sábado, 28 de julio de 2018

Yugoslavia



—Vaya que hemos cambiado.
—Jajaja... sí.
—Y dime, ¿ellos son tus hijos?
—Sí, el mayor se llama Mario y la pequeña Alenka. ¿Tienes hijos también, vinieron contigo?
—No, es decir no está acá, tengo una hija, Nadia, pero vive con su madre.
—¿Te has separado?
—Sí, es decir, nunca me casé, sólo fue una relación de un momento, alguien que conocí en Belgrado.
—... ¡Cielos, no sé qué decir!
—Tampoco yo... bueno... qué gusto verte, cuídate mucho...

Se habían conocido en una ciudad llamada Osijek; asistieron al mismo colegio y más de una vez participaron en encuentros de las juventudes socialistas. Se habían jurado amor eterno, como lo hacen los adolescentes cursis de casi todo el mundo una tarde, en que el sol se caía, se cubrían bajo un árbol y se preguntaban en silencio sobre la posibilidad de vivir en algún remoto lugar del mundo.

—El tío de un amigo se irá a trabajar como entrenador en Latinoamérica, ¿sí pudieras, vendrías conmigo?
—Parece un lugar genial, aunque dicen que puedes pescar fiebre amarilla.
—Pero allá no hay ortodoxos... sería quizás el único problema.
—Jajaja... ven acá.

Ella y él hablaban el mismo idioma, creían en el mismo Dios pero acudían a iglesias distintas, y por supuesto venían de familias distintas: los padres de Dragan eran serbios, y los de Nataša, croatas. Sin embargo, vivían en el mismo país. Hasta esa tarde de 1990.

—¿Has visto el partido de la Selección contra Argentina? Qué mala pata con ese arquero Goycochea. Si se lanzaba hacia el lado equivocado nos íbamos fijo a las semifinales. Hasta Maradona erró el penal.
—Mis papás dicen que iremos a vivir en Alemania.
—¿Qué? ¿Y cuándo ibas a decírmelo?
—Pues, ahora.
—Mierda, mierda... ¿y si nos casamos y vamos a la capital?
—No es seguro, tú sabes. Ni siquiera en Zagreb...
—Vamos, no creo que entremos en guerra, somos un mismo país...

Con los años, Nataša fue a un departamento del viejo Berlín Oriental; el alquiler era más barato que del otro lado. Se mudó con una amiga turca y con el tiempo también tuvo un compañero sudamericano, Paúl. Y desde ese desvencijado edificio otrora socialista, pudieron ver por televisión como lo que quedaba de su antiguo y desvencijado país socialista era bombardeado por la OTAN.

—Davor Sucker habría sido un gran capitán... sabes, si llegan a ganar la Copa del Mundo, para mí será como si la ganara Yugoslavia —le dijo alguna vez Dragan en una carta.
—También para mí —le respondió ella mucho tiempo después, dentro de un papel con un sello postal de otro país.




jueves, 28 de junio de 2018

Lo que pudo ser

El largo insomnio parece llegar a su fin;
el verano ha dado tregua.
Todo se vuelve gris.
Entre los libros,
que pronto serán basura,
aguardan mil fotos,
con varios rostros desconocidos.
¿Habrán muerto ya?
La radio seguirá en antena aunque apague el receptor,
y la gente seguirá publicando tonterías.
Todo se vuelve gris.
Un viejo balón aguardaba en la bodega,
cuya soledad he interrumpido por accidente.
¿Y sí salimos a correr?
le pregunto,
como sí pudiera responderme.
Y escucho que nos hemos perdido de muchas tardes,
 y días de sol.
Todo se vuelve gris.
Siento sueño,
espero volver a casa,
se hace tarde para dormir;
todo se vuelve gris,
también la tarde.
Todo se ha vuelto gris.
El verano ha dado tregua y el sol se ha resguardado
para otros amaneceres.
Ojalá hubiese acudido a aquel baile,
ojalá me hubiese atrevido a dibujar eso que se me ocurrió un día.
Todo se vuelve gris.
Todo se vuelve negro.

