sábado, 27 de agosto de 2011

Cosplay


Al mirarlo, era inevitable no pararle bola. Su capa roja, desteñida, era el tema preferido de charlas entre chicas fashion con rostros de color distinto al de sus brazos y muslos, entre viriles muchachos que destapaban botellas cafés con los dientes, e incluso entre elegantes profes con un suéter en los hombros y un libro entre las manos.

    Su nombre era Carlos López, y probablemente de entre todos sus miles de homónimos en Iberoamérica, era el único que venía a clases todos los días con una capa y un sombrero. Un amiga en común, Miriam, me contó alguna vez que la intención de aquella prenda, más que emular a Superman, era un desafío abierto a los convencionalismos de la moda, y que probablemente un día no sería repudiado, sino imitado. Los días pasaban y la tan anhelada tendencia no llegaba. Pero Carlos no dejaba de ir puesto la capa. Algunos chicos le decían el mago; no faltó el típico comentario de algún troglodita que se atrevió a insinuar que el Carlos llevaba capa para ocultar que era incapaz de limpiarse el culo y que por ende sentía verguenza de mostrar sus pantalones. A los demás, simplemente la capa les parecía el típico intento por llamar la atención, debido quizá a alguna desilusión amorosa o algún malentendido crónico con sus padres.

        Un día, mientras esperaba en el patio, el Carlos se sentó en la misma banca donde yo pretendía estudiar un libro de Michel Foucault, para impresionar a una chica que me gustaba. Desde luego, jamás entendí el libro; la capa del Carlos me parecía ridículamente fascinante.

        ¿En donde te compraste esa capa? le pregunté.

        Era una bandera del Friu  me contestó.

        No sé porqué, pero ya lo sospechaba le respondí, hecho el interesante.

        Te equivocas siguió.
        No soy anticomunista cómo creo que estás pensando concluyó.

        Entonces, ¿no es una especie de trofeo de guerra?

        No. Simplemente me gusta llevarla.

        En ese instante, por un momento, me sentí tentado a hablarle sobre el hecho de que las tendencias de la moda no admiten esas prendas más que en cosplays o en fiestas infantiles de cumpleaños; me sentí tentado a decirle que lejos de lograr el respeto de los demás, solo lograría que las personas se burlen de él por el resto de la carrera y quizás de su vida; sentí que debía sugerirle que llevar esa capa no le ayudaría a conseguir una pasantía decente y mucho menos un empleo estable, a menos que pretendiera volverse un remedo de El Santo o algún luchador de la WWE. Es decir, pasé en un minuto a ser de un simple compañero a un politólogo, de politólogo modista, de modista a psicólogo, de consejero vocacional a supuesto amigo y de amigo a inquisidor. Fue entonces que me di cuenta de que quien vivía disfrazado no era el Carlos López, sino yo.


jueves, 25 de agosto de 2011

Un nombre

Girar en una espiral,
albergar una esperanza,
blandir la espada,
yacer sobre las olas...

martes, 2 de agosto de 2011

Oeste

Como no poder soñar,
el aire para respirar,
sintiendo el viento
correr.
La distancia se
nos apodera,
del cuerpo y la sangre,
no sé,
donde ir.
Quisiera,
tantas cosas del mundo,
pero me confundo,
en el porqué.
Todos buscan,
la luz,
entre lo obscuro,
el camino seguro,
pero todo es
soledad.
Todos buscan,
entre lo profundo,
no más, digo al mundo,
quien sabe, donde ir.

lunes, 25 de julio de 2011

Ultimo verano

La jaqueca no llega a su fin...
otorgarnos unos segundos antes del final.
sobrevivir, que más da...
de todos modos ya no estaba viviendo...
los pensamientos se convierten en estado gaseoso
que vuelan con el viento para reencontrarse con otra tormenta.
Desde esta montaña espero un día llegar con mi eco hasta el desierto.
luego perdernos en el mar.

miércoles, 13 de julio de 2011

Tod


El día en que Marta se marchó, el clima de la ciudad era tan impredecible como mi carácter. La fría mañana daba paso a intervalos a un sol mordaz; mi declaración de impuestos aguardaba en un frío cajón, junto a varias envolturas de chicles y recibos que no servirían para nada, ya que estaban a nombre de consumidor final. La idea de la prisión, a ratos, era alivio y a la vez pesadilla. Aquellos días de verano tan singular la casa estaba llena; mamá había vuelto de Europa junto con mi hermano menor y sus costumbres casi europeas. Mi hermano mayor, quien estaba refaccionando su casa, también se mudó junto con su pequeña hija; hacían ya varios meses desde su divorcio, y era la primera vez en mucho tiempo que veía a mi sobrina.

