jueves, 27 de mayo de 2010

Matar, muerte, morir


El día en que asesiné al perro que devoró a Waldo, el pequeño pato que tenía en casa de mi abuelo, entendí definitivamente que no quería ser abogado. La decisión de condenar a muerte a otro ser vivo (un perro, supuestamente con mayor inteligencia y sensibilidad que otros animales), era algo que no me dejaba dormir. En la televisión son comunes las noticias sobre ajusticiamientos indígenas, donde los supuestos criminales son incinerados; la justicia es un elemento tan comercial que muchos no sólo descreen de ella, sino que la han reducido a una máxima vital: eliminar al mal de raíz, matar, sí, matar, como lo disponía la Ley del Talión, como lo dispuso Moises contra quienes trabajaban el sábado, como lo dispuso Hitler con los judíos, como lo dispusieron varios judíos contra varios palestinos. La sed de sangre, de vacío, de silencio, es una necesidad difícil de satisfacer, pero con una gran imposición moral que provoca remordimientos, entre ellos, el miedo a la muerte misma, a ser la víctima, la carne donde se depositará el cuchillo, el pulmón que será atravesado por la bala, la respiración que termina, el alimento de otro ser vivo.

lunes, 10 de mayo de 2010

Quo vadis

Querido Zi:

La angustia insiste en permanecer conmigo... no quiero seguir mintiéndome... siento que es hora de un giro trascendental... no sé qué hacer...

lunes, 3 de mayo de 2010

Mi cuaderno de borrador

Había escrito tantas, tantas, pero tantas veces su nombre en mi cuaderno, que un día de pronto las páginas se volvieron una gran mancha de tinta que transformaron mis apuntes de borrador en un gran agujero negro...

miércoles, 21 de abril de 2010

El hambre

No es sentir
inanición,
es rabia,
la jaqueca
no cesa,
la ira tampoco
se resiste.
No sólo el azúcar
y la sal,
no sólo hiel.
El sueño es un maná
invisible,
el sueño me conduce
a una atmósfera
de humo.

domingo, 18 de abril de 2010

Nube gris

¿Qué es lo que
nos hace dudar,
cuando el camino es sereno?

¿Qué te hace
pensar tanto,
cuál es la culpa
que te agobia?

lunes, 12 de abril de 2010

sábado, 10 de abril de 2010

Nada

Querido Zi:

Las cosas han vuelto a salirse de control... he discutido fuertemente con mi hermano esta mañana y he pronunciado frases hirientes. Mi hermano ha defendido de manera sensata sus argumentos, e incluso me hizo sentir culpable. Sin embargo, ¿Qué puedo hacer? de seguro algo motivó en mí esta actitud. Tampoco soy un idiota.

No sé si es envidia o impotencia; no sé si fue el silencio que quiso implosionar hasta convertirse en un grito interior. Las cosas no están bien; hoy más que nunca me he dado cuenta de que de todo lo que me rodea, la cama en donde duermo, el techo sobre mi cabeza, las puertas, cerraduras, ropas, calzados, cosas... nada es mío realmente; ni siquiera los recuerdos, ya que involucran personas de las que no tengo la certeza de saber si desean ser recordadas; nada es mío. El fisco, las empresas de servicios no se molestan en averiguar si algo te pertenece o no; sólo están para cobrarte impuestos y tasas, entonces las cosas te pertenecen, pero cuando necesitas un crédito nada es tuyo nuevamente. ¿Qué hay de la familia? ¿tus padres? ¿tus hermanos? ¿la persona que amas? nada tampoco. Nadie es de nadie. Todos somos o de Dios, o del dinero, o de la sociedad capitalista, o de la maquinaria estatal socialista, o de los vecinos que no tienen de quien reírse. Sólo las palabras... aunque a veces ni eso. Resulta que cuando dices algo, o crees haber escrito algo novedoso, alguien ya lo dijo primero. ¿El corazón? fácilmente podría dejar de pertenecerte si te inscribes en un programa de órganos. ¿El estómago? jajaja. Que la gastritis no lo devore antes.

¿Qué hacer? No hay nadie...

D

sábado, 3 de abril de 2010

Madrugada

Había pasado toda la noche sumergido en sus propios desvaríos; de repente, todas las personas que conoció aparecieron por un instante y desaparecieron en el siguiente. Una mosca que no podía colocar en mute con ningún control remoto se escabullía milagrosamente, a pesar de las palmadas que daba. La comezón era cada vez más insoportable.

La incomodidad llegó a un nivel tan elevado, que ya no pudo más. Hasta llegó a sentir que la tierra temblaba. Preso de una paranoia irreversible, salió del cuarto, se colocó las zapatillas y la bufando y salió para la calle. En ese instante no pudo sentir algo más refrescante que el aire de la noche; ni siquiera le importó que algún maleante estuviera a esas horas vigilando la zona. Una partida de niños minadores merodeaban por los basureros, que hasta entonces no habían sido retirados por el camión recolector, cuyo sonido abismal también le despertó en más de una ocasión. A lo lejos, un perro solitario se paseaba también.

Volvió a mirar por un segundo a todas las personas que protagonizaron sus desvaríos, y las vio desaparecer. Los niños minadores se esfumaron también. De pronto, el sonido de la mosca, del camión de la basura, el aullido del perro y la comezón volvieron todos al mismo tiempo. Ni siquiera la frescura de la noche pudo redimirle. Las horas transcurren y la noche parece prolongarse. La naúsea regresa y el cuerpo se siente ligero nuevamente. En un instante, parece posible escapar del cuerpo, que es como una prisión para el espíritu. Intenta escaparse, pero un invisible hilo umbilical le retiene a las entrañas. No es posible escapar. No se posible irse.

De pronto, el sonido del colibrí aparece de entre la nada como música llena de ternura y libertad. La comezón se vuelve menos frecuente y la mosca se ha ido a descansar. De nuevo, el espíritu y el cuerpo parecen volver a ser uno. El camión se ha ido ya, al igual que los niños. En el cielo un artista ha echado un brochazo celeste que empieza a difuminar la oscuridad.

jueves, 1 de abril de 2010

El malo de la película

"No he venido a sembrar de sal los campos"
Jorge Carrera Andrade


Olvidar,
que más da.
Qué importa sentir
algo si es la ausencia
lo único que está.
Durante la madrugada
recordé lo absurdo que se
vuelve el recuerdo y
su constante fricción.
Es como jugar a
soñar;
es como manipular
lo que estás soñando.
Que más da,
que importa si
el fin justifica los medios
si en el medio no hay nada.
La venganza será sal
y el perdón azúcar,
pero no hay un alimento
sobre la mesa.
Entre el smog,
el aliento
pierde su débil rastro y
el sudor se lleva un poco
más de juventud.
Puedes construir castillos
y derribar ciudades enteras.
Puedes aniquilar en ficción
a la humanidad.
Puedes escribir los más
inspiradores poemas.
Que más da.
Ni ayer ni hoy estás.

domingo, 21 de marzo de 2010

Eso que no puedo decirte

Duerme en silencio,
quizás la oscuridad esté hecha
de olvidos.
Duerme mientras el mundo
no deja de girar,
siente como el frío recorre
mis huesos.
La nostalgia se encerró en
una lejana estrella que no puedo
alcanzar,
y el amor es como nieve que
nunca llega.
Desde una montaña pretendo
mirarte sin que puedas mirarme
también,
para que la angustia no me
desborde.
El ruido de los autos no me
permite escucharte,
tampoco los pájaros
de madrugada.
Puede que la vida esté hecha
de olvidos;
no sé si estoy listo todavía.

viernes, 19 de marzo de 2010

Algunas despedidas

Esa tarde, en que llegué con una sonrisa, me había encontrado con otra: con la suya. Algo temeroso, decidí saludarla. Luego me acerqué; quizás no debí, pero algo por dentro me insitó a hacerlo. No me arrepiento. El mirar sus ojos, luego de la oscuridad imaginaria, fue algo nuevo, a pesar del pasado y de la tormenta que un día vi en ellos. Eran como una laguna plácida. Sentí tranquilidad. Los mejores momentos, a veces, son los que no se planean. Puede que ya no importe; siempre es bueno verla, aunque sea de vez en cuando. Tal vez no pueda crear cosas nuevas; pero quizás aún pueda sentirlas. Siempre es bueno reencontrarse con su sonrisa, aunque sea pura casualidad.


