martes, 8 de diciembre de 2009

Elipsis


La lista de cosas que deseo hacer pero que todavía no me atrevo es tan grande que simplemente da miedo. Un día, mientras revisaba un viejo ejemplar de El Verano de Albert Camus, libro que mi hermano se robó de la biblioteca de la Fuerza Aérea, el señor zapatero, quien tiene su pequeño local a la entrada de mi casa, me entregó un paquete de procedencia desconocida, cuya única referencia era mi nombre. La emoción me colmaba; supuse se trataba de algún regalo sorpresa de cumpleaños, o de Navidad. Ni siquiera me importó la ausencia de remitente; imaginé que debía tratarse de alguna compañera de la facultad, o de algún amigo cercano.
    ¿Cómo era la persona que le entregó el paquete? le pregunté a mi vecino.
    No tengo idea, joven. El sobre estaba en la puerta de calle.
    El misterio sobre aquel objeto empezó a tornarse excitante. Decidí luego de meditar por varios segundos que no lo abriría hasta encontrar alguna otra pista.
    Los días pasaban, y no encontraba nada. A la puerta de mi casa lo único que siguieron llegando fueron facturas de la luz, del agua, del teléfono y del cable. De vez en cuando también llegaba publicidad, sobre todo navideña. Los días volvieron a ser tediosos. Por lo tanto, y para escapar de esa horrible rutina, decidí abrir el sobre.
    Por su peso y tamaño, deduje que debía traer alguna revista o folleto. Pese a los regalos, las navidades siempre me parecieron tristes, pues eran el preludio del fin de año, y casi todo final suele significar una despedida. No pude más y decidí abrir el sobre de una maldita vez.
    Los días transcurren a veces sin darme cuenta, y la lista de cosas que deseo hacer pero que todavía no me atrevo es tan grande, que a veces me da miedo. A veces, tampoco me doy cuenta. El sobre contenía una hoja seca de roble, en donde estaban escritas las palabras: «A dónde vayas te encontraré. Jamás olvides este instante. David. 1999».

     Yo mismo me envié el sobre hace diez años.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Perdido en vos

No sé que tan lejos,
o que tan cerca,
no sé si es el momento
indicado.
Si estoy loco por
haberte encontrado
que me encierren en
un manicomio;
si estoy pecando por
amarte que me
hunda en el infierno.
Si estoy agonizando
por mirarte,
que me muera de una vez;
si lo lógico es encontrarme,
prefiero estar perdido en vos.

El cristal


Mientras pasan los días, algo dentro del cuerpo de Ana parece quebrarse a cada momento; es un corazón de cristal que le han implantado hace varios años, luego de aquél terrible accidente que la convirtió en un proandroide.
El día de Ana empieza con una revisión que parece más bien un ritual: media hora de estar conectada a sofisticados aparatos cuya descripción prefiero dejar en manos de un ingeniero biomédico; media hora de una rutina de ejercicios leves conectada también a otros aparatos leves de monitoreo; una dieta de lo más rigurosa, hasta en los más mínimos detalles y una jaula de plástico como habitación.
Los gustos de Ana son de lo más variado: manzanas y duraznos frescos, películas de contenido intelectual de Woody Allen (antes le gustaban los filmes de Tarantino, pero el doctor se los ha prohibido), literatura de Stendhal, de Jorge Luis Borges, de Franz Kafka... por alguna extraña razón no se le ha privado de la literatura, ventana abierta de todas las formas de mundos posibles... la música porspuesto, es toda aquella que no sea en extremo ruidosa.
Un día, Ana estuvo más frágil que de costumbre. El cristal que era su corazón se resquebrajó por alguna razón desconocida. Ella no podía enamorarse; le estaba vedado, al igual que las alteraciones o las malas noticias. Un día Ana, al mirarse al espejo, se dio cuenta de que vivía en una eutanasia prolongada, y decidió arrojarse por una ventana del hospital que no contaba con las seguridades necesarias. El escándalo fue tremendo. Al encontrar su cadáver, sin embargo, econtraron el esbozo de una sonrisa luego de examinar su rostro.

Tu nombre



Inscrito en un mensaje,
inserto en una botella,
alguien lo arrojó y lo encontré
por casualidad un día en
la playa.
Las gaviotas volaban,
las orcas hacían el amor
frente a la costa;
intenté por un momento
nadar hasta el horizonte
con tu nombre.
Un día se perdió después
de una tormenta;
nadé hasta ahogarme,
lo busqué bajo la lluvia;
era como si el cielo hubiese
dado una vuelta y me
hubiese arrojado al abismo.
No recuerdo ya
tu nombre,
no recuerdo lo que había
escrito.
Un día una gaviota trajo
un fragmento de él.
En la playa busco los
demás fragmentos;
en la orilla he dibujado
el mapa de una isla
desierta.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El miedo

Tengo tantas cosas
que contar,
pero no me salen las
palabras,
ayer,
la lluvia cedió,
pero no,
no refleja el mar.
Si pudiera escapar
de todo lo convencional,
y si pudiera desafiar
al mundo,
no sé,
que hacer,
quizás volver.
Necesito un momento para
volar,
y ver al mundo
desde el horizonte,
quisiera ser con la noche,
el extraño viento sobre el mar.
Pero no,
no recuerdo,
si es de noche,
en la ciudad.

Silencio sin poder,
lograr,
que el viento, diga,
donde ir,
y que será,
de los sueños de la
gente,
que vaga,
sin cesar.
Mil páginas se romperán,
pero al fin,
no sé,
estoy,
bordeando el fin.
Dioses, pensamientos,
más temores,
plegarias, ideas,
y nostalgias.
Que será,
no sé,
si el mundo esta vez,
me dará,
otra oportunidad...

Siento que la vida,
es un instante,
pero no refleja el cristal,
el extraño viento sobre
el mar,
y me doy cuenta,
y me doy cuenta,
que ya no está...

jueves, 26 de noviembre de 2009

Estar lejos


Cuando estemos lejos
el mundo no parará de girar;
las aves seguirán su rumbo,
las hojas seguirán cayendo...
cuando mi cuerpo ya no
sea el que sostiene mi alma
probablemente seguiré
pensando,
imaginando una elipsis para
volver una y otra vez;
cuando mi corazón disminuya
sus latidos quizás seguirá
sintiendo emociones,
al contemplar el otoño;
cuando estemos lejos las
carreteras doblarán hacia ninguno
y hacia todos los lugares,
probablemente el sol seguirá siendo
el mismo para todos los confines
del mundo.
Cuando me encuentre lejos te
buscaré en un sueño;
cuando te encuentres lejos intentaré
introducirme en tus sueños.
Cuando nos encontremos lejos buscaré
reencontrarte en nuestro sueño,
cuando estemos cerca tal vez deseemos
no encontrarnos lejos.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Short Story


"Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí"
Augusto Monterroso


Caminaba el otro día sin darme cuenta de nada; entonces escuché un grito que venía de muy cerca.
-¿Qué pasaría? pensé en voz alta.

Una mujer desconocida, aparecida de la nada, se acercó entonces y me dijo:
-Alguien se acaba de inmolar.

-Y ésta de donde salió- pensé esta vez en silencio. Luego me animé a preguntar:
-¿Y hay algo que se pueda hacer? y la señora respondió:
-No, ya no hay nada que hacer. Es el final.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Tu voz bajo la lluvia


Tanto tiempo
entre desiertos,
tantos días de
sol.
El viento nos condujo
hacia donde quisimos;
de los huracanes hacías
brisas,
del polvo hicimos
respiración.
¿Dónde estarás
mañana?
me es difícil escuchar.
La lluvia cae fuerte;
debimos aprovechar para
charlar bajo el cielo gris.
Con el agua hasta
los tobillos insisto en
decirte algo,
pero por dentro no sé que hacer.
La pequeña tormenta
ha cesado pero
continúa haciendo estragos.
En silencio,
ahora el cielo dibuja
círculos sobre el asfalto.
Tal vez no exista principio
ni final.
Tal vez los círculos
nos dicen que habrá
otra vez,
aunque mientras se
expanden se vuelven
invisibles.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Ojos tristes


Otro día he perdido la razón,
otra noche me he perdido en vos.
Las horas,
son tan lentas,
y no entienden de ansiedad.
Si pudiera abrazarte,
otra vez...

