Esa mañana desperté soñando que nunca había pasado Matemáticas, y por lo tanto, no me había graduado del colegio. No era la primera vez; desde hace días atrás tenía el mismo sueño. Alguna vez, incluso, me vi con el uniforme de la escuela primaria, repitiendo sexto grado. El punto es que siempre, muy en el fondo, tenía la sensación de no haber terminado algo.
Volviendo a esa mañana, al dirigirme a la cocina buscando jugo, noté como una curiosa columna de hormigas se había formado entre el lavabo y la ventana. Enseguida recordé lo que mamá solía decir, que a las hormigas y a las moscas les encanta el azúcar. Busqué enseguida alguna taza del café de la noche, pero todo estaba aparentemente en orden. El departamento de estudiantes donde vivía con mi hermano siempre estaba limpio, gracias a que la dueña de casa tenía una asistente que venía los martes y jueves a limpiar. Las hormigas siempre me parecieron simpáticas. Recuerdo que cuando iba de visita con los abuelos, y me escapaba para no ayudar en las tareas de la casa o para no jugar con mis hermanos, solía ir al terreno que tenían detrás a espiarlas. Era simpático verlas cargando objetos más grandes que ellas, hacia el posible sitio de su guarida.
A mi ñaño le encantaba quemarlas con una fosforera. Y su afición se hizo más notable, luego de esa mañana que asomaron los bichos, cuando empecé a verlo hacer eso a diario. Desde luego, me parecía una crueldad, claro, no mayor que la de nuestro primo Carlos Andrés, quien disfrutaba además de arrancar las alas y cabezas de las moscas moribundas, cuando era más pequeño. Volviendo a las hormigas, me inspiraban cierto respeto, primero, porque me parecían los insectos más inofensivos (pensamiento que mantuve hasta aquella vez en Santo Domingo, cuando conocí a ese otro tipo de formícidos que mordían). Luego, por su notable organización, y finalmente, por la instantánea mental que dejaban en mis ojos cada vez que una columna de ellas resaltaba con una delgada línea verde formada por hojas.
Un día, entendí que las hormigas también eran como nosotros, depredadoras y carroñeras, cuando vi que un grupo de ellas arrastraba a una mosca hacia su guarida secreta, donde probablemente la reina les recibiría con un apoteósico homenaje. En algún libro, y luego en un película, aprendí que también tenían su propio ganado, consistente un grupo de pulgones o insectos áfidos a los que ordeñan una rica sustancia azucarada. En alguna página mal traducida, de esas que abundan en internet, leí que algunas especies de hormigas tropicales tienen incluso rebaños de insectos, con el fin de alimentarse de su carne.
Así, algo más instruido pero perplejo, desperté otra mañana luego de soñar nuevamente que me había jalado Matemáticas, y noté que las columnas de hormigas ya no estaban. Suponiendo que mi hermano había terminado con todas, me dirigí a la sala para acercarme al balcón, cuando de pronto, en el piso café de madera pero amarillo por el sol de la madrugada, noté que las hormigas ya no habitaban en columnas, sino que caminaban por todos lados, y que ya no eran negras, sino doradas. La escena me recordó un texto que leí sobre la impresión de Hernán Cortés al llegar a Tenochtitlán y ver cómo una ciudad había emergido en la inhóspita América. De la contemplación y casi veneración infantil por los formícidos pasé al horror, y a mi instinto de humano exterminador. Las hormigas habían llegado no solo a los sillones, sino también al techo, y al cuarto de la ropa.
Tuve que salir a buscar insecticida, que rocié durante al menos una hora por toda la sala y luego por todos los posibles orificios de la casa. Ya en la tarde, luego de suponer que los efectos del veneno habían pasado, noté que una columna gigante aún salía del pasillo, hasta la puerta de uno de los cuartos de los inquilinos, que estaba con candado. Por unos instantes, me imaginé que la pieza se había convertido en un vórtice de alimañas, o que podía incluso encerrar el cadáver de algún suculento animal para las hormigas, y que eso pudo provocar que cambiaran al color rojo. Bajo el riesgo que el vecino me acuse de choro, decidí romper el candado, forzar la aldaba, y para mi sorpresa, encontré que las hormigas ingresaban y salían de una lata de Fanta que yacía en el piso.
No volví a ver a las hormigas, y tras ser disculpado por el vecino y la dueña de casa luego de mi extraña historia, me tocó pagar el daño de la puerta ayudando a la señora de servicio, que tuvo que ausentarse por una cirugía. Sin embargo, sigo soñando que debo volver al colegio por Matemáticas, y últimamente he empezado a soñar que debo regresar a la universidad para aprobar otras materias, pese a que me gradué hace poco e incluso me encuentro en búsqueda de empleo. He intentado establecer la relación más lógica posible entre aquel sueño y las hormigas, pero hasta ahora no puedo.
(Publicado originalmente en junio de 2014)