Como aquello,
que me destroza,
como aquello en lo que no creo.
Como un instante,
como un susurro,
...como la noche,
como el miedo.
Y ya no siento,
me desespero,
no sé si encuentro,
una razón,
para ocultarme,
una canción,
para escaparse....
Y no me importa
lo que piensa
el mundo entero,
toda la estupida verdad,
y donde estoy,
que importa ya,
no es nada más,
que un momento,
una razón,
una ansiedad,
toda la estúpida verdad....
como un instante,
como un susurro,
como la noche,
como el miedo,
y ya no siento,
me desespero,
no se si encuentro,
una razón,
para ocultarme,
una canción,
para escaparse....
martes, 1 de marzo de 2011
domingo, 6 de febrero de 2011
Quito sin vos

Es una ciudad extraña
entre la nada.
Es solo un millón de
seres de hormigón.
Es un ruidoso pueblo fantasma,
un cementerio de hombres vivos.
Miro al cielo y siento
como te vuelves uno con la luna.
Las luces de colores
ya no me estremecen.
La Alameda es un mar muerto
perdido entre la cordillera.
La loza de La Basílica es un
gélido rompehuesos.
Los semáforos no son más que
pinceladas caprichosas.
El silencio es el aire
y el ruido de una sirena el latido.
Miro al cielo y siento,
como te vuelves uno con la lluvia.
Desde un campanario busco tus ojos
entre los tejados,
pero el smog irrita los míos.
En una canción creí escuchar
tu voz el otro día.
Las calles no son las mismas
sin tus pisadas.
Quizás el amor sea algo
que esté por encima de nosotros.
Miro al cielo y siento,
como te vuelves uno con las estrellas.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Koyagal

Nuestros ojos se encontraron
un día sin pensarlo.
El viento soplaba las espigas
a lo lejos.
Una inmensa nube gris nos miraba.
La lluvia dejó un rastro de lodo
donde hundímos nuestros pies.
Sus voces nos hablan pero
no nos importa.
Solo queremos escuchar
nuestro corazón.
La sangre nos reclama,
pero preferimos sentirla
hirviendo.
La cruz que plantaron en medio
de nosotros ya la
arrancamos.
Aunque partiste un día con los pájaros
siempre esperé tu rastro sobre el agua.
En alguna montaña intento reconocer
tu aliento y trasladarme lejos.
Ojalá fuésemos tan leves como
espigas de trigo.
Ojalá pudieramos abrazarnos
por el viento.
sábado, 20 de noviembre de 2010
Rayo de sol

La mañana se va con sus pájaros,
por un pedazo de cielo mataría en este momento;
celeste horizonte que esconde detrás lo que
ya no podrán tocar nuestras manos.
Sobre un charco en el asfalto vi tu alma,
era un arco iris de colores imposibles de imprimir
en un papel.
Los recuerdos se desvanecieron como tinta en el agua,
bajo el hielo aguardan las palabras que siempre
esperaron ser pronunciadas.
No hay regreso.
La tarde nos envolvió disfrazada en calendarios,
pero muy dentro un rayo de sol derritió el hielo.
Las hojas seguirán cayendo,
pienso,
quizás un día para encontrarnos,
quizás un sueño para descansar
y entender que habrá detrás del velo.
Los libros aguardan mil historias perdidas
entre tú y yo.
Entre tú y yo nos separa
el cielo.
viernes, 19 de noviembre de 2010
viernes, 5 de noviembre de 2010
LSHV
Puedo contar,
los días que,
me quedarán,
un hálito de incertidumbre
intenso,
no sabe como devolverme
el aliento.
Y cada canción,
en mi memoria,
me lleva hacia el vacío.
Una espiga seca,
atravesó el camino,
y me juntó hacia
el destino.
Que nos quedará
sino un puñado de palabras
sin decir,
tantas páginas vacías,
tantas canciones sin oir.
