí solo por la banda y pasar un buen rato.
Unos días más tarde quedamos en vernos, precisamente en el mismo sitio donde nos habíamos conocido: el Ágora de la Casa de la Cultura. Caminamos en sus alrededores; no bebimos siquiera un café, solo charlamos. Entonces me contó que le agradaba el black metal, y me contó con entusiasmo sobre un festival que se celebraba cada año en Noruega. Su expresión se llenaba de entusiasmo al hablarme de Bathory; unos años después me enteré de la muerte de su vocalista, Quorthon; también mencionó que practicaba judo y que le gustaba nadar.
No recuerdo si fui yo quien la besó, o si me dejé llevar; la oscuridad y sus pinceladas de smog fueron nuestros únicos testigos. Me encantaban sus pelos zambos, entre sucos y castaños. Unos días después, en que quise volver a buscarla, la oscuridad terminó de envolvernos y no volvimos a coincidir más, hasta la ocasión en que la encontré cerca del teatro Malayerba de El Belén. Se había encontrado con otro tipo. Nunca nos hicimos novios o nada parecido. Supuse que por ese lado no había lío. Pero con el tiempo algo empezó a no hacerme sentir muy bien. Días después, le escribí por el latinmail. Le dije que me había parecido algo importante. "No lo sabía" me respondió. Tiempo después volví a verla, esta vez por la iglesia de El Sagrario: estaba con quien asumí era ya su esposo, en el bautizo católico de su hija. Tiempo después, no sé por qué, al volver a coincidir, le pregunté si gustaba aún del black metal. Me dijo que ya no lo escuchaba.
En un libro de caricaturas, todavía guardo una foto que nos hicimos juntos, un 31 de diciembre en la Concha Acústica. Para entonces ya no éramos nada.

jueves, 6 de junio de 2019

El predicador

Solía verlo cada domingo en la Plaza Grande, junto a la Catedral del Gallo; a veces un par de curiosos le prestaban atención. Llevaba un altavoz y una biblia; anunciaba el fin del mundo desde que yo aguardaba por terminar el colegio, ingresar a la universidad e irme del país. Con los años se le sumaron otros predicadores, menos exitosos, así como vendedores de chicles, audífonos, cables de celular y otras chucherías. También se le sumaron otros ancianos, fanáticos de Rafael Correa que lo vieron alguna vez desde el balcón de Carondelet y ahora vociferaban «Judas» a su sucesor, personas que reclamaban por sus desaparecidos e incluso una mujer, que aseguraba ser la heredera de la familia más archimultimillonaria de Quito.

Un día, por una morbosa curiosidad, decidí perseguir al predicador luego de su quizás infructuosa jornada por salvar almas del infierno. Bajó por la Venezuela tres cuadras hasta la Plaza 24 de Mayo. Creí que iría con alguna prostituta, pero se metió en una casa amarilla. De pronto sentí un tremendo escalofrío. Mientras miraba a una prostituta de aspecto bastante mayor, discutiendo con quien al parecer era su proxeneta, se me bajó la presión; entonces unas luces blancas como de ovnis se apoderaron del paisaje, seguidas de un sacudón oscuro que de repente, me hicieron creer que recién me levantaba de la cama y que todo había sido un sueño.

Entre el negro lienzo de mi cabeza escuché una tosca voz femenina; era la mujer hace de un momento, preguntándome si estaba bien. Un poco asustado, me reincorporé de inmediato para emprender la huida, pero en seguida noté que tenía sangre cerca de la oreja.

—Joven, parece que se rompió la cabeza. Venga le llevo a que por lo menos le pongan alcohol.

Tanta cortesía me parecía sospechosa.

—Gracias, no importa, ya me consigo algo en la farmacia —respondí, mientras me preparaba a correr otra vez. Sin embargo, sentía el cuerpo amortiguado y me costaba permanecer de pie.

Retraído y todo, logré volver a la Plaza Grande; las personas, que hace rato parecían no darme importancia, empezaron de pronto a mirarme con cierto escozor. Supuse que la gente se hacía demasiado lío por apenas unas gotas de sangre; sin embargo, otro repentino dolor de cabeza volvió a pincharme en lo más profundo, como si intentara sustraer por la fuerza mi masa encefálica. Sentí mucho miedo entonces. Empecé a creer que quizás eso del fin del mundo pudiera ser cierto. Decidí sentarme por un momento en una de las bancas del parque.

Mi esposa estaba en su trabajo y no quise interrumpirla; hace pocos días volvió a laborar, y no creí que a sus nuevos jefes les hiciera gracia que pidiera permiso tan pronto. Mis padres y hermanos viven en otra ciudad, y no creí que pudieran teletransportarse hasta la Plaza Grande. En cuanto intenté llamar al 911, descubrí que mi celular estaba sin batería. Esperé entonces a ver si al menos me pasaba el hormigueo en brazos y piernas para volver a andar.

Entonces pasó lo inesperado. El predicador había vuelto. Se acercó hacia mí. Me preguntó que había ocurrido; enseguida, llamó a una persona cuyo nombre no recuerdo, que a su vez llamó a un policía metropolitano, quien se quedó conmigo hasta que llegó una enfermera con alcohol y gasas. Después me subieron en una patrulla y condujeron hasta el centro de salud del Centro Histórico.

Durante varias semanas tuve miedo de regresar por Carondelet. De repente, cierta superstición se apoderó de mí y me hizo creer que todo eso me había ocurrido por descreer de quienes creen. En casa, mi esposa llegó incluso a suponer que el día aquel había ido a buscar prostitutas. Cada vez que volvía a contarle al detalle lo sucedido ese día, ella se convencía más de que le estaba mintiendo, y que seguramente fui asaltado por buscar lo que no se me había perdido.

Meses después, un trámite en el Municipio me obligó a regresar a la Plaza Grande y volví a ver al predicador. Por un instante me sentí en la obligación de acercarme a él y darle las gracias por haber pedido ayuda para mí. Sin embargo, la suspicacia y cierta vergüenza me impidieron hacerlo. Entonces, se me ocurrió lo que consideré la mejor idea posible: regalarle una biblia nueva, pues noté que la que traía estaba vieja y desgastada. Una hora más tarde, me acerqué finalmente a él.

—Gracias, de no ser por usted, no sé que hubiese pasado conmigo ese día.
—¿Quién es usted?
—Soy yo, el de la cabeza rota de la otra vez, ¿no se acuerda?
—¡IMPÍOS, IMPÍOS, YO ME ASEGURARÉ DE QUE ARDAN EN EL INFIERNO JUNTO A LA TENTACIÓN Y A LA CONCUPISCENCIA! —recitó de inmediato, marchándose sin siquiera darme tiempo de ofrecerle la biblia nueva que había comprado para él.

Pensé entonces que se trataba de un loco más, de esos que abundan en el Centro de Quito: almas perdidas en una ciudad que siempre aparentó ser franciscana, pero que siempre vivió los deleites del pecado del mismo modo que saboreaba las golosinas. Curado por fin del golpe en la cabeza y atenuada la cicatriz, por un tiempo intenté encontrar en aquella flamante biblia la cita que el predicador pronunció al verme otra vez. Nunca encontré el pasaje , por lo que deduje que serían frases inventadas para llamar la atención. Después de todo seguro era un loco o un actor, que ejercía una rutina diaria a cambio de unas monedas para comer.

La biblia finalmente terminó por causarme de nuevo una extraña sensación de malestar, que no pude evitar relacionar con el día en que me partí la cabeza en la 24 de Mayo, y a diferencia del Juan Dahlmann de Borges que se atrevió a releer el ejemplar de Las Mil y Una Noches, decidí quemar mi nuevo y antiguo Testamento para que ningún rastro de ellos, nunca más, me recordara ese día en que pude haberme desangrado frente a las narizotas del Presidente de la República en la Plaza Grande.

Al día siguiente, un domingo, resuelto a seguir con mi vida y simular que nada había pasado, agarré la bicicleta y me dirigí hacia el centro. En la calle Venezuela, donde se forma una pendiente, olvidé apretar bien los frenos y en cierta parte perdí el equilibrio y caí. Volví a sentir temor de quedar inconsciente otra vez, pero a pesar del raspón en la pierna, me sentía lúcido. «No hay nada que temer, todo está bien» pensé. Entonces, volví a ver al predicador, con la cara llena de hollín y una biblia quemada entre sus manos.

lunes, 27 de mayo de 2019

Vida en Marte

Sentada con tus dudas,
sola,
frente al televisor.
El cielo permanece nublado esta noche,
aunque una luz solitaria te mira a lo lejos.
La luna no ha venido esta noche,
¿dónde habrán ido los hombrecillos verdes?
Te decides por salir,
el viento llegó sin ser invitado;
caminas junto al lago de La Alameda,
mientras te preguntas si hay vida en Marte;
todos están lejos.
La calle es un grito ahogado,
también los autos se fueron a dormir.
¿Qué habría sido de tu vida,
sí te subías en aquel autobús?
El miedo a morir ya no es miedo,
es tedio.
Entre tus pensamientos alguien ha muerto,
los hombrecillos verdes se dispersan sobre el cementerio.
Las mismas preguntas adolescentes conviven con tus canas.
Quisieras volver,
pero el nublado cielo ha descendido a la ciudad.
El amor no late tan fuerte como ayer.
Sentada frente al lago,
todavía te preguntas si hay vida en Marte;
la calle es un grito ahogado.

