martes, 9 de diciembre de 2008

Aquella despedida


En ese instante ignoraba que ese café que bebíamos juntos sería el último. Hacía frío; eran como las seis de la tarde, y debido a mi origen equinoccial, no sabía si aún era de tarde o si ya era de noche. En todo caso no importaba; mañana volvería a casa.

-Quisiera conversar sobre tantas cosas- le decía a mi cabeza. -¿Por qué será que siempre reaccionamos un poco tarde? concluí.

Casi de inmediato recordé todas esas cosas que quise hacer pero de las que sólo me quedaron las ganas: trotar junto al río, caminar a solas por el bosque, caminar sobre el puente. Sólo pude recoger un poco de nieve entre mis manos.

Frente al televisor que estaba apagado, estábamos ella y yo, sin decirnos nada. Las horas transcurrieron. Nunca más nos dijimos nada.

El invierno siguiente supe que su madre había fallecido; hacía tiempo que dudábamos sobre dar un paso hacia adelante. Hace no mucho que decidí dar varios pasos atrás. Ella volvió con su antigua pareja; yo quise volver con la mía pero ya no fue posible.

Hoy hemos charlado por teléfono unas pocas palabras. Algo me advirtió en secreto que ella estaba enferma; me alivia saber que se encuentra reestablecida.

Al volver a hablarnos, la sensación que sentía al charlar con ella ya no fue la misma.


A Leticia

lunes, 8 de diciembre de 2008

El duende


Había una vez un duende que tocaba una guitarra; mientras hablaba con él cada noche, los vecinos murmuraban que estaba loco y que necesitaba de una buena paliza de mi padre para dejar de alucinar. Nunca hablé con los vecinos. Mi padre nunca me llevó al psiquiatra. Una noche, el duende desapareció. Tenía 7 años.


Como en un salto cinematográfico ha pasado medio siglo y me he divorciado un par de veces. Un día, luego de buscar la foto de mi hijo fallecido aquella tarde de otoño que he preferido olvidar, escuché unas notas lejanas. Era el duende; estaba parado junto a la ventana. Quise preguntarle si sabía algo del Jonathan, o si había charlado con mi madre. El duende no dijo una sola palabra. Sólo me hizo una señal, para que lo acompañe.


En medio del parque, aquél místico ser me condujo hasta un árbol que tenía un nombre inscrito con una llave. No lo podía creer; a veces cuando algo fuera de lo común sucede simplemente pasa desapercibido. El duende me entregó la llave, y casi de inmediato regresé a mi casa.


Una vieja y sucia caja de madera aguardaba desde siempre en el fondo de un armario. Junto a la caja encontré un álbum con fotos del Jonathan y de Lucía, mi ex-esposa. Una emoción inexplicable acompañada de un temor profundo hicieron latir mi corazón como nunca. Era un momento solemne. Pero no pude con él.


Mañana abriré la caja.


A Fernanda


martes, 25 de noviembre de 2008

Nunca más el mar


Sensación de olvido,
el aire que hoy respiro;
las hojas de los árboles no
cesan de caer.

Las lejanas olas han borrado
tus huellas,
ya no reconozco ningún centímetro
de nuestro espacio común;
en un libro de la inmensa biblioteca
he perdido la hoja donde
inscribí el primer poema;
era preciso,
la memoria era frágil.
En medio de la cordillera se ahogó
el último grito por tí;
ya no puedo hacer que tu alma
me hable.
Mi interior es un espacio hueco
ahora;
se siente tan extraño...
La flor que plantamos juntos
se ha secado.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Sobrevuelo


A cada instante algo que intento
olvidar sin éxito,
mi mente se fragmenta con cada
despertar.
Largo es el divagar por
la ausencia.
El ruido se hace intenso
a media noche,
en el límite entre la vigilia y
el insomnio.
Miles de luces atravesando
el aire,
me elevo sin querer,
no puedo parar.
El corazón parece obedecer
algún mensaje subliminal,
no hay escape,
volar parece posible por
primera vez,
atravesar las paredes como un
fantasma también.
El éxtasis se acelera,
no quiero despertar,
el aire empieza a descender,
el aterrizaje ha sido forzado.
Ignoro cuan cerca estoy a veces
de perderme.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Adictos al dolor


Muchas veces el sentimentalismo oculta una faceta a la que pretendemos oponernos precisamente por buscar el afecto o alguna de sus formas derivadas: somos adictos al dolor, necesitamos del sufrimiento como elemento para el balance de nuestras vidas, a veces como una justificación de la alegría, a veces como el reconocimiento pleno y fundamental de nuestra humanidad. Cuando la desgracia nos es esquiva nos empeñamos en inventar cruentos monstruos que nos acompañen para no estar solos, y cuando estamos demasiado inmersos ya en esa sensación considerada como negativa por los lógicos y tecnócratas de la moral, de inmediato volvemos a buscar a la alegría como el placebo para el día siguiente volver a enfrentar la cotidianidad con valor.