Lentamente el mundo
y sus latidos me llevaron de aquí.
Y no sé,
si estaré de nuevo,
bajo la lluvia que imaginé
en el desierto.
Y una voz me dice
deja los recuerdos,
aplasta la nostalgia,
que nada era cierto,
ni siquiera soñar.
Pero hace tiempo que,
la brújula se averió,
Barcos de papel,
hundidos bajo el sol.
¿Cuántos naúfragos,
habrán dentro del mar?
Y me imagino que regreso
y no puedo callar.
A veces pretendo escalar
una montaña blanca.
Y una voz me dice
deja los recuerdos,
aplasta la nostalgia,
que nada era cierto,
ni siquiera soñar...
los días que,
me quedarán,
un hálito de incertidumbre
intenso,
no sabe como devolverme
el aliento.
Y cada canción,
en mi memoria,
me lleva hacia el vacío.
Una espiga seca,
atravesó el camino,
y me juntó hacia
el destino.
Que nos quedará
sino un puñado de palabras
sin decir,
tantas páginas vacías,
tantas canciones sin oir.
Lentamente el mundo
y sus latidos me llevaron de aquí.
Y no sé,
si estaré de nuevo,
bajo la lluvia que imaginé
en el desierto.
Y una voz me dice
deja los recuerdos,
aplasta la nostalgia,
que nada era cierto,
ni siquiera soñar.
Pero hace tiempo que,
la brújula se averió,
Barcos de papel,
hundidos bajo el sol.
¿Cuántos naúfragos,
habrán dentro del mar?
Y me imagino que regreso
y no puedo callar.
A veces pretendo escalar
una montaña blanca.
Y una voz me dice
deja los recuerdos,
aplasta la nostalgia,
que nada era cierto,
ni siquiera soñar...
sábado, 16 de octubre de 2010
A un objeto perdido
Querido Zi:
Que te diré... casi siempre es más fácil imaginar que hacer realidad los deseos... aunque a veces los sueños parezcan reales, sabes que en el fondo de todo ese desmembramiento no está ocurriendo... y que ese beso tampoco existe. Cuando los objetos perdidos regresan a tus manos, tampoco son los mismos; algo en ellos ha cambiado para entonces. Tus ojos ya no miran del mismo modo, y el aire tampoco es el mismo, ni similar... con cada día el cuerpo parece menos ligero, la carrera más lenta y la respiración más difícil. Con cada día perdemos algo de nosotros, sin darnos cuenta.....
Que te diré... casi siempre es más fácil imaginar que hacer realidad los deseos... aunque a veces los sueños parezcan reales, sabes que en el fondo de todo ese desmembramiento no está ocurriendo... y que ese beso tampoco existe. Cuando los objetos perdidos regresan a tus manos, tampoco son los mismos; algo en ellos ha cambiado para entonces. Tus ojos ya no miran del mismo modo, y el aire tampoco es el mismo, ni similar... con cada día el cuerpo parece menos ligero, la carrera más lenta y la respiración más difícil. Con cada día perdemos algo de nosotros, sin darnos cuenta.....
lunes, 4 de octubre de 2010
lunes, 20 de septiembre de 2010
Robot
Los días de mi vida habían sido grises y turbios hasta entonces; aquella mañana, en que al fin desperté, lo primero que escuché fue un pájaro que se coló por la ventana. Desde la cama podía ver cómo mis libros no habían cambiado de posición; aparentemente, a nadie le importó en lo más mínimo curiosearlos. Las películas, que estaban apiladas en el estante, simplemente ya no estaban. El viejo póster de Golum, que vino con el periódico de hace varios años, cuando se estrenaba la última parte de El Señor de los Anillos, estaba casi roto.Cuando intenté levantarme, descubrí asustado que la enfermera no estaba. Me habían dicho, a través del enlace cibernético vía R.E.M. que al despertar, una asistente aguardaría por mí. Sin embargo, a esa hora nadie parecía estar despierto; era un jueves, y supuse que mis hermanos estarían rumbo al colegio, y qué mamá estaría en su trabajo.
