viernes, 17 de abril de 2026

El amanecer de las hormigas

Esa mañana desperté soñando que nunca había pasado Matemáticas, y por lo tanto, no me había graduado del colegio. No era la primera vez; desde hace días atrás tenía el mismo sueño. Alguna vez, incluso, me vi con el uniforme de la escuela primaria, repitiendo sexto grado. El punto es que siempre, muy en el fondo, tenía la sensación de no haber terminado algo.

        Volviendo a esa mañana, al dirigirme a la cocina buscando jugo, noté como una curiosa columna de hormigas se había formado entre el lavabo y la ventana. Enseguida recordé lo que mamá solía decir, que a las hormigas y a las moscas les encanta el azúcar. Busqué enseguida alguna taza del café de la noche, pero todo estaba aparentemente en orden. El departamento de estudiantes donde vivía con mi hermano siempre estaba limpio, gracias a que la dueña de casa tenía una asistente que venía los martes y jueves a limpiar. Las hormigas siempre me parecieron simpáticas. Recuerdo que cuando iba de visita con los abuelos, y me escapaba para no ayudar en las tareas de la casa o para no jugar con mis hermanos, solía ir al terreno que tenían detrás a espiarlas. Era simpático verlas cargando objetos más grandes que ellas, hacia el posible sitio de su guarida.

        A mi ñaño le encantaba quemarlas con una fosforera. Y su afición se hizo más notable, luego de esa mañana que asomaron los bichos, cuando empecé a verlo hacer eso a diario. Desde luego, me parecía una crueldad, claro, no mayor que la de nuestro primo Carlos Andrés, quien disfrutaba además de arrancar las alas y cabezas de las moscas moribundas, cuando era más pequeño. Volviendo a las hormigas, me inspiraban cierto respeto, primero, porque me parecían los insectos más inofensivos (pensamiento que mantuve hasta aquella vez en Santo Domingo, cuando conocí a ese otro tipo de formícidos que mordían). Luego, por su notable organización, y finalmente, por la instantánea mental que dejaban en mis ojos cada vez que una columna de ellas resaltaba con una delgada línea verde formada por hojas.

        Un día, entendí que las hormigas también eran como nosotros, depredadoras y carroñeras, cuando vi que un grupo de ellas arrastraba a una mosca hacia su guarida secreta, donde probablemente la reina les recibiría con un apoteósico homenaje. En algún libro, y luego en un película, aprendí que también tenían su propio ganado, consistente un grupo de pulgones o insectos áfidos a los que ordeñan una rica sustancia azucarada. En alguna página mal traducida, de esas que abundan en internet, leí que algunas especies de hormigas tropicales tienen incluso rebaños de insectos, con el fin de alimentarse de su carne.

        Así, algo más instruido pero perplejo, desperté otra mañana luego de soñar nuevamente que me había jalado Matemáticas, y noté que las columnas de hormigas ya no estaban. Suponiendo que mi hermano había terminado con todas, me dirigí a la sala para acercarme al balcón, cuando de pronto, en el piso café de madera pero amarillo por el sol de la madrugada, noté que las hormigas ya no habitaban en columnas, sino que caminaban por todos lados, y que ya no eran negras, sino doradas. La escena me recordó un texto que leí sobre la impresión de Hernán Cortés al llegar a Tenochtitlán y ver cómo una ciudad había emergido en la inhóspita América. De la contemplación y casi veneración infantil por los formícidos pasé al horror, y a mi instinto de humano exterminador. Las hormigas habían llegado no solo a los sillones, sino también al techo, y al cuarto de la ropa. 

        Tuve que salir a buscar insecticida, que rocié durante al menos una hora por toda la sala y luego por todos los posibles orificios de la casa. Ya en la tarde, luego de suponer que los efectos del veneno habían pasado, noté que una columna gigante aún salía del pasillo, hasta la puerta de uno de los cuartos de los inquilinos, que estaba con candado. Por unos instantes, me imaginé que la pieza se había convertido en un vórtice de alimañas, o que podía incluso encerrar el cadáver de algún suculento animal para las hormigas, y que eso pudo provocar que cambiaran al color rojo. Bajo el riesgo que el vecino me acuse de choro, decidí romper el candado, forzar la aldaba, y para mi sorpresa, encontré que las hormigas ingresaban y salían de una lata de Fanta que yacía en el piso.