Una venda sobre nuestros ojos es la indumentaria que nosotros mismos colocamos en nuestra cabeza, un sueño es lo que intentamos recordar día tras día para no sucumbir ante la atmósfera de la etiqueta y las buenas costumbres que la abuela tanto se empeñó en defender y la iglesia en amparar... mientras escribo estas líneas un terrible vacío me invade, pero en cuanto miro al cielo no puedo evitar llenarme de esperanza otra vez.


a Adriana

sábado, 1 de noviembre de 2008

Tambor


Amor,

rumor,

ardor,

clamor.


Ardor,

babor,

dolor,

color.


Rubor,

sabor,

olor,

cantor.


Rubor,

color,

amor,

ardor.

martes, 28 de octubre de 2008

Encuentros



Acababa de cumplir seis años; lo que recuerdo de aquella década de los ochentas, además de una canción de la agrupación Europe ("The final countdown": es obvio que no sabía Inglés en aquél entonces, y tampoco conocía el nombre de la banda y el de la canción, pero sí la tonada pegajosa), era un paquete de Legos que papá nos compró a mis hermanos y a mí durante la úlitma navidad. Jorch e Israel solían armar robots y naves improvisadas que luego convertían en pistolas para golpearse de manera ritual; yo les miraba casi siempre desde la vereda si era en el parque, o desde la cama si estábamos en la casa.

El jardín de Infantes es un recuerdo borroso: lo único que aún llama mi atención es el papel brillante o de colores que la profesora nos exigía utilizar para hacer bolitas con goma, las que empleábamos para hacer otros dibujos (me parecía algo tonto: el papel era muy bello). Sucedió entonces: un día me quedé dormido en clase. Mi ñaño (que es como les decimos cariñosamente a nuestros hermanos por acá) había pasado a buscarme para llevarme a la casa.

A papá le encantaban las motos: siempre lo recuerdo como un campeón de motocross. Muchos años después supe que sólo en una ocasión gano el primer lugar de una competencia, lo que le valió una refri como premio. Él solía llevarme a su trabajo, y otra cosa que recuerdo ahora que estoy en esto de la nostalgia, eran esas computadoras monocromáticas que sin embargo recuerdo como unas pantallas repletas de letras verdes y brillantes. Nunca pude contemplar las súper computadoras estilo Batman que funcionaban con tarjetas y traían esas cintas que núnca supe pa´que chucha servían. Sólo veo en mi mente las tres motocicletas que el Jorge (el nombre de mi papá) utilizaba durante la semana: una moto blanca que tenía un hueco cubierto con masilla cerca del motor (la moto oficial del papá), una Vespa que el banco le proporcionó para su trabajo de mensajero y otra moto negra que creo, era de mi tío el técnico automotriz, el más próspero de los hermanos Nicolalde.



Papá se fue un día: recuerdo que cada noche me lo imaginaba con unas gafas y bufanda al más puro estilo del Barón Rojo, a bordo de un avión de esos de la Primera Guerra Mundial. Trataba de construir lo más que podía el angar donde guardaba cada noche su nave, luego de pasarse el día entero vigilando que no entren aviones peruanos a nuestro territorio (en esos días no nos llevabamos bien, y cada país necesita de vez en cuando alguien con quien pelearse).



Un día volví a verle: Mis abuelos tienen hasta ahora una tienda de víveres frente a la única calle del pueblo de mis antepasados, y por lo tanto, siempre había que tomar las provisiones de los acreedores. Papá traía una camiseta roja de la Coca-Cola (la referencia se hace necesaria en este caso para aclarar el contexto) y antes de irse había pedido una quesadilla que se la llevó a la boca con mucho agrado.



-!Hola papá! le grité emocionado. Habían pasado algunas semanas desde la última vez que nos vimos. Me mostró una agradable sonrisa, y nada más.



-Papi, ¡qué tal te fue? ¡Qué me trajiste! (los niños de todas las épocas siempre han sido tan interesados... eso de su inocencia es algo que debería debatirse con mayor profundidad), Ojalá sean otros legos!



Papá se había ido; el camión le esperaba. Supuse que había conseguido otro trabajo, aunque admito que también me desilusionó que ya no andara más en la moto. Unos días más tarde, mis hermanos y yo regresamos a Quito.



De vuelta en casa, le pregunté a mamá: ¿Mami, porqué mi papi no me dijo nada en Koyagal, y porqué no está aquí? concluí mojigatamente (en realidad estaba enfadado porque no me había dado ningún regalo).



