sábado, 15 de diciembre de 2012

María Angula


A muchos, comer tripas les parece repugnante. Pero a muchos más les encanta. Acá en Quito, son muchas las huecas donde las preparan; tripa mishki o chinchulines, como prefieren llamarlas los más aniñados, tirados a argentinos.

La fama de este bocadillo es tal, que incluso hay una leyenda urbana conocida como "María Angula", que trata sobre la supuesta historia de un individuo cuyas vísceras formaron parte de un plato de este exquisito manjar, y cuya espíritu volvía cada noche para reclamar a María por sus tripas.

En La Floresta, célebre sitio de reunión de los fans de los "agachados" como se llama a varios platos típicos sobretodo de la Sierra, que se consumen durante la tarde y noche, es común encontrarse con el humo del carbón, en donde las tripas cambian de un rosado claro a un café obscuro rebosante. Dependiendo de las exigencias del cliente, se sirven con mote, papas o salsa de maní. Muchos suelen acompañarlas con morocho caliente; yo las prefiero con Coca-Cola.

Otro mito muy interesante sobre este plato, es que su consumo ayuda a quienes padecen de úlceras o gastritis, debido a las grasas de estos intestinos, que supuestamente forman una película en el estómago, ideal para el dolor de panza.

Sin embargo, el rasgo que personalmente me llama más la atención, es la relación que un plato de tripas tiene con el presente: siendo un aperitivo cuyo consumo debe ser inmediato, me invita a pensar en la importancia de vivir el momento, de no dejar algo tan importante como darse un capricho, para después; de comer junto al fuego, de reconocer una parte de nosotros entre el humo del carbón; de no concentrarnos en un futuro inverosímil, en medio de la noche.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Una historia sobre mí


Un día como hoy, hace 16 años, recuerdo que me declaré por primera vez a alguien. Estaba muy nervioso; eran Fiestas de Quito, llevaba el uniforme de parada del Colegio Montúfar, y por casualidad, me la había encontrado en uno de esos desfiles ridículos de Quiteña Bonita. Me gustaba desde hace varios meses atrás. La susodicha me dijo que no. La recordé durante algunos años. Siempre me pregunté donde vivía. Alguna vez me pasó un número telefónico, pero lo perdí; en ese entonces no teníamos celular. No sé si la quise en verdad; supongo que fue una de esas ilusiones típicas de adolescente. Recuerdo, que me parecía la más hermosa entre todas las chicas. Hasta el año siguiente, mantuve la esperanza de ser su pelado. La última vez que la vi, solo me dijo adiós. No volví a verla. Ni siquiera en facebook. Ni siquiera en la calle. A veces, soñaba que me daba su número. En una ocasión logré anotar el número completo, pero cuando marqué, y pregunté por su nombre, me dijeron que estaba equivocado. Seguramente ya no la reconocería. Tal vez me vio alguna vez en la calle, pero no se animó a acercarse. Alguna vez creí verla de camino a la Universidad; al acercarme, noté que estaba con alguien. Luego, me di cuenta de que estaba confundido. Quizás ya es mamá. Quizás ya se divorció, y se volvió a juntar con alguien. Quizás esté muerta. Quizás, con el tiempo, volveremos a coincidir. No sé cuando ni donde. Quizás, en este preciso instante, ella escribe una historia sobre mí.

lunes, 29 de octubre de 2012

Gaviotas


Te pierdo,
y no hay sol ni palabras
que lo puedan remediar.
Es un viaje sin final,
es imposible detener el barco,
atravesar la tempestad.
No escucho màs la canciòn de aquella
playa en mi cabeza,
solo puedo mirar las gaviotas,
que anuncian que no hay destino.
Me pierdo,
y no hay luna ni palabras
que lo puedan remediar.
Es un viaje hacia el infinito,
es imposible detener la nave,
atravesar la tempestad.
No escucho más la canción del
firmamento desde tu cabeza,
solo puedo mirar las gaviotas,
que anuncian que no hay destino.