La situación no me habría molestado en absoluto, de no ser por un pequeño problema: sentía enormes deseos de masturbarme. Sé por mi padre que en el pasado esta práctica era mal vista, y sé por mi abuelo, que su abuelo, le contaba que le saldrían pelos en la mano, si no se quedaba tuerto o ciego primero; el caso es que, siempre me pareció una burrada. Mi profesor de planificación, un hombre que se parecía a Milhouse de Los Simpsons, en pleno siglo XXI solía insinuar que eso también era causa de la calvicie, y que al abstenerse había logrado no sólo mantener una frondosa cabellera, sino también una serenidad digna de los ascetas más fieles. Años más tarde supe por algunos amigos que el tipo murió por sobredosis de viagra.
Como les decía, mis días hasta ese entonces habían sido grises: todo comenzó cuando una terrible infección urinaria sumada a una hemorragia producida por una herida de bala, me había hecho perder el pene. Sí. ¿Pensaban acaso que estaba inválido? No. Sin embargo, gracias a la tecnología y a un experimento de ingeniería biomédica al que accedí a cambio de una cuantiosa suma de dinero que hoy me permite vivir sin incomodidades, ahora tengo un miembro genital robótico, gris, de frío metal. Sin embargo, lo que la ciencia no ha logrado hasta ahora es devolverme el placer que sentía a solas, sin necesidad de conquistar el amor de una mujer, sin necesidad de acudir a un cabancho de mala muerte o de propagar hasta el infinito el rentable negocio de los proxenetas, verdaderos putos a los que la sociedad casi siempre ignoró en detrimento de las hermosas prostitutas que alguna vez, gracias a la generosidad de sus cuerpos, hicieran de hombres vírgenes y casi maricas, hombres machistas y prejuiciosos.
Bueno. Al menos puedo caminar y aparentar una vida normal. Pudo ser peor. Afortunadamente la ciencia estuvo de mi lado. Benditos sean los ingenieros biomédicos. Benditos sean los androides. No sé por qué, pero por alguna razón siento que soy parte de la siguiente generación que dominará este mundo.
lunes, 6 de septiembre de 2010
Calles de barrio

Solía esperar sentado, caminando, corriendo y divagando durante horas; a veces no me importaba si llovía o si una avalancha humana se lanzaba en estampida. Cerca del lugar, un elefante blanco aguardaba por abrir los ojos; no muy lejos, la niebla negra lo envolvía todo.
Acostumbraba repetir un nombre ahora desconocido en silencio, en voz alta; no faltó nadie que me creyera loco. Lejos, una solitaria cancha aguardaba el grito infantil y extrañaba el furor de los ya envejecidos. Las viejas barandas del estadio se oxidaban al ritmo de las hojas al caer; era un pueblo fantasma.
A veces, para ser el primero en llegar, tomaba un bus cuya terminal era una estación de acero, gris, opaca, como un gallinero de dimensiones espeluznantes, y para partir, casi con el alba, abordaba otro colectivo de colores venidos a menos, de ventanas grasientas y de olores reprimidos. De vez en cuando el aroma de una empanada se colaba por alguna arista, entremezclándose con el anhídrido carbónico.
Me pregunto que habrá sido de mí. Me pregunto qué habrá sido de esas calles de azul oscuro, tendiendo a negro. Me pregunto sí todavía suelen haber estampidas humanas capaces de la carnicería, la brutalidad y la sangre; me pregunto si habrán otros muertos en aquella estación gris.
Acostumbraba repetir un nombre ahora desconocido en silencio, en voz alta; no faltó nadie que me creyera loco. Lejos, una solitaria cancha aguardaba el grito infantil y extrañaba el furor de los ya envejecidos. Las viejas barandas del estadio se oxidaban al ritmo de las hojas al caer; era un pueblo fantasma.
