viernes, 10 de febrero de 2012

París



Desde que terminé la universidad, los viernes por la tarde me resultan aburridos. Ya no tengo a mis amigos, ni a las aulas de clase, ni a los odiosos profesores que un día deseé ya no ver jamás; ahora que lo pienso, también les echo de menos. Fernanda, la única amiga que me quedaba, se ha conseguido un novio y ya no la he visto desde entonces. En el trabajo, el ambiente ya no es el mismo; todos los viernes, a las cinco en punto de la tarde, casi todos vuelan a sus casas, a encontrarse con sus maridos, esposas e hijos.

     En una ocasión, decidí romper la rutina y me dirigí desde mi aburridisimo trabajo en el Ministerio del Interior hacia el Palacio Arzobispal, en donde la Fer me recomendó una cafetería de estilo clásico conocida como La coupe. La prohibición de fumar en interiores ya no me afecta; por suerte, he dejado ese hábito, desde que el Gobierno para el que trabajo subió el precio de los cigarrillos. Me acerqué entonces a la única mesa disponible, ubicada en la esquina más profunda del lugar.

     De inmediato, una mesera me acercó el menú, emplasticado con una mica que me recordaba las hojas de vida que reviso cada día en mi escritorio. La oferta no era muy variada; además de los típicos canelazos y vinos hervidos de la mesa quiteña, la carta ofrecía varios tipos de café.

     ―Señorita, ¿En qué consiste el café cortado? ―pregunté a la mesera, quien lucía harta de ese trabajo, además de traer una cara de mal casada.

     ―Bueno, en realidad es un café pequeño pero concentrado, con un poco de leche ―respondió.

     Mientras me aburría con la descripción del café, noté que detrás de mí estaba colgado un cuadro con la foto del Arco del Triunfo, en París.

     ―¿Y el mocachino, cómo lo sirven?
     ―Por el momento solo tenemos expreso, americano y cortado.
      «Mierda» pensé.  «Si no tienen estas variedades no sé para qué chucha los incluyen en el menú» dije para mí mismo. Sin embargo, decidí no reclamar; después de todo, la mujer no tenía la culpa de la manera en cómo los dueños del lugar administraban el menú de la cafetería.

     Mientras esperaba por mi orden, me preguntaba cómo era posible que un establecimiento del centro de Quito, ubicado en pleno Palacio Arzobispal, a unas cuadras del Palacio de Carondelet, tuviera una foto de París, la ciudad más cliché de la literatura y el cine. Junto a mí, había comensales de todo tipo: extranjeros, que partirían al día siguiente a Baños u Otavalo; ecuatorianos con terno y corbata, seguramente empleados del Municipio y de otras entidades del estado, eso sí, con tono prointelectual en sus charlas, comentando de la exquisitez de esta ciudad de mierda y de lo simpático de la arquitectura colonial del centro. En medio de mis divagaciones, un tipo de más o menos cincuenta y pico de años, me preguntó si podía compartir la mesa.

     ―¡Qué le pasa! ―le contesté. ―¿Acaso no ve que estoy acá precisamente porque busco privacidad?
     ―Vaya, qué altanero ―me respondió.
     ―Bah, ¡es broma! siéntese, es un país libre ―respondí con desdén.

     Mi ironía no funcionó y el tipo agarró la silla y se sentó. Pidió de inmediato empanadas con agua aromática, mientras se posaba embobado en la foto de la Torre Eiffel. 

     ―París, qué bonita ciudad ―suspiró. Hace diez años que estuve ahí con mi hija.

     Además de presuntuoso, ahora resulta que el tipo había viajado por todo el mundo.

―Creo que le he visto en el Ministerio del Interior ―prosiguió dirigiéndose hacia mí el aspirante a Rocambole, que probablemente se hizo la foto cholaza en la Torre Eiffel con su hija.

     Luego de una increíble demora de casi diez minutos, mi cortado llegó por fin, junto con las empanadas y la "horshat" de mi compañero de mesa.

     ―¿No gusta una de las empanadas? he pedido dos ―me invitó.
―No, gracias.

     Resulta que mi café era en realidad una taza con apariencia de juguete de té. Inconcientemente esperé que la mesera me trajera una Barbie para hacerle compañía.

    «Demonios, debí pedir el combo de expreso con empanadas» medité con frustración.

     ―Estoy seguro que le he visto antes. 
     ―Es probable ―respondí, mientras jugaba con mi café. ―Esta ciudad es como un pañuelo de mocos.

     ―Parece que no disfruta de su café ―me dijo ―¿No los hacen como en Colombia, verdad?

     No sé por qué rayos el tipo suponía que había estado en Colombia o que había probado su café. Lo único que conozco de ese país es Ipiales, y por pura casualidad. Desde luego, reconozco que su bebida es de gran sabor y aroma, pero el tipo de por sí ya me estaba hartando.

     ―Estuve hace un mes en Colombia, mi amigo ―prosiguió con seguridad. ―En el Instituto Metropolitano de Patrimonio nos enviaron a un Congreso en Bogotá sobre Arquitectura colonial. Las mujeres, desde luego son hermosas; y la cultura es algo que se ve en todas partes.