viernes, 31 de agosto de 2012

Twitter


Nunca, jamás, ningún pájaro me pareció más hermoso que el pequeño y veloz colibrí. Entre mi lista de deseos mundanos, siempre estuvo atrapar uno, al menos por una vez. Desde niño, siempre que miraba alguno, mientras se alimentaba de alguna flor, intenté sin éxito capturarlos. Con el tiempo, aprendí que el encanto de estas aves no consistía en tenerlos entre tus manos, sino, precisamente, en la imposibilidad de tenerlos, en solo mirarlos.
Una tarde, después de lastimarme una mano al caer mientras entrenaba para una competencia atlética, mi perra, Furba, insistió a que la llevara a pasear. El parque de Itchimbía era su sitio predilecto. Era el indicado también, ya que con mi mano lesionada, no podría llevarla de la correa por mucho tiempo.
Después de tomarnos un helado de 60 centavos, que compartimos mi perra y yo, decidimos sentarnos en una banca ubicada bajo un árbol. Furba quiso que la soltara, por lo que le dejé un rato. Escuchaba a las ramas de otros árboles y miraba las cometas de los chicos en vacaciones, cuando de repente, vi caer un pájaro verde azul.
Mis tías solían decir que atrapar a un picaflor o colibrí, era símbolo de buena suerte; como tantos amuletos, suponía, cuando era niño y quería atraparlos, que si lo lograba les podría pedir un deseo. De regreso a esa tarde, a Itchimbía, pensé en varios deseos de ser cierto: cambiarme de trabajo, que la chica que me gustaba estuviera conmigo, que nadie en mi familia enfermara... ni siquiera se me ocurrió pedir que mi mano sanara. Sin embargo, un minuto más tarde, concluí que atrapar a ese pájaro no cambiaría en nada el orden de la sociedad y del universo, y que de estar lastimado el colibrí, no podría ayudarle, como en otra ocasión, varios años atrás, cuando el día en que derrocaron a Abdalá Bucaram paseaba en bicicleta, y encontré un gorrión moribundo cuya lenta muerte no pude evitar. Y me hallaba en esa idea, cuando de pronto, Furba se le acercó, e imaginando a mi amuleto deshacerse entre las fauces de mi jadeante perrita, decidí levantarlo de la yerba.
En efecto, se trataba de un colibrí. Finalmente, luego de varios años, tenía un colibrí entre mis manos. "Qué te puedo pedir... pensé... ya... has que Victoria se quede conmigo.... no... perdona" seguí. Estaba en un pequeño dilema, puesto que no podría llevarme al pájaro a casa, y a la vez llevar de la correa a mi perra. Tuve que acomodar al picaflor sobre el vendaje de mi mano. Al rato, empecé a buscar a algún vigilante del parque, por si sabía de un refugio de aves, sin embargo, ninguno apareció. Así, me los tuve que llevar a los dos hasta la casa, a Furba, y al pequeño pájaro al que casi inconcientemente decidí bautizar con el nada original nombre de Twitter.
En mi departamento también tengo una gata, y pensé que Twitter se le haría muy suculento. Al entrar en facebook (uso muy poco mi twitter), de inmediato contacté con una amiga de Chile que sabe mucho sobre animales. En mi estado también pedí ayuda a quien fuese veterinario, o a quien supiera sobre algún refugio para aves en Quito. Las respuestas fueron diversas. "Déjalo libre" "si el colibrí tenía que morir... es mejor dejar que la naturaleza haga su trabajo" "Hay que darle dinero, y que él decida". 
Al poco tiempo, mi amiga chilena, Leto, me recomendó alimentar a twitter con agua dulce. Otra amiga de acá,  me sugirió darle agua con azúcar morena o panela, a través de algún gotero. Mientras volvíamos del parque, al pasar por una elegante casa arranqué unas florecillas, mismas que humedecí en el agua con miel de maple que mi hermano me obsequió, y con lo que pude alimentar un rato a mi avecilla. Verle comer, fue hermoso. Su lengua parecía un hilo de plata; al empezar a googlear, descubrí que las aves de la especie Trochilinae tienen una lengua tan larga, que permanece enrollada en una cavidad dentro de su cráneo, mientras su cerebro es quien las mantiene volando en suspensión.
Luego de alimentar a Twitter, decidí intentar devolverle al parque, esta vez sin Furba. Quise llevarmelo en una caja de zapatos con huecos, pero empezó a chillar fuerte. Como no quise llamar la atención, decidí emprender la no más brillante idea de llevarlo en mis dedos, de los que no quiso despegarse. La gente, sin embargo, no nos regresaba a mirar. Fue entonces cuando entendí que en el país a las personas los colibríes en realidad no les llaman la atención. Ya en el parque, quise soltar a Twitter, pero sus pequeñas patitas de hilo no se desprendieron de mis dedos.
Concluyendo que si dejaba al pajarito tirado sobre los arbustos del Itchimbía su muerte sería inevitable, decidí volver a casa otra vez. Mi gata, Nagrash, se sentía muy curiosa. Si salvé a Twitter de mi perra, no quería que mi gata se lo devorara, aunque con el paso de las horas empecé a comprender que mi ave moriría tarde o temprano. Esa noche, supuse, Twitter moriría; se veía tan pequeño, tan pichón, tan necesitado de su madre. Fue entonces que me lo coloqué sobre el pecho, pues pensé necesitaba calor, aunque también temí matarlo por asfixia. La mañana siguiente, luego de ver varias manchas en mi camiseta, escuché su voz, y empezó mover sus alas. Debía irme a trabajar, y no sabía si llevármelo o dejarlo en casa.
-Si ha de morir de todas formas, mejor lo dejo acá- pensé. Entonces, decidí encargarlo con una vecina.
Luego de terminada mi jornada en el diario, y mientras volvía en mi auto, me preparé para lo peor, pese a que advertí a Mari que me enviara un mensaje de texto si algo le sucedía a Twitter.
Al volver, encontré en casa una nota en la que Mari decía que tuvo que viajar con urgencia a Pastaza, su provincia natal, y que dejaba al colibrí en mi cama, en un nido improvisado que le hizo con las cobijas. Twitter estaba dormido; sin embargo seguía con vida. Al rato, decidí devolverle a la caja, y luego de chillar por una hora, trató de volver a volar, y salió enseguida hacia unos cables de mi vieja computadora.
Supuse que el pájaro pensaba que los cables eran como ramas, y que ero lo más cercano a su entorno natural. Decidí entonces, con un gorro de lana, improvisarle un nido aéreo junto a mi closet, para que el ave llegará hasta allá, en caso de desplegar sus alas.
Era de noche, y la mañana siguiente tendría que volver al diario. Estaba dormido ya, cuando le escuché piar y volar. Al prender la luz, descubrí que Twitter había caído sobre el piso de madera, y que estando ahí ya no intentaba nada, como cuando le encontré sobre la yerba en el parque. Lo levanté del piso, y lo puse entre mis dedos. Entonces, sucedió lo más hermoso que me pasó con ese animal hasta entonces: twitter voló desde mi mano derecha hasta mi mano lastimada. Descubrí entonces que eso le gustaba, y decidí poner mis manos una sobre otra, a modo de escaleras, para que Twitter continuara con sus ejercicios de vuelo. Llegamos a un nivel tan cercano al techo, que mi colibrí creyó que el foco era el sol, y se estrelló contra él.
Volvió a caer al piso y volví ayudarlo a levantarse, pero esta vez traté de llevarle hasta su nido artificial. Twitter, en lugar de introducirse en el gorro, se posó sobre la puerta de mi armario, en donde se quedó por mucho tiempo, hasta que se cayó de nuevo.
Traté de darle agua con azúcar, a ver si recuperaba fuerzas, y otra vez volvimos al ejercicio de las manos. Sin embargo, llegué a un punto en que ya no pude más con el sueño, y dejé a mi picaflor en su cajita de cartón, con el otro nido improvisado que le hice con un trapito, en donde se quedó chillando toda la noche, pese a lo cual pude dormir.
Al día siguiente, el ruido había desaparecido, pero el aliento de Twitter también. Pensé que seguía con vida, pues estaba sentado; sin embargo, al voltearlo levemente con mis dedos, descubrí que ya no respiraba, pero que se mantenía en ese extraño equilibrio debido a lo pequeño y redondo que era.
Al publicar en mi estado de facebook sobre su muerte, un amigo, luego de insinuar que seguramente me lesioné la mano por pajero, me explicó que si los colibríes no se mantienen volando, sufren de un paro cardíaco.