A veces, para ser el primero en llegar, tomaba un bus cuya terminal era una estación de acero, gris, opaca, como un gallinero de dimensiones espeluznantes, y para partir, casi con el alba, abordaba otro colectivo de colores venidos a menos, de ventanas grasientas y de olores reprimidos. De vez en cuando el aroma de una empanada se colaba por alguna arista, entremezclándose con el anhídrido carbónico.
Me pregunto que habrá sido de mí. Me pregunto qué habrá sido de esas calles de azul oscuro, tendiendo a negro. Me pregunto sí todavía suelen haber estampidas humanas capaces de la carnicería, la brutalidad y la sangre; me pregunto si habrán otros muertos en aquella estación gris.
domingo, 5 de septiembre de 2010
Vórtice
«Despierta», me decía esa voz lejana.
Tenía dificultad para recordar el día anterior; por más que lo intentaba solo habían pedazos y fragmentos de lugares, de cosas y de personas. Lo único que sentía con absoluta certeza era un malestar extendido por todo el cuerpo.
Levantarme a caminar no fue sencillo. Todo estaba bien, me habría quedado a morir en ese lugar sin protestar, de no haber sido por el terrible sol cuyo rayos me abducían como tentáculos de pulpo gigante. Ya no podía dormir; sentía un fuerte dolor de cabeza. Sin embargo tenía que continuar.
Hacía mucho que no escuchaba música en ese sitio, y cada vez que una leve tonada llegaba hasta mis oídos, la jaqueca la distorsionaba hasta el horror. Habían pasado las horas y tenía sed: mi boca, garganta y lengua estaban resecos. En ese no lugar, el agua parecía parte de otro sueño.
Mi cabeza estaba por estallar. Deseaba echarme y rodar, pero el asfalto hervía. Unas luces anaranjadas que parecían arañas luminosas se veían desde lejos, mientras unos perros rabiosos desahogaban sus ansias de violencia.
—Mierda, ¡no quiero morir así! —susurré. Hacía tiempo que los perros eran los vigilantes de mis pesadillas. Ojalá me trague la obscuridad; no quiero morir entre sus fauces.
Hacía mucho que no escuchaba música en ese sitio, y cada vez que una leve tonada llegaba hasta mis oídos, la jaqueca la distorsionaba hasta el horror. Habían pasado las horas y tenía sed: mi boca, garganta y lengua estaban resecos. En ese no lugar, el agua parecía parte de otro sueño.
Mi cabeza estaba por estallar. Deseaba echarme y rodar, pero el asfalto hervía. Unas luces anaranjadas que parecían arañas luminosas se veían desde lejos, mientras unos perros rabiosos desahogaban sus ansias de violencia.
—Mierda, ¡no quiero morir así! —susurré. Hacía tiempo que los perros eran los vigilantes de mis pesadillas. Ojalá me trague la obscuridad; no quiero morir entre sus fauces.
Decidí correr, hasta que la última araña de luz anaranjada desapareciera de mi vista. El dolor continuaba, y deseaba echarme a rodar, pero el asfalto hervía. De repente, una alfombra de arena se volvió el lecho más confortante. Mi boca, garganta y lengua seguían resecos. No había nada; no había nadie.
—Despierta —volvió a repetir la voz.
—Despierta —volvió a repetir la voz.
—¿Quién eres? —grité. Fue inútil.
