lunes, 23 de febrero de 2009

Carnaval


"Vas escuchando la voz,
del que suspirando canta,
qué bonito es carnaval"


(copla popular guarandeña)




Anoche no pude dormir por un profundo dolor en mi oído izquierdo: el motivo, un accidente al saltar de la tabla a la piscina en Cununyacu (Pichincha) a donde fui el sábado. Sin embargo, la razón de este post es el carnaval ecuatoriano, que tradicionalmente celebramos lanzándonos agua los unos a los otros, por lo menos acá en Ecuador, práctica que poco a poco se ha ido prohibiendo dada la cantidad de accidentes y el desgaste del líquido vital.


Guaranda en Bolívar y Ambato en Tungurahua son las ciudades con la celebración más concurrida, aunque tampoco se quedan atrás Chimbo (Bolívar) Guamote (Chimborazo) o las playas del litoral, que por estas fechas están a reventar.


Como dato especial, históricamente la ciudad de Ambato ha tenido siempre restringido el juego de carnaval con agua, a diferencia de Guaranda en donde todo el mundo se baña y moja, en una especie de batallas campales espontáneas. Otro detalle relevante es que la ocasión en Ambato se denomina "Fiesta de las flores y las frutas", y que tuvo su origen luego del terremoto de 1949. Respecto a Guaranda, allá se elige al "Taita Carnaval", personaje elegido de entre los ciudadanos más destacados de la ciudad.


En nuestro país se celebran cuatro días de feriado con ocasión de los carnavales. Cuántos días celebran ustedes en sus países?

jueves, 12 de febrero de 2009

Quizás para entonces ya estemos muertos


Entre mis reflexiones aparentemente intrascendentes (de esas que ocurren cuando, en medio de la calle o de la nada te hacen hablar en voz alta y hacen creer al resto que estás loco) recordé una escena de la película Lucas (1986) cuando el chico, interpretado por Corey Haim, le pregunta a Maggie (Kerri Green) con respecto a la visita de las langostas, que visitaban la ciudad cada diecisiete años, Qué pasará cuando ellas[las langostas] vuelvan? a lo que la chica responde "no lo sé" y Lucas replica "Espero que estemos juntos entonces". Bueno, aparte de la película que merece una reflexión aparte, y tomando en cuenta que de 1986 a 1998 pasé la primaria y la secundaria, y que para concluír el siguiente ciclo de visita de estos animales voladores restan seis años, supongo (es obvio) que podrían ocurrir otras tantas cosas, que tal vez ni las imagino.


Se hará realidad el ciclo del calendario Maya que asegura "el final de un ciclo" para el 2012? Clasificará la selección de Ecuador al mundial de Brasil en 2014? (Clasificaremos siquiera a Sudáfrica?) Concluirá Obama su mandato presidencial? Qué nuevos azotes nos deparará el calentamiento global? Cuántos nacerán? Cuántos morirán? Y luego de los diciesiete años próximos, y de los siguientes mil? (al menos me queda la absurda esperanza de que en cinco mil millones de años el sol se hará tan grande que absorberá el planeta, y luego también morirá como una estrella enana).


A propósito, entre las cosas que me inspiraron a escribir al respecto, está el recuerdo de un amigo del colegio fallecido hace casi un año, quién solía decir que "volvería desde el infierno para jalarme de las patas": de eso han transcurrido casi 10 años. No intento hacer una reflexión banal sobre el tiempo y su valor, tampoco sobre la pregunta tan trillada parecida a un drama mocoso, titulada "Qué estoy haciendo con mi vida" ni mucho menos. Tal vez quise dedicarle unas palabras a los recuerdos, no lo sé, a la nostalgia tal vez, o quizás me ha causado alguna sensación rara el ver en Youtube episodios de "Verano del 98" (teleserie argentina que por cierto, acá se pasó inconclusa), o tal vez he sentido cierta envidia del espectacular título del último post de Marcelo Dance denominado "Recuerdos del futuro".


Dónde estaremos cuando las langostas regresen? Quizás para entonces ya estemos muertos.


A José Luis Trujillo

jueves, 29 de enero de 2009

¿Quién tiene la razón?


