miércoles, 29 de abril de 2026

Lunes

Antonio y yo teníamos varias cosas en común: éramos casi de la misma edad y nos gustaban más o menos las mismas cosas. También llevábamos bastante tiempo en la desocupación.

     Una tarde, se me había ocurrido una idea de emprendimiento. El Toño era psicólogo, por lo que supuse que podría ayudarme. Sin embargo, encontrar a mi pana era como pretender sacar cita con el presidente. Extrañamente, ese inicio de semana aceptó que nos reuniéramos.

     Luego de acompañarlo a pagar de unas cuentas, que sospecho, fueron la principal razón para venir de mi hikikomori amigo, decidimos ir por un café. Tras sentirme un poco ñoño, propuse buscar cerveza, aunque sea en alguna tienda.

     —Es lunes, pareces albañil, chch —refutó.

     Pese a ello, logramos dar con un bar abierto, ubicado frente al cuasi legendario Epicentro. Tras preguntar a la dueña a cómo estaba el combo de bielas, nos respondió que solo tenía litronas de Pílsener a cinco dólares. Algo cansados ya, decidimos quedarnos. Luego de pagar a la entrada, la señora nos pasó canguil y limón también, prometiendo el respectivo refill.

     Mientras contemplaba la peculiar botella de tono caramelo oscuro, el Toño me recordó una vez más que «no era él cuando se chumaba». «Qué, te crees la Melo?» le respondí. 

     Entre vaso y vaso la charla cobró forma. Me contó cosas que hasta entonces no me había revelado, por ejemplo, que se había jalado el primer curso del colegio y que por ello, su madre, como escarmiento, lo inscribió en otro del centro histórico, considerado un gulag. Me contó además otras cosas más personales, mientras intercambiaba confidencias también. Bebernos esa horrenda botella fue como atravesar el tiempo de la teoría de la relatividad de Einstein, o tomar una siesta durante la tarde: unos cuantos minutos parecieron horas. Al final, nunca hablamos de mi idea de negocio.

     Tras salir del bar, el Toño ofreció acompañarme caminando hasta mi casa, con el fin de disipar nuestra borrachera. De ser por nosotros, las compañías de alcohol quebrarían todas. Resultamos bastante económicos. 

     

John Jay Smith

Lo vi por primera vez hace unos meses: eran casi las diez de la noche, el supermercado más cercano ya había cerrado y en la tienda de la veci, bastante carera pero a la vez la única con el valor de abrir su negocio hasta tarde, había pedido avena y leche deslactosada. Llevaba gafas y mascarilla; por un momento creí se trataría de algún vacunador, pero su suave voz de acento extraño, que descarté de inmediato fuese colombiana o venezolana, me hizo suponer que se trataba quizás de una persona gay.

    Desde aquella vez, volví a verlo en dos o tres ocasiones; una tarde, en que me dolía la rodilla y no quise caminar hasta el supermercado, mientras compraba unas papas fritas, me atreví a preguntar a la veci si lo ubicaba.

    —Ni idea, veci; solo sé que no es de acá. A lo mejor está huido de su país.

    Unas semanas más tarde, en que salí a dejar la basura en la esquina y por casualidad me encontré con el misterioso vecino, decidí seguirlo a distancia. El hombre se alojaba en una de las hostales de la calle Ríos. Avergonzado por mi impertinencia, resolví dar media vuelta y volver del modo más sigiloso posible hasta mi casa, cuando de pronto, sentí unos dedos de frío cuero sobre mi espalda.

    —No sé qué pretendes al seguirme, no tengo nada que esconder —dijo en perfecto castellano, antes que pudiera dar la vuelta siquiera.

    —Perdón, amigo, no quise molestarlo —respondí con algo de temor—. Espero que su estancia en nuestro barrio sea lo más cómoda posible.

    Luego de aquel incidente, durante algún tiempo intenté evadir lo más que pude la zona de las hostales y la tienda de la veci, tanto así, que en una ocasión que se me terminó el tanque de gas que solía comprarle, tuve que buscarlo en otra parte. Sin embargo, durante otra noche que tuve que volver a dejar la basura en la esquina, volví a encontrarlo.

    —¿Te molesta si te invito a un trago?

    —No hay muchos bares por acá —respondí—. Pero si gustas podemos ir hasta la Antepara, cerca de la plaza de toros Belmonte, me parece que allí hay alguno que otro café.

    Durante la caminata que hicimos bordeando el parque La Alameda, un silencio espectral pareció envolvernos. Una vez en el café, que estaría abierto hasta medianoche, le pedí al mesero una manzanilla. Mi extraño vecino pidió algo al empleado, hablándole al oído. 

    —Mi nombre es John Jay Smith. Mucho gusto.

    —Damián Salguero. Mucho gusto también.

