domingo, 28 de julio de 2019

La una de la medianoche


Había quedado en juntarme con Diego, un colega del instituto preuniversitario, en el chifa de la Colón y 10 de Agosto. Ese día no traía celu, pues me lo habían choreado hace un mes, luego de tomarme varias cervezas con otro amigo, Carlo, cerca de la 6 de Diciembre, por lo que me fue imposible contactarme con el Diego. Distinto de otros días de verano y de julio, cuyo tono suele ser seco y soleado, ese mediodía era tan agradable y fresco, que hasta el sol parecía haber salido a tomar una biela helada con las nubes. Sin embargo, la impuntualidad de mi compañero ya me estaba impacientando.

    Nos juntaríamos ese día para comernos un chaulafán y comparar unas guías que nos habían dado para los nuevos cursos que iniciaríamos en septiembre; el pre abriría una nueva sucursal, y debíamos discutir si seguiríamos con el mismo manual de clase o si haríamos unas adaptaciones. Mi compañero no suele ser impuntual; de hecho, me extrañaba que no llegara todavía. Supuse que quizás se encontraría de camino con Diana, su novia de ya siete años, y que una nave extraterrestre los habría abducido y llevado a una exótica playa en las Galápagos o el Caribe, donde tendrían sexo desenfrenado hasta que terminara el verano. O que quizás, un agente llegó a su casa para anunciarle que se ganó la lotería, por lo que decidió de manera sigilosa mandar al carajo a nuestro trabajo, en donde no teníamos ni contrato ni prestaciones sociales. El punto es que el Diego no llegaba, y sentía algo de pereza de salir a buscar una cabina para llamarle a su celular, por lo que decidí pedir un chaulafán con Coca-Cola y un plato de wantán.

    Mi comida transcurría normal, hasta que, en medio de una canción de reguetón que sonaban en la radio y el español mal pronunciado de una de las meseras (supongo, hija de la dueña), una llamada telefónica en una mesa vecina llamó mi atención. La charla, protagonizada por alguien que parecía colombiano decía más o menos: «…Sí pues, nos vemos entonces a la una de la medianoche, bien pueda mijo, nos lo quebramos.» «Nos lo quebramos»… ¿Dónde había escuchado esa frase? ¿No fue en algún episodio de aquella serie Pandillas: Guerra y Paz? ¿Sería posible que estuviera contemplando el plan de asesinato de alguna persona, y que el amable comensal de la mesa vecina fuera un sicario?

    Por un momento pensé en salir del chifa, buscar la cabina más cercana y llamar cuidadosamente a la policía para que detenga al sospechoso. Pero al recordar que nuestros chapas son más lentos que tortuga y que para cuando llegara alguna patrulla seguramente el potencial sicario se habría marchado, concluí que sería mejor hacerme el loco y seguir con mi comida. Sin embargo, los pedazos de carne de cerdo y camarones muertos de mi plato me recordaron de nuevo el carácter frágil de la vida, y de nuevo me entró una duda, de que quizás mi silencio sería el culpable de que algún tipo cualquiera de la ciudad muriera esa madrugada, o mejor dicho esa medianoche, la una de la medianoche, ¿o la una de la madrugada? qué importaba. Quizás era algún lenguaje en clave... o quizás no se trataba de algún asesinato, quizás mi polisemia estaba fuera de lugar y «quebrar» no se refería a matar, como se suele interpretar en la jerga colombiana, sino cerrar algún negocio o romper alguna cosa. Mientras divagaba, el hombre del celular ordenó una cerveza.

    El Diego seguía sin llegar; supuse que definitivamente ya no vendría. De todos modos estaba comiendo ya, y no dejaría mi plato a medias, a más que el arroz estaba bueno. En eso, el celular del hombre sonó de vuelta. Pero esta vez, el tipo salió a contestar afuera. Fue entonces que confirmé que no debía tratarse de nada bueno, y que tal vez notó su imprudencia de hace un momento, de contestar en público. Pensé en escaparme entonces del restaurante, pero había un problema: todavía no había pagado, y seguro la china creería que intentaba salir sin pagar. Nuevamente me senté, respiré un poco y quise suponer que veía demasiada tele y cucos por todas partes, que probablemente aquella conversación fue producto de mi imaginación y que tal vez estaba estresado por el trabajo que aquel día ya no podría hacer por causa del promiscuo del Diego. Entonces, el tipo regresó. Volvió a la mesa como si nada.

    Ya no me sentía para nada cómodo, y mi arroz que estaba aún por la mitad se quedaría a medias. Decidí ir al baño; me quedaría allí durante algunos minutos, hasta que el personaje salido de Pandillas Guerra y Paz abandonara el lugar. Pero el tipo no se iba, y por el contrario, lo vi de nuevo con el celular. Algo me decía que el man supuso ya que lo había escuchado y que al dejar el chifa me iría siguiendo. De repente, mi pana Diego apareció en el chifa, mientras espiaba desde la puerta del baño. Dio una ojeada, pero al no verme, supuso quizás que ya me había ido. Ni siquiera reparó en las guías de estudio en la mesa. Salí entonces corriendo a decirle que le estuve esperando, y que se siente, tranquilo; supuse que la repentina aparición de mi compañero produciría una especie de giro de tuerca en esta historia, y que el sicario quizás supondría cualquier cosa sobre nosotros, menos que uno de nosotros fuese un sapo con la policía.

    Preferí ahondarme en la discusión sobre las guías con el Diego, para distraerme; pero el potencial pistolero no se iba. Por el contrario, se pidió unos camarones a la plancha cuyo ruido y vapor escandaloso seguro llenaban más el plato que los camarones. Sumido en mis pensamientos, y casi quedándome en blanco, decidí salirme corriendo del chifa, dejando un billete de diez dólares. El colombiano se levantó también. Corrí sin mirar atrás durante varias cuadras. Corrí y seguí sin parar. Entonces vi al sujeto correr junto a mí. Imaginé que me alcanzaría, apretaría el gatillo de su pistola y... un momento, ¿por qué no iba en su moto? ¿No que los sicarios andan en moto? Seguí corriendo. Hasta que me choqué con un negro, como de tres metros de estatura y un uniforme de guardia de seguridad.