Realizando un análisis de editoriales de los más grandes medios de comunicación del Ecuador me di cuenta de que todo el mundo reclama mayor libertad de expresión; sin embargo, ese "todo el mundo" tampoco representaba a todo el mundo: por todas partes se exalta a la oposición del oficialismo, y en ningún apartado o "defensor del lector" había un espacio para que alguien del otro bando pudiera defenderse. Ayer, en una de las ediciones de diario El Comercio, en una de esas contadas excepciones en que se publica la opinión de algún lector adverso a la línea editorial del diario, la "nota del editor" no se hizo esperar, resaltando la supuesta "libertad de expresión" en respuesta a una queja sobre una columna del cubano disidente Carlos Alberto Montaner (muy conocido por su oposición al régimen socialista de Fidel Castro).


No soy abogado del presidente Rafael Correa ni militante de Movimiento PAIS, sin embargo, al percibir las contradicciones que editores, columnistas y analistas de coyuntura camuflan tan perfectamente para no decir mucho, uno puede darse cuenta de que ese papel del periodista, tan cuestionado y a la vez tan defendido de "buscar la verdad", no es tal: por el contrario, y en muchos casos, el papel se convierte en un "redefinir la verdad", según tal o cuál sector la necesite.


¿Quién tiene la razón? ¿Será la derecha conservadora y omnipresente o la seudo izquierda dogmática y prorrevolucionaria? ¿Será la centroizquierda socialdemócrata tantas veces silenciada y subestimada o la anarquía que pretende convertirse en fuerza "política" luego de años de apolitismo? ¿Serán el mercado y sus tesis darwinistas y keynesianas que hace mucho desecharon los modelos de estado de bienestar por una mayor acumulación? ¿Serán los chinos, los hindúes, los judios, los musulmanes, los cristianos? ¡Quién tiene la razón!


Mientras conceptos como democracia, libertad de expresión, bienestar social, economía social de mercado y otros tantos sean ambiguos y relativos, el objetivo de la tan anhelada verdad parece estar cada vez más lejos de nuestro alcance.

martes, 20 de enero de 2009

Destroyer





Algo dentro de mí,


fluye fuerte y es gris,


no te siento aquí,


sólo al silencio.


Algo dentro de tí,


es oscuro así,


no consigo dormir,


no es lo que siento.


Ya,


la ciudad ya no,


es una respuesta al dolor


y no,


puede que no,


nada será igual,


nada, no.


Algo dentro de mí,


algo dentró de ti.


Algo cerca de aquí,


sólo el silencio.


Algo dentro de tí,


tenue lluvia de abril,


el recuerdo que no,


regresa nunca.


Algo dentro de mí,


algo inútil al fin,


algo cerca de mí,


es lo que siento.


Algo dentro de tí,


la ausencia al fin,


la respuesta que no,


tiene sentido.


Algo dentro de mí,


algo dentro de tí,


nada, nada así,


sólo el silencio.

martes, 13 de enero de 2009

Martes 13


No, no hablaré sobre algún monstruo al estilo de Freddy Krueger o Jason ni tampoco repetiré el ya conocido refrán que te recomienda no emprender nada en esa fecha. Simplemente quiero compartir una experiencia que me ocurrió durante esta mañana de martes 13 de enero de un año cualquiera.


Llegaba a la Universidad para dictar un taller en la Facultad de Comunicación Social cuando, en medio de mi acostumbrada distracción, escuché el fuerte llanto de un perro. Nunca me agradaron del todo ese tipo de animales; siempre me he sentido más familiarizado con los gatos. Sin embargo, he visto muchos perros, y creo que después de las personas son los seres vivos que más se dejan ver en la ciudad. Estaba justo en el ingreso oeste de la U. Central, la mayor Universidad del Ecuador. Los chicos llegaban apurados a clases: eran las siete y media de la mañana (acá se entra a las siete), por lo que la ansiedad se respiraba en el ambiente y también dentro de los vehículos que, sin ningún tipo de consideración aceleraban al cruzar el control de rutina de la guardia universitaria. "Era una man locaza en un carro plomo" escuché poco después a uno de los muchachos que había presenciado el accidente del infortunado animal.

Ya concentrado en el pequeño perro, cuya raza desconozco pero puedo describir que era uno de aquellos muy peludos y de color gris, lo siguiente que sentí fue un tipo de angustia causado por el agudo lamento de su interior. El perrito daba varias vueltas; entonces empezó a vomitar. "Creo que se va a morir" pensé. El animalito estaba en medio de la vía; de mi lado, unos metros más abajo estaban unos chicos aparentemente sin nada que hacer con varias expresiones: unos tenían cara de asombro, alguno trataba de esconder una carcajada inexplicable. Fue entonces cuando decidí acercarme. "Al menos voy a colocarlo sobre el jardín del otro lado para que muera con algo de dignidad", reflexioné ingenuamente. Entonces apareció alguien: tenía el aspecto de los chicos ecuatorianos que gustan del heavy metal. "¿Vas a acolitar a llevarle al perro? Más acá hay una clínica en la Facultad de Veterinaria" me dijo mientras levantabamos entre los dos al desafortunado perro.

El consultorio veterinario de la Universidad de no se hallaba demasiado lejos. Mientras llevábamos al perro, no decía nada. Por un momento me detuve a examinar sus grandes ojos negros, que bajo ese pelaje abundante brillaban a pesar del dolor.

-"La consulta cuesta seis dólares, ¿alguno de ustedes es el dueño del perrito?" nos dijo la joven practicante encargada del consultorio.

-No, sucede que le acaban de atropellar y decidimos traerle para acá- respondió el chico con quien intentamos socorrer a la criatura.

-"Chuta, le puedo dar desinflamantes y examinar si no tiene otras fracturas, pero no podemos tenerlo acá... pero si quieren asegurarse al menos de que le den hospedaje les recomiendo llevárselo a Protección Animal, que no queda muy lejos de aquí de la Universidad" continuó.

Por fortuna mi nuevo y a la vez desconocido amigo estaba en un vehículo junto a sus compañeros de facultad y trasladamos al perro hasta el Consultorio de Protección Animal Ecuador, ubicado unas calles más abajo de la Facultad de Veterinaria.

Al volver a amarcar al peludito animal, me acordé de todos los perros que alguna vez formaron parte de mi vida: una perrita que vivió con nosotros cuando eramos más chiquitos, otra perrita que encontré bajo un árbol y adopté por un tiempo pero que murió por un descuido mío, y otra perrita arrugada que mamá me obsequió durante la última navidad. Al bajarnos del carro para ingresar al PAE, el perro volvió a chillar con fuerza: una de sus patas estaba sangrando.

Hasta allí llego nuestra travesía. Tuve que seguir mi camino hasta la Facultad, en donde aguardaban mis alumnos del taller. El chico rocker y sus dos amigos se quedaron con el perro en el consultorio. Hoy me he puesto a pensar en lo duro que debe ser vivir no sólo para estas criaturas, sino para todos los seres vivos que se encuentran sólos en tantas circunstancias. No sé que pasará con el perro; me alienta un poco el hecho de que en el consultorio universitario la doctora nos dijo que el animal no tenía un mal aspecto y que parecía que estaba bien alimentado, por lo que posiblemente se trataba de la mascota perdida de alguien. Espero que así sea. Sin embargo, no puedo estar seguro.
Nunca le pregunté cómo se llamaba al chico que me acompañó a llevar al perrito. Supongo que en el dolor los nombres, etiquetas o refranes son lo que menos importa.

martes, 9 de diciembre de 2008

Aquella despedida


En ese instante ignoraba que ese café que bebíamos juntos sería el último. Hacía frío; eran como las seis de la tarde, y debido a mi origen equinoccial, no sabía si aún era de tarde o si ya era de noche. En todo caso no importaba; mañana volvería a casa.

-Quisiera conversar sobre tantas cosas- le decía a mi cabeza. -¿Por qué será que siempre reaccionamos un poco tarde? concluí.

Casi de inmediato recordé todas esas cosas que quise hacer pero de las que sólo me quedaron las ganas: trotar junto al río, caminar a solas por el bosque, caminar sobre el puente. Sólo pude recoger un poco de nieve entre mis manos.

Frente al televisor que estaba apagado, estábamos ella y yo, sin decirnos nada. Las horas transcurrieron. Nunca más nos dijimos nada.

El invierno siguiente supe que su madre había fallecido; hacía tiempo que dudábamos sobre dar un paso hacia adelante. Hace no mucho que decidí dar varios pasos atrás. Ella volvió con su antigua pareja; yo quise volver con la mía pero ya no fue posible.

Hoy hemos charlado por teléfono unas pocas palabras. Algo me advirtió en secreto que ella estaba enferma; me alivia saber que se encuentra reestablecida.

Al volver a hablarnos, la sensación que sentía al charlar con ella ya no fue la misma.


A Leticia

lunes, 8 de diciembre de 2008

El duende


Había una vez un duende que tocaba la guitarra; mientras hablaba con él cada noche, los vecinos murmuraban que estaba loco y que necesitaba de una buena paliza de mi padre para dejar de alucinar. Nunca hablé con los vecinos. Mi padre nunca me llevó al psiquiatra. Una noche, el duende desapareció. Tenía 7 años.
    Cuál salto cinematográfico, ha pasado medio siglo y me he divorciado un par de veces. Un día, luego de buscar la foto de mi hijo fallecido aquella tarde de otoño que he preferido olvidar, escuché unas notas lejanas. Era el duende; estaba parado junto a la ventana. Quise preguntarle si sabía algo del Jonathan, o si había charlado con mi madre. El duende no dijo una sola palabra. Solo me hizo una señal, para que lo acompañe.
    En medio del parque, aquél místico ser me condujo hasta un árbol que tenía un nombre inscrito con una llave. No lo podía creer; a veces, cuando algo fuera de lo común sucede simplemente pasa desapercibido. El duende me entregó la llave, y casi de inmediato regresé a mi casa.
    Una vieja y sucia caja de madera aguardaba desde siempre en el fondo de un armario. Junto a la caja encontré un álbum con fotos del Jonathan y de Lucía, mi exesposa. Una emoción inexplicable acompañada de un temor profundo hicieron latir mi corazón como nunca. Era un momento solemne. Pero no pude con él.
    Mañana abriré la caja.

A Fernanda


martes, 25 de noviembre de 2008

Nunca más el mar


Sensación de olvido,
el aire que hoy respiro;
las hojas de los árboles no
cesan de caer.

Las lejanas olas han borrado
tus huellas,
ya no reconozco ningún centímetro
de nuestro espacio común;
en un libro de la inmensa biblioteca
he perdido la hoja donde
inscribí el primer poema;
era preciso,
la memoria era frágil.
En medio de la cordillera se ahogó
el último grito por tí;
ya no puedo hacer que tu alma
me hable.
Mi interior es un espacio hueco
ahora;
se siente tan extraño...
La flor que plantamos juntos
se ha secado.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Sobrevuelo


A cada instante algo que intento
olvidar sin éxito,
mi mente se fragmenta con cada
despertar.
Largo es el divagar por
la ausencia.
El ruido se hace intenso
a media noche,
en el límite entre la vigilia y
el insomnio.
Miles de luces atravesando
el aire,
me elevo sin querer,
no puedo parar.
El corazón parece obedecer
algún mensaje subliminal,
no hay escape,
volar parece posible por
primera vez,
atravesar las paredes como un
fantasma también.
El éxtasis se acelera,
no quiero despertar,
el aire empieza a descender,
el aterrizaje ha sido forzado.
Ignoro cuan cerca estoy a veces
de perderme.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Adictos al dolor


Muchas veces el sentimentalismo oculta una faceta a la que pretendemos oponernos precisamente por buscar el afecto o alguna de sus formas derivadas: somos adictos al dolor, necesitamos del sufrimiento como elemento para el balance de nuestras vidas, a veces como una justificación de la alegría, a veces como el reconocimiento pleno y fundamental de nuestra humanidad. Cuando la desgracia nos es esquiva nos empeñamos en inventar cruentos monstruos que nos acompañen para no estar solos, y cuando estamos demasiado inmersos ya en esa sensación considerada como negativa por los lógicos y tecnócratas de la moral, de inmediato volvemos a buscar a la alegría como el placebo para el día siguiente volver a enfrentar la cotidianidad con valor.

