Club de paradojas e hipérboles: su camiseta es llevada por aficionados en la San Pancho, la UDLA y la Cato; sus hazañas conquistaron el corazón de un Oliver de carne y hueso en Japón, al otro lado del mundo. Fue el primero del país en levantar una Libertadores en 2008, esa noche de penales en que la altura celebraba y el puerto reprochaba que uno de sus rivales alcanzara lo que ellos no, en aquel nuevo Maracanazo.
Carrera, Berrueta, Marsetti, Manso, Bieler, Salas, Cevallos: ese mismo que no pudo ser profeta en su propia tierra.
Es esa uniforme blanco que en una noche de neblina disputó un clásico de paz contra otra camiseta amarilla, uno de guerra contra una roja y otro de orgullo contra una lejana azulgrana, mientras arrancaba camisetazos en Chillogallo, Solanda o Carapungo. Es un estadio que se mira desde lejos, una copa que aún no se toca y un aliento que parece ventisca por la Universidad Central en cada tarde de pileta.
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