sábado, 10 de octubre de 2009

El número perdido


Le volví a ver hace como tres semanas; era de noche, y la banda argentina Babasónicos estaba por presentarse. Una necesidad fisiológica provocó sin querer el reencuentro: junto con el Roberto, un amigo suyo y el Sebas, nos habíamos acomodado lo más cerca que pudimos del escenario para ver a la banda mexicana Austin TV. Luego de escuchar a tan espléndida agrupación, tuve que abandonar aquella cómoda posición para buscar un baño. El festival Quito Fest que se realiza en septiembre de cada año, siempre convoca a mucha gente; casi tuve que salir pisoteando a unos cuantos adolescentes drogados que ya no podían andar de pies.

Luego de sortear todas las cabezas y piernas que pude, finalmente llegué hasta los servicios higiénicos. Otra enorme fila me aguardaba en aquél lugar, y para colmo, tenía que pagar diez centavos por usar el servicio y ya no me quedaba nada en los bolsillos. Casi desesperado, pues la vejiga parecía reventar, fue cuando se me apareció ese rostro que no veía desde hace una década: era el Manolo, mi compañero del colegio. La espantosa necesidad de orinar me puso en un aprieto en ese momento: definitivamente buscaría un lugar entre los matorrales, pues, la cola estaba larga, no tenía plata y ya no podía aguantarme; sin embargo, quería saludarle al Manolo. Preso de un dilema absurdo, finalmente decidí buscar el arbusto más cercano y regresar lo más pronto posible; después de todo, el Manolo estaba cerca de los baños, por lo que deduje que estaría esperando a alguna amiga o amigo.

Luego de descargarme, tropezarme con una piedra y escuchar a algunos borrachos, regresé a la atestada fila para ver si el Manolo seguía por allí. Afortunadamente no me equivoqué en mis suposiciones, y pude acercarme a él.

-Que dice loco!!- exclamé animado.
-¿Andrés? ¿Andrés Cadena?- que fue ve!!!

Luego del abrazo diplomáticamente cursi pero necesario en ese momento, charlamos por un instante.

-Que curioso- dijo el Manolo. -Ha pasado un poco más de diez años.
-De ley- respondí.

Hace algunas semanas, mientras divagaba por internet, encontré el blog y el facebook del Manolo. Sin embargo, nunca me animé a escribirle por esos medios. En el fondo prefería aún al clásico teléfono, ni siquiera al sofisticado celular sino a ese teléfono fijo que para los chicos de hoy cada vez es más anacrónico.

El día de nuestra graduación, una mañana de agosto de 1999, el coliseo del colegio estaba listo para darnos el último adiós. El Manolo siempre detestó estudiar allí; había llegado al segundo curso en 1994, proveniente de un plantel religioso. No fuimos los mejores amigos; en segundo apenas nos decíamos hola, y fue más bien en 1997, encontrándonos en quinto curso de sociales que decidimos charlar de vez en cuando. El tema de la música fue de las primeras cosas que nos acercó; ahora que recuerdo, en segundo curso el Manolo alardeaba de su gusto por Fito Paez y los Fabulosos Cadillacs, músicos que en ese tiempo no me parecían la gran cosa. Un día, el Manolo había traído un cassette que traía grabado el álbum "Tercer Mundo" de Fito, cuya caja había diseñado el mismo. Acá en Ecuador existe hasta ahora una banda pop llamada Tercer Mundo, lo que me hizo creer que al Manolo le gustaba aquél grupo considerado ñoño y de gays por parte de los chicos del colegio, que para variar era exclusivamente masculino. -No es un cassette de Tercer Mundo, se trata del álbum Tercer Mundo de Fito Paez- me respondió, y fueron las únicas palabras que intercambiamos en 1995. Pese a todo, el Manolo y yo jamás fuimos mutuamente antipáticos, y el toparnos de nuevo en quinto curso (tres años más tarde) fue algo agradable, pese a que cada uno tenía un grupo distinto de amigos.