No sé si
estuviste lejos
hoy,
o cerca tal vez,
no importa no.
Detrás de una nube gris,
te encontré,
imaginándote,
por qué,
Ojos tristes
no sé a donde huir 
cuando te siento cerca de mi.
El no poder hablarte 
me hace una cicatriz,
que no puedes sentir.
Por qué,
no recuerdo
por qué,
ya no siento.
Esta oscura aurora que no está,
que buscamos sin cesar y ya no,
no es,
parte de ti.
Ojos tristes
me he perdido aquí,
no hay nada que hacer,
no hay nada que decir,
no hay nada que sentir.
Por qué.
Para que me perdones y volver,
a ser,
un atardecer,
un amanecer,
aquí.
Ojos tristes,
por qué debo
olvidarte,
no sé mañana
en donde estaré.
Sólo un momento,
sólo un instante,
ojos tristes quiero,
respirar tu aliento
otra vez.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Quemando tus recuerdos


La tarde en que supe de su partida quise irme también. Hacía mucho que no la veía, desde que viajé al sur. Siempre eché de menos el ver juntos un puñado de nieve; en nuestra ciudad el sol siempre era intenso, y ella adoraba el calor. Todas las muertes son inevitables; el problema es que algunas se nos hacen inverosímiles, imposibles de creer. Y no podía creer que se hubiera marchado también.

A veces, cuando miro las pocas fotografías que compartimos juntos todavía me cuesta creerlo. No se trata de un telenovelesco lamento, ni de una pena ajena; se trata de una desaparición interior, por que como diría Hemingway, he sentido desaparecer también, junto con la fotografía, como si un pedazo de mi alma hubiese sido robado.

Alguna tarde, muchos años atrás, me había obsequiado una prenda modesta pero de gran valor: una bufanda. Cuando me enteré de lo sucedido fue lo primero que se me ocurrió hacer: buscar esa prenda y devolvérsela. Sentí que se lo debía: sentí que tenía que llevarse todo el cariño posible que engendró alguna vez. Sin embargo, la prenda había desaparecido. Revolví toda la casa esperando encontrarla; hasta desarmé un sofá entero, creyendo que se había ocultado bajo los cojines. Pregunté a los vecinos, a la seño de la tienda, al carnicero, al hombre de las papas fritas, a los del chifa, a los de La Alameda. Pregunté en varios foros de internet. Nunca obtuve una respuesta.

Mucho tiempo después, había ofrecido una fiesta en mi casa toda la noche, y tuve que ponerme a limpiar. Luego del desastre, varias moscas se quedaron a seguir disfrutando. Hice lo posible por eliminarlas, pero había una que se rehusó a morir, hasta bien entrada la noche. No sabía que hacer; intenté matarla con el periódico, lanzándole el celular, tirando los cojines de la sala. Pero todo fue inútil. Tuve que levantarme de la cama, tan cansado y aburrido como estaba, para tratar de eliminar a la mosca. Entonces decidí seguirla. La mosca caminaba sobre el entablado de la sala, para levantarse de vez en cuando. Sé que las moscas no pueden vivir más que algunas horas, pero quería llevarme el trofeo de asesino esa noche. Mi gato dormía panza arriba sobre el escritorio, por lo que no sería de gran ayuda. Entonces, comencé a imitar a los comandos, y me arrastré debajo de la cama, del escritorio, del bar de la alacena y del piso del cuarto de planchar, cuando de repente sucedió. La bufanda estaba allí, sucia, húmeda, mugrosa, y además, se había convertido en un gran nido de moscas.

A veces me gusta encender la chimenea, por una cuestión de pirotecnia reprimida. Esa noche la bufanda fue el combustible ideal. Mientras saboreo el placer de contemplar como el fuego le devuelve la bufanda en forma de humo a mi amiga, me he puesto a escribir detrás de la foto que alguna vez nos sacamos juntos.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Sputnik


Cabalgando
bajo el inmenso sol,
sobre gigantescos desiertos lunares.
No quedó nadie de la tripulación,
Las señales de humo son imposibles.
Por ahora intento marcar una huella
que espero ni una tormenta
galáctica pueda borrar.
Asteroides por doquier;
creí por un instante percibir tu
sonrisa en un cometa.
¿Hacia donde se expandirá nuestro
universo?
¿Nos desvaneceremos al atravesar aquél
agujero negro?
Hasta dónde nos devorará esta oscuridad,
hasta donde...


miércoles, 28 de octubre de 2009

El fin de los sueños


A diferencia del 31 de diciembre, esa tarde Marco no se sentía eufórico. Eran ya pocas las personas que quedaban en la ciudad, a pesar de que no era feriado. Lo poco que los saqueadores habían dejado en los almacenes ya no serviría de nada; no había más comida ni refrescos, y las prendas de ropa china que una vez fueron botín de contrabando ya no servirían para nada. Antes de las seis de la tarde en que iniciaría el conteo (era un día de octubre), el muchacho había hablado por teléfono con su madre, quien unas horas antes había agotado las últimas gestiones para que le otorgaran una visa y poder así escapar del cataclismo que se aproximaba; sin embargo, las autoridades no le habían concedido el documento. Tampoco pudo ser incluido en la lista de personas con méritos que habían abordado los últimos aviones que la Fuerza Aérea había apartado, ni en los camiones del Ejército, que exigían como acceso una módica cuota de 3 mil dólares por persona.

        Ante el aullido de los perros, y ante la balacera que las personas ebrias se lanzaban entre ellas, como una especie de juego del final, Marco decidió esconderse en la última cisterna que quedaba dentro de la casa, con una linterna y una caja de zapatos donde guardaba cartas, fotos, poemas mal escritos y una funda de galletas de sal para las emergencias. El que debajo de una postal en blanco y negro encontrara una vieja cajetilla con un cigarrillo y además un encendedor, fue como ascender al paraíso; lo malo es que también había un reloj, que por desgracia funcionaba.

        —Quisiera construir una cámara para soñar por última vez- se dijo Marco, frío en ese instante, en esa caja oscura, mientras por fuera el inclemente sol empezaba a ceder por última vez y un viento frío penetraba por los agujeros.

        Mientras fumaba con gran placer ese último cigarrillo por el que otros habrían asesinado en ese momento, el chico empezó a recordar su infancia y todas las señales del fin del mundo que le habían dado: desde la canción the final countdown de la agrupación Europe hasta las noches de víspera de navidad en que su tía, después de la novena, gustaba de leer partes del Apocalipsis. A la compañía del humo y de la tenue lucesita amarilla que decoraba la ceniza, se acordó también de todas las series de televisión que le gustaron alguna vez: Misión del Deber, Los años maravillosos, Salvado por la campana, Los estudiantes de Degrassi... y de todas las películas que también trataron el fin del mundo: Armageddon, El fin de los días, El día después de mañana...

