miércoles, 30 de octubre de 2013

Drácula

Lo malo de cuando estoy triste
es que escribo más y dibujo menos.
Recuerdo tonterías,
como aquella vez que una ex
robó mi libro de Drácula.
Después de desaparecer y reaparecer.
O aquel juguete que se cayó por la ventana,
en una tarde de lluvia.
El tiempo de obscuridad está por volver.
La brisa del parque atravesó mi espina
dorsal y nubló mi percepción.
Un grillo multiplicado por mil no para
de gritar
Puertas que se cierran y abren
silbidos
eso de prestar discos y libros es un desastre,
los libros duelen más.
Lo malo de cuando estoy triste
es que dibujo menos y escribo más
escucho el hielo quebrarse desde algún remoto lugar
cesó el canto del grillo
otra puerta se cierra
Recuerdo tonterías,
como aquel libro que robé una tarde
en que hice de la venganza una bocanada de placer.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Hornado solidario

Ese sábado, la Kathy y yo pensábamos ir al teleférico con nuestra hija Sofy. La semana fue ardua; el lunes había renunciado, luego de no ser ascendido a community manager en la unidad de comunicación del Municipio, debido a la repentina aparición de una chica que, al igual que yo solo había egresado, pero que a diferencia mía no tenía experiencia en manejar las pinches redes sociales (salvo su facebook personal, en donde sólo mataba el tiempo en Candy Crush), pero sobretodo, tenía la tremenda palancota de la asistente del coordinador, que fue su compañera y amiga en la facultad.  Por su parte, la Kathy tuvo que reemplazar en el trabajo a una compañera suya, una tal Elena, quien se tuvo que licenciar por maternidad, y se la había pasado full estresada. Desde que nos mudamos juntos al pequeño departamento de la casa de los papás de la Kathy, quienes por suerte se habían mudado al Valle y sólo volvían a cobrar arriendos, evitándome los típicos problemas de suegros, nuestra vida marchaba a ritmo regular. No era perfecto, pero tampoco había motivos para quejarnos, salvo cuando nació la Sofy, a quien amo con todo el corazón, pero que no por eso negaré que me causó muchas malas noches, dolores de cabeza y quizás envejecimiento prematuro. Ni la Kathy ni yo quisimos darle el gusto a nuestros taitas de casarnos sólo por la Sofía. Hasta ahora, o mejor dicho hasta ayer, viernes, las insinuaciones de parte de nuestras católicas madres no dejaban de ser frecuentes. Por lo menos, no perdía ninguna de ellas la esperanza de que a los doce años ya, bautizáramos a nuestra hija.

Un poco sin darnos cuenta, la Sofy se nos hizo grande, mientras nosotros no terminábamos de volvernos adultos. Desde que nos mudamos juntos, por algún tiempo nuestros padres nos apoyaron en todo, incluso con nuestra ratona. Con esto quiero aclarar que no tuvimos una existencia tortuosa por un tiempo. Sí, lo admito, fue bastante cómodo, no sé como le hacen otras parejas de padres prematuros que no tienen a nadie más con quien contar.

Un inesperado percance frustró nuestros planes: la matrícula de la Sofía, quien desde el lunes asistiría al octavo de básica, y que nos sacó hasta el último centavo en cuadernos, zapatos, libros y uniformes, nos limitó a un vergonzoso episodio en la luneta del Teleférico en donde me informaron que mi tarjeta no tenía cupo. Un tanto acholados por la tremenda foca, no tuvimos más remedio que volvernos a nuestra casa en Carapungo, luego de volver apretaditos primero en un bus hasta El Condado, y luego en un alimentador de Metrobús.

Luego de hurgar debajo de las camas, y debido a nuestra gran pereza de ponernos a cocinar una olla de arroz, decidimos salir a buscar almuerzo con los siete dólares que el inverosímil ratón de los dientes había dejado en nuestro departamento. Mientras buscábamos un sitio donde poder vacilarnos esas monedas, nos encontramos con un ruido que salía del centro comunitario.
-Gordo, vamos a ver que hay- me dijo la Kathy, entusiasmada por la música andina que nos gustaba tanto.
Medio cabreado, de mala gana acepté ir. En el sitio se organizaba desde la mañana un hornado solidario para ayudar a una persona con una enfermedad catastrófica. Junto a la cabeza de cerdo, el agridulce, la ensalada y las jabas de cerveza se encontraban parlantes, micrófonos, guitarras eléctricas, zampoñas, rondadores, marimbas y hasta un violín eléctrico. El evento era una fiesta; chicos vestidos de negro y cortes punk se cruzaban con niños vestidos de indígenas. El plato de hornado costaba 3 dólares, y cada biela salía a 1,50. Luego de retakear un poco, la Kathy logró que nos vendan dos platos, uno para la Sofy, otro para nosotros y una biela para los viejotes y un vaso de chicha para la guagua. No sé como le hizo. Para ser franco, era pésimo para regatear. Para mi novia eso era pan comido.

Dicen que cuando no hay plata, el trago asoma de debajo de las piedras, y eso no fue la excepción, como tampoco los buitres. La Kathy y la Sofy eran hermosas, y no faltaron los típicos galanes que empezaron a echarles piropos, pese a que gran parte de la gente que vivía allí nos conocía desde hace tiempo. En medio de la algarabía, la borrachera prematura y el sol que se confundía entre nubes que se iban y volvían, la Kathy me presentó a un tipo con facha rocker, cuyo nombre me pareció familar, pero que debido a la música alta, al alcohol que me tenía ligeramente dopado y a una extraña alegría, me pasó desapercibido. La tarde continuaba y seguimos bebiendo; en una banca, la Sofy conversaba con un chico de facha emo, que parecía tener una tuerca y un tornillo en la oreja, y en el otro lado, la Kathy seguía conversando con el alegre chico de nombre familiar. En el sitio, por desgracia, no habían baños, y tuve que salir a buscar alguno. En el mercado, que estaba muy cerca, el metal de las lanfort y las señoras encargadas brillaban por su ausencia. Pensé ir hasta la casa, pero recordé que encargué las llaves en la cartera de mi novia, por si acaso. Las ganas me vencían, por lo que tuve que caminar hasta un sitio medianamente apartado, lleno de yerba y basura, en donde al fin pude desfogarme. La caminata no sólo me sirvió para aflojar la vejiga, sino también para despejar la mente. Y fue entonces cuando lo recordé. Aquel chico tan familiar era Santiago, el virtuoso guitarrista de la banda de heavy metal, del que la Kathy estuvo enamorada cuando chica, y de quien se acordaba de manera tan cariñosa, al punto de admitir que le había escrito más de un par de poemas y de haberle soñado algunas veces, como me pasó alguna vez con... no, mejor no lo digo. Es mejor que no lo sepa nadie. El punto es que, de las ocasiones en que discutimos, muchas veces fue culpa del tal Santiago, de su maravillosa banda a la que la Kathy estoy seguro fue a ver varias veces en secreto, y con quien seguramente vaciló en aquella ocasión que me fui a visitar a España a mis papás. Demonios. Me asaltan los malos pensamientos. Mierda. Ojalá que la Sofy nunca se enamore de un tipo como el Santiago. A veces me pregunto si en el fondo no soñaría con ser él. Después de todo, el weon ese no tocaba nada mal, y uno de mis sueños siempre fue tener una banda de rock. A veces me gustaba imaginar masoquistamente como habría sido la vida si ella y el Santiago se juntaban. A veces gozaba con la idea de que el Santiago, el típico rockstar criollo la enamoraría, pero no tardaría en traicionarla. A veces creía que, de no ser por la Sofy, ella se habría ido con él hace tiempo, y quien sabe, se habrían quedado juntos o incluso casado. A veces... pero hoy tengo miedo de que el Santiago me quite a la Kathy, a la Sofy y a todas las razones de mi envejecimiento prematuro.