―Chch, ¡LÁRGUESE ENTONCES DE ACÁ, REGRESE A FRANCIA, PIDA SU TRASLADO A COLOMBIA, SIÉNTESE CON ALGUIEN A QUIEN LE IMPORTE SU ESTÚPIDA VIDA! ―le grité.

    La gente regresó a vernos.

    Minutos después de que la administradora de la cafetería me pidiera muy cortesmente que abandonara el establecimiento, descubrí que la luna suele posarse junto a las torres de la Basílica del Voto Nacional. Además del detestable tipo, el café estaba feo. Espero que la próxima vez una man guapaza se quede sin mesa y desee sentarse conmigo. 

jueves, 9 de febrero de 2012

Mientras espero



Dentro de unas horas vendrán por mí. Tuve varias oportunidades para superar la enfermedad, pero la ociosidad y cierta terquedad provocaron que me descuidara. Al final, dejé suspendidas para siempre varias actividades que tenía pendiente desde niño. Los libros que prometí concluir aguardan en varios sitios de la casa; la novela que empecé un día reposa en un cajón polvoriento, junto con varias hojas volantes publicitarias, pastillas y facturas vencidas.

    La jaqueca que venía molestándome desde hace varios días tampoco se ha ido; tenía la esperanza de que el sueño me la arrebatara, pero al parecer solo se acostumbró aun más a mi sistema nervioso central. Siento que mis ojos han descansado, sin embargo al escribir estas líneas puedo notar como vuelven a agitarse. El teléfono no ha sonado todavía, lo que me permite unos segundos para despedirme de quien sea necesario, aunque admito en el fondo que esto, lejos de tranquilizarme, me provoca cierta angustia.

    He sacado la basura, por si acaso nadie vuelva a entrar en mi casa durante un tiempo. No tengo muchas referencias sobre el sitio, salvo que está ubicado en el centro de una horrible ciudad, junto a una colina llena de yerba, en donde abundan las ratas, y en donde los pisos están hechos de madera rancia, mismos que enceran una vez a la semana, y que conservan un olor fétido entre humedad y grasa. Mi familia ha prometido visitarme, aunque sinceramente no les creo ni me interesa. Siento con el alma que lo que más odiaré es la cocina del lugar: nunca me pareció romántico el mirar ollas gigantes de acero cubiertas de hollín. Tampoco tendré privacidad. Los cuartos están llenos de literas, y no hay ventanas. Dicen que lo único agradable es el jardín, lleno de flores rojas y naranjas. También me han dicho que hay una bella imagen de la Virgen María, con un marco de luces de colores. ¡Si supieran que odio las figuras de los santos, y el olor de las velas que los acompañan!

    Dicen que hay un sacerdote que oficia una misa cada domingo. En lugar de un cura preferiría una biblioteca, de la que nadie me habla porque no existe. Me han prometido que me dejarán libros de vez en cuando, lo que tampoco creo y tampoco me importa. Me comentan que el contacto con objetos físicos solo puede provocar recaídas. Mencionan que de vez en cuando te pasan píldoras, junto con las comidas. Dicen que hay una simpática jaula de pájaros y una pecera, que supuestamente contribuye al relax de los internos, y que colocan música ligera de vez en cuando. Dicen que el lugar es una mierda, pero que es el sitio en donde estaré mejor. Espero que cuando llegue a ese sitio el sueño me domine por completo, para no mirar la yerba infestada de ratas, ni la jaula de gorriones ni la pecera, que el olfato también se me duerma para no percibir el aroma del piso encerado y las paredes húmedas, espero volverme insensible para no sentir el tacto de los internos, espero que los oídos se desvanezcan para no escuchar al personal ni a mi supuesta familia que irá por mí algún día, si es que puedo recobrar la conciencia.

    El sueño está llegando, por fin. 

miércoles, 8 de febrero de 2012

Jesse Cochran



Tu nombre oculto en
una vieja carpeta,
que reposa tras un escenario con
la luz apagada,
de butacas vacías,
como viejas cintas
de video que ya no corren;
lo siento,
pero ya no te recuerdo.

La cuerda de una
guitarra se estira como
el polvo en el sótano,
y qué decir del sueño,
el espectáculo roto;
todos se han ido.

En un viejo bar,
ahogas en un tarro la voz de las
palabras impronunciables.

Tu vieja chaqueta
se convirtió en tu refugio
nocturno;
el pavimento ya no te
aguardará hasta la gloria,
ni los hoteles ni las tabernas.

Tu nombre fue borrado de un script,
por el capricho de un escritor
que caminó entre la bruma.

jueves, 2 de febrero de 2012

Emilia


«Está loca, y un día dominará el mundo» me dijo su prima, mientras la mirábamos ensayar con sus patines desde la tribuna.

    Seguramente Emilia no pasaba de trece años; su cuerpo pequeño y esbelto destacaba entre el bullicio de las butacas y el motor del vehículo que se encargaba de nivelar la pista de hielo. Llevaba una malla negra y simulaba correr en un espacio muy pequeño. Una vez que el ruido cedió un poco, el parlante emitió la canción de Celine Dion que se hizo tan popular gracias a una película donde Leonardo Di Caprio muere, paradójicamente, congelado.