   »Te preguntarás por qué estoy acá. Bien; vine aquí porque nadie me conoce y a nadie importo, y si alguien me conocía ya me habrá olvidado. De dónde vengo he muerto ya; pronto estaré muerto aquí también. Por favor, no vuelvas a seguirme y no comentes con nadie sobre mí, pero si te ves obligado a decir algo, solo di que trataste con John Jay Smith.

    Luego de otro incómodo silencio, mi vecino pagó la cuenta en efectivo, sin exigir el vuelto.

    Desde ese día no volví a verlo. En una nueva ocasión, en que debí volver a la tienda para buscar algún analgésico, la veci me contó que tampoco volvió a ver a JJ Smith.

   —Qué buena gente era. Siempre me regaló los vueltos —concluyó.

lunes, 20 de abril de 2026

Andresground


La primera vez que llegué a su casa, una tarde que acordamos ir luego de clases para jugar en su compu, fue como viajar a otro país u otro mundo. Su cuarto era una galería de  posters de Metallica, Slayer, Iron Maiden y otras bandas que hasta entonces desconocía. Sobresalía entre los afiches un viejo cuadro con un ángel que portaba una espada, detalle irónico, como una ventana entre el bien y el mal. Nadie como él para jugar Prince of Persia, Golden Axe o el Street Fighter II, que solía terminarse con una sola ficha en los cosmos del Gran Pasaje y el Puente del Guambra, derrotando además a cuanto patasucia le retara. 

        Durante los noventa, entre cursos compartidos, recreos y vacaciones, mantuvimos una amistad que se vio reforzada por el heavy metal y nuestra mutua admiración por Thalía y Marta Sánchez. En ese entonces, mi amigo jamás me prestó un disco; era muy receloso con ellos y prefería que los escucháramos en su casa, aunque no se hizo problema años después en pedirme prestados los míos e incluso quedárselos. Para vengarme, un día intenté robarle un vinilo de Dimmu Borgir, pero un cargo de conciencia me hizo devolvérselo. Pese a ello acudimos juntos a varios conciertos, entre ellos uno de los suecos Hammerfall, al que nos colamos gratis, luego de decir en mi casa que iba por unas láminas a la papelería, al igual que otro de los alemanes Helloween, donde en cambio se nos durmió el diablo y tuvimos que escondernos de los chapas detrás de un puesto de hotdogs. 

        Animados por las fuerzas del mal y además ansiosos de fama y gloria, decidimos conformar una banda que llamamos Strangeland, con la que haríamos black metal y giraríamos por toda Sudamérica, cambiando nuestros nombres por «Andresground» (mi pana que tocaría el teclado y cantaría), «Raving» (que pensaba erróneamente que significaba cuervo, en la guitarra) y «Morbosius», otro pana que tocaría la batería. 

        Como casi todos en la vida, mi amigo también deseó que el amor tocara a su puerta; en broma (a veces en serio) solía decirle que eso no importaba, que esas cosas llegan solas, y que cuando fuésemos famosos, las chicas y no solo de La Tola, sino de todo Quito y el país morirían por nosotros. No pasó ni lo uno ni lo otro, pues, tuvimos que deshacer la banda, ya que a su madre empezó a fastidiarle nuestra bulla infernal, quedándonos sin casa donde ensayar. Posterior a ello, el Andresground se unió a cantar en un coro profesional y dejamos de salir a los cosmos y a echarnos unas bielas de vez en cuando.

        Una tarde, en que se habían presentado los Ilegales en la plaza de Toros, Morbosius, quien había acudido al show con su novia y dos primas suyas, me propuso ir a mi casa para echarnos unos tragos. Eran tres chicas y estábamos solo dos orates, por lo que necesitábamos de un tercero. Fue entonces que llamamos al Andresground, que para suerte nuestra ese día no tenía agenda. Lo pasamos «de puta madre», como dicen los españoles; pero fue la última vez que contactamos con él.

        Tiempo después, volvimos a coincidir en la universidad. Andresground me contó que consiguió novia durante la última gira de su coro; se llamaba Tatiana, una costeña bastante guapa. El Morbosius y yo solíamos molestarle diciendo que la man necesitaba, pero en serio, de un par de buenos lentes. En todo caso nos sentíamos contentos por él, y también bastante envidiosos. Sin embargo, su relación no duró por mucho, y fue, me temo, una de las razones por las que nuestro pana también se alejó por un tiempo. 

        Para intentar reanimar a mi amigo, se me ocurrió la idea de rearmar la banda, que quedó solo en eso, pues, durante el lapso que dejamos de vernos, el Andresground había conformado otro grupo con unos compañeros de su coro, que a diferencia nuestra, sí conocían de música. Morbosius por su parte se había ido a los Estados Unidos, y aunque Andresground me invitó luego a formar parte de su nuevo proyecto musical, «por lo menos para cargar los cables», desistí. Para entonces me había conseguido también una novia, Adriana, y empecé a trabajar en una imprenta.