Mamá respiró, serena.

No era el Jorge; Tu papá se fue al cielo.

viernes, 24 de octubre de 2008

Sole


Entre un sueño y
el insomnio,
entre el recuerdo
y el porvenir,
entre el mar y
el cielo.
Mis pensamientos
y mi corazón
son suyos.

lunes, 6 de octubre de 2008

Tula




Es evidente de donde se sacó el nombre: durante su infancia, como mucho otros chicos, había visto por la tele la peli animada Fievel, donde aparecía una simpática araña llamada Tula. El lío era de donde se sacó la araña, y por qué había decidido esa mascota y no otra.




El último vecino del cuarto de al lado se había casado y la pieza había quedado vacía por algunos meses. El cuarto era húmedo, y estaba bastante despintado. "A menos que lo arreglen nunca alguien se cambiará a ese lugar" pensaba a veces cuando no tenía nada que hacer. Pero me equivoqué.




Un día vi una maleta parchada junto a mi puerta: tenía varias insignias de grupos punk y metal. "Que bakán, otro rocker" me dije, aunque también recordé que el heavy no me resultaba tan agradable como el alternativo. Por unos amigos de la facultad que por pura casualidad lo conocían (ahi me di cuenta definitavamente de lo pequeño que es el mundo) supe que se llamaba Juan Carlos, y que había venido de Ambato para estudiar en la Facultad de Jurisprudencia.




No soy muy sociable, por lo que es evidente que no me hice pana del Juanka como lo llamaban sus conocidos. Pero él tampoco lo era.




Nací en Guaranda (Guaranda queda muy cerca de Ambato) por lo que, en una ocasión y luego del feriado de Carnaval de febrero, coincidimos en el mismo bus de regreso a Quito. El Juanka lucía tremendamente chuchaki, que es la manera que tenemos en Ecuador de llamar a la resaca. Pero más que su cara de pena, algo llamó mucho más mi atención: el frasco que llevaba entre las manos, con una araña tan grande que al principio creí que era alguna tarántula.




-Qué fue loco- me dijo inesperedamente, al sentarse junto a mí.


-Nada, fresco no más- le respondí.




Conversamos un poco sobre música; los Sex Pistols y los Ramones resultaron ser nuestras bandas en común. Porsupuesto, el man olía a rayos: ni siquiera yo, que me había embriagado los tres días con puro pájaro azul, un licor de mi provincia, padecía de ese tufo.




La curiosidad me venció por fin.




-Por qué llevas esa araña?- pregunté.


-Chucha, por que estoy solo- respondío a lo que seguidamente cerró los ojos para dormirse junto a la ventana.




Luego de volver a nuestra metrópoli que no es nada comparada con otras ciudades como Guayaquil, Lima o Santiago, no volvimos a hablarnos durante semanas. Sólo le veía a veces, con unas fundas llenas de pequeñas moscas que el Juanka le llevaba a la Tula de vez en cuando. Con el pasar de las semanas, el Juanka estaba más delgado. Por un momento pensé que tal vez tenía alguna enfermedad grave; la Lucía, una compañera de mi facultad que por casualidad era medio prima hermana de octavo grado, me contó que el Juanka era bastante fumón, y que el poco dinero que le enviaban sus padres desde Ambato se lo gastaba en yerba. No me constaba eso, hasta que un día le vi salir tras una cortina de humo, un día que decidí pedirle un disco de Sex Pistols.




-¿No tienes hambre?- le pregunté.




-No, gracias- respondió.




Me preguntaba que comía el Juanka; era obvio que casi nada, pero al menos debía consumir algo.




Por su parte, Tula llevaba una vida obviamente monótona para el ojo humano, detrás de una pared de cristal, con una ración ocasional de moscas.




Una mañana, al despertar, encontré una araña en mi pared. "Tiene que ser la Tula" pensé.


Se la llevé al Juanka. Estaba más grifo que nunca.


-Gracias loco. Es que pensé que la Tula estaba aburrida y decidí dejar que se pasee por los techos, me respondió.




Por suerte, la casera vivía en España; sólo aparecía una vez al mes un man para cobrar del arriendo.




Un día, encontré la mochila rota y vieja del Juanka junto al basurero. También había un frasco roto. El Juanka había sido desalojado; no sé si por no pagar del arriendo, o porque hacía tiempo que ya no asistía a sus cursos de Derecho.




Una última curiosidad despertó en mi interior, y decidí echar una última mirada al cuarto del Juanka. Lo único que encontré, en medio de todo ese silencio, fue a la Tula, durmiendo un sueño que parecía el más eterno y plácido de todos.