        Una vez terminadas las fotos, y de rememorar los sitios donde fueron tomadas, Marco había terminado con el último cigarrillo de este mundo. Fuera de la cisternas empezaron a sonar disparos de metralleta, y mujeres llorando; antes de ingresar a su improvisado escondite, Marco supo que un buen puñado de gente había decidido alojarse en la iglesia de la Basílica, pero la idea del hacinamiento y del eterno sermón del curale hizo vacilar; prefirió vivir el fin del mundo solo. Le tomó dos días acomodar la vieja cisterna; primero tuvo que vaciar toda el agua estancada que entre otras cosas ocultaba el cadáver de una paloma, que había sido devorada hasta los huesos. Luego le hizo un hueco en toda la base y para habilitarla como un cuartito le puso unas tablas. Al principio, Marco pensó llevarse consigo a la gata que vivía en la casa, pero la posibilidad de la asfixia terminó por hacerle decidir abandonarla en el bosque, con la esperanza de que pudiera irse corriendo hacia algún agujero, cazara algunos ratones de campo y sobreviviera. Marco se sintió pésimo, pero ni modo, en el cuartito estaría mucho peor. De los juguetes que le quedaban de la adolescencia, decidió dejar en mitad de la calle su patineta y su pelota de fútbol, para que quizás unos niños pudieran disfrutarlas; lo último que supo es que unos vandalos se las habían llevado para cambiarlas por alcohol.

        De entre todas las cosas mundanas y materiales, de todos los recuerdos intangibles, de todas las memorias pasadas y de todo lo demás, lo que Marco iba a extrañar más era el hecho de soñar. Hacía tiempo que Marco padecía de insomnio; la última vez que durmió placenteramente, había soñado que intercambiaba números telefónicos con una chica que le agradaba mucho pero que se había casado, y que desarrollaban un sistema secreto para poder comunicarse sin que los demás se dieran cuenta. Marco había anotado las claves: consistían en sumar las cifras de los años en que habían nacido, e iniciar con esos números una cuenta de correo electrónico para poderse enviar e-mails. Lastimosamente el sueño duró poco, y luego de unos días supo que la chica que tanto quería había sido elegida junto con su esposo para abordar los aviones de la Fuerza Aérea.

        Otro sueño que era muy recurrente consistía en que ascendía tan alto a las montañas que ya podía acariciar la nieve, quitarle las ruedas a la patineta e improvisar una tabla de snowboard. Además de eso, estaba tan cerca de la cima que ya podía imaginarse el otro lado de la montaña, paisaje que siempre le fue negado ya que justo antes el cuerpo le exigía despertar.

        Cansado ya, y bajo las estrellas que se habían instalado sigilosamente, las sirenas automáticas empezaron a sonar, con un ruido tan grande que parecía tener como intención matar a todos los que quedaban con una tortura acústica. Mientras se tapaba las orejas, Marco recordaba una canción de un tal Silvio Rodríguez, muerto hace varios años ya, (quien fuera) despidiéndose de todos sus recuerdos dentro de sí, deseando que su madre, quien más que aconsejarle le demostró con ejemplos que había que ser valiente, que su hermano y que sus amigos sobrevivientes pudieran continuar con la vida. Frunciendo el ceño, cerrando los ojos, y procurando alentar a su corazón, Marco intentó transportarse con su mente a un mejor lugar, a otro sitio donde no estuviera aconteciendo el fin de los sueños…


martes, 27 de octubre de 2009

Por qué


Le pregunto a la ciudad
en donde estás,
me pregunto por qué,
esta ansiedad confusa.

Le pregunto al calendario
que sentiré mañana,
probablemente un aliento
distinto o el mismo vacío,
por qué,
por qué será que cambiamos
tanto,
¿Quién nos mira desde
adentro?
¿Qué enemigo interior
nos acecha?
Cuéntame,
dentro de tu volátil
fantasía,
cuéntame como es París,
y aquella nube gris,
que pesa sobre ti.
Cuéntame,
por qué,
por qué pienso de esta
absurda manera en ti.

jueves, 22 de octubre de 2009

Péndulo


-¿A dónde diablos vas?- fue la última frase que escuchó antes de abandonar la supuesta cordura que lo enlazaba a la sociedad.
Era de noche, y el ruido de la tormenta dificultaba entender la música de la radio. Con los nervios de punta, manejaba a toda prisa, sin ninguna noción de algún lugar donde llegar. En la guantera aguardaba el revólver que según el abuelo sirvió varias veces para espantar ladrones allá en el páramo de Bolívar, y que se lo había robado junto con un piano de juguete al que le faltaba una pata.

En la parte posterior del auto una especie de bulto golpeaba el chasis con insistencia. Por un momento el nervioso conductor quiso detenerse y acabar con todo, pero por otra parte el miedo le congelaba las manos, y le hacía temblar. La proximidad de una patrulla de policía le exaltaba a tal punto que en lugar de pensar en detenerse aceleró mucho más. Fue entonces que un oficial le obligó a parar.

Licencia y matrícula- dijo el policía, que tenía cara de urgencia bajo el horrible impermeable de poliester.
Tenga- le respondió.
Está yendo muy de prisa, qué se cree, Schumagger?- replicó el chapa.
Tenga, jefe- dijo el conductor, mientras sacaba un billete de veinte dólares, probablemente el último que le quedaba.

Luego de la bochornosa situación, de atravesar dos peajes y de perderse en medio de un monte, finalmente se detuvo.

Qué haré contigo ahora?- se dijo así mismo.

En el barrio y en la casa creyeron siempre que estaba loco, debido a su costumbre de hablar sólo. Fue tan sofisticada su manía que incluso solía sacar el celular, simulando un diálogo. Le gustaba charlar acerca de política, de la necesidad de preservar el ecosistema y de una cierta xenofobia que contradecía todo lo demás. Gustaba además de frecuentar librerías de textos usados y viejos, argumentando que "detrás de cada libro viejo, había una historia", historia que le gustaba simular investigar. Durante las navidades solía caminar buscando nieve (como si en el trópico pudiera encontrarla), llevando consigo un balde y una pala. En una ocasión logró al menos construir un muñeco de granizo. Probablemente fue la única vez que le vieron feliz.

Esa tarde, la última vez que le vieron, no había charlado con nadie, ni siquiera consigo mismo. Según comentaron unos días después, apenas compartió unas palabras con sus padres, los mismos que hacían gestiones con la Policía. Alguien se atrevió a insinuar que escuchó un disparo.

¿Qué haré contigo ahora?- volvió a preguntarse, mientras la radio dejaba de sonar y la carretera parecía borrarse...

sábado, 17 de octubre de 2009

La culpa



Querido Iván:


Es difícil para mi hablar con vos, por eso he preferido escribirte; no me atrevo a verte a los ojos. No sé que haría si estuvieras frente a mí, aunque supongo que de ley me ganarían los nervios y probablemente saldría corriendo.

Aún siento miedo... la última vez te portaste tan raro... creí por un instante que desaparecerías definitivamente de este mundo, por ti mismo... haz cambiado tanto... tu voz no suena igual, ya no me hablabas como al principio, ya no te sentía dentro de mi, ya empezabas a ser ajeno... Te advertí que no sería fácil, que ibas a resultar lastimado, que no quería verte sufrir, pero insististe tanto... si me hubieras hecho caso, si sólo hubieras aceptado las cosas cómo eran, pero no, lo querías todo, querías el riesgo, querías la emoción de la aventura, ya ni siquiera estoy segura de que era a mí a quien querías, creo que sólo te emocionaba la sensación de lo prohibido, en el fondo pensaba que no era la única, que te gustaban todas, que no eras sólo para mí, que debajo de esa aparente inseguridad en realidad eras un conquistador reprimido, un sexopata con ganas, un mochilero abandonado en el medio de la ciudad, un piromano capaz del siniestro total. No creí jamás que romperías tu promesa, dijiste que no te ibas a involucrar pero no, no sólo que sí te entrometiste en mi vida sino que empezaste a hostigarme, no parabas de escribirme mensajes a mi celu, al principio me parecía un bello detalle pero luego ya te excediste, te hiciste meloso, tus detalles en clase me causaban ternura pero se amontonaron tanto que empezaron a hacer de mi bolso un pequeño botadero sin lugar para tantos papeles.