Enterré a mi ave al día siguiente. Ese día me fue imposible, puesto que tenía que ir al trabajo y tuve que quedarme hasta tarde. Volví al sitio del parque donde le encontré, con la ridícula esperanza de que su madre y sus hermanos le encontraran. Esa mañana no escuché a ningún colibrí cerca, y habían muchas personas alrededor. Dejé a twitter bajo las yerbas de un árbol, que estaba un tanto alejado del sitio donde creí salvarle la vida.
Desde ese día, me sigue doliendo la mano.

a Viki

lunes, 6 de agosto de 2012

Eco

La vida,
un laberinto de palabras sin fin.
la voz se esfuma en diminutas partículas de luz.
varios fuegos formando un gran fuego,
el eco se desdibuja en cuanto cierras los ojos,
luces y sombras,
tanto que decir, tanto,
tan poco....

lunes, 9 de julio de 2012

Géminis

El horóscopo no siempre me pareció una webada absurda. Dependiendo de la etapa de la vida que estuviera atravesando, creía o no en él. Yo era el típico ciudadano común que al tener un periódico en mis manos, la primera página que chequeaba era la del horóscopo. Por ejemplo, si me gustaba alguien, siempre procuraba buscar la página de Walter Mercado en la revista Familia para anticiparme sobre sí la chica en cuestión me haría caso. También seguía el signo de mi exnovia, meses después, para saber si regresaría conmigo o no. En una ocasión, en que tuve problemas serios de plata, también lo revisaba a diario para saber si me llegaría pronto un trabajo o alguna chaucha.
Con el tiempo, dejé de creer en los horóscopos, en dios y en algunas otras cosas.
Sin embargo, el tarot y las denominadas ciencias de la predicción no se apartaron de mi vida en absoluto. Mi padre, que en paz descanse, en una ocasión decidió convertirse en brujo. Mi madre, decepcionada, me contaba a diario sobre las proezas de hechicero de mi viejo, quien un día llevó a la casa un libro que se había  hecho traer desde Italia, más grueso (e interesante) que la Biblia.
La presentación era de lujo: el lomo y los bordes de las páginas eran dorados, y la pasta bastante gruesa, tanto que parecía una lámina de oro. A diferencia del ordinario horóscopo de los periódicos, el libro traía datos, carta astral y curiosidades de cada signo, según tu fecha de nacimiento, es decir, había un pronóstico personalizado para cada día del año, que también incluía su respectiva carta del Tarot.
Papá era bastante receloso, y siempre ocultó el libro bajo llave. Al morir, y luego de mi respectivo duelo, decidí apoderarme del libro. Un día que mamá salió donde los abuelos, busqué la llave del armario esotérico de mi viejo por toda la casa. Al volver, mi mamá me contó que mi padre, su esposo, decidió prestarle el libro a un hermano suyo.
Durante varios años, el paradero del libro se volvió una obsesión para mí. Cada día de mi vida me imaginaba mil y un sitios donde pudiera estar. Un día hasta planeé ir a casa de mi tío César, el hermano de mi papá a quien prestó el libro y quien decidió quedárselo como un regalo suyo, pese a ser una persona profundamente católica y que despreciaba las artes adivinatorias por considerarlas satánicas. Mi desdicha fue tremenda cuando mi primo Paúl, me contó que el César y su esposa decidieron quemar el libro durante un año viejo para así dejar que el alma de mi papá descansara en paz, ya que mi tía Rosario era en extremo supersticiosa y se figuraba que mi papá vendría a jalarles de los pies para recuperarlo.
Pasaron los años, terminé el colegio y el recuerdo del libro y de mi padre se fue desvaneciendo. Mi madre se volvió a casar con un antiguo novio del colegio, quien acababa de divorciarse y quien por cierto tenía una hija muy guapa a la que me costó por mucho tiempo mirarla solo como una hermana política. Empecé a salir con chicas, fui a la universidad y me gradué como profesor de Ciencias Sociales. Mi travesía por el mundo del materialismo dialéctico casi me hizo olvidar a las ciencias ocultas.
Una tarde, mientras iba por mi auto, que debía guardar en un estacionamiento cercano a la casa ya que en nuestro garage estaba la camioneta del nuevo esposo de mi mamá, una señora me quedó mirando de manera extraña. En aquel tiempo era más joven y moderadamente apuesto; supuse que tal vez le gustaba. Ella tampoco estaba mal, tenía el cabello largo y sambo, y por sus rasgos parecía costeña o colombiana. Por algún tipo de curiosidad, que no tardé en suponer sexual, decidí seguirla de camino a la tienda que quedaba en la calle del parqueadero. Al rato, la señora desapareció al entrar en una casa, y yo también tuve que marcharme al colegio en el que trabajaba como profesor de Historia.
Una semana más tarde, mientras iba al cine con Lucía, mi novia, volví a ver a la mujer en el centro comercial.  Esta vez, la mujer no me miró: pensé que tal vez se debía a que iba acompañado. Por suerte, la Lucía no era nada celosa, y no le prestó la más mínima importancia al incidente.
Esa noche, después de dejar a la Lú en su casa, no pude evitar pensar en esa mujer. Aunque no era fea, tampoco era despampapanante; admito que los primeros días hasta se me pasó por la cabeza y por el cuerpo más de una fantasía sexual con ella, que con los día se fue borrando. Desde luego, también pensé si estaba borracho, drogado o en la posibilidad de dos mujeres gemelas. También me repetía que eso solo pasaba en las novelas, teoría que la Lucía apoyó cuando se lo comenté y cuando me hechó en cara que miraba demasiada televisión. De este modo, el recuerdo de la mujer empezó a desvanecerse y se habría desvanecido del todo, de no ser porque volví a verla varios días después, en el parque, mientras paseaba a mi perro Sig. En esta ocasión volvió a mirarme, lo que me hizo saludarla.
-Señora buenos días- le dije, intentando sonreír para mostrarme amable.
La mujer no me respondió.
Al día siguiente, la volví a ver, esta vez en el colegio donde trabajaba; estaba tan molesto por creer que la mujer era tan descortés al no devolverme el saludo, que en esta ocasión decidí no decir nada. Sin embargo, en esta ocasión, fue ella quien me deseó buenos días.
-Buenos días- respondí sorprendido- ¿Viene a preguntar por algún hijo o sobrino?
-No, para nada- contestó. Vine a dejar carpeta para el puesto de secretaria del rectorado.
-¿De verdad? le respondí ingenuamente, olvidando por completo que la muletilla resultaba absurda.
-Sí- me respondió. Además, en el horóscopo me salió que este día conseguiría empleo y estoy casi segura de que me sale- continuó.
-¿Sabe qué? yo también creo en el horóscopo- le respondí.
-Sí, a veces dice cosas interesantes- insistió.
Al rato, la mujer se disculpó, argumentando que tenía prisa por llegar a un lugar.
Un mes más tarde, otra mujer, más joven y nada parecida a la que vi cuatro veces antes, llegó a ocupar el puesto de secretaria del rector. Por desgracia, la otra asistente que tenía las hojas de vida de las aspirantes al cargo, se había llevado la llave del cajón de expedientes, por lo que mi nuevo intento de volverme un espía casero resultó también un nuevo fracaso.
El siguiente verano, la Lú decidió terminar conmigo ante mi negativa de casarnos, y empecé a salir con Mariana, una alumna de la universidad a quien conocí en un taller sobre la evolución de las costumbres sociales del Quito del siglo XX. Un día, mientras ibamos a una cafetería para presentarme a su mamá, una chica, bastante guapa y como de dieciséis años, se me quedó mirando. A diferencia de Lucía, Mariana era muy celosa.
-Disculpe, ¿le pasa algo con mi novio? le dijo Mariana a la chica.
-No, nada. Es solo que le he visto a tu novio en la calle como tres veces, y la primera me quedó viendo...
-Tal vez era alguien parecido, porque él no tiene ningún gemelo- le dijo a la joven.
-Discúlpenme- nos respondió a Mariana y a mí con una voz nada insegura.
Unos minutos después, la joven se acercó a la mesa donde esperábamos a la mamá de Mariana.
-Señor- me dijo. ¿Cree usted en el horóscopo? es que en mi signo me salió esta mañana que vería por cuarta vez a mi novio muerto.............

sábado, 30 de junio de 2012

Centímetros de aire

Encontré tu foto,
entre las páginas de mi viejo libro de Bufalo Bill.
Buscaba cualquier cosa,
pero las cosas me encontraron.
Entre viejos papeles de recibos y cuentas,
poesías que un día fueron todo y hoy son leyendas cursis,
me pregunté por el sentido de las cosas.
Si los William Cody dejarán de ser héroes o si
empezaré a ser villano desde ahora.
En tu viejo departamento,
aguardando aún los papeles que nadie quiere recoger,
la sombra invertida que antes dejó una silueta es ahora
la de la tarde.
El billete de avión que al otro lado del océano se convirtió
en un cuerpo lejano,
las cifras en centímetros y centímetros de aire.
Dime algo,
dimelo todo,
no digas nada,
tampoco.
He olvidado los sueños.
Creo que eran todos,
pero desperté.
Me pregunto si estoy a tiempo aún de empezar de nuevo.
Alguien se acerca.
Le pregunto como fue la mudanza.
-Eso fue hace mucho, me responde.
Bienvenido al 2100".

sábado, 2 de junio de 2012

Regreso al bosque

Que extraño es,
mirar a los ojos
y hallar el vacío,
y no,
sentir el color,
atravesar,
las fibras más íntimas
y ser,
uno con el aire
y despertar,
bien,
y así seguir,
y así vivir.
Que extraño es,
escuchar mi propia
voz y sentir,
como la afonía
se apodera de todo,
y no ser más el grito
a fondo,
que estremecía
aquellas fibras
tan sensibles,
en todo.
Y no,
quien sabe más,
sí el viejo roble,
o las hojas secas
del rastro aquel.
Y quien sabe más,
si el rencor,
o la soledad.
Qué extraño es,
mirarme el espejo
al despertar,
una luz extraña,
como algo invisible
en la piel.
Qué extraño es,
estar de vuelta,
y ya no sentir
nada,
no sentir más nada,
solo estar.
Qué extraño es,
a quien le importa,
a donde te perdiste,
donde irás a parar,
ya no.
El rastro de hojas que
dejó,
el viento al escuchar,
mi voz tan afónica
y mis pensamientos
que se fueron
a algún lugar,
y quién sabe más,
si el rencor o la
soledad,
a quien le importa,
a donde te perdiste,
donde irás a parar.
Ya no....
ya no.
El rastro de hojas que
dejó el viento al escuchar,
se desintegra con
mi voz afónica
y mis pensamientos,
que se fueron
a algún lugar.

martes, 29 de mayo de 2012

Días de mi vida

El primer recuerdo que tengo de mi vida es el cielo azul nublado al otro lado de la ventana, las medias sucias en el piso recién encerado y la cobija revuelta en algún lugar. El primer recuerdo que tengo de la calle es una vitrina con personajes hechos de espuma flex, sobre un escenario de musgo y muchas luces de colores: era navidad. También recuerdo los muñecos que venían en el Cola Cao y la canchita que nunca llegué a coleccionar, así como el fútbol que jamás aprendí a jugar bien. La primera canción, de la que más o menos tengo memoria, fue 'The final countdown', de Europe, y 'Hay luto en mi alma' de Los Terricolas. Y el primer juguete, unos legos gigantes que mientras mis hermanos convertían en robots, yo me los metía a la boca.

Días de mi vida.

viernes, 4 de mayo de 2012

Chollima

Sobrevolar el tiempo y el espacio,
ignorar el cansancio,
acariciar el celeste prado.
¿Quién es el arquitecto de este universo?
Lograr que la fantasía arrebate varios
centímetros de piel a la realidad,
atravesar el tiempo y el espacio.
Recoger toda la sangre derramada
en vano,
reunir las palabras que rasgaron
susceptibilidades,
recuperar desde el fondo del mar
la herradura de la fortuna que
llevaba impreso tu nombre.
Sobrevolar el tiempo y el espacio,
arrebatar la piel a la realidad y
sumergirse en lo profundo,
encontrar la herradura con tu
nombre impreso,
reunir las palabras que rasgaron
el espíritu.
¿Quién es el arquitecto de este universo?

sábado, 14 de abril de 2012

Adiós niña

Adiós niña adiós,
en un instante,
me esfumaré,
y el futuro será,
un sueño sin fin.
Tus colores me harán,
sobrevivir,
Y un día entre la
nada te encontré,
era invisible el lazo
que siempre nos ható,
y hoy vives dentro de mí,
como una canción,
de algún jardín.
Adiós niña adiós,
no era el tiempo y el lugar,
palidecer,
sobre la piel,
cuando te veo llegar,
y quisiera que el olvido,
no,
nos pueda perturbar,
quisiera quedarme dentro
de aquel,
corazón,
que pintaste en la pared,
Adiós niña adiós,
no cambiará el mundo
porque,
nos hayamos conocido un
día de abril,
nadie se detendrá
a escribir,
nuestra historia solo vivirá,
dentro de ti y de mí,
Adiós niña adiós,
son tantas cosas que
quisiera poder decir,
pero me desvanezco y
me siento al fin,
parte de tí,
y de mí.
Guitarra invisible,
para el cantor,
y el calor,
que me da,
imaginar tu voz,
adiós niña adiós,
siempre te irás sin despedir,
siempre me iré de aquí,
con tu nombre en mí,
oh sí.

jueves, 5 de abril de 2012

El dueño de la calle

Mientras almorzaba el otro día en el asadero de don Pablo, me enteré por casualidad que se llamaba Rolando. Hasta ese mediodía, nunca tuve idea de que tuviera un nombre. Siempre le decían "no sea malito" "vea, de haciendo esto" "oiga" o simplemente "vecino".

No me di cuenta de su llegada hasta una tarde en que la Mary, mi vecina del segundo piso, mientras escuchábamos la radio en mi balcón, me insinuó que el hombre que caminaba en la calle con gorra y traje azul era un guardia de seguridad que había contratado alguien. Al principio creí que efectivamente era un guardia, hasta que noté que llevaba un palo que distaba de parecer un tolete y que el supuesto uniforme que traía más bien era una colección de harapos remendados.

Con el tiempo, me percaté de que el hombre permanecía casi todo el tiempo en la calle, y que su tarea principal era acomodar y vigilar los carros. Un día, mi hermano llegó enfadado a la casa, diciendo que un tipo que se cree el dueño de la calle le había pedido unas monedas.

Un día, Rolando se acercó a retaquearme. Me dijo que el dueño de la casa donde dormía estaba de viaje, y que necesitaba reunir unos cinco dólares para dormir en la hostal que quedaba a la vuelta de la esquina. Lamentablemente, tenía apenas dos con cincuenta. Le pregunté si le parecía suficiente y me dijo que sí. Regresé a dormir tranquilo, con la casi certeza de que quizás tendría otros dos dólares y que dormiría cómodamente en esa hostal, que suele estar repleta de suizos y gringos que suelen visitar el país.

El dueño de la calle, como le decía mi ñaño, tenía un acento entre costeño y medio paisa, por lo que muchos le llamaban el colombiano. Un día quise entrevistarle para un trabajo de mi universidad sobre Comunicación y Alteridad, pero misteriosamente el vecino desapareció por varios días. Nunca supe donde había ido; y como no tenía esposa ni hijos, aparentemente, nadie nos dio razones sobre él. Sobre su posible origen, la versión más verosímil me la compartió el zapatero de la cuadra, quien dijo que el dueño de un pequeño y no tan próspero restaurante ubicado casi el frente de mi casa le trajo en alguna ocasión de la Costa. Mi hermano, que parecía empeñado en echar al Rolando de la calle a toda costa, solía decirme que siempre le encontraba fundeando. Cuando finalmente vencí el pánico a conducir, el vecino me ayudaba a parquearme sin rozar a los carros que estaban a los lados. A veces también ayudaba con las compras a los vecinos, y sobre todo con el tanque de gas a las mujeres. Se convirtió en el asistente personal de todos. Un día, en que tuve que ir a traer mi televisor reparado del taller sin el auto, el hombre me ayudó a cargar el aparato, que resultó más pesado de lo que esperaba.

Así, la vida había transcurrido aparentemente normal hasta esa noche, en que el Rolando me pidió esas monedas y yo, seguro de haber hecho una obra de bien, fui a dormir plácidamente, hasta que recordé que no había sacado la basura de la casa. Era casi la una de la mañana, y cuando regresé de dejar la funda en el depósito, noté que una persona aparecía y desaparecía de la esquina, como si se tratara de un duende. Impresionado por la curiosidad, decidí espiar un rato más. Media hora después, el vecino atravesó toda la calle, para reaparecer durante la siguiente media hora.