sábado, 13 de marzo de 2010

Una canción para escaparse

Dejando detrás el sol,
la razón se esfumó,
está bien, no hay por qué.
reaparecer.
Desde entonces sin saber,
donde ir y no volver,
y jugar a aparecer,
entre la nada.
Está bien,
no había lugar para
juntar el agua y el aceite,
que más da.
Sólo intento escribir,
sólo intento descubrir,
una canción,
para escaparme.
Que más da,
la soledad,
es un invento
para dar,
si pudieras dibujar,
tu sonrisa en el aire.
Sólo intenta escribir,
sólo intenta descubrir,
una canción,
para escaparte.
Era un tren,
al vacío.
Hoy saldré a caminar
por el aire.
Dejame,
dejame escaparme otra
vez,
dejame encontrar una
canción,
para escaparme.
El andar sobre el viento,
el sentir sólo el momento,
es como buscar una canción,
para escaparse.

sábado, 6 de marzo de 2010

Contusión


A veces cuando la noche se apodera de la ciudad, y en la tele no hay nada que mirar, y los libros esperan en silencio por una mano que despeje sus secretos, me parece estar despertando de una larga pesadilla llamada día. La inmensa pausa en donde tratas de crear algo para tí mismo se convierte en algo así como un refugio, en donde los recuerdos van y vienen, como círculos, en donde te das cuenta que a veces extrañas a las personas, y que las olvidas también, pero que a pesar de todo regresan una y otra vez para jugar contigo a los dados, al azar, a la casualidad, a la coincidencia, a buscar algo y perderse en todo lo demás.

    Como un moretón que evitas se extienda dentro de tí, matizado por palabras lejanas y ausentes, el dolor es como una inyección que acudió sin previo aviso, como mirar de pronto a un elefante en la esquina de tu casa, un buen día, sin ninguna explicación.

    Y ni las tibias compresas ni el analgésico más fuerte pueden a veces disiparlo…

jueves, 4 de marzo de 2010

Pausa cero

A veces siento como el vacío se apodera de cada instante mientras en el televisor pasan un video clip de tecno chicha sin otro fundamento que sustituír un vacío de conocimientos imposibles de llenar casi como un pozo de agua en Atacama o en el Sahara mientras el sol que todo lo devora y convierte en polvo en algún otro remoto lugar se refleja sobre un torrentoso río capaz de ahogar hasta el último suspiro de un pájaro que vuela de un lugar a otro desde su arribo al nido hasta su ocaso en el fondo de alguna montaña que suele mirarnos silenciosa de vez en cuando y que nos recuerda cuan grande es el mundo y cuán mundano es el riesgo del sólo hecho de atravesar una calle a la víspera del atardecer cuando las luces de los horribles edificios del centro norte de la ciudad se encienden sin frecuencia alguna porque para entonces los inquilinos y demás ocupantes de esas oficinas están embriagándose en algún cercano bar con algún trago barato mientras emprenden otra aburrida conversación sobre si es mejor el socialismo o el capitalismo que te obliga a acudir todos los días a esa aburrida oficina a ganar el pan de cada día como sí sólo vivieras comiendo pan o con pan pagaras las cuentas de luz de agua de teléfono de gas o la pensión de la escuela y el colegio de ese padre arribista que a pesar de decirse socialista sueña en el fondo con ideas tan escuálidas como mejorar la raza o el status social a través de la inclusión de su guagua en el jet sed donde con suerte su hijo se hará el mejor amigo del hijo del jefe o que su hija se enamore de él para soñar con compartir la empresa que durante los ochentas fue parte del gran aporte del estado que sucretizó las deudas y que le permitió incluirse en el tren del neoliberalismo que sin embargo critica y manda al carajo a la sombra del poster del Ché Guevara y bajo la atmósfera de un cigarrillo y de un viejo disco de Inti Illimani que consiguió gracias a aquél exiliado chileno que conoció un día en el estadio mientras su equipo preferido El Nacional ganaba su segundo tricampeonato ignorando que otros equipos tomarían años más tarde la posta de ser los preferidos apoyados por una legión de hinchas radicales que luego conformarían barras bravas al calor de la yerba del reggae y de los panas reunidos en alguna esquina sin esperanza en un falso futuro sólo cobijados por el presente mientras las chicas lindas pasean con sus puperas bajo un par de inmensas gafas que ocultan sus rostros mientras el implacable sol sigue haciendo de las suyas en esta Quito equinoccial y árida mientras los pocos árboles que quedan bailan con el viento invitándome a apartarme de la selva de cemento y escapar hacia donde nadie puede mirarme...

lunes, 22 de febrero de 2010

Umbral

¿Cómo respirar bajo el agua,
cómo hacerlo?
Los ojos se nublan y pierden
entre el gris reflejo.
Me pregunto donde estoy
y si volveré a la superficie;
te preguntas si me seguiré
hundiendo.

domingo, 14 de febrero de 2010

Dos barcos


Frente al océano,
que siempre deseé mirar contigo,
he escrito tu nombre en la arena.
Pretendo con un vaso de agua dulce
despejar los rastros de sal;
dentro de ese mismo vaso quise
atrapar el último rayo de sol antes
del ocaso.
Quisiera por un momento que
estuvieras cerca,
como quisiera también ver crecer
una flor entre las olas.
Lejos,
dos barcos se alejan.
Lejos,
un colorido pez da vueltas.
La noche llegó y la brisa que
deseé sentir contigo me empuja
hacia atrás,
pero el recuerdo de tu dulce voz
es agua dulce con la que pretendo
endulzar el mar.
Mis pies bajo la arena.
Mi cabeza en otro lugar.
Nunca más el mar.
Algo en mí se retuerce.
Lejos,
junto al horizonte,
dos barcos se han perdido
en medio de la noche.

Soñaba con la nieve


Cielo e infierno blanco,
gélida atmósfera cerca del sol.
El sueño y el miedo parecen juntarse
y ser uno solo.
¿Dónde estoy?
El desierto se encuentra a pocos
pasos pero el abismo es aun más
cercano...

viernes, 5 de febrero de 2010

Cadáver

La oscura habitación
parece alojar un fantasma.
El polvo de la ventana
no me permite mirar;
imagino que tras el candado
habrá una historia no
publicada.
Los insectos entran y
salen a su antojo,
son tan pequeños pero
tan omnipresentes.
Quisiera forzar la puerta.
Las fuerzas no me acompañan
ni la barraca.
Quisiera volar la
habitación pero
la piromanía está
restringida.
Qué haré ahora.
Romperé la ventana.
La asfixia es instantánea.
Mil gotas de lluvia atrapadas
descendieron y me hicieron
trizas,
el gas se apodera silencioso
de mi pleura...
los insectos,
tan diminutos y omnipresentes,
entran y salen por doquier...

No sé qué decir

A veces, por más que lo intente, no puedo hallar una palabra que pueda definir un momento. Confusión, quizás, sea el término más fácil para designar la perturbación; no busco la salida fácil. A veces, la música, por sí sola, es mucho más efectiva, si bien es cierto que la poesía tiene su propia musicalidad. Intentar traer al pasado de vuelta, pasando por encima de cualquier elipsis para burlar la nostalgia, es otra espiral con el poder de entristecer; vivir el presente, como una pluma suspendida en el aire, no parece una solución efectiva tampoco. "Que el tiempo se ocupe de todo", parece resumir una existencia sin agravios, pero con mucha angustia interior; estar recostado frente al televisor, haciendo zapping, gastar las horas en el computador releyendo spams, hojear viejas revistas, contar estrellas, personas, yerba... a veces, simplemente, la inspiración no llega.

lunes, 25 de enero de 2010

Radio Soledad



Luego de jalarme el año, el mundo se me había venido encima: ya no sería solamente el más vago de la casa, sino que ahora sería el único idiota de la familia capaz de haber reprobado física, química, geometría y biología, antes de los supletorios. Por supuesto, no regresaría a casa; la mañana de aquél martes de julio, en que entregarían las boletas de notas, lo había preparado todo con anterioridad: en la mochila que llevaba los cuadernos (que sólo andaban llenos de garabatos, escritos sobre fórmulas de cinética o de moléculas), había colocado un par de jeans, dos camisetas, un telescopio usado y una radio vieja de pilas. La comida no me había parecido demasiado importante; sólo empaqué un paquete de galletas de sal, cuidadosamente dispuestas junto a la linterna, y una botella de limonada.

     Luego de esa mañana, en la que los chicos planeaban qué hacer durante las vacaciones, y los otros concertaban citas de estudios para los supletorios, yo, quien ya no tenía nada que hacer, me había despedido para nunca más volver. Un bus me llevó hasta el terminal, desde donde tomé un bus directo a Ambato, en el centro del país. La gente, que suele meterse en lo que no le importa, me miraba de manera extraña; hasta hubo una anciana que se atrevió a preguntarme si iba de visita donde mis tíos o algún pariente cercano.

     Ya en el terminal de esa ciudad, y luego de comer de mala gana un llapingacho, me dispuse a trasladarme hasta El Arenal, cerca de Chimborazo. Sin embargo, no reparé en que ya no me quedaba dinero para el bus hasta Guaranda. Jalar dedo no fue fácil; no obstante, gracias a que era muy chico y aparentaba menos edad, un camión lleno de indígenas aceptó llevarme. Durante el recorrido, ellos hablaban en quichua, en castellano y en otros dialectos incomprensibles. En el colegio nunca me habían enseñado quichua; lo único que sabía era decir wawa, wambra, shunsho, y todas esas palabras que se emplean con fines peyorativos. Al fondo del balde, un chiquillo con mocos en la cara lloraba, por lo que accedí a regalarle mis galletas, acto del que después me arrepentí con sinceridad.

     Eran alrededor de las cinco y media de la tarde cuando me bajé de la camioneta; el viento era fuerte y el frío empezó a hacerme palidecer. Sin embargo, el desierto aguardaba por mí. Nunca me sentí más libre hasta ese momento; supuse ingenuamente que podría vivir de cazar conejos o de beber de alguno de los chorros de agua del Chimborazo. Con algo de suerte, podría incluso llegar hasta la nieve, que hasta ese día no había conocido.

     El tedio es capaz de llegar hasta los lugares más paradisiacos, y lamentablemente ese paraíso no pudo ser la excepción. Fue entonces que recordé la radio, esa radio vieja que me habían regalado tres años antes, cuando recién entré al colegio. La recepción en ese lugar era pésima, y ninguna estación parecía estar dispuesta a llegar hasta mi pequeño aparato. La noche llegaba, y el Chimborazo lucía como un fantasma gigantesco dispuesto a devorarme. Entonces, como por arte de magia, una estación, probablemente de Ambato o de Riobamba había aparecido por fin. Un rayo de música se había colado con el viento helado.

     A veces las canciones suelen tener un efecto demoledor; nos recuerdan la bohemia frustrada de nuestros padres, la nostalgia de los abuelos, la búsqueda precoz del amor. También me recuerdan personas y lugares. Entonces me acordé de Quito. Y me acordé del colegio. Y me acordé de mi cama, que en ese momento debía estar tendida, con las sábanas impecables y las almohadas acolchadas. Pensé en el pájaro que esa mañana vería el fantasma de mi cuarto, en la mesa del desayuno con una taza llena de café esperando en vano... A los quince años el miedo a morir es fuerte, y fue así que al día siguiente, y presa de un soroche, decidí regresar a mi ciudad.

     Luego de la tremenda puteada de mis padres, de la sopa de pollo hirviendo, de las comtrex y de una teleserie chilena que la televisión pasaba mientras ardía de fiebre, descubrí que la mochila aún estaba sin desempacar. Todo estaba allí, menos la radio; probablemente la olvidé mientras intentaba dormir al susurro majestuoso pero incómodo de la montaña.

     Lamento haberla dejado tirada.