martes, 5 de junio de 2018

El álbum

Mientras iba a casa y miraba las fotos de Instagram de su paseo al parque el fin de semana, ella le envió un mensaje a su Whatssap. Estaba muy entusiasmado con su nueva relación; antes de despedirse, lo último que le dijo fue que lo quería, y eso le había llenado de mucha ilusión. Esa misma noche, le volvió a escribir para desearle que soñara con ella, y con alguna manera de estar juntos, pese a vivir él en Guamaní y ella en Calderón. Sin embargo, aquel mensaje no fue el esperado.
Antes de entrar con ella, Armando se había pasado semanas bebiendo, saliendo con varias chicas e intentado escribir sin éxito nuevas canciones para su banda de death metal, puesto que su estado anímico en ese momento le daba más para crear baladas de pop, que para componer gritos guturales. El motivo: su ruptura con Valeria, la profe de Matemáticas que no encajaba para nada con él, pero que sin proponérselo, se había apoderado de su ser. Armando nunca había tenido una novia como Vale, preocupada por asistir a la iglesia, que hubiera trabajado desde pequeña y que deseara una vida casera, como tantas mujeres hoy tachadas a la antigua. El amor a veces es como un día de lluvia inesperada, en que amanece soleado, y el arcoiris aparece de la nada. Armando se sentía tan cómodo debajo de ese arco iris, que por poco estuvo dispuesto a dejar el death metal.
Sin embargo, los arcoiris no suelen durar las 24 horas, y algo con la Vale empezó a fallar. El Armando estaba seguro de no haber hecho las cosas mal: siempre detallista y oportuno, no vaciló en registrar para siempre cada momento juntos en Facebook e Instagram. De haber tenido que escribir una cronología sobre su vida juntos, su archivo habría sido la fuente más fidedigna de todas las historias de la Historia. Pero a la Vale no le bastó aquello, y finalmente sus diferencias fueron más fuertes.
Superado el trauma de la ruptura, como cuando la calle vuelve a estar seca tras la lluvia y el regreso del sol, volvió la noche, y con ella Fernanda, quien le había agregado como amigo en su face alguna vez, aunque ni eran amigos ni se habían visto las caras. Entre chats, acordaron finalmente conocerse, aunque ya sabían el uno del otro, pues Fernanda también tocaba el bajo en otra modesta banda de heavy metal. Llegado el día, en que al fin se vieron cara a cara, una conexión mágica pareció atraerlos, tan mágica que Armando no se lo creía. Fernanda era una especie de ser místico y sensual, todo lo opuesto a la profe de mate. Quizás, el universo había puesto de nuevo las cosas en su lugar. Marcelo, el pana de toda la vida del Armando, se sorprendió mucho al ver las nuevas fotos de Armando con Fernanda. «Qué bacano loco; nada que ver con esas fotos con la Vale.»
Sería ese aparentemente inofensivo comentario en su foto el que desencadenaría la tragedia.
Una noche, en que Fernanda había vuelto de su trabajo, no pudo evitar mirar el comentario de Marcelo, a quien había agregado como amigo en su face antes que a Armando. «Valeria», se repitió Fernanda. De pronto recordó que Armando le había conversado sobre ella, así como ella le había hablado de David, su exnovio. Pero a diferencia de ella, Armando, quien además de cantar con estridente voz tenía una manía por registrar cada momento, se había hecho más de dos mil con Vale, mismas que, quizás por un curiosidad humana, Fernanda no pudo evitar mirar. Armando y Valeria en el Molinuco; Armando y Valeria en Tonsupa; Armando y Valeria en la obra infantil de teatro de la escuela. Valeria y Armando en el cumpleaños de Marcelo; Vale y Armando en el concierto de Juanes, incluso con un video, en el que Armando, el mismo cantante de death metal, regurgitaba una cumbia.

«o»

—Por favor no te lo tomes a mal; comprendo que es parte de tu pasado, y que no lo puedes borrar, pero por favor, deja de poner en vista pública tus fotos con ella.

Armando no supo que pensar. Fue como un baldazo de agua fría; se sentía feliz, hasta el momento del mensaje. «Borrar sus fotos». Confundido, tomó en ese instante la peor decisión posible: consultar con su amigo Marcelo, quien no era precisamente una autoridad en relaciones románticas.

—Mira loco, tienes dos escenarios: dile de plano que no borrarás las fotos, pues borrando tus fotos no podrás borrar tu pasado, o simplemente bórralas y enfócate en el presente con ella. En todo caso, no quedes como un mandarina.