        Un día, mi amigo me contó que empezó a salir con otra persona, Alexandra. Le sugerí salir en parejas, pero había un problema: ella vivía en Quevedo. «Vesijue, te gustan las monas» le respondí. Supuse que pese a la distancia, quizás había historias destinadas a un final feliz, y deseé que fuese el caso de mi amigo también. Un par de semanas después, en que nos reunimos en mi casa para celebrar el cumpleaños de la Adri, Andresground nos la presentó. Alexandra no era nada parecida a Tatiana: por el contrario, estaba un poco rechoncha y tenía un aspecto bastante rudo, nada que ver con la descripción que mi pana nos había hecho de ella. De todos modos, supusimos que debía ser una chica harto genial, más inclinada hacia el rock y seguramente más interesante para conversar. Nos equivocamos.

        A nuestros amigos y a la Adri, Alexandra no les cayó nada bien; supuse que tal vez esa actitud respondía a la timidez, a estar en otra ciudad, con otro tipo de personas. Traté de darme otra oportunidad con ella, en una siguiente ocasión que volvió a Quito a pasar el fin de semana con mi pana, pero nada que ver: esta vez sí se animó a hablar, pero cada vez que lo hizo, fue para decir puras pendejadas. Si bien me reconocía a mí mismo como una persona prejuiciosa, ese día descubrí que siempre puede haber alguien aún peor; quise seguir suponiendo de todos modos, que ella debía tener algo especial para mi amigo, algo que solo él podía ver y sentir, como le sucedió tal vez a John Lennon con Yoko Ono. Quizás, dentro de ese aspecto rústico, Alexandra era un volcán apasionado que entraba en erupción solo con y para el Andresground. Intenté comprender, una vez más, que el amor no tenía por qué ser exactamente igual para todos.

        En una ocasión, mientras veía una película con Adriana, mi celular empezó a sonar con insistencia; al revisar el teléfono, descubrí que era un número desconocido. Pensé que tal vez eran de la tarjeta Chulco Fácil para cobrarme, por lo que decidí no devolver la llamada; sin embargo, días después volvieron a marcar. Esta vez respondí de inmediato; el tono duró por unos segundos, y luego cerró. Devolví la llamada enseguida, pero no volvió a contestar. Una semana después, el teléfono sonó de nuevo. Respondí otra vez, sin decir palabra. El sujeto volvió a colgar. Supuse que alguien me jugaba una broma, pero concluí que no volvería a responder el celu o intentar llamar a ese mismo número. Tiempo después, el teléfono volvió de nuevo, pero en esta ocasión le pedí a la Adri que conteste por mí. La reacción debió ser tan rápida, que esta vez el interlocutor respondió. «Es para vos» me dijo la Adri, devolviéndome el teléfono; «Aló, ¿quién habla?» «Hola, soy Alexandra» «Qué raro, ¿Cómo estás, qué tal?» «Te llamaba para saber si sabes dónde está mi novio» «Bueno, ¿y por qué no le preguntas a él?» «Es que no contesta el celular» «Bueno, no sé, quizás estará ensayando con el coro o con su nueva banda, ¿Quieres que por si acaso le diga algo?» «No, nada, gracias, chao».

        Me preguntaba cómo es que Alexandra tenía mi número; supuse que el Andresground se lo había pasado, tal vez en caso de alguna emergencia, o quizá porque le habían robado el celular. De todos modos me pareció raro, y decidí ir a su casa para preguntarle en persona. Desafortunadamente, su madre me contó que se había ido a Quevedo para pasar con Alexandra, por lo que el asunto se me hizo aún más extraño. 

        —Señora, disculpe que le moleste, ¿su hijo se encuentra bien? es que su novia llamó a mi celular por la tarde, supuestamente para buscarle. 

        —Chuta mijo, no sé, si quieres le llamo ahorita, ¿no le habrán robado el teléfono? —se preguntó, ante lo cual empecé a sentir cargo de conciencia, pues quizás la había inquietado de manera innecesaria.

        —¿Aló, cómo estás mijo? Tu amigo Reivin vino a la casa preocupado, me contó qué…

        —Seño, porfa seño, no le cuente —le susurré—.

        —No, nada mijo, es que vino tu amigo para devolverte un disco y no sé qué… Bueno mijo, entonces ya nos vemos el lunes, cuídate, chao.

        —Gracias.

        —¿Y por qué no quisiste que le cuente que la novia te ha marcado a ti? ¿Está pasando algo?

        No tuve otro remedio que decirle la verdad, que desde hace días la Ale marcaba con insistencia a mi teléfono. También me vi en la obligación de decirle que tenía novia, acaso pensara que planeaba cruzarle la pelada a su hijo. En todo caso quedé preocupado, pues me sentí como un chismoso; a la mamá del Andresground no le gustó para nada que fuera a su casa.

        La semana siguiente, decidí saludar a mi amigo por Facebook; supuse que su madre le habría contado mi historia, y necesitaba saber qué había ocurrido. Mi amigo no me contestaba; probé al día siguiente, y tampoco lo hizo. Insistí de nuevo en otro momento, con iguales resultados. Llegué entonces a la conclusión de que Andresground había decidido no ser más mi pana, por lo que decidí borrarle de mis contactos en redes.

