miércoles, 23 de septiembre de 2009

Christian




En el colegio casi siempre existe una seudo-bipolaridad con dos facciones más o menos definidas: los cargosos y los que se dejan cargosear. Un "tercer bloque", el grupo de estudiantes no alineados generalmente está conformado por chicos fuertes que han optado por la paz y el silencio, mientras los demás se debaten en una pequeña guerra.


A finales de los años noventa el colegio Montúfar era un mosaico disparatado de revoltosos, resentidos, revolucionarios, revisionistas y algunos retardados cuyo único placer era joder a los demás, convirtiendo en pesadilla el estar en clase, como si ver al mediocre profesor de Cívica, el ex sargento del ejército Roque Cedillo no fuera ya una terrible tortura.


El Carlos, el Gabriel, el Danilo y el Mauricio eran el grupo neutral; los demás estaban siempre dispuestos a la hostilidad. Con el paso del tiempo la facción débil también emprendió la destrucción entre sí, con la finalidad de no quedar resagados y sentirse valientes. Durante aquellos días soñaba con escribir historietas, unirme a Greenpeace y cosas así; los cargosos del curso ni siquiera sabían que era Greenpeace. Tuve que perder tres veces en los puñetes y ganar varios moretones para ser considerado dentro del bloque neutral; sin embargo, hubo otro chico que la pasó mucho peor; el Christian.


De facciones indígenas (acá el racismo es un secreto a voces) pero de clase social alta (años después supe que sus padre era un distinguido abogado y su madre un prestigioso médico), el Christian era extraño. Al igual que yo era pésimo para el fútbol, tampoco era guapo (como sí lo era el Patricio, un morenazo que nos hacía sentir feos a todos), y para rematar, era pésimo en los estudios (al menos en eso sí pude ganarle).


El Pablo, el Marco y el Omar eran definitivamente la pandilla del curso. Más de una vez tuve que aguantarles, hasta el día en que por alcahuete le salvé al Marco de una expulsión y me gané un 13 en conducta. Me sentía pésimo, pero al menos gané una tregua que duró casi un año escolar. Pero volviendo al Christian, el no la tuvo fácil; para colmo, tenía un hermano menor que era todo lo contrario, Jorge, quien estaba en la selección de fútbol del colegio e incluso llegó a militar en las divisiones inferiores de El Nacional. Buen puñete, apuesto, más alto y de mejor complexión atlética, en más de una ocasión acudió en auxilio de su confundido hermano.


El Christian estaba jodido, sin lugar a dudas. Pero lo que más me fastidiaba (a mí, sobre él) era el hecho de que ni siquiera era buena gente; siempre que alguien le solicitaba alguna cosa era bastante codo y burdo, empeñado en poner una cara de idiota. Un día, quizás, en lo que quizás constituyó su intento de venganza para con la pandilla, había invitado al Marco, al Pablo y al Omar a su casa para jugar al Playstation, que en ese entonces era la novedad de los videojuegos. Sin embargo, los tres cargosos salieron burlados, pues, lo que en realidad tenía el Christian en su casa era una vieja consola de Atari de los años ochentas (sus papás le negaron la Play, en vista de sus bajas notas). Desde entonces las cosas empeoraron: ya no les bastaba con humillarle en la clase, ahora le escondían los zapatos luego de educación física, le escondían el unifome e incluso le robaron la mochila en dos ocasiones.


En el colegio, el Departamento de Orientación Vocacional no pasaba de ser una falacia; en la oficina se reunían bolcheviquistas frustrados que se dedicaban a dibujar panfletos comunistas que hablaban de ayudar al ser humano, mientras hacían lo contrario con los estudiantes. "Tienes que ser hombre y dejar de ser maricón, estás en un colegio de señores" fue lo que me dijeron una tarde en que acudí por ayuda. Para colmo, el Christian era retonto. Sentía pena de él; intentaba ser su amigo, pero en lugar de aceptar mi amistad respondía con insinuaciones machistas de que yo "era un marica", y muy levemente intentaba fastidiarme también, como pretendiendo unirse al grupo de los "malosos". ´