Una amiga proveniente de México, Soledad, quien ganó una beca para estudiar Sociología en el país azteca, había quebrantado el habitual tedio de nuestras vacaciones, al volver a casa. Debido a mi falta de disciplina tributaria y a mi poca devoción por el ahorro, me encontraba en búsqueda de empleo. El novio de Soledad, Darío, quien quedó fascinado por nuestras Pilsener, decidió organizar un paseo para conocer los lugares más entretenidos de Quito. Guillermo e Iván, siempre animosos, decidieron secundarlos. Por mi parte, desistí de ir. Claro, a Soledad no le hizo gracia; no es que fuésemos amigos: Iván nos había presentado un par de años atrás, cuando coincidimos en un bar de La Ronda, barrio bohemio de Quito, tontódromo del siglo XXI construido durante el siglo XVIII. Esa noche el tecno nos impedía escuchar nuestra interesante conversación, que incluía desde como se preparan los tacos y enchiladas hasta la nostalgia por las aulas escolares, a las que siempre detesté.

El punto, es que aquella tarde de sol, mientras nos dirigíamos hacia la Mitad del Mundo, decidí arrojarme del auto en el que íbamos juntos. Guillermo desde luego detuvo el carro, en mitad de la vía, ante la mirada asustada pero burlona de Sebastián, amigo íntimo de Sole, quien miraba siempre de modo extraño a Darío.

Chucha, deja de hacerte el rogado dijo la Sole, según relató Iván días más tarde.

No podía escuchar nada. No sentí la voz de Sole; solo recuerdo que di media vuelta y empecé a correr, y que el asfalto, que se desvanecía entre el fétido vapor proveniente de huesos de dinosaurios muertos hace miles de años, de pronto se vio empañado por cientos y miles de pequeñas gotas de agua que se irían también en un momento. Desde que salimos del centro de la ciudad, sentía una gran molestia en el lado izquierdo del pantalón. El día en que Marta se marchó, recuerdo que desprendió la etiqueta de una botella de Pílsener que nos hizo firmar a todos. Cuando fue mi turno, dibujé una mariposa cuyas alas se estaban quemando; Viviana, una amiga en común que solía besarse a escondidas con Marta, orgullosa de haber aprendido alemán en el colegio, escribió con un esfero rosado de gel la palabra Tod, que alguna vez miré en uno de mis libros de Jorge Luis Borges, que si mas no recuerdo se lo presté a Carlos, a quien no volví a ver jamás, al igual que a Marta y  a Soledad, quien regresó a México a fines de mes con Darío, y a cuya despedida decidí no asistir por considerarlo un protocolo absurdo y patético.

La fatiga suele provocar sueño, pero en medio de la autopista la idea de recostarse no era una buena idea. Mientras caminaba, cada vez más lento, casi sin esperanza de llegar a casa, pensaba en Carlos, Viviana, Iván, Guillermo, Soledad; pensaba en Marta, en las veces que hablar fue inútil; pensaba en mi casa, en la casa que en realidad era de mi madre pero que todos creían mía, en la bulla de las mañanas llamando al desayuno, en mi sobrina quien rayaba las paredes, en mi hermano y su copete de gel, en mi hermano mayor y su traje. Pensaba en la cárcel, en los documentales sobre las condiciones inmundas de sus pabellones, en los negros e indígenas que en su interior eran mayoría pero que en el resto del país eran minoría, pensaba en las aulas que a veces también eran como una prisión, pensaba en los pasillos, en el frío mármol de las escaleras, pensaba aquella noche cuando perseguí a Marta, en su silencio, en mi silencio, en el sonido de su cabeza estrellándose contra el mármol, en su sangre vinotinto, en la copa de vinotinto que una vez bebimos juntos, en la tinta de los esferos con que inmortalizamos aquella tarde de alcohol sobre esa etiqueta de Pílsener, con la que ahora intento construir una mariposa de origami.