De cualquier forma eso habría sido lo de menos, pero cuando apareciste en medio de la fiesta de cumpleaños de mi mamá, haciendo la foca borracho, definitivamente supe que había cometido un gran error. Te dije que tenía otro mundo, te advertí que todos ahí actuaban en una especie de obra de teatro, que gustaban de verse lindos ante el qué dirán, de mostrar la familia perfecta, la casa perfecta, la clase perfecta, que no había lugar ahí para lo nuestro, que estábamos muy bien lejos de ahí, en nuestros lugares especiales sin personas, rodeados sólo de árboles y neblina, de las canciones que sólo los dos conocíamos, del ritmo de nuestra respiración, de nuestros latidos compartidos.

Te advertí, te advertí que no quería hacerte daño, que te lastimaría, pero tomaste el riesgo y por eso siento que eres especial, pero basta, basta ya, tenía que parar con esto, tenías que darte otro chance, tenías que sentirte completo, y por eso intenté dejarte ir, pero insististe, insististe tanto que te convertiste en una odiosa sombra. Cuando esa chica Lucy empezó a acercarse a ti tuve la esperanza de que encontraras en ella a la otra yo que no podía ser, a la yo que hubiese sido de haberte conocido antes... pensé que la Lucy era perfecta para tí, que llenaría tu vida, y que ya no tendrías un gran espacio oscuro viviendo dentro tuyo. Sí, fui yo quien arregló las cosas para que en el proyecto de radiodifusión tuvieras que integrarte en su grupo. Pensé que si producían juntos el documental te olvidarías de lo nuestro y te sentirías mucho mejor. No tenías por qué culparle a la Lucy, ella no fue la responsable. Fui yo, fui yo quien desapareció el libreto. Y no sólo provocaste que a la Lucy le despidieran, también hiciste que el Esteban se diera zona de que había algo entre nosotros. Tú sabes que lo amo, que no puedo apartarme de él aunque quisiera, y te advertí, te advertí desde el principio que no podría ser tuya. Que hayas roto el parabrisas del Esteban fue algo muy estúpido. Luego de verte estrellar tu celular creí que no vería otra escena de violencia, pero lo del carro ya me asustó. Quise llevarte a terapia, pero sabías, sabías que tenía verg
-->üenza de que el doctor me reconociera y le avisara al Esteban, te dije claramente que él era amigo de sus padres.
Lamento lo de la boleta de captura, pero tuve que hacerlo. Me dabas miedo Iván, me daba mucho miedo verte. No eras ya el mismo. Ni siquiera el Esteban se portó así en sus momentos más alocados. Alguien me contó en una ocasión que reaccionaste de forma similar hace unos años cuando una novia tuya había terminado contigo. Pensé que era alguien especial para ti. Me decepcionó que me trataras igual.

Lo siento Iván, perdóname... la orden de restricción que el juez te impuso me duele mucho, me siento tan culpable... no sé como te sientes ahora, temo que sea igual que hace seis meses... si tan sólo te pudieras dar otra oportunidad con alguien, si tan sólo pudiera verte sonreír nuevamente, aunque sea desde lejos...

Fernanda

sábado, 10 de octubre de 2009

El número perdido


Le volví a ver hace como tres semanas; era de noche, y la banda argentina Babasónicos estaba por presentarse. Una necesidad fisiológica provocó sin querer el reencuentro: junto con el Roberto, un amigo suyo y el Sebas, nos habíamos acomodado lo más cerca que pudimos del escenario para ver a la banda mexicana Austin TV. Luego de escuchar a tan espléndida agrupación, tuve que abandonar aquella cómoda posición para buscar un baño. El festival Quito Fest que se realiza en septiembre de cada año, siempre convoca a mucha gente; casi tuve que salir pisoteando a unos cuantos adolescentes drogados que ya no podían andar de pies.

Luego de sortear todas las cabezas y piernas que pude, finalmente llegué hasta los servicios higiénicos. Otra enorme fila me aguardaba en aquél lugar, y para colmo, tenía que pagar diez centavos por usar el servicio y ya no me quedaba nada en los bolsillos. Casi desesperado, pues la vejiga parecía reventar, fue cuando se me apareció ese rostro que no veía desde hace una década: era el Manolo, mi compañero del colegio. La espantosa necesidad de orinar me puso en un aprieto en ese momento: definitivamente buscaría un lugar entre los matorrales, pues, la cola estaba larga, no tenía plata y ya no podía aguantarme; sin embargo, quería saludarle al Manolo. Preso de un dilema absurdo, finalmente decidí buscar el arbusto más cercano y regresar lo más pronto posible; después de todo, el Manolo estaba cerca de los baños, por lo que deduje que estaría esperando a alguna amiga o amigo.

Luego de descargarme, tropezarme con una piedra y escuchar a algunos borrachos, regresé a la atestada fila para ver si el Manolo seguía por allí. Afortunadamente no me equivoqué en mis suposiciones, y pude acercarme a él.

-Que dice loco!!- exclamé animado.
-¿Andrés? ¿Andrés Cadena?- que fue ve!!!

Luego del abrazo diplomáticamente cursi pero necesario en ese momento, charlamos por un instante.

-Que curioso- dijo el Manolo. -Ha pasado un poco más de diez años.
-De ley- respondí.

Hace algunas semanas, mientras divagaba por internet, encontré el blog y el facebook del Manolo. Sin embargo, nunca me animé a escribirle por esos medios. En el fondo prefería aún al clásico teléfono, ni siquiera al sofisticado celular sino a ese teléfono fijo que para los chicos de hoy cada vez es más anacrónico.

El día de nuestra graduación, una mañana de agosto de 1999, el coliseo del colegio estaba listo para darnos el último adiós. El Manolo siempre detestó estudiar allí; había llegado al segundo curso en 1994, proveniente de un plantel religioso. No fuimos los mejores amigos; en segundo apenas nos decíamos hola, y fue más bien en 1997, encontrándonos en quinto curso de sociales que decidimos charlar de vez en cuando. El tema de la música fue de las primeras cosas que nos acercó; ahora que recuerdo, en segundo curso el Manolo alardeaba de su gusto por Fito Paez y los Fabulosos Cadillacs, músicos que en ese tiempo no me parecían la gran cosa. Un día, el Manolo había traído un cassette que traía grabado el álbum "Tercer Mundo" de Fito, cuya caja había diseñado el mismo. Acá en Ecuador existe hasta ahora una banda pop llamada Tercer Mundo, lo que me hizo creer que al Manolo le gustaba aquél grupo considerado ñoño y de gays por parte de los chicos del colegio, que para variar era exclusivamente masculino. -No es un cassette de Tercer Mundo, se trata del álbum Tercer Mundo de Fito Paez- me respondió, y fueron las únicas palabras que intercambiamos en 1995. Pese a todo, el Manolo y yo jamás fuimos mutuamente antipáticos, y el toparnos de nuevo en quinto curso (tres años más tarde) fue algo agradable, pese a que cada uno tenía un grupo distinto de amigos.

La influencia política del colegio era fuerte, y por aquél entonces pretendía unirme a la Juventud Comunista del Ecuador, a través de la Federación de Estudiantes Secundarios. Por su parte, el padre del Manolo era afiliado a la Democracia Popular, partido conservador procristiano de derecha, y mi amigo decidió seguir la tradición familiar. Nuestro colegio, laico y nacional, por aquél entonces no podía ocultar su respaldo a todas las tendencias de izquierda, y de repudiar todo lo que sonara a religioso. Desde el primer curso, siempre tuvimos profesores que nos hicieron reflexionar detenidamente sobre la veracidad de los dogmas religiosos y sobre nuestro papel en la construcción de una sociedad de libre pensamiento, despojada de cualquier vicio eclesiástico.

