lunes, 14 de septiembre de 2026

M y M

Se llamaba Diego; le pusieron así como homenaje a Diego Maradona, aquel futbolista e ídolo que sus padres empezaron a considerar de barro, tras aquel escándalo de drogas. Ese nombre, sin embargo, crearía en él una admiración que no tardó en denominar conexión con Argentina, país del que se enamoraría durante aquel Mundial donde su tocayo y compatriota platónico marcaría su último gol, que celebró con un primer plano ante la cámara, mostrando sus colmillos cual licántropo excitado para decir «aún estoy aquí», un partido y unos días antes de ser nuevamente acusado de doping. 

    Unos nacen y otros mueren, unos caen y otros se levantan y en Barcelona, ese puerto que compartía nombre con su equipo preferido de por acá, una nueva estrella ascendería junto con otro milenio y otra época: Lionel Messi, nacido en Rosario, la misma ciudad de Fito Páez. La posta traspasada reviviría en Diego ese inexplicable amor por la albiceleste que en la tierra equinoccial acaso pocos podrían entender.

    En Río de Janeiro pudo haber sido la primera; el calor tropical donde le habría gustado cantar junto a la barra «Brasil, decime qué se siente... tener, en casa a tu papá» solo le regaló otro Maracanazo por televisión, tras una nueva victoria alemana. Rusia 2018, donde Francia finalmente reivindicó su derrota en Waterloo, tampoco sería para la tierra del dulce de leche. Catar 2022 sería por fin el pináculo. En Doha, cuando Lionel le dijo a alguien «Andá pa´shá, bobo», Diego volvería a ver esos ojos de hombre lobo que encontró de niño en Diego Armando Maradona. A catorce mil kilómetros de Quito, Diego sería uno de esos extravagantes aficionados que festejaría aquella victoria como propia, en la Plaza Argentina.

    Pero Nueva Jersey no sería el cierre con broche de oro. Tras esa nueva victoria frente a Inglaterra, donde Argentina aprovechó para recordarle al mundo que las Malvinas eran parte de su cancha de local, la escaloneta se reventaría cual globo, luego de volar tan alto y tan cerca del sol. El día en que Messi anunció su retiro, Diego sintió, como un pez de agua dulce entre el gran mar de agua salada, que algo de la razón de ser de su vida se apagaba, y que difícilmente volvería estar vivo para mirar otro cometa Halley u otro relevo de postas, como aquel M y M de Sudáfrica, en 2010, cuando un barbudo Diego Maradona, ahora dirigiendo a Argentina como entrenador, le deseara a Messi la misma suerte que tuvo con la blaugrana.

    

    

    

martes, 8 de septiembre de 2026

Piscinazo

 La antigua piscina del colegio Montúfar era un hábitat propio entre la decadente civilización de la avenida Napo y el pequeño pasto donde se colaba de vez en cuando alguna vaca. En la parte más honda, que solía encharcarse en invierno, se podían encontrar lagartijas y renacuajos; también era frecuenta hallar libélulas apareándose y caballitos del diablo. La parte menos profunda, en cambio, era una improvisada arena donde a veces los lecheros disputaban su dignidad.

    El ritual del piscinazo consistía en desafiar a una pelea a quiños extendiendo el meñique al adversario. Generalmente, algún sapo o metido debía hacer de testigo. Si se juntaban los dedos, se cortaba el piscinazo, estableciendo la hora o el día y prohibiendo implícitamente el empleo de cualquier cuchillo o navaja. A veces ni hacía falta el testigo: el duelo se acordaba o simplemente se olvidaba el protocolo y se pasaba de inmediato a los puñetazos.

    A pesar de la tirria, muchas veces el sentido del honor prevalecía y se pactaba la pelea. Después de todo, presenciar un piscinazo era todo un espectáculo. Recuerdo que vi por primera vez uno durante primer curso: ¡Piscinazo!, ¡Piscinazo! había corrido la voz por el colegio. De manera muy extraña, ningún profesor, ni siquiera «El látigo», nuestro inspector general, se había aparecido para impedir el combate. Los chicos, que seguramente eran de quinto o sexto, se dieron mama trancazos. Uno de ellos, que llevaba la camisa blanca desgarrada, tenía impresas tremendas manchas de sangre. La razón por la que se agarraron importó poco, aunque tiempo después, recuerdo que alguien me dijo que al vencedor de ese reto se le había acusado de robarse una calculadora.

    Ese mismo año, dominado por una insana curiosidad, decidí retar a un compañero del curso que ni siquiera me caía tan mal; se apellidaba Córdoba, era más grande que yo, y aunque solo me parecía un tanto lamparoso y hecho el aniñado (un compañero le puso de apodo María Joaquina), nos dimos igual. La pelea fue acordada un lunes o martes para el viernes, luego de la clase de Educación Física. Por extensión, en el Montúfar se le llamaba «piscinazo» a cualquier pelea, aun si no se disputaba sobre la arena de la antigua piscina. El día acordado, el Córdoba y yo peleamos en el parqueadero del edificio de primeros y segundos cursos. Luego de dejarme la cara hinchada, el María Joaquina y yo nos dimos la mano, y después del incidente me fui con mi amigo Ponce a un local de Súper Nintendos en La Vicentina.    

    En segundo curso, ya con otro grupo de compañeros, volví a cortar piscinazo con el Narváez, un bipolar que a veces me caía bien pero que en otras se pasaba de cargoso. En esa ocasión la pelea fue detrás del coliseo, y volví a perder. El Rolo (se llamaba Rolando) quiso darme luego la mano, pero la rechacé. En tercero hubo otro tipo que se quiso cargar conmigo, un tal Villota. Ese año había hecho una pequeña pata de amigos con el Castillo, el Tello y el Loachamín, y sinceramente ya no quise que me partieran la cara de nuevo. Para cuarto curso no me tocó con ninguno de mis amigos, y más bien volví a coincidir con el Narváez, con quien me hice muy cercano, pues, pese a los quiños de segundo, teníamos otros amigos en común, el Beto Silva y el Christian Naranjo, que también jodían full, pero que el año siguiente se fueron a Físico-Matemático e incluso empecé a echar de menos, pues, en Quinto Sociales conocería de verdad el odio.

    Por un lado estaba el Gordo, un man que hasta me cayó simpático en un inicio y con quien incluso intenté hacer conversa, pese a que le entraba duro al hip hop, género distante del heavy metal y el punk que aprendí a escuchar con el Ponce y el Castillo. Unas semanas después, el Gordo empezó a remedarme cada vez que hablaba, dando un tono muy afeminado a mi supuesta voz. Por otro lado estaba el Carecaballo, un tipo que se quiso hacer chapa y me enteré hace poco que se hizo cocinero. Al tipo también se le dio por imitar mi voz. En una ocasión, en que tuvimos natación en la nueva piscina, alguien había dejado su pantaloneta y cometí el error de llevarla al curso y preguntar si le hacía falta a alguien. El tipo me ridiculizó lo que más pudo. El problema es que era demasiado langarote para retarle a piscinazo. A lo mejor debí ahorrarme el protocolo y aprovechando mi baja estatura lanzarle un uppercat y dejarle tío. 

    Además de ellos había un tipo más enano pero más papeado, Rivas, que extrañamente a veces fingía ser pana pero luego te apuñalaba por la espalda. También estaba Cuajinais, otro tipo que en cambio peló el cobre aquella mañana en que alguien solo había propuesto —ni siquiera había postulado— mi nombre para el Consejo Estudiantil, señalando todos mis defectos y condenándome como interdicto ni qué juez de la tremenda corte, vocación que al parecer le calzó muy bien ya que años después se hizo intendente. Finalmente estaba Carepiña, un roscón bien ango que además del remedo y la burla descarada, osaba empujarme de vez en cuando, y al que, durante sexto curso, ya cabreado de tanta huevada, decidí retarle a piscinazo en la tribuna de la cancha de fútbol, mientras veía pasar mi vida en un minuto, suponía que me perdería de la graduación e imaginaba la carta de despedida a mis padres y a mi crush de ese entonces, Celine, a quien no volvería a ver.

    Sorprendentemente, el Carepiña no cortó piscinazo y me dejó en paz desde entonces.

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Por un tiempo fui al colegio con mis dos hermanos. Mi ñaño mayor solo estuvo en tercero y cuarto; mamá lo retiró tras ser acusado de ejercer mala influencia entre sus compañeros. Mi hermano menor, en cambio, coincidió en cuarto curso con un antiguo compañero mío, Baquero, que se había jalado el año y decidió agarrarle de pato. Un día, mientras lidiaba con mis propios problemas en Quinto, volví a escuchar ¡Piscinazo! ¡Piscinazo!, como aquella lejana mañana de primero. 

    Mi hermano le había sacado la puta al Baquero. Años después, un amigo en común, con quien nos reencontramos por Facebook, me dijo que fue épico.