viernes, 29 de mayo de 2026

En las últimas

Rolando Vera, Yolanda Quimbita, Martha Tenorio, Silvio Guerra, fueron nombres que acompañaron parte de mi infancia. Y es que en un país tan insignificante como el nuestro la gloria lo es todo. Toda gran historia tiene un comienzo.

    Cada año se celebraba para dar la bienvenida al verano equinoccial la carrera Quito-Últimas Noticias, organizada por el periódico vespertino homónimo que a veces, a alguno de mis compañeros o a mí, que asistíamos por la tarde a la primaria, algún profe desubicado nos enviaba a buscar. La primera edición de la competencia se llevó a cabo en 1960: se denominó «Maratón de los barrios quiteños» y participaron alrededor de doscientos llamingos, entre quienes seguramente hubo estudiantes, obreros, barrenderos o incluso algún ebrio. El primer ganador fue Efrén Castelo, de la provincia de Chimborazo. Desde 1975 se creó la categoría femenina. Posteriormente se creó la novedosa «Vilcabamba boys», para corredores de más de sesenta años, y otra categoría de sillas de ruedas. Inicialmente, el circuito partía de la plaza de La Merced, en el Centro Histórico, hasta las oficinas de Grupo El Comercio, editor del tabloide. Desde 1978 se estableció la meta en el Estadio Olímpico Atahualpa, que alguna vez fue la casa de Liga, Aucas y el Nacho. Desde ese año la competencia también se volvió más profesional.

    Mi amigo Luis me contó que participó por primera vez de la Últimas en 2003; su jefe, en la copiadora donde camellaba, le había motivado. Si mi pana —que no era precisamente un atleta— había podido, supuse que también yo podría. Me inscribí por primera vez en 2005; en aquel entonces el evento no contaba todavía con el glamour que posteriormente le daría el auspicio de Adidas y otras marcas comerciales, como tampoco la exposición en redes sociales. Apenas te daban un número que debías sujetar de alguna camiseta y listo. Novato igual, como quizás esos héroes anónimos de 1960, apenas salí a trotar en dos o tres ocasiones como entrenamiento. Para el gran día, había elegido correr con unas Converse verdes que me había comprado en el Ipiales, error que luego me pasaría factura.

    Quedamos con mi brou en topar a las 6:30 en El Tablón de San Bartolo, donde quedaba la gran casa impresora del Últimas. El trolebús nos dejó subir gratis para llegar hasta el lugar. Había de todo: gordos, flacos y esbeltos calentando; hombres y mujeres que sacaban pecho de cómo les había ido el año pasado y de cómo esperaban simplemente superar su marca en esa edición. Acordamos con el Luis tratar de ir parejo, por si a alguno le daba un calambre o un patatús, pacto que deshicimos en cuarto de hora cuando cada uno decidió seguir a su propio ritmo. En la línea de partida sonaba, entre otras canciones, «Young Turks» de Rod Stewart. Supongo que ahora se mandan algún reguetón para entrar en calor.

    Casi ni me di cuenta cuando sonó el disparo de largada; había tanta gente aglomerada que durante parte del primer kilómetro tuvimos que andar lentos y apretados. Cuando los élites —desde entonces africanos en su mayoría— finalmente salieron soplados, empezó la competencia de verdad: fue el momento en que los Rolando Veras, Carl Lewis, Abebes Bikila y Usain Bolts desataron su furia. Pero la competencia se volvió también un divertido desfile de cosplay: atletas con gorros de cocinero, con antifaces e incluso con disfraces de perro o de oso convirtieron el evento en un delirio surreal. 

    Todo iba más o menos bien hasta que, superado el tramo entre El Recreo y la Villa Flora, fue el momento de ascender por la rompecorazones, como le decían a la cuesta de la avenida Maldonado que subía de La Recoleta hasta Santo Domingo. Mi cara debió estar más roja que un tomate; mis pies parecían caminar sobre brasas ardiendo, cuál fakir. Por un instante pensé incluso en abandonar la ruta; pese a que había varios puntos de hidratación, el cuerpo ya no me daba, hasta que, una persona del público se acercó y me regaló un pedazo de panela, que según decía mi padrastro, era una gran fuente de energía. Sea por la anécdota o los propiedades del azúcar, el punto es que cobré un segundo aire.

    Luego de pasar cerca de mi casa, donde no encontré a ningún orgulloso vecino que me echara porras, finalmente emprendí la ruta hacia el Norte. Varias personas portaban la bandera del país y animaban a sus parientes y a todos. Un anciano bastante rezagado era aplaudido; una entusiasta esposa hacía sonrojar aún más a su colorado esposo. Cerca del parque de La Carolina volví a sentir que las piernas se me dormían; era de mañana, pero por alguna razón sentí que ya eran las cinco o seis de la tarde. Al llegar a la Shyris, y finalmente contemplar el estadio, decidí quemar el último pistón que me quedaba, y en una remontada heroica, que acompañé en mi cabeza con alguna melodía de Supercampeones, finalmente hice algo que solo imaginé en sueños: llegar, en las últimas, a pisar la pista y la cancha del Olímpico.

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Esa tarde terminé con horrendas ampollas en ambos pies; no volví a ver a mi amigo Luis hasta unos días después. Al año siguiente, decidimos volver a participar; esa vez busqué zapatos más adecuados, a los que debí atar un chip electrónico. En la siguiente edición se nos unió mi hermano menor; decidimos confeccionar camisetas de Caricato para competir «como equipo»; una vez más, lo de gregarios se disipó apenas salimos. Mi ñaño, desde siempre un gran deportista, fue el primero en llegar, haciendo un tiempo que estuvo cercano ya al de un atleta de élite, pero me contó asimismo que llegó con la camiseta reventada, sangrándole las tetillas y vomitando el desayuno de ese día. 

    A partir de 2008, la organización del evento estableció una camiseta única para todos los competidores. Al principio se me hizo algo bacán, ignorando que quizás perdíamos algo. Desde ese año incluyeron también una medalla, en la bolsa multiproductos que entregaban a todos al llegar a la meta. Llegué a tener algunas medallas y camisetas, que convertí con los años en piyamas, hasta la última edición de 2015 en que participé. Ya no existe el diario Últimas Noticias, la competencia ahora se llama Quito Race 15k y se convirtió en otro producto costoso más. Pensé en colarme como espontáneo para la edición de este año, pero es probable que sin chip no pueda ingresar al césped del Atahualpa.

jueves, 28 de mayo de 2026

MMVIII

 El 31 de diciembre de 1997, en mi última nota del diario personal que llevé hasta poco después de cumplir dieciséis años, escribí que la fecha ideal de mi muerte sería el 21 de febrero de 2008. Había escogido esa día, primero, por emular erróneamente la edad del deceso de Kurt Cobain, quien decidió irse de este mundo a los 27 años —tendría que haberme ido diez meses más tarde para coincidir en la edad—. El otro motivo, algo burdo, es que la fecha coincidía parcialmente con el álbum En Directo de Obús, registrado el 21 de febrero de 1987. 

    Mis quince años fueron de transición juvenil: empecé el segundo trimestre de cuarto curso, que se me hizo difícil, como seguramente a tantos otros estudiantes: me quedé por primera vez a supletorios, tuve que rendir Biología en segunda oportunidad en septiembre, luego decidí escoger Ciencias Sociales para quinto —aunque asistía al club de Periodismo, mi plan era estudiar Derecho en la Universidad Central—, y me topé con el grupo más variopinto y hostil que se podría encontrar en el colegio. Sin embargo no todo fue malo; me reencontré también con algunos compañeros de primero, segundo, tercero y cuarto curso, a quienes cada año nos sorteaban por azar, como pelotas de Bingo, en algún experimento antropológico.

    Uno de los chicos con quien me reencontré fue José Luis, mejor conocido como Negro. Fuimos compañeros en segundo curso, entre el 94 y el 95, y también fue compañero de mi hermano menor en el club de taekwondo del colegio en ese período lectivo. En quinto curso, nos descubrimos mutuamente como aficionados al rock: yo un poco más a los grupos heavy y punk y él al death, thrash, doom y black metal. No éramos los mejores amigos de la clase, pero al menos charlábamos bastante de música. Por su parte, se juntaba también con un par de tipos que abandonaron el Montúfar luego de jalarse cuarto curso, la cernidera de gente. Uno de ellos —mi tocayo, para colmo—, había sido mi compañero también en segundo y tercer curso, y siempre que pudo aprovechó para hacerme quedar como un ignorante del metal, chantándome sus CD originales. 

    En una ocasión coincidimos en un evento de death metal en Chimbacalle: se presentaron Kassiel, Kibalión, Muerte, Fear y cerraba el cartel Ente. Fue la primera vez que participé de un mosh; por alguna razón, el José Luis asistió sin el David. Durante Kibalión ingresé al remolino humano, de manera cauta; salí sin ningún rasguño. Luego me colé en alguna que otra canción, hasta que fue el turno de Ente. Mi suerte llegó hasta ahí; un codazo me hizo ver luces blancas en el horizonte. No lo quise creer, pero el codazo me lo había dado el Negro.

    En sexto curso, acordamos intercambiar música: él me prestaría un casete de la banda colombiana Apolion´s Genocide y yo le daría un disco vinilo de siete pulgadas de Total Death. Luego de la última hora de clases de ese día, decidí sacar la cinta para curiosear el cancionero. El demotape ya no estaba. Era consciente de que la mayoría de mis compañeros me detestaban, pero no al punto de robarme un casete. Luego de echar a la culpa a dos que tres, todos coincidieron en decirme que les caía mal, y que por ende nunca escucharían lo que yo. Concluí que nadie diría jamás «yo fui» y me resigné a buscar una nueva cinta.

    No recuerdo ya en qué momento, pero al día siguiente el José Luis me confesó que había sido él mismo quien se llevó al casete; se justificó más o menos diciendo que me prestaría en breve un trabajo de otra banda. No comprendí porque había hecho eso; lo encontré bastante despreciable. Pensé por un momento que tal vez fue un ardid para quedarse con mi vinilo de Total Death. También pensé que pudo ser porque tuvimos una amiga en común, Lucía, a quien conocí en la premilitar y en cambio él en algún ensayo con sus amigos. Si me lo pedía de buen modo quizás hasta le hubiera obsequiado el álbum, después de todo, el tocadiscos de mi casa ya no andaba bien y temía rayar mi EP. De todos modos, tampoco me devolvió el disco. A partir de ese día me junté un poco menos con él; un año lectivo atrás, otro compañero, que fue el único que se jaló de todo Quinto Sociales, ya me había choreado un CD del álbum Pulse de Pink Floyd, y no estaba dispuesto a hacerme mala sangre de nuevo.

