viernes, 29 de mayo de 2026

En las últimas

Rolando Vera, Yolanda Quimbita, Martha Tenorio, Silvio Guerra, fueron nombres que acompañaron parte de mi infancia. Y es que en un país tan insignificante como el nuestro la gloria lo es todo. Toda gran historia tiene un comienzo.

    Cada año se celebraba para dar la bienvenida al verano equinoccial la carrera Quito-Últimas Noticias, organizada por el periódico vespertino homónimo que a veces, a alguno de mis compañeros o a mí, que asistíamos por la tarde a la primaria, algún profe desubicado nos enviaba a buscar. La primera edición de la competencia se llevó a cabo en 1960: se denominó «Maratón de los barrios quiteños» y participaron alrededor de doscientos llamingos, entre quienes seguramente hubo estudiantes, obreros, barrenderos o incluso algún ebrio. El primer ganador fue Efrén Castelo, de la provincia de Chimborazo. Desde 1975 se creó la categoría femenina. Posteriormente se creó la novedosa «Vilcabamba boys», para corredores de más de sesenta años, y otra categoría de sillas de ruedas. Inicialmente, el circuito partía de la plaza de La Merced, en el Centro Histórico, hasta las oficinas de Grupo El Comercio, editor del tabloide. Desde 1978 se estableció la meta en el Estadio Olímpico Atahualpa, que alguna vez fue la casa de Liga, Aucas y el Nacho. Desde ese año la competencia también se volvió más profesional.

    Mi amigo Luis me contó que participó por primera vez de la Últimas en 2003; su jefe, en la copiadora donde camellaba, le había motivado. Si mi pana —que no era precisamente un atleta— había podido, supuse que también yo podría. Me inscribí por primera vez en 2005; en aquel entonces el evento no contaba todavía con el glamour que posteriormente le daría el auspicio de Adidas y otras empresas de élite, como tampoco la exposición en redes sociales. Apenas te daban un número que debías sujetar de alguna camiseta y listo. Novato igual, como quizás esos héroes anónimos de 1960, apenas salí a trotar en dos o tres ocasiones como entrenamiento. Para el gran día, había elegido correr con unas Converse verdes que me había comprado en el Ipiales, error que luego me pasaría factura.

    Quedamos con mi brou en topar a las 6:30 en El Tablón de San Bartolo, donde quedaba la gran casa impresora del Últimas. El trolebús nos dejó subir gratis para llegar hasta el lugar. Había de todo: gordos, flacos y esbeltos calentando; hombres y mujeres que sacaban pecho de cómo les había ido el año pasado y de cómo esperaban simplemente superar su marca en esa edición. Acordamos con el Luis tratar de ir parejo, por si a alguno le daba un calambre o un patatús, pacto que deshicimos en cuarto de hora cuando cada uno decidió seguir su propio ritmo. En la línea de partida sonaba, entre otras canciones, «Young Turks» de Rod Stewart. Supongo que ahora se mandan algún reguetón para entrar en calor.

    Casi ni me di cuenta cuando sonó el disparo de largada; había tanta gente aglomerada que durante parte del primer kilómetro tuvimos que andar lentos y apretados. Cuando los élites —desde entonces africanos en su mayoría— finalmente salieron soplados, empezó la competencia de verdad: fue el momento en que los Rolando Veras, Carl Lewis, Abebes Bikila y Usain Bolts desataron su furia. Pero la competencia se volvió también un divertido desfile de cosplay: atletas con gorros de cocinero, con antifaces e incluso con disfraces de perro o de oso convirtieron el evento en un delirio surreal. 

    Todo iba más o menos bien hasta que, superado el tramo entre El Recreo y la Villa Flora, fue el momento de ascender por la rompecorazones, como le decían a la cuesta de la avenida Maldonado que subía de La Recoleta hasta Santo Domingo. Mi cara debió estar más roja que un tomate; mis pies parecían caminar sobre brasas ardiendo, cuál fakir. Por un instante pensé incluso en abandonar la ruta; pese a que había varios puntos de hidratación, el cuerpo ya no me daba, hasta que, una persona del público se acercó y me regaló un pedazo de panela, que según decía mi padrastro, era una gran fuente de energía. Sea por la anécdota o los propiedades del azúcar, el punto es que cobré un segundo aire.

    Luego de pasar cerca de mi casa, donde no encontré a ningún orgulloso vecino que me echara porras, finalmente emprendí la ruta hacia el Norte. Varias personas portaban la bandera del país y animaban a sus parientes y a todos. Un anciano bastante rezagado era aplaudido; una entusiasta esposa hacía sonrojar aún más a su colorado esposo. Cerca del parque de La Carolina volví a sentir que las piernas se me dormían; era de mañana, pero por alguna razón sentí que ya eran las cinco o seis de la tarde. Al llegar a la Shyris, y finalmente contemplar el estadio, decidí quemar el último pistón que me quedaba, y en una remontada heroica, que acompañé en mi cabeza con alguna melodía de Supercampeones, finalmente hice algo que solo imaginé en sueños: llegar, en las últimas, a pisar la pista y la cancha del Olímpico.

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Esa tarde terminé con horrendas ampollas en ambos pies; no volví a ver a mi amigo Luis hasta unos días después. Al año siguiente, decidimos volver a participar; esta vez lo haría con zapatos más adecuados, y se nos unió mi hermano menor. Decidimos confeccionarnos camisetas de Caricato para competir «como equipo»; una vez más, lo de gregarios se disipó apenas salimos. Mi ñaño, desde siempre un gran deportista, fue el primero en llegar, haciendo un tiempo que estuvo cercano ya al de un atleta de élite, pero me contó asimismo que llegó con la camiseta reventada, sangrándole las tetillas y vomitando el desayuno de ese día. 

    A partir de 2007, la organización del evento estableció una camiseta única para todos los competidores y un chip en las zapatillas. Al principio se me hizo algo bacán, ignorando que quizás perdíamos algo. Desde ese año incluyeron también una medalla, en la bolsa multiproductos que entregaban a todos al llegar a la meta. Llegué a tener algunas medallas y camisetas, que convertí con los años en piyamas, hasta la última edición de 2015 en que participé. Ya no existe el diario Últimas Noticias, la competencia ahora se llama Quito Race 15k y se convirtió en otro producto costoso más. Pensé en colarme como espontáneo para la edición de este año, pero es probable que sin chip no pueda ingresar al césped del Atahualpa.

1 comentario:

Israel Nicolalde dijo...

Muy buena narración me transportaste en el tiempo, mejor q una foto bravo👏👏👏