-No creo que las masas sean las que cambien las cosas- solía decir; -personalmente creo que existen individuos capaces de lograr el cambio por sí solos.

-Sí, pero si estás solo, ¿Acaso podrías hacerlo?- le respondí alguna vez. Nuestros debates, por lo general, casi nunca tenían conclusión.

Pese a nuestras contradicciones y diferencias, el Manolo era una persona que me hacía sentir bien, a diferencia del resto de casi todo el curso (que se autoproclamaban revolucionarios, pero que en el fondo eran más curuchupas y prejuiciosos que nadie), quienes gustaban de lanzar piedras dentro y fuera de la clase. Así, y volviendo a recalcar que no éramos los mejores amigos no por una cuestión de frustración, sino más bien por pragmática vital, la fase colegial de nuestras vidas llegó a su fin.

El día de la graduación intenté pedirle el número telefónico de su casa; sin embargo, recordé que unos semanas atrás el Manolo contó en clase que se mudaría a otro sector de la ciudad, por lo que deduje que tal vez no era oportuno hacerlo. Claro, pude pedirle el número actual y luego solicitarle el nuevo, pero algo inexplicable me hizo abstenerme. Un par de años más tarde, cerca de La Marín (un sector con bastante tráfico en Quito), con el pelo más largo y todavía flaco, volví a toparme con él, y esta vez lo primero que hice fue pedirle el número de teléfono de la casa; aún no me había comprado un celular, y no tenía idea de como usarlo.
-Claro loco, toma- me dijo mientras escribía una cifra en una hoja de cuaderno. -Genial_ le dije. Ya podremos debatir, ahi nos vemos-. Soy bastante despistado, y por esos días tampoco fue la excepción: perdí ese papel.



En casi diez años, algunas cosas cambiaron: El Manolo se fue a Argentina, yo me fui a Chile, y dos de nuestros compañeros fallecieron, al igual que dos de nuestros profesores y otras personas. Manolo estudió Negocios Internacionales y yo, luego de egresar de diseño gráfico, decidí darme un segundo aire ingresando a Periodismo; el partido del Manolo, la Democracia Popular se extinguió, y yo me afilié a la socialdemocracia. Él sigue creyendo en Dios, y yo sigo creyendo en el Diablo.

-Nos vemos- le dije. -Están a punto de tocar los Babasónicos.

Esta vez no le pedí ningún número telefónico.


A Danilo Barragán

lunes, 5 de octubre de 2009

Vapor urbano


Mirar a la gente pasar desde
la ventana del autobús,
ya no se puede fumar dentro.
Unas gotas de lluvia detrás,
intento escribir sobre el vapor.
Alguien murmura una historia
común,
mientras la radio trasmite una
canción vulgar.
Ni de aquí,
ni de allá,
ni adentro.
Los chicos juegan a Wall Street
pero sin trajes de Channel.
Las monedas no paran de rodar.
Aquí y afuera la prisa,
aquí y adentro desencuentros.
Varios extraños se aproximan
en una ruta corta,
quien sabe si se volverán a
encontrar.
Quien sabe si las monedas entregadas
al controlador volverán un día
a nuestras manos.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Christian

        
    En el colegio casi siempre existe una seudo-bipolaridad con dos facciones más o menos definidas: los cargosos y los que se dejan cargosear. Un "tercer bloque", el grupo de estudiantes no alineados generalmente está conformado por chicos fuertes que han optado por la paz y el silencio, mientras los demás se debaten en una pequeña guerra.

    A fines de los años noventa el colegio Montúfar era un mosaico disparatado de revoltosos, resentidos, revolucionarios, revisionistas y algunos retardados cuyo único placer era joder a los demás, convirtiendo en pesadilla el estar en clase, como si ver al mediocre profesor de Cívica, el exsargento del ejército Roque Cerdillo, no fuera ya una terrible tortura.

    El Carlos, el Gabriel, el Danilo y el Mauricio eran el grupo neutral; los demás estaban siempre dispuestos a la hostilidad. Con el paso del tiempo la facción débil también emprendió la destrucción entre sí, con la finalidad de no quedar rezagados y sentirse valientes. Durante aquellos días soñaba con escribir historietas, unirme a Greenpeace y cosas así; los cargosos del curso ni siquiera sabían que era Greenpeace. Tuve que perder tres veces en los puñetes de la piscina del colegio y ganar varios moretones para ser considerado dentro del bloque neutral; sin embargo, hubo otro compañero que la pasó mucho peor: el Christian.

    De facciones indígenas muy marcadas (acá el racismo es un secreto a voces) pero de clase social alta (años después supe que su padre era abogado y su madre médica), el Christian era el típico man que no encajaba. Al igual que yo era pésimo en el fútbol, no presumía de ir a fiestas y tampoco era guapo (a diferencia del Fabricio, un morenazo que nos hacía sentir feos a todos). Para rematar, tenía full malas notas (al menos en eso sí le ganaba).

    El Pérez, el López y el Morocho eran definitivamente la pandilla del curso. Más de una vez tuve que aguantarles, hasta el día en que por alcahuete le salvé al Pérez de una expulsión y me gané un 13 en conducta. Me sentí pésimo, pero al menos gané una tregua que duró casi un año escolar. Volviendo al Christian, no la tuvo fácil; para colmo, tenía un hermano menor, Jorge, todo lo contrario a él, quien estaba en la selección de fútbol del colegio e incluso llegó a jugar en las divisiones inferiores de El Nacional. Buen puñete, apuesto, más alto y de mejor complexión atlética, en más de una ocasión acudió en auxilio de su confundido hermano.

    El Christian estaba jodido, sin lugar a dudas. Pero lo que más me fastidiaba (a mí, sobre él) era el hecho de que ni siquiera era buena gente; siempre que alguien le solicitaba alguna cosa era bastante codo y burdo, empeñado en poner cara de idiota. Un día, en lo que quizás constituyó su intento de venganza para con la pandilla, había invitado al Pérez, al López y al Morocho a su casa para jugar al Playstation one, en ese entonces la novedad de los videojuegos. Sin embargo, los tres cargosos salieron burlados, pues, lo que en realidad tenía Christian en su casa era una vieja consola de Atari de los años ochenta (sus papás le negaron la Play, en vista de sus bajas notas). Desde entonces las cosas empeoraron: ya no les bastaba con humillarle en la clase, ahora le escondían los zapatos luego de educación física, le escondían el uniforme e incluso le robaron la mochila en dos ocasiones.

    En el colegio, el departamento de Orientación Vocacional no pasaba de ser una falacia; en la oficina se reunían bolcheviquistas frustrados que se dedicaban a dibujar panfletos comunistas que hablaban de ayudar al ser humano, mientras hacían lo contrario con los estudiantes. "Tienes que ser hombre y dejar de ser maricón, estás en un colegio de señores" fue lo que me dijeron una tarde en que acudí por ayuda para mí (y de paso para el Christian). Sentía pena de él; alguna vez intenté hacerme su amigo, pero en lugar de aceptar mi amistad empezó a remedar mi forma de hablar de modo amanerado, como queriendo insinuar que de verdad yo era marica, supongo como intento para agradar al grupo de los "malosos". 

   La banda de guerra del Montúfar era una especie de "ejército" del colegio: aunque se trataba solo de una banda musical, caricaturesca y burda intención de parecerse a un colegio militar, en el fondo era la oportunidad de adquirir status personal. La gente siempre se entusiasmaba con esas pendejadas; mirar a sus hijos llevar el uniforme de la banda de guerra era satisfacer la patética pretensión de haber ido a pelear a la frontera contra el Perú. A las chicas también les impresionaba el uniforme; era bien sabido que los tipos de la banda de guerra salían con las peladas más guapas de los colegios femeninos.