    Luego de las respectivas disculpas, le conté al guardia sobre mis suposiciones. Me dijo lo mismo, que tal vez veía demasiada televisión y que me calme. El colombiano se había esfumado; varios minutos después, con algo de recelo, decidí volver al chifa, con la excusa de pedir el vuelto. Al regresar, me encontré al colombiano de nuevo, junto con el Diego. Resultó que eran amigos, que habían sido compañeros en la universidad, y que no se quebrarían a nadie, sino que estaban burlándose de aquellos programas estilo Pandillas: Guerra y Paz.

viernes, 21 de junio de 2019

Sol de Chernobyl

Cada solsticio nos recuerda
bajo la ardiente farola del universo
el cálido aliento de la muerte
Cada pájaro,
cada hoja de árbol desvaneciéndose
cada cerveza que se evapora en tu insípida existencia.
Has de correr,
pero no hallar salida;
solo fingir que el mundo acaba cada noche,
y mañana a la misma rutina.
Sentirte a gusto con las migajas que te da el mundo,
con encajar en algún rompecabezas,
con no morir en la miseria.
Con gritar aunque a nadie le importe tu intrascendente historia,
en una ciudad de los Andes.
Desbarata un muro,
quiebra unas cuántas cabezas;
juega a la revolución,
mientras llega el ocaso del sol.
Esta noche caerá un nuevo imperio en tu cabeza,
quizás mañana otro similar;
no te conformes tan solo con la luz a través del cristal.

martes, 11 de junio de 2019

Vivi

Nos conocimos en un concierto de la banda sueca Hammerfall; curiosamente es de las pocas ocasiones en que recuerdo el atuendo que llevaba puesto ese día: una camiseta gris jaspeada, sobre un buzo negro, el cabello recogido en una cola y un pantalón militar. Fue agradable verla; ningún amigo había ido conmigo a ese show, y se me había acercado. Hablamos fundamentalmente sobre música; me dijo que estudiaba en el colegio 24 de Mayo, en tanto que yo hacía dos años que me había graduado. Intercambiamos nuestros números de celular, sin entusiasmo alguno; ese día estaba allí solo por la banda y pasar un buen rato.
     Días más tarde quedamos en vernos, precisamente en el mismo sitio donde nos habíamos conocido: el Ágora de la Casa de la Cultura. Caminamos en sus alrededores; no bebimos siquiera un café, solo charlamos. Entonces me contó que le agradaba el black metal, y me contó con entusiasmo sobre un festival que se celebraba cada año en Noruega. Su expresión se llenaba de entusiasmo al hablarme de Bathory; unos años después me enteré de la muerte de su vocalista, Quorthon; también mencionó que practicaba judo y que le gustaba nadar.
     No recuerdo si fui yo quien la besó, o si me dejé llevar; la oscuridad y sus pinceladas de smog fueron nuestros únicos testigos. Me encantaban sus pelos zambos, entre sucos y castaños. Unos días después, en que quise volver a buscarla, la oscuridad terminó de envolvernos y no volvimos a coincidir más, hasta la ocasión en que la encontré cerca del teatro Malayerba de El Belén. Se había encontrado con otro tipo. Nunca nos hicimos novios o nada parecido. Supuse que por ese lado no había lío. Pero con el tiempo algo empezó a no hacerme sentir muy bien. Días después, le escribí por el Latinmail. Le dije que me había parecido algo importante. "No lo sabía" me respondió. Tiempo después volví a verla, esta vez por la iglesia de El Sagrario: estaba con quien asumí era ya su esposo, en el bautizo católico de su hija. Tiempo después, no sé por qué, al volver a coincidir, le pregunté si gustaba aún del black metal. Me dijo que ya no lo escuchaba.
     En un libro de caricaturas, todavía guardo una foto que nos hicimos juntos, un 31 de diciembre en la Concha Acústica. Para entonces ya no éramos nada.

jueves, 6 de junio de 2019

La buena nueva


Solía verlo de tarde en tarde en la Plaza Grande, junto a la Catedral del Gallo; a veces un par de curiosos le prestaban atención. Llevaba un altavoz y una Biblia; anunciaba el fin del mundo desde que yo aguardaba por terminar el colegio, ingresar a la universidad e irme del país. Con los años se le sumaron otros predicadores, menos exitosos, así como vendedores de chicles, audífonos, cables de celular y otras chucherías. También se le sumaron otros ancianos, fanáticos de Rafael Correa que lo vieron alguna vez desde el balcón de Carondelet y ahora vociferaban «Judas» a su sucesor, personas que reclamaban por sus desaparecidos e incluso una mujer, que aseguraba ser la heredera de la familia más archimultimillonaria de Quito.

     Un día, por morbosa curiosidad, decidí perseguir al predicador luego de su quizá infructuosa jornada por salvar almas del infierno. Bajó por la Venezuela tres cuadras hasta la Plaza 24 de Mayo. Creí que iría con alguna prostituta, pero se metió en una casa amarilla. De pronto sentí un tremendo escalofrío. Mientras miraba a una puta de aspecto bastante mayor, discutiendo con quien al parecer era su proxeneta, se me bajó la presión; entonces unas luces blancas como de ovnis se apoderaron del paisaje, seguidas de un sacudón oscuro que de repente, me hicieron creer que recién me levantaba de la cama y que todo había sido un sueño.

     Entre el negro lienzo de mi cabeza escuché una tosca voz femenina; era la mujer de hace un momento, preguntándome si estaba bien. Un poco asustado, me levanté de inmediato para emprender la huida, pero enseguida noté que tenía sangre en la oreja.

     —Joven, parece que se rompió la cabeza. Venga, le llevo a que por lo menos le pongan alcohol.

     Tanta cortesía me parecía sospechosa.

     —Gracias, no importa, ya me consigo algo en la farmacia —respondí, mientras me preparaba a correr otra vez—. Sin embargo, sentía el cuerpo amortiguado y me costaba permanecer de pie.

     Retraído y todo, logré volver a la Plaza Grande; las personas, que hace rato parecían no darme importancia, empezaron de pronto a mirarme con cierto escozor. Supuse que la gente se hacía demasiado lío por apenas unas gotas de sangre; sin embargo, otro repentino dolor de cabeza volvió a pincharme en lo más profundo, como si intentara sustraer por la fuerza mi masa encefálica. Sentí mucho miedo entonces. Empecé a creer que quizás eso del fin del mundo era cierto. Me senté por un momento en una de las bancas del parque.

