sábado, 27 de agosto de 2011

Cosplay


Al mirarlo, era inevitable sentir que te kagabas de risa. Su capa roja, desteñida, era el tema preferido de charlas entre hermosas chicas fashion con rostros de color distinto al de sus brazos y muslos, entre viriles muchachos que destapaban botellas color café con los dientes, e incluso entre elegantes profes con un suéter en los hombros y un libro entre las manos.

Su nombre era Carlos López, y probablemente de entre todos sus miles de homónimos en Iberoamérica, era el único que venía a clases todos los días con una capa y un sombrero. Un amiga en común, Miriam, me contó alguna vez que la intención de aquella prenda, más que emular a Superman, era un desafío abierto a los convencionalismos de la moda, y que probablemente un día no sería repudiado, sino imitado. Los días pasaban y la tan anhelada tendencia no llegaba. Pero Carlos no dejaba de ir puesto la capa. Algunos chicos le decían el mago; no faltó el típico comentario de algún chico heavy metal que se atrevió a insinuar que el Carlos llevaba capa para ocultar que era incapaz de limpiarse el culo y que por ende sentía verguenza de mostrar sus pantalones. A los demás, simplemente la capa les parecía el típico intento por llamar la atención, debido quizá a alguna desilusión amorosa o algún malentendido crónico con sus padres.

Un día, mientras esperaba en el patio, el Carlos se sentó en la misma banca donde yo pretendía estudiar un libro de Michel Foucault, para impresionar a una chica que me gustaba. Desde luego, jamás entendí el libro; la capa del Carlos me parecía ridiculamente fascinante.

¿En donde te compraste esa capa? le pregunté.

Era una bandera del Friu  me contestó.

No sé porqué, pero ya lo sospechaba le respondí, hecho el interesante.

Te equivocas siguió.
No soy anticomunista como creo que estás pensando concluyó.

Entonces, ¿no es una especie de trofeo de guerra?

No. Simplemente me gusta llevarla.

En ese instante, por un momento, me sentí tentado a hablarle sobre el hecho de que las tendencias de la moda no admiten esas prendas más que en cosplays o en fiestas infantiles de cumpleaños; me sentí tentado a decirle que lejos de lograr el respeto de los demás, solo lograría que las personas se burlen de él por el resto de la carrera y quizás de su vida; sentí que debía sugerirle que llevar esa capa no le ayudaría a conseguir una pasantía decente y mucho menos un empleo estable, a menos que pretendiera volverse un remedo de El Santo o algún luchador de la WWE. Es decir, pasé en un minuto a ser de un simple compañero a un politólogo, de politólogo modista, de modista a psicólogo, de consejero vocacional a supuesto amigo y de amigo a inquisidor. Fue entonces que me di cuenta de que quien vivía disfrazado no era el Carlos López, sino yo.


1 comentario:

Dragón Negro dijo...

jajaja buenaso

yo aveces también me ponía capa en la facu, más por experimento social jeje, me encantó!

un abrazo desde donde habla el viento