martes, 30 de junio de 2015

Luka

En mi familia siempre me hicieron creer que era todo un artista. Decían que era capaz de dibujar cualquier cosa que me propusiera. Mi tío Edgar, que ahora vive en España, me dijo una vez que imité a la perfección a Piqué, la mascota del Mundial de México 86. Incluso hace poco, mi tío Germán, mecánico de profesión, me dijo que dibujaba cada tornillo de cada perno de un motor. Pamplinas. Todos esos mitos se vinieron abajo cuando le conocí al Luka, un tipo que aparentaba menos edad de la que tenía, y que llegó a mi curso el primer día de clases del año lectivo 95-96 del Colegio Montúfar. Mis amigos Sebastián y David, solíamos reírnos al escucharle cantar: el tipo parecía vivir en un karaoke o algo así. "Seguro son unos patasucias", nos dijo una vez con arrogancia.
Pese a ello, el Luka me cayó bien; y aunque se las daba de melómano precoz, incapaz de prestarnos sus cassettes originales de Angeles del Infierno, un día, luego de gran insistencia, accedió a prestármelo por fin. No sin antes, claro, destrozar el mito de que era el mejor dibujante de Quito y del país, en alguna ocasión que quedamos intercambiar nuestros dibujos. Al volver a casa, luego de rebuscar entre los cuadernos de borrador, recopilé dos páginas de garabatos. Luka Stronzy, quien se autobautizó así tiempo después, trajo dos cuadernos completos con gráficas envidiables de Los Caballeros del Zodiaco.
Además de aspirante a músico, el Luka solía coleccionar cosas; guardaba los tazos de las papas fritas, varios álbumes de cromos y un montón de cassettes copiados, que el mismo se daba el trabajo de decorar con sus respectivos logotipos. Al igual que yo, era malo en matemáticas y ciencias: un día, se tomó la molestia de copiar todo un libro de Química en su banca. El profe no sólo lo felicitó por tamaña hazaña, sino que le puso un tremendo cero. Con el Sebas y el David, además, fuimos los pioneros del Messenger, que llamábamos Diálogo. En una ocasión, hicimos todo un debate por escrito de un compañero que detestábamos, de apellido Villota, del cuál, se quedó casi para siempre la broma de decir, mientras andábamos en la escalera china o los cabos en Educación Física, baila Villota, baila. Cuando el profe de cívica nos cachó, un mediocre ex-soldado del ejército que nos robaba los sueltos cada vez que nos tomaba un prueba, envió nuestra tertulia al inspector general, lo que provocó que nos cambiaran de puestos.
Durante cierta navidad, en que andaba bobazo por una man llamada Elizabeth, el Luka y yo nos aventuramos en los cuasi prohibidos terrenos de la 24 de Mayo para visitar el lugar más asqueroso donde vendían cassettes de rock: el Punk + Metal. Un día, vi un compilado donde estaban bandas como Muro, Obús... y ese otro (no conocía bien a las otras bandas). Al volver, por accidente, arrojé un puesto de maní y habas fritas. Con nuestros elegantes ternos del colegio, decidí que debía tomar la situación con calma. El Luka estaba nervioso. Minutos después, un manotazo de una señora que quiso cobrarme de los confites regados por la calle, me hizo ver estrellas.
Entusiasmados por las letras de Angeles, Barón Rojo y Obús, decidimos un día que conformaríamos la banda Bromo. En aquel entonces, todavía creía que una banda podía grabar una canción de death, una de heavy, una balada y una de punk en un mismo disco, con una de black como bonus track. El Luka no sólo me explicó que eso no era factible -debido a que cada banda destacaba por un estilo-, sino que Bromo debía ser la banda más del putas de Quito y del planeta. Desde luego, también buscamos inspiración en bandas locales como Mortal Decision, Enemigo Público o Total Death. El primer concierto al que acudimos fue el Conchazo de 1997. En 1998 vimos a Basca por primera vez en Amaguaña. Mucho tiempo después, finalmente pudimos ver a Juan Gallardo y los Angeles del Infierno, en el show que abriría las puertas para que el heavy de calidad finalmente visitara el país. Los años pasaron y nuestra banda se quedó en hojas de papel, garabatos, bocetos de logos y letras inconclusas. El Luka siguió con su sueño y junto a unos panas fundó Inocencia Perdida.Yo, por mi parte, todavía sueño con dibujar algo más que unos garabatos.

viernes, 26 de junio de 2015

Andresground

La primera vez que llegué a su casa, una tarde en que quedó en mostrarme los juegos de su compu, fue como viajar dentro de las páginas de un libro cristiano anti-rockero. Su cuarto, que también era el de su ñaño, estaba tapizado de pósters de Metallica, Slayer, Iron Maiden y Mercyful Fate, entre otros. Sobresalía entre los afiches un viejo cuadro con un ángel pintado que portaba una espada, como un detalle irónico, como una ventana del bien y el mal. Mientras miraba fascinado su colección de discos y cassettes, conversábamos de lo buena que se veía Thalía, en la época de su album Love, y de lo excitante que era mirar a Martha Sánchez en su video "Desesperada". Nadie como él para jugar el Prince of Persia, Golden Axe o World Heroes, que supongo aún disfruta en su emulador. Nadie más fan que él de la WWF. A veces pienso que en el fondo aún cree que eso es real.

Durante los años noventas, entre cursos compartidos, recreos y vacaciones, mantuvimos una amistad que se vio reforzada por el metal. El Andresground jamás me quiso prestar un solo disco; muchos años después intenté robarle el If Then Else de The Gathering, pero un cargo de conciencia me hizo devolvérselo. También mirábamos los videoclips de la colección Beauty in Darkness, de la disquera europea Nuclear Blast. Intentamos además conformar una banda a la que llamamos Strangeland, con el que interpretaríamos black metal y rodaríamos por Europa, en dónde él se encargaría de la voz y teclados, bajo el nombre de «Crimson» (que yo sugerí cambie por Andresground), yo me haría cargo de la guitarra bajo el nombre de «Raving» y otro amigo, David, se ocuparía de la batería bajo el aka «Morbosius».

Aunque no llegamos jamás a tocar en un escenario, que él sí conoce perfectamente, pues también participó del Coro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana durante 14 años, acudimos a varios conciertos, entre ellos Obús de España, al que nos colamos gratis, luego de decir en mi casa que iba por unas láminas a la papelería; en Helloween en cambio no tuvimos la misma suerte: debimos ocultarnos detrás de un carrito de hot dogs de la policía. Fuimos, pagando ahora sí, a mirar a la banda de black metal Inquisition, y también a Angra y Iron Maiden.

En una ocasión, me confesó que durante la infancia, en un confuso incidente durante el recreo, reventó de un pelotazo el ojo a un chico. Para no sentirme inferior, le dije que había sido yo el culpable de la muerte de mi padre, pero que el momento fue tan impactante que me produjo una gran laguna mental. Esa tarde conversamos mucho. No sé si se creyó mi historia, pero me había llamado «sobreviviente».

Como todos, el Andrés también deseó que el amor tocara a su puerta; en broma (y a veces en serio) solía decirle que eso no importaba, que esas cosas llegarían solas, o que cuando seamos famosos con nuestra banda, las chicas y no solo de La Vicentina, sino de todo Quito, el país o incluso de fuera morirían por nosotros. No pasó ni lo uno ni lo otro (bueno, casi): deshicimos la banda, puesto que a su madre le empezó a molestar el ruido que armábamos al punto de echarnos de su casa y ponernos la condición de recibirnos nuevamente, siempre y cuando sea para no interpretar aquella música infernal. El coro también empezó a ocupar gran parte de su tiempo; dejamos de salir a los cosmos y a echarnos unas bielas de vez en cuando.

Una tarde, en que se había presentado Ilegales en la plaza de Toros, el Morbosius, quien había acudido al show con su novia y dos primas suyas, me propuso ir a mi casa para echarnos unos tragos. Eran tres peladas y estábamos solo dos horates, por lo que necesitábamos de un tercero. Fue entonces que llamé al Andresground. Lo pasamos de puta madre, como dicen los españoles; pero fue la última vez que contacté con mi amigo, por mucho tiempo.

«o»

Años más tarde, en que volvimos a coincidir en la universidad, mi amigo Andrés me contó que había hecho una novia durante la última gira del coro de la Casa de la Cultura. Se veía contento; años atrás, antes de armar la banda y antes de aquella tarde de desenfreno luego del concierto de Ilegales, el Andresground había salido con Tatiana, una chica, para qué también, muy simpática y de senos grandes, aunque un poco boba. Con el Morbosius solíamos molestarlos diciendo que la man necesitaba pero en serio de un par de buenos lentes. En todo caso nos sentíamos contentos por él, y también un poco envidiosos. De todos modos su relación no duró por mucho, y fue, me temo, una de las razones por las que nuestro amigo también se alejó por un tiempo.

Pero ahora, los bríos de nuestro cantante parecían renovados, e incluso había decidido conformar un nuevo grupo con otros amigos, que sí sabían de música, y no como nosotros, que solo deseábamos la fama y las chicas. El Morbosius se había ido a Estados Unidos, y aunque Andresground me invitó amablemente a formar parte de su nuevo proyecto musical, desistí. Para entonces me había conseguido también una novia, Adriana, y me había puesto a trabajar en una imprenta.

Un día, le sugerí a mi amigo salir en parejas, para conocer a su misteriosa nueva novia, cuyo nombre era Alexandra. Pero había un problema: ella vivía en Quevedo. «Vesijue, te gustan las monas» le respondí. Supuse que a pesar de la distancia, quizás había historias destinadas a ser felices, y deseé que fuese el caso de mi amigo también. Tiempo después, en que nos reunimos en mi casa para celebrar el cumpleaños de la Adriana, Andresground nos la presentó; Alexandra no era nada parecida a Tatiana; por el contrario, estaba un poco rechoncha y tenía un aspecto bastante rudo, nada que ver con la descripción que nos había hecho de ella. De todos modos, supusimos que debía ser una chica bastante genial, muy conocedora de nuestra onda musical (la Taty era más tropical), y seguramente sería muy interesante para conversar. De pronto nos dimos cuenta de nuestro error; no solo que era igual de tropical que la Taty (después de todo era mona), sino que pese a ello era bastante callada y retraída. 


A nuestros otros panas y a la Adri, la Alexandra no les cayó nada bien; supuse que tal vez esa actitud respondía a la timidez, a estar en otra ciudad, con otro tipo de personas. Traté de darle otra oportunidad en una siguiente ocasión que regresó a Quito para pasar el fin de semana con el Andrés, pero nada que ver: en esa ocasión se animó a hablar, pero cada vez que lo hacía, era para hablar puras huevadas. Si yo me consideraba una persona prejuiciosa, descubrí que siempre puede haber alguien aún más prejuicioso que uno; supuse de todos modos que ella debía tener algo especial para mi amigo, algo que solo él podía ver y sentir, como le sucedió quizás a John Lennon con Yoko Ono. Quizás, dentro de ese aspecto rústico, Alexandra era un volcán apasionado que entraba en erupción solo con y para el Andresground. Supuse entonces que quizás, una vez más, el amor no podía tener explicación ni tenía que ser exactamente lo mismo para todos.