La noche en que Soledad se fue, estaba bajo las cobijas, sintiendo un acogedor calor mientras el diablo se casaba fuera de mi casa. El celeste cielo del lado oeste de la ventana no es como el gris del lado este. A veces pienso que bajo el cielo azul Soledad y Darío estarán refrescándose con una botella de tequila; en este momento siento que Marta se desvanece sobre el asfalto, convertida en lluvia ácida.

miércoles, 6 de julio de 2011

Yoko

A veces, cuando imagino el desierto, no puedo evitar sentir asfixia.

Me pregunto cómo un espejismo puede ser la disociación del horizonte; mientras trago el polvo proveniente de miles de kilómetros de distancia, no puedo evitar volver a dividirme e imaginar como sería caminar sobre la luna sin gravedad.

Esa terrible tarde, cuando sentí que corría contra mi alma para evitar que el corazón se detenga, una sombrilla caminaba bajo una persona invisible.

Se te caerán los ojos fue lo único que alcancé a escuchar.

¿Cómo te llamas? pregunté, casi inconsciente por la sed.

El sonido del viento era lo único que podía escuchar.

Yoko respondió su voz, que parecía el eco de un sueño lejano.

Luego de brindarme un poco de agua, Yoko me mostró la única cosa real que podía mirar en aquel lugar además de la arena: un rastro de huellas humanas.

¿Podré llegar al mar desde aquí? le pregunté, mientras sentía un extraño ardor dentro de la garganta.

Caminamos. Caminamos sin parar. Proseguimos. Caminamos. Cada vez que trataba de decir algo, sentía que mi voz era más como un eco.

La carraspera iba empeorando. Intentaba cantar, pero elevar las cuerdas bucales era una tortura china. Yoko continuaba sin mostrar el rostro, bajo la sombrilla.

En medio de la arena, una tormenta se aproximaba. A veces creo que las nubes del cielo son la pincelada caprichosa de un artista que experimenta con nosotros, como si un enorme vaso de cerveza hubiese colocado una semilla que agita sin parar. A veces quisiera que la lluvia fuera de gotas de cerveza y el mar un enorme océano de vino. Me pregunto porqué el big bang no lo decidió así.

La noche se aproxima y seguimos sin llegar a ningún lado. De repente, siento deseos de arrebatar la sombrilla de Yoko, que sostiene con firmeza. Espero que duerma, pero no se ha rendido. Continúa parada, mirando hacia la nada.

Quisiera que el sueño terminara con esta pesadilla. Pero es inútil dormir. El pecho me arde mucho más, y mi voz cada vez es más baja. Creo que perderé la voz. Quiero hacer a Yoko una última pregunta. Espero que no sea tarde. Pero el pecho no resiste. Ya no puedo decir nada. Es hora de arriesgarlo todo. Me acerco a Yoko sigilosamente, y le arrebato la sombrilla. Al mirar sus ojos, miro un pozo obscuro en cada uno de ellos. Al sumergirme, solo escucho su voz, como un eco mortal, como un lazo invisible que se rompe mientras me arrojo al vacío.

Se te caerán los ojos fue lo último que alcancé a escuchar.

sábado, 18 de junio de 2011

La montaña


     A veces, cuando miraba a la montaña, solía pensar que detrás de ella se encontraba el mar. Con el tiempo, alguien me dijo que detrás de la montaña sólo habían más montañas.

     -¿Y algún día podrás llegar al mar? -solía preguntar a quien me lo decía.

     Nunca nadie se aventuró a decirme la respuesta. Era obvio; ninguno de ellos había subido nunca a la montaña. Un día, decidí experimentar.

     No hay nada como mirar la ciudad hacerse más y más pequeña. Es como si se convirtiera en un hormiguero: es como si los pájaros se convirtieran en enormes dinosaurios, capaces de tragársela entera. Es como si el cielo aguardara con un viento suave y dulce, que se traduce en silencio. A veces el silencio es necesario para volver a entender el ruido.

     Por más que sigas, la cima aguarda. Se ve tan chica, pero es tan grande en realidad.
-Corre -dice una voz lejana-, corre, no importa, es mentira que el oxígeno se agotará, no hay nadie persiguiendote, corre.

     Los pajonales y la arena son los únicos testigos de esta gesta heroica; no hay aplausos ni hurras, solo el suave sonido del viento y la neblina que empieza a descender. De pronto, en medio de la oscuridad tropiezas y empiezas a resbalar. No has perdido el equilibrio, ni estás alucinando por la soledad. No es nieve tampoco; es por fin el mar.

viernes, 3 de junio de 2011

Nunca dices adiós


Te vas,
como la lluvia cuando termina,
te vas,
dejando un espejo donde se reflejan
los fantasmas.
Te vas,
como el tenue granizo de un instante,
llevandote la ilusión de jugar con nieve.
Te vas sin decir adiós,
nunca dices adiós,
como el arcoiris que no puedes
mirar desvanecerse,
decir adiós,
para qué,
las palabra para qué.
La vida se desvanece en un instante.
El viento no tiene palabras.
Nunca dices adiós,
la noche no llega gritándote un hola,
sólo te regala la luna para quitartela
una y otra vez.
Nunca digas adiós,
nunca te despidas.
Que el viento no tiene voz,
ni el mar dice hasta pronto.

domingo, 8 de mayo de 2011

Noizbait


Alguna vez, cuando este cuerpo haya envejecido y todavía no tenga certeza de lo que deseo de este mundo, como sucedía hace diez años, cuando tenía la certeza de que envejecería un poco y desconocía sobre que quería hacer con mi vida, espero encontrarte ahí, de vez en cuando, a veces, como aquella vez cuando tus ojos no eran luminosos pixeles y podía mirar al sol reflejarse en ellos.

    Espero volver hacia aquel árbol aunque sea para embriagarme de nostalgia y alucinar con tu cuerpo, enfadarme con nuestros malos recuerdos, desear matarte y desear matarme en ese preciso momento, cuando sienta tu corazón latir debajo de aquel corazón tallado en ese árbol que ojalá no se le ocurra a alguien alguna vez talar, pero que espero borre los mensajes ajenos de otros seres idiotizados por aquello que llamaban amor, que quizás llegaron antes o después. Espero que alguna vez el musgo los borre, pero deje intacto nuestro corazón tallado con una llave...

    Quizás algún día, cuando ese momento llegue, y me encuentre a solas frente al árbol y al recuerdo de un momento, que quizás no sea nada, que quizás solo haya sido una ficción. Espero alguna vez volver. Desafío...

domingo, 3 de abril de 2011

Aeropuerto


Te fuiste un día,
como se van las horas,
como se escapa el viento.
Era una noche entre tantas,
la más adecuada para coincidir.
Te fuiste una vez,
te fuiste mil veces.
Deseé estar lejos alguna vez.
Las luces de neón estaban encendidas,
algunas luces de neón se pueden mirar
aún desde miles de pies de altura.
Te fuiste,
como los sueños que te empeñas en recordar
pero que de todos modos se te olvidan.
Te fuiste...
como nieve en el deshielo.
como ola de mar.
Volver es lo que quisiera,
como en una espiral dialéctica,
daría tantas cosas por volver al ojo
de aquel huracán.
Volver a esos ojos tuyos,
volver a ese silencio y ser nuestra voz.
La lluvia es tan fuerte que no me permite
escuchar tus latidos.
El vacío a veces es inevitable.
No siento nada hoy,
llegué a la conclusión de que todo es fugaz.
Si tan solo pudiera volver.
A ese instante, al instante aquel.
volver a esos ojos tuyos,
como en una espiral dialéctica.
Irme contigo,
Irme una y mil veces.
Recordar el sueño aquel que una mañana olvidé.
Coincidir en una noche especial.
Abrazarte junto al viento.
Olvidar las horas.
Irnos un día.

martes, 1 de marzo de 2011

Sin asunto

Como aquello,
que me destroza,
como aquello en lo que no creo.
Como un instante,
como un susurro,
...como la noche,
como el miedo.
Y ya no siento,
me desespero,
no sé si encuentro,
una razón,
para ocultarme,
una canción,
para escaparse....
Y no me importa
lo que piensa
el mundo entero,
toda la estupida verdad,
y donde estoy,
que importa ya,
no es nada más,
que un momento,
una razón,
una ansiedad,
toda la estúpida verdad....
como un instante,
como un susurro,
como la noche,
como el miedo,
y ya no siento,
me desespero,
no se si encuentro,
una razón,
para ocultarme,
una canción,
para escaparse....

