viernes, 31 de agosto de 2012

Twitter


Nunca, jamás, ningún pájaro me pareció más hermoso que el pequeño y veloz colibrí. Entre mi lista de deseos mundanos, siempre estuvo atrapar uno, al menos por una vez. Desde niño, siempre que miraba alguno, mientras se alimentaba de alguna flor, intenté sin éxito capturarlos. Con el tiempo, aprendí que el encanto de estas aves no consistía en tenerlos entre tus manos, sino, precisamente, en la imposibilidad de tenerlos, en solo mirarlos.
Una tarde, después de lastimarme una mano al caer mientras entrenaba para una competencia atlética, mi perra, Furba, insistió a que la llevara a pasear. El parque de Itchimbía era su sitio predilecto. Era el indicado también, ya que con mi mano lesionada, no podría llevarla de la correa por mucho tiempo.
Después de tomarnos un helado de 60 centavos, que compartimos mi perra y yo, decidimos sentarnos en una banca ubicada bajo un árbol. Furba quiso que la soltara, por lo que le dejé un rato. Escuchaba a las ramas de otros árboles y miraba las cometas de los chicos en vacaciones, cuando de repente, vi caer un pájaro verde azul.
Mis tías solían decir que atrapar a un picaflor o colibrí, era símbolo de buena suerte; como tantos amuletos, suponía, cuando era niño y quería atraparlos, que si lo lograba les podría pedir un deseo. De regreso a esa tarde, a Itchimbía, pensé en varios deseos de ser cierto: cambiarme de trabajo, que la chica que me gustaba estuviera conmigo, que nadie en mi familia enfermara... ni siquiera se me ocurrió pedir que mi mano sanara. Sin embargo, un minuto más tarde, concluí que atrapar a ese pájaro no cambiaría en nada el orden de la sociedad y del universo, y que de estar lastimado el colibrí, no podría ayudarle, como en otra ocasión, varios años atrás, cuando el día en que derrocaron a Abdalá Bucaram paseaba en bicicleta, y encontré un gorrión moribundo cuya lenta muerte no pude evitar. Y me hallaba en esa idea, cuando de pronto, Furba se le acercó, e imaginando a mi amuleto deshacerse entre las fauces de mi jadeante perrita, decidí levantarlo de la yerba.
En efecto, se trataba de un colibrí. Finalmente, luego de varios años, tenía un colibrí entre mis manos. "Qué te puedo pedir... pensé... ya... has que Victoria se quede conmigo.... no... perdona" seguí. Estaba en un pequeño dilema, puesto que no podría llevarme al pájaro a casa, y a la vez llevar de la correa a mi perra. Tuve que acomodar al picaflor sobre el vendaje de mi mano. Al rato, empecé a buscar a algún vigilante del parque, por si sabía de un refugio de aves, sin embargo, ninguno apareció. Así, me los tuve que llevar a los dos hasta la casa, a Furba, y al pequeño pájaro al que casi inconcientemente decidí bautizar con el nada original nombre de Twitter.
En mi departamento también tengo una gata, y pensé que Twitter se le haría muy suculento. Al entrar en facebook (uso muy poco mi twitter), de inmediato contacté con una amiga de Chile que sabe mucho sobre animales. En mi estado también pedí ayuda a quien fuese veterinario, o a quien supiera sobre algún refugio para aves en Quito. Las respuestas fueron diversas. "Déjalo libre" "si el colibrí tenía que morir... es mejor dejar que la naturaleza haga su trabajo" "Hay que darle dinero, y que él decida". 
Al poco tiempo, mi amiga chilena, Leto, me recomendó alimentar a twitter con agua dulce. Otra amiga de acá,  me sugirió darle agua con azúcar morena o panela, a través de algún gotero. Mientras volvíamos del parque, al pasar por una elegante casa arranqué unas florecillas, mismas que humedecí en el agua con miel de maple que mi hermano me obsequió, y con lo que pude alimentar un rato a mi avecilla. Verle comer, fue hermoso. Su lengua parecía un hilo de plata; al empezar a googlear, descubrí que las aves de la especie Trochilinae tienen una lengua tan larga, que permanece enrollada en una cavidad dentro de su cráneo, mientras su cerebro es quien las mantiene volando en suspensión.
Luego de alimentar a Twitter, decidí intentar devolverle al parque, esta vez sin Furba. Quise llevarmelo en una caja de zapatos con huecos, pero empezó a chillar fuerte. Como no quise llamar la atención, decidí emprender la no más brillante idea de llevarlo en mis dedos, de los que no quiso despegarse. La gente, sin embargo, no nos regresaba a mirar. Fue entonces cuando entendí que en el país a las personas los colibríes en realidad no les llaman la atención. Ya en el parque, quise soltar a Twitter, pero sus pequeñas patitas de hilo no se desprendieron de mis dedos.
Concluyendo que si dejaba al pajarito tirado sobre los arbustos del Itchimbía su muerte sería inevitable, decidí volver a casa otra vez. Mi gata, Nagrash, se sentía muy curiosa. Si salvé a Twitter de mi perra, no quería que mi gata se lo devorara, aunque con el paso de las horas empecé a comprender que mi ave moriría tarde o temprano. Esa noche, supuse, Twitter moriría; se veía tan pequeño, tan pichón, tan necesitado de su madre. Fue entonces que me lo coloqué sobre el pecho, pues pensé necesitaba calor, aunque también temí matarlo por asfixia. La mañana siguiente, luego de ver varias manchas en mi camiseta, escuché su voz, y empezó mover sus alas. Debía irme a trabajar, y no sabía si llevármelo o dejarlo en casa.
-Si ha de morir de todas formas, mejor lo dejo acá- pensé. Entonces, decidí encargarlo con una vecina.
Luego de terminada mi jornada en el diario, y mientras volvía en mi auto, me preparé para lo peor, pese a que advertí a Mari que me enviara un mensaje de texto si algo le sucedía a Twitter.
Al volver, encontré en casa una nota en la que Mari decía que tuvo que viajar con urgencia a Pastaza, su provincia natal, y que dejaba al colibrí en mi cama, en un nido improvisado que le hizo con las cobijas. Twitter estaba dormido; sin embargo seguía con vida. Al rato, decidí devolverle a la caja, y luego de chillar por una hora, trató de volver a volar, y salió enseguida hacia unos cables de mi vieja computadora.
Supuse que el pájaro pensaba que los cables eran como ramas, y que ero lo más cercano a su entorno natural. Decidí entonces, con un gorro de lana, improvisarle un nido aéreo junto a mi closet, para que el ave llegará hasta allá, en caso de desplegar sus alas.
Era de noche, y la mañana siguiente tendría que volver al diario. Estaba dormido ya, cuando le escuché piar y volar. Al prender la luz, descubrí que Twitter había caído sobre el piso de madera, y que estando ahí ya no intentaba nada, como cuando le encontré sobre la yerba en el parque. Lo levanté del piso, y lo puse entre mis dedos. Entonces, sucedió lo más hermoso que me pasó con ese animal hasta entonces: twitter voló desde mi mano derecha hasta mi mano lastimada. Descubrí entonces que eso le gustaba, y decidí poner mis manos una sobre otra, a modo de escaleras, para que Twitter continuara con sus ejercicios de vuelo. Llegamos a un nivel tan cercano al techo, que mi colibrí creyó que el foco era el sol, y se estrelló contra él.
Volvió a caer al piso y volví ayudarlo a levantarse, pero esta vez traté de llevarle hasta su nido artificial. Twitter, en lugar de introducirse en el gorro, se posó sobre la puerta de mi armario, en donde se quedó por mucho tiempo, hasta que se cayó de nuevo.
Traté de darle agua con azúcar, a ver si recuperaba fuerzas, y otra vez volvimos al ejercicio de las manos. Sin embargo, llegué a un punto en que ya no pude más con el sueño, y dejé a mi picaflor en su cajita de cartón, con el otro nido improvisado que le hice con un trapito, en donde se quedó chillando toda la noche, pese a lo cual pude dormir.
Al día siguiente, el ruido había desaparecido, pero el aliento de Twitter también. Pensé que seguía con vida, pues estaba sentado; sin embargo, al voltearlo levemente con mis dedos, descubrí que ya no respiraba, pero que se mantenía en ese extraño equilibrio debido a lo pequeño y redondo que era.
Al publicar en mi estado de facebook sobre su muerte, un amigo, luego de insinuar que seguramente me lesioné la mano por pajero, me explicó que si los colibríes no se mantienen volando, sufren de un paro cardíaco.

Enterré a mi ave al día siguiente. Ese día me fue imposible, puesto que tenía que ir al trabajo y tuve que quedarme hasta tarde. Volví al sitio del parque donde le encontré, con la ridícula esperanza de que su madre y sus hermanos le encontraran. Esa mañana no escuché a ningún colibrí cerca, y habían muchas personas alrededor. Dejé a twitter bajo las yerbas de un árbol, que estaba un tanto alejado del sitio donde creí salvarle la vida.
Desde ese día, me sigue doliendo la mano.

a Viki

lunes, 6 de agosto de 2012

Eco

La vida,
un laberinto de palabras sin fin.
la voz se esfuma en diminutas partículas de luz.
varios fuegos formando un gran fuego,
el eco se desdibuja en cuanto cierras los ojos,
luces y sombras,
tanto que decir, tanto,
tan poco....