Intentaba en vano redactar mi tesis cuando lo escuché por primera vez. Aburrido casi por completo del Facebook (le había dado like a lo que debía y a lo que no), esa noche escuchaba el trepidante sonido de una puerta, de esas de madera y metal. Suponiendo que se trataba de algún borracho, resté importancia al forcejeo. Sin embargo, mi paz artificial se echó abajo cuando empecé a escuchar, desde el fondo del alma de algún quiteño atormentado, el grito imparable de « SONIA, ¡SOOONIA!»
Convencido al fin de dejar la aburrida laptop y el Facebook desgastado, decidí mirar a través de la persiana de la sala, curioso —más bien morboso— por saber cómo era el aspecto del exótico galán que gritaba por su amada. El tipo, seguro, no medía más de 1,60 cm de estatura; no era gordo ni calvo, se veía trigueño (la luz amarillenta de la noche, que hace pocos días fue reemplazada por unas led, fue todo lo que me permitió distinguir). Supuse que se trataría del típico caso de algún borracho que habría extraviado la llave y al que se le habría negado la entrada a su casa por los tragos que seguro llevaba encima. Luego de ese panorama, apagué la compu y me fui a la cama.
La siguiente noche, un poco más dispuesto a estudiar, pero un poco perdido entre las letras algo difusas de mis libros fotocopiados, le escuché otra vez. SONIA, SONIAAA… TUMTUMTUM… SONIAAA… ¡SONIAAA!
De pronto, pensé que el gritón galán tal vez era no un bebedor ocasional, sino un alcohólico, pese a las advertencias de que las casualidades existen. Sabía que era un tipo de estatura mediana, de apariencia ecuatoriana común y corriente, pero ignoraba su nombre. Al menos sabía —o suponía— que la persona requerida era Sonia. El sonido de la puerta continuó esa noche. Por un momento, creí que algún vecino llamaría a la Policía. Por un rato se me pasó la idea por la cabeza también, sin embargo pudo más la lástima, y la comodidad de suponer que alguien más lo haría.
Una semana después, el grito de "SONIA, SONIAAA" regresó. Esa noche intentaba mirar una película erótica, y necesitaba sentirme concentrado; los alaridos del hombre entorpecieron mis planes. Esa noche me pareció el colmo. Agarré el teléfono y marqué al 911. La voz de la operadora no fue nada amable, y en tono aburrido me dijo "ya le comunico con alguien". Una musiquilla repetitiva, aburrida y odiosa al extremo casi termina por provocarme náuseas. Al final, los gritos del borrachín se me hicieron más simpáticos que la mediocre atención de los servicios de seguridad. Minutos después, un agente de policía me respondió. Le dije que un hombre hacía escándalo, que por favor se lo lleven, pero también les dije que le presten ayuda. Me dijeron que enviarían una patrulla en veinte minutos. La patrulla nunca llegó. Minutos después, los gritos del hombre pararon.
Habían pasado varios meses desde entonces. Conseguí un nuevo trabajo y volví a olvidarme de mi tesis. Me olvidé del gritón también, y de Sonia, a quien nunca conocí. Una noche, mi novia se quedó en casa conmigo. Mientras intentaba dormir (ella ya soñaba algo seguramente), le volví a escuchar.
Curioso (mejor dicho, morboso), decidí otra vez regresar, para constatar que fuera el mismo. Esa noche, una patrulla pasó por la calle con un altavoz, pidiendo a la última tienda abierta que la hora de cerrar había terminado a las 10. Unos chicos buscaban botellas de plástico para reciclar y vender. Escuché al camión de la basura también. El amarillo intenso de la lámpara más cercana a mi balcón, dio paso al hombre que seguía gritando «SONIA, SONIAAA» a viva voz.
Un vecino de mi casa, Don Néstor, zapatero desde hace cuarenta años, me reveló finalmente el misterio del hombre de los gritos. Me dijo que se llamaba Efraín, de 63 años, que trabajaba eventualmente como electricista, y que Sonia, su exmujer, había fallecido hace diecisiete años, luego de estar recluida en el San Lázaro durante seis meses. Que luego de la muerte de Doña Sonia, su hijo mayor, Daniel, impactado por el suceso, se había enemistado con él, empezando a beber, situación por la que un día tuvo un accidente fracturándose la pierna, cuya recuperación le llevó más de un año, debido a un mal reposo que empeoró su condición, obligándolo a andar en muletas, parcialmente incapacitado.
Por momentos, creía que en esa casa vivía una mujer llamada Sonia. Alguna vez quise jugar a Sherlock Holmes y averiguar quién era la señora; sin embargo, la pereza y el recelo me hicieron declinar. La historia que me contó Don Néstor al menos satisfizo mi curiosidad.
Un par de años después, casado ya con mi novia, una noche que no podía dormir, le volví a escuchar…
sábado, 25 de enero de 2014
viernes, 17 de enero de 2014
Libro de autoayuda
Con tus palabras de libro de autoayuda
evocando a Coelho, Sánchez y la vaca que se robó el queso.
Todo marcha bien.
Las páginas no se han vuelto amarillas aún.
Osho y sus consejos de cabecera
y el chocolate caliente que altera mi alma.
Echaré la culpa al queso,
huiré con el chocolate
y escucharé a Arjona tal vez,
no viviré esta noche como Bukowski persiguiendo
una casilla postal.
Me entregaré al olvido por un instante
hasta dormirme sobre una Biblia tal vez,
hasta estrellarme luego de una cetrería marchita.
evocando a Coelho, Sánchez y la vaca que se robó el queso.
Todo marcha bien.
Las páginas no se han vuelto amarillas aún.
Osho y sus consejos de cabecera
y el chocolate caliente que altera mi alma.
Echaré la culpa al queso,
huiré con el chocolate
y escucharé a Arjona tal vez,
no viviré esta noche como Bukowski persiguiendo
una casilla postal.
Me entregaré al olvido por un instante
hasta dormirme sobre una Biblia tal vez,
hasta estrellarme luego de una cetrería marchita.
miércoles, 30 de octubre de 2013
Drácula
Lo malo de cuando estoy triste
es que escribo más y dibujo menos.
Recuerdo tonterías,
como aquella vez que una ex
robó mi libro de Drácula.
Después de desaparecer y reaparecer.
O aquel juguete que se cayó por la ventana,
en una tarde de lluvia.
El tiempo de obscuridad está por volver.
La brisa del parque atravesó mi espina
dorsal y nubló mi percepción.
Un grillo multiplicado por mil no para
de gritar
Puertas que se cierran y abren
silbidos
eso de prestar discos y libros es un desastre,
los libros duelen más.
Lo malo de cuando estoy triste
es que dibujo menos y escribo más
escucho el hielo quebrarse desde algún remoto lugar
cesó el canto del grillo
otra puerta se cierra
Recuerdo tonterías,
como aquel libro que robé una tarde
en que hice de la venganza una bocanada de placer.
es que escribo más y dibujo menos.
Recuerdo tonterías,
como aquella vez que una ex
robó mi libro de Drácula.
Después de desaparecer y reaparecer.
O aquel juguete que se cayó por la ventana,
en una tarde de lluvia.
El tiempo de obscuridad está por volver.
La brisa del parque atravesó mi espina
dorsal y nubló mi percepción.
Un grillo multiplicado por mil no para
de gritar
Puertas que se cierran y abren
silbidos
eso de prestar discos y libros es un desastre,
los libros duelen más.
Lo malo de cuando estoy triste
es que dibujo menos y escribo más
escucho el hielo quebrarse desde algún remoto lugar
cesó el canto del grillo
otra puerta se cierra
Recuerdo tonterías,
como aquel libro que robé una tarde
en que hice de la venganza una bocanada de placer.
miércoles, 21 de agosto de 2013
La plegaria
Mi mamá me había advertido. Que con eso no se juega. Que las películas son una cosa y la vida real es otra. Que la política de cualquier lugar del mundo siempre será una tontera. Que el único que gobierna este mundo y este universo es Dios. Discutíamos mucho sobre eso. Sobre si existía o no. Más de una vez, me mandó a la mierda por no ir a la misa del domingo. Mucho más en esa ocasión en que no quise ir a aquella de recuerdo del abuelo. Con el tiempo, sin embargo, empezó a ignorarme. Sospecho que su amor era más fuerte que sus creencias, aunque a veces insistiera en aquella frase de "primero Dios, después vos".
Esa tarde, en medio de la maleza del río Toachi, recordé varias cosas; primero, ese pasaje del libro de García Márquez que decía más o menos "muchos años más tarde, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía recordaría esa mañana en que su padre le llevó a conocer el hielo". Me acordé también de una peli del Woody Allen cuyo título no recuerdo, donde antes de ser ejecutado se pasa toda una trama de situaciones hilarantes. No les mentiré. No me parece divertido estar así, y por más que intento recordar cosas chistosas para aplacar el miedo, estoy que me meo en los pantalones. Lo más horrible es esta tensión, de no saber en qué momento va a suceder. La adrenalina que me había empujado a la aventura, inspirado en parte por películas, libros y páginas de blogs sobre historia y revolución, en este momento es como agua fría en mi cabeza. No he parado de temblar; recuerdo que cuando estaba en la ciudad, en clases, en el bus o con mi novia, solía temblar, pero de felicidad o curiosidad. Esta vez es algo involuntario.
Mi mamá me había advertido, como la mamá de esa película mexicana "Rojo amanecer", cuando les dice a sus hijos, qué no se debe enfrentar al gobierno. Pero la prepotencia también es cansona. No quería seguir envejeciendo mirando como otros se paseaban por el mundo para regresar a hacer lo mismo. No quise ser un borrego más. En el fondo siempre supe que un momento así podría ocurrir. Pero ahora, solo espero que no me torturen. Que no me disparen en la cara, me corten los dedos, los dientes o me degollen lentamente. Que estos asesinos que para colmo se atreven a invocar a Dios tengan piedad. Le pido a mi abuelo, allá dónde esté, aunque muy en el fondo sé que en realidad no está en ninguna parte, que interceda mágicamente para que algo interrumpa este momento, como pasó en un cuento de Edgar Allan Poe, cuyo título tampoco recuerdo. Mientras miro al suelo, veo sus botas, y la punta de sus machetes. Ojalá que me disparen y las balas me hagan dormir enseguida, pienso suplicando, mientras noto mis lágrimas. Mi mamá me había advertido. Ojalá estuviera ahí ahora, como la vez en que se me bajó la presión al enterarme que perdí una materia en la universidad. Ojalá viniera mi abuelo como un zombie desde el más allá y les sacara la madre a esos tipos que están frente a mí. Ojalá pudiera hacerle lo mismo a los jefes de estas personas. Intentaría ser más piadoso, matándoles rápidamente. Pero qué va. Estos tipos sí que saben de crueldad. Nos están haciendo parir. Nos dicen que saben quienes son nuestras familias, porque han visto nuestras páginas de Facebook gracias a los servicios de inteligencia, y qué serán ellos los que sigan. Qué suerte que antes de todo esto terminé con mi novia, pese a que insistió en que no lo haga. Espero ellos no sepan quien era (…)
Perdón, acabo de vomitar… Esto todavía no acaba. Dios, si existes, haz por favor que esta gente tenga un shock mental y se caiga súbitamente sin disparar una bala o extender su machete. Y si no existes, haz lo posible por existir, aunque sea solo por este instante. Abuelo, si eres un fantasma y me escuchas, por favor evita que me maten. No, no vendrás. Estoy alucinando. Mamá, por favor reza por mí y dame algo de tu fuerza para superar este momento con dignidad. Ya no espero la gloria o la fama, ni convertirme en Rambo, solo irme a dormir con dignidad. Te quiero, mamá…
Esa tarde, en medio de la maleza del río Toachi, recordé varias cosas; primero, ese pasaje del libro de García Márquez que decía más o menos "muchos años más tarde, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía recordaría esa mañana en que su padre le llevó a conocer el hielo". Me acordé también de una peli del Woody Allen cuyo título no recuerdo, donde antes de ser ejecutado se pasa toda una trama de situaciones hilarantes. No les mentiré. No me parece divertido estar así, y por más que intento recordar cosas chistosas para aplacar el miedo, estoy que me meo en los pantalones. Lo más horrible es esta tensión, de no saber en qué momento va a suceder. La adrenalina que me había empujado a la aventura, inspirado en parte por películas, libros y páginas de blogs sobre historia y revolución, en este momento es como agua fría en mi cabeza. No he parado de temblar; recuerdo que cuando estaba en la ciudad, en clases, en el bus o con mi novia, solía temblar, pero de felicidad o curiosidad. Esta vez es algo involuntario.
Mi mamá me había advertido, como la mamá de esa película mexicana "Rojo amanecer", cuando les dice a sus hijos, qué no se debe enfrentar al gobierno. Pero la prepotencia también es cansona. No quería seguir envejeciendo mirando como otros se paseaban por el mundo para regresar a hacer lo mismo. No quise ser un borrego más. En el fondo siempre supe que un momento así podría ocurrir. Pero ahora, solo espero que no me torturen. Que no me disparen en la cara, me corten los dedos, los dientes o me degollen lentamente. Que estos asesinos que para colmo se atreven a invocar a Dios tengan piedad. Le pido a mi abuelo, allá dónde esté, aunque muy en el fondo sé que en realidad no está en ninguna parte, que interceda mágicamente para que algo interrumpa este momento, como pasó en un cuento de Edgar Allan Poe, cuyo título tampoco recuerdo. Mientras miro al suelo, veo sus botas, y la punta de sus machetes. Ojalá que me disparen y las balas me hagan dormir enseguida, pienso suplicando, mientras noto mis lágrimas. Mi mamá me había advertido. Ojalá estuviera ahí ahora, como la vez en que se me bajó la presión al enterarme que perdí una materia en la universidad. Ojalá viniera mi abuelo como un zombie desde el más allá y les sacara la madre a esos tipos que están frente a mí. Ojalá pudiera hacerle lo mismo a los jefes de estas personas. Intentaría ser más piadoso, matándoles rápidamente. Pero qué va. Estos tipos sí que saben de crueldad. Nos están haciendo parir. Nos dicen que saben quienes son nuestras familias, porque han visto nuestras páginas de Facebook gracias a los servicios de inteligencia, y qué serán ellos los que sigan. Qué suerte que antes de todo esto terminé con mi novia, pese a que insistió en que no lo haga. Espero ellos no sepan quien era (…)
Perdón, acabo de vomitar… Esto todavía no acaba. Dios, si existes, haz por favor que esta gente tenga un shock mental y se caiga súbitamente sin disparar una bala o extender su machete. Y si no existes, haz lo posible por existir, aunque sea solo por este instante. Abuelo, si eres un fantasma y me escuchas, por favor evita que me maten. No, no vendrás. Estoy alucinando. Mamá, por favor reza por mí y dame algo de tu fuerza para superar este momento con dignidad. Ya no espero la gloria o la fama, ni convertirme en Rambo, solo irme a dormir con dignidad. Te quiero, mamá…
lunes, 15 de julio de 2013
Acción poética Marte
El ladrillo que arrojé desde
el aeroplano de neón,
que escapó de la atmósfera
el día en que el mundo se puso de cabeza
rompió el cristal cometa y erró el camino al sol.
Mil días y mil partículas,
si los huesos se convertirán en polvo los trazos
aún más.
Y mientras divagas entre Einstein y Hawkings te preguntas
si existirá un marciano que copie citas textuales en
el planeta rojo,
y una beata remilgosa
y un cerdo espacial.
Elevarse sobre la inmensidad del espacio
o hundirse sutilmente en una inmunda alcantarilla.
O hallar la inspiración en el sitio menos pensado.
el aeroplano de neón,
que escapó de la atmósfera
el día en que el mundo se puso de cabeza
rompió el cristal cometa y erró el camino al sol.
Mil días y mil partículas,
si los huesos se convertirán en polvo los trazos
aún más.
Y mientras divagas entre Einstein y Hawkings te preguntas
si existirá un marciano que copie citas textuales en
el planeta rojo,
y una beata remilgosa
y un cerdo espacial.
Elevarse sobre la inmensidad del espacio
o hundirse sutilmente en una inmunda alcantarilla.
O hallar la inspiración en el sitio menos pensado.
jueves, 11 de julio de 2013
Último día de clases
Mientras regresábamos a Quito, con la mirada perdida en el cielo anaranjado de junio, no dejaba de preguntarme por qué la Vero no había venido. Que el Huera, la Lugmaña y el López no hubiesen viajado era comprensible, pues eran bastante humildes; sin embargo, hasta la Chalá y el Angulo nos acompañaron gracias al esfuerzo que hicieron sus papás por garantizarles un bonito recuerdo de la escuela.
Pese a ello, la Vero, que siempre tenía más de mil sucres de colación, que cada año cambiaba de mochila y que cada semana venía con esferos nuevos, a diferencia de nuestros mordisqueados bolígrafos, no vino. Un día le presté uno de los míos, con la esperanza de que lo conservara para siempre. Mi desilusión fue grande cuando al día siguiente me lo devolvió. En fin. Supusimos que los papás quizá no la enviaron por temor a que se contagie de alguna enfermedad en las piscinas de Baños; o aún peor, seguro les parecía indigno que su estrellita de navidad se juntara con la longueada. A veces me preguntaba porque ella, pese a vivir en Chillogallo, acudía a nuestra escuela fiscal vespertina de La Alameda. Varios compañeros a lo largo de los seis años que compartimos en esas banquitas estrechas, despintadas y rayadas, se habían cambiado a otros planteles. Hasta el segundo grado, yo mismo solía mentir que me iría a la escuela municipal Sucre, que tenía mejores recursos que la Gonzalo Abad, a donde venían niños desde puntos tan lejanos del centro de Quito como Guamaní, el Comité del Pueblo o La Ecuatoriana, y que no sé cómo carajos hacían para regresarse a la casa, si ni siquiera teníamos bus de recorrido. A la Vero solía venir a buscarla su madre, una señora muy simpática que siempre se maquillaba con sombras de colores intensos en los ojos, pero que a diferencia de otras desdichadas madres le sentaban bien. Nuestro horario de salida era a las seis y cuarto de la tarde; a veces, pese a que en nuestra patria equinoccial se supone que los días y las noches deben durar lo mismo todo el año, al salir de la escuela ya había oscurecido e incluso se encendían las luces. Cuando llovía, entre las tantas prendas de la Vero había un ponchito amarillo que solía llevarle su madre, que le hacía parecer un pollo.
Esa tarde del bus, regresando de Baños, se estaba haciendo de noche también. Una amiga, Jackie, fastidiosa, empezó a fregar ante todos que la Vero me gustaba. Acholado, dije que no, aunque me moría de ganas de decir que deseaba que el tiempo pasara y que nos volviésemos adultos para casarnos. Todos se rieron. Luego, alguien puso en la radio del bus un cassette con la canción del Meneaito, que con patéticos, tiernos y sensuales movimientos, hicimos el relleno perfecto mientras pasábamos por el Boliche, que a esas horas ya nos impedía ver el Cotopaxi.
Al llegar a la escuela, pese a la exigencia que hice a mi madre de no irme a buscar porque vivíamos a media cuadra -y por qué quería verme más "hombre"- fue a verme. Vino con mi hermano más pequeño, el Marco, quien me había prestado una pelota para jugar en la piscina, que perdí mientras divagaba pensando porque la Vero no había ido.
Luego de ese sábado tan simpático, el lunes y martes la Vero faltó a clases. El Édgar, un man cargoso, llegó a insinuar que se había muerto. El miércoles sería el programa con la entrega de libretas, diplomas y toda esa vaina. En nuestros tiempos, nadie, por más vago que fuera, perdería jamás el año. Nos dedicamos a chismear sobre los colegios a los que iríamos: Mejía, Montalvo, Montúfar, Simón Bolívar, Manuela Cañizares; habían unos cuantos niños que todavía no sabían a qué colegio irían, y aún más, habían otros que aseguraban que no irían a secundaria. La Vero se había perdido esa charla; me moría de curiosidad por saber a qué colegio iría. Me moría de ganas de verla.
Esa noche, el no tener teléfono en mi casa se convirtió en tortura china. En la lámina de un mapa de Europa, donde aparecía aún la Unión Soviética, recuerdo que escribí un número que me dio la Silvia, asegurándome que era de la casa de la Vero. No teníamos celulares, como tampoco tenía 500 sucres para ir a la tienda más cercana, ni monedas de Emetel, ni un teléfono público cerca. Necesitaba saber si iría al último día de clases. Esa noche, sin darme cuenta, soñé que le encontraba en el patio, que se me acercaba y me decía que siempre me había querido, pero que debido a mi timidez le daba cosas decírmelo. Al rato me di cuenta de que había visto mucha tele.
La soleada tarde del miércoles, todos los niños acudieron con el pantalón casimir que quizás ya no usarían en el colegio. Intenté en vano ir con un jean, pero mi mamá me lo prohibió rotundamente. Al acercarme a la escuela, la miré. La Vero se había contagiado de paperas, y acudió a la escuela con una bufanda. En ese momento, me apresté a decirle que, sin importar a donde nos lleva el tiempo, ni la pubertad, ni las mejillas hinchadas, la querría por siempre. Me acerqué. Entonces se interpuso su mamá, quién me saludó con cortesía. La Vero no puede acercarse- terminó.
Ese día, me quedé en el patio de la escuela hasta la noche. Todos se habían ido ya. La luz del poste parecía desprender miles de espigas con rumbo a todos lados. Recordé en ese instante que, allá en Baños, los postes eran redondos. Me pregunté a qué colegios iríamos la Vero, la Silvia, el Chalá, el Pérez, el Édgar y todos los demás. Un día, mientras buscaba algún billete, dentro de una enciclopedia encontré por casualidad la lámina de Europa de mi escuela, con un número escrito sobre el mapa de Rusia. Hace meses me reencontré en Facebook con varios amigos de la escuela, ahora padres de familia. Uno de ellos me dijo que ese ya no era el número de la Vero.
Pese a ello, la Vero, que siempre tenía más de mil sucres de colación, que cada año cambiaba de mochila y que cada semana venía con esferos nuevos, a diferencia de nuestros mordisqueados bolígrafos, no vino. Un día le presté uno de los míos, con la esperanza de que lo conservara para siempre. Mi desilusión fue grande cuando al día siguiente me lo devolvió. En fin. Supusimos que los papás quizá no la enviaron por temor a que se contagie de alguna enfermedad en las piscinas de Baños; o aún peor, seguro les parecía indigno que su estrellita de navidad se juntara con la longueada. A veces me preguntaba porque ella, pese a vivir en Chillogallo, acudía a nuestra escuela fiscal vespertina de La Alameda. Varios compañeros a lo largo de los seis años que compartimos en esas banquitas estrechas, despintadas y rayadas, se habían cambiado a otros planteles. Hasta el segundo grado, yo mismo solía mentir que me iría a la escuela municipal Sucre, que tenía mejores recursos que la Gonzalo Abad, a donde venían niños desde puntos tan lejanos del centro de Quito como Guamaní, el Comité del Pueblo o La Ecuatoriana, y que no sé cómo carajos hacían para regresarse a la casa, si ni siquiera teníamos bus de recorrido. A la Vero solía venir a buscarla su madre, una señora muy simpática que siempre se maquillaba con sombras de colores intensos en los ojos, pero que a diferencia de otras desdichadas madres le sentaban bien. Nuestro horario de salida era a las seis y cuarto de la tarde; a veces, pese a que en nuestra patria equinoccial se supone que los días y las noches deben durar lo mismo todo el año, al salir de la escuela ya había oscurecido e incluso se encendían las luces. Cuando llovía, entre las tantas prendas de la Vero había un ponchito amarillo que solía llevarle su madre, que le hacía parecer un pollo.
Esa tarde del bus, regresando de Baños, se estaba haciendo de noche también. Una amiga, Jackie, fastidiosa, empezó a fregar ante todos que la Vero me gustaba. Acholado, dije que no, aunque me moría de ganas de decir que deseaba que el tiempo pasara y que nos volviésemos adultos para casarnos. Todos se rieron. Luego, alguien puso en la radio del bus un cassette con la canción del Meneaito, que con patéticos, tiernos y sensuales movimientos, hicimos el relleno perfecto mientras pasábamos por el Boliche, que a esas horas ya nos impedía ver el Cotopaxi.
Al llegar a la escuela, pese a la exigencia que hice a mi madre de no irme a buscar porque vivíamos a media cuadra -y por qué quería verme más "hombre"- fue a verme. Vino con mi hermano más pequeño, el Marco, quien me había prestado una pelota para jugar en la piscina, que perdí mientras divagaba pensando porque la Vero no había ido.
Luego de ese sábado tan simpático, el lunes y martes la Vero faltó a clases. El Édgar, un man cargoso, llegó a insinuar que se había muerto. El miércoles sería el programa con la entrega de libretas, diplomas y toda esa vaina. En nuestros tiempos, nadie, por más vago que fuera, perdería jamás el año. Nos dedicamos a chismear sobre los colegios a los que iríamos: Mejía, Montalvo, Montúfar, Simón Bolívar, Manuela Cañizares; habían unos cuantos niños que todavía no sabían a qué colegio irían, y aún más, habían otros que aseguraban que no irían a secundaria. La Vero se había perdido esa charla; me moría de curiosidad por saber a qué colegio iría. Me moría de ganas de verla.
Esa noche, el no tener teléfono en mi casa se convirtió en tortura china. En la lámina de un mapa de Europa, donde aparecía aún la Unión Soviética, recuerdo que escribí un número que me dio la Silvia, asegurándome que era de la casa de la Vero. No teníamos celulares, como tampoco tenía 500 sucres para ir a la tienda más cercana, ni monedas de Emetel, ni un teléfono público cerca. Necesitaba saber si iría al último día de clases. Esa noche, sin darme cuenta, soñé que le encontraba en el patio, que se me acercaba y me decía que siempre me había querido, pero que debido a mi timidez le daba cosas decírmelo. Al rato me di cuenta de que había visto mucha tele.
La soleada tarde del miércoles, todos los niños acudieron con el pantalón casimir que quizás ya no usarían en el colegio. Intenté en vano ir con un jean, pero mi mamá me lo prohibió rotundamente. Al acercarme a la escuela, la miré. La Vero se había contagiado de paperas, y acudió a la escuela con una bufanda. En ese momento, me apresté a decirle que, sin importar a donde nos lleva el tiempo, ni la pubertad, ni las mejillas hinchadas, la querría por siempre. Me acerqué. Entonces se interpuso su mamá, quién me saludó con cortesía. La Vero no puede acercarse- terminó.
Ese día, me quedé en el patio de la escuela hasta la noche. Todos se habían ido ya. La luz del poste parecía desprender miles de espigas con rumbo a todos lados. Recordé en ese instante que, allá en Baños, los postes eran redondos. Me pregunté a qué colegios iríamos la Vero, la Silvia, el Chalá, el Pérez, el Édgar y todos los demás. Un día, mientras buscaba algún billete, dentro de una enciclopedia encontré por casualidad la lámina de Europa de mi escuela, con un número escrito sobre el mapa de Rusia. Hace meses me reencontré en Facebook con varios amigos de la escuela, ahora padres de familia. Uno de ellos me dijo que ese ya no era el número de la Vero.
A Karly
sábado, 29 de junio de 2013
Turbobiela
Sangre amarilla,
el lejano domingo y su beatitud aún aguardan
en el fondo del cristal.
Filosofía de bar disolviéndose
con los asuntos más mundanos,
la música te de vueltas.
Faltan todavía unas horas para la
llegada de los marcianos verdes.
Un beso robado
y el sonido del metal en la losa,
impregnaron una pincelada en el lienzo
sabatino.
Sangre amarilla,
fulgor dorado,
arco iris gris azuláceo.
La noche es como una sala de cine
y nosotros la película.
La filosofía nos entró por una oreja
y salió por la otra.
Los besos robados desaparecen
entre la espuma.
Los marcianos se acercan,
exigen al público abandonar
sus butacas.
El sonido del metal ha pasado
de la losa al asfalto.
El domingo ahora es un lejano
sábado.
el lejano domingo y su beatitud aún aguardan
en el fondo del cristal.
Filosofía de bar disolviéndose
con los asuntos más mundanos,
la música te de vueltas.
Faltan todavía unas horas para la
llegada de los marcianos verdes.
Un beso robado
y el sonido del metal en la losa,
impregnaron una pincelada en el lienzo
sabatino.
Sangre amarilla,
fulgor dorado,
arco iris gris azuláceo.
La noche es como una sala de cine
y nosotros la película.
La filosofía nos entró por una oreja
y salió por la otra.
Los besos robados desaparecen
entre la espuma.
Los marcianos se acercan,
exigen al público abandonar
sus butacas.
El sonido del metal ha pasado
de la losa al asfalto.
El domingo ahora es un lejano
sábado.
viernes, 24 de mayo de 2013
Synth
Oh, pequeña,
cuán pequeño es el mar
en tus pupilas.
Cuan efímero el instante,
cuán falaz el aliento.
Acá,
junto a un reloj en paro,
que 14 veces en una semana
dará la hora exacta.
Te miro y escucho música
que proviene de lejos.
Adelante y atrás.
La vida,
jinete espacial que nos conduce,
al paso de un gato cuya cabeza
contemplé desde el infinito.
Como cuando jugaba a recrear
el mundo,
con crayones,
sobre un terciopelo.
El cometa que rozó el planeta
que no recuerdo,
y que tal vez mirarás cuando
yo ya no pueda.
Se reflejará en tus ojos,
y alguien dirá,
un día,
oh, pequeña,
cuán pequeño el infinito
en tus pupilas,
y el mundo será otra vez de
terciopelo.
cuán pequeño es el mar
en tus pupilas.
Cuan efímero el instante,
cuán falaz el aliento.
Acá,
junto a un reloj en paro,
que 14 veces en una semana
dará la hora exacta.
Te miro y escucho música
que proviene de lejos.
Adelante y atrás.
La vida,
jinete espacial que nos conduce,
al paso de un gato cuya cabeza
contemplé desde el infinito.
Como cuando jugaba a recrear
el mundo,
con crayones,
sobre un terciopelo.
El cometa que rozó el planeta
que no recuerdo,
y que tal vez mirarás cuando
yo ya no pueda.
Se reflejará en tus ojos,
y alguien dirá,
un día,
oh, pequeña,
cuán pequeño el infinito
en tus pupilas,
y el mundo será otra vez de
terciopelo.
martes, 14 de mayo de 2013
Nuestra Señora del Destierro
Deja de estar pensando,
que cumpliré tus sueños,
me iré muy lejos,
y no volveré.
Renegaré,
cuando me sea imposible,
apartarme de tu lado,
y no saber, volar.
Porqué,
los chicos suelen dibujarte cartas,
y decirte tantas cosas copiadas de libros,
que quizás a veces,
no sentirán.
Y te pediré,
de vez en cuando,
el auxilio de la vida,
pero también,
sabré asaltarte y mentirte,
y probablemente no seré,
el chico ejemplar,
que sueles presumir a tus amigos.
Y dudaré de tu amor,
y dudaré de todo.
y querré irme muy lejos,
y no volveré.
Y en una isla.
sentiré que vivo junto a ti.
Y me querré marchar y solo pensaré en mí.
No sé si sea capaz
de entender tu dolor.
no creo en los días,
ni en las noches,
en que,
susurran tu nombre,
los invadidos por el miedo,
y la soledad.
Quisiera charlar contigo,
pero la convención social,
pondrá entre una barricada entre nosotros,
y,
quizás,
nos enseñe a odiarnos un poco,
y quizás,
para sobrevivir,
un día más.
No volveré.
Tu vida no es la mía aunque
la mía,
haya sido en ti.
No volveré.
No seré el motivo de tu orgullo,
aunque,
de vez en cuando,
lo hubiese querido ser.
No volveré.
No volveré.
aunque otros me recuerden lo
dichoso,
-que podría ser-
no volveré.
sábado, 15 de diciembre de 2012
María Angula
A muchos, comer tripas les parece repugnante. Pero a muchos más les encanta. Acá en Quito, son muchas las huecas donde las preparan; tripa mishki o chinchulines, como prefieren llamarlas los más aniñados, tirados a argentinos.
La fama de este bocadillo es tal, que incluso hay una leyenda urbana conocida como «María Angula», que trata sobre la supuesta historia de un individuo cuyas vísceras formaron parte de un plato de este exquisito manjar, y cuya espíritu volvía cada noche para reclamar a María por sus tripas.
En La Floresta, célebre sitio de reunión de los fans de los agachados, como se llama a varios platos típicos sobre todo de la Sierra, que se consumen durante la tarde y noche, es común encontrarse con el humo del carbón, en donde las tripas cambian de un rosado claro a un café obscuro rebosante. Dependiendo de las exigencias del cliente, se sirven con mote, papas o salsa de maní. Muchos suelen acompañarlas con morocho caliente; yo las prefiero con Coca-Cola.
Otro mito interesante sobre este plato, es que su consumo ayuda a quienes padecen de úlceras o gastritis, debido a las grasas de estos intestinos que supuestamente forman una película en el estómago, ideal para el dolor de panza.
Sin embargo, el rasgo que personalmente me llama más la atención, es la relación que un plato de tripas tiene con el presente: siendo un aperitivo cuyo consumo debe ser inmediato, me invita a pensar en la importancia de vivir el momento, de no dejar algo tan importante como darse un capricho, para después; de comer junto al fuego, de reconocer una parte de nosotros entre el humo del carbón; de no concentrarnos en un futuro inverosímil, en medio de la noche.
lunes, 29 de octubre de 2012
Gaviotas
Te pierdo,
y no hay sol ni palabras
que lo puedan remediar.
Es un viaje sin final,
es imposible detener el barco,
atravesar la tempestad.
No escucho màs la canciòn de aquella
playa en mi cabeza,
solo puedo mirar las gaviotas,
que anuncian que no hay destino.
Me pierdo,
y no hay luna ni palabras
que lo puedan remediar.
Es un viaje hacia el infinito,
es imposible detener la nave,
atravesar la tempestad.
No escucho más la canción del
firmamento desde tu cabeza,
solo puedo mirar las gaviotas,
que anuncian que no hay destino.
viernes, 5 de octubre de 2012
lunes, 6 de agosto de 2012
Eco
La vida,
un laberinto de palabras sin fin.
la voz se esfuma en diminutas partículas de luz.
varios fuegos formando un gran fuego,
el eco se desdibuja en cuanto cierras los ojos,
luces y sombras,
tanto que decir, tanto,
tan poco....
un laberinto de palabras sin fin.
la voz se esfuma en diminutas partículas de luz.
varios fuegos formando un gran fuego,
el eco se desdibuja en cuanto cierras los ojos,
luces y sombras,
tanto que decir, tanto,
tan poco....
sábado, 30 de junio de 2012
Aire
Encontré tu foto,
entre las páginas de mi viejo libro de Bufalo Bill.
Buscaba cualquier cosa,
pero las cosas me encontraron.
Entre viejos papeles de recibos y cuentas,
poesías que un día fueron todo y hoy son leyendas cursis,
me pregunté por el sentido de las cosas.
Si los William Cody dejarán de ser héroes o si
empezaré a ser villano desde ahora.
En tu viejo departamento,
aguardando aún los papeles que nadie quiere recoger,
la sombra invertida que antes dejó una silueta es ahora
la de la tarde.
El billete de avión que al otro lado del océano se convirtió
en un cuerpo lejano,
las cifras en centímetros y bocanadas de aire.
Dime algo,
dímelo todo,
no digas nada,
tampoco.
He olvidado los sueños.
Creo que eran todos,
pero desperté.
Me pregunto si estoy a tiempo aún de empezar de nuevo.
Alguien se acerca.
Le pregunto cómo fue la mudanza.
«Eso fue hace mucho, me responde.
Bienvenido al 2100».
entre las páginas de mi viejo libro de Bufalo Bill.
Buscaba cualquier cosa,
pero las cosas me encontraron.
Entre viejos papeles de recibos y cuentas,
poesías que un día fueron todo y hoy son leyendas cursis,
me pregunté por el sentido de las cosas.
Si los William Cody dejarán de ser héroes o si
empezaré a ser villano desde ahora.
En tu viejo departamento,
aguardando aún los papeles que nadie quiere recoger,
la sombra invertida que antes dejó una silueta es ahora
la de la tarde.
El billete de avión que al otro lado del océano se convirtió
en un cuerpo lejano,
las cifras en centímetros y bocanadas de aire.
Dime algo,
dímelo todo,
no digas nada,
tampoco.
He olvidado los sueños.
Creo que eran todos,
pero desperté.
Me pregunto si estoy a tiempo aún de empezar de nuevo.
Alguien se acerca.
Le pregunto cómo fue la mudanza.
«Eso fue hace mucho, me responde.
Bienvenido al 2100».
sábado, 2 de junio de 2012
Regreso al bosque
Que extraño es,
mirar a los ojos
y hallar el vacío,
y no,
sentir el color,
atravesar,
las fibras más íntimas
y ser,
uno con el aire
y despertar,
bien,
y así seguir,
y así vivir.
Que extraño es,
escuchar mi propia
voz y sentir,
como la afonía
se apodera de todo,
y no ser más el grito
a fondo,
que estremecía
aquellas fibras
tan sensibles,
en todo.
Y no,
quien sabe más,
sí el viejo roble,
o las hojas secas
del rastro aquel.
Y quien sabe más,
si el rencor,
o la soledad.
Qué extraño es,
mirarme el espejo
al despertar,
una luz extraña,
como algo invisible
en la piel.
Qué extraño es,
estar de vuelta,
y ya no sentir
nada,
no sentir más nada,
solo estar.
Qué extraño es,
a quien le importa,
a donde te perdiste,
donde irás a parar,
ya no.
El rastro de hojas que
dejó,
el viento al escuchar,
mi voz tan afónica
y mis pensamientos
que se fueron
a algún lugar,
y quién sabe más,
si el rencor o la
soledad,
a quien le importa,
a donde te perdiste,
donde irás a parar.
Ya no....
ya no.
El rastro de hojas que
dejó el viento al escuchar,
se desintegra con
mi voz afónica
y mis pensamientos,
que se fueron
a algún lugar.
mirar a los ojos
y hallar el vacío,
y no,
sentir el color,
atravesar,
las fibras más íntimas
y ser,
uno con el aire
y despertar,
bien,
y así seguir,
y así vivir.
Que extraño es,
escuchar mi propia
voz y sentir,
como la afonía
se apodera de todo,
y no ser más el grito
a fondo,
que estremecía
aquellas fibras
tan sensibles,
en todo.
Y no,
quien sabe más,
sí el viejo roble,
o las hojas secas
del rastro aquel.
Y quien sabe más,
si el rencor,
o la soledad.
Qué extraño es,
mirarme el espejo
al despertar,
una luz extraña,
como algo invisible
en la piel.
Qué extraño es,
estar de vuelta,
y ya no sentir
nada,
no sentir más nada,
solo estar.
Qué extraño es,
a quien le importa,
a donde te perdiste,
donde irás a parar,
ya no.
El rastro de hojas que
dejó,
el viento al escuchar,
mi voz tan afónica
y mis pensamientos
que se fueron
a algún lugar,
y quién sabe más,
si el rencor o la
soledad,
a quien le importa,
a donde te perdiste,
donde irás a parar.
Ya no....
ya no.
El rastro de hojas que
dejó el viento al escuchar,
se desintegra con
mi voz afónica
y mis pensamientos,
que se fueron
a algún lugar.
martes, 29 de mayo de 2012
Días de mi vida
El primer recuerdo que tengo de mi vida es el cielo azul nublado al otro lado de la ventana, las medias sucias en el piso recién encerado y la cobija revuelta en algún lugar. El primer recuerdo que tengo de la calle es una vitrina con personajes hechos de espuma flex, sobre un escenario de musgo y muchas luces de colores: era navidad. También recuerdo los muñecos que venían en el Cola Cao y la canchita que nunca llegué a coleccionar, así como el fútbol que jamás aprendí a jugar bien. La primera canción, de la que más o menos tengo memoria, fue 'The final countdown', de Europe, y 'Hay luto en mi alma' de Los Terricolas. Y el primer juguete, unos legos gigantes que mientras mis hermanos convertían en robots, yo me los metía a la boca.
Días de mi vida.
Días de mi vida.
viernes, 4 de mayo de 2012
Chollima
Sobrevolar el tiempo y el espacio,
ignorar el cansancio,
acariciar el celeste prado.
¿Quién es el arquitecto de este universo?
Lograr que la fantasía arrebate varios
centímetros de piel a la realidad,
atravesar el tiempo y el espacio.
Recoger toda la sangre derramada
en vano,
reunir las palabras que rasgaron
susceptibilidades,
recuperar desde el fondo del mar
la herradura de la fortuna que
llevaba impreso tu nombre.
Sobrevolar el tiempo y el espacio,
arrebatar la piel a la realidad y
sumergirse en lo profundo,
encontrar la herradura con tu
nombre impreso,
reunir las palabras que rasgaron
el espíritu.
¿Quién es el arquitecto de este universo?
ignorar el cansancio,
acariciar el celeste prado.
¿Quién es el arquitecto de este universo?
Lograr que la fantasía arrebate varios
centímetros de piel a la realidad,
atravesar el tiempo y el espacio.
Recoger toda la sangre derramada
en vano,
reunir las palabras que rasgaron
susceptibilidades,
recuperar desde el fondo del mar
la herradura de la fortuna que
llevaba impreso tu nombre.
Sobrevolar el tiempo y el espacio,
arrebatar la piel a la realidad y
sumergirse en lo profundo,
encontrar la herradura con tu
nombre impreso,
reunir las palabras que rasgaron
el espíritu.
¿Quién es el arquitecto de este universo?
sábado, 14 de abril de 2012
Adiós niña
Adiós niña adiós,
en un instante me esfumaré
y el futuro será un sueño sin fin.
Tus colores me harán sobrevivir,
y un día entre la nada te encontraré.
Era invisible el lazo que siempre nos ató,
y hoy vives dentro de mí,
como una canción.
Adiós niña adiós,
no era el tiempo y el lugar,
siento palidecer sobre la piel,
cuando te veo llegar.
Quisiera que el olvido,
no nos pueda perturbar,
quisiera quedarme dentro
de aquel corazón que pintaste en la pared.
Adiós niña adiós,
no cambiará el mundo
porque nos hayamos conocido un
día de abril,
nadie se detendrá a escribir,
nuestra historia solo vivirá,
dentro de ti y de mí.
Adiós niña adiós,
son tantas cosas que
quisiera poder decir,
pero me desvanezco y
me siento al fin,
parte de tí,
y de mí.
Guitarra invisible,
no sabes el calor que me da
imaginar tu voz.
Adiós niña adiós,
siempre te irás sin despedir.
en un instante me esfumaré
y el futuro será un sueño sin fin.
Tus colores me harán sobrevivir,
y un día entre la nada te encontraré.
Era invisible el lazo que siempre nos ató,
y hoy vives dentro de mí,
como una canción.
Adiós niña adiós,
no era el tiempo y el lugar,
siento palidecer sobre la piel,
cuando te veo llegar.
Quisiera que el olvido,
no nos pueda perturbar,
quisiera quedarme dentro
de aquel corazón que pintaste en la pared.
Adiós niña adiós,
no cambiará el mundo
porque nos hayamos conocido un
día de abril,
nadie se detendrá a escribir,
nuestra historia solo vivirá,
dentro de ti y de mí.
Adiós niña adiós,
son tantas cosas que
quisiera poder decir,
pero me desvanezco y
me siento al fin,
parte de tí,
y de mí.
Guitarra invisible,
no sabes el calor que me da
imaginar tu voz.
Adiós niña adiós,
siempre te irás sin despedir.
jueves, 5 de abril de 2012
El dueño de la calle
Mientras almorzaba el otro día en el asadero de don Pablo, me enteré por casualidad que se llamaba Rolando. Hasta ese mediodía, nunca tuve idea de que tuviera un nombre. Siempre le decían "no sea malito" "vea, de haciendo esto" "oiga" o simplemente "vecino".
No me di cuenta de su llegada hasta una tarde en que la Mary, mi vecina del segundo piso, mientras escuchábamos la radio en mi balcón, me insinuó que el hombre que caminaba en la calle con gorra y traje azul era un guardia de seguridad que había contratado alguien. Al principio creí que efectivamente era un guardia, hasta que noté que llevaba un palo que distaba de parecer un tolete y que el supuesto uniforme que traía más bien era una colección de harapos remendados.
Con el tiempo, me percaté de que el hombre permanecía casi todo el tiempo en la calle, y que su tarea principal era acomodar y vigilar los carros. Un día, mi hermano llegó enfadado a la casa, diciendo que un tipo que se cree el dueño de la calle le había pedido unas monedas.
Un día, Rolando se acercó a retaquearme. Me dijo que el dueño de la casa donde dormía estaba de viaje, y que necesitaba reunir unos cinco dólares para dormir en la hostal que quedaba a la vuelta de la esquina. Lamentablemente, tenía apenas dos con cincuenta. Le pregunté si le parecía suficiente y me dijo que sí. Regresé a dormir tranquilo, con la casi certeza de que quizás tendría otros dos dólares y que dormiría cómodamente en esa hostal, que suele estar repleta de suizos y gringos que suelen visitar el país.
El dueño de la calle, como le decía mi ñaño, tenía un acento entre costeño y medio paisa, por lo que muchos le llamaban el colombiano. Un día quise entrevistarle para un trabajo de mi universidad sobre Comunicación y Alteridad, pero misteriosamente el vecino desapareció por varios días. Nunca supe donde había ido; y como no tenía esposa ni hijos, aparentemente, nadie nos dio razones sobre él. Sobre su posible origen, la versión más verosímil me la compartió el zapatero de la cuadra, quien dijo que el dueño de un pequeño y no tan próspero restaurante ubicado casi el frente de mi casa le trajo en alguna ocasión de la Costa. Mi hermano, que parecía empeñado en echar al Rolando de la calle a toda costa, solía decirme que siempre le encontraba fundeando. Cuando finalmente vencí el pánico a conducir, el vecino me ayudaba a parquearme sin rozar a los carros que estaban a los lados. A veces también ayudaba con las compras a los vecinos, y sobre todo con el tanque de gas a las mujeres. Se convirtió en el asistente personal de todos. Un día, en que tuve que ir a traer mi televisor reparado del taller sin el auto, el hombre me ayudó a cargar el aparato, que resultó más pesado de lo que esperaba.
Así, la vida había transcurrido aparentemente normal hasta esa noche, en que el Rolando me pidió esas monedas y yo, seguro de haber hecho una obra de bien, fui a dormir plácidamente, hasta que recordé que no había sacado la basura de la casa. Era casi la una de la mañana, y cuando regresé de dejar la funda en el depósito, noté que una persona aparecía y desaparecía de la esquina, como si se tratara de un duende. Impresionado por la curiosidad, decidí espiar un rato más. Media hora después, el vecino atravesó toda la calle, para reaparecer durante la siguiente media hora.
Al día siguiente, quise preguntarle si había dormido en la hostal. En cuanto le saludé, me dijo que me pagaría los dos dólares con cincuenta más luego, cuando tuviera más propinas. Le dije que no se molestara; sin embargo, su comportamiento me siguió pareciendo extraño. