Antonio y yo teníamos varias cosas en común: éramos casi de la misma edad y nos gustaban más o menos las mismas cosas. También llevábamos bastante tiempo en la desocupación.
Una tarde, se me había ocurrido una idea de emprendimiento. El Toño era psicólogo, por lo que supuse que podría ayudarme. Sin embargo, encontrar a mi pana era como pretender sacar cita con el presidente. Extrañamente, ese inicio de semana aceptó que nos reuniéramos.
Luego de acompañarlo a pagar de unas cuentas, que sospecho, fueron la principal razón para venir de mi hikikomori amigo, decidimos ir por un café. Tras sentirme un poco ñoño, propuse buscar cerveza, aunque sea en alguna tienda.
—Es lunes, pareces albañil, chch —refutó.
Pese a ello, logramos dar con un bar abierto, ubicado frente al cuasi legendario Epicentro. Tras preguntar a la dueña a cómo estaba el combo de bielas, nos respondió que solo tenía litronas de Pílsener a cinco dólares. Algo cansados ya, decidimos quedarnos. Luego de pagar a la entrada, la señora nos pasó canguil y limón también, prometiendo el respectivo refill.
Mientras contemplaba la peculiar botella de tono caramelo oscuro, el Toño me recordó una vez más que «no era él cuando se chumaba». «Qué, te crees la Melo?» le respondí.
Entre vaso y vaso la charla cobró forma. Me contó cosas que hasta entonces no me había revelado, por ejemplo, que se había jalado el primer curso del colegio y que por ello, su madre, como escarmiento, lo inscribió en otro del centro histórico, considerado un gulag. Me contó además otras cosas más personales, mientras intercambié confidencias también. Bebernos esa horrenda botella fue como atravesar el tiempo de la teoría de la relatividad de Einstein, o tomar una siesta durante la tarde: unos cuantos minutos parecieron horas. Al final, nunca hablamos de mi idea de negocio.
Tras salir del bar, el Toño ofreció acompañarme caminando hasta mi casa, con el fin de disipar nuestra borrachera. De ser por nosotros, las compañías de alcohol quebrarían todas. Resultamos bastante económicos.
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