El 31 de diciembre de 1997, en mi última nota del diario personal que llevé hasta poco después de cumplir dieciséis años, escribí que la fecha ideal de mi muerte sería el 21 de febrero de 2008. Había escogido esa día, primero, por emular erróneamente la edad del deceso de Kurt Cobain, quien decidió irse de este mundo a los 27 años —tendría que haberme ido diez meses más tarde para coincidir en la edad—. El otro motivo, algo burdo, es que la fecha coincidía parcialmente con el álbum En Directo de Obús, registrado el 21 de febrero de 1987.
Mis quince años fueron de transición juvenil: empecé el segundo trimestre de cuarto curso, que se me hizo difícil, como seguramente a tantos otros estudiantes: me quedé por primera vez a supletorios, tuve que rendir Biología en segunda oportunidad en septiembre, luego decidí escoger Ciencias Sociales para quinto —aunque asistía al club de Periodismo, mi plan era estudiar Derecho en la Universidad Central—, y me topé con el grupo más variopinto y hostil que se podría encontrar en el colegio. Sin embargo no todo fue malo; me reencontré también con algunos compañeros de primero, segundo, tercero y cuarto curso, a quienes cada año nos sorteaban por azar, como pelotas de Bingo, en algún experimento antropológico.
Uno de los chicos con quien me reencontré fue José Luis, mejor conocido como Negro. Fuimos compañeros en segundo curso, entre el 94 y el 95, y también fue compañero de mi hermano menor en el club de taekwondo del colegio en ese período lectivo. En quinto curso, nos descubrimos mutuamente como aficionados al rock: yo un poco más a los grupos heavy y punk y él al death, thrash, doom y black metal. No éramos los mejores amigos de la clase, pero al menos charlábamos bastante de música. Por su parte, se juntaba también con un par de tipos que abandonaron el Montúfar luego de jalarse cuarto curso, la cernidera de gente. Uno de ellos —mi tocayo, para colmo—, había sido mi compañero también en segundo y tercer curso, y siempre que pudo aprovechó para hacerme quedar como un ignorante del metal, chantándome sus CD originales.
En una ocasión coincidimos en un evento de death metal en Chimbacalle: se presentaron Kassiel, Kibalión, Muerte, Fear y cerraba el cartel Ente. Fue la primera vez que participé de un mosh; por alguna razón, el José Luis asistió sin el David. Durante Kibalión ingresé al remolino humano, de manera cauta; salí sin ningún rasguño. Luego me colé en alguna que otra canción, hasta que fue el turno de Ente. Mi suerte llegó hasta ahí; un codazo me hizo ver luces blancas en el horizonte. No lo quise creer, pero el codazo me lo había dado el Negro.
En sexto curso, acordamos intercambiar música: él me prestaría un casete de la banda colombiana Apolion´s Genocide y yo le daría un disco vinilo de siete pulgadas de Total Death. Luego de la última hora de clases de ese día, decidí sacar la cinta para curiosear el cancionero. El demotape ya no estaba. Era consciente de que la mayoría de mis compañeros me detestaban, pero no al punto de robarme un casete. Luego de echar a la culpa a dos que tres, todos coincidieron en decirme que les caía mal, y que por ende nunca escucharían lo que yo. Concluí que nadie diría jamás «yo fui» y me resigné a buscar una nueva cinta.
No recuerdo ya en qué momento, pero al día siguiente el José Luis me confesó que había sido él mismo quien se llevó al casete; se justificó más o menos diciendo que me prestaría en breve un trabajo de otra banda. No comprendí porque había hecho eso; lo encontré bastante despreciable. Pensé por un momento que tal vez fue un ardid para quedarse con mi vinilo de Total Death. También pensé que pudo ser porque tuvimos una amiga en común, Lucía, a quien conocí en la premilitar y en cambio él en algún ensayo con sus amigos. Si me lo pedía de buen modo quizás hasta le hubiera obsequiado el álbum, después de todo, el tocadiscos de mi casa ya no andaba bien y temía rayar mi EP. De todos modos, tampoco me devolvió el disco. A partir de ese día me junté un poco menos con él; un año lectivo atrás, otro compañero, que fue el único que se jaló de todo Quinto Sociales, ya me había choreado un CD del álbum Pulse de Pink Floyd, y no estaba dispuesto a hacerme mala sangre de nuevo.