Una venda sobre nuestros ojos es la indumentaria que nosotros mismos colocamos en nuestra cabeza, un sueño es lo que intentamos recordar día tras día para no sucumbir ante la atmósfera de la etiqueta y las buenas costumbres que la abuela tanto se empeñó en defender y la iglesia en amparar... mientras escribo estas líneas un terrible vacío me invade, pero en cuanto miro al cielo no puedo evitar llenarme de esperanza otra vez.


a Adriana

sábado, 1 de noviembre de 2008

viernes, 24 de octubre de 2008

Sole


Entre un sueño y
el insomnio,
entre el recuerdo
y el porvenir,
entre el mar y
el cielo.
Mis pensamientos
y mi corazón
son suyos.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Saudade


La tristeza encuentra mil
maneras de expresarse,
en mil idiomas,
siempre con un mismo
significado profundo.
Saudade,
melancolía,
sadness,
que más da,
que importa la forma
cuando el fondo es
el mismo,
una sensación de querencia,
un atardecer adormecido...

viernes, 12 de septiembre de 2008

Convalecencia


De pronto, todos los fantasmas de mi mente se quedaron encerrados en un cajón. Esa noche no pude dormir: algo no andaba bien, era como una imagen persistente que sin embargo, al levantarme, ya no pude recordar.
    —Qué agradable es respirar— fue lo primero que se me ocurrió decir esa mañana.
    Afuera el sol era insoportable; el médico me había sugerido cuidarme del frío, pero toda esa luminosidad era excesiva. Alguien me dijo en una ocasión que pretendía parecer un tipo todo oscuro; hoy mientras escribo estas líneas eso solo me causa gracia. Personalmente, creo que la oscuridad o la mente en blanco son más nobles que una mente gris.
    Cuando te quedas en cama luego de tres días de fiebre, las horas pueden parecer tortuosas. Durante la primera noche deseaba con fervor escuchar a alguien: las alucinaciones empezaban a surtir efecto. Sentía como si me hubiesen dado una gran paliza. En la tele pasaban los mismos enlatados de siempre.
    Durante el segundo día, las voces amigas empezaron a hacerse escuchar. Fue agradable: creo que solo en esos instantes realmente aprecias a quienes ya no están o a quienes crees detestar. Al abrir una de las ventanas, una brisa de verano irregular fue la bocanada más dulce de todas.
    Ayer, mucho más repuesto ya, una alucinación más se hizo presente: alguien que creí muerto, me hizo una llamada telefónica...


miércoles, 3 de septiembre de 2008

Ese momento


Un día,
cuando las palabras
ya no tengan sentido.
Cuando hayamos dominado
al silencio,
cuando nuestros pensamientos
dejen de atormentarnos y
sólo nos permitan crear.
Un día,
cuando despierte y
mis fuerzas no flaqueen,
cuando mi voluntad se
haga más grande,
Un día,
cuando deje de soñar
y empiece a construir
los castillos que eran
sólo anhelos.
Un día,
cuando simplemente
me decida pa vivir.
En ese momento...

jueves, 21 de agosto de 2008

Grietas


Luego del atardecer.
cuando las flores se
marchitan,
lejos del fin,
tan cerca del recuerdo,
de un sueño.
Las nubes se tiñen
de gris,
en cada anochecer,
se apagan ya.
Y el viento es,
una excusa para
caminar,
y sentir alrededor,
el aliento que rebasó
los límites
de la cordura,
soledad,
una canción frecuente.
Las grietas sobre la pared,
pequeños agujeros que nos
recuerdan segundos perdidos.
Nos damos cuenta que quienes
nos acompañaban entonces
ya no están.
Mientras intento inútilmente
una canción otras risas
se escuchan en la calle,
otros sueños,
otras ilusiones,
serán el alimento de
nuevas flores,
ojalá que la lluvia
sea dulce nuevamente...

jueves, 14 de agosto de 2008

Despedidas


Ciertamente resulta difícil decir adiós a algunas cosas, en especial cuando llegar a la decisión ha sido un proceso muy lento y complicado. Muchos podrían considerar a esta observación como una querella, quizás una exageración, o como dicen, "buscar los cinco pies al gato" (en el fondo nunca comprendí esa frase, como no comprendo todavía eso de "sentar cabeza" o "madurar", ni que fuera un aguacate).