    Unos años después, volví a encontrar al Negro trabajando en un almacén de la calle Chile, cerca del Municipio de Quito; lucía más gordo e igual que yo, se había dejado el cabello largo. No le saludé en esa ocasión, pero sí meses más tarde, en la edición 2006 del Festival de la Concha Acústica de la Villa Flora. Me contó que se había retirado de Derecho y cambiado a una universidad privada para estudiar producción audiovisual, y que se había unido a una banda de black metal, Naagrum. Yo en cambio empecé a formar parte de una revista, y le regalé un ejemplar. 

    Para entonces casi me había olvidado del disco de Total Death y de mi promesa de morir en febrero de 2008, año en que en un programa de radio que solía escuchar los domingos, Historias del Lado Oculto, habían anunciado el «Ultratumba Fest», un concierto de gótico en el que participaría Lamento, proyecto musical de Amable Mejía, un músico ambateño al que admiraba por su trabajo en CRY. También se presentarían Zelestial, Hempírika y otras bandas. Mi plan era ir con mi amigo el Andrés, quien quedó en confirmarme días después, ya que posiblemente tendría una actividad. 

    Dos o tres días antes del 19 de abril, había juntado por fin la plata para las entradas, que adquiriría en el Underground Music Shop, que quedaba detrás del Seguro Social. Antes de eso, debí ir a pagar de unas boletas de luz en el centro histórico. Cumplido el trámite, descendí por la calle Guayaquil, cuando en eso, me topé con Adriana, un exvacile con quien nunca terminamos, sino que solo dejamos de vernos. Por alguna razón, insistió en invitarme un café. Una vez allí, luego de conversar de alguno que otro asunto, me propuso comprarle unas entradas para una rifa o peña solidaria. Cada boleto, si no estoy mal, estaba a 5 dólares, y debía comprarle dos. Al principio me negué rotundamente, ya que esa plata sería para mi boleto al Ultratumba. Sin embargo, ella insistió, y tras decirme que eran para apoyar la cirugía de un niño, finalmente me convenció. Ya conseguiría luego más dinero para el evento que se haría en la discoteca Factory; sin embargo, esa misma noche el Andrés me escribió para decirme que siempre no podría ir al concierto, ya que ese sábado tendría una actividad de integración con unos amigos suyos y de su hermano en el Palacio de Cristal de Itchimbía.

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Me enteré del incendio un poco por casualidad, tras prender la radio y sintonizar la 99.3 FM; el siniestro había iniciado en la tarde, tras el encendido de una bengala durante el show de Vendimia. Para varias personas resultó imposible escapar del lugar debido a que las puertas de emergencia de la discoteca Factory estaban cerradas. De pronto, el locutor empezó a leer la primera lista de fallecidos difundida por el Cuerpo de Bomberos: A, B, C... J.L. Casi de inmediato descarté que se tratara de un homónimo. Poco después, una imagen de prensa terminó de confirmarme que era él.

    No pretendo atar cabos, pero debería suponer que mi encuentro con la Adri pudo haberme salvado la vida; alguna vez, años después, le escribí un mensaje a Facebook comentando la anécdota, pero no volvió a responderme. En Caricato de mayo de 2008 dediqué un dibujo al Negro, tocando el instrumento que más le gustaba: la batería. Alguna vez recordé lo mala onda que había sido al quedarse con mi disco de Total Death, de quitarme el casete que me había prestado y del codazo en el mosh durante la presentación de Ente; hoy, hubiese preferido que se quede con todos mis discos y cintas en vez de que le sucediera eso. Tiempo después, en que por curiosidad decidí hojear mi diario de 1997, volví a recordar que me había propuesto morir unos días antes que mi amigo, y que felizmente no me había salido con la mía, aunque me pregunté también si la muerte se cobra de algún modo las promesas.

    Durante algún recreo en el colegio, el José Luis me había contado que soñó que Metallica se presentaría en el Estadio del Aucas.        

miércoles, 27 de mayo de 2026

Mi primera chamba

Por acá y en Colombia le decimos todavía camello. En Chile le dicen pega, en Argentina laburo, en España curro. En México y Perú le dicen chamba. La glocalización del dialecto mexicano, al que estamos tan acostumbrados por el doblaje de Dragon Ball y Los Simpson, además del tema musical adaptado con inteligencia artificial y viralizado en internet, «Mi primera chamba», está haciendo que los centennials le digan chamba también.

    A mis 19 o 20 años, una casualidad hizo que me reencontrara con Graciela, una chica a quien le gustaba en el colegio, y de quién guardo aún una pequeña tarjeta con la letra de «Patience» de Guns N´ Roses escrita a mano. Me encontraba en cierto lapso incómodo de mi vida: me había retirado de la universidad porque la carrera que había elegido no resultó ser lo que esperaba, y mientras reflexionaba sobre qué mismo estudiar para no volver a meter la pata, decidí buscar empleo. Mi madre dice que trabajó por primera vez a los diez años, cuando escapó de casa de la ogra de mi abuela en Guaranda y se hizo tomar de empleada infantil en un restaurante en Quito; siempre que veíamos un camión de Pílsener se jactaba de haber cargado con su cuerpo de niña aquellas jabas, cuando sus jefes la enviaban a vender cerveza en la Plaza de Toros. Mi padrastro, hombre de campo, trabajó también desde pequeño, acompañando por las madrugadas a sus hermanos a llevar las vacas al potrero y a cultivar y cosechar el fréjol. Tuve la suerte para unos —y la maldición para otros— de no tener que trabajar desde niño; lo más cercano tal vez fue cuando tuvimos una tienda y a mis diez u once años a veces me encargaban el negocio, que probablemente quebró por robarme tantas golosinas.

    Ni la Chela ni yo éramos ya esos adolescentes de los noventa, que solían verse cada sábado en el intercolegial de Periodismo. Ella llevaba blusa y traje oscuro. Me preguntó qué había sido de mi vida; le dije que ya era padre y que dentro de nada me convertiría en abuelo. Luego de cagarnos de risa, le dije, al puro estilo de comedia gringa, que «estaba evaluando opciones».

     —En el sitio donde trabajo te puedo ayudar, si quieres— propuso, agradable y empoderada a la vez.

    —¿En qué estás camellando?

    —Trabajo para una funeraria. 

    —¿Maquillas a los muertos? —no sé por qué me acordé de aquella película, Babycakes, conocida acá como «Caramelos».

    —Estúpido, ¿me estás diciendo gorda? ¡Claro que vi esa película que te estás imaginando! —respondió en seguida. —Nah, ¡es joda! No maquillo a los muertos, vendo paquetes funerarios.

    —¿Y cómo haces eso?

    —En nuestro caso, nos acercamos a la morgue de la Policía y respetuosamente les proponemos a los deudos nuestros servicios. Obviamente debes hallar el tono para hablarles. Haces citas con ellos, y si aceptan alguno de los planes, bingo. ¿Te gustaría intentar?

    Luego de darle mi número de celular, que en ese entonces era todavía algo novedoso, le di vueltas al asunto. «¡Bah, solo son muertos! ¡Lo peor que podría pasarme es que me digan que no y ya!»

    Al día siguiente, la Chela me dio la dirección de la oficina y bodega de la funeraria. Me recibió una señora, ella sí rechoncha y nada sonriente.

    —Me dijo Graciela que está interesado, precisamente buscamos a otro agente. ¿Ya ha tenido experiencia como vendedor?

    —Sí, trabajé para una tienda —mentí sereno.

    —Y dígame algo, ¿tal vez tiene licencia de conducir? Puede que alguna vez necesitemos llevar una carroza.

En ese instante traté de decir alguna otra mentira, que evidentemente no podría sostener.

    —Disculpe, señora, aún no he aprendido a manejar.

    —Está bien —respondió afablemente—. El agente anterior nos dijo que sí sabía manejar y resultó que no podía. Bienvenido sea, entonces. Venga mañana para la inducción y a continuación a la morgue.

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Mientras iba en el bus de camino a casa, me sentí perturbado. Había conseguido camello, por primera vez. Ganaría mi propia plata; tal vez me vendrían bien unos zapatos nuevos. Mi padrastro me contó que luego de cobrar su primer sueldo acá en Quito, fue lo primero que se compró. Nah, mejor gastaré esos dólares en otra cosa. Podría comprar una guitarra eléctrica; la gente decía (y dice todavía) que un objetivo a corto o mediano plazo siempre es el mejor incentivo para trabajar. Claro, ¡qué mejor incentivo que impedir que tus hijos mueran de hambre! Pero no tenía hijos entonces; aún faltaba mucho para eso. 

    Al día siguiente, ni bien llegado, la dueña me pegó mi primera puteada.

   —Qué, ¿Graciela no le dijo nada? —no entendí a qué se refería; según yo había arribado puntual.

   —Son ocho en punto, ¿cuál es el problema?

   —Tenía que venir con terno. No puede presentarse así en la morgue.

    Tampoco estaba mal vestido; tenía una camiseta blanca polo, un jean azul y zapatillas oscuras. Ese día hacía además un solazo maldito; no comprendía cómo esperaba la señora que esté de traje. 

    —Bueno, bueno…, recuerde mañana venir al menos con una camisa y corbata, pero tampoco venga como cobrador de bus.   

    Luego de darme las instrucciones, me dirigí a buscar mi primera venta. Ese día, la morgue de la Policía lucía cual vitrina de trofeos internacionales del Barcelona Sporting Club. Extrañamente, nadie parecía haberse muerto en aquella jornada.

    Al día siguiente, llegué con el terno que me hicieron confeccionar un año atrás para caballero de la boda de mi primo. La jefa me dijo que lucía mucho mejor, y que seguro ese día sí lograría una venta.  «¡Ni que la muerte dependiera de mi ropa!» pensé casi en voz alta.

    En esta ocasión sí me encontré con una ambulancia legal. Casi en seguida llegaron varias personas a la morgue, que no lucían muy bien encaradas. Por un momento pensé que viéndome vestido así, alguna de ellas me robaría. Después llegó otro grupo de personas, de aspecto más amable. Decidí entrar en acción.

    —Buenos días, señores. ¿Tal vez son parientes del fallecido que acaba de ingresar?

    Nadie contestó, como me sucedería años después, en mi primera cobertura como periodista, cuando el diario me encargó obtener testimonios en el sitio de un accidente de tránsito.

    Empezó a llegar más gente. Los nervios me ganaban. Decidí quitarme la leva, que empezó a pesar una tonelada. Esa mañana olvidé ponerme bloqueador solar; el sol, el sudor y la ansiedad me pusieron como un chicle.

    —Buen día. ¿Son parientes tal vez del fallecido? —insistí con otro corillo.

    —Sí, somos primos de la señora —respondió un hombre, de gafas oscuras. ¿Necesita algo? 