Sigo con sed. Sigo con la angustia de que los perros me encuentren. El asfalto sigue hirviendo. Soy fugitivo. Sigo sin encontrar el camino a casa.
jueves, 26 de agosto de 2010
Flores de plástico

Aquella mañana había olvidado el dinero del pasaje, no sé si por pura casualidad o por el designio de alguna mente macabra. El caso es que tuve que bajarme del bus muchas cuadras antes del cementerio, en donde era prohibido llevar plantas, por lo que, previamente, había conseguido unas flores de plástico en un centro comercial del ahorro. No sé si recordar valga la pena (fue lo que pensé luego de comparar el precio de los falsos crespones con los que había comprado). No sé si exista la telekinesis, el cielo o el infierno. La abuela decía que si visitabas un cementerio luego de cierta hora, era muy posible contraer mal aire, enfermedad tradicional que solía curar al soplar un cigarrillo, cuyo humo impregnaba un ramo de chilca que frotaba sobre nosotros. Hoy en día pienso, tal vez de modo ingenuo, que el cigarrillo es un aliciente para la moderna enfermedad del estrés. Mientras recuerdo a la abuela y sus cigarrillos, estoy fumando uno a la entrada del cementerio.
Una vez adentro, recuerdo canciones como aquella de Mecano, que dice que "los muertos se la pasan bien entre flores de colores". Quizás sea cierto. Quizás el problema allí seamos nosotros, nosotros y nuestras flores de plástico, nuestras lágrimas de cocodrilo, nuestros cuentos que probablemente allí no tengan ninguna importancia y nuestras promesas que parecen líneas mal escritas de alguna telenovela. A veces suponemos cosas, como por ejemplo, que al invocarlos ellos vivirán por un momento, que serán felices mientras los recordemos. A lo mejor no es así. . Quizás cada vez que vamos sólo los disgustamos otro poco. Quizás ellos en realidad sean felices sin nosotros. Quizás lo que en realidad los hace felices, es que ya no los molestemos.
Una vez adentro, recuerdo canciones como aquella de Mecano, que dice que "los muertos se la pasan bien entre flores de colores". Quizás sea cierto. Quizás el problema allí seamos nosotros, nosotros y nuestras flores de plástico, nuestras lágrimas de cocodrilo, nuestros cuentos que probablemente allí no tengan ninguna importancia y nuestras promesas que parecen líneas mal escritas de alguna telenovela. A veces suponemos cosas, como por ejemplo, que al invocarlos ellos vivirán por un momento, que serán felices mientras los recordemos. A lo mejor no es así. . Quizás cada vez que vamos sólo los disgustamos otro poco. Quizás ellos en realidad sean felices sin nosotros. Quizás lo que en realidad los hace felices, es que ya no los molestemos.
sábado, 21 de agosto de 2010
El churo

Esa tarde ella salió por un momento de su cuarto, sin imaginarse que me encontraría de regreso del bosque. Coincidimos en una celda inerte, llena de luces y colores, mismos que luego noté reflejados en sus anteojos.
—Ten, gracias por tu libro —le dije. —Pero he olvidado traerte la peli que te prometí.
—No hay problema —respondió. —Y casi al instante, me regaló unas galletas con chispas de chocolate, golosina que sin darme cuenta, me ha provocado adicción.
—Es curioso que nunca te haya visto —proseguí, mientras ella señalaba con su brazo el colegio donde divagó por seis años, haciendo cuentas e imaginando cuentos.
—¿Vives cerca? —volvió a preguntar.
—Sabes que sí.
—¿Te has subido al Churo alguna vez? —le sugerí, con la esperanza de que me acompañe hasta la cima del mundo, en aquella colina artificial del parque de La Alameda.
—No hace falta —respondió. «Ya estamos en uno».
jueves, 29 de julio de 2010
A veces
A veces me pregunto
si el sol es el mismo en realidad,
en cualquier lugar del mundo;
si la noche nos cobija a todos por
igual,
si las constelaciones sólo difieren
en el norte o en el sur.
A veces desearía sentir al silencio
pero el ruido es más profundo;
desearía escuchar al mar desde
la cordillera,
pero los gritos no me permiten
concentrarme.
Me pregunto si alguien es capaz
de leer todos los libros del mundo,
y me pregunto también si alguien
pudo estar en todas partes;
a veces me pregunto si el sol en
realidad es el mismo para todos.
si el sol es el mismo en realidad,
en cualquier lugar del mundo;
si la noche nos cobija a todos por
igual,
si las constelaciones sólo difieren
en el norte o en el sur.