    El ritual para entrar a la banda era otra tortura patética: había que aguantar palo a lo bestia luego de realizar extenuantes ejercicios y aprender en pocos minutos a tocar el flautín, la corneta o el tambor. Mi hermano mayor perteneció en un solo año a la banda de guerra y a la selección de fútbol; ese año, para demostrar que también era capaz de cosas épicas, decidí probarme también en la banda.

    Esa tarde me vapulearon. Se conformaron dos pelotones, en diferentes patios del colegio. Tuve muchas dificultades con el flautín; un gordo cuyo apellido olvidé hace mucho fue la única persona amable que hizo lo que pudo por enseñarme. Luego tuvimos que reunirnos con el otro pelotón. Fue entonces cuando le vi: era Christian, el guambra más sonso del curso, intentando unirse también a la banda de guerra. Su cara estaba sucia y se notaba que había sudado esta vida y la otra. 

    -¿Qué vas a tocar Christian? —le pregunté, al apuro, antes de los ejercicios de marcha. —¡Los platillos! —alcancé a escuchar.

    "Los platillos", el instrumento más ñoño, más despreciado y reservado a los chicos de menor estatura, hicieron posible que el Christian ingresara a la banda de guerra y que yo me volviera de nuevo la última rueda del coche del curso. A propósito, nunca ingresé a la banda, pero tampoco me arrepiento de ello.






viernes, 18 de septiembre de 2009

Respiro

Cada día,
mientras brilla el sol
y un barco a la deriva
perdido navega hacia
ningún lugar
pretendo encontrarte
en algún pensamiento,
en un puerto imaginario
donde pueda respirar.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Yugoslavia


Hace un par de semanas, mientras tomábamos unas cervezas en la casa del Carlo, de repente escuchamos una canción de Beirut, grupo que al parecer de mi amigo, le construye de manera sugerente la idea de la atmósfera de Europa del Este, la antigua Europa comunista, la otra Europa, esa Europa despreciada por películas baratas de Hollywood que sugieren que con un dólar puedes emprender un hotel de cinco estrellas, debido a que las antiguas propiedades estatales se vendieron a precio de huevo.

     En mi caso, una película construyó mi primera impresión de una Europa desprovista de las despampanantes Italia, Francia o Alemania: se trataba del film Gymkata de 1985, dirigida por Robert Clouse y esteralizada por Kurt Thomas. El ambiente tétrico y lúgubre que mostraba a seres convertidos en oscuros monstruos por los conceptos americanistas de la Guerra Fría pronto hizo que pensara cosas bajo ningún criterio y que me impresionara con el típico hombre fuerte procaucásico y joven. Sin embargo, una frase del final de la película siempre llamó mi atención, cuando dicen que la película contribuyó o buscaba contribuir a poner fin a la "Guerra de las Galaxias", cosa que se me hacía muy rara ya que pensé primero que era una campaña anti-George Lucas, anti Luke Skywalker y toda la cosa.

     El mundial de Italia 90 (país a donde viajó mamá un año antes en busca de mejores oportunidades) tuvo mayor eficacia que la clase de Geografía del tercer grado que solo me enseñaba croquis de los barrios de Quito: descubrí por fin que el mundo iba mucho más allá de Sudamérica, los Estados Unidos, Italia o Alemania y que el mundo de Gymkata no era del todo una ficción, porque en efecto, había una Europa del Este, una Europa encabezada por la URSS, y matizada por la RDA, Rumania, Bulgaria, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Albania, y desde luego... Yugoslavia.

     Tres años más tarde las imágenes de niños aparentemente dormidos amontonados en camiones supuestamente de uso agrícola, pareció hacer realidad el horror de la Bosnia de Gymkata: pueblos fantasmas y lúgubres, soldados y fusiles por todas partes y sobre todo, muerte. Pronto nuevos nombres surgieron en las láminas de Geografía Universal del quinto y sexto grado de primaria: Rusia, Georgia, Ucrania (...), Bosnia, Croacia, Serbia, Eslovenia... Varios años más tarde, cuando los fuegos artificiales de la noche de la desaparición del muro de Berlín, de la revolución de Terciopelo de Praga y de la dimición de Mijail Gorbachov, pude entender finalmente que existió un Tito, que hubo un socialismo mal llevado a cabo, que "occidente" inició la carrera armamentista, que hubo tres federaciones que intentaron el sueño fallido de unir lo imposible en medio de diferencias étnicas, que hubo aspiraciones, que hubo anhelos, que hubo policías secretas, purgas, represión, paranoia, pero que sobre todo eso intentó construirse Un puente sobre el Drina (como el título de la novela de Ivo Andric), a través del intento de hacer frente a un mundo bipolar desde una asociación de países no alineados (que creó el apodo del Tercer Mundo), todo esto antes del resurgimiento del exitoso comercio de armas, que pretende seguir balcanizando al planeta.

martes, 11 de agosto de 2009

Libertad


Te esfumas como arena entre
los dedos,
navegando sobre un barco de
papel en el océano de los anhelos.
Tu nombre es éxito sin precedentes
en campañas de publicidad,
en camisetas con un rostro impreso y
un corazón rojo junto a tres letras;
es una franela bajo una lluvia
de piedras y gas.
Es la analogía de las aves que son
presa de rapaces y portadoras de
epidemias domésticas,
es el reflejo sobre una pileta que simula
naturalidad.
Tu nombre es el centro de
eternos debates,
de canciones de odio y amor,
de tardes bohemias de cigarrillos
y alcohol.
Quien pudiera entenderte,
quien;
anoche pude mirarte en los ojos
de un gato que atravesaba
el farol.

martes, 28 de julio de 2009

Hipomegatedio

Los colores oscurecen bajo un sol
paradójico que se atreve a calcinar
los intelectos.
Aquél tren de medianoche se
estacionó en medio del parque.
Los chicos deambulan,
caminan junto a nadie;
unas palabras de messenger
me hablan del fin de los tiempos
mientras contemplo una botella
vacía de plástico.
Los textos se convierten en líquidos
amargos de incertidumbres,
el cadáver de un pájaro me recuerda
cuan susceptible es el mundo.

viernes, 10 de julio de 2009

Sandmann


Descubrí a Sandmann una tarde, mientras veía Good Bye Lenin! (film devenido de la Ostalgie). El imaginar la infancia de los niños de la extinta República Democrática Alemana inevitablemente me traslada a mi propia infancia, plantado frente a un televisor en blanco y negro mirando al Topo Giggio pidiéndome de forma inútil que me vaya a dormir. Los contextos eran distintos.
     Cuando chicos, el hablar de comunismo era remontarse a Cuba y a compararnos siempre con cualquier país, llegando a la siempre triste conclusión de que nuestra nación estaba a la cola de todos. En el fondo de mi corazón siempre creí que éramos al menos mejores que Perú (¿no era acaso el enemigo que el sistema educativo y cívico nos enseñaba para justificar un patriotismo forzado?). Sin embargo, el concepto de la patria chica era mayor: en el fondo, quienes dominaban e imponían sus conciencias sobre la nuestra insistían en que para ser grande no bastaba el corazón, sino la fuerza física.
     En fin. Volviendo a Sandmann, hay una escena de esa peli cuando Alex visita a su padre en el lado occidental de Berlin, y conoce a sus nuevos hermanos, quienes durante una fiesta están en la sala mirando televisión. Alex se presenta ante ellos, quienes al ver al muppet dicen ¡Es un astronauta!, a lo que Alex responde "De donde vengo, les dicen cosmonautas" (obviamente el diálogo transcurre en alemán). ¿Y de dónde vienes? le preguntan los chicos, a lo que Alex concluye: "De otro país".


martes, 16 de junio de 2009

El oso


Fue una noche de 1999: estaba en sexto curso, tendido sobre la cama, pensando en la quinta pata del gato y haciendo planes futuros: por aquél entonces había desistido de estudiar Jurisprudencia, y decidí que ingresaría a Ciencias Geográficas y Ambientales, en la Universidad Católica de Quito. Un poco repuesto (y con un peso menos encima) había encendido la radio y sintonizado el extinto programa "Knock Out" de la Hot 106. Pese a escuchar rock, por las noches prefería una programación algo más soft.


