martes, 14 de abril de 2009

El vecino


Regresó una tarde cualquiera; lo único especial de aquél momento era el gris del cielo que tampoco era especial, pues, desde hace dos años que eso era común. Quizás habría sido distinto de ser una tarde soleada.

El punto es, que regresó, sí, Mario, el vecino que había desaparecido hace dos años, había vuelto luego de la ausencia, de la incertidumbre y de las suposiciones más absurdas sobre por ejemplo que fue secuestrado por alienígenas o que fue víctima de algún asesino en serie neofito. Esa tarde se cumplían tres meses desde que bajé al cuarto que el Mario había abandonado para tomar prestada su tele, bueno, en realidad también creí que se había muerto y por lo tanto no tomé prestado su televisor, sino que me había apoderado de ella. No, no piensen que soy alguna especia de cleptomano o abusivo dueño de casa: esto no habría ocurrido si no hubiese sido porque una tarde mi proveedor de televisión por cable me cortó la señal sin una explicación aparente, y cuando revisé la instalación de la antena por accidente rompí el plug. Nada que ver. Fue por eso no más. Pero aparte de eso, también descubrí un montón de revistas deportivas en ediciones especiales dedicadas al Emelec, el club favorito del Mario, y una caja con recortes de fotos de candidatas a reinas de belleza, desde los años ochenta.

El Mario era una persona muy fresca. Era bastante atento, incluso en alguna ocasión que me escuchó quejarme porque no tenía nada que comer, me subió un plato de sopa, que luego de vaciar con mi voraz apetito nunca se lo devolví. Cuando mamá, la verdadera dueña de casa regresó en alguno de sus también contados regresos, el Mario nos ayudó a reparar el medio departamento. Un día hasta se jugó el cuello cuando mamá y yo, par de despistados ambos, olvidamos las llaves dentro; nuestro vecino se subió por la ventana, bajo el riesgo de caerse tres pisos abajo, en donde para colmo había una piedra de lavar tan dura que ya me imaginaba yo la sangre recorriendo ese artificio en donde los demás vecinos suelen lavar sus ropas.

Los amigos del Mario eran muy extraños: siempre supuse que el Mario era homosexual, sin embargo, sus amantes no tenían un buen aspecto. Por el contrario, eran bastante mal encarados, y se me hace que se aprovechaban de lo buena nota que era el Mario para sacarle alguna cosa. Entre sus pertenencias también encontré la foto de un niño, que meses después supe que se trataba de un hijo que tenía en Ventanas (Los Ríos). También encontré la foto de una mujer mayor, que supuse su madre.

Les conté que las tardes se habían vuelto grises, y por ende, el frío se volvió un compañero inseparable de cada noche. Habían pasado dos años exactamente, y decidí quemar las revistas y demás cosas del Mario, suponiendo que, si no había vuelto al menos por sus cosas debido a que ya no tenía para el arriendo, sería porque estaba muerto, o quizás preso en alguna cárcel de la Costa.

Esa mañana estaba leyendo en la sala; de pronto escuché una voz muy familiar desde la calle. Al principio creí que se trataba de alguna alucinación, quizás por lo alto del volúmen de la tele que le robé al Mario. Decidí apagar el televisor. Entonces, alguien llamó a la puerta.


A Eddi Quinto

3 comentarios:

Marcelo Dance dijo...

Copada la historia David!
(Bakana como dicen ustedes, no?)
Se nota que no sos hincha del Emelec porque sino hubieras conservado las revistas... Quemaste todo???
Mmmmmm... Se complicó!
Y que sigue???
Cuente! Cuente!

David Nicolalde dijo...

Saludos Marcelo.

Se trata de una ficción, aunque basada en algunos datos verídicos. El Eddie Quinto era un inquilino de mi madre que desapareció un día, sin dejar rastro. Desde hace dos años hemos tenido acá en Quito un invierno bastante lluvioso que no ha tenido pausas prolongadas; salvo los meses de febrero, marzo y abril, el clima acá es bastante templado, con las excepciones de julio y agosto en donde el sol es excepcionalmente fuerte (no olvides que estamos en plena zona equinoccial). Volviendo a la historia, el Eddie nunca volvió a aparecer, pero un día, debido a una fuerte lluvia tuvimos que abrir su cuarto porque se filtró agua por el techo, causando una gran inundación. Fue entonces cuando descubrí un montón de revistas Estadio (la homóloga quizás de su revista "El Gráfico"). El cuento se me ocurrió ayer, mientras hacía un deber de redacción periodística sobre como escribir para prensa, radio y tele: al frente de mi casa se instaló hace poco un pequeño restaurante cuyo propietario es un señor de la provincia de Manabí, que a veces suele hablar muy alto (la gente de Manabí, Los Ríos y el resto de la Costa tienen un acento de voz muy distinto al de nosotros los serranos). El acento de ese hombre me recordó mucho al del Eddi.
Saludos Marcelo!

INSTANTES dijo...

Me atrevo a especular que…
…las pertenecías que dejó tenían para él, menos valor que el alquiler, si es que hubiera decidido volver.
O quizás haya sufrido una amnesia impidiéndole el regreso, o tal vez se ha muerto en los brazos de algún amante. Tal vez un día no sea un enigma su desaparición entonces me cuentas ; …pues ya me has hecho parte de la historia del Eddi.
saludos!