     Mi esposa estaba en su trabajo y no quise interrumpirla; hace pocos días volvió a laborar, y no creí que a sus nuevos jefes les hiciera gracia que pidiera permiso tan pronto. Mis padres y hermanos viven en otra ciudad, y no creí que pudieran teletransportarse hasta la Plaza Grande. En cuanto intenté llamar al 911, descubrí que mi celular estaba sin batería. Decidí esperar al menos que me pasara el hormigueo en brazos y piernas para volver a andar.

     Entonces ocurrió lo inesperado: el predicador se acercó hacia mí. Me preguntó qué había ocurrido; enseguida, llamó a una persona cuyo nombre no recuerdo, que a su vez llamó a un agente metropolitano, quien se quedó conmigo hasta que llegó una enfermera con alcohol y gasas. Después me subieron en una patrulla y condujeron hasta el centro de salud del Centro Histórico.

Durante varias semanas tuve miedo de regresar por Carondelet. De repente, cierta superstición se apoderó de mí y me hizo creer que todo eso me había ocurrido por descreer de quienes creen. En casa, mi esposa llegó incluso a suponer que ese día había ido a buscar prostitutas. Cada vez que volvía a contarle al detalle lo sucedido, ella se convencía más de que le estaba mintiendo, y que seguramente fui asaltado por buscar lo que no se me había perdido.

Meses después, un trámite en el Municipio me obligó a regresar a la Plaza Grande y volví a ver al predicador. Por un instante me sentí en la obligación de acercarme a él y darle las gracias por haberme pedido ayuda. Sin embargo, la suspicacia y cierta vergüenza me impidieron hacerlo. Entonces, se me ocurrió lo que consideré la mejor idea posible: regalarle una biblia nueva, pues noté que la que traía estaba vieja y desgastada. Una hora más tarde, me acerqué finalmente a él.

—Gracias, de no ser por usted, no sé que hubiese pasado conmigo ese día.
—¿Quién es usted?
—Soy yo, el de la cabeza rota de la otra vez, ¿no se acuerda?
—¡IMPÍOS, IMPÍOS, ME ASEGURARÉ DE QUE ARDAN EN EL INFIERNO JUNTO A LA TENTACIÓN Y A LA CONCUPISCENCIA! —recitó de inmediato, marchándose sin siquiera darme tiempo de ofrecerle la biblia nueva que había comprado para él.

     Pensé entonces que se trataba de otro loco, de esos que abundan en el Centro de Quito, ciudad mojigata pero beata por conveniencia. Curado por fin del golpe en la cabeza y atenuada la cicatriz, por un tiempo intenté encontrar en aquella flamante biblia la cita que el predicador pronunció al verme otra vez. Nunca encontré el pasaje, por lo que deduje eran frases inventadas para llamar la atención. Después de todo, seguro era un vago o un actor, que ejercía una rutina diaria a cambio de unas monedas para comer.

     La Biblia finalmente terminó por causarme de nuevo una extraña sensación de malestar, que no pude evitar relacionar con el día en que me partí la cabeza en la 24 de Mayo, y a diferencia del Juan Dahlmann de Borges que se atrevió a releer el ejemplar de Las Mil y Una Noches, decidí quemar mi nuevo y antiguo Testamento para que ningún rastro de ellos, nunca más, me recordara ese día en que pude haberme desangrado frente a las narizotas del presidente de la República en la Plaza Grande.

     Al día siguiente, un domingo, resuelto a seguir con mi vida y simular que nada había pasado, agarré la bici y me dirigí hacia el centro. En la calle Venezuela, donde se forma una pendiente, olvidé apretar bien los frenos y en cierta parte perdí el equilibrio y caí. Volví a sentir temor de quedar inconsciente otra vez, pero a pesar del raspón en la pierna, me sentía lúcido. «No hay nada que temer, todo está bien» pensé. Entonces, volví a ver al predicador, con la cara llena de hollín y una biblia quemada entre sus manos.

lunes, 27 de mayo de 2019

Vida en Marte

Sentada con tus dudas,
sola,
frente al televisor.
El cielo permanece nublado esta noche,
aunque una luz solitaria te mira a lo lejos.
La luna no ha venido esta noche,
¿dónde habrán ido los hombrecillos verdes?
Te decides por salir,
el viento llegó sin ser invitado;
caminas junto al lago de La Alameda,
mientras te preguntas si hay vida en Marte;
todos están lejos.
La calle es un grito ahogado,
también los autos se fueron a dormir.
¿Qué habría sido de tu vida,
sí te subías en aquel autobús?
El miedo a morir ya no es miedo,
es tedio.
Entre tus pensamientos alguien ha muerto,
los hombrecillos verdes se dispersan sobre el cementerio.
Las mismas preguntas adolescentes conviven con tus canas.
Quisieras volver,
pero el nublado cielo ha descendido a la ciudad.
El amor no late tan fuerte como ayer.
Sentada frente al lago,
todavía te preguntas si hay vida en Marte;
la calle es un grito ahogado.

viernes, 29 de marzo de 2019

La mujer pájaro

No acostumbro beber café en sitios exclusivos o hípsters; soy más de esas personas que acuden a huecas baratas, de salchipapas o que se preparan el café en casa. Sin embargo, cierto día un libro en una vitrina, con una mujer pájaro en la portada, me invitó a pasar a una cafetería. Por dentro el sitio no se veía lujoso, pero sí acogedor. Varios libros aparentemente no leídos por nadie decoraban el lugar. Luego de pedir un café sencillo, solicité me presten el libro con la mujer pájaro en la portada. Era un poemario; a veces los versos se me hacen difíciles. De todos modos empecé a ojearlo, y entonces, entre las páginas al azar apareció un número apuntado en una página, con un poema titulado "Una taza de café".

        La curiosidad pudo más y guardé el número de inmediato. Terminado el café, y tras salir a la calle, las dudas sobre el número hicieron un nudo en mi cabeza. ¿Se trataría de alguien que quiso dejar un mensaje secreto? ¿quizás un número apuntado por alguien cuyo celular andaba sin batería? ¿un hombre? ¿una mujer? ¿un niño, un ángel, un demonio o un extraño ser? Ya en casa, decidí llamar a aquel número desconocido; antes de hacerlo, recordé por un minuto que hace años, tuve un sueño en que una chica que me gustaba durante la adolescencia me daba su número de teléfono, pero siempre aparecía incompleto.

