miércoles, 29 de febrero de 2012

Día bisiesto

Te diré que te quiero aunque me odies,
el movimiento de traslación que cada año requiere
de otras cinco horas adicionales se tragará mis palabras.
Imaginaré que tu sonrisa atraviesa mi ventana invadida
por miles de puntitos como estrellas en el firmamento,
como acertijos que miro al cielo y una posible
infinidad de respuestas.
Como tallos de hierba,
como tréboles,
como hormigas.
Te diré que te recuerdo aunque me olvides,
el movimiento de rotación borrará durante el amanecer
mis palabras.

lunes, 27 de febrero de 2012

Para matar el chuchaki


Aquel verano de 1997 fue de lo más aburrido. Luego de rendir de muy mala gana los exámenes supletorios, de terminar una relación de cinco minutos con una chica manabita que por cierto estaba muy hermosa -quizás la más hermosa chica que tuve entre mis brazos pero la más aburrida también-, decidí que era el momento preciso para suicidarme. Tomé un esfero Bic negro que tenía masticado, y mientras apuntaba ideas sobre la forma más memorable de aniquilarme, el teléfono de la casa, que casi siempre sonaba para mi hermano mayor, de repente emitió una voz chillona que preguntaba por mí.

―¿Juan? ―¿Viviana? ―Sí, soy yo. ¿Cómo estás? tuve una pesadilla horrible. Soñé que te morías y que te tejía una bufanda negra para que tu cadáver no sintiera frío... por favor, dime que estás bien... ―Descuida, estoy bien... y no te paniquees con eso, sólo es un sueño. Ahora resulta que la Viviana era una especie de adivina, medium o lo que sea. Bueno... A Vivi la conocí durante la infancia; era la única niña de todo mi grado que tenía el cabello rubio. La mayoría de chicos la llamaban Suca, como solemos decir en Ecuador a las personas blondas. Pero contrario a la absurda creencia de que las niñas sucas y de ojos claros son bonitas, Vivi no lo era. Por el contrario, era un tanto gordita y fofa. Sin embargo, me caía muy bien.

Cuando mi prima Inés llegó desde Imbabura al quinto grado, se hicieron grandes amigas. Inés, Viviana y yo solíamos caminar juntos hasta la casa. En sexto grado, también fuimos compañeros de catequesis. Un día, al salir a una excursión hacia Guápulo junto a varios grupos de primera comunión y confirmación de otras parroquias, nos perdimos. Yo estaba terriblemente enfadado; siempre tuve mal carácter. Sandra e Inés, por el contrario, disfrutaron de esa tarde. Al final, Viviana nos llevó hasta su casa y nos ofreció galletas con jugo de tomate de árbol. Luego de terminar la escuela, en julio del 93, la Viviana se mudó a un barrio lejano del norte de Quito. No tuve teléfono en casa hasta 1995; de haber existido facebook en aquel entonces, probablemente no hubiésemos perdido el contacto. Es por esta razón que se me hizo muy extraño que la Vivi ubicara mi número, especialmente porque nuestra línea no constaba a nombre de mi padre, mientras mis mordiscos convertían a mi esfero en un abanico de puntas afiladas por mis dientes y mi saliba. ―Gracias, Suquita ―le respondí. Recibiré con gusto tu bufanda negra esta misma tarde.

domingo, 26 de febrero de 2012

Hoja de roble

Te extraño. Qué decir... es uno de esos domingos en que solo los dibujos animados de la noche parecen amortiguar la pena por unos instantes. Quisiera que estuvieras acá. No sabes cuánto. Hay ocasiones en que desearía ser como una hoja de roble y que un huracán me llevara de inmediato hacia donde estás vos... o ser como un pájaro que no se canse de volar... o poseer la maravillosa capacidad de la amnesia selectiva... es una alucinación... es como sumergirse en lo más ondo del mar por unos segundos y ahogarse en la ansiedad... nostalgia e incertidumbre juntas...

viernes, 24 de febrero de 2012

Parte de todo


¿De verdad vas a morir? ― le pregunté sin titubeos.
―Sí, pero no siento miedo ―me respondió. Morir es otra parte del gran todo.

Bebimos. Esa tarde nos volvimos a encontrar después de dos meses de no vernos. La última ocasión, discutimos por alguna tontería, tan poco trascendental, que ya habíamos olvidado.

―Me gusta esta vida. Quisiera vivir sólo bebiendo.
―No lo sé, creo que me aburriría ―le respondí. 