        Hace tiempo que terminé con Adriana; le salió una beca para especializarse en oncología en España, y para evitarnos el drama, decidimos cortar. Ahora salgo con Paulina, ingeniera de sistemas que tiene un hijo de 5 años, Ian. Durante casi dos años, decidí suspender mi cuenta de Facebook; ahora uso Instagram. No volví a saber nada de mi mejor amigo, hasta el día en que lo encontré caminando cerca de la avenida Amazonas.

        —Hey, Andresground… ¡Hola!

        —Ah, hola, brou.

        Por unos instantes, pensé pasar de largo; entonces recordé lo goloso que era mi antiguo tecladista, y decidí invitarle a un ceviche mixto.

        —¿Quieres que te invite un ceviche? justo cobré hoy y pensaba comer con mi novia, pero me dijo que tenía algo.

        —¿Hablas de la Adri? ¿Qué es de ella por cierto?

        —Oh, terminamos hace unos meses, se fue a España por una beca, tú sabes... Era poco probable que esta nota funcione a distancia, igual, como que ya estábamos aburridos… Ahora salgo con otra man.

        —Vaya, qué fresco te lo tomas, me gustaría ser como tú —respondió sorprendido—. Dale, vamos a comer y me sigues contando.

        Ya en la cevichería, descubrí que el dinero no me alcanzaría para dos ceviches mixtos, por lo que pedí solo un encebollado junior para mí. Luego de hablar de películas, series y discos, como para evitar tratar temas personales, inevitablemente volvimos a las peladas.  

        —¿Y qué pasó con tu novia, Alexandra?

        —Terminamos.

        En el fondo, sentí cierto alivio.

        —Oh, cielos... lamento saber eso, Andresground. En fin, la vida sigue.

        Entonces cambió el semblante de mi pana, que de su habitual cara colorada, pasó a otra aún más enrojecida.

        —Es injusto, o sea yo siempre fui bueno con ella, me alejé incluso de la nueva banda que estaba formando e incluso del coro para estar en la casa y conectarnos a conversar —mi amigo volvió a la cantaleta.

        —¿Qué? ¿Dejaste tu nueva banda y también el coro? ¡Pero si el coro era tu vida! chuta, loco.

        —¡Dejé de ir a los ensayos, me escapé incluso de la casa para verla en Quevedo, verga, chucha madre!

        De repente, consideré que debía contarle sobre aquellas llamadas de hace dos años… Pero consideré que sería echar más leña al fuego.

        —Bueno, pues… Tranqui, men, ya llegará alguien más.

        —Bueno, tal vez… Ahora me escribo con otra man llamada Lucía, es de Guayaquil.

        «Este man no ha aprendido nada» pensé.

        —Oye, no quiero parecer metido, pero… ¿No crees que ilusionarse con otra relación a distancia no está bien? ¿Pucha, no aprendiste nada de tu experiencia con Alexandra?

        Andresground se quedó callado por unos segundos. Luego, mientras se terminaba el ceviche que lucía mejor que mi encebollado, exclamó:

        —Había un tipo que empezó a llamarla al celular, con insistencia. Al principio me hice el gil, supuse que tal vez sería un exnovio —se tragó estas palabras con biela—.    Luego de eso, tiempo después, me empezó a joder porque una compañera del grupo, que iba a hacer la voz femenina de mi banda, me escribió una vez poniendo «hola mi vida», justo cuando comíamos en un chifa de Quevedo y salí al baño, dejando el celu en la mesa.

        —Espera —interrumpí—. Recordé de nuevo las llamadas. Por mucho tiempo había guardado el registro de ese número, el de la Alexandra, cuando se dedicó a marcarme con insistencia; para mala suerte, me robaron ese teléfono y ya no tendría la prueba para demostrar a mi amigo, aunque tampoco haría falta ya, puesto que habían roto, que su novia quizás no estaba tan enamorada como él creía.

        —La extraño —respondió, triste—. A veces quisiera llamarla de nuevo, pero no me contesta y me bloqueó de todas las redes sociales.

        —Demonios, Andresground, ¿cómo extrañas a alguien que apenas has visto unas cuantas veces y solo conocías por mensajes de texto? ¿Te has puesto a pensar que quizás eso no era normal? ella a lo mejor hasta tenía novio en Quevedo, y vos ni enterado.

        —No digas pendejadas, chch, no te voy a permitir eso —replicó de manera más airada.

        —Andresground, antes de borrarte del Facebook, ¡ella empezó a llamarme supuestamente para buscarte, incluso aquella vez que estuviste en su ciudad con ella! ¿Acaso no te contó tu mamá que incluso fui a verte, pensando que quizás te había pasado algo o te habían robado el celu?

        —No, no me contó nada… Y tampoco me di cuenta que me borraste del Facebook.

