La antigua piscina del colegio Montúfar era un hábitat propio entre la decadente civilización de la avenida Napo y el pequeño pasto donde se colaba de vez en cuando alguna vaca. En la parte más honda, que solía encharcarse en invierno, se podían encontrar lagartijas y huilli huillis; también era frecuenta hallar libélulas apareándose y caballitos del diablo. La parte menos profunda, en cambio, era una improvisada arena donde a veces los lecheros disputaban su dignidad.
El ritual del piscinazo consistía en desafiar a una pelea a quiños extendiendo el meñique al adversario. Generalmente, algún sapo o metido debía hacer de testigo y juez. Si se juntaban los dedos, el testigo cortaba el piscinazo, estableciendo la hora o el día y prohibiendo implícitamente el empleo de cualquier cuchillo o navaja. A veces no hacían falta testigos: el duelo se pactaba o simplemente se olvidaba el protocolo y se pasaba de inmediato a los puñetazos, si el odio era más grande.
A pesar de la tirria, muchas veces el sentido del honor prevalecía y se pactaba la pelea. Después de todo, presenciar un piscinazo era todo un espectáculo. Recuerdo que vi por primera vez uno durante primer curso: ¡Piscinazo!, ¡Piscinazo! había corrido la voz por el colegio. De manera muy extraña, ningún inspector, ni siquiera «El látigo», nuestro inspector general, se había aparecido para impedir el combate. Los chicos, que seguramente eran de quinto o sexto, se dieron tremendos trancazos. Uno de ellos, que llevaba la camisa blanca desgarrada, tenía impresas tremendas manchas de sangre. La razón por la que se agarraron importó poco, aunque tiempo después, recuerdo que alguien me dijo que al vencedor de ese reto se le había acusado de robarse una calculadora.
Ese mismo año, dominado por una insana curiosidad, decidí retar a un compañero del curso que ni siquiera me caía tan mal; se apellidaba Córdoba, era más grande que yo, y aunque solo me parecía un tanto lamparoso y hecho el aniñado (un compañero le puso de apodo María Joaquina), nos dimos igual. La pelea fue acordada un lunes o martes para el viernes, luego de la clase de Educación Física. Por extensión, en el Montúfar se le llamaba «piscinazo» a cualquier pelea, aun si no se disputaba sobre la arena de la antigua piscina. El día acordado, el Córdoba y yo peleamos en el parqueadero del edificio de primeros y segundos cursos. Luego de dejarme la cara hinchada, el María Joaquina y yo nos dimos la mano, y después del incidente me fui con mi amigo Ponce a un local de Súper Nintendos en La Vicentina.
En segundo curso, ya con otro grupo de compañeros, volví a cortar piscinazo con el Narváez, un bipolar que a veces me caía bien pero que en otras se pasaba de cargoso. En esa ocasión la pelea fue detrás del coliseo, y volví a perder. El Rolo (se llamaba Rolando) quiso darme luego la mano, pero la rechacé. En tercero hubo otro tipo que se quiso cargar conmigo, de apellido Villota. Ese año había hecho una pequeña pata de amigos con el Castillo, el Tello y el Loachamín, y sinceramente ya no quise que me partan la cara de nuevo. Para cuarto curso no me tocó con ninguno de mis amigos, y más bien volví a coincidir con el Narváez, con quien me hice muy cercano, pues, pese a los quiños de segundo, teníamos otros amigos en común, el Beto Silva y el Christian Naranjo, que también jodían full, pero que el año siguiente se fueron a Físico Matemático e incluso empecé a echar de menos, pues, en Quinto Sociales conocería de verdad el odio.
Por un lado estaba el Gordo, un man que hasta me cayó simpático en un inicio y con quien incluso intenté hacer conversa, pese a que le entraba duro al hip hop, género distante del heavy metal y el punk que aprendí a escuchar con el Ponce y el Castillo. Unas semanas después, el Gordo empezó a remedarme cada vez que hablaba, dando un tono muy afeminado a mi supuesta voz. Por otro lado estaban el Carecaballo, un tipo que se quiso hacer chapa y me enteré hace poco que se hizo cocinero. Al tipo también se le dio por imitar mi voz. En una ocasión, en que tuvimos natación en la nueva piscina, alguien había dejado su pantaloneta y cometí el error de llevarla al curso y preguntar si le hacía falta a alguien. El tipo me ridiculizó lo que más pudo. El problema es que era demasiado langarote para retarle a piscinazo. A lo mejor debí ahorrarme el protocolo y aprovechando mi baja estatura lanzarle un uppercat y dejarle tío.
Además de ellos había un tipo más enano pero más papeado, Rivas, que extrañamente a veces fingía ser pana pero luego te apuñalaba por la espalda. También estaba Cuajinais, otro tipo que en cambio peló el cobre aquella mañana en que alguien solo había propuesto —ni siquiera había postulado— mi nombre para el Consejo Estudiantil, señalando todos mis defectos y condenándome como interdicto ni qué juez de la tremenda corte, vocación que al parecer le calzó muy bien ya que años después se hizo intendente. Finalmente estaba Carepiña, un roscón bien ango que además del remedo y la burla descarada, osaba empujarme de vez en cuando, y al que, durante sexto curso, ya cabreado de tanta huevada, decidí retarle a piscinazo en la tribuna de la cancha de fútbol, mientras veía pasar mi vida en un minuto, suponía que me perdería de la graduación e imaginaba la carta de despedida a mis padres y a mi crush de ese entonces, Adriana, a quien no volvería a ver.
Sorprendentemente, Carepiña no cortó piscinazo y me dejó en paz desde entonces.
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Por un tiempo fui al MH con mis dos hermanos. Mi ñaño mayor solo estuvo en tercero y cuarto; mamá lo retiró tras ser acusado de fundar la novena, que era como también se le llamaba a la tribuna del estadio del colegio, donde teníamos ocho paralelos hasta quinto. Mi hermano menor coincidió en cuarto curso con un antiguo compañero de primero, Baquero, quien decidió agarrarle de pato. Un día, mientras lidiaba con mis propios problemas en Quinto, volví a escuchar ¡Piscinazo! ¡Piscinazo!, como aquella lejana mañana de primero.
Mi hermano le había sacado la puta al Baquero. Años después, un amigo en común, con quien nos reencontramos por Facebook, me dijo que fue épico.
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