—Qué mierda loco, no sé qué hacer —respondió. Deshacerse de dos mil fotos y pico no sería tarea fácil.

—¿Y por qué no pruebas con alguna opción como te dijo la Fer, para dejar de hacer públicas esas fotos en Instagram? —intentó ayudar Marcelo.

—Chuta loco, el problema es que las tengo casi todas etiquetadas, y no van a desaparecer.

—Chuzo... tendrás que tomar una decisión... en todo caso yaff, lo pasado pisado.

Armando regresó a su casa sintiendo un vacío en la garganta. Quería mucho a la Fernanda, y luego de meditarlo, decidió que borraría todas las fotos con Valeria. Fue entonces que, un sentimiento muy parecido a esa sensación de caminar debajo de un arco iris regresó por él. Vale y él, el día en que se fueron en avión a Cuenca; él y Valeria, el día en que se fueron de karaoke. Todos esos recuerdos tendrían que irse, para que su nuevo presente no se convierta abruptamente en pretérito indefinido. 
«De todos modos nadie me quitará lo vivido», pensó. Pero a medida que lo pensaba, se hacía cada vez más difícil borrar las fotos. Entonces contempló un par de escenarios alternativos: por un lado, encarar a Fernanda y decirle que el borrar sus fotos con Valeria no borraría su pasado, como tampoco sus nuevos sentimientos por ella. Por otro, eliminar de un sopetón todas las fotografías y álbumes, como cuando debes beber de un bocado un vaso de tequila. En medio del silencio, sonó el teléfono. Una parte suya llegó incluso a pensar que se trataría de Valeria, pidiéndole que no borre las fotos y regrese con él. Otra parte, más lógica quizás, supuso que sería Fernanda.

—¡Qué dice, loco! ¿Ya viste la serie de Luis Miguel? —decía el mensaje escrito por el Marcelo en Whatssap.
—Habla serio loco, creí que me estaba escribiendo o llamando la Fer —respondió Armando.
—Chch... ¿y qué fue, ya arreglaste el problema de las fotos?
—No, men.
—Mira, se me ocurre una idea —escribió Marcelo. —¿Por qué no le regalas un portarretrato vacío a la Fer, como símbolo de que lo anterior quedó atrás y que ahora será su foto la de tu vida presente?
Chch, porque me ha de dar con lo mismo en la cabeza —escribió Armando.



«o»                                                                              


Una vez borradas todas las fotos, y entre la noche que había vuelto, alguien tocó el timbre.

—Hola, Armando. Quería pedirte disculpas... es sólo que me sentí triste de ver todas tus fotos con ella. Lo siento. No debí pedírtelo. Por favor, no borres tus fotos —Insistió Fernanda. —Crearemos nuevos recuerdos juntos.

Y en medio de ese abrazo, de paz y oscuridad, deseó por un momento poder estar con todas las mujeres a la vez y al mismo tiempo. Sintió de manera profunda que pese a todo uno no deja de querer lo que quiso, aún si ya no lo quiere. «Ojalá no me sueltes», le dijo en silencio a Fernanda. «Ojalá en el futuro no sufra lo que hoy sufro con la Vale contigo», se siguió repitiendo. Y pasaron la noche juntos, envueltos en ese nuevo amor. Pero por la mañana, junto al aparador de su cama y a un haz de luz de la ventana, Fernanda se encontró una foto.














sábado, 2 de junio de 2018

País de nadie

Viajas y estás solo
ningún abrazo es suficiente o real
Ninguna voz te es familiar
Ni la gente o aquello que te gustaba
Todo es distinto ahora
No has abandonado la ciudad,
mas es otro mundo;
Un país de nadie,
al que ya no perteneces,
Al que nunca perteneciste y
dejaste de pertenecer después de cada temblor,
precedido de fuegos artificiales.
Un sitio que sólo le pertenece al nepotismo y a la putrefacta doctrina.
Un basurero desechable,
Un árbol fantasma
Un mundo políticamente correcto que se va a la mierda
De salvadores del planeta que viven en una burbuja
De animaleros que se rindieron con la humanidad
De humanistas que sólo abrazan robots
De libros virtuales
De bárbaros postmodernos que se creen la gran webada,
Que paradójicamente te matarían por pensar distinto de aquellos que piensan distinto.
De días en que desearias apretar aquel botón.

jueves, 31 de mayo de 2018

El funeral del Pato


—Que no creía en Dios, má —tuve que repetirle una vez más, mientras ella hablaba por teléfono con el cura de la parroquia.

—Sí creía o no ya no importa, tu ñaño está muerto —respondió también, de nuevo. —Tu hermano va tener un funeral como una persona cristiana y punto.

Sólo habían pasado unas horas, pero parecían días e incluso meses desde el accidente del Patricio. Mi papá estaba todavía en la morgue de la policía, a dónde acudí también para reconocer a nuestro hermano, hijo, novio, vecino, amigo, enemigo y estudiante de la universidad. El Pato venía de una fiesta en Cayambe junto a dos compañeros suyos, quienes permanecían en el hospital, graves pero vivos. Sólo a mi hermano le tocó morir.

Unas semanas atrás, conversando, nos acordamos de la ocasión en que, mientras asistíamos al catecismo cuando eramos niños, él para la confirmación y yo para la primera comunión, me dijo que el infierno no existía, teoría que me pareció tonta en ese entonces.

«Después de morir, sin importar qué hagamos, el alma se va purificando poco a poco. Al principio padecerá de tormentos y sufrimientos, según lo que haya hecho en vida, pero finalmente se limpiará y se convertirá en luz.» Con el tiempo, supuse que tal vez el Pato escuchó esas ideas de alguien que intentó combinar las doctrinas del cristianismo con el budismo, y algún pasaje de La Divina Comedia de Dante. Fue el mismo Pato quien, años antes de la catequesis, me contó una noche que antes de morir, se supone ves a un tipo vestido de negro, que llega a avisarte de tu hora. Gracias a esa historia, por mucho tiempo tuve miedo de levantarme al baño, pues para llegar tenía que pasar por el pasillo un poco largo de nuestro departamento del centro de Quito, y encontrarme con ese ser divino o sobrenatural, y que no sé si se le habrá aparecido a mi ñaño.

Al colegio ya no acudimos juntos: mis padres decidieron meterle al Pato en el Montúfar, en tanto que a mí, optaron por enviarme al Paulo VI, donde de vez en cuando pasé alguna vergüenza por atrasarme con la pensión. Mi papá consideraba que yo no tenía el carácter para acudir a un colegio masculino, famoso por salir de bullas a cada rato y por pregonar el materialismo dialéctico, paradigma contrario a mi supuesta vocación sacerdotal. Pese a que en general siempre obtuve mejores calificaciones que el Pato, siempre le envidié: las peladas más bonitas del barrio siempre le hacían caso, mientras que a mí sólo me conocían por ser su hermano. El colegio Montúfar me parecía más bacán que el Paulo VI, pese a que mi colegio no le faltaba casi nada, y desde luego, me entusiasmaba mucho la fama deportiva y de la banda de guerra de los lecheros, sin olvidar además que cuando había paro, mi hermano siempre disfrutaba de unas vacaciones que convivían con mis deberes de Matemáticas y religión.

Un tío nuestro, Rodrigo, quien era mecánico, le enseñó durante uno de esos paros lo básico sobre el funcionamiento de carros y motos, y también a conducir. Ya a los 16, el Pato andaba en moto y hasta conducía una camioneta del taller automotriz. Por mi parte, yo andaba casi siempre en buseta o a pie, después de todo no tenía que salir demasiado, pues mi vida social no era muy agitada. La supuesta idea de mi vocación religiosa surgió otro día, mucho antes, mientras íbamos a la escuela, cuando se me ocurrió decir que de grande me gustaría ser sacerdote. Todo empezó otro día en que mirando la tele, vi como el Papa Juan Pablo II se paseaba por todo el mundo, y era recibido casi con la misma importancia que un presidente de la República o una estrella de rock. La idea de viajar era el fondo de aquello; en aquel entonces no pensaba en chicas o en tener hijos. El fin justificaría los medios. El Pato en cambio, siempre disfrutó con los aparatos mecánicos, a tal punto que fue él quien destruyó todos nuestros juguetes para saber cómo eran por dentro. Nuestro tío Rodrigo le tomó gran afecto, no sólo por ese interés de mi ñaño por la mecánica, sino también porque el tío tuvo solo hijas, y quizás veía en él a ese hijo con el cuál compartir cosas de hombres. Pero el tío, al igual que mis padres, era un ferviente católico también, por lo que con el tiempo se fue distanciando del Pato y sus ideas materialistas.

Pese a las previsiones de nuestra familia, ni mi hermano estudió ingeniería automotriz, ni yo me hice cura. No sé si tal vez por la influencia de otros primos nuestros, pero él ingresó a la facultad de Jurisprudencia, en tanto que yo, que aún deseaba viajar, me metí a estudiar Turismo. Entre los dos habían apenas dos años de diferencia. Cuando el Pato se graduó del Montúfar, le hicieron una gran fiesta. Para entonces, nuestro padre, quien trabajó por muchos años en una cadena de ferreterías, renunció y con la plata de la liquidación se compró una camioneta para hacer fletes. No sé si por haberse graduado, o por una travesura unilateral, mi hermano se había sacado la camioneta y desaparecido por tres días. Pese a que el vehículo volvió intacto, la puteada que le dieron en casa duró hasta el año siguiente, en que asistí a sexto curso.

Aunque el Pato convivió con varios aspirantes a revolucionarios e intelectuales de izquierda, nunca tomó esa opción, excepto quizás el ateísmo. De decirme cuando niños que el infierno no existía porque el alma se purificaba en el camino, pasó a decirme que el alma ni existía, matizando quizás su afirmación con la ley de la Química de Lavoisier, esa que dice que «la materia no se crea ni se destruye, sino que se transforma.» Durante los últimos años del colegio y primeros de la U, mi hermano me acusó varias veces de curuchupa. No fue sino hasta un poco adentrado en la universidad en que, en varias cosas, tuve que darle la razón.

—Má, creo que la mejor manera de mostrar cariño y respeto al Pato es darle un funeral laico —insistí a mamá.

—Hijo, ¿tú qué sabes? fue pidiendo a Dios que ustedes vinieron a nosotros y nacieron bien.

—Si má, ¿pero cómo sabemos sí el existe realmente? además, de existir, ¿por qué se iba a llevar al Pato?

—Por que sólo Dios sabe cuál es nuestro momento. Más bien hay que agradecerle por todo el tiempo de vida que nos permitió disfrutar de la compañía del Patricio.

—¡Pero qué dices mamá! ¿Agradecerle? ¡le agradecería y creería en él si le hubiera salvado del accidente!

Fue entonces cuando mi madre me dio una tremenda bofetada, como no lo había hecho desde mi catequesis.



«o»


A la sala de velaciones acudieron muchas personas: Vicky, una pelada de mi ñaño que siempre me gustó en secreto; Laura, una novia suya durante el colegio, con quien incluso alguna vez, la gente chismosa comentó que serían padres, pero que habían hecho algo al respecto; Claudia, su primera novia de la universidad; Germán y Christian, dos de sus amigos del colegio; Alejo, su amigo aniñado de la facultad, entre otros tipos cuyos rostros recordaba, pero no sus nombres. Acudieron además nuestros primos, tías, el tío Rodrigo, los abuelos, algunos ex compañeros de la ferretería de mi padre, un par de amigas desde el colegio de mi madre, unos pocos compañeros míos de la carrera de Turismo y un cura. No asistió nadie de la FESE, la JRE o el FRIU, pues mi ñaño ya nada tenía que ver con ellos desde antes de morir.

Luego del pequeño oficio religioso, que pese a mi intento de omitir se llevó a cabo, fue el turno de mi padre de expresar unas palabras. Mamá desde luego no podía, no paraba de llorar. Fue entonces que mi padre se doblegó también. Mi tío Rodrigo quiso tomar la palabra, pero decidí no permitírselo. 

Frente a todas esas personas vestidas de negro, a esos panas y parientes nuestros, sentí que me doblegaría también. Sin embargo, decidí no permitírmelo.

«Gracias a todos por estar acá. Cuando éramos niños, mi hermano me dijo una vez que el infierno no existe, pues sin importar lo que hagamos, nuestras almas se purificarían en el camino. Mi ñaño era también bastante odioso; más de una vez nos dimos de kiños. Una vez le pegué también, con una silla, por la espalda, pues jamás podría ganarle en los puñetes. Un día se robó mil sucres de mis papás para irnos a los cosmos, y cuando nos cacharon, se echó toda la culpa. Un día, en que me robé unas monedas del bolso de mi mamá, se echó la culpa también. Y en otra ocasión, en que rompió sin querer una caja de herramientas de mi papá, me eché la culpa. Mi hermano decidió no creer en Dios, y no sé si habría estado de acuerdo con que un cura celebre su funeral; sólo sé que nadie es perfecto. Quiero suponer o pensar que Dios, si es que existe, se encuentra como dijo mi madre en cada momento que compartimos con quienes queremos; quiero suponer que la capacidad de amar de los seres humanos, es superior a cualquier creencia. Quiero concluir, suponiendo, como decía mi hermano y Lavoisier, que al igual que la materia no somos creados o destruidos, sino que simplemente nos transformamos. Quiero pensar que encontraré a mi ñaño cada vez que llueva, haga sol o que volveremos a encontrarnos, aunque ya no en forma de personas. Descansa en paz, Pato.»



A mis hermanos

domingo, 27 de mayo de 2018

Elepe

Su nombre era Joaquín, pero a diferencia de los demás compañeros, a quienes llamábamos por sus apellidos (el Castillo, el Ponce, el Nicolalde), le decíamos Él-epe. La obvia razón: vivió en España por 8 años, a donde le llevaron sus padres siendo chamo. Aquel año, el tercero de bachillerato, fue el alma de nuestra fiesta, la sal de nuestros limones: el blanco perfecto para nuestras jodas. A veces le decíamos también Ojete, Majo, Crío, Coño, El Hostias, o cualquier cosa que sacáramos de una película gringa traducida en Madrid.

Llegó durante los primeros días de septiembre: nuestro colegio de Solanda se aprestaba a iniciar con la primera promoción de bachillerato internacional, y la Adri, pelada del Santiago Ponce, nos contó que había conocido a un chico guapo, muy bueno en el basquet y que hablaba con acento español. Eso sí, además del acento no parecía muy europeo que digamos: más bien era bastante flaco y moreno, lo que hacía pensar a cualquiera que venía de Turquía, Líbano o algún país de Medio Oriente. «Bien lindo, eso sí», según la Adriana, comentarios que le ponían al Ponce (todo lo opuesto al Majo: rechoncho, patucho y colorado cuál melloco) en apuros. En fin, creímos que venía para lo del bachillerato internacional, por lo que supusimos iría a primer año, sin embargo, vino a tercero, no porque la educación española fuese superior a la ecuatoriana, sino por un tema de convalidación: el Joaquín ya había terminado el colegio en Valencia, pero para ingresar en alguna de nuestras universidades, debía al menos cursar un año acá. En fin, todo un asunto raro que por ahora importa menos que el impacto que causó en nuestro curso.

Los típicos clichés de la jerga española no se hicieron esperar, y pronto expresiones como «joder», «macho», «majo», «tío» y «coño» se agregaron a nuestro dialecto quiteño que antes ya había recibido con brazos abiertos coloquialismos mexicanos, argentinos e incluso colombianos, a través de la tele. No era un excelente estudiante, pero tampoco descuidado. Haber hecho «algo de mundo» le daba cierta seguridad que nos faltaba a muchos de nosotros.

Al Joaquín le gustaba fumar una cosa llamada hashís, algo difícil de conseguir acá, por lo que tuvo que conformarse con marihuana. Según el man habían varios tipos; a nuestro grupo de panas no nos atraía tanto esa cosa, salvo en ocasiones especiales. Eso sí, el pana no bebía, a diferencia de nosotros, insignes consumidores de biela. Como la Adri nos lo había anticipado, Él-epe era una bestia en el basquet: nos aseguró que en su "instituto" formó parte de la selección, y que se le habían presentado varias opciones que ya no podría tomar, dada la decisión de su padre, un entusiasta seguidor de Rafael Correa (y enérgico detractor después), quien resolvió volver tras quedarse sin un trabajo estable, con la idea de ponerse una gran ferretería. Pese a los celos del Ponce, Él-epe no pudo encontrar un mejor amigo que él; fue más bien un rival del basquet quien le daría un giro penoso a su historia.

Un día, mientras jugábamos en las canchas del parque (decir "jugábamos" es colarme: yo era bastante malo y apenas duraba minutos), un tipo y sus amigos decidieron retarnos. El Joaquín les dio toda una cátedra. Luego del partido, y como supuesto gesto de caballeros, los perdedores decidieron invitarnos unas bielas, que Él-epe rechazó. Desde entonces, los guambras empezaron una campaña negativa sin precedentes contra nuestro compañero: desde hacer público su entusiasmo por la hierba, hasta jactarse de su forma ibérica de hablar, algo que también nos encantaba hacer (incluso a los profes), pero hasta cierto punto nomas.

Lo peor sucedió el día en que una ex de los rivales del basquet, Vero, empezó a coquetear con el Joaquín. En una ocasión, en que entramos en mucha confianza, le pregunté si tenía o tuvo alguna pelada en Valencia. Me dijo que sí, que se llamaba Nela (me explicó más adelante que era el diminutivo de Manuela), y que solían escribirse de vez en cuando en valenciano, idioma de cuya existencia no conocía, pues al igual que la mayoría de ecuatorianos pensaba que en España sólo se hablaba castellano. El punto es que la distancia pudo más que el amor epistolar entre los dos, y el Joaquín vaciló con la Vero durante la kermesse. Animados por el trago y un sentido tarado del honor estilo peli ninja, el ex de la Vero y sus panas agarraron al Él-epe, mientras iba a su casa y entre golpes, le dieron también una puñalada. Cuando nos enteramos, lo primero que creímos fue que deberíamos buscar ropa negra. Por suerte el hecho no fue del todo grave, aunque si provocó que nuestro españolete tuviese que dejar de jugar, faltar al colegio y a la graduación.

Luego del final, por mucho tiempo dejamos de saber del Él-epe. Supusimos que fue a probar suerte en otro colegio, o que regresó a España. Ni idea. Tiempo después, la Adri (nuevamente ella) nos aseguró que una prima suya lo había visto en Manta.



viernes, 2 de marzo de 2018

Laguna

Ella era una grandiosa idea,
apuntada en un papel altamente inflamable:
entre las llamas del infierno.

lunes, 12 de febrero de 2018

Los tocayos

—Chupa, loco...
—Gracias, brou, pero tengo que irme manejando.
—Tranqui, broder; si es el caso le digo a mi ñaño que venga a recogernos, el man es bien nerd —respondió a su amigo, al que había hecho esa tarde, en el bar.

Ambos se llamaban Gabriel; el uno, Gabriel Pérez, productor de televisión, fotógrafo y montañista de afición; era de esos chicos que en Facebook siempre lucía exitoso, guapo y algo arrogante. El otro se llamaba Gabriel López, veterinario, amante desde niño de los animales, y una de las pocas personas que jamás renunció a su vocación desde niño.

Aquel día, por la mañana, Gabo, el fotógrafo bohemio, había tomado una ducha, desayunado un pedazo de pizza que había quedado de la tarde anterior, cuando por el cumpleaños de un amigo, se habían tomado unas bielas en su departamento. El mismo día, casi a las mismas horas, Gabito, el veterinario, había desayunado pizza también, aquella que sus padres compraron por la noche, y tras disfrutar del recalentado no alcanzó ni a bañarse pues, tuvo que salir a atender un perro, que otro infortunado amante de los animales y de la naturaleza atropelló sin querer con su moto.

Un amigo en común de los dos Gabos, un tal Pablo, les había comunicado pasado el mediodía que Gaby para el uno y Gabriela para el otro, se casaría con Carlo, un manaba que, a diferencia de ellos, se habría rendido a la idea de matricidiarse. Esa misma tarde, ambos se dirigirían a la plaza Foch, el uno a una disco y el otro a un restaurante, pero terminarían en el Casino beat, un bar bielero con mesas al aire libre, en el que también habían coincidido ambos, ya que otros amigos de ellos también habían resultado en común.

—No jodas, loco, ¿vos eras el Sambo de la Gaby? qué kague —le diría el montañista al animalero.

Gabriela era una arquitecta que había salido con Gabo durante cinco años; llevaron un noviazgo que parecía de película rebelde al inicio, de cuento de Disney después y luego de profundo misterio. Casi que llegaba a la casa de la damisela como un miembro más; un día, sus futuros suegros, que ya no lo serían, tuvieron que regañarle para que no ponga las botas en el sillón. Gabriela aseguraba estar muy enamorada; cuando conoció a Carlo, dos años antes del final, prácticamente le despreció. Tras charlar por cuarta vez sobre la importancia del matrimonio, de la familia y de un proyecto en conjunto, y de responder por quinta ocasión que no era el momento ni el lugar todavía, ella le terminó.

Entró con el Gabito tres meses después; durante un intervalo de ese tiempo, el Carlo le había sugerido salir de vuelta. A Gaby le gustaban los detalles, y Gabito sin saberlo, llegó a su corazón a través de ellos. Mientras tanto, Carlo no volvió a decir nada, o aparentó no decirlo. Hasta que volvió a ocurrir: una tarde, seis meses luego de empezar, Gaby le propuso a Gabito dar el siguiente paso en la relación, idea que Gabito rechazó, ganandose luego su respectivo hasta acá.

Chucha loco, yo si le quiero  a la Gaby... cuando te dijo que se casen debiste decirle que sí.
—Sí chch, sí sé —respondió el amigo, en un momento de alta embriaguez, en que ya no se supo quien era quien.

Carlo era un chico que vino desde Manta, y que gustó de Gaby casi de inmediato. Sin embargo, no cometió jamás el error de demostrarle aquello desde el primer momento, y supo, por aquella ocasión en que un primo de Gaby —no su novio Gabriel, ni tampoco el otro— le envió una caja de chocolates por su cumpleaños, y que eso le había cambiado la cara en un gran día de estrés. Y aunque Gaby no aceptó salir con él al mes y medio de romper con el primer Gabriel, tampoco se rindió, ni cuando llegó el siguiente, que por suerte, no le duró mucho tiempo.

—A ese wanabee de Manabí quisiera sacarle la puggta chch —respondió el antes afable Gabito.
—Yo te acolito, men —respaldó el otro.

No importa cuan borrachos se pongan los dos Gabos. Seguramente al uno, cuando se le termine el capricho buscará otra pelada y luego otra, hasta que un día quizás, calmadas las ansias y el temor a estar solo, decida sentar cabeza. A Gabito seguro le costará menos tiempo; los chicos que gustan de los animales siempre son tomados por detallistas.

a Vale


miércoles, 7 de febrero de 2018

Creer

Y necesitabas creer en algo o en alguien,
y alguien que creía en algo o en alguien te arropó y abrazó.
Y en el calor de aquel abrazo creciste,
hasta que tu destino no fue el esperado,
y renegaste.
Pero necesitabas creer en algo o en alguien,
y abriste el corazón,
inspirado por videos y canciones.
hasta que el día llegó a tu corazón y no fue como imaginaste,
y con el corazón roto renegaste.
Pero necesitabas creer en algo o en alguien,
y abriste tu mente e inspirado por libros,
saliste a las calles, tiraste piedras,
echaste algunas bombas incendiarias,
expusiste tu corazón y tu mente,
pero el mundo no era como esperabas,
y el poder lo corrompió.
Y necesitaste creer en algo o en alguien,
y te fuiste lejos,
y lavaste tus ropas en el desierto,
mientras el sol quemaba tu espalda.
Y aprendiste otras lenguas y conociste otros pueblos,
pero seguiste solo al fin y el día nunca llegó.
Y continuaste necesitando a algo o alguien,
hasta que dejaste de temer,
y ya no necesitaste ni nada ni de nadie,
pero ya eras viejo para entender.

lunes, 5 de febrero de 2018

Chica nacional

Empieza el día
dejas atrás tus sueños;
en una almohada habita otro mundo.
Los pequeños deambulan por la ciudad,
y los hombres miran tras las ventanas.
Ya no eres esa persona por fuera
aunque no sientes el tiempo por dentro;
las industrias no paran de crear modas, aunque el sistema sigue siendo el mismo.
Chica nacional,
hoy no te vi marchar;
quizás sembrabas una amapola en el campo o corrías alrededor del mundo.
Tus besos que por cotidianos se volvían molestos,
luego echo de menos.
¿Quién entenderá tu mundo de verdad, quién debe entenderte?
Aún te miro a veces por el parque,
entre las voces de los árboles.
Cómo te veía ayer, saltando sobre las flores;
como te miro ahora, con una rama entre tus manos.
El extenso mundo era el sitio
donde soñaba volar a tu lado.