    —Lamentamos su pérdida. Mi nombre es D…, y represento a la funeraria X. Comprendo que es un momento delicado, pero que precisará de apoyo exequial para el servicio de velatorio y sepelio. 

    —Me parece que debería hablar con el viudo de la doña o alguno de sus hijos —continuó respetuosamente el de las gafas—. Creo que ingresó con al agente de Judicial. Tal vez si le espera un rato.

    Luego de agradecer al sujeto, me acomodé a esperar. En ese instante llegó otro tipo de traje, junto a una señora muy elegante. Supuse de inmediato que serían la competencia. Sin embargo, no se quedaron por mucho. Media hora y algo después, el señor de las gafas me indicó que el viudo salía de la morgue. Era mi momento.

    —Buen día, señor, lamento su pérdida. Me presento, soy D…, agente de la…

    —¡Lárguense de aquí, mercaderes de la muerte! ¡Ya gestionamos esto además con el Seguro!

    La respuesta del hombre me dejó con un nudo en la garganta, que en algún momento me hizo creer que me haría llorar. Y tan aturdido estaba en mis pensamientos, que tardé bastante en enterarme que la señora había muerto de un infarto, tras un asalto. Me di cuenta luego que las personas mal encaradas que vi primero, eran familiares de un preso al que habían acuchillado en el penal García Moreno, cuando ya me repuse e intenté venderles el servicio también, mismo que rechazaron con un parco Dios le pague.

    Al día siguiente no regresé a la funeraria. La Chela me llamó al celu tres o cuatro veces. Me dejó incluso un mensaje de voz que preferí no escuchar. Luego, bloqueé su número telefónico y no volvimos a vernos nunca más. Había fracasado en “mi primera chamba”. 





domingo, 24 de mayo de 2026

La juguería

Nunca fui bueno trabajando. Tampoco es que fuese un vago. O, ¿lo era? A los treinta y tantos me pasó algo que tal vez le pudo ocurrir a cualquiera.

    A un año de iniciada la pandemia mundial por coronavirus, la situación era tan o más complicada que ahora. Las medidas de bioseguridad obligaron a muchas restricciones, con varios efectos colaterales, entre ellos, el cierre de varios negocios. El preuniversitario donde trabajaba no fue la excepción, luego de intentar infructuosamente llevar las clases en modalidad virtual, que los pocos estudiantes que quedaban consideraron inútil. Antes de aquella crisis, mi esposa también llevaba dos años sin trabajar, desde que fue empujada a renunciar.

    Mi madre que vivía aún en el extranjero decidió apoyarnos. Uno de sus sueños frustrados, según me contó alguna vez, fue poner una cafetería. Sin preguntarme mucho, decidió que aprovecháramos un local desocupado de la casa, que pasó de ser panadería, bar, karaoke, sucursal de tintorería, distribuidora de bolos helados y museo de caricaturas a sastrería. El maestro tuvo su negocio allí durante seis o siete años, y vivía con un pequeño perro; sin embargo, desde antes de la pandemia ya tenía dificultades para pagar el arriendo a tiempo, y finalmente, en aquel «veinte-veinte» no pudo más. 

    Tras varios meses de cierre, y con el aporte económico de mi madre, mi pareja y yo decidimos poner una juguería en el local. Luego de buscar el exprimidor de metal, el extractor eléctrico, vasos, un cooler, un dispensador, una pequeña caja móvil de aluminio y vidrio y un microondas, que compramos en su mayoría cerca del Ipiales —donde estaban más baratos—, y de dejar pendiente la compra de un pequeño refrigerador que estaba más caro, nos lanzamos a reabrir el local, dejando un detalle pendiente: el nombre que le pondríamos a nuestro emprendimiento.

    Mi vocación frustrada de corresponsal de guerra y curiosidad por los libros de Historia me sugirió el nombre «Jugoslavia», que años después le parecería genial a mi cuñado, pero que en ese momento mi esposa detestó. «El jugo de La Alameda» se nos hizo un nombre muy genérico y ñoño, así como otras opciones que ya he olvidado. Finalmente hallamos uno que encontramos simpático: juguería «El Arupo». Sin embargo, una pequeña incursión en Facebook e Instagram nos hizo descubrir que ya había más de un local llamado así en Quito. Un tanto tristes, pues el nombre habría sido fantástico, decidimos, fastidiados ya, llamar «Jugos y Punto» al negocio, en vista que además no teníamos otra cosa que ofrecer. 

    Me sentía bastante ahuevado. Mi esposa tenía experiencia en restaurantes: antes de su último empleo en el banco había hecho de mesera, asistente de cocina, cajera y posillera. Yo solo había sido hasta entonces el lavaplatos oficial de la casa. Decidimos abrir la juguería un domingo de febrero que coincidió con las elecciones presidenciales de 2021; era la ocasión perfecta, pues, habría gente en la calle. Me levanté a las seis de la mañana a comprar naranjas y zanahorias; eran los jugos más pedidos, al menos en nuestro barrio. También nos hicimos de alcohol y mascarillas, ya que regía todavía el distanciamiento social. A las nueve o diez de la mañana nadie ingresaba aún a nuestro Jugos y Punto; fue entonces que mi esposa decidió jugársela y llevar el dispensador cerca de la escuela que hacía de recinto electoral. Luego de torear a un policía que nos prohibió vender en la fila de espera, vendimos nuestros primeros vasos.

    Regresamos al local para hacer más naranjada e intentar volver a la fila; sin embargo, al volver a la escuela las personas habían desaparecido. De vuelta en el local, a eso de las doce recibimos por fin a nuestro primer cliente. Era un oficial de Policía, y nos pidió uno de naranja. Fue entonces que sucedió la tragedia: un cabello de mi esposa se coló en el vaso. Avergonzado (mi esposa había subido a la casa para hacer el almuerzo), me disculpé con el chapa y le obsequié otro vaso gratis. Me pagó un dólar. Tras el pequeño incidente, nadie más ingresó en el negocio.

    Al día siguiente, lunes, ningún cliente ingresó al local. Tuvimos abierta la juguera hasta la una de la tarde. Nos habíamos bajado la radio, que fue nuestra única compañía. A la hora del almuerzo bebimos bastante naranjada. El martes, un vecino de la calle, que manejaba un negocio de suministros offset cuya mejor época ya era un recuerdo, nos compró dos zumos de naranja. A continuación vino otro vecino que siempre andaba en muletas, que trabajaba para un local que alquilaba sillas plegables. Los dos se convirtieron en nuestros clientes más frecuentes durante aquellos días. Al ver que el negocio no atraía, mi mujer decidió que debíamos ampliar nuestra oferta. Fue entonces que empezamos a ofrecer sánduches con queso, jamón y pan cortado, que ofrecíamos en combo con un vaso de jugo del día a un dólar con cincuenta. Alguno que otro vecino nos hizo el gasto. Un día, una señora me preguntó si le podía prestar el baño, que quedaba fuera del local en un patio exterior. Agradecida, me compró dos sánduches y dos jugos de zanahoria. Fuera de eso, el local volvió a pasar vacío, salvo cuando venía el señor de Sumigráficas o el hombre de las sillas.

    Debido a que nos quedamos sin plata para insumos, decidimos hacer una pausa de unos días, hasta la segunda vuelta electoral que se celebraría el 11 de abril. Aprovechamos además para darle un poco de color al local, pues tanto blanco lo hacía parecer una bóveda de cementerio. Llegado el siguiente domingo, en que elegiríamos al sucesor del cuántico Lenin Moreno, vendimos cuatro jugos durante todo el día. Quisimos repetir la estrategia de acercarnos con el recipiente a la fila, pero esta vez nos lo prohibieron de una. Los siguientes días se repitió la rutina: aparte del señor de los repuestos de imprenta y el hombre de la silla que creo nos hacía el gasto más por pena, y un tipo que un día apareció merodeando por ahí y que se encaró con mi esposa, el Jugos y Punto finalmente pasmó su mecha.

    Cerramos definitivamente a mediados de mayo. Mi madre, que volvió a finales de ese año al país, concluyó que el sitio no logró rentabilidad debido a nuestra posible ineptitud y vergüenza para hacer publicidad. Mi esposa se solía parar a la puerta del local a gritar «¡jugos y sánduches, jugos y sánduches!». Por mi parte hice algunos posts en redes sociales. Fue entonces que mi madre propuso convertir el lugar en una cafetería: se compró tres mesas con sus bancas, la refri que nunca pudimos adquirir, otra licuadora, una estufa y a una prima que es diseñadora gráfica le encargó hacer unas volantes con un menú que jamás cocinaríamos, pues, tras acusar a mi esposa de ser una vaga, y de contagiarnos finalmente de coronavirus en enero del 2022, mi madre, que le tenía pavor a la Covid por la cantidad de ancianos que se llevó en Europa, decidió alejarse por precaución de nosotros y regresar a su otro hogar. Mi esposa también consiguió otro empleo en un call center tiempo después.

    Hace meses, mi hermano, que creció con mi madre y se formó como cocinero, se abrió una pequeña pizzería donde fue alguna vez nuestro Jugos y Punto. Estuve con él cuando hizo su primera venta a un grupo de estudiantes de Medicina, que ya no tuvieron que ingresar con mascarillas y que probablemente solo recuerdan la pandemia como un evento anecdótico. Ha tenido también sus días y días, y la pizza no está mal; seguro sabe lo que hace.

jueves, 21 de mayo de 2026

Hotel

En un episodio de Los Años Maravillosos, escuché una frase que siempre me dejó pensando: «no eres dueño de nada, excepto de tu corazón y tus temores». A veces, cuando digo «mi casa», olvido que es la casa de mis padres y de mis hermanos. Así, simplemente, no se puede estar en privado.

    En una ocasión, durante un inicio de año, decidí salir de la ciudad, a cualquier parte, para estar solo. Tomé un bus en el entonces aún flamante nuevo Terminal terrestre de Quito y me trasladé a Ambato. Me alojé en el Hotel Amazonas, un establecimiento nada lujoso pero confortable, ubicado en la avenida Bolivariana, por donde pasan los buses a Baños y al Puyo. De haber tenido más plata habría ido hasta Baños. Sin embargo, era lo que había. Tomé mi llave, me di una ducha y me puse a mirar Superman Returns —según la crítica, la peor del Hombre de Acero—, y me quedé dormido. Al despertar, decidí salir un rato a la ciudad, que todavía hedía a ceniza y petardos de años viejos. Tras comer de merienda un pastelillo con leche, y poner en el cable un canal de dibujos animados antiguos, me dormí sin pensar en el mañana.