Tengo miedo de volver. Me asalta el miedo de encontrarles a la Kathy y al Santiago besándose; no sé cuanto tiempo llevo afuera. Me rehuso a entrar. Es como la primera vez que vine desde la Villa Flora hasta este fin del mundo para invitarle al cine. O como la vez en que fui hasta la clínica con mi "suegris" para conocerle a la Sofy. O como hace una semana, cuando volví a la universidad para pedir un nuevo plazo para mi tesis. No puedo entrar, y para colmo no tengo un centavo para siquiera pegarme un hot dog o una salchipapa y quemar más tiempo. Que más da. Tarde o temprano llegará la noche. No sé cuánto llevo fuera. Debo volver.

Son las siete ya, y solo percibo un montón de siluetas negras bailando alegremente. La Sofy no está. No me ha llamado al celu, ni tampoco tengo saldo para llamarla. Hace rato le mandé un 104, pero no me ha respondido con otro igual. La Kathy tampoco está. Me pregunto si no estará con el Santi en algún rincón besándose. No, es demasiada televisión. No creo que la Kathy le haya dejado botada a la Sofy. Ya es tarde. En la mesa todavía aguarda la cabeza del chanchito, junto a las señoras que servían los platos de hornado. El tipo de la consola empieza a guardar sus aparatos, mientras una camioneta le espera afuera. Me pregunto la Kathy, la Sofy y el Santiago se fueron por ahí. Me decido a volver; supongo que estarán en la casa.

Mientras camino, siento que tengo hambre, que me duele la cabeza y que no hay nada en la refri. Repentinamente una oscuridad total me invade: son unas manos, un poco ásperas pero familiares.
-¿dónde te metiste gordo?- escucho entre el escalofrío. -¡No me digas que estabas celoso del Santi!

a Vale


miércoles, 21 de agosto de 2013

La plegaria

Mi mamá me había advertido. Que con esas cosas no se juegan. Que las películas son una cosa y que la vida real es otra. Que la política de cualquier lugar del mundo siempre sería una tontera. Que el único que gobierna este mundo y este universo es Dios. Discutíamos mucho sobre eso. Sobre si existía o no. Más de una vez me mandó a la mierda por no querer ir a misa el domingo. Mucho más en esa ocasión en que no quise ir a la misa de recuerdo del abuelo. Con el tiempo, sin embargo, empezó mas bien a ignorarme. Sospecho que su amor era más fuerte que sus creencias, aunque a veces insistiera también primero en esa frase de "primero Dios, después vos".

Esa tarde, en medio de la maleza del río Toachi, recordé varias cosas; primero, ese pasaje del libro de García Márquez que decía más o menos "muchos años más tarde, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía recordaría esa mañana en que su padre le llevó a conocer el hielo". Me acordé también de una película del Woody Allen cuyo título no recuerdo, en donde antes de ser ejecutado se pasa toda una peli de situaciones hilarantes. No les mentiré. No me parece divertido estar así, y por más que intento recordar cosas chistosas para aplacar el miedo estoy que me meo en los pantalones. Lo más horrible es esta tensión, de no saber en qué momento va a suceder. La adrenalina que me había empujado a la aventura, inspirado en parte por películas y libros y páginas de blogs sobre historia y revolución, en este momento es como agua fría en mi cabeza. No he parado de temblar; recuerdo que cuando estaba en la ciudad, en clases, en el bus o con mi novia, solía temblar, pero de felicidad o curiosidad. Esta vez es algo así como involuntario.

Mi mamá me había advertido, como la mamá de esa película mexicana "Rojo amanecer", cuando les dice a sus hijos qué no se debe enfrentar al gobierno. Pero la prepotencia también es cansona. No quería seguir envejeciendo mirando como otros se paseaban por el mundo para regresar a hacer lo mismo. No quise ser un borrego más. En el fondo siempre supe que un momento así podría ocurrir. Pero ahora, sólo espero que no me torturen. Que no me disparen en la cara, me corten los dedos, los dientes o me degollen lentamente. Que estos asesinos que para colmo se atreven a invocar a Dios tengan algo de piedad. Le pido a mi abuelo, allá dónde esté, aunque muy en el fondo sé que en realidad no está en ninguna parte, interceda mágicamente para que algo interrumpa este momento, como pasó en un cuento de Edgar Allan Poe, cuyo título tampoco recuerdo. Mientras miro al suelo, veo sus botas, y la punta de sus machetes. Ojalá que me disparen y las balas me hagan dormir enseguida, pienso suplicando, mientras noto mis lágrimas. Mi mamá me había advertido. Ojalá estuviera ahí ahora, como esa vez que se me bajó la presión al enterarme que perdí una materia en la universidad. Ojalá viniera mi abuelo como un zombie desde el más allá y les sacara la madre a esos tipos que estaban frente a mí. Ojalá pudiera hacerle lo mismo a los jefes de estas personas. Intentaría ser más piadoso, matándoles rápidamente. Pero que va. Estos tipos sí que saben de crueldad. Nos están haciendo parir. Nos dicen que saben quienes son nuestras familias, porque han visto nuestras páginas de facebook gracias a los servicios de inteligencia, y qué serán ellos los que sigan. Qué suerte que antes de todo esto terminé con mi novia, pese a que insistió en que no lo haga. Espero ellos no sepan quien era (...)

Perdón, acabo de vomitar... esto todavía no acaba. Dios, si existes, haz por favor que esta gente tenga un shock mental y se caiga súbitamente sin disparar una bala o extender su machete. Y si no existes, haz lo posible por existir, aunque sea sólo por este instante. Abuelo, si eres un fantasma y me escuchas, por favor evita que me maten. No, no vendrás. Estoy alucinando. Mamá, por favor reza por mí y dame algo de tu fuerza para superar este momento con dignidad. Ya no espero la gloria o la fama, ni convertirme en Rambo, solo irme a dormir con dignidad. Te quiero, mamá....

lunes, 15 de julio de 2013

Acción poética Marte

El ladrillo que arrojé desde
el aeroplano de neón,
que escapó de la atmósfera
el día en que el mundo se puso de cabeza
rompió el cristal cometa y erró el camino al sol.
Mil días y mil partículas,
si los huesos se convertirán en polvo los trazos
aún más.
Y mientras divagas entre Einstein y Hawkings te preguntas
si existirá un marciano que copie citas textuales en
el planeta rojo,
y una beata remilgosa
y un cerdo espacial.
Elevarse sobre la inmensidad del espacio
o hundirse sutilmente en una inmunda alcantarilla.
O hallar la inspiración en el sitio menos pensado.

jueves, 11 de julio de 2013

Último día de clases

Mientras regresábamos del paseo de fin de año, al contemplar como las hojas de los árboles se volvían líneas verdes sobre el cielo anaranjado, e imaginar de vez en cuando como sería el colegio, no podía dejar de pensar por qué demonios no había venido. Que el Martínez, la Lugmaña y el López no hubiesen venido al viaje era comprensible, pues eran muy pobres; hasta el Chalá y la Aimacaña, pese a que no tenían recursos, nos acompañaron gracias al esfuerzo de sus papás por garantizarles un bonito recuerdo de la escuela.

Sin embargo, la Vero, pese a que siempre tenía más de mil sucres de colación, que siempre llevaba mochila nueva y que cada semana venía con esferos nuevos, a diferencia de nuestros mordisqueados bolígrafos, no vino. Un día le presté uno de los míos, con la esperanza de que lo conservara para siempre y así estar con ella. Mi desilusión fue grande cuando al día siguiente me lo devolvió. En fin. Supusimos que los papás quizás no le enviaron por temor a que se contagie de alguna enfermedad en las piscinas de Baños de Agua Santa; o aún peor, seguro les parecía indigno que su linda chiquilla se juntara con la longueada. A veces me preguntaba porque ella, pese a vivir en Chillogallo, acudía a nuestra escuela fiscal vespertina de La Alameda. Varios compañeros a lo largo de los seis años que compartimos en esas banquitas estrechas, despintadas y rayadas, se habían cambiado a otros planteles. Hasta el segundo grado, yo mismo solía mentir que me iría a la escuela municipal Sucre, que tenía mejores recursos que la Orlando Grijalba, a donde venían niños desde puntos tan lejanos del centro de Quito como Guamaní, el Comité del Pueblo o La Ecuatoriana, y que no sé cómo carajos hacían para regresarse a la casa, si ni siquiera teníamos un bus de recorrido. A la Vero solía venir a buscarla su madre, una señora muy simpática que siempre se colocaba sombras de colores intensos en los ojos, pero que a diferencia de otras desdichadas madres le sentaban bien. Nuestro horario de salida era a las seis y cuarto de la tarde; a veces, pese a que en nuestra patria equinoccial se supone que los días y las noches deben durar lo mismo todo el año, al salir de la escuela ya había obscurecido, e incluso se encendían las luces. Cuando llovía, entre las tantas prendas de la Vero, había un ponchito amarillo que solía llevarle su madre, que le hacía parecer un pollo.
Esa tarde del bus, regresando de Baños, se estaba haciendo de noche también. Una amiga, Jackie, fastidiosa, empezó a fregar ante todos los chicos que la Vero me gustaba. Acholado, dije que no, aunque me moría de ganas de decir que deseaba que el tiempo pasara, que nos volviéramos adultos y que me casaría con ella. Todos se rieron. Luego, alguien puso en la radio del bus un cassette con la canción del Meneaito, que con patéticos, tiernos y sensuales movimientos, hicimos el relleno perfecto mientras pasábamos por el Boliche, que a esas horas ya nos impedía ver el Cotopaxi.
Al llegar a la escuela, pese a la exigencia que hice a mi madre de no irme a buscar porque vivíamos a media cuadra -y por qué quería verme más "hombre"- fue a verme. Vino con mi hermano más pequeño, el Marco, quien me había prestado una pelota para jugar en la piscina, que perdí mientras divagaba pensando porque la Vero no había ido.
Luego de ese sábado tan simpático, el lunes y martes la Vero faltó a clases. El Edgar, un man cargoso, llegó a insinuar que se había muerto. El miércoles sería el programa con la entrega de libretas, diplomas y toda esa vaina. En nuestros tiempos, nadie, por más vago que fuera, perdería jamás el año. Nos dedicamos a chismear sobre los colegios a los que asistiríamos: Mejía, Montalvo, Montúfar, Simón Bolívar, Santiago de Guayaquil; habían unos cuantos niños que todavía no sabían a qué colegio irían, y aún más, habían otros que aseguraban que no irían a la secundaria. La Vero se había perdido esa charla; me moría de curiosidad por saber a qué colegio iría. Me moría de ganas de verla.
Esa noche, el no tener teléfono en mi casa se convirtió en la tortura más china de las torturas. En una lámina de un mapa de Europa, donde estaba aún el de la Unión Soviética, recuerdo que escribí un número que me dio la Silvia, asegurándome que era de la casa de la Vero. No teníamos celulares, como tampoco tenía 500 sucres para ir a la tienda más cercana, ni monedas de Emetel, ni un teléfono público cerca. Necesitaba saber si iría al último día de clases.
Esa noche, sin darme cuenta, soñé que le encontraba en el patio, que se me acercaba y me decía que siempre me había querido, pero que debido a mi timidez le daba cosas decírmelo. Al rato me di cuenta de que había visto mucha tele.
La soleada tarde del miércoles, todos los niños acudieron con el pantalón casimir que quizás ya no usarían en el colegio. Intenté en vano ir con un jean, pero mi mamá me lo prohibió rotundamente. Al acercarme a la escuela, la miré. La Vero se había contagiado de paperas, y acudió a la escuela con una bufanda. En ese momento, me apresté a decirle que, sin importar a donde nos lleva el tiempo, ni la pubertad, ni las mejillas hinchadas, la querría por siempre. Me acerqué. Entonces se interpuso su mamá, quien me saludó con cortesía. -La Vero no puede acercarse- terminó.
Ese día, me quedé en el patio de la escuela hasta la noche. Todos se habían ido ya. La luz del poste parecía desprender miles de espigas con rumbo a todos lados. Recordé en ese instante qué, allá en Baños, los postes eran redondos. Me pregunté a donde iríamos la Vero, la Silvia, el Chalá, el Pérez, el Edgar y todos los demás... hace poco, dentro de una enciclopedia, encontré por casualidad la lámina de Europa, con un número telefónico escrito sobre el mapa de la Unión Soviética. Hace varios meses, me he reencontrado con varios amigos que aseguraron que no irían al colegio, y terminaron yendo al otro lado del mar con todo y sus guaguas. Uno de ellos me dijo que ese ya no era el número de la Vero.