A Carlos Armijos

sábado, 27 de septiembre de 2008

Saudade


La tristeza encuentra mil
maneras de expresarse,
en mil idiomas,
siempre con un mismo
significado profundo.
Saudade,
melancolía,
sadness,
que más da,
que importa la forma
cuando el fondo es
el mismo,
una sensación de querencia,
un atardecer adormecido...

viernes, 12 de septiembre de 2008

Convalecencia


De pronto, un día todos los fantasmas de mi mente se quedaron encerrados en un cajón. Esa noche no pude dormir: algo no andaba bien, era como una imagen persistente que sin embargo, al levantarme, ya no pude recordar.

-Qué agradable es respirar- fue lo primero que se me ocurrió decir esa mañana.

Afuera el sol era insoportable; el médico me había sugerido cuidarme del frío, pero toda esa luminosidad era excesiva. Alguien me dijo en una ocasión que pretendía parecer un tipo todo oscuro; hoy mientras escribo estas líneas eso sólo me causa gracia. Personalmente, creo que la oscuridad o la mente en blanco son más nobles que una mente gris.


Cuando te quedas en cama luego de tres días de fiebre, las horas pueden parecer tortuosas. Durante la primera noche deseaba con fervor escuchar a alguien: las alucinaciones empezaban a surtir efecto. Sentía como si me hubiesen dado una gran paliza. En la tele pasaban las mismas tonteras de siempre.


Durante el segundo día las voces amigas empezaron a hacerse escuchar. Fue agradable: creo que sólo en esos instantes realmente aprecias a quienes ya no están o a quienes crees detestar. Al abrir una de las ventanas, una brisa de verano irregular fue la bocanada más dulce de todas.


Ayer, mucho más repuesto ya, una alucinación más se hizo presente: alguien que crei muerto, me hizo una llamada telefónica...


miércoles, 3 de septiembre de 2008

Ese momento


Un día,
cuando las palabras
ya no tengan sentido.
Cuando hayamos dominado
al silencio,
cuando nuestros pensamientos
dejen de atormentarnos y
sólo nos permitan crear.
Un día,
cuando despierte y
mis fuerzas no flaqueen,
cuando mi voluntad se
haga más grande,
Un día,
cuando deje de soñar
y empiece a construir
los castillos que eran
sólo anhelos.
Un día,
cuando simplemente
me decida pa vivir.
En ese momento...

jueves, 21 de agosto de 2008

Grietas


Luego del atardecer.
cuando las flores se
marchitan,
lejos del fin,
tan cerca del recuerdo,
de un sueño.
Las nubes se tiñen
de gris,
en cada anochecer,
se apagan ya.
Y el viento es,
una excusa para
caminar,
y sentir alrededor,
el aliento que rebasó
los límites
de la cordura,
soledad,
una canción frecuente.
Las grietas sobre la pared,
pequeños agujeros que nos
recuerdan segundos perdidos.
Nos damos cuenta que quienes
nos acompañaban entonces
ya no están.
Mientras intento inútilmente
una canción otras risas
se escuchan en la calle,
otros sueños,
otras ilusiones,
serán el alimento de
nuevas flores,
ojalá que la lluvia
sea dulce nuevamente...

jueves, 14 de agosto de 2008

Despedidas


Ciertamente resulta difícil decir adiós a algunas cosas, en especial cuando llegar a la decisión ha sido un proceso muy lento y complicado. Muchos podrían considerar a esta observación como una querella, quizás una exageración, o como dicen, "buscar los cinco pies al gato" (en el fondo nunca comprendí esa frase, como no comprendo todavía eso de "sentar cabeza" o "madurar", ni que fuera un aguacate).


Muchos suelen presionarte para tomar decisiones, cuando en el fondo ni siquiera ellos saben que hacer consigo mismos... en otras ocasiones en cambio, nadie te escucha o alega demencia ajena (luego insinúan que te encuentras a la defensiva).


Adiós a tantas cosas... sería genial poder escapar ileso de todo, sin un solo rasguño... ¿Será eso posible?

lunes, 4 de agosto de 2008

Un gato en la oscuridad


Llegó una noche de diciembre sin avisar; Andrea decía que desde hace rato escuchaba un ruido similar al de un bebé. En la tele pasaban un episodio interesante de Smallville, y un poco antes ya había comido un chaulafán con cola, por lo que no tenía el menor interés de volver a salir. Unos pasos se escuchaban a cada rato en la terraza; -seguro es algún vecino tuyo- le dije a la Andrea, luego de su insisitencia que ya me estaba molestando.


-Veré que pasa- me dijo con un gesto de enfurecimiento.

"Haz lo que quieras" le respondí.