Unos años después, volví a encontrar al Negro trabajando en un almacén de la calle Chile, cerca del Municipio de Quito; lucía más gordo e igual que yo, se había dejado el cabello largo. No le saludé en esa ocasión, pero sí meses más tarde, en la edición 2006 del Festival de la Concha Acústica de la Villa Flora. Me contó que se había retirado de Derecho y cambiado a una universidad privada para estudiar producción audiovisual, y que se había unido a una banda de black metal, Naagrum. Yo en cambio empecé a formar parte de una revista, y le regalé un ejemplar.
Para entonces casi me había olvidado del disco de Total Death y de mi promesa de morir en febrero de 2008, año en que en un programa de radio que solía escuchar los domingos, Historias del Lado Oculto, habían anunciado el «Ultratumba Fest», un concierto de gótico en el que participaría Lamento, proyecto musical de Amable Mejía, un músico ambateño al que admiraba por su trabajo en CRY. También se presentarían Zelestial, Hempírika y otras bandas. Mi plan era ir con mi amigo el Andrés, quien quedó en confirmarme días después, ya que posiblemente tendría una actividad.
Dos o tres días antes del 19 de abril, había juntado por fin la plata para las entradas, que adquiriría en el Underground Music Shop, que quedaba detrás del Seguro Social. Antes de eso, debí ir a pagar de unas boletas de luz en el centro histórico. Cumplido el trámite, descendí por la calle Guayaquil, cuando en eso, me topé con Adriana, un exvacile con quien nunca terminamos, sino que solo dejamos de vernos. Por alguna razón, insistió en invitarme un café. Una vez allí, luego de conversar de alguno que otro asunto, me propuso comprarle unas entradas para una rifa o peña solidaria. Cada boleto, si no estoy mal, estaba a 5 dólares, y debía comprarle dos. Al principio me negué rotundamente, ya que esa plata sería para mi boleto al Ultratumba. Sin embargo, ella insistió, y tras decirme que eran para apoyar la cirugía de un niño, finalmente me convenció. Ya conseguiría luego más dinero para el evento que se haría en la discoteca Factory; sin embargo, esa misma noche el Andrés me escribió para decirme que siempre no podría ir al concierto, ya que ese sábado tendría una actividad de integración con unos amigos suyos y de su hermano en el Palacio de Cristal de Itchimbía.
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Me enteré del incendio un poco por casualidad, tras prender la radio y sintonizar la 99.3 FM; el siniestro había iniciado en la tarde, tras el encendido de una bengala durante el show de Vendimia. Para varias personas resultó imposible escapar del lugar debido a que las puertas de emergencia de la discoteca Factory estaban cerradas. De pronto, el locutor empezó a leer la primera lista de fallecidos difundida por el Cuerpo de Bomberos: A, B, C... J.L. Casi de inmediato descarté que se tratara de un homónimo. Poco después, una imagen de prensa terminó de confirmarme que era él.
No pretendo atar cabos, pero debería suponer que mi encuentro con la Adri pudo haberme salvado la vida; alguna vez, años después, le escribí un mensaje a Facebook comentando la anécdota, pero no volvió a responderme. En Caricato de mayo de 2008 dediqué un dibujo al Negro, tocando el instrumento que más le gustaba: la batería. Alguna vez recordé lo mala onda que había sido al quedarse con mi disco de Total Death, de quitarme el casete que me había prestado y del codazo en el mosh durante la presentación de Ente; hoy, hubiese preferido que se quede con todos mis discos y cintas en vez de que le sucediera eso. Tiempo después, en que por curiosidad decidí hojear mi diario de 1997, volví a recordar que me había propuesto morir unos días antes que mi amigo, y que felizmente no me había salido con la mía, aunque me pregunté también si la muerte se cobra de algún modo las promesas.
Durante algún recreo en el colegio, el José Luis me había contado que soñó que Metallica se presentaría en el Estadio del Aucas.
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