    Por un momento el hombro de la prima de Emilia se convierte en la almohada más cómoda del invierno artificial, y me concentro en los movimientos de aquella artista solitaria, la niña. Recuerdo que el hielo no tardará en derretirse, que la canción de Titanic y la película fueron estrenadas hace tanto tiempo y siento como la barba me provoca comezón. Mientras me acomodo otro poco en el hombro de mi compañera empiezo a pensar que algún día Emilia, la hermosa niña que dentro de unos minutos invadirá la pista, un día romperá varios corazones de adolescentes, provocará el suicidio de alguno, disgustará a sus padres por los múltiples timbrazos en la puerta, será la Lolita platónica de algún profesor, será el tema central del primer y único hit de alguna banda nacional, cuyo cantante intentará superar el dolor de no poder tenerla cerca, y, finalmente, despertará la envidia, la incertidumbre, el cielo y el infierno de quien llegue a compartir sus secretos.

    Me he quedado dormido. Es muy probable que nunca más vuelva a ver a Emilia.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Quimera color

Desde hace varios días ocurre que de vez en cuando me quedo dormido. Me ha sucedido en el bus, en el cine, en el restaurante e incluso en el karaoke. No sé a que se debe; los exámenes que me ordenó el doctor han descartado que se trate de bichos. Tampoco soy un hombre de farra; ni siquiera llego al segundo episodio de South Park de las diez y media de la noche y ya he cerrado los ojos.

Hubo sin embargo una época en que me sucedía lo contrario. Por más que lo intentaba no podía dormir. Entonces prendía la radio, que solía acompañarme hasta el primer rayo de sol. Quizás mi somnolencia actual se deba a todas esas noches que no dormí. Por favor no nos engañemos, eso no tiene nada que ver. Tampoco es la televisión, ni los libros.

En ocasiones, he logrado escucharme roncar. Es una sensación entre repugnante y placentera. Las personas no pueden evitar su envidia al verme. Sin embargo hay momentos en los que quisiera permanecer despierto. Por ejemplo, cuando hay una excelente película en la tele, o cuando alguien interesante se pone al teléfono.

Dormir sería el mayor de los placeres, si no fuera por ciertos sueños obsesivos. A veces quisiera poner la mente en blanco, mirar un mundo completamente en blanco, como el que describen Saramago y Fitzgerald. Es inútil. Entonces intento arrojarme en el color negro. Luego, es rojo. Finalmente, amarillo. Es cuando cierro los ojos. Cuando despierto, es azul.

Si el tiempo tuviera un color, probablemente sería naranja. Quizás me confundo con el horizonte. Me pregunto si existe un modo de inventar un color nuevo. Dicen que las abejas distinguen el espectro ultravioleta; dicen, que quienes van a morir se acercan a una luz. No quiero divagar más... me estoy durmiendo otra vez.......

martes, 31 de enero de 2012

Charles Darwin

Vive
muere
despierta
No hay rumbo:
devorar y
ser devorado.
No hay sitio para
las utopías,
El rugido del mar es la única canción.
El sol del horizonte es quizás siempre el último.
A veces quisiera no tener que sentir,
elevarme sobre la secuencia de la sangre
y su curso infinito,
pero la sed no es
una espiral dialéctica.
Vive
muere
despierta
No hay rumbo:
Devorar y ser
devorado.

viernes, 27 de enero de 2012

El futuro



Mi nombre es Fabián Guachamín; nací a mediados de los ochenta en Quito, ciudad que mis padres escogieron para vivir, luego de conocerse en el bus que iba de Ambato a Latacunga y vivir un romance fugaz de seis días, durante los cuales gestaron a mi hermana mayor Miriam, a la que siguió Rolando, yo y finalmente Iván.

   Desde pequeños nos sentimos orgullosos de nuestra ciudad; mirábamos con desdén a las personas que venían desde otros lados, pensando que ser quiteño era lo máximo. Siempre nos reconocimos como mestizos, aunque muchos aseguraban que éramos longos; para no sentirnos acomplejados, cuando pequeños, nuestro padre nos juraba que el apellido Guachamín era de origen español. El caso es que eso no le importó para nada a mi hermana cuando conoció a Santiago, el padre de mi primera sobrina, Cecilia, ni después, cuando conoció a Francisco, con quien finalmente se casó y tuvo a mi otro sobrino José. Tampoco le importó al Rolo, quien terminó de cajero de una agencia de pagos, donde conoció a otra cajera con la que se casó también. No. Esos detalles solo me importaban a mí, el chico que se pasaba rayando periódicos viejos, dibujando árboles genealógicos, coloreando logos de partidos políticos, calcando billetes, aprendiendo de memoria pasajes de la Biblia y el número siempre inestable de provincias y cantones del país y países del mundo.

   «Este guagua es el futuro es de la patria» solía decir con orgullo mi padre, cada vez que me entrometía en sus charlas con gente de su edad. Mamá solía pensar que mis aparentes conocimientos sobre política y mi acercamiento con la Biblia eran la señal enviada por Dios de que me haría sacerdote; en el pueblo de la provincia de Cotopaxi donde ellos nacieron, los vecinos solían pedirme que me acuerde de ellos cuando esté en el reino de los cielos, como si fuese Jesús en el Gólgota hablando con los ladrones. Me encantaba quedarme en la iglesia y no era porque quisiera ser cura; simplemente el sitio me parecía de lujo. Detestaba la casa de adobe de mis abuelos, llena de tierra y moscas. Me agradaba el piso pulcro de baldosa de la iglesia y el silencio.