        No volví a ver a las hormigas, y tras ser disculpado por el vecino y la dueña de casa luego de mi extraña historia, me tocó pagar el daño de la puerta ayudando a la señora de servicio, que tuvo que ausentarse por una cirugía. Sin embargo, sigo soñando que debo volver al colegio por Matemáticas, y últimamente he empezado a soñar que debo regresar a la universidad para aprobar otras materias, pese a que me gradué hace poco e incluso me encuentro en búsqueda de empleo. He intentado establecer la relación más lógica posible entre aquel sueño y las hormigas, pero hasta ahora no puedo.

(Publicado originalmente en junio de 2014)


El álbum

Mientras iba a casa y miraba las fotos de Instagram de su paseo al parque el fin de semana, ella le envió un mensaje por Whatsapp. Estaba muy entusiasmado con su nueva relación; antes de despedirse, lo último que le dijo fue que lo quería, y eso le había llenado de ilusión. Esa misma noche, le volvió a escribir para desearle que soñara con ella y con alguna manera de estar juntos, pese a vivir él en San Juan y ella en San Antonio. Sin embargo, aquel mensaje no fue el esperado.

        Antes de entrar con Fernanda, Armando se la había pasado bebiendo, saliendo con varias chicas e intentando escribir sin éxito nuevas canciones para su banda de hardcore, ya que su estado anímico en ese momento le daba más para crear baladas de pop, que para componer gritos guturales. El motivo: su ruptura con Valeria, la profesora de Matemáticas que no encajaba en nada con él, pero que sin proponérselo, se había apoderado de su ser. Armando nunca había tenido una novia como Vale, preocupada por asistir a la iglesia, que hubiera trabajado desde pequeña y que deseara una vida casera, como tantas mujeres hoy tachadas a la antigua. El amor a veces es como una madrugada de lluvia inesperada, en que amanece soleado y el arco iris aparece de la nada. Armando se sentía tan cómodo debajo de ese arco iris, que hasta estuvo dispuesto a dejar la música. Sin embargo, los arco iris no suelen durar las 24 horas, y algo con la Vale empezó a fallar. 

        El Armando estaba seguro de no haber hecho las cosas mal: siempre detallista y oportuno, no vaciló en registrar para siempre cada momento juntos en Facebook e Instagram. De haber tenido que escribir una cronología sobre su vida juntos, su archivo habría sido la fuente más fidedigna de todas las historias de la Historia. Pero a la Vale no le bastó aquello, y sus diferencias finalmente se impusieron.

        Superado el trauma de la ruptura, como cuando la calle vuelve a estar seca tras la lluvia y el regreso del sol, volvió la noche, y con ella Fernanda, quien le había agregado como amigo en su face alguna vez, aunque ni eran amigos ni se habían visto las caras. Entre chats, acordaron finalmente conocerse, aunque ya sabían el uno del otro, pues Fernanda también tocaba el bajo en una modesta banda de heavy metal. Llegado el día, en que al fin se conocieron, una conexión mágica pareció atraerlos, tan mágica que Armando no se lo creía. Fernanda era una especie de ser místico y sensual, todo lo opuesto a la profe de mate. Quizás, el universo había puesto de nuevo las cosas en su lugar. Christian, el pana de toda la vida del Armando, se sorprendió mucho al ver sus nuevas fotos con Fernanda. «Qué bacano, loco; nada que ver con esas fotos con la Vale» escribió alguna vez. Sería ese comentario aparentemente inofensivo el que desencadenaría la tragedia.

        Una noche, en que Fernanda había vuelto de su trabajo, no pudo evitar mirar el comentario de Christian, a quien había agregado también como amigo en su face. «Valeria», se repitió Fernanda. De pronto, recordó que Armando le había conversado sobre ella, así como ella le había hablado de David, su exnovio. Pero a diferencia de ella, Armando, quien además de cantar con estridente voz tenía una manía por registrar cada momento, cual influencer de barrio, se había hecho más de dos mil con Vale, mismas que, quizás por un curiosidad humana, Fernanda no pudo evitar mirar. Armando y Valeria en El Molinuco; Armando y Valeria en Los Frailes; Armando y Valeria en las fiestas de Otavalo, en el cumpleaños del Christian, en un concierto de Juanes, incluso en un video, en el que Armando, el mismisimo cantante de hardcore, regurgitaba una cumbia.