Al día siguiente, quise preguntarle si había dormido en la hostal. En cuanto le saludé, me dijo que me pagaría los dos dólares con cincuenta más luego, cuando tuviera más propinas. Le dije que no se molestara; sin embargo, su comportamiento me siguió pareciendo extraño. Ese día, trabajó como siempre, acomodando carros, ayudando a cargar tanques de gas y bolsas de compras. Por la noche quise volver a espiarle, pero supuse que tal vez estaría durmiendo en el lugar de siempre y que no pasaría nada extraño.

Sin embargo, varias noches después, mientrás volvía a las dos de la mañana de visitar a mi novia, encontré al vecino corriendo por la calle, de la misma manera que la noche que olvidé sacar la basura. Recordé lo que me dijo una vez mi hermano, sobre su supuesta adicción a las drogas. Al día siguiente, encontré al Rolando dormido dentro del cajón de una camioneta que se aparcó a dos casas de la mía. Las semantas siguientes, noté que su aspecto había desmejorado bastante, y que sus ojeras estaban más obscuras. Supuse  que tal vez padecía tuberculosis, o sida. También lo hallé más pálido. Sin embargo, unos días más tarde volví a verle reestablecido, con una nueva chompa y un radio de pilas que lo cargaba por todos lados. También empecé a escucharle cantar, e invitar a los transeúntes de La Alameda a comer en un restaurante que quedaba en la esquina de nuestra calle. Supongo que alguien también le regaló un maso de cartas, con las que jugaba solitario. Por momentos pensaba que era positivo que de cierta manera, ese hombre que no tenía nada hubiese encontrado en nuestra calle una forma de subsistir. Sin embargo, me di cuenta al rato que en cada calle de la ciudad, había aparecido un nuevo hombre, cada uno con su forma de hacer las cosas. Hace tiempo que mi ñaño ha dejado ya de querer enviar a Rolando a la cárcel. Por suerte, no he escuchado quejas sobre él.

Me pregunto a donde irá a terminar esta historia. Me pregunto si el día en que se muera o le suceda algo, alguien vendrá para cuidarle. A veces hasta dudo de su nombre.

lunes, 5 de marzo de 2012

Sin parar

Te escucho.
Mi alegría se fundió
en la superficie del mar
con tu aliento.
En algún lugar sabía
que la locura un día
derivaría en una escena
real,
simple pero sublime.
Y verte es como mirar
a la carretera después
de una suave llovizna,
como sí pudiese limpiar
toda la pena.
Mientras permanecías
sonámbula invocaba tu
nombre para que ese
dolor que sentía no se
apoderara de mi sangre.
Era preciso continuar,
pero necesitaba reconfortarme
en tus ojos.

El viento no deja de soplar...

domingo, 4 de marzo de 2012

Baku

Devora esa parte de mi
sueño en que se aparta,
por favor,
devora el modo en
que la obscuridad envuelve
su aura.
Que solo permanezca
en forma de aliento
en mi corazón,
trágate su odio,
que permanezca dentro
mío en forma de luz.
Que esta espiral no termine
de arrebatarnos el día.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Día bisiesto

Te diré que te quiero aunque me odies,
el movimiento de traslación que cada año requiere
de otras cinco horas adicionales se tragará mis palabras.
Imaginaré que tu sonrisa atraviesa mi ventana invadida
por miles de puntitos como estrellas en el firmamento,
como acertijos que miro al cielo y una posible
infinidad de respuestas.
Como tallos de hierba,
como tréboles,
como hormigas.
Te diré que te recuerdo aunque me olvides,
el movimiento de rotación borrará durante el amanecer
mis palabras.

lunes, 27 de febrero de 2012

Para matar el chuchaki


Aquel verano de 1997 fue de lo más aburrido. Luego de rendir de muy mala gana los exámenes supletorios, de terminar una relación de cinco minutos con una chica manabita que por cierto estaba muy hermosa -quizás la más hermosa chica que tuve entre mis brazos pero la más aburrida también-, decidí que era el momento preciso para suicidarme. Tomé un esfero Bic negro que tenía masticado, y mientras apuntaba ideas sobre la forma más memorable de aniquilarme, el teléfono de la casa, que casi siempre sonaba para mi hermano mayor, de repente emitió una voz chillona que preguntaba por mí.

―¿Juan? ―¿Viviana? ―Sí, soy yo. ¿Cómo estás? tuve una pesadilla horrible. Soñé que te morías y que te tejía una bufanda negra para que tu cadáver no sintiera frío... por favor, dime que estás bien... ―Descuida, estoy bien... y no te paniquees con eso, sólo es un sueño. Ahora resulta que la Viviana era una especie de adivina, medium o lo que sea. Bueno... A Vivi la conocí durante la infancia; era la única niña de todo mi grado que tenía el cabello rubio. La mayoría de chicos la llamaban Suca, como solemos decir en Ecuador a las personas blondas. Pero contrario a la absurda creencia de que las niñas sucas y de ojos claros son bonitas, Vivi no lo era. Por el contrario, era un tanto gordita y fofa. Sin embargo, me caía muy bien.

Cuando mi prima Inés llegó desde Imbabura al quinto grado, se hicieron grandes amigas. Inés, Viviana y yo solíamos caminar juntos hasta la casa. En sexto grado, también fuimos compañeros de catequesis. Un día, al salir a una excursión hacia Guápulo junto a varios grupos de primera comunión y confirmación de otras parroquias, nos perdimos. Yo estaba terriblemente enfadado; siempre tuve mal carácter. Sandra e Inés, por el contrario, disfrutaron de esa tarde. Al final, Viviana nos llevó hasta su casa y nos ofreció galletas con jugo de tomate de árbol. Luego de terminar la escuela, en julio del 93, la Viviana se mudó a un barrio lejano del norte de Quito. No tuve teléfono en casa hasta 1995; de haber existido facebook en aquel entonces, probablemente no hubiésemos perdido el contacto. Es por esta razón que se me hizo muy extraño que la Vivi ubicara mi número, especialmente porque nuestra línea no constaba a nombre de mi padre, mientras mis mordiscos convertían a mi esfero en un abanico de puntas afiladas por mis dientes y mi saliba. ―Gracias, Suquita ―le respondí. Recibiré con gusto tu bufanda negra esta misma tarde.