    Varios años después, un romance me llevó esta vez a un motel. La idea había sido de Vivi, con quien tenía una relación indefinida, pues andábamos quizás en un punto intermedio entre vacile y noviazgo. La noche se pintaba perfecta; imaginé por un momento que haríamos el amor ni qué estrellas de porno. Nada más lejos de la realidad. Además de no tirar como los dioses y no poder dormir, el jacuzzi jamás funcionó. Para rematar, al día siguiente pasamos por una farmacia y me recomendó tomarme no sé qué pastillas, en caso de haber pescado alguna infección.

    En otra ocasión, luego de mi frustrado intento emular a Rocco Siffredi, debí dirigirme a la provincia de Bolívar a rendir un examen para ingresar como servidor público en el Municipio del cantón Chimbo. Puesto que esa ciudad quedaba a más de cinco horas de Quito, decidí por precaución viajar el día anterior hasta Guaranda y pasar la noche en un hotel. Ya que andaba con las justas de dinero, busqué un sitio barato, con la esperanza de que no fuese un cuchitril. Qué la dueña se opusiera a que el empleado me mostrara antes la habitación, ya debió encender mi alarma: esta tenía una ventana del tamaño de un plato de comida, las cobijas parecían sucias y en el cuarto adjunto, unos tipos de la Costa no paraban de hablar ni qué merienda de negros. Intenté quejarme, pero la hosca dueña jamás me paró bola. De haber tenido plata habría ido a otro lugar. Para colmo, había olvidado empacar una piyama y tuve que dormir con el jean que traía puesto. Al día siguiente, con cara de mal chuchaqui, me presenté al examen que días después me enteraría que obtuvo la segunda mejor nota, pues la primera, sospechosamente, la obtuvo un tipo que ya trabajaba en ese Municipio, en una plaza de comunicador social pese a ser diseñador gráfico, obteniendo perfecto además en la evaluación psicológica.

    Hay quienes dicen a veces, con mucha soberbia, que preferirían dormir debajo de un puente que estar en ciertos lugares. Hay dos sitios en los que preferiría no dormir jamás: las calles y la cárcel. Me pregunto si quienes viven en situación de calle realmente llegaron a acostumbrarse a esa vida. Me pregunto si existen personas que viven cada semana de motel en motel. Qué difícil debe ser trabajar en un hotel, motel u hostal y tener que vigilar el sueño de los demás. Kevin Arnold tenía razón: no somos dueños de nada, excepto de nuestro corazón y temores.

viernes, 15 de mayo de 2026

Yumi

Aquel semestre hubo muchos cambios en casa, la casa que ayudaba a administrar a mi mamá, quien vivía aún en el extranjero con mi padrastro y mi hermano menor. Por acá, mis hermanos mayores hacía tiempo que se habían mudado: Hernán llevaba tres años de casado, viviendo en el Valle en una casa que se construyó a medias con su esposa, e Israel había iniciado su internado rotativo en un hospital de Ibarra. 

    De mi lado, había pasado un año ya desde que mi novia, Fernanda, terminó conmigo. Mi obsesión, despecho o terquedad fue tan grande, que decidí salirme de la facultad, con tal de no volver a verla. Pésima decisión. No solo puse en suspenso mi carrera, que tal vez nunca llegaría a ejercer, debido a que ya tenía tercera matrícula en dos materias, sino que ni siquiera pude hallar un empleo. Así y todo, no me quedó de otra que ahondar en mi responsabilidad de hacer de guardián de la casa, ahora que mis ñaños no vivirían más en ella, al menos por un tiempo.

    Además de limpiar las áreas comunes de la casa como pasillos, gradas, terraza y garaje y de llamar al plomero o electricista si se averiaba algo, debía ocuparme de cobrar los arriendos y pagar las cuentas de agua y luz, que debía dividir entre los inquilinos. A veces debí hacer también de Don Barriga, cuando alguna persona «no tenía para la renta». 

    Por esos días vivía en un cuarto del segundo piso una chica cuyo nombre ya he olvidado. Era de Morona Santiago, y vino a Quito, según ella, para estudiar en una extensión de la Universidad Ecológica Amazónica, uno de los centros de educación superior cerrados posteriormente por la Revolución Ciudadana. Por aquel entonces, enconado todavía por mi ruptura que no podía superar, no tenía ojos para otras mujeres. Yumi, como he decidido llamar a la muchacha para disculparme por mi falta de memoria, al decir verdad, no estaba tan mal. Nada más eso. 

    En una ocasión, Yumi se atrasó del arriendo por dos meses. Cuando era pequeño y vivía con mi mamá, antes de comprar esta casa, fuimos inquilinos también. Llegué a vivir en todos los sectores de Quito: en el Sur, cerca de El Camal; en el Norte, en un departamento cerca del Quito Tenis, donde me contó mamá alguna vez que entraron a robarnos —motivo por el que no conservo ninguna foto de cuando tenía menos de cinco años—; y finalmente acá, en el centro, primero en San Juan, luego en El Dorado y ahora por acá. Por esa razón, sin tanto ánimo de ser empático tampoco, es que si alguien se atrasaba optaba por ser paciente y esperar, por último, a que la vecina o el vecino hablara conmigo. Varios años después, por esperar demasiado, uno de ellos se fue debiendo casi siete meses de arriendo; otro, que vivía con un pequeño perro, se fue debiendo ocho. A partir de eso, luego del respectivo regaño de mi madre por mi ineptitud, nunca más volví a permitir que alguien llegara los tres meses de deuda que establece la Ley de Inquilinato para proceder al desalojo.

    Antes de esa penosa lección, sin embargo, me había encontrado en la puerta de calle con Yumi, a quién le pregunté si ya tenía lo del arriendo y me respondió que le disculpara, que ya le enviarían el dinero dentro de dos días. Tres días después, Yumi no hizo el pago. A los cinco días, se acercó a la puerta de mi departamento.

    —Buenas tardes, vecina.    

    —Buenas tardes.

    —¿Me va a pagar del arriendo, verdad? —casi no me dejó terminar de hablar cuando respondió:      

    —Vecino... ¿Acaso no le gusto?

    —¿Perdón?

    —¿No le gusto, vecino?

    Me quedé un poco frío. Había visto en sketches cómicos y en telenovelas cómo a veces las personas se cobraban las cuentas o deudas en especie, pero no creí que llegara a ocurrirme. Ahora que escribo estas líneas, ya lejos del recuerdo del sentimiento por Fernanda, pienso que Yumi no estaba mal: su piel canela era como la madera de los árboles de la selva, mojada por la lluvia, y su cabello negro y lustroso era una autopista hacia la oscuridad. Me habría encantado hacerle el amor. 

    —Oh, veci… La verdad es que sí me parece muy bonita.

    Se acercó entonces y me besó.

    —Perdone, vecina, no puedo. Tengo novia y estoy muy enamorado de ella —mentí. Debió pensar que era gay o algo así.

    A continuación siguió un silencio de diez o quince segundos. Dije entonces:

    —Sabe qué, veci, hagamos una cosa… Si tiene dificultades de dinero, quiero proponerle que trabaje para mí; podría ayudarme con la limpieza de las áreas comunes de la casa, o sea, las gradas, el pasillo de su piso, la terraza y el garaje, dos veces por semana. Si lo hace, le descuento los dos meses de arriendo que me está debiendo. ¿Le parece bien?

    —Está bien, vecino. Gracias.

    Después que regresó a su cuarto, me sentí un poco aturdido. No solo había renunciado a dos meses de arriendo, sino a una esbelta chica que se me había ofrecido en bandeja de plata. Algo recobrado, analicé los pros y contras de esa decisión: de haber aceptado, no solo hubiera mandado al hoyo mi reputación, sino que pude exponerme a algún tipo de chantaje por coerción sexual. A lo mejor me terminaba gustando y lo hacíamos de nuevo, dos, tres o cuatro veces y ella terminaba embarazada… O quizás era promiscua y me exponía a una ETS o a que me chantara un guagua que no era mío, y me metía luego a su familia en la casa de mi madre… O en el mejor de los casos, solo estaba sobre pensando las cosas, y simplemente lo hubiera pasado genial, quien sabe si incluso nos enamorábamos y mandaba por fin al diablo a la Fernanda.

    Pese al alboroto en mi cabeza, concluí que hice lo correcto, y que, de paso, me había ganado una aliada en casa. Habíamos quedado en empezar con la tarea dentro de dos días, cuando le comprara desinfectante y detergente y le consiguiera otro trapeador, escoba y cepillo. No obstante, Yumi desapareció por esos días. Me comí verga de inmediato: supuse que pensó que había conseguido que le perdone del arriendo para poder largarse.

    Dos semanas después, alguien volvió a tocar la puerta. Era Yumi. Me dijo que vino por las cosas para limpiar. En esta ocasión no la encontré tan simpática. Le dije que había incumplido con su palabra y que por tanto nuestro trato quedaba deshecho. Una semana más tarde me pagó de un mes, y quince días después, cuando se cumplió el tercero, me pagó del segundo. Por esos días empezó a venir a verla un tipo, mayor que yo. Finalmente desocupó el cuarto debiéndome de un mes. 

    Por esta casa, que sueño todavía con poder abandonar por un sitio propio, pese a que también ha sido mi refugio y me ha salvado de tantas crisis de desempleo y deudas, han pasado tantas historias. Tiempo después de la partida de Yumi, tuve que volver a la facu a suplicar a mis profes con quienes tenía tercera matrícula que la anularan para poder volver a inscribirme. Al siguiente semestre, Fernanda me llamó para invitarme un café y pedirme un favor. Por un instante pensé en contarle mi anécdota con Yumi, pero concluí que habría sido patético. Acepté hacerle el favor a Fernanda —como pago ofreció invitarme a un concierto alguna vez, cosa que ya nunca sucedió— y no volví a verlas ni a ella ni a la chica de la selva.

    

jueves, 7 de mayo de 2026

Krupskaya

Nos acabábamos de mudar desde Itchimbía; mamá había regresado a Italia, tras encargar a mi padrastro el trasteo hasta la nueva casa cerca de La Alameda y del cuidado de mis hermanos y mío. No hacía demasiado desde que inicié el primer curso en el colegio Montúfar, luego del paro nacional de profesores de fines del 93; se me hacía extraño que ahora me llamaran «señor» cuando todavía era un niño de doce años recién cumplidos.

    La casa que compraron mis padres, que estaría hipotecada hasta 1998, todavía estaba arrendada por personas cuyos contratos con el dueño anterior estaban vigentes, por lo que debimos ocupar una parte del primer piso, único espacio disponible entonces. Mi pa, mis dos hermanos y yo debimos compartir la misma habitación, en dos literas: toda una barraca de machos. El tercer piso, que sería nuestra morada, no estaría desocupado hasta después de nuestro verano equinoccial, en tanto que en el segundo piso habitaba una familia conformada por la vecina cuyo nombre no recuerdo, a quien solía mirar lavando ropa en el patio del segundo piso; su esposo, cuyo nombre tampoco recuerdo pero que supuestamente era operador de la ya desaparecida radio Bolívar; un perro pastor alemán llamado Dinky y finalmente los hermanos: Gianni y Dimitri, y las hermanas, Priscila y Krupskaya. Kaya era la mayor de ellos.

