viernes, 22 de mayo de 2009

Desaparecido


Su nombre nunca estuvo en un tarro de leche o revista; esas cosas no se hacen acá.

Eran las seis de la tarde de un domingo cualquiera: empezaba a oscurecer, y su padre, que acababa de reponerse de la resaca, estaba más fúrico que nunca. Afuera los chicos no se cansaban de jugar a la pelota; la madre estaba de visita en casa de una vecina.

Luis era el mayor de los tres hermanos. Galo tenía ocho años, y todavía no podía limpiarse los mocos. Anita era tan chica que aún dependía de los brazos de doña Charo, la mamá. Esa tarde el Galo tenía hambre; en la cocina había una olla de esa fea sopa que todos detestaban, y una sartén llena de arroz mezclado con fréjol. Al Galo se le hacía agua la boca. Luis era bastante activo: ese domingo no paraba de jugar desde el mediodía. Al Galo no le gustaba ejercitarse: la tele Sanyo de blanco y negro fue siempre su mejor amiga. Hacía varias semanas que don Jaime había empeñado la tele; fue de ese modo que Galo, enemigo de la actividad física y pequeño misántropo, adoptó la afición de revisar periódicos. Don Jaime gustaba mucho del diario Extra: siempre se sacaba los periódicos de la cooperativa de transporte, para cuyo bus No. 13 trabajaba de cobrador.

Desde el jueves anterior a ese domingo, el Galo estaba impresionado con la noticia de tres chicos que escaparon de su casa en Riobamba (Chimborazo), y que fueron hallados por la Policía. Lejos de causarle miedo, esta aventura un tanto peculiar le causó mucha curiosidad. Galo quería mucho a su ñaño Luis: este siempre le regalaba pequeños pastelitos o alguna golosina durante el recreo, y le defendía de los abusivos que, en lugar de extorsionar a otros niños más ricos, le tenían vistas las webas. Sin embargo, odiaba a Anita, la bebé de la casa. Le parecía muy llorona y quejumbrosa: un día, la había encerrado en un cartón durante horas, lo que le hizo a acreedor de una memorable paliza. De nadie sirvió que el Luis le defendiera: este también recibió un fuetazo por metiche.

Esa tarde, inexplicablemente serena, Galo pensó que sería grandioso desaparecer por un tiempo y salir en los diarios. Era extraño que un chico de esa edad tuviera tal fascinación. No obstante, Galo era muy bueno en Gramática y en Ciencias Sociales a diferencia del pragmático Lucho, quien prefería un poco más las matemáticas y Educación Física. Galo soñaba con ser famoso, y envidiaba a ese otro niño de la escuela que un día apareció en la tele durante una campaña de mingas en los barrios. Pero estos deseos no pasaban de ser sólo eso, deseos; Galo volvió a sentir hambre.

Don Jaime había salido desde el viernes y había vuelto ese domingo a mediodía. Olía a trago barato, y entró gritando. Sin embargo, doña Charo le aguantaba todo, y ese día dejó haciendo la comida y limpiando la casa. Había almorzado con Luis; luego, su hermano se había ido a la cancha a jugar con unos amigos. Galo se quedó revisando un libro cuya tapa decía "Respuesta a Todo".

Luego, sintió hambre. Luego, se comió el arroz, la porción que le tocaba a su padre. Luego, el hombre despertó. Luego, los fuetazos. Luego, el silencio.

Las seis de la tarde se habían esfumado y el Galo no había parado de llorar. Tampoco podía olvidar los epítetos de "tragón" "maricón" ni "majadero" que el papá le había extendido. Esa noche el Luis había preferido no entrometerse. La madre llegó. Ella tampoco quiso acercarse al Galo. El taita chuchaqui, y la bebé que andaba sucia, acapararon toda la atención en un momento. Luego del noticiero, todos fueron a dormir. Galo no podía. Pasó la medianoche. Luego de un repentino despertar, Galo notó que se había meado en la cama. Fue entonces cuando sucedió.

Ese domingo era 16 de agosto de 1987. El 17, la madre tuvo gran angustia. Había denunciado el caso a la Policía; a Luis no paraban de decirle en la escuela que el Galo probablemente se había muerto. Luis tenía once años, y estaba en quinto grado; Galo estaba en segundo.

Veintiún años después, en el ahora más populoso sector de Solanda, un hombre de rasgos adultos se disponía a abrir su tienda. Era don Luis, ahora adulto, esposo y padre. Hace dos años que regresó de España, en donde su templanza hizo que le fuera bien. Con el dinero ahorrado puso un micromercado, muy bien surtido, y lleno de clientes, pese a todas las crisis habidas y por haber. Ahora tenía una niña, Sandrita, y en el local sonaba una canción de reguetón. Fue entonces cuando un hombre de aspecto familiar llegó al lugar, pidiendo cigarrillos. Luego de pagar algo más de dos dólares, el hombre se había marchado.

Entre 1987 y 2008 habían sucedido muchas cosas. Don Jaime había muerto una tarde de 1994, atropellado por un camión: estaba ebrio, y había subido algunos kilos. Doña Charo había emigrado a España con Anita y Luis, en 1998. A doña Charo no le fue tan mal: el sueldo de doméstica le parecía mucho más alto que lo que ganaba un profesor o ingeniero acá. Anita terminó el colegio en Madrid, sin embargo, se fue a vivir con un chico colombiano que luego de embarazarla se había regresado a su país. Ahora Charo era abuela, y Luis era tío. Pero eso no les molestó para nada. Entre los tres cuidaban mucho a Sebas, el chiquito que había nacido en Europa y que tenía sangre ecuatoriana y colombiana.

Los finales de los ochentas prefirieron olvidarlos. Habían dado por muerto a Galo. La Policía simplemente no pudo darles razón. Al poco tiempo, por sugerencia de Don Jaime (que en paz descanse), decidieron parar con la búsqueda, puesto que no tenían recursos. Aunque ahora la situación había mejorado bastante, tampoco se animaron a reanudar su búsqueda: optaron por dejar el asunto en manos de Dios y cada vez que iban al cementerio de San Diego a visitar la tumba de Jaime Toapanta, siempre dejaban dos ramos de flores, uno para el difunto presente y otro para Galo.

Luis recuerda, que cuando era chico, había supuesto que el Galo había sido secuestrado por extraterrestres. Doña Charo, quien ahora vive en Latacunga (Cotopaxi), su ciudad natal, no quiso hablarnos al respecto. De regreso en Quito, Sandrita y Sebas juegan en la puerta de la tienda. Ellos, tan chicos, ignoran que tuvieron otro tío. Esa tarde, cuando aquél hombre de aspecto familiar visitó el lugar, ellos dormían en una habitación de la casa que tenía un televisor a color de pantalla plana.


Aquella madrugada de 17 agosto de 1987, Galo había desaparecido en medio de la oscuridad, para siempre.


A Jenny Jumbo

1 comentario:

INSTANTES dijo...

De seguro el Galo comprendió que debía marchar esa precisa noche.
A veces es necesario que los cambios se hagan en el día y en la hora exacta; para que se realicen.
Muchos saludos Nicolalde,!!! ..
..muy entretenida la historia.