Entonces sucedió: un día colocaron una canción titulada El Oso, de Tango Feroz. En este punto del relato debo admitir mi ignorancia: como muchos chicos de por acá, al escuchar "Tango Feroz" pensaba que se trataba de una banda (acá no fue bien difundida la película). Y claro está, los temas más populares de la "banda" Tango Feroz eran Presente y El amor es más fuerte, mismos que eran referentes infaltables en reuniones de amigos, cerveza y también karaokes. Pero con El Oso no pasó lo mismo. Esa fue la única vez que escuché esa canción, misma que gracias a internet ha vuelto a mí diez años más tarde. En ningún canal han pasado la película Tango Feroz: sólo recuerdo un festival en la Casa de la Cultura, hace ocho años, en donde hicieron una muestra de varias películas sobre el rock, que incluían además de Tango Feroz a Rock Star, Casi famosos y algunas otras. A pesar de ello, una vez más, no me di cuenta de eso y fue al fin gracias a Wikipedia que hace un par de años supe que Tango Feroz no era ningún grupo de rock y que se trataba de una peli sobre José Alberto Iglesias, alias "Tanguito".


A veces no comprendo a la industria musical: me pregunto como canciones tan ñoñas como las de Shakira o Juanes son repasadas hasta la naúsea, mientras una canción tan hermosa como "El Oso" pasó desapercibida. Según las biografías que he leído sobre Tanguito, a él le pasó igual: mientras estuvo vivo su música no tuvo el reconocimiento que merecía. Quizás esto sea una maldición del artista en toda su esencia: le pasó a Vincent Van Gogh, probablemente le ocurra a nuestro cantautor Jaime "el chamo" Guevara y a tantos otros. Quizás algunas canciones no deban ser comerciales, quizás sólo deban quedarse en nuestro corazón, como "El Oso", canción que admiro profundamente.


A Marcelo Dance

sábado, 30 de mayo de 2009

Sobre el insomnio


La noche transcurre lentamente,
mientras un perro ladra y escucho pasos
por todas partes.
Mientras intento cerrar los ojos una brisa
tenue lo atraviesa todo;
me pregunto si es la misma brisa atravesando
tu casa mientras Morfeo es el dueño
de tus sueños.
La radio ha perdido la frecuencia,
los seres del espacio interfieren la microonda,
invisibles, imperceptibles.
El doppler de una sirena lleva sangre
por nosotros sólo imaginada.

La noche transcurre lentamente,
mientras un perro sigue ladrando y
aún escucho pasos por todas partes.
Mientas sigo intentando cerrar los ojos
una brisa continúa atravesándolo todo...

viernes, 22 de mayo de 2009

Desaparecido


Su nombre nunca estuvo en un tarro de leche o revista; esas cosas no se hacían acá.
     Eran las seis de la tarde de un domingo cualquiera: empezaba a oscurecer, y su padre, que acababa de reponerse de la resaca, estaba más fúrico que nunca. Afuera los chicos no se cansaban de jugar a la pelota; la madre estaba de visita en casa de una vecina.
     Luis era el mayor de los tres hermanos. Galo tenía ocho años, y todavía no podía limpiarse los mocos. Anita era tan chica que aún dependía de los brazos de doña Charo, la mamá. Esa tarde el Galo tenía hambre; en la cocina había una olla de esa fea sopa que todos detestaban, y una sartén llena de arroz mezclado con fréjol. Al Galo se le hacía agua la boca. Luis era bastante activo: ese domingo no paraba de jugar desde el mediodía. Al Galo no le gustaba ejercitarse: la tele Sanyo de blanco y negro fue siempre su mejor amiga. Hacía varias semanas que don Jaime había empeñado la tele; fue de ese modo que Galo, enemigo de la actividad física y pequeño misántropo, adoptó la afición de revisar periódicos. Don Jaime gustaba mucho del diario Extra: siempre se sacaba los periódicos de la cooperativa de transporte, para cuyo bus No. 13 trabajaba de cobrador.
     Desde el jueves anterior a ese domingo, el Galo estaba impresionado con la noticia de tres chicos que escaparon de su casa en Riobamba y que fueron hallados por la Policía. Lejos de causarle miedo, esta aventura un tanto peculiar le causó mucha curiosidad. Galo quería mucho a su ñaño Luis: este siempre le regalaba pequeños pastelitos o alguna golosina durante el recreo, y le defendía de los abusivos que, en lugar de extorsionar a otros niños más ricos, le tenían visto las huevas. Sin embargo, odiaba a Anita, la bebé de la casa. Le parecía muy llorona y quejumbrosa: un día, la había encerrado en un cartón durante horas, lo que le hizo a acreedor de una memorable paliza. De nadie sirvió que el Luis le defendiera: este también recibió un fuetazo por metiche.
     Esa tarde, inexplicablemente serena, Galo pensó que sería grandioso desaparecer por un tiempo y salir en los diarios. Era extraño que un chico de esa edad tuviera tal fascinación. No obstante, Galo era muy bueno en Gramática y en Ciencias Sociales, a diferencia del pragmático Lucho, quien prefería un poco más las Matemáticas y Educación Física. Galo soñaba con ser famoso, y envidiaba a ese otro niño de la escuela que un día apareció en la tele durante una campaña de mingas en los barrios. Pero estos deseos no pasaban de ser solo eso, deseos; Galo volvió a sentir hambre.
     Don Jaime había salido desde el viernes y había vuelto ese domingo a mediodía. Olía a trago barato, y entró gritando. Sin embargo, doña Charo le aguantaba todo, y ese día dejó haciendo la comida y limpiando la casa. Había almorzado con Luis; luego, su hermano se había ido a la cancha a jugar con unos amigos. Galo se quedó revisando un libro cuya tapa decía Respuesta a Todo.
     Luego, sintió hambre. Luego, se comió el arroz, la porción que le tocaba a su padre. Luego, el hombre despertó. Luego, los fuetazos. Luego, el silencio.
     Las seis de la tarde se habían esfumado y el Galo no había parado de llorar. Tampoco podía olvidar los epítetos de "tragón" "maricón" ni "majadero" que el papá le había extendido. Esa noche el Luis había preferido no entrometerse. La madre llegó. Ella tampoco quiso acercarse al Galo. El taita chuchaqui, y la bebé que andaba sucia, acapararon toda la atención en un momento. Luego del noticiero, todos fueron a dormir. Galo no podía. Pasó la medianoche. Luego de un repentino despertar, Galo notó que se había meado en la cama. Fue entonces cuando sucedió.
Ese domingo era 16 de agosto de 1987. El 17, la madre tuvo gran angustia. Había denunciado el caso a la Policía; a Luis no paraban de decirle en la escuela que el Galo probablemente se había muerto. Luis tenía once años, y estaba en quinto grado; Galo estaba en segundo.
Veintiún años después, en el ahora más populoso sector de Solanda, un hombre de rasgos adultos se disponía a abrir su tienda. Era don Luis, ahora adulto, esposo y padre. Hace Dos años que regresó de España, en donde su templanza hizo que le fuera bien. Con el dinero ahorrado puso un micromercado, muy bien surtido, y lleno de clientes, pese a todas las crisis habidas y por haber. Ahora tenía una niña, Sandrita, y en el local sonaba una canción de reguetón. Fue entonces cuando un hombre de aspecto familiar llegó al lugar, pidiendo cigarrillos. Luego de pagar algo más de dos dólares, el hombre se había marchado.
Entre 1987 y 2008 habían sucedido muchas cosas. Don Jaime había muerto una tarde de 1994, atropellado por un camión: estaba ebrio, y había subido algunos kilos. Doña Charo había emigrado a España con Anita y Luis, en 1998. A doña Charo no le fue tan mal: el sueldo de doméstica le parecía mucho más alto que lo que ganaba un profesor o ingeniero acá. Anita terminó el colegio en Madrid, sin embargo, se fue a vivir con un chico colombiano que luego de embarazarla se había regresado a su país. Ahora Charo era abuela, y Luis era tío. Pero eso no les molestó para nada. Entre los tres cuidaban mucho a Sebas, el chiquito que había nacido en Europa y que tenía sangre ecuatoriana y colombiana.
     Los finales de los ochenta prefirieron olvidarlos. Habían dado por muerto a Galo. La Policía simplemente no pudo darles razón. Al poco tiempo, por sugerencia de Don Jaime (que en paz descanse), decidieron parar con la búsqueda, puesto que no tenían recursos. Aunque ahora la situación había mejorado bastante, tampoco se animaron a reanudar su búsqueda: optaron por dejar el asunto en manos de Dios y cada vez que iban al cementerio de San Diego a visitar la tumba de Jaime Toapanta, siempre dejaban dos ramos de flores, uno para el difunto presente y otro para Galo.
     Luis recuerda, que cuando era chico, había supuesto que el Galo había sido secuestrado por extraterrestres. Doña Charo, quien ahora vive en Latacunga (Cotopaxi), su ciudad natal, no quiso hablarnos al respecto. De regreso en Quito, Sandrita y Sebas juegan en la puerta de la tienda. Ellos, tan chicos, ignoran que tuvieron otro tío. Esa tarde, cuando aquél hombre de aspecto familiar visitó el lugar, ellos dormían en una habitación de la casa que tenía un televisor a color de pantalla plana.