Muchos suelen presionarte para tomar decisiones, cuando en el fondo ni siquiera ellos saben que hacer consigo mismos... en otras ocasiones en cambio, nadie te escucha o alega demencia ajena (luego insinúan que te encuentras a la defensiva).


Adiós a tantas cosas... sería genial poder escapar ileso de todo, sin un solo rasguño... ¿Será eso posible?

lunes, 4 de agosto de 2008

Un gato en la oscuridad


   Llegó una noche de diciembre: Andrea decía que desde hace rato escuchaba un ruido similar al de un bebé. En la tele pasaban un episodio interesante de Smallville, y un poco antes habíamos comido chaulafán con cola, por lo que no tenía el menor interés de salir a la calle de nuevo. Unos pasos se escuchaban a cada rato en la terraza; «seguro es algún vecino tuyo» le dije a la Andrea, luego de su insistencia que ya me estaba fastidiando.

 —Veré que pasa —respondió, evidentemente cabreada.


     Los minutos pasaban y Andrea no volvía a la cama. "Amor, ya, disculpa" dije en voz alta. Hacía rato que veía la luz de la cocina encendida. Por un momento pensé que para la Andre era un cobarde; pero me sentía tan cómodo y caliente bajo esa suave cobija, que me fue imposible salir.

     Andrea no regresaba.

  Luego de terminarme el botellón de Pepsi, me fui inútil seguir resistiendo las ganas de ir al baño. Fue entonces cuando escuché también aquel ruido similar al de un bebé.

  De repente me acordé de todas esas historias de Oliver Twist y el Éxodo de la Biblia, con bebés en canastas y todo ese rollo. ¿Habrá alguien dejado fuera a un bebé?

   —No, Mauro —me dijo ella, como si hubiese leído mis pensamientos. —Es un gato; tenía hambre.

     Y de inmediato, me presentó al escuálido animal, quien al verme, salió corriendo asustado.

     —¡Qué hiciste Mauro! —me dijo Andrea. —¡Pobrecito, no ves que llueve full!

Aquella última frase me hizo sentir incómodo. —¡Ya, si le quieres más a ese gato quédate con él, me voy a mi casa! —le respondí, en un intento casi televisivo de hacer una escena.

     No demoré mucho en salir de la casa de Andrea. En efecto, llovía; podía ver mi aliento como un pequeño humo blanco en la noche. Estaba muy enojado. «¡Gato infeliz!», me decía a mí mismo, mientras una señora que andaba cerca murmuraba en voz alta «quesff, guambra loco».

     Al llegar a la parada de buses, una especie de remordimiento empezó a alterarme. La Andrea era algo obstinada, pero la amaba. Y me gustaba que quisiera a los gatos. Yo también tuve una hace mucho tiempo; pero la debilidad de sus cachorritos, que ocasionaba sus fallecimientos tan prematuros, era algo que en mi infancia me había marcado un poco. No quiero parecer cursi en esta instancia, pero aquello me entristecía mucho.

   Decidí volver a casa de la Andrea. Entonces, en medio de la calle, apareció el gato.

     —Gatito, ven acá —intenté decirle, como si el pequeño felino pudiera entenderme—. Si vienes acá la Andrea nos dejará entrar a los dos—insistí. De repente, el sonido de una puerta interrumpió nuestro diálogo.

    —¡Qué quieres!—me dijo la encantadora pero enfadada voz de Andrea.

    —Yo, este... disculpa, no quiero que estés enojada conmigo, por favor —le dije. —Te quiero... no peleemos esta noche —concluí.

    Lo siguiente que recuerdo fue que nos abrazamos, encima de la calle que parecía un brillante espejo por la lluvia.