Hace tiempo que sueño que moriré. Hay veces en que tengo miedo de que mis sueños sean premonitorios. Como aquella vez, en que soñé que iba en un auto, y al sacar el brazo por la ventana, una rata se metía bajo mi manga. Esa misma noche, una rata visitó mi departamento. O como cuando sueño con Violeta, mi ex, que siempre me augura que tendré dinero de una u otra forma durante el transcurso de ese día. Hay veces en que esas cosas me provocan un ataque de pánico. Ese día, Priska fue la única persona en el mundo a la que me animé a contarle. Nunca me lo ha dicho personalmente, pero varias de sus amigas murmuraron alguna vez que padecía cierto tipo de cáncer. En varias ocasiones he tratado de preguntarle, pero siento miedo. A veces quiero  creer que no es verdad, que se trata de un juego de mentirillas para llamar la atención. Alguna vez la quise. Hay  veces en que siento que todavía la quiero. Ojalá que todo esto sea falso. Que este mundo sólo sea el producto de la imaginación de un caprichoso escritor que de un mágico modo de un giro de 180 grados en su historia. Sin embargo, los únicos 180 grados que siento ahora son los del alcohol en mi garganta.

―No estés triste ―me respondió, luego de verme divagar.
―¿Vas a conducir así? ―le pregunté.
―Claro que no. Vamos a almorzar, yo te invito. ¿Qué te gustaría comer? ―prosiguió.
―No sé, lo que tú quieras.

Esa tarde, nuestros autos aguardaron por nosotros un poco más de la cuenta. Después de comer un par de bolones de verde, dos tazas de café y una porción de fritada, algo volvió en nosotros.

―¿Te gustaría subir a la terraza y mirar como se cae el sol? ―me preguntó.
―Sí, por qué no.

Ese día, por primera vez, el sol brilló de un modo distinto.





miércoles, 22 de febrero de 2012

Pornografía


Cómo te digo,
que solía pelear,
donde el fuego,
era un círculo de ficción,
y,
me volaba los sesos,
con fotones y relámpagos,
texturas sin fin,
no me ordenes parar,
pudiera ser errático.
Cómo me digo,
que soñar era un vínculo,
con el grande y profundo
mar,
de tus huellas,
sobre mí,
y que más da,
parezco dormir,
pero he perdido,
algo más que la cabeza,
por ti,
me encuentro en un limbo,
tengo que salir de aquí,
y cómo te digo,
y cómo te digo
que he perdido el control
y me he perdido,
en tu piel,
en el sueño aquel,
navegábamos,
hasta alcanzar el sol,
y sudar hasta volvernos
el mar,
no sé,
salir de esta
alucinación,
me pierdo cada vez,
y no hay razón,
cómo me digo,
es hora de partir,
es tiempo de volver,
del paraíso aquel.
Cómo te digo...

martes, 21 de febrero de 2012

Yerba

En tu vida
una promesa
larga vida,
en la pradera.
Que nos queda
de esta espera,
no despiertan,
mis esquemas.
Y hoy,
da vuelta el reloj,
que nos deparará
el mañana,
sabré yo,
quizás,
una descarga,
bajo el sol,
y no sé qué decir,
tarde desierta.

Todos regresan,
la calle espera,
y no,
me he vuelto,
a,
doblar.
Del cielo,
cayó,
una gota
de rocío,
que el infinito
inspiró.
Escribí una carta,
que el viento devolvió,
y no,
se,
despliega.

En tu vida,
una promesa,
larga vida,
en la pradera.
Que nos queda,
de esta espera,
no despiertan,
mis esquemas.
















El mismo agujero

Querido Zi:

Es otro de esos días en que siento mucho miedo. Hay muchas cosas que dejé a un lado; no importa cuántas veces lo intento, siempre vuelvo a caer en el mismo agujero... a veces quisiera saber organizar mi vida de mejor modo. Espero tener la paciencia y la fuerza de voluntad necesarias para resolver mis problemas...



D

miércoles, 15 de febrero de 2012

Kiiro

Tú, en el delirio,
en la esperanza,
en la alucinación.
En un arco iris de
medianoche.
Tú en mis desafíos,
en mis recuerdos,
en mis pensamientos.
Tú en mi vida,
en el mar,
en el sol.

lunes, 13 de febrero de 2012

Primavera

Tu casa en un árbol
partido en dos,
se mecía con el viento
en abril.
Aquí no hay estación,
sólo lluvia e insectos.
Las personas se estremecían
en febrero,
dibujaban un corazón sobre
el enclenque tronco siempre
a punto de caer.
En el verano bajo el ardiente
agujero de fuego siempre
busqué sombra,
pero la insolación me hizo flaquear.
La sed no se extingue.
Lluvia de hojas,
no hay nada más dulce o parecido
a la primavera que solo existe
en ficción.

viernes, 10 de febrero de 2012

París



Desde que terminé la universidad, los viernes por la tarde me resultan aburridos. Ya no tengo a mis amigos, ni a las aulas de clase, ni a los odiosos profesores que un día deseé ya no ver jamás; ahora que lo pienso, también les echo de menos. Fernanda, la única amiga que me quedaba, se ha conseguido un novio y ya no la he visto desde entonces. En el trabajo, el ambiente ya no es el mismo; todos los viernes, a las cinco en punto de la tarde, casi todos vuelan a sus casas, a encontrarse con sus maridos, esposas e hijos.

