lunes, 27 de mayo de 2019

Vida en Marte

Sentada con tus dudas,
sola,
frente al televisor.
El cielo permanece nublado esta noche,
aunque una luz solitaria te mira a lo lejos.
La luna no ha venido esta noche,
¿dónde habrán ido los hombrecillos verdes?
Te decides por salir,
el viento llegó sin ser invitado;
caminas junto al lago de La Alameda,
mientras te preguntas si hay vida en Marte;
todos están lejos.
La calle es un grito ahogado,
también los autos se fueron a dormir.
¿Qué habría sido de tu vida,
sí te subías en aquel autobús?
El miedo a morir ya no es miedo,
es tedio.
Entre tus pensamientos alguien ha muerto,
los hombrecillos verdes se dispersan sobre el cementerio.
Las mismas preguntas adolescentes conviven con tus canas.
Quisieras volver,
pero el nublado cielo ha descendido a la ciudad.
El amor no late tan fuerte como ayer.
Sentada frente al lago,
todavía te preguntas si hay vida en Marte;
la calle es un grito ahogado.

viernes, 29 de marzo de 2019

La mujer pájaro

No acostumbro beber café en sitios exclusivos o hípsters; soy más de esas personas que acuden a huecas baratas, de salchipapas o que se preparan el café en casa. Sin embargo, cierto día un libro en una vitrina, con una mujer pájaro en la portada, me invitó a pasar a una cafetería. Por dentro el sitio no se veía lujoso, pero sí acogedor. Varios libros aparentemente no leídos por nadie decoraban el lugar. Luego de pedir un café sencillo, solicité me presten el libro con la mujer pájaro en la portada. Era un poemario; a veces los versos se me hacen difíciles. De todos modos empecé a ojearlo, y entonces, entre las páginas al azar apareció un número apuntado en una página, con un poema titulado "Una taza de café".

        La curiosidad pudo más y guardé el número de inmediato. Terminado el café, y tras salir a la calle, las dudas sobre el número hicieron un nudo en mi cabeza. ¿Se trataría de alguien que quiso dejar un mensaje secreto? ¿quizás un número apuntado por alguien cuyo celular andaba sin batería? ¿un hombre? ¿una mujer? ¿un niño, un ángel, un demonio o un extraño ser? Ya en casa, decidí llamar a aquel número desconocido; antes de hacerlo, recordé por un minuto que hace años, tuve un sueño en que una chica que me gustaba durante la adolescencia me daba su número de teléfono, pero siempre aparecía incompleto.

        «¿Y si fuese este el número, por fin?» pensé ilusionado por un momento. «Creo que veo demasiada televisión». Me decidí por fin a marcarlo, pero descubrí con tristeza que ya no tenía saldo. Era de noche y no podría ya salir a una cabina para probar, pues el teléfono fijo de la casa estaba bloqueado para llamadas a celular.

        Al día siguiente, esperé con ansias que las cabinas cercanas a la casa abrieran. El número estaba completo; cada uno de sus diez dígitos era como una helada gota de lluvia sobre mi espalda. Pensaba entre tanto en una coartada. ¿Qué diría? «Si es un hombre, simularé preguntar por un tal Santiago; si es una chica, por una tal Isabel». Desde luego, jamás sería Elizabeth, la chica de mi adolescencia. Pero, ¿y si lo fuera?

        Horas más tarde, volví a buscar la cafetería con el libro de la mujer pájaro en la portada. No pude hallar el lugar. Pensé que tal vez me había perdido, o que quizás alguno de los negocios con la lanfort cerrada era el sitio aquel. Esperé hasta la noche. El sitio no aparecía, ni el libro en la vitrina. Había varios cafés, pero ninguno se parecía. «No puedo creer que se hayan mudado precisamente anoche», pensé. Fue entonces que decidí volver a probar el número. Durante el día, cada dígito que parecía una helada gota de lluvia me había dejado perplejo. No me atreví a llamar. Pero esta vez lo haría, o me volvería loco. Con unas pocas monedas alcancé a ponerme algo de saldo. Superado el trance, me animé a marcar. «El número al cual llamaste, no está disponible».

        Varios días después, casi superada la melancolía por el sitio y el número imposibles, llegué a una feria de libros. Estar allí me hizo suponer que deben existir miles de libros en el mundo, y muchos miles más de libros imaginarios que quizás no existen aún. Extrañado, me sentí sereno por fin, con la mirada perdida en uno de los estantes de la feria. De pronto, siento que por la espalda unos dedos fríos me dan diez topes. Es la mujer pájaro.


viernes, 15 de marzo de 2019

Jesús y Satán

¿De verdad te llamas así? le dijo el niño pastor, carisucio y con la cara llena de mocos al otro, más recatado y que aparentemente andaba perdido.
   —No tengo idea; hace cuarenta días que no he visto a mis padres— respondió, extrañado.
   —¿Tienes hambre? en la mochila tengo choclos y habas cocinadas.
   El muchachito de ciudad no acostumbraba a comer ese tipo de cosas, pero ya que no le quedaba de otra, tuvo que aprovechar el pequeño banquete.
   —¿Y me dices que no vas a la escuela?— prosiguió el fuereño, mientras miraba fijamente las manos del pequeño pastor.
   —Mi papá dice que debo cuidar los borregos.
   —¿Pero no lo harías mejor si supieras sumar y restar, el proceso de fotosíntesis o de donde vienen las cosas?
   —Se supone que ya lo sé.
   —Por ejemplo... ¿quién es el rey del universo?
   —Mi padre.
   —Jajaja... ya quisiera ser tu hermano.
   —¿Y quién te ha dicho que no lo somos?   —respondió plácido el pequeño campesino, ante la mirada desconcertada del niño de ciudad.
   Mira...si te doy un caramelo, ¿me dejarías jugar con alguna de tus ovejas? —propuso el niño de cara más aseada.
   —Dale. Pero si llegas a perderla, tendrás que darme dos de vuelta.
   —¿Y por qué lo haría? ¿no sería una nada más? veo que sabes de intereses...
   —No puedo arriesgar mi capital.
   —Eres un pillín —reaccionó el citadino sorprendido—. De acuerdo, dejaré en paz tus ovejas, pero un día morirás también.
   —Sí, pero volveré —replicó el pastorcillo.
   —Nadie regresa de morir —respondió Satán.
   —Solo morimos en el pensamiento de los que existen —concluyó Jesús.
   —¿Y ambos, existimos en verdad?

sábado, 9 de marzo de 2019

Mariana

Cada vez que pronuncio su nombre, no puedo dejar de recordar la leyenda de Mariana de Jesús, aquella que dice que «el país no se acabará por algún terremoto, sino por los malos gobiernos». Se me hacía un nombre tan clerical, como de monja; supongo tuvo que ver también el personaje de la novela A la Costa de Luis A. Martínez, Mariana, interpretado por Verónica Noboa, quien pese a tener senos pequeños, tenía un aire muy sensual.