domingo, 6 de febrero de 2011

Quito sin vos


Es una ciudad extraña
entre la nada.
Es solo un millón de
seres de hormigón.
Es un ruidoso pueblo fantasma,
un cementerio de hombres vivos.
Miro al cielo y siento
como te vuelves uno con la luna.
Las luces de colores
ya no me estremecen.
La Alameda es un mar muerto
perdido entre la cordillera.
La loza de La Basílica es un
gélido rompehuesos.
Los semáforos no son más que
pinceladas caprichosas.
El silencio es el aire
y el ruido de una sirena el latido.
Miro al cielo y siento,
como te vuelves uno con la lluvia.
Desde un campanario busco tus ojos
entre los tejados,
pero el smog irrita los míos.
En una canción creí escuchar
tu voz el otro día.
Las calles no son las mismas
sin tus pisadas.
Quizás el amor sea algo
que esté por encima de nosotros.
Miro al cielo y siento,
como te vuelves uno con las estrellas.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Koyagal


Nuestros ojos se encontraron

un día sin pensarlo.

El viento soplaba las espigas

a lo lejos.

Una inmensa nube gris nos miraba.

La lluvia dejó un rastro de lodo

donde hundímos nuestros pies.

Sus voces nos hablan pero

no nos importa.

Solo queremos escuchar

nuestro corazón.

La sangre nos reclama,

pero preferimos sentirla

hirviendo.

La cruz que plantaron en medio

de nosotros ya la

arrancamos.

Aunque partiste un día con los pájaros

siempre esperé tu rastro sobre el agua.

En alguna montaña intento reconocer

tu aliento y trasladarme lejos.

Ojalá fuésemos tan leves como

espigas de trigo.

Ojalá pudieramos abrazarnos

por el viento.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Rayo de sol


La mañana se va con sus pájaros,
por un pedazo de cielo mataría en este momento;
celeste horizonte que esconde detrás lo que
ya no podrán tocar nuestras manos.
Sobre un charco en el asfalto vi tu alma,
era un arco iris de colores imposibles de imprimir
en un papel.
Los recuerdos se desvanecieron como tinta en el agua,
bajo el hielo aguardan las palabras que siempre
esperaron ser pronunciadas.
No hay regreso.
La tarde nos envolvió disfrazada en calendarios,
pero muy dentro un rayo de sol derritió el hielo.
Las hojas seguirán cayendo,
pienso,
quizás un día para encontrarnos,
quizás un sueño para descansar
y entender que habrá detrás del velo.
Los libros aguardan mil historias perdidas
entre tú y yo.
Entre tú y yo nos separa
el cielo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

LSHV

Puedo contar,
los días que,
me quedarán,
un hálito de incertidumbre
intenso,
no sabe como devolverme
el aliento.
Y cada canción,
en mi memoria,
me lleva hacia el vacío.
Una espiga seca,
atravesó el camino,
y me juntó hacia
el destino.

Que nos quedará
sino un puñado de palabras
sin decir,
tantas páginas vacías,
tantas canciones sin oir.
Lentamente el mundo
y sus latidos me llevaron de aquí.
Y no sé,
si estaré de nuevo,
bajo la lluvia que imaginé
en el desierto.

Y una voz me dice
deja los recuerdos,
aplasta la nostalgia,
que nada era cierto,
ni siquiera soñar.

Pero hace tiempo que,
la brújula se averió,
Barcos de papel,
hundidos bajo el sol.
¿Cuántos naúfragos,
habrán dentro del mar?

Y me imagino que regreso
y no puedo callar.
A veces pretendo escalar
una montaña blanca.

Y una voz me dice
deja los recuerdos,
aplasta la nostalgia,
que nada era cierto,
ni siquiera soñar...

sábado, 16 de octubre de 2010

A un objeto perdido

Querido Zi:

Que te diré... casi siempre es más fácil imaginar que hacer realidad los deseos... aunque a veces los sueños parezcan reales, sabes que en el fondo de todo ese desmembramiento no está ocurriendo... y que ese beso tampoco existe. Cuando los objetos perdidos regresan a tus manos, tampoco son los mismos; algo en ellos ha cambiado para entonces. Tus ojos ya no miran del mismo modo, y el aire tampoco es el mismo, ni similar... con cada día el cuerpo parece menos ligero, la carrera más lenta y la respiración más difícil. Con cada día perdemos algo de nosotros, sin darnos cuenta.....

lunes, 4 de octubre de 2010

Apnea


Intento dormir,
pero por alguna razón no puedo dejar de mirar
al obscuro colibrí en mi ventana...

lunes, 20 de septiembre de 2010

Robot

Los días de mi vida habían sido grises y turbios hasta entonces; aquella mañana, en que al fin desperté, lo primero que escuché fue un pájaro que se coló por la ventana. Desde la cama podía ver cómo mis libros no habían cambiado de posición; aparentemente, a nadie le importó en lo más mínimo curiosearlos. Las películas, que estaban apiladas en el estante, simplemente ya no estaban. El viejo póster de Golumque vino con el periódico de hace varios años, cuando se estrenaba la última parte de El Señor de los Anillos, estaba casi roto.