domingo, 26 de febrero de 2012

Hoja de roble

Te extraño. Qué decir... es uno de esos domingos en que solo los dibujos animados de la noche parecen amortiguar la pena por unos instantes. Quisiera que estuvieras acá. No sabes cuánto. Hay ocasiones en que desearía ser como una hoja de roble y que un huracán me llevara de inmediato hacia donde estás vos... o ser como un pájaro que no se canse de volar... o poseer la maravillosa capacidad de la amnesia selectiva... es una alucinación... es como sumergirse en lo más ondo del mar por unos segundos y ahogarse en la ansiedad... nostalgia e incertidumbre juntas...

viernes, 24 de febrero de 2012

Parte de todo


¿De verdad vas a morir? ― le pregunté sin titubeos.
―Sí, pero no siento miedo ―me respondió. Morir es otra parte del gran todo.

Bebimos. Esa tarde nos volvimos a encontrar después de dos meses de no vernos. La última ocasión, discutimos por alguna tontería, tan poco trascendental, que ya habíamos olvidado.

―Me gusta esta vida. Quisiera vivir sólo bebiendo.
―No lo sé, creo que me aburriría ―le respondí. 

Hace tiempo que sueño que moriré. Hay veces en que tengo miedo de que mis sueños sean premonitorios. Como aquella vez, en que soñé que iba en un auto, y al sacar el brazo por la ventana, una rata se metía bajo mi manga. Esa misma noche, una rata visitó mi departamento. O como cuando sueño con Violeta, mi ex, que siempre me augura que tendré dinero de una u otra forma durante el transcurso de ese día. Hay veces en que esas cosas me provocan un ataque de pánico. Ese día, Priska fue la única persona en el mundo a la que me animé a contarle. Nunca me lo ha dicho personalmente, pero varias de sus amigas murmuraron alguna vez que padecía cierto tipo de cáncer. En varias ocasiones he tratado de preguntarle, pero siento miedo. A veces quiero  creer que no es verdad, que se trata de un juego de mentirillas para llamar la atención. Alguna vez la quise. Hay  veces en que siento que todavía la quiero. Ojalá que todo esto sea falso. Que este mundo sólo sea el producto de la imaginación de un caprichoso escritor que de un mágico modo de un giro de 180 grados en su historia. Sin embargo, los únicos 180 grados que siento ahora son los del alcohol en mi garganta.

―No estés triste ―me respondió, luego de verme divagar.
―¿Vas a conducir así? ―le pregunté.
―Claro que no. Vamos a almorzar, yo te invito. ¿Qué te gustaría comer? ―prosiguió.
―No sé, lo que tú quieras.

Esa tarde, nuestros autos aguardaron por nosotros un poco más de la cuenta. Después de comer un par de bolones de verde, dos tazas de café y una porción de fritada, algo volvió en nosotros.

―¿Te gustaría subir a la terraza y mirar como se cae el sol? ―me preguntó.
―Sí, por qué no.

Ese día, por primera vez, el sol brilló de un modo distinto.





miércoles, 22 de febrero de 2012

Pornografía


Cómo te digo,
que solía pelear,
donde el fuego,
era un círculo de ficción,
y,
me volaba los sesos,
con fotones y relámpagos,
texturas sin fin,
no me ordenes parar,
pudiera ser errático.
Cómo me digo,
que soñar era un vínculo,
con el grande y profundo
mar,
de tus huellas,
sobre mí,
y que más da,
parezco dormir,
pero he perdido,
algo más que la cabeza,
por ti,
me encuentro en un limbo,
tengo que salir de aquí,
y cómo te digo,
y cómo te digo
que he perdido el control
y me he perdido,
en tu piel,
en el sueño aquel,
navegábamos,
hasta alcanzar el sol,
y sudar hasta volvernos
el mar,
no sé,
salir de esta
alucinación,
me pierdo cada vez,
y no hay razón,
cómo me digo,
es hora de partir,
es tiempo de volver,
del paraíso aquel.
Cómo te digo...

martes, 21 de febrero de 2012

Yerba

En tu vida
una promesa
larga vida,
en la pradera.
Que nos queda
de esta espera,
no despiertan,
mis esquemas.
Y hoy,
da vuelta el reloj,
que nos deparará
el mañana,
sabré yo,
quizás,
una descarga,
bajo el sol,
y no sé qué decir,
tarde desierta.

Todos regresan,
la calle espera,
y no,
me he vuelto,
a,
doblar.
Del cielo,
cayó,
una gota
de rocío,
que el infinito
inspiró.
Escribí una carta,
que el viento devolvió,
y no,
se,
despliega.

En tu vida,
una promesa,
larga vida,
en la pradera.
Que nos queda,
de esta espera,
no despiertan,
mis esquemas.
















El mismo agujero

Querido Zi:

Es otro de esos días en que siento mucho miedo. Hay muchas cosas que dejé a un lado; no importa cuántas veces lo intento, siempre vuelvo a caer en el mismo agujero... a veces quisiera saber organizar mi vida de mejor modo. Espero tener la paciencia y la fuerza de voluntad necesarias para resolver mis problemas...



D

miércoles, 15 de febrero de 2012

Kiiro

Tú, en el delirio,
en la esperanza,
en la alucinación.
En un arco iris de
medianoche.
Tú en mis desafíos,
en mis recuerdos,
en mis pensamientos.
Tú en mi vida,
en el mar,
en el sol.

lunes, 13 de febrero de 2012

Primavera

Tu casa en un árbol
partido en dos,
se mecía con el viento
en abril.
Aquí no hay estación,
sólo lluvia e insectos.
Las personas se estremecían
en febrero,
dibujaban un corazón sobre
el enclenque tronco siempre
a punto de caer.
En el verano bajo el ardiente
agujero de fuego siempre
busqué sombra,
pero la insolación me hizo flaquear.
La sed no se extingue.
Lluvia de hojas,
no hay nada más dulce o parecido
a la primavera que solo existe
en ficción.

viernes, 10 de febrero de 2012

París



Desde que terminé la universidad, los viernes por la tarde me resultan aburridos. Ya no tengo a mis amigos, ni a las aulas de clase, ni a los odiosos profesores que un día deseé ya no ver jamás; ahora que lo pienso, también les echo de menos. Fernanda, la única amiga que me quedaba, se ha conseguido un novio y ya no la he visto desde entonces. En el trabajo, el ambiente ya no es el mismo; todos los viernes, a las cinco en punto de la tarde, casi todos vuelan a sus casas, a encontrarse con sus maridos, esposas e hijos.

En una ocasión, decidí romper la rutina y me dirigí desde mi aburridisimo trabajo en el Ministerio del Interior hacia el Palacio Arzobispal, en donde la Fer me recomendó una cafetería de estilo clásico llamada el Querubín. La prohibición de fumar en interiores ya no me afecta; por suerte, he dejado ese hábito, desde que el Gobierno para el que trabajo subió el precio de los cigarrillos. Me acerqué entonces a la única mesa disponible, ubicada en la esquina más profunda del lugar.

De inmediato, una mesera me acercó el menú, emplasticado con una mica que me recordaba las hojas de vida que reviso cada día en mi escritorio. La oferta no era muy variada; además de los típicos canelazos y vinos hervidos de la mesa quiteña, la carta ofrecía varios tipos de café.

―Señorita, ¿En qué consiste el café cortado? ―pregunté a la mesera, quien lucía harta de ese trabajo, además de traer una cara de mal casada.

―Bueno, en realidad es un café pequeño pero concentrado, con un poquito de leche ―respondió.

Mientras me aburría con la descripción del café, noté que detrás de mí estaba colgado un cuadro con la foto del arco del Triunfo, en París.

―¿Y el mocachino, cómo lo sirven?
―Por el momento sólo tenemos el expreso, el americano y el cortado.
―Mierda ―pensé. Si no tienen estas variedades no sé para qué chucha los incluyen en el menú ―dije para mí mismo. Sin embargo, desistí de reclamar; después de todo, la mujer no tenía la culpa de la manera en cómo los dueños del lugar administraban el menú de la cafetería.

Mientras esperaba por mi orden, me preguntaba cómo era posible que un establecimiento del centro de Quito, ubicado en pleno Palacio Arzobispal a unas cuadras del Palacio de Carondelet tuvieran una foto de París. Junto a mí, estaban personas de varios tipos: extranjeros, que probablemente se alistaban para partir al día siguiente a Baños u Otavalo, ecuatorianos con terno y corbata, seguramente empleados del Municipio y de otras entidades del estado, todos eso sí, con un tono prointelectual en sus charlas, comentando de la exquisitez de esta ciudad de mierda y de lo simpático de la arquitectura colonial del centro. En medio de mis divagaciones, un tipo de más o menos cincuenta y pico de años, me preguntó si podía compartir la mesa.

―¡Qué le pasa! ―le contesté. ―¿Acaso no ve que estoy acá precisamente porque busco privacidad?
―Vaya que no tiene modales ―me respondió.
―Bah, ¡es broma! siéntese, es un país libre ―proseguí.

Fuera de todas mis expectativas, el tipo agarró la silla y se sentó. Pidió de inmediato una orden de empanadas con agua aromática caliente.

―París, qué bonita ciudad ―suspiró. Hace diez años que estuve ahí con mi hija.

Además de presuntuoso, ahora resulta que el tipo había viajado por todo el mundo.

―Creo que le he visto en el Ministerio del Interior ―se dirijió hacia mí el hombre que probablemente se subió a la Torre Eiffel con su hija.

Luego de una increíble demora de casi diez minutos, mi cortado llegó por fin, junto con las empanadas y el expreso de mi compañero de mesa.

―¿No gusta una de las empanadas? he pedido dos ―me invitó.
―No, gracias.

Resulta que mi café era en realidad una taza con apariencia de juguete de té. Inconcientemente esperé que la mesera me trajera la Barbie para hacerle compañía.
―Demonios, debí pedir el combo de expreso con empanadas ―medité con frustración.

―Es probable ―respondí, mientras jugaba con mi café. ―Esta ciudad es como un pañuelo de mocos.

―Parece que no disfruta de su café ―me dijo ―¿No los hacen como en Colombia, verdad?

No sé por qué rayos el tipo suponía que había estado en Colombia o que había probado su café. Lo único que conozco de ese país es Ipiales, y por pura casualidad. Desde luego, reconozco que su bebida es de gran sabor y aroma, pero el tipo de por sí ya me estaba hartando.

―Estuve hace un mes en Colombia, mi amigo ―pronunció con gran seguridad. ―En el Instituto Metropolitano de Patrimonio nos enviaron a un Congreso en Bogotá sobre Arquitectura colonial. Las mujeres, desde luego son hermosas; y la cultura es algo que se ve en todas partes.

CHUCHA, LÁRGUESE ENTONCES DE ACÁ, REGRESE A FRANCIA, PIDA SU TRASLADO A COLOMBIA, SIÉNTESE CON ALGUIEN A QUIEN LE IMPORTE SU ESTÚPIDA CHARLA INTELECTUAL, PERO A MÍ YA DÉJEME EN PAZ!!! ―le grité.

La gente regresó a vernos.

Minutos después de que la administradora de la cafetería me pidiera muy cortesmente que abandonara el establecimiento, descubrí que la luna suele posarse junto a las torres de la Basílica del Voto Nacional. Desde luego, el café me supo asqueroso. La próxima vez, espero tener la compañía de una bella mujer al calor de un vino tinto hervido.