A veces desearía sentir al silencio
pero el ruido es más profundo;
desearía escuchar al mar desde
la cordillera,
pero los gritos no me permiten
concentrarme.
Me pregunto si alguien es capaz
de leer todos los libros del mundo,
y me pregunto también si alguien
pudo estar en todas partes;
a veces me pregunto si el sol en
realidad es el mismo para todos.
jueves, 8 de julio de 2010
Suele suceder

Esa tarde habían más luces que de costumbre; el aroma de las flores era tan intenso que provocaba nauseas. Pese a que no existía el invierno en ese lugar del mundo, las personas llevaban prendas obscuras, que seguramente provocaban asfixia. Varias mujeres llevaban la cabeza cubierta con velos, a la manera musulmana; pese a estar tristes, todos se abrazaban y repetían "no somos nada".
No entendía aquella situación. Intentaba hacer preguntas, pero a nadie parecía importarle. De pronto, alguien me hizo caso. ¿Por qué todo esto? le interrogué.
—No sé. Pero suele suceder.
martes, 22 de junio de 2010
Vueltas

Esa ordinario día no pensó en nada: simplemente tomó la bicicleta con la esperanza de andar hasta donde más pudiera; no buscaba escapar, ni una aventura, ni ganar un torneo, ni siquiera le interesaba el medio ambiente; simplemente le dio por agarrar los pedales. Sin embargo, la cercanía de la noche le hizo por un momento pisar la tierra, tener intenciones y alcanzar una paradójica meta: volver a casa.
El parque era más grande de lo que se había imaginado; no había gente, apenas se escuchaban unos pájaros y la neblina apareció silenciosa, sin ser invitada por nadie. Fue entonces cuando la vio, sentada, bajo un árbol, con otra bici.
-¿Tienes la hora? preguntó, con cierta timidez, pero también con un ágil quemimportismo.
-¿Acaso crees que el tiempo importa aquí? le respondió dulcemente la extraña.
-Qué raro... ¿porqué dices eso? prosiguió el terrible aprendiz de galán.
-Porque este momento, seguramente, no volverá a suceder- concluyó la chica bajo el árbol, que traía un piercing en el rostro.
Pensó de pronto que todo tenía sentido, que el destino le había conducido precisamente a ese mismo lugar, a ese pedazo de tierra, en donde un pedazo de cielo en forma de neblina se había colado como una sábana entre los árboles, como la metáfora de un sueño.
-¿Cómo te llamas?
-Llámame como tú quieras.
Nunca pude lograr que me dijera su nombre. Han pasado varios años desde entonces; me pregunto si aún suele dar paseos en bicicleta y detenerse a descansar bajo los árboles.
Un día regresé al bosque con la esperanza de encontrarla, pero sólo pude descubrir un rastro infinito de nombres escritos sobre los árboles. La chica del piercing tenía razón; ese día no volvería nunca más a repetirse.
jueves, 17 de junio de 2010
Héroe de nadie
La zancadilla me condujo
a un mundo de verdugos invisibles,
de fantasmas galopantes.
Urano y Neptuno eran dos lejanos
centinelas a quienes
miraba desde viejas páginas de libros.
El olor del café es un aliciente
entre la fetidez de lo doméstico;
los gritos de los detractores se propagaron
en lejanos ecos que acabaron de llegar
hace poco.
No hay tiempo ni regocijo,
sólo un puñado de sueños entretejidos
junto a las perspectivas difusas.
No hallaré otro barco pronto,
tendré que caminar junto a la playa
hasta llegar al otro lado.
No hallaré un globo,
tendré que improvisar un par
de alas para salir de este agujero.
a un mundo de verdugos invisibles,
de fantasmas galopantes.
Urano y Neptuno eran dos lejanos
centinelas a quienes
miraba desde viejas páginas de libros.