viernes, 29 de marzo de 2019

La mujer pájaro

No acostumbro beber café en sitios exclusivos; soy más de esas personas que acuden a huecas baratas o de chatarra. O que se prepara el café en casa. Cierto día sin embargo, un libro en una vitrina, con una mujer pájaro en la portada, me invitó a pasar a una cafetería. Por dentro el sitio no se veía lujoso, pero sí acogedor. Varios libros aparentemente no leídos por nadie decoraban el lugar. Luego de pedir un café sencillo, solicité me presten el libro con la mujer pájaro en la portada. Era un poemario; a veces los versos se me hacen difíciles. Realmente, me había atraído más por la portada. Sin embargo empecé a ojearlo, y entonces, entre las páginas del azar un número apuntado con un lápiz apareció en una página, con un poema titulado "Una taza de café".

La curiosidad pudo más y guardé el número de inmediato. Terminado el café, y tras salir a la calle, las dudas sobre el número hacían un nudo en mi cabeza. ¿Se trataría de alguien que quiso dejar un mensaje secreto? ¿quizás un número apuntado por alguien cuyo celular andaba sin batería? ¿un hombre? ¿una mujer? ¿un niño, un ángel un demonio un extraño ser? Ya en casa, decidí llamar a aquel número desconocido; recordé unos minutos antes que hace años, tuve un sueño en que una chica que me gustaba durante la adolescencia me daba su número de teléfono, pero siempre aparecía incompleto.

«¿Y si fuese éste el número por fin?» pensé ilusionado por un momento. «Creo que veo demasiada televisión».

Me decidí por fin a marcar el número, pero descubrí con tristeza que ya no tenía saldo. Era de noche y no podría ya salir a una cabina para probar.

Al día siguiente, esperé con ansias que las cabinas cerca de la casa abrieran. El número estaba completo; cada uno de sus diez dígitos eran como heladas gotas de lluvia sobre mi espalda. Pensaba entre tanto en la cuartada. ¿Qué diría? «Si es un hombre, simularé preguntar por un tal Santiago; si es una chica, por una tal Isabel». Desde luego, jamás sería Elizabeth, la chica de mi adolescencia. Pero, ¿y si lo fuera?

Horas más tarde, volví a buscar la cafetería con el libro de la mujer pájaro en la portada. No pude hallar el lugar. Pensé que tal vez me había perdido, o que quizás alguno de los negocios cerrados era el sitio aquel. Esperé hasta la noche. El sitio no aparecía ni el libro en la vitrina. Había varios cafés, pero ninguno se parecía. «No puedo creer que se hayan mudado precisamente anoche», pensé. Fue entonces que decidí volver a probar el número. Durante el día, cada dígito que parecía una helada gota de lluvia, me había dejado perplejo. No me atreví a llamar. Pero esta vez lo haría, o me volvería loco. Con unas pocas monedas alcancé a ponerme algo de saldo. Superado el trance, me animé a marcar. El número al cual llamaste, no está disponible.

Varios días después, casi superada la melancolía por el sitio y el número imposibles, llegué a una feria de libros. Estar allí me hizo suponer que deben existir miles de libros en el mundo, y muchos miles más de libros imaginarios que quizás no existen aún. Extrañado, me siento al fin sereno y con la mirada perdida en uno de los estantes de la feria. De pronto, siento que por la espalda unos dedos fríos me dan diez topes. Es la mujer pájaro.


viernes, 15 de marzo de 2019

Jesús y Satán

¿Cómo pudieron ponerte un nombre así? le dijo el niño pastor, caresucio y con la cara llena de mocos al otro, que aparentemente andaba perdido.
—No tengo idea; hace 40 días que no he visto a mis padres, para preguntarles— respondió, extrañado.
—¿Tienes hambre? en la mochila tengo choclos y habas cocinadas.
Satanás no acostumbraba a comer ese tipo de cosas, pero ya que no le quedaba de otra, tuvo que aprovechar el pequeño banquete.
—¿Y me dices que no vas a la escuela?— preguntó Satán, mientras miraba fijamente las manos del pequeño pastor.
—Mi papá dice que debo cuidar las ovejas.
—¿Pero no las cuidarías mejor si supieras sumar y restar, el proceso de fotosíntesis o de donde vienen las cosas?
—Se supone que ya lo sé.
—Por ejemplo... ¿quién es el rey del universo?
—Mi padre.
—Jajajaja... ya quisiera ser tu hermano.
—¿Y acaso no lo somos? ¿si provenimos de la misma mona, de alguna manera eso no nos hace hermanos?
Satán no pudo desmentir esa afirmación.
Mira...si te doy un caramelo, ¿me dejarías jugar con alguna de tus ovejas?
—Dale— respondió Chucho. Pero si llegas a perderla, tendrás que darme dos de vuelta.
—¿Y por qué lo haría? ¿no sería una nada más? veo que sabes de intereses...
—No puedo arriesgar mi capital.
—Eres un pillín. De acuerdo, dejaré en paz tus ovejas, pero un día te morirás también.
—Y volveré también.
—Nadie regresa de morir.
—Solo se muere lo que existe.
—¿Y ambos, existimos en verdad?