        «¿Y si fuese este el número, por fin?» pensé ilusionado por un momento. «Creo que veo demasiada televisión». Me decidí por fin a marcarlo, pero descubrí con tristeza que ya no tenía saldo. Era de noche y no podría ya salir a una cabina para probar, pues el teléfono fijo de la casa estaba bloqueado para llamadas a celular.

        Al día siguiente, esperé con ansias que las cabinas cercanas a la casa abrieran. El número estaba completo; cada uno de sus diez dígitos era como una helada gota de lluvia sobre mi espalda. Pensaba entre tanto en una coartada. ¿Qué diría? «Si es un hombre, simularé preguntar por un tal Santiago; si es una chica, por una tal Isabel». Desde luego, jamás sería Elizabeth, la chica de mi adolescencia. Pero, ¿y si lo fuera?

        Horas más tarde, volví a buscar la cafetería con el libro de la mujer pájaro en la portada. No pude hallar el lugar. Pensé que tal vez me había perdido, o que quizás alguno de los negocios con la lanfort cerrada era el sitio aquel. Esperé hasta la noche. El sitio no aparecía, ni el libro en la vitrina. Había varios cafés, pero ninguno se parecía. «No puedo creer que se hayan mudado precisamente anoche», pensé. Fue entonces que decidí volver a probar el número. Durante el día, cada dígito que parecía una helada gota de lluvia me había dejado perplejo. No me atreví a llamar. Pero esta vez lo haría, o me volvería loco. Con unas pocas monedas alcancé a ponerme algo de saldo. Superado el trance, me animé a marcar. «El número al cual llamaste, no está disponible».

        Varios días después, casi superada la melancolía por el sitio y el número imposibles, llegué a una feria de libros. Estar allí me hizo suponer que deben existir miles de libros en el mundo, y muchos miles más de libros imaginarios que quizás no existen aún. Extrañado, me sentí sereno por fin, con la mirada perdida en uno de los estantes de la feria. De pronto, siento que por la espalda unos dedos fríos me dan diez topes. Es la mujer pájaro.


viernes, 15 de marzo de 2019

Jesús y Satán

¿De verdad te llamas así? le dijo el niño pastor, carisucio y con la cara llena de mocos al otro, más recatado y que aparentemente andaba perdido.
   —No tengo idea; hace cuarenta días que no he visto a mis padres— respondió, extrañado.
   —¿Tienes hambre? en la mochila tengo choclos y habas cocinadas.
   El muchachito de ciudad no acostumbraba a comer ese tipo de cosas, pero ya que no le quedaba de otra, tuvo que aprovechar el pequeño banquete.
   —¿Y me dices que no vas a la escuela?— prosiguió el fuereño, mientras miraba fijamente las manos del pequeño pastor.
   —Mi papá dice que debo cuidar los borregos.
   —¿Pero no lo harías mejor si supieras sumar y restar, el proceso de fotosíntesis o de donde vienen las cosas?
   —Se supone que ya lo sé.
   —Por ejemplo... ¿quién es el rey del universo?
   —Mi padre.
   —Jajaja... ya quisiera ser tu hermano.
   —¿Y quién te ha dicho que no lo somos?   —respondió plácido el pequeño campesino, ante la mirada desconcertada del niño de ciudad.
   Mira...si te doy un caramelo, ¿me dejarías jugar con alguna de tus ovejas? —propuso el niño de cara más aseada.
   —Dale. Pero si llegas a perderla, tendrás que darme dos de vuelta.
   —¿Y por qué lo haría? ¿no sería una nada más? veo que sabes de intereses...
   —No puedo arriesgar mi capital.
   —Eres un pillín —reaccionó el citadino sorprendido—. De acuerdo, dejaré en paz tus ovejas, pero un día morirás también.
   —Sí, pero volveré —replicó el pastorcillo.
   —Nadie regresa de morir —respondió Satán.
   —Solo morimos en el pensamiento de los que existen —concluyó Jesús.
   —¿Y ambos, existimos en verdad?

sábado, 9 de marzo de 2019

Mariana

Cada vez que pronuncio su nombre, no puedo dejar de recordar la leyenda de Mariana de Jesús, aquella que dice que «el país no se acabará por algún terremoto, sino por los malos gobiernos». Se me hacía un nombre tan clerical, como de monja; supongo tuvo que ver también el personaje de la novela A la Costa de Luis A. Martínez, Mariana, interpretado por Verónica Noboa, quien pese a tener senos pequeños, tenía un aire muy sensual.

        Todo empezó a unos meses de abrir mi cuenta de Instagram; un grupo de fotos de aficionados a Star Wars, la saga más geek del universo, captó mi atención. Era un muñeco stormtrooper sobre una roca; me pareció una composición genial. Miré entonces a su autora: llevaba el cabello negro corto, como emulando a la chica del video de Pearl Jam, «Do the evolution». Supuse era un cuadro como los del Andy Warhol, en una ciudad distante para él, en una época extraña, en un multicolor andino.

        La gente hoy emplea filtros para todo, desde caras de perros en Snapchat hasta cejas dibujadas sobre gorras de color fucsia, pasando por rodillas que algunas chicas hacen pasar por senos. Por un momento temí que Mariana fuera un producto de mi imaginación, quizás un proyecto de personaje de ficción basado en la malograda Mariana de Jesús y a la vez en la sensual Mariana de A la Costa. Por eso, la tarde en que la vi por primera vez, el mismo día que en Quito habría un festival de luces de colores mientras iba a la farmacia a comprar una medicina para mi gata, me costó creer que fuera real.

        Ya en confianza, una tarde quedamos vernos en el parque María Angula (el nombre es un alias del parque Navarro de La Floresta) para salir a tripear. Esa tarde andaba chiro; descaradamente hice que ella me invitara el plato de tripas.

        —Cuando te conocí pensé que no eras real —manifesté con la boca llena.
        —¡Ja, ja, ja! —respondió austeramente.

        Volví a verla en otra ocasión, durante un partido del Deportivo Quito. Conocí a su hijo, a quien le compró una camiseta para obligarlo a entrar en nuestra onda. «¡Hinchada! ¡hinchada! ¡hinchada hay una sola! ¡hinchada hay una sola y las demás son hijueputas!... Yo te quiero AKD, a vos te quiero, vos sos, mi vida... siempre te voy a a alentar». Un hincha viejo sentado junto a nosotros creyó que éramos esposos; decidimos no sacarle de su ficción. Al final, el Quito había ganado por dos a cero. Volvimos a quedar para otra tripa.

        —¿Nos veremos siempre tras una cortina azul de humo? —le dije, intentando una ñoña metáfora del asadero de tripas. Ni siquiera me respondió.
        Meses más tarde, a unos días del año nuevo, compartimos fotos del Almanaque de Murray y Lahmann, suponiendo que éramos los únicos que todavía lo compraban.

        Dónde esté, que la fuerza la acompañe.

Joy

Solía verla casi siempre bajando las escaleras, durante la facultad. Parecía venida del cielo; sus sambos negros eran como lianas de un árbol en alguna nube de lluvia. El apuro habitual me impedía mirar a sus ojos. Un chico, su novio, quien poseía una sonrisa afable, solía acompañarla; por aquellos días yo también tenía una novia, cuyo nombre ya me cansé de pronunciar hace tiempo.
   Los años que no perdonan distancias ni facciones nos apartaron, aunque los artificios tecnológicos humanos volvieron a acercarnos. Ya no somos los mismos, pero sí las canciones. Solía escribirle pequeños textos con letras de temas que suponía desconocidos para ella; intentaba meterme en su cabeza e imaginar los incontables viajes en bus junto a la radio y las miles de personas que habrían transitado por su vida. Un día me animé a cantarle por Whatsapp; hace mucho que ya no le temo al ridículo.
   Hoy, cada vez que conecto con ella, siento que sigue siendo como alguien bajando las escaleras, desde el cielo, como en la facultad.

jueves, 18 de octubre de 2018

Lidia Deetz

Te conocí en un día sin luz,
de esos que extrañas el sol,
pero eras la luna;
ojos tristes lejanos,
deseé ser Beetlejuice u otro fantasma
y envolverme en ti.
Náufragos de la lluvia;
el verte fue como el día en que conocí la nieve,
al filo del camino,
donde aguardaba el halcón.
Me pregunté entonces,
¿qué será de mí?
si un día quizás te encontraré,
si un día quizás me perderé,
entre tus ojos tristes.

Paseamos en el No Mundo,
mirándonos en silencio,
tú, la luna al mediodía y mi risa nerviosa,
en la encrucijada de todas las épocas y espacios.
Te recordaré tal vez,
me recordarás después,
pensando en ti.
Éramos dos fantasmas de ciudad,
náufragos de la lluvia invisible;
te conocí en un día de octubre:
me recordaste a Lidia Deetz;
me imaginé contigo en la orilla gris del mar,
bajo la luna del mediodía.
Un día quizás te encontraré,
te recordaré tal vez,
pensando en mí.
Un día quizás me encontraré,
me recordaré tal vez,
pensando en ti.
Un día quizás te encontraré,
me recordarás tal vez,
pensando en ti.
Me recordarás tal vez,
me recordaré otra vez,
pensando en ti.


jueves, 28 de junio de 2018

Lo que pudo ser

El largo insomnio parece llegar a su fin;
el verano ha dado tregua.
Todo se vuelve gris.
Entre los libros,
que pronto serán basura,
aguardan mil fotos,
con varios rostros desconocidos.
¿Habrán muerto ya?
La radio seguirá en antena aunque apague el receptor,
y la gente seguirá publicando tonterías.
Todo se vuelve gris.
Un viejo balón aguardaba en la bodega,
cuya soledad he interrumpido por accidente.
¿Y sí salimos a correr?
le pregunto,
como sí pudiera responderme.
Y escucho que nos hemos perdido de muchas tardes,
 y días de sol.
Todo se vuelve gris.
Siento sueño,
espero volver a casa,
se hace tarde para dormir;
todo se vuelve gris,
también la tarde.
Todo se ha vuelto gris.
El verano ha dado tregua y el sol se ha resguardado
para otros amaneceres.
Ojalá hubiese acudido a aquel baile,
ojalá me hubiese atrevido a dibujar eso que se me ocurrió un día.
Todo se vuelve gris.
Todo se vuelve negro.

sábado, 2 de junio de 2018

País de nadie

Viajas y estás solo
ningún abrazo es suficiente o real
Ninguna voz te es familiar
Ni la gente o aquello que te gustaba
Todo es distinto ahora
No has abandonado la ciudad,
mas es otro mundo;
Un país de nadie,
al que ya no perteneces,
Al que nunca perteneciste y
dejaste de pertenecer después de cada temblor,
precedido de fuegos artificiales.
Un sitio que sólo le pertenece al nepotismo y a la putrefacta doctrina.
Un basurero desechable,
Un árbol fantasma
Un mundo políticamente correcto que se va a la mierda
De salvadores del planeta que viven en una burbuja
De animaleros que se rindieron con la humanidad
De humanistas que sólo abrazan robots
De libros virtuales
De bárbaros postmodernos que se creen la gran webada,
Que paradójicamente te matarían por pensar distinto de aquellos que piensan distinto.
De días en que desearias apretar aquel botón.

viernes, 2 de marzo de 2018

Laguna

Ella era una grandiosa idea,
apuntada en un papel altamente inflamable:
entre las llamas del infierno.

lunes, 12 de febrero de 2018

Los tocayos

     —Chupa, loco...
     —Gracias, brou, pero tengo que irme manejando.
     —Tranqui, broder; si es el caso le digo a mi ñaño que venga a recogernos, el man es bien nerd respondió a su amigo, al que había hecho esa tarde, en el bar.

     Ambos se llamaban Gabriel; el uno, Gabriel Pérez, productor de televisión, fotógrafo y montañista de afición; era de esos chicos que en Facebook siempre lucía exitoso, guapo y algo arrogante. El otro se llamaba Gabriel López, veterinario, amante desde niño de los animales, y una de las pocas personas que jamás renunció a su vocación desde niño.

