jueves, 11 de julio de 2013

Último día de clases

Mientras regresábamos del paseo de fin de año, al contemplar como las hojas de los árboles se volvían líneas verdes sobre el cielo anaranjado, e imaginar de vez en cuando como sería el colegio, no podía dejar de pensar por qué demonios no había venido. Que el Martínez, la Lugmaña y el López no hubiesen venido al viaje era comprensible, pues eran muy pobres; hasta el Chalá y la Aimacaña, pese a que no tenían recursos, nos acompañaron gracias al esfuerzo de sus papás por garantizarles un bonito recuerdo de la escuela.

Sin embargo, la Vero, pese a que siempre tenía más de mil sucres de colación, que siempre llevaba mochila nueva y que cada semana venía con esferos nuevos, a diferencia de nuestros mordisqueados bolígrafos, no vino. Un día le presté uno de los míos, con la esperanza de que lo conservara para siempre y así estar con ella. Mi desilusión fue grande cuando al día siguiente me lo devolvió. En fin. Supusimos que los papás quizás no le enviaron por temor a que se contagie de alguna enfermedad en las piscinas de Baños de Agua Santa; o aún peor, seguro les parecía indigno que su linda chiquilla se juntara con la longueada. A veces me preguntaba porque ella, pese a vivir en Chillogallo, acudía a nuestra escuela fiscal vespertina de La Alameda. Varios compañeros a lo largo de los seis años que compartimos en esas banquitas estrechas, despintadas y rayadas, se habían cambiado a otros planteles. Hasta el segundo grado, yo mismo solía mentir que me iría a la escuela municipal Sucre, que tenía mejores recursos que la Orlando Grijalba, a donde venían niños desde puntos tan lejanos del centro de Quito como Guamaní, el Comité del Pueblo o La Ecuatoriana, y que no sé cómo carajos hacían para regresarse a la casa, si ni siquiera teníamos un bus de recorrido. A la Vero solía venir a buscarla su madre, una señora muy simpática que siempre se colocaba sombras de colores intensos en los ojos, pero que a diferencia de otras desdichadas madres le sentaban bien. Nuestro horario de salida era a las seis y cuarto de la tarde; a veces, pese a que en nuestra patria equinoccial se supone que los días y las noches deben durar lo mismo todo el año, al salir de la escuela ya había obscurecido, e incluso se encendían las luces. Cuando llovía, entre las tantas prendas de la Vero, había un ponchito amarillo que solía llevarle su madre, que le hacía parecer un pollo.
Esa tarde del bus, regresando de Baños, se estaba haciendo de noche también. Una amiga, Jackie, fastidiosa, empezó a fregar ante todos los chicos que la Vero me gustaba. Acholado, dije que no, aunque me moría de ganas de decir que deseaba que el tiempo pasara, que nos volviéramos adultos y que me casaría con ella. Todos se rieron. Luego, alguien puso en la radio del bus un cassette con la canción del Meneaito, que con patéticos, tiernos y sensuales movimientos, hicimos el relleno perfecto mientras pasábamos por el Boliche, que a esas horas ya nos impedía ver el Cotopaxi.
Al llegar a la escuela, pese a la exigencia que hice a mi madre de no irme a buscar porque vivíamos a media cuadra -y por qué quería verme más "hombre"- fue a verme. Vino con mi hermano más pequeño, el Marco, quien me había prestado una pelota para jugar en la piscina, que perdí mientras divagaba pensando porque la Vero no había ido.
Luego de ese sábado tan simpático, el lunes y martes la Vero faltó a clases. El Edgar, un man cargoso, llegó a insinuar que se había muerto. El miércoles sería el programa con la entrega de libretas, diplomas y toda esa vaina. En nuestros tiempos, nadie, por más vago que fuera, perdería jamás el año. Nos dedicamos a chismear sobre los colegios a los que asistiríamos: Mejía, Montalvo, Montúfar, Simón Bolívar, Santiago de Guayaquil; habían unos cuantos niños que todavía no sabían a qué colegio irían, y aún más, habían otros que aseguraban que no irían a la secundaria. La Vero se había perdido esa charla; me moría de curiosidad por saber a qué colegio iría. Me moría de ganas de verla.
Esa noche, el no tener teléfono en mi casa se convirtió en la tortura más china de las torturas. En una lámina de un mapa de Europa, donde estaba aún el de la Unión Soviética, recuerdo que escribí un número que me dio la Silvia, asegurándome que era de la casa de la Vero. No teníamos celulares, como tampoco tenía 500 sucres para ir a la tienda más cercana, ni monedas de Emetel, ni un teléfono público cerca. Necesitaba saber si iría al último día de clases.
Esa noche, sin darme cuenta, soñé que le encontraba en el patio, que se me acercaba y me decía que siempre me había querido, pero que debido a mi timidez le daba cosas decírmelo. Al rato me di cuenta de que había visto mucha tele.
La soleada tarde del miércoles, todos los niños acudieron con el pantalón casimir que quizás ya no usarían en el colegio. Intenté en vano ir con un jean, pero mi mamá me lo prohibió rotundamente. Al acercarme a la escuela, la miré. La Vero se había contagiado de paperas, y acudió a la escuela con una bufanda. En ese momento, me apresté a decirle que, sin importar a donde nos lleva el tiempo, ni la pubertad, ni las mejillas hinchadas, la querría por siempre. Me acerqué. Entonces se interpuso su mamá, quien me saludó con cortesía. -La Vero no puede acercarse- terminó.
Ese día, me quedé en el patio de la escuela hasta la noche. Todos se habían ido ya. La luz del poste parecía desprender miles de espigas con rumbo a todos lados. Recordé en ese instante qué, allá en Baños, los postes eran redondos. Me pregunté a donde iríamos la Vero, la Silvia, el Chalá, el Pérez, el Edgar y todos los demás... hace poco, dentro de una enciclopedia, encontré por casualidad la lámina de Europa, con un número telefónico escrito sobre el mapa de la Unión Soviética. Hace varios meses, me he reencontrado con varios amigos que aseguraron que no irían al colegio, y terminaron yendo al otro lado del mar con todo y sus guaguas. Uno de ellos me dijo que ese ya no era el número de la Vero.

A Karly


No hay comentarios: