martes, 15 de noviembre de 2011

Vuelvo a casa



He cancelado mi cuenta bancaria. Los veinte dólares que me quedaban los he gastado en un vulgar puesto de comida, en una cerveza, en la propina del vigilante de los carros. Las últimas monedas, se las tiré en el sombrero a una viejecita que vendía flores y estampitas en la puerta de la iglesia.

—Dios le pague —alcancé a escuchar. ¡Pobre vieja!

Cerré con candado el cuarto que arrendaba en el centro histórico. El día que mi gato falleció, comprendí que nada es para siempre y que tarde o temprano es preciso retornar. Desde luego, los funerales de mi gato fueron fantásticos, aunque solitarios. El viejo fantasma del ratón que solía molestarnos, al fin estaría a sus anchas. Después de todo, aún quedaban galletas en la alacena.

Procuré hacer mi cama, en caso de que alguna vez mi energía itinerante no hallara donde pasar la noche. Los pocos libros que tenía los doné a la biblioteca, y los escasos discos que sobrevivieron a la lluvia que un día oscureció mi habitación, los regalé a la radio universitaria. Quizás los conviertan en mp3. Que más da. El resto de cosas, decidí quemarlas para que nunca formen parte de un mercado de pulgas de mala muerte. Siempre odié por ejemplo ver como las cubiertas de los viejos discos de vinilo perdían sus colores bajo el ridículo sol de la ciudad de Quito. Al salir, dejé en un sobre los cien dólares que la casera solía cobrarme cada 17. 17, igual que el promedio con el que me gradué del colegio. A propósito, esa tarde, luego del rebulicio en casa, pasé por mi colegio. No tengo buenos recuerdos de ese lugar. Pero ya no importa. Me di el lujo de romper varias ventanas; nadie sospecharía de un individuo de treinta y tantos. También robé mi expediente. no sabía que aún conservaban esos documentos. Los baños me daban asco. El sitio continuaba igual de repugnante.


Junto al colegio, había un puesto de papas con cuero y fritada, en donde la vendedora, a falta de refrigador, tenía las colas en una descolorida lavacara con agua -que supongo- alguna vez fue hielo. Con la misma mano que mecía la fritada, recogió el último billete de un dólar, un sucio y viejo retrato de George Washington. Desde luego, la comida no pudo satisfacerme, y finalmente terminó entre unos perros hambrientos que se disputaban los huesos a mordidas. Alguna vez tuve un perro. Nunca nos llevamos bien. Las pocas veces que le saqué a pasear, solía olfatear la calle con angustia. Un día, mientras se me ocurrían formas curiosas entre las nubes, escuché que el perro empezó a gruñir. Más tarde, miraba unos carteles, volví a escuchar un ruido similar. Tiempo después regurgitó de la misma manera :olfateaba un cadáver; en aquella ocasión fue una rata arrollada; luego, un pájaro, después un gato, que parecía dormido. Era el mío. Mis mascotas murieron casi al mismo tiempo; mi perro desarrolló un tumor que el veterinario no pudo extirpar. Lo durmieron con una inyección de potasio; también le enterré, y eso fue todo. Las últimas flores que quedaban en mi viejo Chevrolet, las dediqué a mis mascotas; las otras se quedaron en el viejo florero de la urna familiar.

El camino al bosque es largo; por suerte, el país cuenta con grandes extensiones, desde que los campesinos vendieron a precio de huevo sus terrenos, para comprar modestas casas en barrios periféricos de Quito, en nombre del progreso. Estúpidos campesinos, igual que la estúpida vieja de la iglesia. La tarde era espectacular; el sol brillaba, pero el aire era tibio. Siempre me gustó la serranía. En la Costa ya no queda nada de esto; es como una gran finca llena de mosquitos. Acá al menos puedes caminar sin que tu sangre sea el banquete de un nanoejército de seres voladores. Al menos por la noche. 

Extráñamente no se escuchan grillos o camiones. Tampoco burros o cerdos. Hace frío. Mientras camino pienso en mis libros, en las notas que los chicos escribirán sobre ellos, en las páginas que les serán arrancadas, en lo gastados que se pondrán sus lomos dentro de unos años. Pienso en las canciones que me gustaban, en las tardes que me acompañaron mientras hacía mi tarea con varios cigarrillos que en el sifón de la cocina conformaban la más patética obra de arte. Demonios. Quisiera tener un cigarrillo conmigo para acelerar el sueño. De pronto ya nada es visible. La niebla lo ha arrebatado todo. Mi espalda me duele. Es incómodo. La bufanda que robé en esa tienda, -probablemente la última cosa que robaré en la vida,- es como agua para la sed. Cuando me encuentren, espero que no se la lleven. No me gustaría que otra persona le arrebatara mi olor. El golpe en el pecho otra vez.

No sé si he vuelto a casa; sin embargo, por fin siento mis dedos. No sé cuánto tiempo he permanecido inmóvil. De pronto, recuerdo la última carta que leí, y mientras evoco su suave y dulce caligrafía, empiezo a escuchar un ruido similar al extraño gruñido que mi perro solía emitir cuando hallaba a una criatura impresa en el asfalto.

2 comentarios:

Eddie dijo...

Discos de vynil que envejecen bajo el ridiculo sol de Quito. La más remarcable parte todo micro cuento. Bueno en general: Un gladiador que vuelve a casa acariciando los cmapos de trigo?.. bueno... Ah! Y perros zombies... bueno...
En todo caso tengo que admitir que todo esto no solo se asemeja al fina de "Gladiator" pero con un toque de film avant-garde realizado por Tim Burton, sino que también es algo que he visto y escuchado cuando se exploran las inmediaciones de lo que algunos estudiantes universitarios llaman "el Quito que es". Bueno, en realidad yo lo llamo así. Okay. Aguante su escritura Nico de todos modos.

Eddie dijo...

*de todo el micro cuento* -- perdón.