     Aquel día, por la mañana, Gabo, el fotógrafo bohemio, había tomado una ducha, desayunado un pedazo de pizza que había quedado de la tarde anterior, cuando por el cumpleaños de un amigo, se habían tomado unas bielas en su departamento. El mismo día, casi a las mismas horas, Gabito, el veterinario, había desayunado pizza también, aquella que sus padres compraron por la noche, y tras disfrutar del recalentado no alcanzó ni a bañarse pues, tuvo que salir a atender un perro, que otro infortunado amante de los animales y de la naturaleza atropelló sin querer con su moto.

     Un amigo en común de los dos Gabos, un tal Pablo, les había comunicado pasado el mediodía que Gaby para el uno y Gabriela para el otro, se casaría con Carlo, un manaba que, a diferencia de ellos, se habría rendido a la idea de matricidiarse. Esa misma tarde, ambos se dirigirían a la plaza Foch, el uno a una disco y el otro a un restaurante, pero terminarían en el Casino beat, un bar bielero con mesas al aire libre, en el que también habían coincidido ambos, ya que otros amigos de ellos también habían resultado en común.

     —No jodas, loco, ¿vos eras el Sambo de la Gaby? qué kague —le diría el montañista al animalero.

     Gabriela era una arquitecta que había salido con Gabo durante cinco años; llevaron un noviazgo que parecía de película rebelde al inicio, de cuento de Disney después y luego de profundo misterio. Casi que llegaba a la casa de la damisela como un miembro más; un día, sus futuros suegros, que ya no lo serían, tuvieron que regañarle para que no ponga las botas en el sillón. Gabriela aseguraba estar muy enamorada; cuando conoció a Carlo, dos años antes del final, prácticamente le despreció. Tras charlar por cuarta vez sobre la importancia del matrimonio, de la familia y de un proyecto en conjunto, y de responder por quinta ocasión que no era el momento ni el lugar todavía, ella le terminó.

     Entró con el Gabito tres meses después; durante un intervalo de ese tiempo, el Carlo le había sugerido salir de vuelta. A Gaby le gustaban los detalles, y Gabito sin saberlo, llegó a su corazón a través de ellos. Mientras tanto, Carlo no volvió a decir nada, o aparentó no decirlo. Hasta que volvió a ocurrir: una tarde, seis meses luego de empezar, Gaby le propuso a Gabito dar el siguiente paso en la relación, idea que Gabito rechazó, ganandose luego su respectivo hasta acá.

     —Chucha loco, yo si le quiero  a la Gaby... cuando te dijo que se casen debiste decirle que sí.
     —Sí chch, sí sé —respondió el amigo, en un momento de alta embriaguez, en que ya no se supo quién era quién.

     Carlo era un chico que vino desde Manta, y que gustó de Gaby casi de inmediato. Sin embargo, no cometió jamás el error de demostrarle aquello desde el primer momento, y supo, por aquella ocasión en que un primo de Gaby —no su novio Gabriel, ni tampoco el otro— le envió una caja de chocolates por su cumpleaños, y que eso le había cambiado la cara en un gran día de estrés. Y aunque Gaby no aceptó salir con él al mes y medio de romper con el primer Gabriel, tampoco se rindió, ni cuando llegó el siguiente, que por suerte, no le duró mucho tiempo.

     —A ese wanabee de Manabí quisiera sacarle la puggta chch —respondió el antes afable Gabito.
     —Yo te acolito, men —respaldó el otro.

     No importa cuan borrachos se pongan los dos Gabos. Seguramente al uno, cuando se le termine el capricho buscará otra pelada y luego otra, hasta que un día quizás, calmadas las ansias y el temor a estar solo, decida sentar cabeza. A Gabito seguro le costará menos tiempo; los chicos que gustan de los animales siempre son tomados por detallistas.

a Vale


miércoles, 7 de febrero de 2018

Creer

Y necesitabas creer en algo o en alguien,
y alguien que creía en algo o en alguien te arropó y abrazó.
Y en el calor de aquel abrazo creciste,
hasta que tu destino no fue el esperado,
y renegaste.
Pero necesitabas creer en algo o en alguien,
y abriste el corazón,
inspirado por videos y canciones.
hasta que el día llegó a tu corazón y no fue como imaginaste,
y con el corazón roto renegaste.
Pero necesitabas creer en algo o en alguien,
y abriste tu mente e inspirado por libros,
saliste a las calles, tiraste piedras,
echaste algunas bombas incendiarias,
expusiste tu corazón y tu mente,
pero el mundo no era como esperabas,
y el poder lo corrompió.
Y necesitaste creer en algo o en alguien,
y te fuiste lejos,
y lavaste tus ropas en el desierto,
mientras el sol quemaba tu espalda.
Y aprendiste otras lenguas y conociste otros pueblos,
pero seguiste solo al fin y el día nunca llegó.
Y continuaste necesitando a algo o alguien,
hasta que dejaste de temer,
y ya no necesitaste ni nada ni de nadie,
pero ya eras viejo para entender.

lunes, 5 de febrero de 2018

Chica nacional

Empieza el día
dejas atrás tus sueños;
en una almohada habita otro mundo.
Los pequeños deambulan por la ciudad,
y los hombres miran tras las ventanas.
Ya no eres esa persona por fuera
aunque no sientes el tiempo por dentro;
las industrias no paran de crear modas, aunque el sistema sigue siendo el mismo.
Chica nacional,
hoy no te vi marchar;
quizás sembrabas una amapola en el campo o corrías alrededor del mundo.
Tus besos que por cotidianos se volvían molestos,
luego echo de menos.
¿Quién entenderá tu mundo de verdad, quién debe entenderte?
Aún te miro a veces por el parque,
entre las voces de los árboles.
Cómo te veía ayer, saltando sobre las flores;
como te miro ahora, con una rama entre tus manos.
El extenso mundo era el sitio
donde soñaba volar a tu lado.

