viernes, 29 de marzo de 2019

La mujer pájaro

No acostumbro beber café en sitios exclusivos; soy más de esas personas que acuden a huecas baratas o de chatarra. O que se prepara el café en casa. Cierto día sin embargo, un libro en una vitrina, con una mujer pájaro en la portada, me invitó a pasar a una cafetería. Por dentro el sitio no se veía lujoso, pero sí acogedor. Varios libros aparentemente no leídos por nadie decoraban el lugar. Luego de pedir un café sencillo, solicité me presten el libro con la mujer pájaro en la portada. Era un poemario; a veces los versos se me hacen difíciles. Realmente, me había atraído más por la portada. Sin embargo empecé a ojearlo, y entonces, entre las páginas del azar un número apuntado con un lápiz apareció en una página, con un poema titulado "Una taza de café".

La curiosidad pudo más y guardé el número de inmediato. Terminado el café, y tras salir a la calle, las dudas sobre el número hacían un nudo en mi cabeza. ¿Se trataría de alguien que quiso dejar un mensaje secreto? ¿quizás un número apuntado por alguien cuyo celular andaba sin batería? ¿un hombre? ¿una mujer? ¿un niño, un ángel un demonio un extraño ser? Ya en casa, decidí llamar a aquel número desconocido; recordé unos minutos antes que hace años, tuve un sueño en que una chica que me gustaba durante la adolescencia me daba su número de teléfono, pero siempre aparecía incompleto.

«¿Y si fuese éste el número por fin?» pensé ilusionado por un momento. «Creo que veo demasiada televisión».

Me decidí por fin a marcar el número, pero descubrí con tristeza que ya no tenía saldo. Era de noche y no podría ya salir a una cabina para probar.

Al día siguiente, esperé con ansias que las cabinas cerca de la casa abrieran. El número estaba completo; cada uno de sus diez dígitos eran como heladas gotas de lluvia sobre mi espalda. Pensaba entre tanto en la cuartada. ¿Qué diría? «Si es un hombre, simularé preguntar por un tal Santiago; si es una chica, por una tal Isabel». Desde luego, jamás sería Elizabeth, la chica de mi adolescencia. Pero, ¿y si lo fuera?

Horas más tarde, volví a buscar la cafetería con el libro de la mujer pájaro en la portada. No pude hallar el lugar. Pensé que tal vez me había perdido, o que quizás alguno de los negocios cerrados era el sitio aquel. Esperé hasta la noche. El sitio no aparecía ni el libro en la vitrina. Había varios cafés, pero ninguno se parecía. «No puedo creer que se hayan mudado precisamente anoche», pensé. Fue entonces que decidí volver a probar el número. Durante el día, cada dígito que parecía una helada gota de lluvia, me había dejado perplejo. No me atreví a llamar. Pero esta vez lo haría, o me volvería loco. Con unas pocas monedas alcancé a ponerme algo de saldo. Superado el trance, me animé a marcar. El número al cual llamaste, no está disponible.

Varios días después, casi superada la melancolía por el sitio y el número imposibles, llegué a una feria de libros. Estar allí me hizo suponer que deben existir miles de libros en el mundo, y muchos miles más de libros imaginarios que quizás no existen aún. Extrañado, me siento al fin sereno y con la mirada perdida en uno de los estantes de la feria. De pronto, siento que por la espalda unos dedos fríos me dan diez topes. Es la mujer pájaro.


viernes, 15 de marzo de 2019

Jesús y Satán

¿Cómo pudieron ponerte un nombre así? le dijo el niño pastor, caresucio y con la cara llena de mocos al otro, que aparentemente andaba perdido.
—No tengo idea; hace 40 días que no he visto a mis padres, para preguntarles— respondió, extrañado.
—¿Tienes hambre? en la mochila tengo choclos y habas cocinadas.
Satanás no acostumbraba a comer ese tipo de cosas, pero ya que no le quedaba de otra, tuvo que aprovechar el pequeño banquete.
—¿Y me dices que no vas a la escuela?— preguntó Satán, mientras miraba fijamente las manos del pequeño pastor.
—Mi papá dice que debo cuidar las ovejas.
—¿Pero no las cuidarías mejor si supieras sumar y restar, el proceso de fotosíntesis o de donde vienen las cosas?
—Se supone que ya lo sé.
—Por ejemplo... ¿quién es el rey del universo?
—Mi padre.
—Jajajaja... ya quisiera ser tu hermano.
—¿Y acaso no lo somos? ¿si provenimos de la misma mona, de alguna manera eso no nos hace hermanos?
Satán no pudo desmentir esa afirmación.
Mira...si te doy un caramelo, ¿me dejarías jugar con alguna de tus ovejas?
—Dale— respondió Chucho. Pero si llegas a perderla, tendrás que darme dos de vuelta.
—¿Y por qué lo haría? ¿no sería una nada más? veo que sabes de intereses...
—No puedo arriesgar mi capital.
—Eres un pillín. De acuerdo, dejaré en paz tus ovejas, pero un día te morirás también.
—Y volveré también.
—Nadie regresa de morir.
—Solo se muere lo que existe.
—¿Y ambos, existimos en verdad?

