jueves, 27 de mayo de 2010

Matar, muerte, morir


El día en que asesiné al perro que devoró a Waldo, el pequeño pato que tenía en casa de mi abuelo, entendí definitivamente que no quería ser abogado. La decisión de condenar a muerte a otro ser vivo (un perro, supuestamente con mayor inteligencia y sensibilidad que otros animales), era algo que no me dejaba dormir. En la televisión son comunes las noticias sobre ajusticiamientos indígenas, donde los supuestos criminales son incinerados; la justicia es un elemento tan comercial que muchos no sólo descreen de ella, sino que la han reducido a una máxima vital: eliminar al mal de raíz, matar, sí, matar, como lo disponía la Ley del Talión, como lo dispuso Moises contra quienes trabajaban el sábado, como lo dispuso Hitler con los judíos, como lo dispusieron varios judíos contra varios palestinos. La sed de sangre, de vacío, de silencio, es una necesidad difícil de satisfacer, pero con una gran imposición moral que provoca remordimientos, entre ellos, el miedo a la muerte misma, a ser la víctima, la carne donde se depositará el cuchillo, el pulmón que será atravesado por la bala, la respiración que termina, el alimento de otro ser vivo.

lunes, 10 de mayo de 2010

Quo vadis

Querido Zi:

La angustia insiste en permanecer conmigo... no quiero seguir mintiéndome... siento que es hora de un giro trascendental... no sé qué hacer...

lunes, 3 de mayo de 2010

Mi cuaderno de borrador

Había escrito tantas, tantas, pero tantas veces su nombre en mi cuaderno, que un día de pronto las páginas se volvieron una gran mancha de tinta que transformaron mis apuntes de borrador en un gran agujero negro...

domingo, 2 de mayo de 2010

El trofeo

Danny, Kathy y Lucy siempre fueron amigas; más hermosas que el resto de chicas del curso de la U, su paso era invencible. Nunca hubo chico que se les resista, ni corazón que quedara intacto. No había discoteca ni fiesta de pueblo que aguantara: siempre estaban seguras de que alguno de los chicos caería a sus pies. Desde el colegio, habían decidido estudiar la misma carrera; durante el primer semestre, habían prometido seguir juntas para siempre.

Un día sin embargo, Carlos, el apuesto profesor de Teorías Comunicacionales, hizo su arribo a la facultad. Luego de concluir un masterado en Francia, ingresaba con paso triunfal para estrenarse en su cátedra. para Danny, Kathy y Lucy, ninguno de los compañeros era guapo; rodeadas de hiposos, rockeros piojosos y chagras pobretones, de entre los cuales nunca faltó alguno que las galanteara, en Carlos habían encontrado por fin un hombre que valiera la pena. Poseedor de unos tremendos ojos de miel, de cabellos castaños y sambos que se agitaban con el viento, y con un estilo muy cercano a Versace, el profe Carlos, perdón, el magister Carlos era mucho más que un rey tuerto en un mundo de ciegos: era un Adonis.

No pasó mucho tiempo antes de que Danny, Kathy y Lucy intentaran coquetearle. Carlos no sólo era apuesto, sino que era todo un caballero, incluso con las horribles de las compañeras que ante Danny, Kathy y Lucy, jamás podrían brillar con luz propia. Con el paso de las días, las chicas empezaron a apartarse; ya no eran Danny, Kathy y Lucy, sino Danny y Kathy o Kathy y Lucy, e incluso Danny y Lucy. Algo sucedía y sus jiposos, harapientos y piojosos empezaron a tejer conjeturas.

-Yo creo que están peleadas por el Carlos- era la sospecha más obvia que se escuchaba en las aulas.

Habían pasado casi tres meses, y Danny, Kathy y Lucy ya no eran Danny, Kathy y Lucy. Un día, Pato, el chico de la clase que se moría por la Lucy desde el primer semestre se atrevió a desafiar el rechazo y preguntó a cada una de las chicas sobre el porqué del rompimiento. Extrañamente, las chicas decidieron contarle.

-Tu Lucy es una puta- le dijo Kathy. Ella se revuelca con el profe de Teorías.
-Es que la Daniela no tiene componte- le dijo Lucía, mientras sentía celos y rabia. -Está vacilando con el Carlos y es una mojigata-.
-La Kathy y la Lucy son unas hipócritas- le contó Daniela. Las dos tienen orgías con el profe de teorías.

De repente, Carlos, el trofeo de Danny, Kathy y Lucy, se había convertido en un verdugo; amable como era, con todas las chicas, guapas y feas, con los chicos piojosos, zarapastrosos y mamarrachos, era el profesor más admirado y querido por los chicos de segundo. Esto había ocasionado una crisis de celos tan aguda en las tres amigas, que de repente un día no se hablaron más.

Brillante y locuaz más que ninguno, para tercer semestre Carlos había sido requerido por otra universidad, que aparentemente le había ofrecido mayor paga, pero también mayor responsabilidades, por lo que dejó la facultad.

Danny continuó vacilandose a los chicos de las discotecas; siempre le excitaron los bailarines. A Kathy volvió a buscarle un novio del colegio al que alguna vez quiso un poco más de lo acostumbrado. Lucy, por sugerencia de Danny y Kathy, quienes volvieron a ser amigas en quinto semestre, y luego de haber salido con Fernando, Roberto, Diego y Jorge, decidió aceptar salir con el Pato.