domingo, 3 de septiembre de 2017

El ovni

«CHCH, ¡HABLA SERIO MEN, NO JODAS, SEGURO ME FUMÉ DE LA BUENA! ¡HIJUEPUTA! ¡EL FIN DEL MUNDO! ¿PERO NO NOS VAS A HACER NADA, CIERTO? ¿VOS ERES BUENA NOTA, VERDAD? ¿Y CÓMO ES QUE ME ENTIENDES, CHCH? ¡JUEPUGGTA!» fue lo único que atinó a decir, luego de cachar que el pana que había conocido en el Instituto, era un extraterrestre, y luego de volver de vomitar por segunda vez.
        Kevin (nombre escogido por el alienígena), nunca fue popular en realidad; tampoco solía hablar demasiado, ni acudir a fiestas o intervenir en foros o marchas. Por nada del mundo alguien llegó a sospechar de su condición; nada más era un chico de Cayambe, que arrendaba un cuarto cerca de la Universidad Central, aparentemente gay (algo que en realidad no le importaba a casi nadie) y que no parecía tener demasiado apetito.
        Ahora que se sabía portador de un terrible secreto, Daniel, el amigo del Kevin, no sabía si decirle a Paulina, la chica que le gustaba —de pronto supuso que empezaría a fijarse en el ovni—, sí llamar a la Senain (consideró que le tildarían de opositor loco del Gobierno), llamar a los periódicos o a la tele, o al cura de la parroquia, al que una vez le robó unos dólares de las limosnas.
        Sabiéndose solo, sintiéndose Juanito de "Juanito y el lobo" y preguntándose de qué chch le servía tener un amigo de otro planeta, descubrió de pronto que quién había llegado en una nave interplanetaria, pero sin ningún poder, era él mismo.

martes, 11 de julio de 2017

Sobre la tienda

Son cada vez menos frecuentes las tiendas de barrio a las que puedes ingresar sin que hayan de por medio unos barrotes, cerca que se volvió frecuente, supongo, ante el evidente aumento de la delincuencia. El auge de los supermercados (a los que les costó muelas consolidarse en Ecuador) e incluso de los almorzaderos (que ahora se encuentran por todos lados), no ha podido de todos modos extinguir esta forma tan tradicional de comercio, en la que muchas veces nos engancharon con la lista del fiado, en donde otras nos vieron feo por traer cosas de la tienda rival, donde nos vendieron descaradamente en más de una ocasión las cosas más caras, o en donde les quedaron viendo feo a nuestras monedas de un centavo, convirtiéndose los tenderos muchas veces sin querer queriendo en cómplices de la especulación e inflación.
     En la tienda encontrábamos de todo: de pequeños íbamos por un chicle, y de grandes por una biela. Cuando el Gobierno nacional decretó la prohibición de la venta dominical de cerveza, muchas tiendas se la jugaron por nuestra sed; a veces también nos pasaron un vuelto demás, otras un vuelto de menos, que de pura pereza, ya no fuimos a reclamar. Me he topado con varias tiendas y anécdotas: en una ocasión, en la calle Honorato Vásquez, una señora me dio de vuelto alrededor de veinte sucres en monedas de a uno, que ya nadie aceptaba por válidas; uno o dos años después, el perro de esa misma señora mordió a mi hermano, costándole alrededor de diez o doce pinchazos alrededor del pupo. Frente a esa tienda, había otra, donde vivía una chica muy simpática a la que siempre me quedaba mirando de reojo, y que jamás me pararía bola. En la Valparaíso había una tienda muy bien surtida, a donde una vez mi tía me envió a comprar un cojín de shampoo (ahora reemplazado por el "sachet"), que por venir jugando con él al malabarista, terminé votando en una alcantarilla. Un vecino, que vivía por ahí cerca pero que nunca se hizo mi amigo, intentó ayudarme a sacarlo con un palo, pero al ver que el esfuerzo era inútil, terminó dándome otros veinte o treinta sucres para que comprara otro. Previo, o posterior a eso, al volver una vez de casa, se me habían caído en la calle 700 sucres de vuelto, de los que nunca supe que destino tuvieron, y que me costaron un buen jalón de orejas. Ojalá me hubiera gastado esa plata. Tremenda sarandeada en vano. En otra ocasión, rompí un huevo en otra tienda. La señora se mostró compasiva: me dio otro, sin cobrarme.
     Alguna vez mis padres tuvieron también una tienda, en la calle Iquique; creo que quebraron por mi culpa, pues me comía varias de las golosinas, en especial los yogures. También me robaba papitas y colas. Un día, me había destapado una cola y abierto una especie de inacake, que tenía una negrita en el diseño del empaque; me enteré entonces que la tienda no era más nuestra, la habían vendido a unos vecinos, ante lo que desde luego se me cayó full la cara de verguenza. Mis abuelos también tuvieron una tienda en Koyagal, donde además horneaban y vendían pan, y mis tíos tienen todavía una en Salinas. En nuestra tienda, los sábados solíamos poner un colchón para vender durante la madrugada del sábado a los borrachos siempre sedientos de biela o Trópico Seco; recuerdo que antes de quedarme dormido solíamos poner en el canal 5, donde pasaban películas de terror y luego el cine Pícaro, que solía acurrucarme, junto al sonido siempre hipnótico del frigorífico...