     Cuando intenté levantarme, descubrí asustado que la enfermera no estaba. Me habían dicho, a través del enlace cibernético vía R.E.M. que al despertar, una asistente aguardaría por mí. Sin embargo, a esa hora nadie parecía estar despierto; era un jueves, y supuse que mis hermanos estarían rumbo al colegio, y qué mamá estaría en su trabajo.

     La situación no me habría molestado en absoluto, de no ser por un pequeño problema: sentía enormes deseos de masturbarme. Sé por mi padre que en el pasado esta práctica era mal vista, y sé por mi abuelo, que su abuelo, le contaba que le saldrían pelos en la mano, si no se quedaba tuerto o ciego primero; el caso es que, siempre me pareció una burrada. Mi profesor de planificación, un hombre que se parecía a Milhouse de Los Simpsons, en pleno siglo XXI solía insinuar que eso también era causa de la calvicie, y que al abstenerse había logrado no sólo mantener una frondosa cabellera, sino también una serenidad digna de los ascetas más fieles. Años más tarde supe por algunos amigos que el tipo murió por sobredosis de viagra.

     Como les decía, mis días hasta ese entonces habían sido grises: todo comenzó cuando una terrible infección urinaria sumada a una hemorragia producida por una herida de bala, me había hecho perder el pene. Sí. ¿Pensaban acaso que estaba inválido? No. Sin embargo, gracias a la tecnología y a un experimento de ingeniería biomédica al que accedí a cambio de una cuantiosa suma de dinero que hoy me permite vivir sin incomodidades, ahora tengo un miembro genital robótico, gris, de frío metal. Sin embargo, lo que la ciencia no ha logrado hasta ahora es devolverme el placer que sentía a solas, sin necesidad de conquistar el amor de una mujer, sin necesidad de acudir a un cabancho de mala muerte o de propagar hasta el infinito el rentable negocio de los proxenetas, verdaderos putos a los que la sociedad casi siempre ignoró en detrimento de las hermosas prostitutas que alguna vez, gracias a la generosidad de sus cuerpos, hicieran de hombres vírgenes y casi maricas, hombres machistas y prejuiciosos.

     Bueno. Al menos puedo caminar y aparentar una vida normal. Pudo ser peor. Afortunadamente la ciencia estuvo de mi lado. Benditos sean los ingenieros biomédicos. Benditos sean los androides. No sé por qué, pero por alguna razón siento que soy parte de la siguiente generación que dominará este mundo.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Calles de barrio


Solía esperar sentado, caminando, corriendo y divagando durante horas; a veces no me importaba si llovía o si una avalancha humana se lanzaba en estampida. Cerca del lugar, un elefante blanco aguardaba por abrir los ojos; no muy lejos, la niebla negra lo envolvía todo.
    Acostumbraba repetir un nombre ahora desconocido en silencio, en voz alta; no faltó nadie que me creyera loco. Lejos, una solitaria cancha aguardaba el grito infantil y extrañaba el furor de los ya envejecidos. Las viejas barandas del estadio se oxidaban al ritmo de las hojas al caer; era un pueblo fantasma.
    A veces, para ser el primero en llegar, tomaba un bus cuya terminal era una estación de acero, gris, opaca, como un gallinero de dimensiones espeluznantes, y para partir, casi con el alba, abordaba otro colectivo de colores venidos a menos, de ventanas grasientas y de olores reprimidos. De vez en cuando el aroma de una empanada se colaba por alguna arista, entremezclándose con el anhídrido carbónico.
    Me pregunto que habrá sido de mí. Me pregunto qué habrá sido de esas calles de azul oscuro, tendiendo a negro. Me pregunto sí todavía suelen haber estampidas humanas capaces de la carnicería, la brutalidad y la sangre; me pregunto si habrán otros muertos en aquella estación gris.