La influencia política del colegio era fuerte, y por aquél entonces pretendía unirme a la Juventud Comunista del Ecuador, a través de la Federación de Estudiantes Secundarios. Por su parte, el padre del Manolo era afiliado a la Democracia Popular, partido conservador procristiano de derecha, y mi amigo decidió seguir la tradición familiar. Nuestro colegio, laico y nacional, por aquél entonces no podía ocultar su respaldo a todas las tendencias de izquierda, y de repudiar todo lo que sonara a religioso. Desde el primer curso, siempre tuvimos profesores que nos hicieron reflexionar detenidamente sobre la veracidad de los dogmas religiosos y sobre nuestro papel en la construcción de una sociedad de libre pensamiento, despojada de cualquier vicio eclesiástico.

-No creo que las masas sean las que cambien las cosas- solía decir; -personalmente creo que existen individuos capaces de lograr el cambio por sí solos.

-Sí, pero si estás solo, ¿Acaso podrías hacerlo?- le respondí alguna vez. Nuestros debates, por lo general, casi nunca tenían conclusión.

Pese a nuestras contradicciones y diferencias, el Manolo era una persona que me hacía sentir bien, a diferencia del resto de casi todo el curso (que se autoproclamaban revolucionarios, pero que en el fondo eran más curuchupas y prejuiciosos que nadie), quienes gustaban de lanzar piedras dentro y fuera de la clase. Así, y volviendo a recalcar que no éramos los mejores amigos no por una cuestión de frustración, sino más bien por pragmática vital, la fase colegial de nuestras vidas llegó a su fin.

El día de la graduación intenté pedirle el número telefónico de su casa; sin embargo, recordé que unos semanas atrás el Manolo contó en clase que se mudaría a otro sector de la ciudad, por lo que deduje que tal vez no era oportuno hacerlo. Claro, pude pedirle el número actual y luego solicitarle el nuevo, pero algo inexplicable me hizo abstenerme. Un par de años más tarde, cerca de La Marín (un sector con bastante tráfico en Quito), con el pelo más largo y todavía flaco, volví a toparme con él, y esta vez lo primero que hice fue pedirle el número de teléfono de la casa; aún no me había comprado un celular, y no tenía idea de como usarlo.
-Claro loco, toma- me dijo mientras escribía una cifra en una hoja de cuaderno. -Genial_ le dije. Ya podremos debatir, ahi nos vemos-. Soy bastante despistado, y por esos días tampoco fue la excepción: perdí ese papel.



En casi diez años, algunas cosas cambiaron: El Manolo se fue a Argentina, yo me fui a Chile, y dos de nuestros compañeros fallecieron, al igual que dos de nuestros profesores y otras personas. Manolo estudió Negocios Internacionales y yo, luego de egresar de diseño gráfico, decidí darme un segundo aire ingresando a Periodismo; el partido del Manolo, la Democracia Popular se extinguió, y yo me afilié a la socialdemocracia. Él sigue creyendo en Dios, y yo sigo creyendo en el Diablo.

-Nos vemos- le dije. -Están a punto de tocar los Babasónicos.

Esta vez no le pedí ningún número telefónico.


A Danilo Barragán

1 comentario:

INSTANTES dijo...

...de hecho el teléfono fijo tiene el sello de la autenticidad y también de clase social (seguramente porque los primeros que lograron tener uno , debieron ser gente acaudalada),en algún museo he visto de esos color negro gradotes que pesaban al rededor de 5 kilos ja! , era el que nos hacia anotar los números en alguna agenda o en cualesquier papel hubiera a mano incluyendo servilletas o papeles de usos personales, que luego se extraviaban , y había que dar vuelta bolsillos bolsos y cajones de la casa (y lo peor, nunca aparecían!).
El celular es la modernidad misma, si ahora hay algunos que tienen mil funciones de las cuales casi hay que tomar lecciones para usarlo….Y como los seres humanos también evolucionamos (no se si tan rápido como la tecnología, ja)…a veces ya no pedimos números telefónicos.
Un abrazo!