En una ocasión, mientras veía una peli con Adriana, mi celular empezó a sonar con insistencia; al revisar las llamadas, terminada la película, descubrí que era un número desconocido. Pensé que tal vez serían de la tarjeta Chulco Fácil para cobrarme, por lo que decidí no devolver las llamadas; sin embargo, días después volvieron a marcar. Esta vez respondí de inmediato; el tono duró por unos segundos, y luego cerró. Devolví la llamada de inmediato, pero no volvió a contestar. Una semana después, sonó el teléfono de nuevo. Respondí una vez más, sin decir una sola palabra. El teléfono volvió a cerrar. Supuse que alguien me jugaba una broma, pero concluí que no volvería a responder el celular o intentar llamar a ese mismo número. Tiempo después, el celu volvió de nuevo, pero en esta ocasión le pedí a la Adri que conteste por mí. La reacción debió ser tan inesperada, que esta vez el interlocutor respondió. «Es para vos» me dijo la Adri, devolviéndome el teléfono; «Aló, ¿quién habla?» «hola, soy Alexandra» «qué raro, ¿Cómo estás, qué onda?» «es que te llamaba para saber si sabes dónde está el Andrés» «bueno, ¿y por qué no le preguntas a él» «es que no contesta el celular» «Bueno, no sé, quizás estará ensayando con el coro o con su nueva banda, ¿quiéres que por si acaso le diga algo» «No, nada, gracias, chao».

Me preguntaba cómo es que la Alexandra tenía mi número; supuse que el Andresground se lo había pasado, quizás en caso de alguna emergencia, o tal vez por que le habían robado el celular. De todos modos me pareció raro, y decidí ir una noche a su casa para preguntarle en persona. Desafortunadamente, su madre (quién al parecer me echaba de menos) me contó que se había ido a Quevedo para pasar con Alexandra, por lo que el asunto se me hizo todavía más extraño. 

—Seño, disculpe que le moleste, ¿El Andrés sí se encuentra bien? es que su novia llamó a mi celular por la tarde, supuestamente para buscarle. 
—Chuta mijo, no sé, si quieres le llamo aurita, ¿no le habrán robado el teléfono? —empezó a preguntarse, ante lo cual empecé a sentir cargo de conciencia, pues quizás la había intranquilizado innecesariamente.
—¿Aló, buenas tardes, Andresito? ¿Cómo estás mijo? tu amigo el «Reivin» vino a la casa preocupado, me contó qué...
—Seño, porfa seño, no le cuente —le dije casi susurrando.
—No, nada mijo, es que vino tu amiguito para devolverte un disco y no sé qué... bueno mijo, entonces ya nos vemos el lunes, cuidate, chao.
Gracias, seño.
—¿Y por qué no quisiste que le cuente que la novia te ha marcado a ti? ¿Está pasando algo?

No tuve otro remedio que decirle la verdad, que desde hace días Alexandra marcaba con insistencia a mi teléfono. También me vi en la obligación de decirle que tenía novia, por si acaso pensara que planeaba cruzarle la novia al hijo. Me quedé en todo caso preocupado, pues me sentí como un chismoso; a la mamá del Andresground no le gustó para nada.

A la semana siguiente, decidí saludar a mi amigo por facebook; supuse que su madre le habría contado mi historia, y necesitaba saber que había ocurrido. Mi amigo no me contestaba; probé al día siguiente, y tampoco lo hizo. Insistí de nuevo en otro momento, con iguales resultados. Llegué entonces a la conclusión de que Andresground había decidido no ser más mi amigo, por lo que le borré de mi cuenta.

                                                                                «o»


Hace tiempo que terminé con Adriana; le salió una beca para especializarse en oncología en España, y para evitarnos el drama, decidimos cortar. Ahora salgo con Paulina, ingeniera de sistemas que tiene un hijo de 11 años, Jonathan. Durante casi dos años, decidí suspender mi cuenta de facebook; ahora uso Instagram. No volví a saber nada del Andrés, hasta el día en que me lo encontré caminando cerca de la avenida Amazonas.

—Hey, Andresground... ¡hola!
—Ah, hola Raving.

Por unos instantes, pensé tan solo en hacerme el loco y seguir caminando; entonces recordé lo goloso que era mi amigo, y decidí invitarle a un ceviche mixto.

—¿Quiéres que te invite un ceviche? justo cobré hoy y pensaba en comer con mi novia, pero me dijo que no podrá caer conmigo.
—¿Te refieres a la Adriana? ¿Qué es de ella por cierto?
—Oh, no, terminamos hace unos meses, se fue a España por una beca, tú sabes... era poco probable que esta nota funcione a distancia, igual como que ya estábamos aburridos el uno del otro.
—Vaya, qué fresco te lo tomas —respondió sorprendido. —Dale, vamos a comer y me sigues contando.

Ya en la cevichería, descubrí que el dinero no me alcanzaría para dos ceviches mixtos, por lo que solo pedí un encebollado junior para mí. Luego de hablar de películas, teleseries y discos, como para evitar tratar temas personales, se volvió inevitable preguntarnos por lo que había pasado antes de desaparecer de las redes sociales. 

—¿Y qué pasó con tu novia, Alexandra?
—Terminamos.

En el fondo, no pude evitar sentir alivio.

—Oh, cielos... lamento saber eso, Andresground. Bueno como sabes, también terminé con la Adriana. Bah, la vida sigue.

Entonces cambió el semblante de mi pana, qué de su habitual cara pálida pasó a otra enrojecida.

—Es injusto, o sea yo siempre fui bueno con ella, me alejé incluso de la nueva banda que estaba formando e incluso del coro para estar en la casa y conectarnos a conversar...

Sentí entonces que estaba ante una historia sórdida.

—¿Qué? ¿dejaste tu nueva banda y también el coro? ¡pero sí el coro era tu vida! chuta, loco...
—Dejé de ir a a los ensayos, me escapé incluso de la casa para verla en Quevedo, verga, chugcha madre...

De repente, consideré que debía contarle sobre aquellas llamadas de hace dos años... pero consideré que quizás sería echar más leña al fuego.

—Bueno, pues... tranqui, men, ya llegará alguien más.
—Bueno, tal vez... ahora me escribo con otra man llamada Lucía, es de Guayaquil.

«Este man no ha aprendido nada» pensé.

—Oye, no quiero parecer metido, ¿pero no crees que ilusionarte con otra relación a distancia no está bien? ¿pucha, no aprendiste nada de tu experiencia con la Alexandra?

Andresground se quedó callado por unos segundos. Luego, mientras se terminaba el ceviche que lucía mejor que mi encebollado, exclamó:

—Había un man que empezó a llamarla al celular, con insistencia. Al principio me hice el gil, supuse que tal vez sería un exnovio —se tragó las últimas palabras con la cerveza. —Luego de eso, tiempo después, me empezó a joder por que una compañera del grupo, que iba a hacer la voz femenina me escribió una vez poniendo «hola mi vida», justo cuando comíamos en un chifa de Quevedo y había salido al baño.
—Espera —le interrumpí. —Recordé de nuevo lo de las llamadas. Por mucho tiempo había guardado el registro de ese número, cuando se dedicó a marcarme con insistencia; pero por desgracia, me habían choreado ese teléfono y ya no tendría la prueba para indicarle a mi amigo, aunque tampoco haría falta ya, en vista de que habían roto.
—La extraño —acortó mis cavilaciones. —A veces quisiera llamarla de nuevo, pero no me contesta y me bloqueó de todas las redes sociales.
—Demonios, Andrés, ¿cómo extrañas a una persona a quien apenas has visto unas cuantas veces y apenas tenías interacciones por mensajes de texto? ¿no te has puesto a pensar que quizás eso no era normal? ella a lo mejor hasta tenía novio en Quevedo, y vos ni por enterado...
—No digas pendejadas, chucha, no te voy a permitir eso —replicó de manera más airada.
—Andresground, antes de borrarte del facebook, ¡ella empezó a llamar a mi celular supuestamente para buscarte, incluso aquella vez que estuviste en su ciudad con ella! ¿Acaso no te contó tu mamá que incluso fui a verte, pensando que quizás te había pasado algo o te habían robado el celular?
—No, no me contó nada... y tampoco me di cuenta que me borraste del facebook.

Supuse en ese momento que el Andrés vivía en una horrenda burbuja que se empeñaba en llamar amor, y entonces dejé de sentir pena por mi pana, para empezar a cagarme de risa.