A Karly


sábado, 29 de junio de 2013

Turbobiela

Sangre amarilla,
el lejano domingo y su beatitud aún aguardan
en el fondo del cristal.
Filosofía de bar disolviéndose
con los asuntos más mundanos,
la música te de vueltas.
Faltan todavía unas horas para la
llegada de los marcianos verdes.
Un beso robado
y el sonido del metal en la losa,
impregnaron una pincelada en el lienzo
sabatino.
Sangre amarilla,
fulgor dorado,
arco iris gris azuláceo.
La noche es como una sala de cine
y nosotros la película.
La filosofía nos entró por una oreja
y salió por la otra.
Los besos robados desaparecen
entre la espuma.
Los marcianos se acercan,
exigen al público abandonar
sus butacas.
El sonido del metal ha pasado
de la losa al asfalto.
El domingo ahora es un lejano
sábado.

viernes, 24 de mayo de 2013

Synth

Oh, pequeña,
cuán pequeño es el mar
en tus pupilas.
Cuan efímero el instante,
cuán falaz el aliento.
Acá,
junto a un reloj en paro,
que 14 veces en una semana
dará la hora exacta.
Te miro y escucho música
que proviene de lejos.
Adelante y atrás.
La vida,
jinete espacial que nos conduce,
al paso de un gato cuya cabeza
contemplé desde el infinito.
Como cuando jugaba a recrear
el mundo,
con crayones,
sobre un terciopelo.
El cometa que rozó el planeta
que no recuerdo,
y que tal vez mirarás cuando
yo ya no pueda.
Se reflejará en tus ojos,
y alguien dirá,
un día,
oh, pequeña,
cuán pequeño el infinito
en tus pupilas,
y el mundo será otra vez de
terciopelo.

martes, 14 de mayo de 2013

Nuestra Señora del Destierro


Deja de estar pensando,
que cumpliré tus sueños,
me iré muy lejos,
y no volveré.
Renegaré,
cuando me sea imposible,
apartarme de tu lado,
y no saber, volar.
Porqué,
los chicos suelen dibujarte cartas,
y decirte tantas cosas copiadas de libros,
que quizás a veces,
no sentirán.
Y te pediré,
de vez en cuando,
el auxilio de la vida,
pero también,
sabré asaltarte y mentirte,
y probablemente no seré,
el chico ejemplar,
que sueles presumir a tus amigos.
Y dudaré de tu amor,
y dudaré de todo.
y querré irme muy lejos,
y no volveré.
Y en una isla.
sentiré que vivo junto a ti.
Y me querré marchar y solo pensaré en mí.
No sé si sea capaz
de entender tu dolor.
no creo en los días,
ni en las noches,
en que,
susurran tu nombre,
los invadidos por el miedo,
y la soledad.
Quisiera charlar contigo,
pero la convención social,
pondrá entre una barricada entre nosotros,
y,
quizás,
nos enseñe a odiarnos un poco,
y quizás,
para sobrevivir,
un día más.
No volveré.
Tu vida no es la mía aunque
la mía,
haya sido en ti.
No volveré.
No seré el motivo de tu orgullo,
aunque,
de vez en cuando,
lo hubiese querido ser.
No volveré.
No volveré.
aunque otros me recuerden lo
dichoso,
-que podría ser-
no volveré.