    Más alta que yo (tendría entonces quince años), su rostro me recordaba al de Irán Castillo, la actriz que interpretaba a Cecilia en Agujetas de Color de Rosa. Era una chica muy bonita, de nombre muy peculiar y ojos de miel con cereal, y parecía tener el carácter liviano. Priscila, menor que ella, tampoco estaba mal; tenía un novio que solía venir a verla, ataviado con la moda de esos años, con una camisa que parecía de pakistaní y un chaleco. Mi hermano mayor, apuesto pero sobre todo muy seguro de sí mismo, no tardó en desplazar al galán noventero del corazón de Priscila.

    A mi padrastro no le agradaba que fraternizáramos tanto con ellos, debido a la cuestión de arrendadores y arrendatarios; de todos modos, terminado el contrato con el dueño anterior se irían. Por supuesto, a los doce años no piensas demasiado en aquellas cosas y nos hicimos amigos de todos modos. En una ocasión nos pusimos a asar un pollo en la terraza, cuando por fin pudimos pasar a ella; seguro más de un vecino se asustó por el humo. También jugábamos páreme la manoverdad o desafío, llenábamos curiosos e intercambiábamos casetes con canciones que grabábamos de la radio —cada vez que escucho «Me haces tanto bien» de Amistades Peligrosas me acuerdo de esos días—.Ya en vacaciones, el patio de nuestra antigua escuela solía abrir para que los chicos del barrio jueguen al básquet o al fútbol, debido a que en el sector no había canchas cercanas. Cuando finalmente nos pasamos al tercer piso, la Pris y la Kaya nos pasaron café con azúcar a través de un vaso con una cuerda, desde las ventanas de nuestras cocinas.

    Desde luego, jamás tendría una oportunidad con Krupskaya. Con mi entonces cuñada, la Pris, asistían al colegio 24 de Mayo. Nunca conocí al novio de la Kaya si es que tenía alguno por esos días, y agradezco que así fuera. Me habría puesto celoso. 

    Una tarde, en que salimos a buscar sigses para hacer cometas en el potrero de Itchimbía que años después sería convertido en parque, le dije que me sentía triste. Al preguntarme por qué, le respondí que se debía a que me parecía muy linda y a que lamentaba no ser más grande para preguntarle si podría salir con ella. Luego de sonreír espero que no por burla— me respondió que no era cierto, que le parecía un niño simpático (allí comprendí que estaba lejos aún de ser un «señor» como me decían en el colegio), y que dentro de no mucho todas las chicas también empezarían a fijarse en mí. «Bah, solo dices eso para que no esté triste», le respondí con alguna lágrima. «Te lo digo de verdad. Es más, un día no te gustará solo una, sino todas las chicas», concluyó, dándome un abrazo.

    Unos días antes de empezar segundo curso, ya en octubre del 94, la Kaya y su familia desocuparon el departamento del segundo piso. Mi ñaño me contó que la Pris le contó que se mudarían a la casa de sus abuelos, pero que no sería posible que se llevaran a su perro Dinky con ellos. Sorpresivamente mi padrastro estuvo de acuerdo en que adoptemos al Dinky, pero el perro empezó a raspar la puerta de madera de ingreso a ese piso, y un día le permitió salir. Nunca más supimos de él. Supuse que mi ñaño, antes de terminar con Priscila, le habría contado.

    Una tarde, el 12 de julio de 1998, el mismo año en que nuestros padres terminaron de pagar la casa, recibimos una sorprendente visita. Eran Dimitri, Priscila y Krupskaya, quienes vinieron a ver la final del mundial de fútbol, entre Brasil y Francia. Mientras veíamos el partido, todos amontonados en la cama de mi hermano mayor, la Kaya nos contó que se había convertido en madre, y que su hijo, Yoshua, estaba ese día con el papá. 

    Ese día comprendí que aquella tarde de verano del 94, la Kaya había tenido razón: ahora me gustan todas las mujeres.

A mis hermanos


miércoles, 29 de abril de 2026

Lunes

Antonio y yo teníamos varias cosas en común: éramos casi de la misma edad y nos gustaban más o menos las mismas cosas. También llevábamos bastante tiempo en la desocupación.

     Una tarde, se me había ocurrido una idea de emprendimiento. El Toño era psicólogo, por lo que supuse que podría ayudarme. Sin embargo, encontrar a mi pana era como pretender sacar cita con el presidente. Extrañamente, ese inicio de semana aceptó que nos reuniéramos.

     Luego de acompañarlo a pagar de unas cuentas, que sospecho, fueron la principal razón para venir de mi hikikomori amigo, decidimos ir por un café. Tras sentirme un poco ñoño, propuse buscar cerveza, aunque sea en alguna tienda.

     —Es lunes, pareces albañil, chch —refutó.

     Pese a ello, logramos dar con un bar abierto, ubicado frente al cuasi legendario Epicentro. Tras preguntar a la dueña a cómo estaba el combo de bielas, nos respondió que solo tenía litronas de Pílsener a cinco dólares. Algo cansados ya, decidimos quedarnos. Luego de pagar a la entrada, la señora nos pasó canguil y limón también, prometiendo el respectivo refill.

     Mientras contemplaba la peculiar botella de tono caramelo oscuro, el Toño me recordó una vez más que «no era él cuando se chumaba». «Qué, te crees la Melo?» le respondí. 

     Entre vaso y vaso la charla cobró forma. Me contó cosas que hasta entonces no me había revelado, por ejemplo, que se había jalado el primer curso del colegio y que por ello, su madre, como escarmiento, lo inscribió en otro del centro histórico, considerado un gulag. Me contó además otras cosas más personales, mientras intercambiaba confidencias también. Bebernos esa horrenda botella fue como atravesar el tiempo de la teoría de la relatividad de Einstein, o tomar una siesta durante la tarde: unos cuantos minutos parecieron horas. Al final, nunca hablamos de mi idea de negocio.

     Tras salir del bar, el Toño ofreció acompañarme caminando hasta mi casa, con el fin de disipar nuestra borrachera. De ser por nosotros, las compañías de alcohol quebrarían todas. Resultamos bastante económicos. 

     

John Jay Smith

Lo vi por primera vez hace unos meses: eran casi las diez de la noche, el supermercado más cercano ya había cerrado y en la tienda de la veci, bastante carera pero a la vez la única con el valor de abrir su negocio hasta tarde, había pedido avena y leche deslactosada. Llevaba gafas y mascarilla; por un momento creí se trataría de algún vacunador, pero su suave voz de acento extraño, que descarté de inmediato fuese colombiana o venezolana, me hizo suponer que se trataba quizás de una persona gay.

    Desde aquella vez, volví a verlo en dos o tres ocasiones; una tarde, en que me dolía la rodilla y no quise caminar hasta el supermercado, mientras compraba unas papas fritas, me atreví a preguntar a la veci si lo ubicaba.

    —Ni idea, veci; solo sé que no es de acá. A lo mejor está huido de su país.

    Unas semanas más tarde, en que salí a dejar la basura en la esquina y por casualidad me encontré con el misterioso vecino, decidí seguirlo a distancia. El hombre se alojaba en una de las hostales de la calle Ríos. Avergonzado por mi impertinencia, resolví dar media vuelta y volver del modo más sigiloso posible hasta mi casa, cuando de pronto, sentí unos dedos de frío cuero sobre mi espalda.

    —No sé qué pretendes al seguirme, no tengo nada que esconder —dijo en perfecto castellano, antes que pudiera dar la vuelta siquiera.

    —Perdón, amigo, no quise molestarlo —respondí con algo de temor—. Espero que su estancia en nuestro barrio sea lo más cómoda posible.

    Luego de aquel incidente, durante algún tiempo intenté evadir lo más que pude la zona de las hostales y la tienda de la veci, tanto así, que en una ocasión que se me terminó el tanque de gas que solía comprarle, tuve que buscarlo en otra parte. Sin embargo, durante otra noche que tuve que volver a dejar la basura en la esquina, volví a encontrarlo.

    —¿Te molesta si te invito a un trago?

    —No hay muchos bares por acá —respondí—. Pero si gustas podemos ir hasta la Antepara, cerca de la plaza de toros Belmonte, me parece que allí hay alguno que otro café.

    Durante la caminata que hicimos bordeando el parque La Alameda, un silencio espectral pareció envolvernos. Una vez en el café, que estaría abierto hasta medianoche, le pedí al mesero una manzanilla. Mi extraño vecino pidió algo al empleado, hablándole al oído. 

    —Mi nombre es John Jay Smith. Mucho gusto.

    —Damián Salguero. Mucho gusto también.

   »Te preguntarás por qué estoy acá. Bien; vine aquí porque nadie me conoce y a nadie importo, y si alguien me conocía ya me habrá olvidado. De dónde vengo he muerto ya; pronto estaré muerto aquí también. Por favor, no vuelvas a seguirme y no comentes con nadie sobre mí, pero si te ves obligado a decir algo, solo di que trataste con John Jay Smith.

    Luego de otro incómodo silencio, mi vecino pagó la cuenta en efectivo, sin exigir el vuelto.

    Desde ese día no volví a verlo. En una nueva ocasión, en que debí volver a la tienda para buscar algún analgésico, la veci me contó que tampoco volvió a ver a JJ Smith.

   —Qué buena gente era. Siempre me regaló los vueltos —concluyó.

lunes, 20 de abril de 2026

Andresground


La primera vez que llegué a su casa, una tarde que acordamos ir luego de clases para jugar en su compu, fue como viajar a otro país u otro mundo. Su cuarto era una galería de  posters de Metallica, Slayer, Iron Maiden y otras bandas que hasta entonces desconocía. Sobresalía entre los afiches un viejo cuadro con un ángel que portaba una espada, detalle irónico, como una ventana entre el bien y el mal. Nadie como él para jugar Prince of Persia, Golden Axe o el Street Fighter II, que solía terminarse con una sola ficha en los cosmos del Gran Pasaje y el Puente del Guambra, derrotando además a cuanto patasucia le retara. 