—¡Pero por qué te llamó! ¡Y por qué no me contaste nada!
—¡Quise contarte, por eso fui a tu casa a verte!¡le conté incluso a tu mamá! Ahora lo que no entiendo, es por qué ella no te dijo nada...
—¿De qué estás hablando? mi ma no me dijo nada...
—En fin, en todo caso, ¡ya loco, por favor, piénsalo, no es sano que te enganches con una man que vive a kilómetros de tu casa!

El silencio de pronto invadió nuestra mesa, en especial porque nos quedaba la sensación de haber hecho la tremenda foca en aquella cevichería, donde la gente parecía más dispuesta a olvidarse de su vida mientras comía mariscos y escuchaba vallenatos.

—Mejor nos vemos otro día, gracias por el ceviche —se despidió.

La semana siguiente, decidí reabrir mi cuenta de facebook, e invitar de vuelta al Andresground; no esperé que me aceptara, por lo menos no de inmediato. Sin embargo, lo hizo casi enseguida. Al rato, le escribí para saludarle a la vez que le envié el link de un video de Dimmu Borgir. De nuevo, no volvió a responder; supuse que quizás estaba ocupado o algo, por lo que dejé de insistir. Días más tarde volví a compartirle el link de otro videoclip, y nuevamente no respondió. Tampoco la vez siguiente, cuando le mandé otro vínculo sobre la película El Exorcista, que alguna vez me contó le gustaba full. Concluí que la vez anterior, antes de borrarle, al igual que esta, el Andrés era un maleducado que no sabía responder, por lo que nuevamente paré de enviarle cosas, aunque esta vez decidí no borrarle de mi perfil otra vez.

Con los días, el perfil del Andresground, antes plagado de música fuerte y oscura, empezó a llenarse de canciones poco usuales en él. Es decir, sabía que como a todos quizás, le gustaba alguna que otra canción de Hombres G o Alejandro Sanz, pero no de grupos como Onda Vaselina, Daddy Yankee o Las Musas del Vallenato. Pensé que quizás era parte de su fase de negación y superación de la ruptura con Alexandra. Fue entonces que aunque ridículo, me empezó a parecer normal. Sin embargo, lo que no me parecía normal y extraño, era que su madre no le haya contado sobre aquella vez. ¿Pretendería quizás evitarle un dolor al contarle algo así? ¿Pensaría que quizás yo pretendía algo con Alexandra (que no me resultaba para nada atractiva)? En fin, no importaba ya.

Una amiga de mi nueva novia Paulina nos invitó un día a una parrillada en su casa; nos contó que tenían otra amiga llamada Sandra, bastante rockera y bastante guapa, que había terminado con un novio x que tuvo por mucho tiempo, y que deseaba expresamente conocer algún otro amigo. Le contamos sobre el Andresground: que tuvimos una banda, que cantó en el Coro de la Casa de la Cultura, que había estudiado para profesor de literatura y que se encontraba libre también. Le mostramos incluso una foto de él, y Sandra no lo consideró nada feo. Y nos disponíamos a hacerle los planes para quedar con ella en la parrillada, cuando de pronto, luego de muchos años, el Andresground me llamó a la casa.

—Loco, ¡Qué felicidad! ¡Volví con la Alexandra! ¡Mañana mismo me voy a Quevedo! ¡no me importa faltar al trabajo mañana ni al coro, me siento tan feliz! por cierto, ¿qué me querías contar?

Supuse que la posibilidad de conocer a una nueva e interesante chica que vivía en la ciudad, que compartía los mismos intereses que él y que incluso le consideraba simpático, no se comparaba en nada con reencontrarse con el amor, quizás con el amor de la vida, el definitivo, aquel que sin importar la distancia (o que pretendan controlarte por celular) valía mucho más. Al día siguiente, no tuve otra opción que contar a Sandra toda la alocada historia de mi amigo y el por qué de su viaje. Por cierto, Sandra no estaba nada mal.

                                                                                  «o»

Mi historia con Paulina no duró casi nada; me terminó como al mes de aquella parrillada, puesto que me consideraba un tipo bonachón pero un poco infantil. No pude ligarme a Sandra tampoco; unos días después, y pese a que la agregué al facebook, desapareció misteriosamente. Quien en cambio lucía muy feliz era Andresground, aunque ya no posteara videos de black metal en su perfil. Un día volvió a llamar por teléfono a mi casa.

—Voy a casarme, loco...
—Qué bien, Andresground, felicidades (sentía en el estómago como se retorcía mi hipocresía). —¿Y cuándo se casan?
—En tres meses, compadre (no es que pretendiera que fuese su padrino de boda, él solía decir «compadre» a cualquier persona).
—Bueno pues, supongo tendremos que ir pensando en ternos nuevos, pues...
—Bueno es que eso te quería contar, o sea nos casaremos acá por el civil y en Quevedo por la iglesia, y como es una nota familiar, chuta, no te lo tomes a mal pero va a ser un evento más familiar, ¿sí me cachas?

Por un lado, se me hizo un chance al huevo que me llamara a contar que se casaría y anticiparme que no estaría invitado a su ceremonia. Pero por otra, también sentí alivio.

—Bueno pues, al menos te haremos la despedida de soltero —sugerí, más tranquilo.
—No, ni digas eso, si se entera la Alexandra me mata, aparte que no, no me gustan esas cosas, vos me conoces.
—Como digas.

Durante alrededor de un mes, el Andresground no paró de publicar en facebook e instagram las fotos tanto de su boda civil en Quito como de la boda eclesiástica en Quevedo, que por cierto, no fue un evento nada íntimo; se notaba que habían acudido muchas más personas que las invitadas a una fiesta familiar. En todo caso, les escribí un saludo para felicitarlos y desearles mucha suerte en esta nueva etapa de vida.

Dos años más tarde, (y gracias de nuevo a las historias de las redes sociales más que al contacto personal), me enteré que mi amigo se convirtió en taita, y que ahora tendría que convivir un poco menos con sus discos de rock y algo más con los pañales. Le escribí un mensaje por chat interno para desear mucha salud a su hija, y a él, que ahora tendría que modificar varios de sus hábitos. Nuevamente no me contestó. Intenté escribirle de vuelta dos días después, y tampoco lo hizo. Le llamé a su teléfono celular, y no me contestó tampoco. Le escribí al whatssap, y tampoco me respondió. De repente empecé a sentirme una persona desagradable e intensa: supuse que la hija le tendría harto ocupado, por lo que no le marqué más. Hasta que un día, volvió a llamar a mi casa.

—Cómo estás, compadre, a los años.
—Qué tal... supongo debes estar agotado con la enana. Espero estés bien.
—Sí loco, ahí toca ahora acolitar con la enana.
—Sabes, te escribí el otro día y también te llamé, pero supuse estabas ocupado en el trabajo o con tu guagua. Perdón si te interrumpí o algo.
—¿Qué me escribiste al facebook, dices? ¡pero no he visto ningún mensaje tuyo!

Tuve un mal presentimiento entonces. Pero preferí hacerme el loco.

A mis amigos














domingo, 14 de junio de 2015

Lore

Se me apareció por primera vez una tarde nebulosa de 1987: llevaba un par de cachos similares a los de la Chilindrina, quizás más grandes. Igual que yo, el primer día de escuela, llevaba un atuendo distinto del uniforme. Sus ojos eran oscuros, como pepas de guaba.

Su madre, quien a la usanza de los ochentas llevaba sombras en los párpados, que no le lucían tan mal, solía ir a retirarla siempre: estudiábamos en la tarde, y al dejar el aula, nos aguardaba el ocaso. Su padre era un longo horrible y carecabreado que, años más tarde, supe que trabajaba como conserje en la Facultad de Filosofía de la Universidad Central. Sus hermanos estudiaban en una academia militar; a veces también iban a la escuela, con sus pequeños disfraces de asesinos bufones.

Sin responder aún a ningún instinto carnal, decidí, o mi mente decidió por mí, que la Lore era linda. En la navidad de 1988, la profe del grado la eligió como candidata a Estrellita de Navidad de la escuela, al igual que las navidades siguientes. Jamás ganó el certamen, pero cada fin de año, sus pequeñas galas me hacían sentir enamorado de ella. Ese mismo diciembre, su hermano mayor, a quien volví a ver años después en una farra de Año Nuevo en Chillogallo, me dijo que «hay que cuidarse de los besos en la boca, porque pueden traer bichos», como adivinando mis sucias intenciones.

La Lore y yo no éramos los más conversones del grado. Siempre nos tuvimos mutuo recelo, pero pese a ello nuestro compañeros nos molestaban. En cuarto grado, una compañera mayor que nosotros, en una ocasión que debíamos tomar los lápices de colores de la caja comunitaria, nos aguardó el turno para que los tomemos al mismo tiempo. No sé si por todo ello es que me evitaba; fueron muy pocas las cosas que compartimos. Jamás le dije algo como «me gustas», o «creo que me siento atraído por ti» o «haces que mi corazón lata de un modo muy extraño». Obviamente era un niño.

Llegado sexto y al notar que la escuela terminaba, sentí que debía decirle que me gustaba, que fuera mi novia y que me permitiera darle un beso. Con cada día juraba que se lo diría al día siguiente, luego la semana siguiente, luego en Navidad. Alguna vez le vi charlando con mi supuesto mejor amigo, Saúl, a quien años más tarde volví a ver cerca del Hospital Vozandes, para contarme que se acababa de casar y que ahora era miembro del Opus Dei.

No sé si fueron celos, pero no le hablé en mucho tiempo. Durante nuestra última Navidad, la de 1992, no le dije nada. Sin embargo ocurrió algo que ni en sueños imaginé: mi prima Nancy, quien era de Tumbabiro, Imbabura, vino a estudiar el último año a nuestra ciudad, para continuar el colegio. Ella y Lorena se hicieron amigas, y una tarde, sin que yo lo supiera, la Lore entró a mi casa, que solía estar desordenada porque mi tía andaba muy ocupada en su trabajo y porque durante la mañana, a veces los deberes no nos daban tiempo. De haberlo sabido habría limpiado toda la casa. El punto, es que jamás conocí la suya. Y pese a que la Nancy se llevaba con la Lore, o intentó llevarse con ella, jamás me sirvió para hacerme los planes o darme metiendo carpeta.

El 14 de febrero del 93 le compré una tarjeta ridícula con unos muñecos dibujados, en donde le escribí que me gustaba, y que adjunté con una flor que compré en una esquina. Intenté dársela, pero la cobardía me hizo pensar en una alternativa: hacérsela llegar a través de una compañera. Durante el recreo encontré a Silvia, la amiga de la Lore, con mi tarjeta rayoneada.

En primer curso, ya en el colegio Montúfar, y hasta segundo, empecé a ir con unos amigos hasta el Colegio Simón Bolívar supuestamente para conocer amigas. En realidad, lo que quería era volver a ver a Lorena, quien estudiaba allí. Tiempo después, durante un programa de la escuela a la que volví para ver a mi hermano menor, y en donde encontré a otra amiga, Verónica, ella me contó que la mamá de la Lore todavía iba a verla al colegio.

Años más tarde, durante una fiesta en casa de unos primos, la Lore volvió a aparecer. Ya no era la niña de cachos en el pelo: le había crecido mucho el busto, y por primera vez la vi no solo fea, sino que paradójicamente me hizo sentir gran deseo sexual. Bailamos un set de no se qué música tropical, conversamos un par de cosas y después se fue. Años después, nos volvimos a encontrar en facebook, y quedamos en reunirnos con Saúl y ella. Nunca nos pudimos encontrar.

Una tarde, en que intentaba sostener una charla interesante por la red social, la Lore se asomó. Entre canciones de los años ochentas y noventas que puse en el Youtube, finalmente le confesé lo que sentía. Por un momento supuse que me diría que la pasaba igual. Me dijo, simplemente, «éramos tan pequeños».