        Todo empezó a unos meses de abrir mi cuenta de Instagram; un grupo de fotos de aficionados a Star Wars, la saga más geek del universo, captó mi atención. Era un muñeco stormtrooper sobre una roca; me pareció una composición genial. Miré entonces a su autora: llevaba el cabello negro corto, como emulando a la chica del video de Pearl Jam, «Do the evolution». Supuse era un cuadro como los del Andy Warhol, en una ciudad distante para él, en una época extraña, en un multicolor andino.

        La gente hoy emplea filtros para todo, desde caras de perros en Snapchat hasta cejas dibujadas sobre gorras de color fucsia, pasando por rodillas que algunas chicas hacen pasar por senos. Por un momento temí que Mariana fuera un producto de mi imaginación, quizás un proyecto de personaje de ficción basado en la malograda Mariana de Jesús y a la vez en la sensual Mariana de A la Costa. Por eso, la tarde en que la vi por primera vez, el mismo día que en Quito habría un festival de luces de colores mientras iba a la farmacia a comprar una medicina para mi gata, me costó creer que fuera real.

        Ya en confianza, una tarde quedamos vernos en el parque María Angula (el nombre es un alias del parque Navarro de La Floresta) para salir a tripear. Esa tarde andaba chiro; descaradamente hice que ella me invitara el plato de tripas.

        —Cuando te conocí pensé que no eras real —manifesté con la boca llena.
        —¡Ja, ja, ja! —respondió austeramente.

        Volví a verla en otra ocasión, durante un partido del Deportivo Quito. Conocí a su hijo, a quien le compró una camiseta para obligarlo a entrar en nuestra onda. «¡Hinchada! ¡hinchada! ¡hinchada hay una sola! ¡hinchada hay una sola y las demás son hijueputas!... Yo te quiero AKD, a vos te quiero, vos sos, mi vida... siempre te voy a a alentar». Un hincha viejo sentado junto a nosotros creyó que éramos esposos; decidimos no sacarle de su ficción. Al final, el Quito había ganado por dos a cero. Volvimos a quedar para otra tripa.

        —¿Nos veremos siempre tras una cortina azul de humo? —le dije, intentando una ñoña metáfora del asadero de tripas. Ni siquiera me respondió.
        Meses más tarde, a unos días del año nuevo, compartimos fotos del Almanaque de Murray y Lahmann, suponiendo que éramos los únicos que todavía lo compraban.

        Dónde esté, que la fuerza la acompañe.

Joy

Solía verla casi siempre bajando las escaleras, durante la facultad. Parecía venida del cielo; sus sambos negros eran como lianas de un árbol en alguna nube de lluvia. El apuro habitual me impedía mirar a sus ojos. Un chico, su novio, quien poseía una sonrisa afable, solía acompañarla; por aquellos días yo también tenía una novia, cuyo nombre ya me cansé de pronunciar hace tiempo.
   Los años que no perdonan distancias ni facciones nos apartaron, aunque los artificios tecnológicos humanos volvieron a acercarnos. Ya no somos los mismos, pero sí las canciones. Solía escribirle pequeños textos con letras de temas que suponía desconocidos para ella; intentaba meterme en su cabeza e imaginar los incontables viajes en bus junto a la radio y las miles de personas que habrían transitado por su vida. Un día me animé a cantarle por Whatsapp; hace mucho que ya no le temo al ridículo.
   Hoy, cada vez que conecto con ella, siento que sigue siendo como alguien bajando las escaleras, desde el cielo, como en la facultad.

jueves, 18 de octubre de 2018

Lidia Deetz

Te conocí en un día sin luz,
de esos que extrañas el sol,
pero eras la luna;
ojos tristes lejanos,
deseé ser Beetlejuice u otro fantasma
y envolverme en ti.
Náufragos de la lluvia;
el verte fue como el día en que conocí la nieve,
al filo del camino,
donde aguardaba el halcón.
Me pregunté entonces,
¿qué será de mí?
si un día quizás te encontraré,
si un día quizás me perderé,
entre tus ojos tristes.

Paseamos en el No Mundo,
mirándonos en silencio,
tú, la luna al mediodía y mi risa nerviosa,
en la encrucijada de todas las épocas y espacios.
Te recordaré tal vez,
me recordarás después,
pensando en ti.
Éramos dos fantasmas de ciudad,
náufragos de la lluvia invisible;
te conocí en un día de octubre:
me recordaste a Lidia Deetz;
me imaginé contigo en la orilla gris del mar,
bajo la luna del mediodía.
Un día quizás te encontraré,
te recordaré tal vez,
pensando en mí.
Un día quizás me encontraré,
me recordaré tal vez,
pensando en ti.
Un día quizás te encontraré,
me recordarás tal vez,
pensando en ti.
Me recordarás tal vez,
me recordaré otra vez,
pensando en ti.


jueves, 28 de junio de 2018

Lo que pudo ser

El largo insomnio parece llegar a su fin;
el verano ha dado tregua.
Todo se vuelve gris.
Entre los libros,
que pronto serán basura,
aguardan mil fotos,
con varios rostros desconocidos.
¿Habrán muerto ya?
La radio seguirá en antena aunque apague el receptor,
y la gente seguirá publicando tonterías.
Todo se vuelve gris.
Un viejo balón aguardaba en la bodega,
cuya soledad he interrumpido por accidente.
¿Y sí salimos a correr?
le pregunto,
como sí pudiera responderme.
Y escucho que nos hemos perdido de muchas tardes,
 y días de sol.
Todo se vuelve gris.
Siento sueño,
espero volver a casa,
se hace tarde para dormir;
todo se vuelve gris,
también la tarde.
Todo se ha vuelto gris.
El verano ha dado tregua y el sol se ha resguardado
para otros amaneceres.
Ojalá hubiese acudido a aquel baile,
ojalá me hubiese atrevido a dibujar eso que se me ocurrió un día.
Todo se vuelve gris.
Todo se vuelve negro.

sábado, 2 de junio de 2018

País de nadie

Viajas y estás solo
ningún abrazo es suficiente o real
Ninguna voz te es familiar
Ni la gente o aquello que te gustaba
Todo es distinto ahora
No has abandonado la ciudad,
mas es otro mundo;
Un país de nadie,
al que ya no perteneces,
Al que nunca perteneciste y
dejaste de pertenecer después de cada temblor,
precedido de fuegos artificiales.
Un sitio que sólo le pertenece al nepotismo y a la putrefacta doctrina.
Un basurero desechable,
Un árbol fantasma
Un mundo políticamente correcto que se va a la mierda
De salvadores del planeta que viven en una burbuja
De animaleros que se rindieron con la humanidad
De humanistas que sólo abrazan robots
De libros virtuales
De bárbaros postmodernos que se creen la gran webada,
Que paradójicamente te matarían por pensar distinto de aquellos que piensan distinto.
De días en que desearias apretar aquel botón.

viernes, 2 de marzo de 2018

Laguna

Ella era una grandiosa idea,
apuntada en un papel altamente inflamable:
entre las llamas del infierno.

lunes, 12 de febrero de 2018

Los tocayos

     —Chupa, loco...
     —Gracias, brou, pero tengo que irme manejando.
     —Tranqui, broder; si es el caso le digo a mi ñaño que venga a recogernos, el man es bien nerd respondió a su amigo, al que había hecho esa tarde, en el bar.

     Ambos se llamaban Gabriel; el uno, Gabriel Pérez, productor de televisión, fotógrafo y montañista de afición; era de esos chicos que en Facebook siempre lucía exitoso, guapo y algo arrogante. El otro se llamaba Gabriel López, veterinario, amante desde niño de los animales, y una de las pocas personas que jamás renunció a su vocación desde niño.

     Aquel día, por la mañana, Gabo, el fotógrafo bohemio, había tomado una ducha, desayunado un pedazo de pizza que había quedado de la tarde anterior, cuando por el cumpleaños de un amigo, se habían tomado unas bielas en su departamento. El mismo día, casi a las mismas horas, Gabito, el veterinario, había desayunado pizza también, aquella que sus padres compraron por la noche, y tras disfrutar del recalentado no alcanzó ni a bañarse pues, tuvo que salir a atender un perro, que otro infortunado amante de los animales y de la naturaleza atropelló sin querer con su moto.

     Un amigo en común de los dos Gabos, un tal Pablo, les había comunicado pasado el mediodía que Gaby para el uno y Gabriela para el otro, se casaría con Carlo, un manaba que, a diferencia de ellos, se habría rendido a la idea de matricidiarse. Esa misma tarde, ambos se dirigirían a la plaza Foch, el uno a una disco y el otro a un restaurante, pero terminarían en el Casino beat, un bar bielero con mesas al aire libre, en el que también habían coincidido ambos, ya que otros amigos de ellos también habían resultado en común.

     —No jodas, loco, ¿vos eras el Sambo de la Gaby? qué kague —le diría el montañista al animalero.

     Gabriela era una arquitecta que había salido con Gabo durante cinco años; llevaron un noviazgo que parecía de película rebelde al inicio, de cuento de Disney después y luego de profundo misterio. Casi que llegaba a la casa de la damisela como un miembro más; un día, sus futuros suegros, que ya no lo serían, tuvieron que regañarle para que no ponga las botas en el sillón. Gabriela aseguraba estar muy enamorada; cuando conoció a Carlo, dos años antes del final, prácticamente le despreció. Tras charlar por cuarta vez sobre la importancia del matrimonio, de la familia y de un proyecto en conjunto, y de responder por quinta ocasión que no era el momento ni el lugar todavía, ella le terminó.

     Entró con el Gabito tres meses después; durante un intervalo de ese tiempo, el Carlo le había sugerido salir de vuelta. A Gaby le gustaban los detalles, y Gabito sin saberlo, llegó a su corazón a través de ellos. Mientras tanto, Carlo no volvió a decir nada, o aparentó no decirlo. Hasta que volvió a ocurrir: una tarde, seis meses luego de empezar, Gaby le propuso a Gabito dar el siguiente paso en la relación, idea que Gabito rechazó, ganandose luego su respectivo hasta acá.

     —Chucha loco, yo si le quiero  a la Gaby... cuando te dijo que se casen debiste decirle que sí.
     —Sí chch, sí sé —respondió el amigo, en un momento de alta embriaguez, en que ya no se supo quién era quién.

     Carlo era un chico que vino desde Manta, y que gustó de Gaby casi de inmediato. Sin embargo, no cometió jamás el error de demostrarle aquello desde el primer momento, y supo, por aquella ocasión en que un primo de Gaby —no su novio Gabriel, ni tampoco el otro— le envió una caja de chocolates por su cumpleaños, y que eso le había cambiado la cara en un gran día de estrés. Y aunque Gaby no aceptó salir con él al mes y medio de romper con el primer Gabriel, tampoco se rindió, ni cuando llegó el siguiente, que por suerte, no le duró mucho tiempo.

     —A ese wanabee de Manabí quisiera sacarle la puggta chch —respondió el antes afable Gabito.
     —Yo te acolito, men —respaldó el otro.

     No importa cuan borrachos se pongan los dos Gabos. Seguramente al uno, cuando se le termine el capricho buscará otra pelada y luego otra, hasta que un día quizás, calmadas las ansias y el temor a estar solo, decida sentar cabeza. A Gabito seguro le costará menos tiempo; los chicos que gustan de los animales siempre son tomados por detallistas.

a Vale


miércoles, 7 de febrero de 2018

Creer

Y necesitabas creer en algo o en alguien,
y alguien que creía en algo o en alguien te arropó y abrazó.
Y en el calor de aquel abrazo creciste,
hasta que tu destino no fue el esperado,
y renegaste.
Pero necesitabas creer en algo o en alguien,
y abriste el corazón,
inspirado por videos y canciones.
hasta que el día llegó a tu corazón y no fue como imaginaste,
y con el corazón roto renegaste.
Pero necesitabas creer en algo o en alguien,
y abriste tu mente e inspirado por libros,
saliste a las calles, tiraste piedras,
echaste algunas bombas incendiarias,
expusiste tu corazón y tu mente,
pero el mundo no era como esperabas,
y el poder lo corrompió.
Y necesitaste creer en algo o en alguien,
y te fuiste lejos,
y lavaste tus ropas en el desierto,
mientras el sol quemaba tu espalda.
Y aprendiste otras lenguas y conociste otros pueblos,
pero seguiste solo al fin y el día nunca llegó.
Y continuaste necesitando a algo o alguien,
hasta que dejaste de temer,
y ya no necesitaste ni nada ni de nadie,
pero ya eras viejo para entender.

lunes, 5 de febrero de 2018

Chica nacional

Empieza el día
dejas atrás tus sueños;
en una almohada habita otro mundo.
Los pequeños deambulan por la ciudad,
y los hombres miran tras las ventanas.
Ya no eres esa persona por fuera
aunque no sientes el tiempo por dentro;
las industrias no paran de crear modas, aunque el sistema sigue siendo el mismo.
Chica nacional,
hoy no te vi marchar;
quizás sembrabas una amapola en el campo o corrías alrededor del mundo.
Tus besos que por cotidianos se volvían molestos,
luego echo de menos.
¿Quién entenderá tu mundo de verdad, quién debe entenderte?
Aún te miro a veces por el parque,
entre las voces de los árboles.
Cómo te veía ayer, saltando sobre las flores;
como te miro ahora, con una rama entre tus manos.
El extenso mundo era el sitio
donde soñaba volar a tu lado.

domingo, 3 de septiembre de 2017

El ovni

«CHCH, ¡HABLA SERIO MEN, NO JODAS, SEGURO ME FUMÉ DE LA BUENA! ¡HIJUEPUTA! ¡EL FIN DEL MUNDO! ¿PERO NO NOS VAS A HACER NADA, CIERTO? ¿VOS ERES BUENA NOTA, VERDAD? ¿Y CÓMO ES QUE ME ENTIENDES, CHCH? ¡JUEPUGGTA!» fue lo único que atinó a decir, luego de cachar que el pana que había conocido en el Instituto, era un extraterrestre, y luego de volver de vomitar por segunda vez.
        Kevin (nombre escogido por el alienígena), nunca fue popular en realidad; tampoco solía hablar demasiado, ni acudir a fiestas o intervenir en foros o marchas. Por nada del mundo alguien llegó a sospechar de su condición; nada más era un chico de Cayambe, que arrendaba un cuarto cerca de la Universidad Central, aparentemente gay (algo que en realidad no le importaba a casi nadie) y que no parecía tener demasiado apetito.
        Ahora que se sabía portador de un terrible secreto, Daniel, el amigo del Kevin, no sabía si decirle a Paulina, la chica que le gustaba —de pronto supuso que empezaría a fijarse en el ovni—, sí llamar a la Senain (consideró que le tildarían de opositor loco del Gobierno), llamar a los periódicos o a la tele, o al cura de la parroquia, al que una vez le robó unos dólares de las limosnas.
        Sabiéndose solo, sintiéndose Juanito de "Juanito y el lobo" y preguntándose de qué chch le servía tener un amigo de otro planeta, descubrió de pronto que quién había llegado en una nave interplanetaria, pero sin ningún poder, era él mismo.

martes, 11 de julio de 2017

Sobre la tienda

Son cada vez menos frecuentes las tiendas de barrio a las que puedes ingresar sin que hayan de por medio unos barrotes, cerca que se volvió frecuente, supongo, ante el evidente aumento de la delincuencia. El auge de los supermercados (a los que les costó muelas consolidarse en Ecuador) e incluso de los almorzaderos (que ahora se encuentran por todos lados), no ha podido de todos modos extinguir esta forma tan tradicional de comercio, en la que muchas veces nos engancharon con la lista del fiado, en donde otras nos vieron feo por traer cosas de la tienda rival, donde nos vendieron descaradamente en más de una ocasión las cosas más caras, o en donde les quedaron viendo feo a nuestras monedas de un centavo, convirtiéndose los tenderos muchas veces sin querer queriendo en cómplices de la especulación e inflación.
     En la tienda encontrábamos de todo: de pequeños íbamos por un chicle, y de grandes por una biela. Cuando el Gobierno nacional decretó la prohibición de la venta dominical de cerveza, muchas tiendas se la jugaron por nuestra sed; a veces también nos pasaron un vuelto demás, otras un vuelto de menos, que de pura pereza, ya no fuimos a reclamar. Me he topado con varias tiendas y anécdotas: en una ocasión, en la calle Honorato Vásquez, una señora me dio de vuelto alrededor de veinte sucres en monedas de a uno, que ya nadie aceptaba por válidas; uno o dos años después, el perro de esa misma señora mordió a mi hermano, costándole alrededor de diez o doce pinchazos alrededor del pupo. Frente a esa tienda, había otra, donde vivía una chica muy simpática a la que siempre me quedaba mirando de reojo, y que jamás me pararía bola. En la Valparaíso había una tienda muy bien surtida, a donde una vez mi tía me envió a comprar un cojín de shampoo (ahora reemplazado por el "sachet"), que por venir jugando con él al malabarista, terminé votando en una alcantarilla. Un vecino, que vivía por ahí cerca pero que nunca se hizo mi amigo, intentó ayudarme a sacarlo con un palo, pero al ver que el esfuerzo era inútil, terminó dándome otros veinte o treinta sucres para que comprara otro. Previo, o posterior a eso, al volver una vez de casa, se me habían caído en la calle 700 sucres de vuelto, de los que nunca supe que destino tuvieron, y que me costaron un buen jalón de orejas. Ojalá me hubiera gastado esa plata. Tremenda sarandeada en vano. En otra ocasión, rompí un huevo en otra tienda. La señora se mostró compasiva: me dio otro, sin cobrarme.
     Alguna vez mis padres tuvieron también una tienda, en la calle Iquique; creo que quebraron por mi culpa, pues me comía varias de las golosinas, en especial los yogures. También me robaba papitas y colas. Un día, me había destapado una cola y abierto una especie de inacake, que tenía una negrita en el diseño del empaque; me enteré entonces que la tienda no era más nuestra, la habían vendido a unos vecinos, ante lo que desde luego se me cayó full la cara de verguenza. Mis abuelos también tuvieron una tienda en Koyagal, donde además horneaban y vendían pan, y mis tíos tienen todavía una en Salinas. En nuestra tienda, los sábados solíamos poner un colchón para vender durante la madrugada del sábado a los borrachos siempre sedientos de biela o Trópico Seco; recuerdo que antes de quedarme dormido solíamos poner en el canal 5, donde pasaban películas de terror y luego el cine Pícaro, que solía acurrucarme, junto al sonido siempre hipnótico del frigorífico...

sábado, 4 de febrero de 2017

El último carnaval


Esa tarde escuchaba la radio plácidamente: vivía solo, la ciudad estaba vacía y me sentía en una especie de éxtasis criollo, que pese a la chirez, era grandioso. De pronto, la pantalla azul de mi celular trajo consigo un mensaje que acabaría con el sosiego: «Vamos a Guaranda, men», texto escrito por mi amigo el Lucho que, tan imprevisto como inesperado, terminó por llevarme en unas pocas horas a un bus.
        —La Paula me cachó tirando con otra man —me contó finalmente el Lucho, cuyo aliento a biela empezaba a incomodarme, a pesar de mi anosmia.
        —Chuta man —respondí. —Algún rato iba a pasar.
        Jamás imaginé que aquel carnaval tendría ese preludio; antes, los viajes a Guaranda solían estar precedidos de muchos globos de agua, de espuma carioca y de uniformes estilados y manchados con picadillo o alguna cosa. Luego, de esos bombazos que como piedrazos efectivos de fancotirador parecián reventarte la espalda y hacerte putear a alguien; luego, de las bazucas improvisados con tubos de PVC, que de terraza en terraza iniciaban la batalla campal en el barrio.
        —Sólo quiero perderme por un rato —interrumpió el Lucho.
        Llegamos aquel sábado casi al anochecer, y un bombazo nos dio la bienvenida. El ahijado de mi abuela, un tipo funesto y de quien la gente murmuraba que era gay porque ya era cucho y nunca se le conoció una moza, nos recibió no con muy buena cara. Al menos teníamos donde llegar.
Salimos de inmediato al centro de Guaranda, y las personas aún se echaban harina, huevos, achiote y carioca. Había música en cada esquina, además de tostado, fritada y pájaro azul.
        —Compremos trago, men —me dijo el Lucho. Encontramos una bodega que parecía sacada de otro mundo: tanques y tanques plásticos azules de cisternas chorreaban el líquido. Mi pana compró dos botellas de un litro, y empezamos a vagabundear con la preciosa ambrosía.
        —Yo le amo a la Paula, men.
        —¿Por qué la reemplazas entonces?
        —Es que también le amo a la Caro. No tengo la culpa, no elegí ser así —concluyó con una risa cínica pero infantil.
        Caminamos y llegamos hasta el coliseo de la ciudad; esa noche se presentaba un grupo de tecnocumbia. El trago empezaba a hacerme efecto.
        No sé cómo, pero terminamos desayunando en la casa de mi abuela, en donde el parco Daniel, a quien heredó la misma antes de morir, nos había ofrecido un plato de tostado y una especie de vainitas sazonadas que no sabían nada mal. En eso, el Lucho salió a vomitar.
        —Ya voy a limpiar Daniel, discúlpanos.
        —No te preocupes hijito —dile a tu pana que mejor se pegue un baño, arriba está la ducha, y luego salgan.
        No supe cómo interpretar ese «luego salgan». Lo único que se me pasó por mi adolorida cabeza del pájaro azul, es salir a mojar un rato.
En la ciudad, se había decretado que hasta las doce del mediodía se cortaba el servicio de agua potable.         Ya no era como en otros años, en donde la gente bombardeaba a los policías destacados en la ciudad para controlar los desmanes. Lo único que había para mojar, era pájaro azul, y el agua de las pocas piletas prendidas, ahora repletas de turistas.
        Cómo nos embarcamos de vuelta a Quito, casi lo he olvidado. Solo sé que me bajé en El Boliche, junto al Cotopaxi, donde una cistitis me obligó a tomar dos buses.
        Semanas más tarde, el Lucho dejó de escribirme. Hasta llegué a pensar que quizás se murió por intoxicación. Supuse era un efecto normal de tanto desmadre, y de tanta frustración. Ya no he salido a los desfiles de carnaval, ni me he disfrazado como en la escuela, ni he metido a alguien en una piedra de lavar. Guaranda se parece cada vez más a Ambato, mientras la gente se lanza huevos entre sí, ignorando que el propósito del Carnaval es el desmadre en sí.
        El Lucho me llamó hace poco. Me dijo que volvió con la Paula, pero que lo dejó dos años después.

sábado, 29 de octubre de 2016

El cine y yo

Soy de una época de transición: casi en nada, de una tele blanco y negro Sanyo de mi madre al videoclub de VHS (nunca tuve Betamax), los DVD's, el BlueRay (que aún no tengo), cable, Youtube, Netflix, y los cines tradicionales y las salas múltiples.
Mi primera vez en un cine es algo nebulosa: supongo que fue algo de Bruce Lee, en el Capitol. En donde ahora hay un edificio de departamentos, junto al Banco Central, había un enorme terreno baldío que hacía de parqueadero: sobre él, solían colocar enormes carteles ilustrados promocionando las películas de las salas de cine del Centro, y supongo que de todo Quito. Las vermouts eran comunes. Ya en la escuela, a fines de los 80s, nos llevaron a la dupla de ET y Cortocircuito, también en el Capitol, en donde también vi alguna de la saga de Locademia de Policía, con mi padrastro. mi tía, quien nos crió por un tiempo con mis ñaños, nos llevó en cambio al Alhambra. Allí recuerdo haber visto dos de la India María: Ni de Aquí ni de Allá y El que no corre vuela. También otra llamada 'La Jorobadita'. Las que más recuerdo sin embargo fueron Maniquí, la última peli que me vi en los 80's, y El Rey León, la última que vi en el Alhambra, en 1994, antes de ser convertido con el Capitol en una Iglesia "Pare de Sufrir". Al Teatro Bolívar sólo fui una vez: mi tío de Salinas nos invitó a ver Mi pobre angelito, peli que vimos ya empezada. Luego fuimos a la pizzería. Años más tarde el incendio.
Mi primera vez en los Multicines fue en El Recreo; las entradas eran más baratas, y la primera película en esas salas fue El talentoso señor Ripley, film que por cierto no he vuelto a ver ni en cable, así como '1001 chicas', la siguiente que vi. Mi primera vez en las salas del CCI fue con mi amiga Johanna Arthos, donde vimos una peli que trataba de unos tipos que buscan el rastro de una escritora en Inglaterra (en la peli sale Gwytneth Palthrow). Cuando mi hermano mayor Hernán Del Pozo Campana nos invitó a mirar todas las de El Señor de los Anillos, fue todo un acontecimiento. Amante de la adrenalina, solía a manera de ritual meter un pollo KFC dentro del canguil (en una ocasión osó mostrarlo sin pudor a la linterna del acomodador).
Algo que adoro de las salas de cine es la facilidad que tengo de quedarme dormido profundamente. Una vez, luego de un chuchaqui seco en que acudí a ver El cuco, me dormí casi de principio a fin. Lo mismo me sucedió con 'Valiente', en una sala de Cumbayá.
La primera peli que vi con esas gafas 3D tampoco la recuerdo bien, no sé si fue Garfield; pero lo que si recuerdo es lo fantástico que me pareció mirar Avatar así, una de las tres únicas cintas que me he repetido en una sala, junto con Snoopy y ET, que volví a mirar en 2002, el año de su vigésimo aniversario, en el Teatro Universitario. El mismo lugar a donde, estando en el Montúfar, nos llevaron a ver Armageddon en 1996. En el Teatro Politécnico en cambio vimos Space Jam, un año antes. La última vez que acudí a mirar una película en una sala tradicional fue en el Colón: Tesis, en 2002. A las pocas semanas el lugar fue demolido para hacer otro KFC: ironías de la vida.
Nunca he entrado en un cine porno; la leyenda cuenta que las personas se masturban dentro. No es que me importe demasiado, es sólo que no he hallado el chance. Una de las fantasías que nunca cumplí de adolescente fue ir con una pelada al cine. De haberlo podido hacer, me habría gustado mirar alguna película muy aburrida, para dar el salto de la ficción a la realidad.

viernes, 1 de julio de 2016

Colgó

Querido Zi:
"Te quiero", fue lo último que dijo al cerrar. Pero en esta ocasión, ya no sentí la fuerza de estas palabras. Hoy me di cuenta de que no importa lo que digas. Puedes pronunciar los más célebres y engorrosos discursos, que sin lo implícito, que si el alma no está presente en cada palabra, pueden ser nada. No han sido días fáciles. He pensado y cedido ante la confusión. En casa las cosas no van bien; mi relación con... cada vez es más distante. No sé a qué estamos esperando para separarnos: supongo que el miedo a no tener o saber dónde ir. Tampoco estoy en casa; vivo en un sitio prestado, que no me pertenece, por el que no pago nada, pero que debo cuidar como si fuese mío. No tengo nada realmente, ni siquiera el silencio o la obscuridad, pues una sirena desde lejos invade mi supuesta paz. Anhelo a los fantasmas, como si tuvieran importancia. Durante este año he acudido solo, sin ser invitado, a una cuerda floja. Me ha gustado tambalearme, ha sido excitante. Pero empiezo a caer. Y la última caída es la que más está doliendo. Supongo que lo tenía merecido en parte. Quizás hasta esperé por este dolor. No entiendo por qué las personas tendemos a ser tan masoquistas. Está bien sentirnos vivos, pero acaso, ¿no hay otras maneras?
Sólo sé que he aprendido que las palabras, por más color con que las pintemos, también pueden ser cascarones vacíos. Como ese "te quiero" sin alma, que escuché de su boca, antes de colgar.
D.

jueves, 23 de junio de 2016

Borges, Ficciones y yo

Tengo cierta maldición con el libro Ficciones de Jorge Luis Borges: siempre se me pierde. 
     ¿Qué cómo lo conocí? Un día que estaba chiro, y que me puse a buscar si había dejado un billete en algún libro, di con uno verde, de pasta bastante gastada. Tras constatar que no había ni un sucre, noté que en la página donde mi padrastro —el dueño de todos esos libros— solía firmar, decía "Jorge Luis Borges: El Aleph". Era poco o nada lo que en ese entonces había escuchado sobre ese señor: lo más parecido era un tal Alberto Borges, periodista fallecido que trabajaba en Ecuavisa y que presentaba Telemundo, el noticiero de musiquilla sacada del año de la chispa, al que le seguía el silencio del off de la tele. Miento: la primera vez que leí ese nombre, fue en un almanaque de editorial Navarrete, de 1999, cuando en una de sus páginas hallé un listado con las supuestas diez novelas más importantes del siglo XX, encabezada por En busca del tiempo perdido, y que tenía a El Aleph (no el de Coelho, el de Borges) en cuarto lugar. Medio curioso, medio aún con la esperanza de encontrar el billete, leí un encabezado que decía "Tlon, Uqbar y Orbis Tertius", que capaz a un guambra de este tiempo le sonaría a un grupo de reguetón. El cuento se me hizo indigerible de entrada. No pude continuar. Decidí seguir buscando plata en otros textos.
     Otro día, en que me las quise dar de lector (había escuchado que existen personas capaces de leer un libro diario), decidí volver a buscarlo, "como un desafío a las fuerzas del mal". Intenté volver a leer el cuento ese, cuyo título parecía el nombre de algún MC reggaetonero, pero la historia me repelió otra vez. Al darme cuenta de vuelta que se trataba de un libro de cuentos, y no de una novela, decidí buscar a ver si había algún otro relato quizás de aspecto más amable (por no decir más corto). Necesitaba sentir que era capaz de leer algo. Y fue entonces que lo encontré, al final: "El Sur". El título se me hacía factible, cercano. Y el cuento me atrapó. A él le siguió "Funes, el memorioso". Los releí, a ambos. Durante un almuerzo, cuando le pregunté a mi padrastro qué le parecía Borges, me confesó que sus libros se le hacían como muy abstractos, y que prefería cosas más vivenciales como Tólstoi o Chéjov, a quienes en cambio admito no leerlos (aún) por lo impronunciables que se me hacen los nombres rusos. Supuse que al dueño de la biblioteca de la casa le pasó algo similar, que se quedó con el cuento de Tlon y Uqbar. Pero decidí desde ese momento apoderarme para siempre de ese ejemplar de Borges, y leer esa narración como el desafío final. Ya había leído las demás. Ya me preguntaba si Judas en verdad traicionó o le fue leal a Yisus, o cómo le había hecho el traidor a la causa irlandesa para llegar ileso a Brasil. Era el momento del cuento abstracto ése, aquel que años más tarde encontraría algo similar a cierto objeto de la película Inception.
     Fue así que me adentré en la obra de Don Jorge Luis. Tiempo después me compré El Aleph, libro que pese a la gran fama que posee no se me hizo más bacán que Ficciones, y que un día presté a un tipo llamado Santiago S., quien no me lo devolvió nunca más, y también adquirí El libro de Arena, cuyo destino se me hace incierto, pues no recuerdo si también se lo presté a S. Sarango, o si me fue robado por Diana S., una chica a quién creí amar alguna vez, y a quien como prueba de mi supuesto amor obsequié el libro Ficciones que robé de mi padrastro. El punto es que, desde entonces, inició una especie de maldición; en 2007, adquirí un nuevo ejemplar del Ficciones, esta vez de editorial Emecé, que llevé para releer mientras viajaba al matrimonio del hermano de un amigo en Ibarra, y que perdí en el centro de esa ciudad, no recuerdo si en el restaurante donde comimos aquella fritada que me hizo mal, o en aquella heladería a la que tuve que entrar porque estaba urgido de un baño. 
      Un tercer ejemplar (similar al primero que tenía), me fue obsequiado por otra chica a quien también creí amar, y que consideré un símbolo de que todo lo bueno que das te es devuelto, a veces incluso de la misma manera. Cuando me lo dio, me hizo saber que lo hacía porque "sabía que era mi libro favorito en el mundo, y que estaba seguro de que lo cuidaría". Tiempo después de nuestra gran pelea, cuando tuve que devolverle varios libros y copias que me había prestado, la duda de sí debía devolver también ese bello ejemplar (que además estaba empastado) asaltó mi cabeza. Empecé a buscarlo por la casa, pero no apareció más. Por un momento, pensé que quizás ella misma lo había sustraído de vuelta. O que quizás, mientras mi carro estaba detenido por violar el pico y placa, algún metropolitano se lo sacó, quizás también con la esperanza de encontrar algún billetín, y olvidó regresarlo. O tal vez D. Simbaña, en una segunda ocasión que volvió a visitarme se lo llevó también.       Lo busqué por todos lados. Simplemente desapareció, como tantas cosas que se desvanecen sin explicación, o las que les salen patas y se van. El único ejemplar de Borges que me queda en casa es El informe de Brodie, mismo que sobrevivió incluso a un viaje entero a la Costa, donde trabajé por varios fines de semana con mis compañeros Carlo y NoF.
     He pensado en volver a comprarme el Ficciones de Jorge Luis Borges, pero no logro evitar pensar si el libro tendrá también destino incierto. Tal vez debí pedirle a mi padrastro que me lo obsequiara. Aunque mejor no. Hoy no habría motivado esta historia.

