domingo, 29 de noviembre de 2009

Para siempre


Cuando mi gato se perdió y no volvió jamás, desde aquella noche, entendí por primera vez que nada es para siempre. Galder era muy simpático y juguetón, tan juguetón que a veces los vecinos me sugerían que era un perro reencarnado en el cuerpo de un felino. Pero cuando Galder se fue, mi mundo cambió definitivamente, al menos en ese instante.

Por aquél entonces vivía con mi tía cerca de El Dorado, en el centro norte de Quito. El sector era bastante tranquilo y nada lo perturbaba, excepto por los borrachos que solían aparecer de vez en cuando. El departamento que arrendábamos era cómodo, pero lo que se nos hacía más bakán era el amplio patio que nos correspondía. Eran principios de los noventas y mi hermano mayor, además de jugar al fútbol con mi otro hermano, solía acabarse los discos de Vanilla Ice, Linear y New Kids on the Block, bailando en el patio. Pero esa no fue su acción más escandalosa: ningún acto superó en captar la atención y a la vez provocar el enfado de mi tía, que aquella tarde de 1990 cuando se trajo desde Guaranda a una pequeña gata de color negro a la que posteriormente bautizamos como Cecy. Aparte del nombre bastante cursi, claro, la gata causó todos esos estragos típicos de los felinos: muebles rasguñados, pelos en la ropa, cortinas desgarradas, la sala sucia, y claro, un año más tarde, gatitos.

Además de nuestra familia, habían otros inquilinos en la casa, quienes además arrendaban el local comercial del primer piso: venían todos de Quevedo, y eran seis personas. No recuerdo exáctamante como se llamaban, excepto por los tres niños que la conformaban: Carlos, Byron, y porsupuesto, Rubén. A veces solíamos jugar juntos; al igual que a mis ñaños, el Carlos, el Byron y el Rubén gustaban del fútbol, lo que hizo en más de una ocasión que tuviera que descolarme a hacer otras cosas, entre ellas, jugar con los gatitos de Cecy, y sobre todo, jugar con mi gato, Galder, un gatito tan horrible que por ser tan feo para el común de los mortales (que eran más horribles aún), nunca quisieron adoptar.

Una noche, mientras volvía de la escuela vespertina, me encontré con la sorpresa de que Galder había desaparecido. Mi tía odiaba a los gatos, por lo qué supuse que le había botado de la casa o le había dado veneno. No le hablé durante algunos días, y cuando intentaba conversar conmigo, la evitaba. Sin embargo, la curiosidad pudo más, y un día decidí preguntar. Me dijo simplemente que se habían robado al gato, ya que en la casa de inquilinos entraban muchas personas.

Durante varios días emprendí la búsqueda de Galder, pese a saber dentro de mi corazón que era algo inútil. Me gasté como mil sucres en copias de anuncios de búsqueda, que en aquél tiempo era mucha plata para un niño de diez años. Un día el idiota de mi hermano menor me dijo que le había visto al Galder, pero hace dos meses, cuando acababa de nacer. Aparte de ese mal chiste, nadie me decía nada, hasta que un día una señora (considerada loca por los vecinos) me aseguró que "el gatito se había vuelto celeste", lo que no entendí en absoluto (al respecto creé varias hipótesis en mi cabeza, desde que se le cayó un tarro de pintura celeste encima, o que un grupo de wambras desocupados le habían pintado con spray, o que le habían envuelto para enviárselo de regalo navideño a alguien).

El asunto es que ya andábamos cerca de abril, de la semana santa y de todas esas fiestas religiosas de las que ahora ya no soy asiduo, y rezaba solemnemente para que mi gato asomara. El fervor religioso a veces puede conmover a las personas; recuerdo que una tarde aburrida de iglesia, mi tía me llamó en tono dulce pero a la vez serio.

-Su gato no se perdió Gabriel.
-¿Qué? dije con alegría. Ya le encontró, tía?

En ese instante me sentí el niño más feliz del mundo; supuse que las oraciones habían surtido efecto. Por unos pocos segundos más, mis proyectos de ser sacerdote parecieron tomar fuerza.

-No, no es eso; el gato se murió.

El ambiente de las iglesias en el fondo siempre me pareció tétrico, y en ese instante, mi tía se convirtió en uno de los demonios de aquellos cuadros de la Compañía de Jesús.

-Y... ¿qué le paso al Galder?- seguí, obviamente atónito y entristecido.

-Una tarde que usted se fue a la escuela, el Rubén se había peleado con los hermanos, por lo que se metió al patio y empezó a jugar con su gato... luego, empezó a meterle en la lavandería... me imagino que pensó que era como un juguete de peluche o algo así; yo creí que iba a parar algún rato, supuse que el guagua era conciente de que el animal se podía morir ahogado, pero ese rato me llamó por teléfono mi hermana la Clemencia para decirme que mamá estaba mal y que tenían que traerle de urgencia a Quito. Luego le encontré al gato muerto, flotando en el agua.