En una ocasión, decidí romper la rutina y me dirigí desde mi aburridisimo trabajo en el Ministerio del Interior hacia el Palacio Arzobispal, en donde la Fer me recomendó una cafetería de estilo clásico llamada el Querubín. La prohibición de fumar en interiores ya no me afecta; por suerte, he dejado ese hábito, desde que el Gobierno para el que trabajo subió el precio de los cigarrillos. Me acerqué entonces a la única mesa disponible, ubicada en la esquina más profunda del lugar.

De inmediato, una mesera me acercó el menú, emplasticado con una mica que me recordaba las hojas de vida que reviso cada día en mi escritorio. La oferta no era muy variada; además de los típicos canelazos y vinos hervidos de la mesa quiteña, la carta ofrecía varios tipos de café.

―Señorita, ¿En qué consiste el café cortado? ―pregunté a la mesera, quien lucía harta de ese trabajo, además de traer una cara de mal casada.

―Bueno, en realidad es un café pequeño pero concentrado, con un poquito de leche ―respondió.

Mientras me aburría con la descripción del café, noté que detrás de mí estaba colgado un cuadro con la foto del arco del Triunfo, en París.

―¿Y el mocachino, cómo lo sirven?
―Por el momento sólo tenemos el expreso, el americano y el cortado.
―Mierda ―pensé. Si no tienen estas variedades no sé para qué chucha los incluyen en el menú ―dije para mí mismo. Sin embargo, desistí de reclamar; después de todo, la mujer no tenía la culpa de la manera en cómo los dueños del lugar administraban el menú de la cafetería.

Mientras esperaba por mi orden, me preguntaba cómo era posible que un establecimiento del centro de Quito, ubicado en pleno Palacio Arzobispal a unas cuadras del Palacio de Carondelet tuvieran una foto de París. Junto a mí, estaban personas de varios tipos: extranjeros, que probablemente se alistaban para partir al día siguiente a Baños u Otavalo, ecuatorianos con terno y corbata, seguramente empleados del Municipio y de otras entidades del estado, todos eso sí, con un tono prointelectual en sus charlas, comentando de la exquisitez de esta ciudad de mierda y de lo simpático de la arquitectura colonial del centro. En medio de mis divagaciones, un tipo de más o menos cincuenta y pico de años, me preguntó si podía compartir la mesa.

―¡Qué le pasa! ―le contesté. ―¿Acaso no ve que estoy acá precisamente porque busco privacidad?
―Vaya que no tiene modales ―me respondió.
―Bah, ¡es broma! siéntese, es un país libre ―proseguí.

Fuera de todas mis expectativas, el tipo agarró la silla y se sentó. Pidió de inmediato una orden de empanadas con agua aromática caliente.

―París, qué bonita ciudad ―suspiró. Hace diez años que estuve ahí con mi hija.

Además de presuntuoso, ahora resulta que el tipo había viajado por todo el mundo.

―Creo que le he visto en el Ministerio del Interior ―se dirijió hacia mí el hombre que probablemente se subió a la Torre Eiffel con su hija.

Luego de una increíble demora de casi diez minutos, mi cortado llegó por fin, junto con las empanadas y el expreso de mi compañero de mesa.

―¿No gusta una de las empanadas? he pedido dos ―me invitó.
―No, gracias.

Resulta que mi café era en realidad una taza con apariencia de juguete de té. Inconcientemente esperé que la mesera me trajera la Barbie para hacerle compañía.
―Demonios, debí pedir el combo de expreso con empanadas ―medité con frustración.

―Es probable ―respondí, mientras jugaba con mi café. ―Esta ciudad es como un pañuelo de mocos.

―Parece que no disfruta de su café ―me dijo ―¿No los hacen como en Colombia, verdad?

No sé por qué rayos el tipo suponía que había estado en Colombia o que había probado su café. Lo único que conozco de ese país es Ipiales, y por pura casualidad. Desde luego, reconozco que su bebida es de gran sabor y aroma, pero el tipo de por sí ya me estaba hartando.

―Estuve hace un mes en Colombia, mi amigo ―pronunció con gran seguridad. ―En el Instituto Metropolitano de Patrimonio nos enviaron a un Congreso en Bogotá sobre Arquitectura colonial. Las mujeres, desde luego son hermosas; y la cultura es algo que se ve en todas partes.

CHUCHA, LÁRGUESE ENTONCES DE ACÁ, REGRESE A FRANCIA, PIDA SU TRASLADO A COLOMBIA, SIÉNTESE CON ALGUIEN A QUIEN LE IMPORTE SU ESTÚPIDA CHARLA INTELECTUAL, PERO A MÍ YA DÉJEME EN PAZ!!! ―le grité.

La gente regresó a vernos.

Minutos después de que la administradora de la cafetería me pidiera muy cortesmente que abandonara el establecimiento, descubrí que la luna suele posarse junto a las torres de la Basílica del Voto Nacional. Desde luego, el café me supo asqueroso. La próxima vez, espero tener la compañía de una bella mujer al calor de un vino tinto hervido.