viernes, 17 de junio de 2016

Los primeros recuerdos de mi vida

Supongo que a la mayoría de ustedes les ocurrirá algo similar: unos recuerdos primarios medio evanescentes, medio nebulosos, quizás con ciertas lagunas. No conozco a demasiadas personas recordar su vida desde que eran espermios u óvulos; tampoco he conocido a nadie que asegure recordar como era su vida en el útero... En fin, aquí vienen los míos (salvo que los haya visto en una película o los haya soñado).
        Una de las primeras escenas, mejor dicho uno de los primeros colores fue el celeste. Creo recordar, no sé si al despertar una mañana o una tarde, que miré a través de una ventaja con reja, un cielo parcialmente nublado. Todos parecían dormir. Debió ser un día de noviembre o diciembre de 1985. Lo sé porque, a poco de ello, recuerdo una noche en que caminando junto a mi madre (es mi primera memoria con ella), me detuve a mirar una vitrina con luces de colores y unas bolitas blancas que luego supe, eran de espuma flex. Al preguntarle a Magui, ella me dijo que eso representaba a la nieve. No le pregunté más. Ignoraba que la nieve se diera en un ambiente frío: creía más bien que era como un juguete... lo mismo que creí cuando vi a mi hermano Urtx, en su programa navideño, recibir unos muñequitos, junto con una funda de caramelos. "Es el niño Dios". ¿Quién es Dios? "Es a quien rezas todas las noches". Diosito. Palabra que escuché a mi padre, un día en que me llevó a una piscina onda a la que le tenía terror, supongo por un instinto animal de conservación. Los mosaicos de aquella piscina eran como amarillos, o celestes. Recuerdo mis pies resbalando sobre ellos, y a la vez la sensación de seguridad que me daban.
        No me acuerdo exactamente de mi primer día en el Jardín de Infantes; sólo que antes de ese momento, me llamaban la atención unos muñecos con camisetas de colores, que venían en el Cola-Cao, un chocolate en polvo español, que mi madre casi nunca nos compraba, ya que prefería al entonces, supuestamente más accesible Milo. Las figuras eran los jugadores de las selecciones del Mundial de México 86. Una vez, llegué a ver en una vitrina la cancha con todos los jugadores. Del Mundial en sí no tengo mucha memoria; según mis tíos, que suelen exagerar, yo solía dibujar a Piqué, la mascota de dicho torneo, casi a la perfección. No recuerdo haberle dibujado, pero sí a la mascota: en la refri de nuestra cocina, que mi padre ganó como premio en una competencia de motocross, había un sticker sobre el congelador, que compartía pantalla junto a otro, con el dibujo de un motociclista. Lo que si recuerdo, y hasta ahora me queda una prueba, es que me encantaba rayar por todos lados, especialmente en los libros y espaldares de esponja de las camas. Solía tener además un sueño recurrente: siempre tenía entre mis manos un lápiz Steadtler rojo y negro, y trataba de despertar lo más pronto posible para que éste no se desvaneciera. Un día creí lograrlo; pero cuando desperté no estaba. Fue entonces en que quizás entendí la diferencia entre el sueño y la vigilia. Dormía en una litera. El primer recuerdo que tengo de mi hermano menor, Israel, es viéndolo llorar sobre la cama, agarrándose la barriga y moviendo las piernas, como pedaleando.
        Alguna vez, supongo que mi padre me llevó en su moto, que tenía un hueco cubierto con masilla, a su trabajo. Era en el edificio de la "licuadora"; el actual Ministerio de Turismo que ayer era Filanbanco. Conocí entonces las computadoras: eran aparatos similares a nuestra tele, pero con letras de colores. Ni siquiera entendía para qué rayos servían, pero me parecían interesantes. Nuestra tele. Era una Sanyo roja, probablemente de 20 pulgadas, en blanco y negro, con perilla para los canales. Siempre me encantó esa cosa. A mi hermano mayor le gustaba He-man; los sábados pasaban un dibujo raro, en cuya escena final aparecía una pequeña corriendo junto a un barco pirata que ¡volaba!. Años más tarde supe que era El Capitán Raymar. De la música: un día, en que mi madre nos llevó seguramente al Ipiales a comprarnos unos disfraces de Superman, Batman y el Hombre Araña (en ese entonces no distinguía entre DC y Marvel), recuerdo que escuchaba de fondo una canción que decía "Mami, el negro está sabroso, vení a jugar conmigo, decíselo a mi papa". También recuerdo escuchar algo que decía "patacón pisao... pisao". Claro, seguro canté Los pollitos dicen y algo de eso, pero esas fueron tal vez mis primeras pinceladas de música comercial. Entre mis primeros recuerdos del rock, en un inglés que hasta ahora no termino de entender, están Jump de Van Halen, y The final countdown, de Europe, según mi ingenuo entendimiento, la canción más emocionante del mundo. Y el recuerdo de nuestro primer viaje, al laberinto de la necrópolis de Tulcán, y a la iglesia de escalones sin fin de Las Lajas. El fútbol llegó algo más tarde, como en 1988. No lo entendía. No recuerdo haberlo jugado con mi padre. Sólo sé, que en el primer partido, ya en primer grado de la escuela Gonzalo Abad, al entrar, lo primero que hice fue agarrar la pelota con la mano. Recuerdo a mis compañeros intentando inútilmente explicarme las reglas del juego. Quizá se debió a que me fijé sólo en los arqueros, o en el árbitro. O quizás tuve una visión: debí jugar rugbi. Ya en el estadio Atahualpa, el tal Álex Aguinaga me parecía un buen tipo, y me gustaban los colores azul y rojo del Deportivo Quito. Aunque, por mucho tiempo, mi hermano mayor, quien había pasado unas vacaciones en Guayaquil donde un tío militar, me convenció por mucho tiempo que el Barcelona SC era el mejor equipo del mundo. Guayaquil. Lo conocí mucho después, y solo de pasada, para contemplar el mar por primera vez, en Salinas, un febrero ya de 1991, un año después del primer Mundial de fútbol que recuerdo de manera nítida, el de Italia 90, el mismo país al que mi madre emigró un noviembre de 1989.
        Y la estrellita de navidad. Y la niña que creía la más linda. Y los besos de telenovelas que me hacían pensar eran la razón de que las mujeres se embarazaran. Y el pueblo de mis abuelos, Koyagal. Y el pueblo de mi nueva familia, Tumbabiro. Y el parque de San Juan, en cualquier tarde remota de 1986, donde jugábamos con un coche verde de plástico prestado, que era muy chévere, y tenía un sticker que decía STP. Y el juguete que una vez mi madre nos regaló, un pato Donald sin cara, atado a sus tres sobrinos, que corría a cuerda y le hacíamos andar sobre la pista de autos de un niño del conjunto al que nos mudamos luego de la muerte de papá, en el mismo lugar donde tras una pelea le clavé un lápiz a mi ñaño mayor. Y el día en que me llevaron a despedirme de mi profesora del Jardín, sin entender porqué. O a mi hermano Fobost ayudándome a lavar mis calzoncillos, en aquel sitio de la Costa donde nos enviaron a pasar vacaciones y una noche nos sacaron para buscar a una vaca perdida. Y a mi hermano Urtx volviendo de Guaranda, a donde mi madre lo envió a vivir por un tiempo. Y Guaranda. Y la casa de la abuela. Y el cuadro del niño llorón. El niño llorón que quizás todos llevamos alguna vez dentro.

martes, 3 de mayo de 2016

El Grupo

¡QUÉ VAMOS A HACER AHORA! —nos gritó, con su histérico tono de voz, el mismo al que recurría cada vez que una mala nota se posaba como una amenaza en su envidiable promedio semestral. Desde luego, al Edgar eso no le importaba más que el próximo partido de Copa Libertadores de Liga, ni a mí, más preocupado de la Paulina que de otra cosa.
     La materia era Análisis de Coyuntura, y el tema de exposición era la Economía de la República Democrática Alemana en la década de los años ochentas. Nuestra histérica líder de grupo, la Danny, alguna vez nos conversó que existieron dos Alemanias, pero quien verdaderamente conocía de ese tema era el Santiago, verdadero conocedor de la geopolítica mundial, y quién sería nuestro salvador del semestre, incluso por encima de la odiosa de la Danny, que se las daba de conocer sobre todo pero que en el fondo no sabía nada, y mucho más de la Estefany, tan despreocupada como el Edgar y yo.
     El día de la asignación del grupo, nuestro plan era juntarnos el Santi, el Edgar, el Juan Carlos (mejor conocido como "Fercho"), la Majo (una man a la que el perro del Edgar le tenía ganas desde propedéutico) y la Estefy, pelada del Diego, a quien habríamos querido tener de compañero también, pero que se retiró el semestre anterior de la universidad. Nuestra profe, la Eugenia, quién gustaba de ser llamada así pero detestaba ser tuteada, sin embargo, decidió que "no habrían grupos por afinidad", y que serían designados a dedo. Así, se formarían cuatro grupos de 5 personas, dado a que éramos 20 en el curso. Por una extraña confusión, el Edgar y yo terminamos en el mismo grupo (en realidad se debió a que la profe no quiso que la Danny y la Pamela, bastante competitivas, quedaran en el mismo, por lo que decidió sacar a la Pame de ese grupo y ponerme junto con el Edgar, mi compañero de farra). Sin embargo, lo mejor fue que nos mandaran al Santi, un chico tímido pero bastante decidido en convertirse en abogado. Él y Danny seguro tomarían las riendas del tema, y no habría nada que temer. Pero tras la muerte del Santi, en aquel accidente en la carretera, y la negativa de la profe a extendernos el plazo por una semana más (vieja insensible), estábamos en un aprieto.
—¡QUÉ VAMOS A HACER AHORA! —nos gritó la Dany, a menos de 24 horas de presentar la exposición.
—Supongo que tendrás alguna cosa —le dije en tono algo cínico. 
—Qué verga de Euge, nos hubiera dado más chance, ni porque se murió el Santi chch