   Mientras escribo estas líneas, acabo de enterarme que Tali, como bautizó Andrea a la gata (que obviamente resultó no ser un gato) ha tenido tres gatitos de todos los colores. Hace casi un año que no he visto a Tali, desde que la Andre y yo terminamos; lo último que recuerdo es que una noche, un poco antes de nuestra ruptura, mientras la Andrea y yo veíamos la tele, la gata me aruñó impunemente.





jueves, 5 de junio de 2008

El parque


Durante la tarde sentí muchos deseos de visitar La Basílica del Voto Nacional, una imitación del gótico clásico que García Moreno soñó en el siglo XIX para la entonces República consagrada al Sagrado Corazón de Jesús del Ecuador. Nunca pudo verla terminada; tuvo que ser otro presidente "cristiano", León Febres-Cordero quien tuviera que concluirla, más o menos. En realidad La Basilica es un elefante sin varias costillas; aún así, en ese lugar se celebran ritos, eucaristías, bodas y funerales, sin contar que bajo los cimientos de la Iglesia se halla un cementerio cuyos mármoles nos recuerdan el frío de la muerte...


El campanario, cumbre de ese deseo, es de lo más espectacular. Desde allí se puede mirar casi todo el Centro Histórico de Quito, una ciudad repleta de iglesias, de fe y de muchas incertidumbres. Desde aquél sitio, por lo general más lleno de turistas extranjeros que de nacionales, a veces se ignoran los sueños de las personas que desde aquella cima (una invitación abierta para los suicidas) se ven diminutas.


Hace 20 años nuestra familia vivía cerca de aquella catedral. El recuerdo que más me visita es el del reloj, que cuando niño me parecía más gigante que la Luna. En la actualidad ya no me parece la gran cosa, aunque, debo admitir que las luces de colores que la visten por la noche, son simplemente espectaculares. Como decía, viviamos allí cerca, en la calle García Moreno, frente al parque que hace algunos años decidí visitar como una excusa para no ir al cementerio a recordar a mi padre y mas bien acercarme a su recuerdo en ese sitio, un poco menos sombrío. Como les decía, hace diez años regresé al parque, en una noche de seudoinvierno ecuatorial, mientras unas diminutas gotas de lluvia parecían tomar color junto a las luces de un poste. Por aquellos días, mientras cursaba el sexto curso del colegio, soñaba con tocar en una banda de goth rock, aparecer en el Rockumental de MTV y jactarme de ser famoso. Por aquellos días la nostalgia me recordó también que cuando más chico, a mediados de los ochentas, deseaba ser un pintor o algo así; ignoraba palabras como comics, pero ya soñaba con ser autor de ellos. Teníamos una perrita, Pitufina, a quien una tarde, junto con mis hermanos, lanzamos por la antigua resbaladera de cemento que es, hasta hoy, el símbolo de la eterna inocencia de aquél parque, y el recuerdo de que la niñez, quizás por exigencias del sistema o por ingenuidad, se renueva constantemente.

Cerca del parque a veces los chicos se sientan a beber alguna cerveza o vino de cartón. Las chicas también se hacen presentes, se hicieron presentes y seguirán haciéndose presentes, porque así como la niñez, la adolescencia también se renueva.


La tele ha sido, durante las últimas décadas, algo así como un símil de Dios; en un altar dentro de la iglesia, en un altar dentro de la casa. Las telenovelas, ingrediente casi esencial de la cultura latinoamericana, no tardaron demasiado en inquietarme, a pesar de mi corta edad, especialmente por las escenas de besos, que inocentemente creemos primero que se los podemos dar a cualquiera, y sólo cuando nos acercamos a la adolescencia empezamos a sentirlos prohibidos. Así, cuando mamá trataba de explicarnos que esos gestos afectivos no podían ser correspondidos por cierta razón oscura, sin saberlo, nos iniciábamos en el entrenamiento para el rechazo, para la victoria futura, para encontrar a ese alguien especial. Diez años despues, diez años atrás desde hoy, ese alguien especial ha vagado como un fantasma en distintas formas: con una falda a cuadros, con un blue jean, con flores sobre la cabeza, con mil cosas dentro de la cabeza.


Hace veinte años un pintor; hace diez, un artista. En el presente, un poeta. Los sueños no paran. La búsqueda, de algún modo, tampoco. La vida no parece tener importancia sin un sueño dentro, al igual que una ciudad, sin un parque donde soñar; con la noche de verano, con la nieve de invierno. Toda la vida no he hecho más que soñar.
A Jorge