viernes, 21 de junio de 2019

Sol de Chernobyl

Cada solsticio nos recuerda
bajo la ardiente farola del universo
el cálido aliento de la muerte
Cada pájaro,
cada hoja de árbol desvaneciéndose
cada cerveza que se evapora en tu insípida existencia.
Has de correr,
pero no hallar salida;
solo fingir que el mundo acaba cada noche,
y mañana a la misma rutina.
Sentirte a gusto con las migajas que te da el mundo,
con encajar en algún rompecabezas,
con no morir en la miseria.
Con gritar aunque a nadie le importe tu intrascendente historia,
en una ciudad de los Andes.
Desbarata un muro,
quiebra unas cuántas cabezas;
juega a la revolución,
mientras llega el ocaso del sol.
Esta noche caerá un nuevo imperio en tu cabeza,
quizás mañana otro similar;
no te conformes tan solo con la luz a través del cristal.

La chica nacional

Don Manuel llegó a Quito hace como veintiocho años; oriundo de Rocafuerte, en Manabí, soñó por un tiempo con hacerse piloto de autos, pero una vez puestos los pies sobre la tierra, de pronto se vio trabajando en una cevichería de la capital, primero como mesero y luego como ayudante de cocina. Bastante más decidido que sentimentalista o nostálgico, cuatro años más tarde renunció a su trabajo y con un carrito empezó a vender encebollado como ambulante, unas veces en El Recreo, cerca de dónde vivía, otras, a las afueras del Hospital del Seguro, en ocasiones afuera del coliseo Rumiñahui cada vez que había un concierto, y otras, desafiando incluso a los policías municipales, junto a la plaza de Toros, cada vez que había corridas.

Con el tiempo y tras varias privaciones logró abrir un local de encebollados y ceviche, a unas cuadras del hospital del Seguro, dónde al parecer le había ido mejor. Primero trabajó como cocinero, mesero, cajero y posillero; luego, contrató a un par de muchachos oriundos también de Manabí que le ayudaron, y después a otra chica, Mariela, que con el tiempo se convertiría en la madre de sus dos hijos, que le resultaron hinchas de la Liga. El negocio continuó de maravilla, y tiempo después pasó a tener una decena de empleados, entre los que aparecería Julia, de apenas dieciocho años, no muy agraciada para doña Mariela quién en secreto temía que Don Manuel se enamore de alguna de sus empleadas, pero con una niña de dos años, que tendría que quedarse en casa con la abuela.

Bastante torpe al principio, Julia fue de aquellos marineros que tuvieron que aprender a navegar en medio de la tempestad, de la tempestad del restaurante de mariscos, que abría desde las siete de la mañana con desayunos costeños, encebollados para el chuchaqui y debía proseguir hasta las cinco de la tarde, cuando el último ceviche o arroz con camarones se hubiese terminado. Don Manuel y Doña Mariela le tomaron cariño a Julia, quien pese a sus notorios rasgos indígenas se había vuelto más mona que el resto de sus compañeros.

Un día llegó al restaurante una pareja de chicos venezolanos, Edwin y Mariangel; llegaron con una hoja de vida mal impresa, que aseguraba que tenían estudios universitarios pero que estaban dispuestos a trabajar en lo que sea. Por esos mismos días, dos de los meseros, que paradójicamente se habían enamorado en la cevichería, justo igual que Don Manuel y Doña Mariela, anunciaron que se irían a vivir a Santo Domingo, donde podrían un restaurante con otros parientes. Edwin y Mariangel eran muy hábiles; a diferencia de Julia, no tardaron en adaptarse a la rutina del salón. Los detalles de la manera en que fueron contratados nunca le fueron revelados a Julia, ni debían ser de su interés.
Después del terremoto de 2016, otra mesera, quién era de Jama, decidió renunciar también, para acompañar a su madre, con la promesa de poder volver en cuanto su situación esté más resuelta. Mariangel había recomendado a Don Manuel a una prima suya, quién estaría por arribar al país en unos pocos días. Durante ese lapso, Julia tuvo que doblar turnos y trabajar más fines de semana seguidos. Érika, la prima de Mariangel, relevaría definitivamente a la mesera de Jama, de quien aparantemente no se volvió a saber nada.

Maykel, quien era el menor de los meseros, anunció que se iría también, en vista de que al fin había obtenido un cupo para estudiar acuacultura en la Escuela Politécnica del Litoral en Guayaquil. No pasó ni un solo día cuando Isabel, natural de Táchira, lo reemplazaría. Alguna vez se le ocurrió a Julia preguntar a Doña Mariela por qué ese empeño en contratar ya solo a extranjeros. «Es que ellos trabajan más, al ecuatoriano no le gusta trabajar», sostuvo la jefa, Doña Mariela, quién llegó a la cevichería un día precisamente buscando trabajo.

Unos meses después, Julia escucharía sin querer una discusión: eran Edwin y Mariangel reclamando a Don Manuel, por negarse a subirles el sueldo. Julia supuso que quizás los trescientos sesenta dólares empezaban a ser insuficientes, después de todo, en un país dolarizado la vida es algo cara. Sin embargo, su sorpresa sería tremenda al enterarse de que a ambos se les pagaba en total seicientos dólares.

La hija de Julia, Cristina, tiene ya ocho años; Edwin y Mariangel tienen también una hija, Melanie, de 6. En una fiesta que Don Manuel organizó para el cumpleaños de su hija mayor, Cecilia, jugaron la tarde entera. Algo happy, y sin saber por qué de pronto le importaban esas cosas, Julia se atrevió a preguntar por qué a Edwin y Mariangel se les pagaba trescientos a cada uno, y no trescientos sesenta como a ella. Don Manuel no respondió.

Al lunes siguiente, a Julia se le redoblaron los turnos de trabajo. Para entonces, Julia suponía ya que los extranjeros son mejores trabajadores, precisamente por que se les ofrece menos paga a cambio de más horas de trabajo y de menos documentos personales. Julia, en secreto, ya estaba enviando hojas de vida a otros sitios; sin embargo, en cada uno de ellos la respuesta era un «no gracias» o simplemente nada. Un día, Edwin y Mariangel desaparecieron del restaurante; en su lugar estaban otras dos chicas venezolanas, Carlota y María Eugenia.

a Vale Gangotena

martes, 11 de junio de 2019

Vivi

Nos conocimos en un concierto de la banda sueca Hammerfall; curiosamente es de las pocas ocasiones en que recuerdo el atuendo que llevaba puesto ese día: una camiseta gris jaspeada, sobre un buzo negro, el cabello recogido en una cola y un pantalón militar. Fue agradable verla; ningún amigo había ido conmigo a ese show, y se me había acercado. Hablamos fundamentalmente sobre música; me dijo que estudiaba en el colegio 24 de Mayo, en tanto que yo hacía dos años que me había graduado. Intercambiamos nuestros números de celular, sin entusiasmo alguno; ese día estaba allí solo por la banda y pasar un buen rato.
Unos días más tarde quedamos en vernos, precisamente en el mismo sitio donde nos habíamos conocido: el Ágora de la Casa de la Cultura. Caminamos en sus alrededores; no bebimos siquiera un café, solo charlamos. Entonces me contó que le agradaba el black metal, y me contó con entusiasmo sobre un festival que se celebraba cada año en Noruega. Su expresión se llenaba de entusiasmo al hablarme de Bathory; unos años después me enteré de la muerte de su vocalista, Quorthon; también mencionó que practicaba judo y que le gustaba nadar.
No recuerdo si fui yo quien la besó, o si me dejé llevar; la oscuridad y sus pinceladas de smog fueron nuestros únicos testigos. Me encantaban sus pelos zambos, entre sucos y castaños. Unos días después, en que quise volver a buscarla, la oscuridad terminó de envolvernos y no volvimos a coincidir más, hasta la ocasión en que la encontré cerca del teatro Malayerba de El Belén. Se había encontrado con otro tipo. Nunca nos hicimos novios o nada parecido. Supuse que por ese lado no había lío. Pero con el tiempo algo empezó a no hacerme sentir muy bien. Días después, le escribí por el latinmail. Le dije que me había parecido algo importante. "No lo sabía" me respondió. Tiempo después volví a verla, esta vez por la iglesia de El Sagrario: estaba con quien asumí era ya su esposo, en el bautizo católico de su hija. Tiempo después, no sé por qué, al volver a coincidir, le pregunté si gustaba aún del black metal. Me dijo que ya no lo escuchaba.
En un libro de caricaturas, todavía guardo una foto que nos hicimos juntos, un 31 de diciembre en la Concha Acústica. Para entonces ya no éramos nada.

jueves, 6 de junio de 2019

El predicador

Solía verlo cada domingo en la Plaza Grande, junto a la Catedral del Gallo; a veces un par de curiosos le prestaban atención. Llevaba un altavoz y una biblia; anunciaba el fin del mundo desde que yo aguardaba por terminar el colegio, ingresar a la universidad e irme del país. Con los años se le sumaron otros predicadores, menos exitosos, así como vendedores de chicles, audífonos, cables de celular y otras chucherías. También se le sumaron otros ancianos, fanáticos de Rafael Correa que lo vieron alguna vez desde el balcón de Carondelet y ahora vociferaban «Judas» a su sucesor, personas que reclamaban por sus desaparecidos e incluso una mujer, que aseguraba ser la heredera de la familia más archimultimillonaria de Quito.

Un día, por una morbosa curiosidad, decidí perseguir al predicador luego de su quizás infructuosa jornada por salvar almas del infierno. Bajó por la Venezuela tres cuadras hasta la Plaza 24 de Mayo. Creí que iría con alguna prostituta, pero se metió en una casa amarilla. De pronto sentí un tremendo escalofrío. Mientras miraba a una prostituta de aspecto bastante mayor, discutiendo con quien al parecer era su proxeneta, se me bajó la presión; entonces unas luces blancas como de ovnis se apoderaron del paisaje, seguidas de un sacudón oscuro que de repente, me hicieron creer que recién me levantaba de la cama y que todo había sido un sueño.

Entre el negro lienzo de mi cabeza escuché una tosca voz femenina; era la mujer hace de un momento, preguntándome si estaba bien. Un poco asustado, me reincorporé de inmediato para emprender la huida, pero en seguida noté que tenía sangre cerca de la oreja.

—Joven, parece que se rompió la cabeza. Venga le llevo a que por lo menos le pongan alcohol.

Tanta cortesía me parecía sospechosa.

—Gracias, no importa, ya me consigo algo en la farmacia —respondí, mientras me preparaba a correr otra vez. Sin embargo, sentía el cuerpo amortiguado y me costaba permanecer de pie.

Retraído y todo, logré volver a la Plaza Grande; las personas, que hace rato parecían no darme importancia, empezaron de pronto a mirarme con cierto escozor. Supuse que la gente se hacía demasiado lío por apenas unas gotas de sangre; sin embargo, otro repentino dolor de cabeza volvió a pincharme en lo más profundo, como si intentara sustraer por la fuerza mi masa encefálica. Sentí mucho miedo entonces. Empecé a creer que quizás eso del fin del mundo pudiera ser cierto. Decidí sentarme por un momento en una de las bancas del parque.

Mi esposa estaba en su trabajo y no quise interrumpirla; hace pocos días volvió a laborar, y no creí que a sus nuevos jefes les hiciera gracia que pidiera permiso tan pronto. Mis padres y hermanos viven en otra ciudad, y no creí que pudieran teletransportarse hasta la Plaza Grande. En cuanto intenté llamar al 911, descubrí que mi celular estaba sin batería. Esperé entonces a ver si al menos me pasaba el hormigueo en brazos y piernas para volver a andar.

Entonces pasó lo inesperado. El predicador había vuelto. Se acercó hacia mí. Me preguntó que había ocurrido; enseguida, llamó a una persona cuyo nombre no recuerdo, que a su vez llamó a un policía metropolitano, quien se quedó conmigo hasta que llegó una enfermera con alcohol y gasas. Después me subieron en una patrulla y condujeron hasta el centro de salud del Centro Histórico.

Durante varias semanas tuve miedo de regresar por Carondelet. De repente, cierta superstición se apoderó de mí y me hizo creer que todo eso me había ocurrido por descreer de quienes creen. En casa, mi esposa llegó incluso a suponer que el día aquel había ido a buscar prostitutas. Cada vez que volvía a contarle al detalle lo sucedido ese día, ella se convencía más de que le estaba mintiendo, y que seguramente fui asaltado por buscar lo que no se me había perdido.

Meses después, un trámite en el Municipio me obligó a regresar a la Plaza Grande y volví a ver al predicador. Por un instante me sentí en la obligación de acercarme a él y darle las gracias por haber pedido ayuda para mí. Sin embargo, la suspicacia y cierta vergüenza me impidieron hacerlo. Entonces, se me ocurrió lo que consideré la mejor idea posible: regalarle una biblia nueva, pues noté que la que traía estaba vieja y desgastada. Una hora más tarde, me acerqué finalmente a él.

—Gracias, de no ser por usted, no sé que hubiese pasado conmigo ese día.
—¿Quién es usted?
—Soy yo, el de la cabeza rota de la otra vez, ¿no se acuerda?
—¡IMPÍOS, IMPÍOS, YO ME ASEGURARÉ DE QUE ARDAN EN EL INFIERNO JUNTO A LA TENTACIÓN Y A LA CONCUPISCENCIA! —recitó de inmediato, marchándose sin siquiera darme tiempo de ofrecerle la biblia nueva que había comprado para él.

Pensé entonces que se trataba de un loco más, de esos que abundan en el Centro de Quito: almas perdidas en una ciudad que siempre aparentó ser franciscana, pero que siempre vivió los deleites del pecado del mismo modo que saboreaba las golosinas. Curado por fin del golpe en la cabeza y atenuada la cicatriz, por un tiempo intenté encontrar en aquella flamante biblia la cita que el predicador pronunció al verme otra vez. Nunca encontré el pasaje , por lo que deduje que serían frases inventadas para llamar la atención. Después de todo seguro era un loco o un actor, que ejercía una rutina diaria a cambio de unas monedas para comer.

La biblia finalmente terminó por causarme de nuevo una extraña sensación de malestar, que no pude evitar relacionar con el día en que me partí la cabeza en la 24 de Mayo, y a diferencia del Juan Dahlmann de Borges que se atrevió a releer el ejemplar de Las Mil y Una Noches, decidí quemar mi nuevo y antiguo Testamento para que ningún rastro de ellos, nunca más, me recordara ese día en que pude haberme desangrado frente a las narizotas del Presidente de la República en la Plaza Grande.

Al día siguiente, un domingo, resuelto a seguir con mi vida y simular que nada había pasado, agarré la bicicleta y me dirigí hacia el centro. En la calle Venezuela, donde se forma una pendiente, olvidé apretar bien los frenos y en cierta parte perdí el equilibrio y caí. Volví a sentir temor de quedar inconsciente otra vez, pero a pesar del raspón en la pierna, me sentía lúcido. «No hay nada que temer, todo está bien» pensé. Entonces, volví a ver al predicador, con la cara llena de hollín y una biblia quemada entre sus manos.