        En ese momento, entendí que mi mejor amigo vivía en una horrenda burbuja que se empeñaba en llamar amor. 

        —¿Pero por qué te llamó? ¡Y por qué no me contaste nada!

        —¡Quise contarte, por eso fui a tu casa a verte! ¡Le conté incluso a tu ma!

        —¿De qué estás hablando? Mi mamá no me dijo nada.

        —En fin, en todo caso, ¡ya loco, porfa, piénsalo, no es sano que te enganches con una man que vive a kilómetros de tu casa!

        De pronto, el silencio invadió nuestra mesa. Al parecer, nos ganó la vergüenza de haber armado tremenda foca. 

        —Mejor nos vemos otro día, gracias por el ceviche —se despidió.

        La semana siguiente, decidí reabrir mi cuenta de Facebook, e invitar de vuelta al Andresground; no esperé que me aceptara, por lo menos no de inmediato. Sin embargo, lo hizo casi enseguida. Al rato, le escribí para saludarle, a la vez que le envié el link de un nuevo video de Dimmu Borgir. De nuevo, no volvió a responder; supuse que quizás estaba ocupado o algo, por lo que dejé de insistir. Días más tarde volví a compartirle el link de otro videoclip, y nuevamente no respondió. Tampoco la vez siguiente, cuando le mandé otro vínculo sobre la película El Exorcista, que alguna vez, me contó que le gustaba full. Concluí que la vez anterior, antes de borrarle, al igual que esta, el Andrés era un maleducado que no sabía responder, por lo que nuevamente paré de enviarle cosas, aunque esta vez decidí no excluirlo de mi perfil, como la otra vez.

        Con los días, el perfil del Andresground, antes plagado de música fuerte y oscura, empezó a llenarse de canciones poco usuales en él. Sabía que como a todos quizás, le gustaba alguna que otra canción de Hombres G o Alejandro Sanz, pero no de grupos como Onda Vaselina, Daddy Yankee o Las Musas del Vallenato. Pensé que quizás era parte de su fase de negación y superación de la ruptura con Alexandra. Fue entonces que aunque ridículo, me empezó a parecer normal. Sin embargo, lo que no me parecía normal y extraño, era que su madre no le hubiera contado sobre la vez que la visité para contarle las llamadas a mi teléfono. ¿Pretendería evitarle un dolor contándole algo así? ¿Pensaría que quizás yo pretendía algo con Alexandra (que no me resultaba nada atractiva)? En fin, no importaba ya.

        Una amiga de mi nueva novia, Astrid, nos invitó un día a una parrillada en su casa; se llamaba Satrina, también era rockera y muy guapa. Había terminado con un novio X que tuvo por mucho tiempo, y que deseaba expresamente conocer algún otro amigo. Le contamos sobre el Andresground: que tuvimos una banda, que estuvo en el Coro de la Prefectura, que había estudiado para profesor de literatura y que se encontraba libre también. Le mostramos incluso una foto de él, y la Satri no le consideró nada feo. Y nos disponíamos a hacerle los planes para quedar con ella en el asado, cuando de pronto, luego de muchos años, el Andresground me llamó a la casa.

        —Loco, ¡Qué felicidad! ¡Volví con la Ale! ¡Mañana mismo me voy a Quevedo! ¡No me importa faltar al trabajo mañana ni al coro, me siento tan feliz! por cierto, ¿qué me querías contar?

        Supuse que la posibilidad de conocer a una nueva e interesante chica que vivía en la ciudad, que compartía los mismos intereses que él y que incluso le consideraba simpático, no se comparaba en nada con reencontrarse con el amor, quizás el amor de la vida, el definitivo, aquel que sin importar la distancia (o que pretenda controlarte por celular) valía mucho más. Al día siguiente, no tuve otra opción que contar a Satrina toda la alocada historia de mi amigo y el porqué de su viaje.

        Mi historia con Astrid no duró casi nada; me terminó como al mes de aquella parrillada, recalcándome que le parecía bonachón, pero que el padre de su enano, era el padre de su enano. No pude vacilar con la Satri tampoco; unos días después, y pese a que le agregué a mi Facebook, desapareció misteriosamente. Quien en cambio lucía muy feliz era Andresground, aunque ya no publicaba videos de metal en su perfil. Una noche, volvió a llamar por teléfono a mi casa.

        —¡Voy a casarme, loco!

        —Qué bien, Andresground, ¡felicidades! —nunca me sentí más hipócrita—. ¿Y cuándo te casas?

        —En tres meses, compadre (no es que pretendiera que fuese su padrino de boda, sino que en algún momento empezó a decir «compadre» a cualquier persona).

        —Bueno, supongo tendremos que ir pensando en ternos nuevos, pues…

        —Bueno es que eso te quería contar, o sea nos casaremos acá por el civil y en Quevedo por la iglesia, y como es una nota familiar, chuta, no te lo tomes a mal pero va a ser un evento más familiar, ¿sí me cachas?

        Por un lado, se me hizo un chance al huevo que me llamara a contar que se casaría y anticiparme que no estaría invitado a su ceremonia. Pero también sentí alivio.

        —Bueno pues, al menos te haremos la despedida de soltero —sugerí, más tranquilo.

        —No, ni digas eso, si se entera Alexandra me mata, aparte que no, no me gustan esas cosas, tú me conoces.

        —Como digas.

        Durante un mes, el Andresground no paró de publicar en Facebook e Instagram las fotos, tanto de su boda civil en Quito como de la boda eclesiástica en Quevedo, que por cierto, no fue un evento nada íntimo, pues se notaba había acudido la familia entera de la Alexandra. En todo caso, les escribí un saludo para felicitarlos y desearles mucha suerte.

        Dos años más tarde —gracias de nuevo a las redes sociales, más que al contacto personal—, me enteré que mi amigo se convirtió en taita, y que tendría que convivir menos con sus discos de rock y más con los pañales. Le escribí un nuevo mensaje para desearle mucha salud a su hijo. Nunca me contestó. Intenté escribirle de vuelta dos días después, incluso a su Whatsapp, y siguió sin responder. De repente, empecé a sentirme una persona desagradable e intensa: concluí que su hijo debía tenerlo ocupado, por lo que no le marqué más. Hasta que un día, volvió a llamar a mi casa.

        —¡Cómo estás, compadre, a los años!

        —Qué tal… Supongo que debes estar agotado con tu enano. Espero estés bien.

        —Sí, men, ahí toca ayudar con mi guagua.

        —Sabes, te escribí el otro día y también te llamé, pero supuse que estabas ocupado en el trabajo o con tu hijo. Perdón si te interrumpí o algo.

        —¿Qué me escribiste a Facebook y a Whatsapp, dices? ¡Pero no he visto ningún mensaje tuyo!

        Tuve un mal presentimiento entonces. Pero decidí hacerme el loco.


(Publicado originalmente en junio de 2015)


viernes, 17 de abril de 2026

El amanecer de las hormigas

Esa mañana desperté soñando que nunca había pasado Matemáticas, y por lo tanto, que no me había graduado del colegio. No era la primera vez; desde hace semanas tenía el mismo sueño. Alguna vez, incluso, me vi con el uniforme de la escuela primaria, repitiendo sexto grado. El punto es que siempre, muy en el fondo, tenía la sensación de no haber terminado algo.

        Volviendo a esa mañana, al dirigirme a la cocina buscando jugo, noté como una curiosa columna de hormigas se había formado entre el lavabo y la ventana. Enseguida recordé lo que mamá solía decir, que a las hormigas y a las moscas les encanta el azúcar. Busqué enseguida alguna taza del café de la noche, pero todo estaba aparentemente en orden. El departamento de estudiantes donde vivía con mi hermano siempre estaba limpio, gracias a que la dueña de casa tenía una asistente que venía los martes y jueves a limpiar. Las hormigas siempre me parecieron simpáticas. Recuerdo que cuando iba de visita con los abuelos, y me escapaba para no ayudar en las tareas de la casa o para no jugar con mis hermanos, solía ir al terreno que tenían detrás a espiarlas. Era simpático verlas cargando objetos más grandes que ellas, hacia el posible sitio de su guarida.

        A mi ñaño le encantaba quemarlas con una fosforera. Y su afición se hizo más notable, luego de esa mañana que asomaron los bichos, cuando empecé a verlo hacer eso a diario. Desde luego, me parecía una crueldad, claro, no mayor que la de nuestro primo Carlos Andrés, quien disfrutaba además de arrancar las alas y cabezas de las moscas moribundas, cuando era más pequeño. Volviendo a las hormigas, me inspiraban cierto respeto, primero, porque me parecían los insectos más inofensivos (pensamiento que mantuve hasta aquella vez en Santo Domingo, cuando conocí a ese otro tipo de formícidos que mordían). Luego, por su notable organización, y finalmente, por la instantánea mental que dejaban en mis ojos cada vez que una columna de ellas resaltaba con una delgada línea verde formada por hojas.

        Un día, entendí que las hormigas también eran como nosotros, depredadoras y carroñeras, cuando vi que un grupo de ellas arrastraba a una mosca hacia su guarida secreta, donde probablemente la reina les recibiría con un apoteósico homenaje. En algún libro, y luego en un película, aprendí que también tenían su propio ganado, consistente un grupo de pulgones o insectos áfidos a los que ordeñan una rica sustancia azucarada. En alguna página mal traducida, de esas que abundan en internet, leí que algunas especies de hormigas tropicales tienen incluso rebaños de insectos, con el fin de alimentarse de su carne.