El olor del café es un aliciente
entre la fetidez de lo doméstico;
los gritos de los detractores se propagaron
en lejanos ecos que acabaron de llegar
hace poco.
No hay tiempo ni regocijo,
sólo un puñado de sueños entretejidos
junto a las perspectivas difusas.
No hallaré otro barco pronto,
tendré que caminar junto a la playa
hasta llegar al otro lado.
No hallaré un globo,
tendré que improvisar un par
de alas para salir de este agujero.
martes, 8 de junio de 2010
Falaz
El sentir se convierte en vapor
en el horno de la pasión;
se esparce como lluvia ácida sobre
los árboles que nos cobijan
del sol,
ese inmenso sol que mientras
brilla para unos es oscuridad
para el reverso de la esfera.
Como arena entre los dedos el
sentir se difumina con el viento y
vuela lejos,
muy lejos,
tanto como la sensación
de la relatividad,
como las manecillas del reloj
desapareciendo.
Es una sensación fuerte pero
al final pasajera,
es quedarse habitando una
celda de cristal,
un transparente caramelo
agridulce,
una mirada nublada.
Es como un aliento vital
que a ratos se vuelve crucial,
pero que un día se vaciará`
por la tonelada de la cotidianidad.
Es un abismo donde todos
se pierden alguna vez,
y pocos salen en una pieza,
pero al final saldrán todos al fin,
unos a para seguir viajando y
otros para contar estrellas...
en el horno de la pasión;
se esparce como lluvia ácida sobre
los árboles que nos cobijan
del sol,
ese inmenso sol que mientras
brilla para unos es oscuridad
para el reverso de la esfera.
Como arena entre los dedos el
sentir se difumina con el viento y
vuela lejos,
muy lejos,
tanto como la sensación
de la relatividad,
como las manecillas del reloj
desapareciendo.
Es una sensación fuerte pero
al final pasajera,
es quedarse habitando una
celda de cristal,
un transparente caramelo
agridulce,
una mirada nublada.
Es como un aliento vital
que a ratos se vuelve crucial,
pero que un día se vaciará`
por la tonelada de la cotidianidad.
Es un abismo donde todos
se pierden alguna vez,
y pocos salen en una pieza,
pero al final saldrán todos al fin,
unos a para seguir viajando y
otros para contar estrellas...
jueves, 27 de mayo de 2010
Matar, muerte, morir

El día en que asesiné al perro que devoró a Waldo, el pequeño pato que tenía en casa de mi abuelo, entendí definitivamente que no quería ser abogado. La decisión de condenar a muerte a otro ser vivo (un perro, supuestamente con mayor inteligencia y sensibilidad que otros animales), era algo que no me dejaba dormir. En la televisión son comunes las noticias sobre ajusticiamientos indígenas, donde los supuestos criminales son incinerados; la justicia es un elemento tan comercial que muchos no sólo descreen de ella, sino que la han reducido a una máxima vital: eliminar al mal de raíz, matar, sí, matar, como lo disponía la Ley del Talión, como lo dispuso Moises contra quienes trabajaban el sábado, como lo dispuso Hitler con los judíos, como lo dispusieron varios judíos contra varios palestinos. La sed de sangre, de vacío, de silencio, es una necesidad difícil de satisfacer, pero con una gran imposición moral que provoca remordimientos, entre ellos, el miedo a la muerte misma, a ser la víctima, la carne donde se depositará el cuchillo, el pulmón que será atravesado por la bala, la respiración que termina, el alimento de otro ser vivo.
lunes, 10 de mayo de 2010
Quo vadis
Querido Zi:
La angustia insiste en permanecer conmigo... no quiero seguir mintiéndome... siento que es hora de un giro trascendental... no sé qué hacer...
La angustia insiste en permanecer conmigo... no quiero seguir mintiéndome... siento que es hora de un giro trascendental... no sé qué hacer...
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