-Y POR QUÉ MIERDA NO LE DIJO NADA A ESE NIÑO HIJO DE LA GRAN PUGTA!!! le grité, ante la atónita mirada de un montón de viejas beatas y chongueros que ese rato simulaban visitar la casa de Dios.Una tremenda bofetada que me hizo sangrar fue lo que recibí de respuesta, y al llegar a la casa empecé a llorar hasta el fin de ese año escolar.

Seis meses más tarde, mamá había vuelto del extranjero, y había tenido que regresarse por las mismas; quince años más tarde, la madre de mi tía adoptiva, la abuela, había muerto luego de una tortuosa enfermedad; cinco años después de ese día, entré y terminé con mi primera novia, y veinte años después, aún guardo cierta angustia al darme cuenta de que existen tantas cosas frágiles en el mundo, tan poco tiempo y tantas estúpidas perspectivas...
Mientras escribo estas líneas, en realidad sólo deseo tomar tu mano y abrazarte, antes de ahogarme también en una lavandería más profunda...

jueves, 26 de noviembre de 2009

Estar lejos


Cuando estemos lejos
el mundo no parará de girar;
las aves seguirán su rumbo,
las hojas seguirán cayendo...
cuando mi cuerpo ya no
sea el que sostiene mi alma
probablemente seguiré
pensando,
imaginando una elipsis para
volver una y otra vez;
cuando mi corazón disminuya
sus latidos quizás seguirá
sintiendo emociones,
al contemplar el otoño;
cuando estemos lejos las
carreteras doblarán hacia ninguno
y hacia todos los lugares,
probablemente el sol seguirá siendo
el mismo para todos los confines
del mundo.
Cuando me encuentre lejos te
buscaré en un sueño;
cuando te encuentres lejos intentaré
introducirme en tus sueños.
Cuando nos encontremos lejos buscaré
reencontrarte en nuestro sueño,
cuando estemos cerca tal vez deseemos
no encontrarnos lejos.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Short Story


"Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí"
Augusto Monterroso


Caminaba el otro día sin darme cuenta de nada; entonces escuché un grito que venía de muy cerca.
-¿Qué pasaría? pensé en voz alta.

Una mujer desconocida, aparecida de la nada, se acercó entonces y me dijo:
-Alguien se acaba de inmolar.

-Y ésta de donde salió- pensé esta vez en silencio. Luego me animé a preguntar:
-¿Y hay algo que se pueda hacer? y la señora respondió:
-No, ya no hay nada que hacer. Es el final.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Tu voz bajo la lluvia


Tanto tiempo
entre desiertos,
tantos días de
sol.
El viento nos condujo
hacia donde quisimos;
de los huracanes hacías
brisas,
del polvo hicimos
respiración.
¿Dónde estarás
mañana?
me es difícil escuchar.
La lluvia cae fuerte;
debimos aprovechar para
charlar bajo el cielo gris.
Con el agua hasta
los tobillos insisto en
decirte algo,
pero por dentro no sé que hacer.
La pequeña tormenta
ha cesado pero
continúa haciendo estragos.
En silencio,
ahora el cielo dibuja
círculos sobre el asfalto.
Tal vez no exista principio
ni final.
Tal vez los círculos
nos dicen que habrá
otra vez,
aunque mientras se
expanden se vuelven
invisibles.

lunes, 16 de noviembre de 2009

El secreto


En aquél sitio obscuro no podía distinguirse si era de día o de noche; y con la excepción de ciertos momentos en que una descarga eléctrica calaba en lo más hondo de los huesos, el resto era igual. En los pocos momentos de remembranza intelectual que me quedaban, recordaba ese cuento griego en el que un cuervo devoraba día tras día a aquél semidios cuyo nombre ya no podía recordar.

Un día, llegó la sentencia.

Estaba resignado; no revelaría el secreto por nada del mundo. La idea de la muerte era terrible, pero a la vez esperanzadora. Si aquella muerte contribuiría a que en algún otro lugar del mundo la vida se preservara, nada sería en vano.

El rostro detrás de la máscara de un verdugo se prestaba para todas las fantasías posibles; bien podía ser un hombre, una mujer, un dios, una bestia, o un ser intangible. Moriría para que el secreto no pudiera revelarse. Con los ojos llenos de lágrimas por el miedo, pero con el corazón tranquilo, me acerco lentamente hacia la luz que refleja una espada ajena, pero en cuya hoja se reflejan los últimos rayos del sol, un sol que no había visto en varios días.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Ojos tristes


Otro día he
perdido la razón,
otra noche me
he perdido en vos.
Las horas,
son tan lentas,
y no entienden
de ansiedad.
Si pudiera,
abrazarte,
otra vez...