   Los años corrieron: mi ñaña metió las patas, quedando embarazada de un man que juraba amarla con locura pero que desapareció sin dejar rastro; el Rolo, luego de sacarle canas verdes a nuestra madre finalmente sentó cabeza, el Iván nunca se quedó a supletorios en el colegio y yo ingresé a la facultad de Derecho, luego de haber deseado desde ser cura, militar, diplomático, arquitecto, forense, analista de muestras de sangre, actor y policía. Con el tiempo, mis padres se decepcionaron de mí; ya no era el chico afable y conversón que sorprendía a los adultos con datos triviales de los que nadie tenía idea. Durante el colegio, la táctica de aprenderme las cosas de memoria dejó de dar resultados y me volví holgazán, perezoso y distraído. Ni siquiera era un atleta; el Rolo, al menos, siempre se destacó en el fútbol y el Iván parecía destinado a ser el sucesor olímpico de Jefferson Pérez. Por cierto, el apellido de nuestra madre era Pérez. A veces, vencido por los complejos y la vergüenza, llegué a afirmar que era Fabián Pérez. Desde luego, eso me valió más de una pisa, no solo de mi padre, a quien ya no le hizo gracia intentar convencerme de nuestro origen hidalgo, sino también de mis hermanos. A los trece años creí enamorarme por primera vez; su nombre era Mónica. Solía llamarla por teléfono todas las noches. Con los días empecé a caerle pésimo, por lo que decidí marcar pasadas las doce de la noche. Su padre me contestó un día, y me dijo que si insistía se encargaría de buscarme en la calle y romperme la cara. Mi padre , al enterarse, juró que se la rompería a él primero, pero que luego rompería la mía si no tenía dignidad. Así, estudiar me importaba un rábano. Solo pensaba en la Moni. Creía que al conquistar su amor, todo lo demás vendría por añadidura.

   Ya en la universidad descubrí que el derecho me resultaba aburrido. Al año siguiente me cambié a la facultad de Psicología, pero mi neurosis personal me sugirió desistir. Durante el siguiente año decidí probarme en la facultad de Filosofía, donde me uní a las filas del Frente Revolucionario de Izquierdas. Me encantaba salir a las marchas y luego embriagarme. Eso era vida. Así, casi a las malas, logré terminar la carrera, aunque nunca me molesté en presentar mi tesis.

   Han pasado varios meses desde que egresé y ni siquiera me he molestado en buscar trabajo o escribir mi tesis. Mi padre, quien emigró a España, murió hace dos años; mi madre continúa administrando el bazar que puso con él hace más de diez. Si hay algo que le agradezco, es el no entrometerse en mi vida ni juzgarme por ser un mantenido. A veces le ayudo en el bazar y ahora un poco más, sobre todo desde que la Miriam decidió irse a España también. Mi hermano menor, Iván, acaba de recibirse de Ingeniero de la Politécnica Nacional. Ya no soy el futuro. Solo soy alguien más, que vive día a día frente al televisor, que probablemente jamás empuñará un arma para hacer la revolución y que en sus ratos libres continúa buscando el origen etimológico del apellido Guachamín.

   Me llamo Fabián, tengo 28 años, detesto trabajar, a veces me masturbo, a veces hasta la tele me aburre y no sé qué hacer con mi vida.





miércoles, 25 de enero de 2012

Ucronía

Es miércoles por la mañana y me siento en paz. Una hoja ha caído sobre el libro de texto que leía, mientras esperaba a mis estudiantes junto a la antena parabólica. Nadie quiso subir, salvo a hacerse fotografías para colgarlas luego al facebook. Una voz me dice que baje por favor, que el recorrido está por salir. Le respondo que no se moleste, que puedo regresar por mi cuenta. El frío acero de los soportes, que a diario emiten y receptan señales que el cerebro humano de algún televidente decodificará para sentir si es basura o algo esencial, me sienta bien. El óxido que devora el blanco no tiene demasiada importancia. Me iré pronto. Otra voz me pide amablemente que por favor me aleje, que podría caer.

Son las tres de la tarde y un rayo de sol ha penetrado por mi ventana. Me fastidia la luz; durante el camino de regreso, me dormí soñando que rodaba la misma película que hace un mes atrás. He soñado varias veces con lo mismo. No sé a que se deba. Freud decía que mientras soñamos nuestros deseos subconscientes afloraban; en lo personal creo que el sueño, como la vigilia, son seres caprichosos que hacen y deshacen según les da la gana. Ahora mismo intento leer otro texto, pero mi gata insiste en recostarse sobre el libro. Escuché que alguien rompió su reloj el día en que Albert Einstein descubrió la Teoría de la Relatividad; hace mucho que rompí el último reloj que alguien me regaló. Por cierto, nunca me compré un solo reloj en toda mi vida; a veces me pregunto sí la humanidad tendría la misma noción de los días si es que a alguien se le ocurriese eliminar los calendarios o borrar los días de la semana. La humanidad, probablemente no tardaría en enloquecer. Pero eso no importa ahora. Me siento en paz. El aire se vuelve tenue y dulce.

Es miércoles, por la noche, y ya no siento nada.

domingo, 15 de enero de 2012

Gracias por el invierno

Tengo tantos días que contar.
Todos los segundos
y la tempestad,
la nieve imaginaria
en el asfalto.
Y gracias por tantas
cosas a la vez,
el rastro de sol bajo
la nube gris,
el árbol solitario en
la penumbra,
el aire fresco,
y la ciudad.
Gracias por el invierno
y la noche,
y las palabras que
me hicieron temblar.
La incertidumbre y
algún sueño oculto,
bajo el calor
de la ansiedad.
Y gracias por tantas
cosas a la vez.
el rastro de sol
bajo la nube gris,
la nieve imaginaria
en el asfalto
la lluvia sobre la
yerba.


martes, 10 de enero de 2012

El fin

Una flor muerta
navegando hacia la alcantarilla.
La capucha gris
con sus pecas de lluvia.
Aquel foco con moscas
danzando alrededor.
Ese viejo auto jugando
al carnaval.
Como esos papeles de
incertidumbres y sueños
en cifras,
las luces que se apagan.
No quiero verte
triste,
no hay motivo...
el corazón es un animal
salvaje que juega sobre
un charco.

sábado, 31 de diciembre de 2011

El camino

Tus ojos se quedaron grabados
en mi memoria,
brillan mientras los faros se
desvanecen sobre una cortina
azul.
Tu piel se quedó grabada
en mis manos,
que escribirán sobre otros mundos,
chica del espacio;
tu voz se quedó grabada
en mi aliento,
que respira soñando en
ti mientras cruzo el umbral
de la vigilia.
Tu boca se grabó en mi boca,
que divaga en una canción mientras
flota sobre el camino.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Adiós al verano

Ya no veo al sol caer,
dentro de tus ojos,
ni la brisa nos acompaña
al caminar.
Ya no siento la arena en
los pies.
Ni las olas,
al abrazarnos.
Ya no escribiré
versos en la orilla,
que el mar,
arrebatará.
Ya no habrá
un dios que temer,
sólo la oscura libertad,
y una playa para
reposar,
del miedo que causa,
la distancia.
Y la necesidad,
de sobrevivir...
Ya no escucharé
tu nombre,
entre la lluvia,
ya no sentiré
tu tacto
ni el fuego
en tu piel,
Ya no escribiré,
versos en el aire.
Ya no habrá
un dios que temer,
sólo la oscura libertad,
y una playa,
para descansar.
Del miedo que causa,
la distancia,
del miedo que causaba,
la distancia.
Del miedo que causa,
la distancia,
del miedo que causaba,
la distancia.........










lunes, 28 de noviembre de 2011

22

Mientras pienso en tus sublimes ojeras, la niebla se ha colado por la ventolera.
Escucho una noticia sobre la guerra, y la sangre ha salpicado a mis oidos.
Desde mi estudio miro a la ventana del hospital; una palmera se interpone entre el viento cargado de smog y el aire impregnado de formol.
La luz de un faro atraviesa mi perciana; me deslumbra hasta el insomnio.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Casualidad

A veces quisieras comprobar que el destino existe realmente, sobre todo, cuando sin darte cuenta, pretendes que las señales más dispersas coincidan para darte la razón. Por ejemplo, si vas por la calle, miras a la esquina y tu memoria hace un click retrospectivo que te obliga decir "esto ya lo soñé". O cuando piensas en la última vez que miraste a una persona, y por casualidad, al abrir tu blog descubres un post cualquiera con esa misma fecha. O cuando miras al horóscopo de hace varios días, suspiras y dices "es verdad, fue precisamente lo que me ocurrió".

Hoy he visto mi horóscopo y me asegura que haré un viaje dentro de siete meses. Me pregunto si en realidad me desplazaré hacia otro tiempo y espacio, o si moriré.

martes, 15 de noviembre de 2011

Vuelvo a casa



He cancelado mi cuenta bancaria. Los veinte dólares que me quedaban los he gastado en un vulgar puesto de comida, en una cerveza, en la propina del vigilante de los carros. Las últimas monedas las tiré en el sombrero a una viejecita que vendía flores y estampitas en la puerta de la iglesia.

        —Dios le pague —alcancé a escuchar. ¡Pobre vieja!

        Cerré con candado el cuarto que arrendaba en el centro histórico. El día que mi gato falleció, comprendí que nada es para siempre y que tarde o temprano es preciso retornar. Desde luego, los funerales de mi gato fueron fantásticos, aunque solitarios. El viejo fantasma del ratón que solía molestarnos, al fin estaría a sus anchas. Después de todo, aún quedaban galletas en la alacena.

        Procuré hacer mi cama, en caso de que alguna vez mi energía itinerante no hallara donde pasar la noche. Los pocos libros que tenía los doné a la biblioteca, y los escasos discos que sobrevivieron a la lluvia que un día oscureció mi habitación, los regalé a la radio universitaria. Quizás los conviertan en mp3. Que más da. El resto de cosas, decidí quemarlas para que nunca formen parte de un mercado de pulgas de mala muerte. Siempre odié por ejemplo ver como las cubiertas de los viejos discos de vinilo perdían sus colores bajo el ridículo sol de la ciudad de Quito. Al salir, dejé en un sobre los cien dólares que la casera solía cobrarme cada 17. 17, igual que el promedio con el que me gradué del colegio. A propósito, esa tarde, luego del rebulicio en casa, pasé por mi colegio. No tengo buenos recuerdos de ese lugar. Pero ya no importa. Me di el lujo de romper varias ventanas; nadie sospecharía de un individuo de treinta y tantos. También robé mi expediente. no sabía que aún conservaban esos documentos. Los baños me daban asco. El sitio continuaba igual de repugnante.