Los minutos pasaban y la Andrea no volvía a la cama. -Amor, discúlpa- dije en voz alta. Hacía rato que veía la luz de la cocina encendida. Por un momento pensé que para Andrea era un cobarde, más que eso, un perezoso incapaz de levantarse; pero me sentía tan cómodo y tan caliente bajo esa suave cobija, que me era muy difícil dar un paso para salir.



Andrea no regresaba.

Luego del botellón de cola que había bebido, me fui inútil resistir la necesidad de ir al baño, por lo que tuve que levantarme. Fue entonces cuando, al fin escuché ese ruido similar al de un bebé, pero esta vez muy cerca.

De repente me acordé de todas esas historias a lo Mark Twain y el Exodo con bebés en canastas y todo ese rollo. ¿Habrá alguien dejado fuera a un bebé?

-No, Mauro- me dijo ella, como si hubiese leído mis pensamientos. -Es un gato; tenía hambre.

Y de inmediato, me presentó al escuálido animal, quien al verme, salió corriendo asustado.

-¡Qué hiciste Mauro!- Me dijo Andrea. -¡Pobrecito, no ves que llueve full!

Aquella última frase me hizo sentir incómodo. -!Ya, si le quieres más a ese gato quédate con él, me voy a mi casa!- le respondí, en un intento muy televisivo de hacer una escena.

No demoré mucho en salir de la casa de Andrea. En efecto, llovía; podía ver mi aliento como un pequeño humo blanco en la noche. Estaba muy enojado. -!Gato infeliz!- me decía a mi mismo, mientras una señora que andaba muy cerca decía "que es pues, wambra loco".

Al llegar a la estación de buses, una especie de remordimiento empezó a alterarme. La Andrea era algo obstinada, pero la amaba. Y amaba el hecho de que quisiera a los gatos. Yo también tuve una hace mucho tiempo; pero la debilidad de sus cachorritos, que ocasionaba sus fallecimientos tan prematuros, era algo que en mi infancia me había marcado un poco. No, no quiero parecer cursi en esta instancia; pero si me entristecía mucho.

Decidí volver a casa de la Andrea. Entonces, en medio de la calle, apareció el gato.

"Gatito, ven acá" intenté decirle, como si el pequeño felino pudiera entenderme. "Si vienes acá la Andrea nos dejará entrar a los dos", insistí. De repente, el sonido de una puerta.

-Qué quieres- me dijo la encantadora pero enfadada voz de Andrea.

-Yo, este... disculpa, no quiero que estés enojada conmigo, por favor- le dije. -Te quiero... no peleemos esta noche- concluí.

Lo siguiente que recuerdo fue que nos abrazamos, encima de la calle que parecía un brillante espejo por la lluvia.

Mientras escribo estas líneas, acabo de enterarme que Tali, como le bautizó a la gata (que obviamente resultó no ser un gato) ha tenido tres gatitos de todos los colores. Hace casi un año que no he visto a Tali; lo último que recuerdo es que una noche, un poco antes de nuestra ruptura, mientras la Andrea y yo veiamos la tele, Tali me aruñó impúnemente.





jueves, 5 de junio de 2008

El parque


Durante la tarde sentí muchos deseos de visitar La Basílica del Voto Nacional, una imitación del gótico clásico que García Moreno soñó en el siglo XIX para la entonces República consagrada al Sagrado Corazón de Jesús del Ecuador. Nunca pudo verla terminada; tuvo que ser otro presidente "cristiano", León Febres-Cordero quien tuviera que concluirla, más o menos. En realidad La Basilica es un elefante sin varias costillas; aún así, en ese lugar se celebran ritos, eucaristías, bodas y funerales, sin contar que bajo los cimientos de la Iglesia se halla un cementerio cuyos mármoles nos recuerdan el frío de la muerte...


El campanario, cumbre de ese deseo, es de lo más espectacular. Desde allí se puede mirar casi todo el Centro Histórico de Quito, una ciudad repleta de iglesias, de fe y de muchas incertidumbres. Desde aquél sitio, por lo general más lleno de turistas extranjeros que de nacionales, a veces se ignoran los sueños de las personas que desde aquella cima (una invitación abierta para los suicidas) se ven diminutas.