        Así, algo más instruido pero perplejo, desperté otra mañana luego de soñar nuevamente que me había jalado Matemáticas, y noté que las columnas de hormigas ya no estaban. Suponiendo que mi hermano había terminado con todas, me dirigí a la sala para acercarme al balcón, cuando de pronto, en el piso café de madera pero amarillo por el sol de la madrugada, noté que las hormigas ya no habitaban en columnas, sino que caminaban por todos lados, y que ya no eran negras, sino doradas. La escena me recordó un texto que leí sobre la impresión de Hernán Cortés al llegar a Tenochtitlán y ver cómo una ciudad había emergido en la inhóspita América. De la contemplación y casi veneración infantil por los formícidos pasé al horror, y a mi instinto de humano exterminador. Las hormigas habían llegado no solo a los sillones, sino también al techo, y al cuarto de la ropa. 

        Tuve que salir a buscar insecticida, que rocié durante al menos una hora por toda la sala y luego por todos los posibles orificios de la casa. Ya en la tarde, luego de suponer que los efectos del veneno habían pasado, noté que una columna gigante aún salía del pasillo, hasta la puerta de uno de los cuartos de los inquilinos, que estaba con candado. Por unos instantes, me imaginé que la pieza se había convertido en un vórtice de alimañas, o que podía incluso encerrar el cadáver de algún suculento animal para las hormigas, y que eso pudo provocar que cambiaran al color rojo. Bajo el riesgo que el vecino me acuse de choro, decidí romper el candado, forzar la aldaba, y para mi sorpresa, encontré que las hormigas ingresaban y salían de una lata de Fanta que yacía en el piso.

        No volví a ver a las hormigas, y tras ser disculpado por el vecino y la dueña de casa luego de mi extraña historia, me tocó pagar el daño de la puerta ayudando a la señora de servicio, que tuvo que ausentarse por una cirugía. Sin embargo, sigo soñando que debo volver al colegio por Matemáticas, y últimamente he empezado a soñar que debo regresar a la universidad para aprobar otras materias, pese a que me gradué hace poco e incluso me encuentro en búsqueda de empleo. He intentado establecer la relación más lógica posible entre aquel sueño y las hormigas, pero hasta ahora no puedo.

(Publicado originalmente en junio de 2014)


El álbum

Mientras iba a casa y miraba las fotos de Instagram de su paseo al parque el fin de semana, ella le envió un mensaje por Whatsapp. Estaba muy entusiasmado con su nueva relación; antes de despedirse, lo último que le dijo fue que lo quería, y eso le había llenado de ilusión. Esa misma noche, le volvió a escribir para desearle que soñara con ella y con alguna manera de estar juntos, pese a vivir él en San Juan y ella en San Antonio. Sin embargo, aquel mensaje no fue el esperado.

        Antes de entrar con Fernanda, Armando se la había pasado bebiendo, saliendo con varias chicas e intentando escribir sin éxito nuevas canciones para su banda de hardcore, ya que su estado anímico en ese momento le daba más para crear baladas de pop, que para componer gritos guturales. El motivo: su ruptura con Valeria, la profesora de Matemáticas que no encajaba en nada con él, pero que sin proponérselo, se había apoderado de su ser. Armando nunca había tenido una novia como Vale, preocupada por asistir a la iglesia, que hubiera trabajado desde pequeña y que deseara una vida casera, como tantas mujeres hoy tachadas a la antigua. El amor a veces es como una madrugada de lluvia inesperada, en que amanece soleado y el arco iris aparece de la nada. Armando se sentía tan cómodo debajo de ese arco iris, que hasta estuvo dispuesto a dejar la música. Sin embargo, los arco iris no suelen durar las 24 horas, y algo con la Vale empezó a fallar. 

        Armando estaba seguro de no haber hecho las cosas mal: siempre detallista y oportuno, no vaciló en registrar para siempre cada momento juntos en Facebook e Instagram. De haber tenido que escribir una cronología sobre su vida juntos, su archivo habría sido la fuente más fidedigna de todas las historias de la Historia. Pero a la Vale no le bastó aquello, y sus diferencias finalmente se impusieron.

        Superado el trauma de la ruptura, como cuando la calle vuelve a estar seca tras la lluvia y el regreso del sol, volvió la noche, y con ella Fernanda, quien le había agregado como amigo en su face alguna vez, aunque ni eran amigos ni se habían visto las caras. Entre chats, acordaron finalmente conocerse, aunque ya sabían el uno del otro, pues Fernanda también tocaba el bajo en una modesta banda de heavy metal. Llegado el día, en que al fin se conocieron, una conexión mágica pareció atraerlos, tan mágica que Armando no se lo creía. Fernanda era una especie de ser místico y sensual, todo lo opuesto a la profe de mate. Quizás, el universo había puesto de nuevo las cosas en su lugar. Christian, el pana de toda la vida del Armando, se sorprendió mucho al ver sus nuevas fotos con Fernanda. «Qué bacano, loco; nada que ver con esas fotos con la Vale» escribió alguna vez. Sería ese comentario aparentemente inofensivo el que desencadenaría la tragedia.