        Junto al colegio, había un puesto de papas con cuero y fritada, en donde la vendedora, a falta de refrigador, tenía las colas en una descolorida lavacara con agua -que supongo- alguna vez fue hielo. Con la misma mano que mecía la fritada, recogió el último billete de un dólar, un sucio y viejo retrato de George Washington. Desde luego, la comida no pudo satisfacerme, y finalmente terminó entre unos perros hambrientos que se disputaban los huesos a mordidas. Alguna vez tuve un perro. Nunca nos llevamos bien. Las pocas veces que le saqué a pasear, solía olfatear la calle con angustia. Un día, mientras se me ocurrían formas curiosas entre las nubes, escuché que el perro empezó a gruñir. Más tarde, miraba unos carteles, volví a escuchar un ruido similar. Tiempo después regurgitó de la misma manera :olfateaba un cadáver; en aquella ocasión fue una rata arrollada; luego, un pájaro, después un gato, que parecía dormido. Era el mío. Mis mascotas murieron casi al mismo tiempo; mi perro desarrolló un tumor que el veterinario no pudo extirpar. Lo durmieron con una inyección de potasio; también le enterré, y eso fue todo. Las últimas flores que quedaban en mi viejo Chevrolet, las dediqué a mis mascotas; las otras se quedaron en el viejo florero de la urna familiar.

        El camino al bosque es largo; por suerte, el país cuenta con grandes extensiones, desde que los campesinos vendieron a precio de huevo sus terrenos, para comprar modestas casas en barrios periféricos de Quito, en nombre del progreso. Estúpidos campesinos, igual que la estúpida vieja de la iglesia. La tarde era espectacular; el sol brillaba, pero el aire era tibio. Siempre me gustó la serranía. En la Costa ya no queda nada de esto; es como una gran finca llena de mosquitos. Acá al menos puedes caminar sin que tu sangre sea el banquete de un nanoejército de seres voladores. Al menos por la noche. 

        Extrañamente no se escuchan grillos o camiones. Tampoco burros o cerdos. Hace frío. Mientras camino pienso en mis libros, en las notas que los chicos escribirán sobre ellos, en las páginas que les serán arrancadas, en lo gastados que se pondrán sus lomos dentro de unos años. Pienso en las canciones que me gustaban, en las tardes que me acompañaron mientras hacía mi tarea con varios cigarrillos que en el sifón de la cocina conformaban la más patética obra de arte. Demonios. Quisiera tener un cigarrillo conmigo para acelerar el sueño. De pronto ya nada es visible. La niebla lo ha arrebatado todo. Mi espalda me duele. Es incómodo. La bufanda que robé en esa tienda, -probablemente la última cosa que robaré en la vida,- es como agua para la sed. Cuando me encuentren, espero que no se la lleven. No me gustaría que otra persona le arrebatara mi olor. El golpe en el pecho otra vez.

        No sé si he vuelto a casa; sin embargo, por fin siento mis dedos. No sé cuánto tiempo he permanecido inmóvil. De pronto, recuerdo la última carta que leí, y mientras evoco su suave y dulce caligrafía, empiezo a escuchar un ruido similar al extraño gruñido que mi perro solía emitir cuando hallaba a una criatura impresa en el asfalto.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Fade out

Querido Zi:


Todo se desvanece... siento como las escaleras del edificio solitario se convierten en una superficie resbalosa en donde caer no sería ningún acontecimiento extraordinario, o ínfimamente cómico siquiera, pues no hay testigos. Me aferro al café (quizás el último) como si fuera ambrosía de la esperanza. No hay tiempo, ni abrazos, ni voces, y la luz está fatigada. Mi cabeza da vueltas. La fría pared es el único suspiro al que me he podido aferrar por unos segundos, pero mi cuerpo ya no puede más. Hace frío. Desearía un lugar donde dormir. La yerba está húmeda. Ni una voz... me pregunto si en algún centímetro de piel aún aguarda la esperanza. El fantasma de una rata ha atravesado la habitación, mientras el silencio se vuelve corporal.





martes, 8 de noviembre de 2011

Luz artificial

Mientras despegaba, aquella luz solitaria en medio de la nada no dejaba de resplandecer. El ocaso se había extinguido hace rato, y todo era tinieblas... pero aquella luz de alfiler, aquella estrella solitaria que me hacía pensar el avión iba al revés no cesaba. Se extinguirá el sol y las nubes se perderán, pero mi estrella artificial resplandecerá... se apagará la música y solo se escuchará un motor, pero aquella luz continuará iluminando mi mente invertida...