……….


        «Por favor no te lo tomes a mal; comprendo que es parte de tu pasado, y que no lo puedes borrar, pero por favor, deja de poner en vista pública tus fotos con ella».

        Armando no supo que pensar. Fue como un baldazo de agua fría; se sentía feliz, hasta el momento del mensaje. «Borrar sus fotos». Confundido, tomó en ese instante la peor decisión posible: consultar con su amigo Christian, quien no era precisamente una autoridad en relaciones amorosas.

    —Mira loco, tienes dos escenarios: dile de plano que no borrarás las fotos, pues borrando tus fotos no podrás borrar tu pasado, o simplemente bórralas y enfócate en el presente con ella. En todo caso, ¡no quedes como un mandarina!

    —¡Qué mierda loco, no sé qué hacer! —respondió—. Deshacerse de dos mil fotos y pico no sería tarea fácil.

    —¿Y por qué no pruebas con alguna opción como te dijo la Fer, para dejar de hacer públicas esas fotos en Instagram? —intentó ayudar Christian.

    —Chch loco, el problema es que las tengo casi todas etiquetadas, y no van a desaparecer.

    —Chuzo... tendrás que tomar una decisión... en todo caso yaff, lo pasado pisado.

    Armando regresó a su casa sintiendo un vacío en la garganta. Quería mucho a la Fernanda, y luego de meditarlo, decidió que borraría todas las fotos con Valeria. Fue entonces que, un sentimiento muy parecido a esa sensación de caminar debajo de un arco iris regresó por él. Vale y él, el día que fueron en avión a Cuenca; él y Valeria, el día en que se fueron de karaoke. Todos esos recuerdos tendrían que irse, para que su nuevo presente no se convierta abruptamente en pasado. 

    «De todos modos nadie me quitará lo vivido», pensó. Pero a medida que lo hacía, le era cada vez más difícil borrar las fotos. Entonces contempló un par de escenarios alternativos: por un lado, encarar a Fernanda y decirle que eliminar sus fotos con Valeria no borraría su pasado, como tampoco sus nuevos sentimientos por ella. Por otro, eliminar de un sopetón todas las imágenes y álbumes, como cuando debes beber de una sola un shot de tequila. En medio del silencio, sonó el teléfono. Una parte suya llegó incluso a pensar que se trataría de Valeria, pidiéndole que no borre las fotos y regrese con él. Otra parte, más lógica quizás, supuso que sería Fernanda.


    —¡Qué dice, loco! ¿Ya viste la serie de Luis Miguel? — era el Christian.

    —¡Habla serio loco, creí que me estaba escribiendo o llamando la Fer! —respondió Armando.

    —Chch... ¿Y qué fue, ya arreglaste el problema de las fotos?

    —No, men.

    —Mira, se me ocurre una idea —escribió Christian. — ¿Por qué no le regalas un portarretrato vacío a la Fer, como símbolo de que lo anterior quedó atrás y que ahora será su foto la de tu vida presente?


        —Chucha, ¡porque me ha de dar con lo mismo en la cabeza! —escribió Armando.


……….

                                                                           

Una vez borradas las fotos, y entre la noche que había vuelto, alguien tocó el timbre.

        —Hola, Armando. Quería pedirte disculpas... es sólo que me sentí triste de ver todas tus fotos con ella. Lo siento. No debí pedírtelo. Por favor, no borres tus fotos —Insistió Fernanda—. Crearemos nuevos recuerdos juntos.

Y en medio de ese abrazo, de paz y oscuridad, Armando deseó por un momento poder estar con todas las mujeres a la vez y al mismo tiempo. Sintió de manera profunda que pese a todo uno, no deja de querer lo que quiso, aún si ya no lo tiene. «Ojalá no me sueltes», le dijo en silencio a Fernanda. «Ojalá en el futuro no sufra lo que hoy sufro por Vale, contigo», se siguió repitiendo. Y pasaron la noche juntos, envueltos en ese nuevo amor. Pero por la mañana, junto al aparador de su cama y a un haz de luz de la ventana, Fernanda se encontró una foto.


(Publicado originalmente en junio de 2018)