        Durante los noventa, entre cursos compartidos, recreos y vacaciones, mantuvimos una amistad que se vio reforzada por el heavy metal y nuestra mutua admiración por Thalía y Marta Sánchez. En ese entonces, mi amigo jamás me prestó un disco; era muy receloso con ellos y prefería que los escucháramos en su casa, aunque no se hizo problema años después en pedirme prestados los míos e incluso quedárselos. Para vengarme, un día intenté robarle un vinilo de Dimmu Borgir, pero un cargo de conciencia me hizo devolvérselo. Pese a ello acudimos juntos a varios conciertos, entre ellos uno de los suecos Hammerfall, al que nos colamos gratis, luego de decir en mi casa que iba por unas láminas a la papelería, al igual que otro de los alemanes Helloween, donde en cambio se nos durmió el diablo y tuvimos que escondernos de los chapas detrás de un puesto de hotdogs. 

        Animados por las fuerzas del mal y además ansiosos de fama y gloria, decidimos conformar una banda que llamamos Strangeland, con la que haríamos black metal y giraríamos por toda Sudamérica, cambiando nuestros nombres por «Andresground» (mi pana que tocaría el teclado y cantaría), «Raving» (que pensaba erróneamente que significaba cuervo, en la guitarra) y «Morbosius», otro pana que tocaría la batería. 

        Como casi todos en la vida, mi amigo también deseó que el amor tocara a su puerta; en broma (a veces en serio) solía decirle que eso no importaba, que esas cosas llegan solas, y que cuando fuésemos famosos, las chicas y no solo de La Tola, sino de todo Quito y el país morirían por nosotros. No pasó ni lo uno ni lo otro, pues, tuvimos que deshacer la banda, ya que a su madre empezó a fastidiarle nuestra bulla infernal, quedándonos sin casa donde ensayar. Posterior a ello, el Andresground se unió a cantar en un coro profesional y dejamos de salir a los cosmos y a echarnos unas bielas de vez en cuando.

        Una tarde, en que se habían presentado los Ilegales en la plaza de Toros, Morbosius, quien había acudido al show con su novia y dos primas suyas, me propuso ir a mi casa para echarnos unos tragos. Eran tres chicas y estábamos solo dos orates, por lo que necesitábamos de un tercero. Fue entonces que llamamos al Andresground, que para suerte nuestra ese día no tenía agenda. Lo pasamos «de puta madre», como dicen los españoles; pero fue la última vez que contactamos con él.

        Tiempo después, volvimos a coincidir en la universidad. Andresground me contó que consiguió novia durante la última gira de su coro; se llamaba Tatiana, una costeña bastante guapa. El Morbosius y yo solíamos molestarle diciendo que la man necesitaba, pero en serio, de un par de buenos lentes. En todo caso nos sentíamos contentos por él, y también bastante envidiosos. Sin embargo, su relación no duró por mucho, y fue, me temo, una de las razones por las que nuestro pana también se alejó por un tiempo. 

        Para intentar reanimar a mi amigo, se me ocurrió la idea de rearmar la banda, que quedó solo en eso, pues, durante el lapso que dejamos de vernos, el Andresground había conformado otro grupo con unos compañeros de su coro, que a diferencia nuestra, sí conocían de música. Morbosius por su parte se había ido a los Estados Unidos, y aunque Andresground me invitó luego a formar parte de su nuevo proyecto musical, «por lo menos para cargar los cables», desistí. Para entonces me había conseguido también una novia, Adriana, y empecé a trabajar en una imprenta.

        Un día, mi amigo me contó que empezó a salir con otra persona, Alexandra. Le sugerí salir en parejas, pero había un problema: ella vivía en Quevedo. «Vesijue, te gustan las monas» le respondí. Supuse que pese a la distancia, quizás había historias destinadas a un final feliz, y deseé que fuese el caso de mi amigo también. Un par de semanas después, en que nos reunimos en mi casa para celebrar el cumpleaños de la Adri, Andresground nos la presentó. Alexandra no era nada parecida a Tatiana: por el contrario, estaba un poco rechoncha y tenía un aspecto bastante rudo, nada que ver con la descripción que mi pana nos había hecho de ella. De todos modos, supusimos que debía ser una chica harto genial, más inclinada hacia el rock y seguramente más interesante para conversar. Nos equivocamos.

        A nuestros amigos y a la Adri, Alexandra no les cayó nada bien; supuse que tal vez esa actitud respondía a la timidez, a estar en otra ciudad, con otro tipo de personas. Traté de darme otra oportunidad con ella, en una siguiente ocasión que volvió a Quito a pasar el fin de semana con mi pana, pero nada que ver: esta vez sí se animó a hablar, pero cada vez que lo hizo, fue para decir puras pendejadas. Si bien me reconocía a mí mismo como una persona prejuiciosa, ese día descubrí que siempre puede haber alguien aún peor; quise seguir suponiendo de todos modos, que ella debía tener algo especial para mi amigo, algo que solo él podía ver y sentir, como le sucedió tal vez a John Lennon con Yoko Ono. Quizás, dentro de ese aspecto rústico, Alexandra era un volcán apasionado que entraba en erupción solo con y para el Andresground. Intenté comprender, una vez más, que el amor no tenía por qué ser exactamente igual para todos.

        En una ocasión, mientras veía una película con Adriana, mi celular empezó a sonar con insistencia; al revisar el teléfono, descubrí que era un número desconocido. Pensé que tal vez eran de la tarjeta Chulco Fácil para cobrarme, por lo que decidí no devolver la llamada; sin embargo, días después volvieron a marcar. Esta vez respondí de inmediato; el tono duró por unos segundos, y luego cerró. Devolví la llamada enseguida, pero no volvió a contestar. Una semana después, el teléfono sonó de nuevo. Respondí otra vez, sin decir palabra. El sujeto volvió a colgar. Supuse que alguien me jugaba una broma, pero concluí que no volvería a responder el celu o intentar llamar a ese mismo número. Tiempo después, el teléfono volvió de nuevo, pero en esta ocasión le pedí a la Adri que conteste por mí. La reacción debió ser tan rápida, que esta vez el interlocutor respondió. «Es para vos» me dijo la Adri, devolviéndome el teléfono; «Aló, ¿quién habla?» «Hola, soy Alexandra» «Qué raro, ¿Cómo estás, qué tal?» «Te llamaba para saber si sabes dónde está mi novio» «Bueno, ¿y por qué no le preguntas a él?» «Es que no contesta el celular» «Bueno, no sé, quizás estará ensayando con el coro o con su nueva banda, ¿Quieres que por si acaso le diga algo?» «No, nada, gracias, chao».

        Me preguntaba cómo es que Alexandra tenía mi número; supuse que el Andresground se lo había pasado, tal vez en caso de alguna emergencia, o quizá porque le habían robado el celular. De todos modos me pareció raro, y decidí ir a su casa para preguntarle en persona. Desafortunadamente, su madre me contó que se había ido a Quevedo para pasar con Alexandra, por lo que el asunto se me hizo aún más extraño. 

        —Señora, disculpe que le moleste, ¿su hijo se encuentra bien? es que su novia llamó a mi celular por la tarde, supuestamente para buscarle. 

        —Chuta mijo, no sé, si quieres le llamo ahorita, ¿no le habrán robado el teléfono? —se preguntó, ante lo cual empecé a sentir cargo de conciencia, pues quizás la había inquietado de manera innecesaria.

        —¿Aló, cómo estás mijo? Tu amigo Reivin vino a la casa preocupado, me contó qué…

        —Seño, porfa seño, no le cuente —le susurré—.

        —No, nada mijo, es que vino tu amigo para devolverte un disco y no sé qué… Bueno mijo, entonces ya nos vemos el lunes, cuídate, chao.

        —Gracias.

        —¿Y por qué no quisiste que le cuente que la novia te ha marcado a ti? ¿Está pasando algo?

        No tuve otro remedio que decirle la verdad, que desde hace días la Ale marcaba con insistencia a mi teléfono. También me vi en la obligación de decirle que tenía novia, acaso pensara que planeaba cruzarle la pelada a su hijo. En todo caso quedé preocupado, pues me sentí como un chismoso; a la mamá del Andresground no le gustó para nada que fuera a su casa.

        La semana siguiente, decidí saludar a mi amigo por Facebook; supuse que su madre le habría contado mi historia, y necesitaba saber qué había ocurrido. Mi amigo no me contestaba; probé al día siguiente, y tampoco lo hizo. Insistí de nuevo en otro momento, con iguales resultados. Llegué entonces a la conclusión de que Andresground había decidido no ser más mi pana, por lo que decidí borrarle de mis contactos en redes.

        Hace tiempo que terminé con Adriana; le salió una beca para especializarse en oncología en España, y para evitarnos el drama, decidimos cortar. Ahora salgo con Paulina, ingeniera de sistemas que tiene un hijo de 5 años, Ian. Durante casi dos años, decidí suspender mi cuenta de Facebook; ahora uso Instagram. No volví a saber nada de mi mejor amigo, hasta el día en que lo encontré caminando cerca de la avenida Amazonas.

        —Hey, Andresground… ¡Hola!

        —Ah, hola, brou.

        Por unos instantes, pensé pasar de largo; entonces recordé lo goloso que era mi antiguo tecladista, y decidí invitarle a un ceviche mixto.

        —¿Quieres que te invite un ceviche? justo cobré hoy y pensaba comer con mi novia, pero me dijo que tenía algo.

        —¿Hablas de la Adri? ¿Qué es de ella por cierto?

        —Oh, terminamos hace unos meses, se fue a España por una beca, tú sabes... Era poco probable que esta nota funcione a distancia, igual, como que ya estábamos aburridos… Ahora salgo con otra man.

        —Vaya, qué fresco te lo tomas, me gustaría ser como tú —respondió sorprendido—. Dale, vamos a comer y me sigues contando.

        Ya en la cevichería, descubrí que el dinero no me alcanzaría para dos ceviches mixtos, por lo que pedí solo un encebollado junior para mí. Luego de hablar de películas, series y discos, como para evitar tratar temas personales, inevitablemente volvimos a las peladas.  

        —¿Y qué pasó con tu novia, Alexandra?

        —Terminamos.

        En el fondo, sentí cierto alivio.

        —Oh, cielos... lamento saber eso, Andresground. En fin, la vida sigue.

        Entonces cambió el semblante de mi pana, que de su habitual cara colorada, pasó a otra aún más enrojecida.

        —Es injusto, o sea yo siempre fui bueno con ella, me alejé incluso de la nueva banda que estaba formando e incluso del coro para estar en la casa y conectarnos a conversar —mi amigo volvió a la cantaleta.

        —¿Qué? ¿Dejaste tu nueva banda y también el coro? ¡Pero si el coro era tu vida! chuta, loco.

        —¡Dejé de ir a los ensayos, me escapé incluso de la casa para verla en Quevedo, verga, chucha madre!

        De repente, consideré que debía contarle sobre aquellas llamadas de hace dos años… Pero consideré que sería echar más leña al fuego.

        —Bueno, pues… Tranqui, men, ya llegará alguien más.

        —Bueno, tal vez… Ahora me escribo con otra man llamada Lucía, es de Guayaquil.