        Una noche, en que Fernanda había vuelto de su trabajo, no pudo evitar mirar el comentario de Christian, a quien había agregado también como amigo en su face. «Valeria», se repitió Fernanda. De pronto, recordó que Armando le había conversado sobre ella, así como ella le había hablado de David, su exnovio. Pero a diferencia de ella, Armando, quien además de cantar con estridente voz tenía una manía por registrar cada momento, cual influencer de barrio, se había hecho más de dos mil fotos con Vale, mismas que, quizás por un curiosidad humana, Fernanda no pudo evitar mirar. Armando y Valeria en El Molinuco; Armando y Valeria en Los Frailes; Armando y Valeria en las fiestas de Otavalo, en el cumpleaños del Christian, en un concierto de Juanes, incluso en un video, en el que Armando, el mismísimo cantante de hardcore, regurgitaba una cumbia.


……….


        «Por favor no te lo tomes a mal; comprendo que es parte de tu pasado, y que no lo puedes borrar, pero por favor, deja de poner en vista pública tus fotos con ella».

        Armando no supo qué pensar. Fue como un baldazo de agua fría; se sentía feliz, hasta el momento del mensaje. «Borrar sus fotos». Confundido, tomó en ese instante la peor decisión posible: consultar con su amigo Christian, quien no era precisamente una autoridad en relaciones amorosas.

    —Mira loco, tienes dos escenarios: dile de plano que no borrarás las fotos, pues borrando tus fotos no podrás borrar tu pasado, o simplemente bórralas y enfócate en el presente con ella. En todo caso, ¡no quedes como un mandarina!

    —¡Qué mierda loco, no sé qué hacer! —respondió—. Deshacerse de dos mil fotos y pico no sería tarea fácil.

    —¿Y por qué no pruebas con alguna opción como te dijo la Fer, para dejar de hacer públicas esas fotos en Instagram? —intentó ayudar Christian.

    —Chch loco, el problema es que las tengo casi todas etiquetadas, y no van a desaparecer.

    —Chuzo… Tendrás que tomar una decisión… En todo caso, yaff, lo pasado pisado.

    Armando regresó a su casa sintiendo un vacío en la garganta. Quería mucho a la Fernanda, y luego de meditarlo, decidió que borraría todas las fotos con Valeria. Fue entonces que, un sentimiento muy parecido a esa sensación de caminar debajo de un arco iris regresó por él. Vale y él, el día que fueron en avión a Cuenca; él y Valeria, el día en que se fueron de karaoke. Todos esos recuerdos tendrían que irse, para que su nuevo presente no se convierta abruptamente en pasado. 

    «De todos modos nadie me quitará lo vivido», pensó. Pero a medida que lo hacía, le era cada vez más difícil borrar las fotos. Entonces contempló un par de escenarios alternativos: por un lado, encarar a Fernanda y decirle que eliminar sus fotos con Valeria no borraría su pasado, como tampoco sus nuevos sentimientos por ella. Por otro, eliminar de un sopetón todas las imágenes y álbumes, como cuando debes beber de una sola un shot de tequila. En medio del silencio, sonó el teléfono. Una parte suya llegó incluso a pensar que se trataría de Valeria, pidiéndole que no borre las fotos y regrese con él. Otra parte, más lógica quizás, supuso que sería Fernanda.


    —¡Qué dice, loco! ¿Ya viste la serie de Luis Miguel? —era el Christian.

    —¡Habla serio loco, creí que me estaba escribiendo o llamando la Fer! —respondió Armando.

    —Chch… ¿Y qué fue, ya arreglaste el problema de las fotos?

    —No, men.

    —Mira, se me ocurre una idea —escribió Christian. —¿Por qué no le regalas un portarretrato vacío a la Fer, como símbolo de que lo anterior quedó atrás y que ahora será su foto la de tu vida presente?


        —Chch, ¡porque me ha de dar con lo mismo en la cabeza! —escribió Armando.


……….

                                                                           

Una vez borradas las fotos, y entre la noche que había vuelto, alguien tocó el timbre.

        —Hola, Armando. Quería pedirte disculpas… Es solo que me sentí triste de ver todas tus fotos con ella. Lo siento. No debí pedírtelo. Por favor, no borres tus fotos —Insistió Fernanda—. Crearemos nuevos recuerdos juntos.

Y en medio de ese abrazo, de paz y oscuridad, Armando deseó por un momento poder estar con todas las mujeres a la vez y al mismo tiempo. Sintió de manera profunda que pese a todo, uno no deja de querer lo que quiso, aún si ya no lo tiene. «Ojalá no me sueltes», le dijo en silencio a Fernanda. «Ojalá en el futuro no sufra lo que hoy sufro por Vale, contigo», se siguió repitiendo. Y pasaron la noche juntos, envueltos en ese nuevo amor. Pero por la mañana, junto al aparador de su cama y a un haz de luz de la ventana, Fernanda se encontró una foto.


(Publicado originalmente en junio de 2018)