sábado, 9 de marzo de 2019

Mariana

Cada vez que pronuncio su nombre, no puedo dejar de recordar la leyenda de Mariana de Jesús, aquella que dice que «el país no se acabará por algún terremoto, sino por los malos gobiernos». Se me hacía un nombre tan clerical, como de monja; hasta la ocasión en que conocí a Mariana, el personaje de la novela A la Costa de Luis A. Martínez, interpretado por Verónica Noboa, quien pese a tener senos pequeños, tenía un cierto aire sensual.

Todo empezó a unos meses de abrir mi cuenta de Instagram; un grupo de fotos de aficionados a Star Wars, la saga más geek del universo, captó mi atención. Era un stormtrooper sobre una roca; se me hizo la composición fotográfica más genial del mundo que pudiera haber conocido. La miré entonces; llevaba el cabello negro corto, como emulando a la chica del video de Pearl Jam, "Do the evolution". Supuse era un cuadro como los del Andy Warhol, en una ciudad distante para él, en una época extraña, en un multicolor andino.

La gente hoy emplea filtros para todo, desde caras de perros en snapchat hasta cejas dibujadas sobre gorras de color fucsia, pasando por rodillas que hacen pasar por senos. Por un momento temí que Mariana fuera un producto de mi imaginación, quizás un proyecto de personaje de ficción basado en la malograda Mariana de Jesús. Consideré incluso haber encontrado su reencarnación de Matrix. Por eso, la tarde en que la vi por primera vez, el mismo día en que Quito sería sede de un festival de luces de colores y que iba a la farmacia a comprar una medicina para mi gata, me costó creer que fuera real.

Un día, ya entrados en charla, quedamos de vernos en el parque María Angula (el nombre es un eufemismo del parque Navarro, el de las tripas). Quedamos en tripear. Ese día no traía dinero; descaradamente hice que ella me invitara mi plato de tripas.

—Cuando te conocí pensé que no eras real —le manifesté con la boca llena.
—Jajaja —respondió austeramente.

Volví a verla en otra ocasión, durante un partido del Deportivo Quito. Conocí a su hijo, a quien le compró una camiseta para obligarlo a entrar en nuestra onda. Un hincha viejo sentado junto a nosotros creyó que éramos esposos; decidimos no sacarlo de su ilusión. Al final, el Quito había ganado por dos a cero. Volvimos a quedar para otra tripa.

—¿Nos veremos siempre tras una cortina azul de humo? —intenté decirle poéticamente.
Ella ni siquiera me respondió. Meses más tarde, a unos días del año nuevo, compartimos fotos del Almanaque de Murray y Lahmann, suponiendo que éramos los únicos que todavía lo compraban.

Donde esté, que la fuerza la acompañe.

Joy

Solía verla casi siempre bajando las escaleras, durante la facultad. Parecía venida del cielo; sus sambos negros eran como lianas de un árbol en alguna nube de lluvia. El apuro habitual me impedía mirar a sus ojos. Un chico, su novio, quien poseía una sonrisa afable solía acompañarla; por aquellos días también tenía una novia, cuyo nombre ya me cansé de pronunciar hace mucho tiempo.
Los años que no perdonan distancias ni facciones nos apartaron, aunque los artificios tecnológicos del ser humano volvieron a acercarnos. Ya no somos los mismos, pero sí las canciones. Solía escribirle pequeños textos con letras de temas que suponía desconocidos para ella; intentaba meterme en su cabeza e imaginar los incontables viajes en el bus junto a la radio, y las miles de personas que habrían transitado en su vida. Un día me animé a cantarle por whatssap; hace mucho que ya no le temo al ridículo de mi voz de tarro.
Hoy, cada vez que conecto con ella, siento que sigue siendo como alguien bajando las escaleras, desde el cielo, como en la facultad.