No sé si
estuviste lejos
hoy,
o cerca tal vez,
no importa no.
Detrás de una nube
gris,
te encontré,
imaginándote,
por qué,
Ojos tristes
no sé a donde
huir cuando te siento
cerca de mi.
El no poder
hablarte me
hace una
cicatriz,
que no puedes
sentir.
Por qué,
no recuerdo
por qué,
ya no siento.
Esta oscura aurora
que no está,
que buscamos sin
cesar y ya no,
no es,
parte de ti.
Ojos tristes
me he perdido aquí,
no hay nada que hacer,
no hay nada que decir,
no hay nada que sentir.
Por qué.
Para que me perdones
y volver,
a ser,
un atardecer,
un amanecer,
aquí.
Ojos tristes,
por qué debo
olvidarte,
no sé mañana
en donde estaré.
Sólo un momento,
sólo un instante,
ojos tristes quiero,
respirar tu aliento
otra vez.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Quemando tus recuerdos


La tarde en que supe de su partida quise irme también. Hacía mucho que no la veía, desde que viajé al sur. Siempre eché de menos el ver juntos un puñado de nieve; en nuestra ciudad el sol siempre era intenso, y ella adoraba el calor. Todas las muertes son inevitables; el problema es que algunas se nos hacen inverosímiles, imposibles de creer. Y no podía creer que se hubiera marchado también.

A veces, cuando miro las pocas fotografías que compartimos juntos todavía me cuesta creerlo. No se trata de un telenovelesco lamento, ni de una pena ajena; se trata de una desaparición interior, por que como diría Hemingway, he sentido desaparecer también, junto con la fotografía, como si un pedazo de mi alma hubiese sido robado.

Alguna tarde, muchos años atrás, me había obsequiado una prenda modesta pero de gran valor: una bufanda. Cuando me enteré de lo sucedido fue lo primero que se me ocurrió hacer: buscar esa prenda y devolvérsela. Sentí que se lo debía: sentí que tenía que llevarse todo el cariño posible que engendró alguna vez. Sin embargo, la prenda había desaparecido. Revolví toda la casa esperando encontrarla; hasta desarmé un sofá entero, creyendo que se había ocultado bajo los cojines. Pregunté a los vecinos, a la seño de la tienda, al carnicero, al hombre de las papas fritas, a los del chifa, a los de La Alameda. Pregunté en varios foros de internet. Nunca obtuve una respuesta.

Mucho tiempo después, había ofrecido una fiesta en mi casa toda la noche, y tuve que ponerme a limpiar. Luego del desastre, varias moscas se quedaron a seguir disfrutando. Hice lo posible por eliminarlas, pero había una que se rehusó a morir, hasta bien entrada la noche. No sabía que hacer; intenté matarla con el periódico, lanzándole el celular, tirando los cojines de la sala. Pero todo fue inútil. Tuve que levantarme de la cama, tan cansado y aburrido como estaba, para tratar de eliminar a la mosca. Entonces decidí seguirla. La mosca caminaba sobre el entablado de la sala, para levantarse de vez en cuando. Sé que las moscas no pueden vivir más que algunas horas, pero quería llevarme el trofeo de asesino esa noche. Mi gato dormía panza arriba sobre el escritorio, por lo que no sería de gran ayuda. Entonces, comencé a imitar a los comandos, y me arrastré debajo de la cama, del escritorio, del bar de la alacena y del piso del cuarto de planchar, cuando de repente sucedió. La bufanda estaba allí, sucia, húmeda, mugrosa, y además, se había convertido en un gran nido de moscas.

A veces me gusta encender la chimenea, por una cuestión de pirotecnia reprimida. Esa noche la bufanda fue el combustible ideal. Mientras saboreo el placer de contemplar como el fuego le devuelve la bufanda en forma de humo a mi amiga, me he puesto a escribir detrás de la foto que alguna vez nos sacamos juntos.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Sputnik


Cabalgando
bajo el inmenso sol,
sobre gigantescos desiertos lunares.
No quedó nadie de la tripulación,
Las señales de humo son imposibles.
Por ahora intento marcar una huella
que espero ni una tormenta
galáctica pueda borrar.
Asteroides por doquier;
creí por un instante percibir tu
sonrisa en un cometa.
¿Hacia donde se expandirá nuestro
universo?
¿Nos desvaneceremos al atravesar aquél
agujero negro?
Hasta dónde nos devorará esta oscuridad,
hasta donde...