Aquella madrugada de 17 agosto de 1987, Galo había desaparecido en medio de la oscuridad, para siempre.


A Jenny Jumbo

domingo, 3 de mayo de 2009

Nada que contar

A veces el domingo se pierde como la visión panorámica de una ventana empañada por el vapor de algún improvisado guiso para la merienda. A veces ese sueño tan increíble que quisieras registrar en tus memorias dura apenas unos segundos, mientras se desvanece en la rutina del medio día. A veces crees ver estrellas fugaces en el cielo, pero resulta que era tu cabeza en un movimiento exagerado que revoloteaba todo en el firmamento.

A veces simplemente no hay nada que contar.

viernes, 24 de abril de 2009

El sueño


Aquello que se extravió

esa noche cualquiera,

mientras una luz tenue

alumbraba desde una

lejana ventana.

El viento ha recorrido

diez mil kilómetros en

silencio,

para fundirse nuevamente

con el polvo.

viernes, 17 de abril de 2009

CTRL Z


Entre los útiles escolares que siempre llamaron mi atención, están los borradores. Recuerdo a los clásicos "borradores de queso" (borradores blancos), o aquellos bicolor con los que a borrones ocultábamos nuestras imperfecciones escritas con esferos o bolígrafos. Había también de aquellos con formas curiosas, como osos, e incluso aquellos con forma de piezas de Legos. En los lápices HB, que incluyen un miniborrador en la cabecera, siempre terminaban siendo las primeras víctimas de mis dientes; cuando el borrador desaparecía de la cabeza del lápiz, se convertía en un cómodo dispositvo para rascarse la espalda.

Hoy en día, cuando escribimos mucho más en la compu, el borrador ha tomado dos formas: la una a través del DEL (o delete) y la otra, bastante más peculiar, en forma de Control Z (CTRL Z). Me llama la atención mucho más porque constituye ya no sólo un comando para deshacer cosas, sino también para regresar de modo virtual en el tiempo, para corregir los errores recientes y reconstruir todo el mundo desde esa perspectiva del computador.

A veces quisiera poder usar el Ctrl Z fuera de la informática, en la vida tal vez, para corregir fallos y recomponer (o constituír) la tan deseada armonía que constituye el deseo de mi yo, según Freud. La amnesia selectiva quizás sea lo más cercano a este maravilloso comando.
A Saúl Valle

martes, 14 de abril de 2009

El vecino


Regresó una tarde cualquiera; lo único especial de aquel momento era el gris del cielo que tampoco era especial, pues, desde hace dos años que eso era común. Quizás habría sido distinto de ser una tarde soleada.

    El punto es, que volvió, sí, Mario, el vecino que había desaparecido hace dos años, había vuelto luego de la ausencia, de la incertidumbre y de las suposiciones más absurdas, por ejemplo, que fue secuestrado por alienígenas o que fue víctima de algún neófito asesino en serie. Esa tarde se cumplían tres meses desde que bajé al cuarto que el Mario había abandonado para tomar prestada su tele: bueno, en realidad también creí que se había muerto, y por lo tanto, no tomé prestado su televisor, sino que me había apoderado de él. No, no piensen que soy alguna especia de cleptómano o abusivo dueño de casa: esto no habría ocurrido de no ser porque una tarde mi proveedor de televisión por cable me cortó la señal sin una explicación aparente, y cuando revisé la instalación de la antena por accidente rompí el plug. Nada que ver. Fue por eso no más. Pero aparte de eso, también descubrí un montón de revistas deportivas en ediciones especiales dedicadas al Emelec, el club favorito del Mario, y una caja con recortes de fotos de candidatas a reinas de belleza, desde los años ochenta.

    El Mario era tipo muy fresco. Bastante atento, incluso en alguna ocasión que me escuchó quejarme porque no tenía nada qué comer, me subió un plato de sopa, que luego de vaciar con mi voraz apetito nunca le devolví. Cuando mamá, la verdadera dueña de casa regresó en alguna de sus vacaciones, el Mario nos ayudó a reparar el medio departamento que ocupaba. Un día hasta se jugó el cuello cuando mamá y yo, par de despistados ambos, olvidamos las llaves dentro; nuestro vecino se subió por la ventana, bajo el riesgo de caerse tres pisos abajo, en donde para colmo había una piedra de lavar tan dura que ya me imaginaba yo la sangre recorriendo ese monolito en donde los demás vecinos suelen enjuagar sus vergüenzas.

    Los amigos del Mario eran muy extraños: siempre supuse que el vecino era homosexual, sin embargo, sus amantes no tenían un buen aspecto. Por el contrario, eran bastante mal encarados, y se me hace que se aprovechaban de lo buena nota que era el Mario para sacarle alguna cosa. Entre sus pertenencias también encontré la foto de un niño, que meses después supe que se trataba de un hijo que tenía en la provincia de Los Ríos. También encontré la foto de una mujer mayor, que supuse su madre.

    Les conté que las tardes se habían vuelto grises, y por ende, el frío se volvió un compañero inseparable de cada noche. Habían pasado dos años exactamente, y decidí quemar las revistas y demás cosas del Mario, suponiendo que, si no había vuelto al menos por sus cosas debido a que ya no tenía para el arriendo, sería porque estaba muerto, o quizás preso en alguna cárcel de la Costa.

    Esa mañana estaba leyendo en la sala; de pronto escuché una voz muy familiar desde la calle. Al principio creí que se trataba de alguna alucinación, quizás por lo alto del volúmen de la tele que le robé al Mario. Decidí apagar el televisor. Entonces, alguien llamó a la puerta.


A Eddi Quinto