El suéter de rayas

Y me gustaba tu risa triste, pues aunque distante, era cuando más cerca me sentía de ti. Esa sonrisa serena, silenciosa, que hacía juego con tus párpados a medio camino, bajo ese cerquillo de noche obscura y niebla, en donde tenías que adivinar en qué sitio se ocultaba la luna para mirarla y hallar por fin la paz interior. Cuando estabas, la vida era como una dulce canción de piano, cuyos golpes se escuchaban desde el otro lado de las montañas, que atravesaban un vaso de cerveza y convertían el celeste en miel. Cuando te ausentabas, los libros del mundo se volvían páginas en blanco. Era tan chica tu voz… Como si una abeja hablara. Es tan grande el silencio… Ya no creo en milagros ni en compasión. Y me gustaba tu risa triste, pues aunque distante, era cuando más cerca me sentía de ti.

A Eliana

domingo, 23 de octubre de 2011

Solo alguien que conocí




El
chico andaba con el obsequio entre sus manos; la bolsa de papel que lo cubría no pudo resistir la lluvia y empezó no solo a resquebrajarse, sino a desdibujarse. Al cruzar la calle pudo divisar un basurero verde y oxidado; decidió que ese objeto de metal sería la última morada de su gesto. Sus quince años que para todos parecían trece, no pudieron acercarlo a una cerveza. Se moría de ganas por probar siquiera un cigarrillo.

  «Mierda, ojalá estuvieran así de atentos también con los corruptos» se lamentó. Pero ni la política, ni la prohibición de fumar, ni el obsequio en la basura cambiarían nada.

    Esa misma mañana despertó más animoso que nunca: se duchó como no acostumbraba a hacerlo, intentó afeitarse aunque no pudo evitar sangrar y escogió lo más decente de su armario, que incluía una camisa de su hermano mayor, Álex, un jean arrugado que no le importó planchar antes le hubiera dado pereza e hizo pasar por su cabeza un objeto extraño, una peinilla, que, según contaba a veces, le daba cosas, pues, le recordaba aquella inspección de piojos de marzo del 98, cuando descubrieron que un compañero suyo, de apellido López o Sánchez, había esparcido la plaga entre la clase.

  Ahora que estaba en tercer curso del colegio, Diego, nuestro protagonista, se sentía listo para lo que muy probablemente sería su primera cita. La había conocido en aquella fiesta de su prima, Paola; el equipo de sonido en la sala era un Phillips de los años setenta, que todavía podía reproducir esos acetatos viejos, cuyas cajas descoloridas y rotas desafiaban al polvo y los rayones. Sin embargo, fue una grabadora Sony que habían regalado a la quinceañera Pao la que reprodujo aquel reguetón que le acercó a Claudia, un año menor que él, quien por una extraña coincidencia de la vida, o quizás porque Juan Carlos el más pintero de la fiesta—, desapareció misteriosamente de la sala junto con Belén, una chica tan alta que no pudo evitar llamar la atención.

   Esa noche, Santiago (el verdadero héroe de este relato) decidió tomar de la mano a Claudia y acercársela a su hermano cuatro años mayor, Diego. El chico odiaba su nombre. Diego. Le sonaba a San Diego, el cementerio. Le sonaba a un sucio túnel del centro de la ciudad. Le sonaba a marca de embutidos. Le sonaba a cliché mexicano. Le sonaba a todo menos a lo que él quería ser. Pero esa noche, «Diego» se convirtió en una palabra mágica, porque Claudia, la chica más linda del lugar (para él, pues para el resto de la fiesta era la escultural Belén, que también desapareció), se tomó la molestia de decirle «Diego, ¿quieres bailar?» 

 Los detalles de lo que sucedió a continuación son más que obvios: el remolino, el set de música nacional que resucitó de nuevo al viejo Phillips, los padres intercambiando anécdotas y quejándose de lo cara que se ha vuelto la vida, los guambras viviendo la vida y celebrando el placer de una de sus primeras borracheras, la casa en el centro, la terraza, la montaña llena de luces... Por supuesto, Diego intercambió su número de celular con Claudia. 

  Pasaron algunas semanas antes de decidirse a llamarla; un primo mayor que él le dijo una vez que las mujeres no soportan a los intensos. En más de una ocasión estuvo tentado a marcarle: Claudia estudiaba en un colegio militar, pues, su padre fue sargento en el ejército y ahora era dueño de una tienda. Muchas veces pasó frente a ese negocio; en una ocasión pensó «si entro por una cola, seguro sale la Claudia mientras me la tomo». Pero el plan no tardó en parecerle absurdo. «Si me demoro tomando la cola, seguro el papá me cacha». 

    Los días continuaban su marcha. Buscarla en el Hi5 tampoco resultó; abrirse una cuenta con el nombre de Don Omar solo sirvió para que en el colegio le armaran tremenda chacota. Un día, luego de varias semanas y noches sin poder dormir pensando en Claudia, Diego optó por la decisión que quizá le hubiera ahorrado toda esa tortura: llamó a su prima Paola primero. Ella le contó que dentro de unas semanas, el 17 de ... sería su cumpleaños, y que le gustaba mucho Alejandro Sanz, aunque le daba un poco de vergüenza admitirlo, ya que todas sus amigas lo consideraban un poco viejo y pasado de moda. 

    El disco original creo que cuesta veinte dólares le sugirió la Pao.
    «Verga» pensó para sí Diego. –Lo conseguiré –afirmó, volviendo a tierra.
    

 Así, nuestro protagonista se puso a planchar, cocinar, lavar platos, pasar hambre en el recreo e incluso regresar a pie desde el colegio Benito Juárez donde estudiaba hasta La Tola, con tal de ver feliz a su querida Claudia. En el pasado, nunca habría hecho tal cosa; con celos primero, pero con pena después, vio en más de una ocasión cómo su hermana mayor Lorena, que ahora vivía en España, recibía con cortés hipocresía de parte de sus románticos admiradores flores, globos, tarjetas, peluches y chocolates, que generalmente él y Santiago terminaban devorando.

    Definitivamente nunca regalaré peluches ni chocolates a nadie solía decirle al Santi, mientras reían con la boca embarrada de bombones.

   El diecisiete estaba a 48 horas; Diego por fin se animó a llamar a Claudia. Dos, tres, cuatro timbrazos... nada. El chico también tenía el número de su casa, que le sacó a Paola a cambio de admitir que «Liga de Quito era el mejor equipo del país», lo cuál tampoco sirvió de mucho, pues, lo único que ocurrió fue que la noche anterior, luego de escuchar una arrogante voz que le dijo «está equivocado», algo se atravesó en su garganta y decidió colgar. 

   Indignado, se le ocurrió llamar a la Pao para constatar si el número de celular de Claudia era, precisamente, el número de la Claudia. Pero Paola tampoco le contestó. Fue entonces que decidió aprovecharse del animoso y juguetón Santi, el niño a quien, pese a todo, le valía madre toda esta historia. Diego pensó que a cambio de unos chocolates, su hermano Santiago le acolitaría a llamar por teléfono a la chica que un día tomó de la mano y la acercó para bailar.

  El Santi no solo ayudó a su hermano llamando a Claudia, sino que le consiguió una cita.

    Diego, dice la Claudia que te pongas al teléfono.
    Calla mocoso, no mientas —respondió.
    ¿No me crees? bueno, ya le digo que no quieres hablar.
    ¡Aguanta, ya voy, no cuelgues chch!
    ¡Qué bestia, como le tratas a tu ñaño el Santi, si es un lindo!
   Hola, Claudia.. como estás.. me dijo la Pao que pasado mañana es tu cumple... no sé, tenía un regalo para vos, pero me da cosas ir a la tienda... tu papá me da un chance de miedo... bueno igual le dejaría el obsequio a tu mamá, pero quiero verte... 
    ¿No te dijo el Santi que sí quiero verte? ya le dije que te asomes pasado mañana a la una y media, que vengo de la práctica de bastoneras del colegio...
    ¿En serio? que bacán... ya pues, de una... ahí si quieres nos tomamos un helado también... ya.. entonces nos vemos el sábado...
    Listo... cuídate también... te veo el sábado, chao.

   Esa mañana (la del sábado) despertó más animoso que nunca; se duchó como no acostumbraba a hacerlo, intentó afeitarse aunque no pudo evitar sangrar y escogió lo más decente de su armario, que incluía una camisa de su ñaño, no del Santi, sino del Álex, que era mayor para él pero también más distante, un jean arrugado que no le importó planchar (antes le hubiera dado pereza) e hizo pasar por su cabeza un objeto extraño, una peinilla, que, según contaba el muchacho, le daba cosas pues le recordaba aquella inspección de piojos de marzo del 98 cuando descubrieron que un compañero suyo, de apellido López o Sánchez, había esparcido la plaga entre la clase. Ahora que estaba en tercer curso, el chico estaba listo para lo que muy probablemente sería su primera cita.

  Sin embargo, era la una y media ya, y Claudia no asomaba. Las dos. Nada. Dos y media. Pensó en llamar. Las tres. llamó. Buzón de mensajes. Nada. A las tres y cuarto empezó a llover; Diego no tenía mochila y se quedó como mudo en medio de la calle. La bolsa de papel de regalo se empapó tanto y Diego estaba tan nervioso jugando con ella que empezó a pelarse. El encuentro sería a la entrada del Centro Cultural Metropolitano; de pronto vio un basurero verde. Sus quince años que a casi todos parecían trece no pudieron acercarlo a una cerveza. Se moría de ganas por probar siquiera un cigarrillo.

  «Mierda, ojalá estuvieran así de atentos también con los corruptos» se lamentó. Pero ni la política, ni la prohibición de los cigarrillos ni el disco compacto de Alejandro Sanz en la basura cambiarían nada. «Santi, mierda... por tu culpa estoy así». «No, Santi, no es tu culpa... gracias Santi, hiciste lo que pudiste». Esa noche, Santiago no le preguntó nada sobre si le fue bien en la cita o no. Quizás pudo notar que la cara de su ñaño no era la más feliz del mundo. En el cuarto que antes fue de la Lore, Álex escuchaba música, aparentemente ajeno a todo.

   Cuatro años más tarde, Diego, quien ya estaba en la universidad, se enteró por un amigo que Claudia había sido novia de Álex.
—Vaya, ¡qué pequeño es el mundo!—exclamó.
¿Quién era Claudia, gordo? le preguntó Adriana, su actual novia, mientras le tomaba del brazo y le pellizcaba.  
Nadie. Solo alguien que conocí una vez.