Aquel semestre hubo muchos cambios en casa, la casa que ayudaba a administrar a mi mamá, quien vivía aún en el extranjero con mi padrastro y mi hermano menor. Por acá, mis hermanos mayores hacía tiempo que se habían mudado: Hernán llevaba tres años de casado, viviendo en el Valle en una casa que se construyó a medias con su esposa, e Israel había iniciado su internado rotativo en un hospital de Ibarra.
De mi lado, había pasado un año ya desde que mi novia, Fernanda, terminó conmigo. Mi obsesión, despecho o terquedad fue tan grande, que decidí salirme de la facultad, con tal de no volver a verla. Pésima decisión. No solo puse en suspenso mi carrera, que tal vez nunca llegaría a ejercer, debido a que ya tenía tercera matrícula en dos materias, sino que ni siquiera pude hallar un empleo. Así y todo, no me quedó de otra que ahondar en mi responsabilidad de hacer de guardián de la casa, ahora que mis ñaños no vivirían más en ella, al menos por un tiempo.
Además de limpiar las áreas comunes de la casa como pasillos, gradas, terraza y garaje y de llamar al plomero o electricista si se averiaba algo, debía ocuparme de cobrar los arriendos y pagar las cuentas de agua y luz, que debía dividir entre los inquilinos. A veces debí hacer también de Don Barriga, cuando alguna persona «no tenía para la renta».
Por esos días vivía en un cuarto del segundo piso una chica cuyo nombre ya he olvidado. Era de Morona Santiago, y vino a Quito, según ella, para estudiar en una extensión de la Universidad Ecológica Amazónica, uno de los centros de educación superior cerrados posteriormente por la Revolución Ciudadana. Por aquel entonces, enconado todavía por mi ruptura que no podía superar, no tenía ojos para otras mujeres. Yumi, como he decidido llamar a la muchacha para disculparme por mi falta de memoria, al decir verdad, no estaba tan mal. Nada más eso.
En una ocasión, Yumi se atrasó del arriendo por dos meses. Cuando era pequeño y vivía con mi mamá, antes de comprar esta casa, fuimos inquilinos también. Llegué a vivir en todos los sectores de Quito: en el Sur, cerca de El Camal; en el Norte, en un departamento cerca del Quito Tenis, donde me contó mamá alguna vez que entraron a robarnos —motivo por el que no conservo ninguna foto de cuando tenía menos de cinco años—; y finalmente acá, en el centro, primero en San Juan, luego en El Dorado y ahora por acá. Por esa razón, sin tanto ánimo de ser empático tampoco, es que si alguien se atrasaba optaba por ser paciente y esperar, por último, a que la vecina o el vecino hablara conmigo. Varios años después, por esperar demasiado, uno de ellos se fue debiendo casi siete meses de arriendo; otro, que vivía con un pequeño perro, se fue debiendo ocho. A partir de eso, luego del respectivo regaño de mi madre por mi ineptitud, nunca más volví a permitir que alguien llegara los tres meses de deuda que establece la Ley de Inquilinato para proceder al desalojo.
Antes de esa penosa lección, sin embargo, me había encontrado en la puerta de calle con Yumi, a quién le pregunté si ya tenía lo del arriendo y me respondió que le disculpara, que ya le enviarían el dinero dentro de dos días. Tres días después, Yumi no hizo el pago. A los cinco días, se acercó a la puerta de mi departamento.
—Buenas tardes, vecina.
—Buenas tardes.
—¿Me va a pagar del arriendo, verdad? —casi no me dejó terminar de hablar cuando respondió:
—Vecino... ¿Acaso no le gusto?
—¿Perdón?
—¿No le gusto, vecino?
Me quedé un poco frío. Había visto en sketches cómicos y en telenovelas cómo a veces las personas se cobraban las cuentas o deudas en especie, pero no creí que llegara a ocurrirme. Ahora que escribo estas líneas, ya lejos del recuerdo del sentimiento por Fernanda, pienso que Yumi no estaba mal: su piel canela era como la madera de los árboles de la selva, mojada por la lluvia, y su cabello negro y lustroso era una autopista hacia la oscuridad. Me habría encantado hacerle el amor.
—Oh, veci… La verdad es que sí me parece muy bonita.
Se acercó entonces y me besó.
—Perdone, vecina, no puedo. Tengo novia y estoy muy enamorado de ella —mentí. Debió pensar que era gay o algo así.
A continuación siguió un silencio de diez o quince segundos. Dije entonces:
—Sabe qué, veci, hagamos una cosa… Si tiene dificultades de dinero, quiero proponerle que trabaje para mí; podría ayudarme con la limpieza de las áreas comunes de la casa, o sea, las gradas, el pasillo de su piso, la terraza y el garaje, dos veces por semana. Si lo hace, le descuento los dos meses de arriendo que me está debiendo. ¿Le parece bien?
—Está bien, vecino. Gracias.
Después que regresó a su cuarto, me sentí un poco aturdido. No solo había renunciado a dos meses de arriendo, sino a una esbelta chica que se me había ofrecido en bandeja de plata. Algo recobrado, analicé los pros y contras de esa decisión: de haber aceptado, no solo hubiera mandado al hoyo mi reputación, sino que pude exponerme a algún tipo de chantaje por coerción sexual. A lo mejor me terminaba gustando y lo hacíamos de nuevo, dos, tres o cuatro veces y ella terminaba embarazada… O quizás era promiscua y me exponía a una ETS o a que me chantara un guagua que no era mío, y me metía luego a su familia en la casa de mi madre… O en el mejor de los casos, solo estaba sobre pensando las cosas, y simplemente lo hubiera pasado genial, quien sabe si incluso nos enamorábamos y mandaba por fin al diablo a la Fernanda.
Pese al alboroto en mi cabeza, concluí que hice lo correcto, y que, de paso, me había ganado una aliada en casa. Habíamos quedado en empezar con la tarea dentro de dos días, cuando le comprara desinfectante y detergente y le consiguiera otro trapeador, escoba y cepillo. No obstante, Yumi desapareció por esos días. Me comí verga de inmediato: supuse que pensó que había conseguido que le perdone del arriendo para poder largarse.
Dos semanas después, alguien volvió a tocar la puerta. Era Yumi. Me dijo que vino por las cosas para limpiar. En esta ocasión no la encontré tan simpática. Le dije que había incumplido con su palabra y que por tanto nuestro trato quedaba deshecho. Una semana más tarde me pagó de un mes, y quince días después, cuando se cumplió el tercero, me pagó del segundo. Por esos días empezó a venir a verla un tipo, mayor que yo. Finalmente desocupó el cuarto debiéndome de un mes.
Por esta casa, que sueño todavía con poder abandonar por un sitio propio, pese a que también ha sido mi refugio y me ha salvado de tantas crisis de desempleo y deudas, han pasado tantas historias. Tiempo después de la partida de Yumi, tuve que volver a la facu a suplicar a mis profes con quienes tenía tercera matrícula que la anularan para poder volver a inscribirme. Al siguiente semestre, Fernanda me llamó para invitarme un café y pedirme un favor. Por un instante pensé en contarle mi anécdota con Yumi, pero concluí que habría sido patético. Acepté hacerle el favor a Fernanda —como pago ofreció invitarme a un concierto alguna vez, cosa que ya nunca sucedió— y no volví a verlas ni a ella ni a la chica de la selva.
3 comentarios:
Jajajaja esa Yumi te bailó sabroso, y la Fernanda ha de haber bailado en el concierto sin vos😅
Jajajajaja
Esa manía que tenemos de sobre pensar las cosas demasiado... a veces es bueno, la mayoría de veces no lo es. En todo caso, vos tampoco estabas nada mal en ese tiempo tampoco :)
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