La banda de guerra del Montúfar era una especie de "ejército" del colegio: aunque se trataba sólo de una banda musical, caricaturesca y burda intención de parecerse a un colegio militar, en el fondo era la oportunidad de adquirir status personal. La gente siempre se entusiasmaba con esas pendejadas; mirar a sus hijos llevar el uniforme de la banda de guerra era satisfacer la patética pretensión de haber ido a pelear a la frontera contra el Perú. A las chicas también les impresionaba el uniforme; era bien sabido que los tipos de la banda de guerra salían con las peladas más guapas de los colegios femeninos.


El ritual para entrar a la banda era otra tortura patética: había que aguantar palo a lo bestia luego de realizar extenuantes ejercicios, y aprender en pocos minutos a tocar el flautín, la corneta o el tambor. Mi hermano mayor perteneció en un solo año a la banda de guerra y a la selección de fútbol; ese año, para demostrar que también era capaz de la estupidez, decidí probarme también para la banda.




Esa tarde aguanté palo a lo bestia. Se conformaron dos pelotones, en diferentes patios del colegio. Tuve muchas dificultades con el flautín; un chico gordo cuyo nombre olvidé hace mucho fue la única persona amable que hizo lo que pudo por enseñarme. Luego tuvimos que reunirnos con el otro pelotón. Fue entonces cuando le ví: era el Christian, el chico más sonso del curso, que también quería unirse a la banda de guerra. Su cara estaba sucia, y se notaba que había sudado esta vida y la otra. -¿Qué vas a tocar Christian? le pregunté al apuro, antes de los ejercicios de marcha. -Los platillos- le alcancé a escuchar.




"Los platillos", el instrumento más ñoño, más despreciado y reservado a los chicos de menor estatura, fueron los que hicieron posible que el Christian ingresara a la banda de guerra, y que yo me volviera la última rueda del coche del curso. A propósito, nunca ingresé a la banda, pero tampoco me arrepiento de ello.






3 comentarios:

Analia dijo...

Ahora que leo tu relato no se a que bando perteneci yop.. pero se lee dura la batalla en tus años colegiales....

INSTANTES dijo...

xuchas!!!!! que me entretengo con estas historias.
saludos!

Marcelo Dance dijo...

Excelente relato David, que me hizo recordar un libro de Mario Vargas Llosa llamado “La ciudad y los perros” donde se describe la estricta y muchas veces cruel educación en un Colegio militar del Perú, país vecino y por momentos (feos momentos), enemigo del tuyo.
Me encantó el “Grupo de estudiantes no alineados”, una especie de cascos azules, que por lo general, y al igual que los originales, no son tan buenos como uno creía.
En mi etapa de secundario yo también era un “distinto”. Era rockero en un colegio alemán de escolaridad privada, donde la mayoría eran “Chetos” (Pseudos niños bien), o al menos creían serlo, ya que por lo general, eran hijos de profesionales o trabajadores, y ninguno de ellos había nacido en cuna de oro, ni mucho menos.
Con el tiempo los pobres infelices terminaron escuchando la misma música que yo escuchaba 5 años antes, se dejaban crecer el cabello como si acabaran de ver Woodstock en el cine, cuando yo ya estaba escuchando New Wave y optaba por un corte a lo John Lydon (Johny Rotten). Hoy se me agregan al Facebook y se la pasan organizando reencuentros, a los que por ahora, sigo ausentándome sin aviso.
Mi madre, días pasados, viendo jugar a la selección de fútbol de tu país, con ganas y decisión frente a Bolivia, en el mismo escenario donde nosotros perdimos 6 a 1, me comentaba al pasar:
-Qué comen estos tipos? Tienen una fuerza!-
Hoy, después de leer tu relato, podría responderle:
-Una rigurosa dieta a base de ingratitudes e injusticias… Quizás eso los haga más hombres… -
Saludos!