        «Este man no ha aprendido nada» pensé.

        —Oye, no quiero parecer metido, pero… ¿No crees que ilusionarse con otra relación a distancia no está bien? ¿Pucha, no aprendiste nada de tu experiencia con Alexandra?

        Andresground se quedó callado por unos segundos. Luego, mientras se terminaba el ceviche que lucía mejor que mi encebollado, exclamó:

        —Había un tipo que empezó a llamarla al celular, con insistencia. Al principio me hice el gil, supuse que tal vez sería un exnovio —se tragó estas palabras con biela—.    Luego de eso, tiempo después, me empezó a joder porque una compañera del grupo, que iba a hacer la voz femenina de mi banda, me escribió una vez poniendo «hola mi vida», justo cuando comíamos en un chifa de Quevedo y salí al baño, dejando el celu en la mesa.

        —Espera —interrumpí—. Recordé de nuevo las llamadas. Por mucho tiempo había guardado el registro de ese número, el de la Alexandra, cuando se dedicó a marcarme con insistencia; para mala suerte, me robaron ese teléfono y ya no tendría la prueba para demostrar a mi amigo, aunque tampoco haría falta ya, puesto que habían roto, que su novia quizás no estaba tan enamorada como él creía.

        —La extraño —respondió, triste—. A veces quisiera llamarla de nuevo, pero no me contesta y me bloqueó de todas las redes sociales.

        —Demonios, Andresground, ¿cómo extrañas a alguien que apenas has visto unas cuantas veces y solo conocías por mensajes de texto? ¿Te has puesto a pensar que quizás eso no era normal? ella a lo mejor hasta tenía novio en Quevedo, y vos ni enterado.

        —No digas pendejadas, chch, no te voy a permitir eso —replicó de manera más airada.

        —Andresground, antes de borrarte del Facebook, ¡ella empezó a llamarme supuestamente para buscarte, incluso aquella vez que estuviste en su ciudad con ella! ¿Acaso no te contó tu mamá que incluso fui a verte, pensando que quizás te había pasado algo o te habían robado el celu?

        —No, no me contó nada… Y tampoco me di cuenta que me borraste del Facebook.

        En ese momento, entendí que mi mejor amigo vivía en una horrenda burbuja que se empeñaba en llamar amor. 

        —¿Pero por qué te llamó? ¡Y por qué no me contaste nada!

        —¡Quise contarte, por eso fui a tu casa a verte! ¡Le conté incluso a tu ma!

        —¿De qué estás hablando? Mi mamá no me dijo nada.

        —En fin, en todo caso, ¡ya loco, porfa, piénsalo, no es sano que te enganches con una man que vive a kilómetros de tu casa!

        De pronto, el silencio invadió nuestra mesa. Al parecer, nos ganó la vergüenza de haber armado tremenda foca. 

        —Mejor nos vemos otro día, gracias por el ceviche —se despidió.

        La semana siguiente, decidí reabrir mi cuenta de Facebook, e invitar de vuelta al Andresground; no esperé que me aceptara, por lo menos no de inmediato. Sin embargo, lo hizo casi enseguida. Al rato, le escribí para saludarle, a la vez que le envié el link de un nuevo video de Dimmu Borgir. De nuevo, no volvió a responder; supuse que quizás estaba ocupado o algo, por lo que dejé de insistir. Días más tarde volví a compartirle el link de otro videoclip, y nuevamente no respondió. Tampoco la vez siguiente, cuando le mandé otro vínculo sobre la película El Exorcista, que alguna vez, me contó que le gustaba full. Concluí que la vez anterior, antes de borrarle, al igual que esta, el Andrés era un maleducado que no sabía responder, por lo que nuevamente paré de enviarle cosas, aunque esta vez decidí no excluirlo de mi perfil, como la otra vez.

        Con los días, el perfil del Andresground, antes plagado de música fuerte y oscura, empezó a llenarse de canciones poco usuales en él. Sabía que como a todos quizás, le gustaba alguna que otra canción de Hombres G o Alejandro Sanz, pero no de grupos como Onda Vaselina, Daddy Yankee o Las Musas del Vallenato. Pensé que quizás era parte de su fase de negación y superación de la ruptura con Alexandra. Fue entonces que aunque ridículo, me empezó a parecer normal. Sin embargo, lo que no me parecía normal y extraño, era que su madre no le hubiera contado sobre la vez que la visité para contarle las llamadas a mi teléfono. ¿Pretendería evitarle un dolor contándole algo así? ¿Pensaría que quizás yo pretendía algo con Alexandra (que no me resultaba nada atractiva)? En fin, no importaba ya.

        Una amiga de mi nueva novia, Astrid, nos invitó un día a una parrillada en su casa; se llamaba Satrina, también era rockera y muy guapa. Había terminado con un novio X que tuvo por mucho tiempo, y que deseaba expresamente conocer algún otro amigo. Le contamos sobre el Andresground: que tuvimos una banda, que estuvo en el Coro de la Prefectura, que había estudiado para profesor de literatura y que se encontraba libre también. Le mostramos incluso una foto de él, y la Satri no le consideró nada feo. Y nos disponíamos a hacerle los planes para quedar con ella en el asado, cuando de pronto, luego de muchos años, el Andresground me llamó a la casa.

        —Loco, ¡Qué felicidad! ¡Volví con la Ale! ¡Mañana mismo me voy a Quevedo! ¡No me importa faltar al trabajo mañana ni al coro, me siento tan feliz! por cierto, ¿qué me querías contar?

        Supuse que la posibilidad de conocer a una nueva e interesante chica que vivía en la ciudad, que compartía los mismos intereses que él y que incluso le consideraba simpático, no se comparaba en nada con reencontrarse con el amor, quizás el amor de la vida, el definitivo, aquel que sin importar la distancia (o que pretenda controlarte por celular) valía mucho más. Al día siguiente, no tuve otra opción que contar a Satrina toda la alocada historia de mi amigo y el porqué de su viaje.

        Mi historia con Astrid no duró casi nada; me terminó como al mes de aquella parrillada, recalcándome que le parecía bonachón, pero que el padre de su enano, era el padre de su enano. No pude vacilar con la Satri tampoco; unos días después, y pese a que le agregué a mi Facebook, desapareció misteriosamente. Quien en cambio lucía muy feliz era Andresground, aunque ya no publicaba videos de metal en su perfil. Una noche, volvió a llamar por teléfono a mi casa.

        —¡Voy a casarme, loco!

        —Qué bien, Andresground, ¡felicidades! —nunca me sentí más hipócrita—. ¿Y cuándo te casas?

        —En tres meses, compadre (no es que pretendiera que fuese su padrino de boda, sino que en algún momento empezó a decir «compadre» a cualquier persona).

        —Bueno, supongo tendremos que ir pensando en ternos nuevos, pues…

        —Bueno es que eso te quería contar, o sea nos casaremos acá por el civil y en Quevedo por la iglesia, y como es una nota familiar, chuta, no te lo tomes a mal pero va a ser un evento más familiar, ¿sí me cachas?

        Por un lado, se me hizo un chance al huevo que me llamara a contar que se casaría y anticiparme que no estaría invitado a su ceremonia. Pero también sentí alivio.

        —Bueno pues, al menos te haremos la despedida de soltero —sugerí, más tranquilo.

        —No, ni digas eso, si se entera Alexandra me mata, aparte que no, no me gustan esas cosas, tú me conoces.

        —Como digas.

        Durante un mes, el Andresground no paró de publicar en Facebook e Instagram las fotos, tanto de su boda civil en Quito como de la boda eclesiástica en Quevedo, que por cierto, no fue un evento nada íntimo, pues se notaba había acudido la familia entera de la Alexandra. En todo caso, les escribí un saludo para felicitarlos y desearles mucha suerte.

        Dos años más tarde —gracias de nuevo a las redes sociales, más que al contacto personal—, me enteré que mi amigo se convirtió en taita, y que tendría que convivir menos con sus discos de rock y más con los pañales. Le escribí un nuevo mensaje para desearle mucha salud a su hijo. Nunca me contestó. Intenté escribirle de vuelta dos días después, incluso a su Whatsapp, y siguió sin responder. De repente, empecé a sentirme una persona desagradable e intensa: concluí que su hijo debía tenerlo ocupado, por lo que no le marqué más. Hasta que un día, volvió a llamar a mi casa.

        —¡Cómo estás, compadre, a los años!

        —Qué tal… Supongo que debes estar agotado con tu enano. Espero estés bien.

        —Sí, men, ahí toca ayudar con mi guagua.

        —Sabes, te escribí el otro día y también te llamé, pero supuse que estabas ocupado en el trabajo o con tu hijo. Perdón si te interrumpí o algo.

        —¿Qué me escribiste a Facebook y a Whatsapp, dices? ¡Pero no he visto ningún mensaje tuyo!

        Tuve un mal presentimiento entonces. Pero decidí hacerme el loco.


(Publicado originalmente en junio de 2015)


viernes, 17 de abril de 2026

El amanecer de las hormigas

Esa mañana desperté soñando que nunca había pasado Matemáticas, y por lo tanto, que no me había graduado del colegio. No era la primera vez; desde hace semanas tenía el mismo sueño. Alguna vez, incluso, me vi con el uniforme de la escuela primaria, repitiendo sexto grado. El punto es que siempre, muy en el fondo, tenía la sensación de no haber terminado algo.

        Volviendo a esa mañana, al dirigirme a la cocina buscando jugo, noté como una curiosa columna de hormigas se había formado entre el lavabo y la ventana. Enseguida recordé lo que mamá solía decir, que a las hormigas y a las moscas les encanta el azúcar. Busqué enseguida alguna taza del café de la noche, pero todo estaba aparentemente en orden. El departamento de estudiantes donde vivía con mi hermano siempre estaba limpio, gracias a que la dueña de casa tenía una asistente que venía los martes y jueves a limpiar. Las hormigas siempre me parecieron simpáticas. Recuerdo que cuando iba de visita con los abuelos, y me escapaba para no ayudar en las tareas de la casa o para no jugar con mis hermanos, solía ir al terreno que tenían detrás a espiarlas. Era simpático verlas cargando objetos más grandes que ellas, hacia el posible sitio de su guarida.

        A mi ñaño le encantaba quemarlas con una fosforera. Y su afición se hizo más notable, luego de esa mañana que asomaron los bichos, cuando empecé a verlo hacer eso a diario. Desde luego, me parecía una crueldad, claro, no mayor que la de nuestro primo Carlos Andrés, quien disfrutaba además de arrancar las alas y cabezas de las moscas moribundas, cuando era más pequeño. Volviendo a las hormigas, me inspiraban cierto respeto, primero, porque me parecían los insectos más inofensivos (pensamiento que mantuve hasta aquella vez en Santo Domingo, cuando conocí a ese otro tipo de formícidos que mordían). Luego, por su notable organización, y finalmente, por la instantánea mental que dejaban en mis ojos cada vez que una columna de ellas resaltaba con una delgada línea verde formada por hojas.