sábado, 4 de febrero de 2017

El último carnaval


Esa tarde escuchaba la radio plácidamente: vivía solo, la ciudad estaba vacía y me sentía en una especie de éxtasis criollo, que pese a la chirez, era grandioso. De pronto, la pantalla azul de mi celular trajo consigo un mensaje que acabaría con el sosiego: «Vamos a Guaranda, men», texto escrito por mi amigo el Lucho que, tan imprevisto como inesperado, terminó por llevarme en unas pocas horas a un bus.
        —La Paula me cachó tirando con otra man —me contó finalmente el Lucho, cuyo aliento a biela empezaba a incomodarme, a pesar de mi anosmia.
        —Chuta man —respondí. —Algún rato iba a pasar.
        Jamás imaginé que aquel carnaval tendría ese preludio; antes, los viajes a Guaranda solían estar precedidos de muchos globos de agua, de espuma carioca y de uniformes estilados y manchados con picadillo o alguna cosa. Luego, de esos bombazos que como piedrazos efectivos de fancotirador parecián reventarte la espalda y hacerte putear a alguien; luego, de las bazucas improvisados con tubos de PVC, que de terraza en terraza iniciaban la batalla campal en el barrio.
        —Sólo quiero perderme por un rato —interrumpió el Lucho.
        Llegamos aquel sábado casi al anochecer, y un bombazo nos dio la bienvenida. El ahijado de mi abuela, un tipo funesto y de quien la gente murmuraba que era gay porque ya era cucho y nunca se le conoció una moza, nos recibió no con muy buena cara. Al menos teníamos donde llegar.
Salimos de inmediato al centro de Guaranda, y las personas aún se echaban harina, huevos, achiote y carioca. Había música en cada esquina, además de tostado, fritada y pájaro azul.
        —Compremos trago, men —me dijo el Lucho. Encontramos una bodega que parecía sacada de otro mundo: tanques y tanques plásticos azules de cisternas chorreaban el líquido. Mi pana compró dos botellas de un litro, y empezamos a vagabundear con la preciosa ambrosía.
        —Yo le amo a la Paula, men.
        —¿Por qué la reemplazas entonces?
        —Es que también le amo a la Caro. No tengo la culpa, no elegí ser así —concluyó con una risa cínica pero infantil.
        Caminamos y llegamos hasta el coliseo de la ciudad; esa noche se presentaba un grupo de tecnocumbia. El trago empezaba a hacerme efecto.
        No sé cómo, pero terminamos desayunando en la casa de mi abuela, en donde el parco Daniel, a quien heredó la misma antes de morir, nos había ofrecido un plato de tostado y una especie de vainitas sazonadas que no sabían nada mal. En eso, el Lucho salió a vomitar.
        —Ya voy a limpiar Daniel, discúlpanos.
        —No te preocupes hijito —dile a tu pana que mejor se pegue un baño, arriba está la ducha, y luego salgan.
        No supe cómo interpretar ese «luego salgan». Lo único que se me pasó por mi adolorida cabeza del pájaro azul, es salir a mojar un rato.
En la ciudad, se había decretado que hasta las doce del mediodía se cortaba el servicio de agua potable.         Ya no era como en otros años, en donde la gente bombardeaba a los policías destacados en la ciudad para controlar los desmanes. Lo único que había para mojar, era pájaro azul, y el agua de las pocas piletas prendidas, ahora repletas de turistas.
        Cómo nos embarcamos de vuelta a Quito, casi lo he olvidado. Solo sé que me bajé en El Boliche, junto al Cotopaxi, donde una cistitis me obligó a tomar dos buses.
        Semanas más tarde, el Lucho dejó de escribirme. Hasta llegué a pensar que quizás se murió por intoxicación. Supuse era un efecto normal de tanto desmadre, y de tanta frustración. Ya no he salido a los desfiles de carnaval, ni me he disfrazado como en la escuela, ni he metido a alguien en una piedra de lavar. Guaranda se parece cada vez más a Ambato, mientras la gente se lanza huevos entre sí, ignorando que el propósito del Carnaval es el desmadre en sí.
        El Lucho me llamó hace poco. Me dijo que volvió con la Paula, pero que lo dejó dos años después.

sábado, 29 de octubre de 2016

El cine y yo

Soy de una época de transición: casi en nada, de una tele blanco y negro Sanyo de mi madre al videoclub de VHS (nunca tuve Betamax), los DVD's, el BlueRay (que aún no tengo), cable, Youtube, Netflix, y los cines tradicionales y las salas múltiples.
Mi primera vez en un cine es algo nebulosa: supongo que fue algo de Bruce Lee, en el Capitol. En donde ahora hay un edificio de departamentos, junto al Banco Central, había un enorme terreno baldío que hacía de parqueadero: sobre él, solían colocar enormes carteles ilustrados promocionando las películas de las salas de cine del Centro, y supongo que de todo Quito. Las vermouts eran comunes. Ya en la escuela, a fines de los 80s, nos llevaron a la dupla de ET y Cortocircuito, también en el Capitol, en donde también vi alguna de la saga de Locademia de Policía, con mi padrastro. mi tía, quien nos crió por un tiempo con mis ñaños, nos llevó en cambio al Alhambra. Allí recuerdo haber visto dos de la India María: Ni de Aquí ni de Allá y El que no corre vuela. También otra llamada 'La Jorobadita'. Las que más recuerdo sin embargo fueron Maniquí, la última peli que me vi en los 80's, y El Rey León, la última que vi en el Alhambra, en 1994, antes de ser convertido con el Capitol en una Iglesia "Pare de Sufrir". Al Teatro Bolívar sólo fui una vez: mi tío de Salinas nos invitó a ver Mi pobre angelito, peli que vimos ya empezada. Luego fuimos a la pizzería. Años más tarde el incendio.
Mi primera vez en los Multicines fue en El Recreo; las entradas eran más baratas, y la primera película en esas salas fue El talentoso señor Ripley, film que por cierto no he vuelto a ver ni en cable, así como '1001 chicas', la siguiente que vi. Mi primera vez en las salas del CCI fue con mi amiga Johanna Arthos, donde vimos una peli que trataba de unos tipos que buscan el rastro de una escritora en Inglaterra (en la peli sale Gwytneth Palthrow). Cuando mi hermano mayor Hernán Del Pozo Campana nos invitó a mirar todas las de El Señor de los Anillos, fue todo un acontecimiento. Amante de la adrenalina, solía a manera de ritual meter un pollo KFC dentro del canguil (en una ocasión osó mostrarlo sin pudor a la linterna del acomodador).
Algo que adoro de las salas de cine es la facilidad que tengo de quedarme dormido profundamente. Una vez, luego de un chuchaqui seco en que acudí a ver El cuco, me dormí casi de principio a fin. Lo mismo me sucedió con 'Valiente', en una sala de Cumbayá.
La primera peli que vi con esas gafas 3D tampoco la recuerdo bien, no sé si fue Garfield; pero lo que si recuerdo es lo fantástico que me pareció mirar Avatar así, una de las tres únicas cintas que me he repetido en una sala, junto con Snoopy y ET, que volví a mirar en 2002, el año de su vigésimo aniversario, en el Teatro Universitario. El mismo lugar a donde, estando en el Montúfar, nos llevaron a ver Armageddon en 1996. En el Teatro Politécnico en cambio vimos Space Jam, un año antes. La última vez que acudí a mirar una película en una sala tradicional fue en el Colón: Tesis, en 2002. A las pocas semanas el lugar fue demolido para hacer otro KFC: ironías de la vida.
Nunca he entrado en un cine porno; la leyenda cuenta que las personas se masturban dentro. No es que me importe demasiado, es sólo que no he hallado el chance. Una de las fantasías que nunca cumplí de adolescente fue ir con una pelada al cine. De haberlo podido hacer, me habría gustado mirar alguna película muy aburrida, para dar el salto de la ficción a la realidad.