sábado, 9 de marzo de 2019

Mariana

Cada vez que pronuncio su nombre, no puedo dejar de recordar la leyenda de Mariana de Jesús, aquella que dice que «el país no se acabará por algún terremoto, sino por los malos gobiernos». Se me hacía un nombre tan clerical, como de monja; hasta la ocasión en que conocí a Mariana, el personaje de la novela A la Costa de Luis A. Martínez, interpretado por Verónica Noboa, quien pese a tener senos pequeños, tenía un cierto aire sensual.

Todo empezó a unos meses de abrir mi cuenta de Instagram; un grupo de fotos de aficionados a Star Wars, la saga más geek del universo, captó mi atención. Era un stormtrooper sobre una roca; se me hizo la composición fotográfica más genial del mundo que pudiera haber conocido. La miré entonces; llevaba el cabello negro corto, como emulando a la chica del video de Pearl Jam, "Do the evolution". Supuse era un cuadro como los del Andy Warhol, en una ciudad distante para él, en una época extraña, en un multicolor andino.

La gente hoy emplea filtros para todo, desde caras de perros en snapchat hasta cejas dibujadas sobre gorras de color fucsia, pasando por rodillas que hacen pasar por senos. Por un momento temí que Mariana fuera un producto de mi imaginación, quizás un proyecto de personaje de ficción basado en la malograda Mariana de Jesús. Consideré incluso haber encontrado su reencarnación de Matrix. Por eso, la tarde en que la vi por primera vez, el mismo día en que Quito sería sede de un festival de luces de colores y que iba a la farmacia a comprar una medicina para mi gata, me costó creer que fuera real.

Un día, ya entrados en charla, quedamos de vernos en el parque María Angula (el nombre es un eufemismo del parque Navarro, el de las tripas). Quedamos en tripear. Ese día no traía dinero; descaradamente hice que ella me invitara mi plato de tripas.

—Cuando te conocí pensé que no eras real —le manifesté con la boca llena.
—Jajaja —respondió austeramente.

Volví a verla en otra ocasión, durante un partido del Deportivo Quito. Conocí a su hijo, a quien le compró una camiseta para obligarlo a entrar en nuestra onda. Un hincha viejo sentado junto a nosotros creyó que éramos esposos; decidimos no sacarlo de su ilusión. Al final, el Quito había ganado por dos a cero. Volvimos a quedar para otra tripa.

—¿Nos veremos siempre tras una cortina azul de humo? —intenté decirle poéticamente.
Ella ni siquiera me respondió. Meses más tarde, a unos días del año nuevo, compartimos fotos del Almanaque de Murray y Lahmann, suponiendo que éramos los únicos que todavía lo compraban.

Donde esté, que la fuerza la acompañe.

Joy

Solía verla casi siempre bajando las escaleras, durante la facultad. Parecía venida del cielo; sus sambos negros eran como lianas de un árbol en alguna nube de lluvia. El apuro habitual me impedía mirar a sus ojos. Un chico, su novio, quien poseía una sonrisa afable solía acompañarla; por aquellos días también tenía una novia, cuyo nombre ya me cansé de pronunciar hace mucho tiempo.
Los años que no perdonan distancias ni facciones nos apartaron, aunque los artificios tecnológicos del ser humano volvieron a acercarnos. Ya no somos los mismos, pero sí las canciones. Solía escribirle pequeños textos con letras de temas que suponía desconocidos para ella; intentaba meterme en su cabeza e imaginar los incontables viajes en el bus junto a la radio, y las miles de personas que habrían transitado en su vida. Un día me animé a cantarle por whatssap; hace mucho que ya no le temo al ridículo de mi voz de tarro.
Hoy, cada vez que conecto con ella, siento que sigue siendo como alguien bajando las escaleras, desde el cielo, como en la facultad.