Hace 20 años nuestra familia vivía cerca de aquella catedral. El recuerdo que más me visita es el del reloj, que cuando niño me parecía más gigante que la Luna. En la actualidad ya no me parece la gran cosa, aunque, debo admitir que las luces de colores que la visten por la noche, son simplemente espectaculares. Como decía, viviamos allí cerca, en la calle García Moreno, frente al parque que hace algunos años decidí visitar como una excusa para no ir al cementerio a recordar a mi padre y mas bien acercarme a su recuerdo en ese sitio, un poco menos sombrío. Como les decía, hace diez años regresé al parque, en una noche de seudoinvierno ecuatorial, mientras unas diminutas gotas de lluvia parecían tomar color junto a las luces de un poste. Por aquellos días, mientras cursaba el sexto curso del colegio, soñaba con tocar en una banda de goth rock, aparecer en el Rockumental de MTV y jactarme de ser famoso. Por aquellos días la nostalgia me recordó también que cuando más chico, a mediados de los ochentas, deseaba ser un pintor o algo así; ignoraba palabras como comics, pero ya soñaba con ser autor de ellos. Teníamos una perrita, Pitufina, a quien una tarde, junto con mis hermanos, lanzamos por la antigua resbaladera de cemento que es, hasta hoy, el símbolo de la eterna inocencia de aquél parque, y el recuerdo de que la niñez, quizás por exigencias del sistema o por ingenuidad, se renueva constantemente.

Cerca del parque a veces los chicos se sientan a beber alguna cerveza o vino de cartón. Las chicas también se hacen presentes, se hicieron presentes y seguirán haciéndose presentes, porque así como la niñez, la adolescencia también se renueva.


La tele ha sido, durante las últimas décadas, algo así como un símil de Dios; en un altar dentro de la iglesia, en un altar dentro de la casa. Las telenovelas, ingrediente casi esencial de la cultura latinoamericana, no tardaron demasiado en inquietarme, a pesar de mi corta edad, especialmente por las escenas de besos, que inocentemente creemos primero que se los podemos dar a cualquiera, y sólo cuando nos acercamos a la adolescencia empezamos a sentirlos prohibidos. Así, cuando mamá trataba de explicarnos que esos gestos afectivos no podían ser correspondidos por cierta razón oscura, sin saberlo, nos iniciábamos en el entrenamiento para el rechazo, para la victoria futura, para encontrar a ese alguien especial. Diez años despues, diez años atrás desde hoy, ese alguien especial ha vagado como un fantasma en distintas formas: con una falda a cuadros, con un blue jean, con flores sobre la cabeza, con mil cosas dentro de la cabeza.


Hace veinte años un pintor; hace diez, un artista. En el presente, un poeta. Los sueños no paran. La búsqueda, de algún modo, tampoco. La vida no parece tener importancia sin un sueño dentro, al igual que una ciudad, sin un parque donde soñar; con la noche de verano, con la nieve de invierno. Toda la vida no he hecho más que soñar.
A Jorge

jueves, 22 de mayo de 2008

Garúa


El día empieza con un despertar de mala gana; tomo una taza de café frío con pan... afuera los buses se pelean por la gente y las monedas en medio de ese verde grisáceo aliento artificial; -este día no se saldrán con la suya, iré a pie- me repito por un segundo en que me siento superior a la máquina, a ese esperpento que cada día se apodera de la ciudad pero que un día será anaranjado casi hecho polvo.

El sol se encuentra tímido, esa mañana no tiene las agallas de otros días cuando me hace poner colorado... las nubes parecen pinceladas delicadas de algodón, como una gigante almohada deshilada. Los titulares de los periódicos han reemplazado a los voceadores; entre bostezos, ya no parecen pelear por monedas. Un cigarrillo tan desprestigiado por la publicidad, mientras otros celebran a ese líquido vital contaminado de alcohol, me atrae como imán: su pequeño efecto de mareo me hace volar por unos instantes.

La cuesta para llegar a mi facultad es la mejor prueba para quienes pretenden ilusamente llegar a ser atletas; unas gotas de sudor empiezan a menospreciar mi soledad. Más arriba, en las laderas de la cordillera, los restos de un magnífico bosque aguardan sagrados. Uno que otro conocido pasa por ahí, diciendo un "Qué dice", o un "Que fue" u otro "Qué más". Les respondo. Quisiera decirles "Qué te importa", "Qué chucha", "No hay nada".

La puerta del edificio está sucia, y llena de cinta adhesiva de viejos anuncios culturales o académicos. Una cartelera de dibujos abandonada ahora promociona un baile; junto a ella un desconocido le habla a un conocido suyo por teléfono. No he mirado al reloj. Un profesor sube con una carpeta entre sus brazos, como abrazando a un bebé. Un tipo lleva una filmadora en una mano y un trípode sobre sus hombros. Es lo único inspirador hasta ese momento, salvo el sagrado bosque. Intento subir las gradas con apuro. Es inútil. La puerta de mi curso está cerrada.

Afuera no hay nadie sobre las bancas del patio; hace frío y todos han preferido entrar al edificio. Sentado, todavía puedo mirar ese templo verde bajo la montaña, con un gran algodón de azúcar enredado por encima. Unas pequeñas gotas de lluvia vuelven a causar sarampión sobre la baldosa; me pregunto en ese instante si sería capaz de ir al bosque, a dar una vuelta.

He decidido levantarme.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Reencuentro



Los años habían transcurrido casi mudos; el mundo cambiaba, pero yo no. Los árboles del parque parecían estar iguales, y aunque la radio transmitía canciones que ahora me resultaban indigeribles, todo parecía estático.

Volví a verla un día, en el asiento de uno de esos buses donde el tiempo parece no ejercer algún influjo. Todavía escucho esos vallenatos que tanto gustaban y gustan a las chicas; aún resuena la voz de Leo Dan para los más bohemios. Ella guardaba todavía la misma mirada perdida que un día me permitió encontrarme: su cabello parecía más oscuro, pero pude reconocerlo. Su boca todavía era como una fresa: se veía hermosa.

A veces uno se imagina esos reencuentros que de tanto Hollywood en la cara y por las orejas llegas a interiorizar como condición necesaria de toda relación interpersonal: el mundo en cámara lenta, la canción de fondo, las miradas, el abrazo, la eternidad del instante... pero no. En aquella ocasión, nada de eso pudo causarme efecto. No me atreví a saludarla. Porsupuesto, me temí una escena de susto, de irreconocimiento. Luego, claro, la reflexión y la catársis. No era ella. Mi mente había recordado por un instante a un ser del pasado y encontró en otro ser parecido al ser en cuestión.

Una tarde, hace varios años, mientras estaba conciente y escuchaba una canción de moda, la vi por última vez: nos encontrábamos muy distantes, y fue imposible hablarnos.

martes, 15 de abril de 2008

Exilio



He salido de mi cuerpo,
mi mente flota aún sobre
las copas de los árboles;
en el camino he visto el mar,
que tantas veces fue esquivo.
He conversado con los pájaros
sobre la quimera de volar,
y he olvidado algunas cosas
que ocurrieron debajo.
En una montaña sentí
el calor del volcán,
y sobre una biblioteca he
arrojado un viejo libro.
Hace mucho tiempo que
me he perdido.
No he vuelto desde
entonces;
no sé si volveré
un día.

jueves, 3 de abril de 2008

Angustia




El aire que respiras,
el mañana que se aleja,
el pasado como una sombra;
tus ideas que luchan,
tus pensamientos que callan.
Angustia,
la sensación de la tarde,
la despedida en cada noche;
el aliento que se marcha,
la agonía que se acerca.
El árbol marchito que
insiste en desterrar sus
hojas,
la abeja errante,
la flor que yace sola
en algún lugar,
el gato que camina sobre
los cadáveres y desvaría
con las almas.
El sueño se desvanece,
en un estado que otros
insisten en llamar
conciencia.

sábado, 23 de febrero de 2008

El tiempo corriendo al revés


Las horas, minutos y segundos transcurridos

de repente han vuelto,

las leyes de la naturaleza fueron

valientemente quebrantadas.

La hoja que cae ahora vuela,

el viento emprende un camino

de regreso,

las manecillas del reloj quedaron

descompuestas.

Vuelvo a mirar los mismos

sueños y las dificultades

anteriores,

he vuelto a enfadarme por

la afrenta del pasado

y he vuelto a sonreír con

el cariño de ayer.

Nada de esto tiene sentido;

vivir en un minuto y
morir en un segundo.
morir en una hora
y renacer después.
¿En dónde escribirá el
fantasma su obra maestra?

viernes, 22 de febrero de 2008

Máscaras


¿Hasta cuando durará esta pesadilla? Qué difícil es vivir sin aparentar algo, para adaptarse a la sociedad. Si hay algo que considero patético de la sociedad quiteña en particular, es ese disfraz de localidad top, de boutique construida al apuro, de paseo comercial lleno de vitrinas pero con poco dinero, de esa chistosa pretensión de reconocer la "raíz" hispánica durante las Fiestas de Diciembre y su Feria Taurina; de ese meloso "reconocimiento" de las minorías al pretender reinvindicar mediante otra no menos patética imitación del Caribe a las comunidades afro-ecuatorianas y de ese folcklorismo de lo indígena, como si se tratara de animales exóticos conservados para evitar la extinción.


Qué enfermizo es todo, y que penoso el formar parte de aquél círculo vicioso en donde otros se disfrazan bajo tendencias ideológicas y otros aún esperan que el Papa bendiga alguna vez sus casas...


Por ahora prefiero la soledad...

miércoles, 20 de febrero de 2008

Vasos de papel




La fragilidad se vio reflejada


en un insignificante café;


el aliento se confunde con


el humo,


vapor por todos lados.


La soledad es el tercer


ingrediente;


el último tal vez.


Vulnerable es ahora


el peregrino que


ha llegado,


sus ojos padecen


el pterigio de


los años.


Su mochila,


su pesada carga a


un costado;


todo,


todo lo ha dejado


por un vaso de papel.