        Un día, entendí que las hormigas también eran como nosotros, depredadoras y carroñeras, cuando vi que un grupo de ellas arrastraba a una mosca hacia su guarida secreta, donde probablemente la reina les recibiría con un apoteósico homenaje. En algún libro, y luego en un película, aprendí que también tenían su propio ganado, consistente un grupo de pulgones o insectos áfidos a los que ordeñan una rica sustancia azucarada. En alguna página mal traducida, de esas que abundan en internet, leí que algunas especies de hormigas tropicales tienen incluso rebaños de insectos, con el fin de alimentarse de su carne.

        Así, algo más instruido pero perplejo, desperté otra mañana luego de soñar nuevamente que me había jalado Matemáticas, y noté que las columnas de hormigas ya no estaban. Suponiendo que mi hermano había terminado con todas, me dirigí a la sala para acercarme al balcón, cuando de pronto, en el piso café de madera pero amarillo por el sol de la madrugada, noté que las hormigas ya no habitaban en columnas, sino que caminaban por todos lados, y que ya no eran negras, sino doradas. La escena me recordó un texto que leí sobre la impresión de Hernán Cortés al llegar a Tenochtitlán y ver cómo una ciudad había emergido en la inhóspita América. De la contemplación y casi veneración infantil por los formícidos pasé al horror, y a mi instinto de humano exterminador. Las hormigas habían llegado no solo a los sillones, sino también al techo, y al cuarto de la ropa. 

        Tuve que salir a buscar insecticida, que rocié durante al menos una hora por toda la sala y luego por todos los posibles orificios de la casa. Ya en la tarde, luego de suponer que los efectos del veneno habían pasado, noté que una columna gigante aún salía del pasillo, hasta la puerta de uno de los cuartos de los inquilinos, que estaba con candado. Por unos instantes, me imaginé que la pieza se había convertido en un vórtice de alimañas, o que podía incluso encerrar el cadáver de algún suculento animal para las hormigas, y que eso pudo provocar que cambiaran al color rojo. Bajo el riesgo que el vecino me acuse de choro, decidí romper el candado, forzar la aldaba, y para mi sorpresa, encontré que las hormigas ingresaban y salían de una lata de Fanta que yacía en el piso.

        No volví a ver a las hormigas, y tras ser disculpado por el vecino y la dueña de casa luego de mi extraña historia, me tocó pagar el daño de la puerta ayudando a la señora de servicio, que tuvo que ausentarse por una cirugía. Sin embargo, sigo soñando que debo volver al colegio por Matemáticas, y últimamente he empezado a soñar que debo regresar a la universidad para aprobar otras materias, pese a que me gradué hace poco e incluso me encuentro en búsqueda de empleo. He intentado establecer la relación más lógica posible entre aquel sueño y las hormigas, pero hasta ahora no puedo.

(Publicado originalmente en junio de 2014)


El álbum

Mientras iba a casa y miraba las fotos de Instagram de su paseo al parque el fin de semana, ella le envió un mensaje por Whatsapp. Estaba muy entusiasmado con su nueva relación; antes de despedirse, lo último que le dijo fue que lo quería, y eso le había llenado de ilusión. Esa misma noche, le volvió a escribir para desearle que soñara con ella y con alguna manera de estar juntos, pese a vivir él en San Juan y ella en San Antonio. Sin embargo, aquel mensaje no fue el esperado.

        Antes de entrar con Fernanda, Armando se la había pasado bebiendo, saliendo con varias chicas e intentando escribir sin éxito nuevas canciones para su banda de hardcore, ya que su estado anímico en ese momento le daba más para crear baladas de pop, que para componer gritos guturales. El motivo: su ruptura con Valeria, la profesora de Matemáticas que no encajaba en nada con él, pero que sin proponérselo, se había apoderado de su ser. Armando nunca había tenido una novia como Vale, preocupada por asistir a la iglesia, que hubiera trabajado desde pequeña y que deseara una vida casera, como tantas mujeres hoy tachadas a la antigua. El amor a veces es como una madrugada de lluvia inesperada, en que amanece soleado y el arco iris aparece de la nada. Armando se sentía tan cómodo debajo de ese arco iris, que hasta estuvo dispuesto a dejar la música. Sin embargo, los arco iris no suelen durar las 24 horas, y algo con la Vale empezó a fallar. 

        Armando estaba seguro de no haber hecho las cosas mal: siempre detallista y oportuno, no vaciló en registrar para siempre cada momento juntos en Facebook e Instagram. De haber tenido que escribir una cronología sobre su vida juntos, su archivo habría sido la fuente más fidedigna de todas las historias de la Historia. Pero a la Vale no le bastó aquello, y sus diferencias finalmente se impusieron.

        Superado el trauma de la ruptura, como cuando la calle vuelve a estar seca tras la lluvia y el regreso del sol, volvió la noche, y con ella Fernanda, quien le había agregado como amigo en su face alguna vez, aunque ni eran amigos ni se habían visto las caras. Entre chats, acordaron finalmente conocerse, aunque ya sabían el uno del otro, pues Fernanda también tocaba el bajo en una modesta banda de heavy metal. Llegado el día, en que al fin se conocieron, una conexión mágica pareció atraerlos, tan mágica que Armando no se lo creía. Fernanda era una especie de ser místico y sensual, todo lo opuesto a la profe de mate. Quizás, el universo había puesto de nuevo las cosas en su lugar. Christian, el pana de toda la vida del Armando, se sorprendió mucho al ver sus nuevas fotos con Fernanda. «Qué bacano, loco; nada que ver con esas fotos con la Vale» escribió alguna vez. Sería ese comentario aparentemente inofensivo el que desencadenaría la tragedia.

        Una noche, en que Fernanda había vuelto de su trabajo, no pudo evitar mirar el comentario de Christian, a quien había agregado también como amigo en su face. «Valeria», se repitió Fernanda. De pronto, recordó que Armando le había conversado sobre ella, así como ella le había hablado de David, su exnovio. Pero a diferencia de ella, Armando, quien además de cantar con estridente voz tenía una manía por registrar cada momento, cual influencer de barrio, se había hecho más de dos mil fotos con Vale, mismas que, quizás por un curiosidad humana, Fernanda no pudo evitar mirar. Armando y Valeria en El Molinuco; Armando y Valeria en Los Frailes; Armando y Valeria en las fiestas de Otavalo, en el cumpleaños del Christian, en un concierto de Juanes, incluso en un video, en el que Armando, el mismísimo cantante de hardcore, regurgitaba una cumbia.


……….


        «Por favor no te lo tomes a mal; comprendo que es parte de tu pasado, y que no lo puedes borrar, pero por favor, deja de poner en vista pública tus fotos con ella».

        Armando no supo qué pensar. Fue como un baldazo de agua fría; se sentía feliz, hasta el momento del mensaje. «Borrar sus fotos». Confundido, tomó en ese instante la peor decisión posible: consultar con su amigo Christian, quien no era precisamente una autoridad en relaciones amorosas.

    —Mira loco, tienes dos escenarios: dile de plano que no borrarás las fotos, pues borrando tus fotos no podrás borrar tu pasado, o simplemente bórralas y enfócate en el presente con ella. En todo caso, ¡no quedes como un mandarina!

    —¡Qué mierda loco, no sé qué hacer! —respondió—. Deshacerse de dos mil fotos y pico no sería tarea fácil.

    —¿Y por qué no pruebas con alguna opción como te dijo la Fer, para dejar de hacer públicas esas fotos en Instagram? —intentó ayudar Christian.

    —Chch loco, el problema es que las tengo casi todas etiquetadas, y no van a desaparecer.

    —Chuzo… Tendrás que tomar una decisión… En todo caso, yaff, lo pasado pisado.

    Armando regresó a su casa sintiendo un vacío en la garganta. Quería mucho a la Fernanda, y luego de meditarlo, decidió que borraría todas las fotos con Valeria. Fue entonces que, un sentimiento muy parecido a esa sensación de caminar debajo de un arco iris regresó por él. Vale y él, el día que fueron en avión a Cuenca; él y Valeria, el día en que se fueron de karaoke. Todos esos recuerdos tendrían que irse, para que su nuevo presente no se convierta abruptamente en pasado. 

    «De todos modos nadie me quitará lo vivido», pensó. Pero a medida que lo hacía, le era cada vez más difícil borrar las fotos. Entonces contempló un par de escenarios alternativos: por un lado, encarar a Fernanda y decirle que eliminar sus fotos con Valeria no borraría su pasado, como tampoco sus nuevos sentimientos por ella. Por otro, eliminar de un sopetón todas las imágenes y álbumes, como cuando debes beber de una sola un shot de tequila. En medio del silencio, sonó el teléfono. Una parte suya llegó incluso a pensar que se trataría de Valeria, pidiéndole que no borre las fotos y regrese con él. Otra parte, más lógica quizás, supuso que sería Fernanda.


    —¡Qué dice, loco! ¿Ya viste la serie de Luis Miguel? —era el Christian.

    —¡Habla serio loco, creí que me estaba escribiendo o llamando la Fer! —respondió Armando.

    —Chch… ¿Y qué fue, ya arreglaste el problema de las fotos?

    —No, men.

    —Mira, se me ocurre una idea —escribió Christian. —¿Por qué no le regalas un portarretrato vacío a la Fer, como símbolo de que lo anterior quedó atrás y que ahora será su foto la de tu vida presente?


        —Chch, ¡porque me ha de dar con lo mismo en la cabeza! —escribió Armando.


……….

                                                                           

Una vez borradas las fotos, y entre la noche que había vuelto, alguien tocó el timbre.

        —Hola, Armando. Quería pedirte disculpas… Es solo que me sentí triste de ver todas tus fotos con ella. Lo siento. No debí pedírtelo. Por favor, no borres tus fotos —Insistió Fernanda—. Crearemos nuevos recuerdos juntos.

Y en medio de ese abrazo, de paz y oscuridad, Armando deseó por un momento poder estar con todas las mujeres a la vez y al mismo tiempo. Sintió de manera profunda que pese a todo, uno no deja de querer lo que quiso, aún si ya no lo tiene. «Ojalá no me sueltes», le dijo en silencio a Fernanda. «Ojalá en el futuro no sufra lo que hoy sufro por Vale, contigo», se siguió repitiendo. Y pasaron la noche juntos, envueltos en ese nuevo amor. Pero por la mañana, junto al aparador de su cama y a un haz de luz de la ventana, Fernanda se encontró una foto.


(Publicado originalmente en junio de 2018)