El arco iris desde su


ventana se halla oculto;


en su horizonte aguarda


la niebla también.


No,


ya no es un insignificante


café.


Ahora es como el calor


y como el amigo fiel.

martes, 19 de febrero de 2008

Amnesia

Si por un sólo y mágico instante
pudiera olvidarlo todo:
olvidar lo que no valió la pena,
lo intrascendente;
si tan solo al cerrar los
ojos ocurriera...
si todos esos momentos embarazos
pudiesen borrarse de mi memoria:
su pudiera contener el aliento
y no recordar a nadie...
si tan solo te apartaras de
mi memoria.

lunes, 18 de febrero de 2008

Dos extraños nuevamente


Nuestro aliento ya no es el
mismo,
el contacto de nuestra piel
ya no es un privilegio.
nuestro abrazo se ha
desvanecido,
somos dos extraños de
nuevo.
dos extraños,
como el agua y
el aceite,
como marte y neptuno,
dos extraños,
como el desierto y
la sabana,
como la vida
y la muerte,
nuestro grito ya no
se escucha del otro lado,
y nuestro abrazo ya no
es una pequeña fogata.
no concibo el sueño ahora;
sólo recuerdo que estás lejos.
dos extraños solamente,
como esos extraños que
coinciden en una estación
de buses.
dos extraños,
como el ladrillo y el
agujero que dejó el ladrillo
en el muro,
dos extraños,
como dos hojas de dos
bosques diferentes que arrastró
el viento.
dos extraños,
como dos lejanas canciones.
dos extraños,
como el sol y como
la luna,
como el invierno
y la primavera.

sábado, 16 de febrero de 2008

Invierno en el aire


La piel sintió nostalgia del calor;
las flores cesaron en su intento por alcanzar
al sol.
¿Quién recogerá todas las hojas que
cayeron?
En una hoguera los corazones ardientes
se han reunido para charlar.
Nadie sabe hasta cuando se mantendrá
el fuego;
no muy lejos un cuervo
se disputa un aliento de vida
con un zorro.
¿A dónde nos guiará el viento?
el gris del firmamento me recuerda
todas las páginas por escribir
y aquellas que la hoguera se llevó...
el camino al fin se hace cada
vez más largo...
otra vez divagaremos perdidos
dentro del bosque.

viernes, 15 de febrero de 2008

Redescubrimiento


Siempre estoy aquí.

Pasos al vacio


La tarde se aproxima divagando

conmigo.

En mi mente los sueños se perdieron;

hace mucho que no los encuentro.

Soy como un envase vacío que alguien

arrojó en la calle;

soy esa gota de lluvia que

el inmediato sol evaporó.

El tedio es un compañero que confunde

la fidelidad con la tortura;

por la mañana decidí confundirlo

disfrazando mi rastro.

Camino sin cesar,

los puentes se hallan cada vez más

lejos y ya no quiero cruzar,

sino lanzarme;

la tarde se aproxima divagando
conmigo.

He disfrazado mi rastro para confundir

al tedio.

martes, 12 de febrero de 2008

Unos se marchan y otros se quedan


Me siento como una estatua; o simplemente, como alguien que va en dirección contraria de los demás. A veces me siento triste o, simplemente, estoy resignado; muchos se van mientras otros se quedan.

domingo, 10 de febrero de 2008

Cada mañana


Cada palabra se se esfuma dentro de un sueño,

junto a cada promesa se levanta

iniciando otra mañana.

Cada segundo alguien se despide

ignorando que hay detrás,

si habrá otro momento,

cada vez que cierro los ojos

intento recordar la cantidad de

estrellas en el cielo,

similar a cada mirada que he visto pasar.

Cada día me despierto mientras

otros ojos han empezado a sollozar.

sábado, 9 de febrero de 2008

Lovesong


Hay muchas canciones que seguramente fueron escritas por la inspiración misma; muchas otras simplemente no representan nada. Bien, es una cuestión de tipo más bien personal; no todos percibimos de la misma manera; de este modo, no será lo mismo "Orion" de Metállica para mi vecina que "La vecinita tiene antojo" para mi. Parece que la teoría de la relatividad, al menos en su representación más ingenua, se podría aplicar acá.



Hay un tema que no sé si lo cantaban los Jackson Five, o los New Kids; la he escuchado en una radio local de Quito hace algún tiempo, y me recordó la infancia ochentera. He buscado en YouTube y Google, pero no la capto todavía. El punto es que, es una canción bastante tierna, como aquella de la Olivia Newton John (no la de Grease, sino otra cuyo título es "Have you ever...".



La canción más hermosa del mundo no sé si exista. La más horrible tampoco. Pero el reguetón hace méritos.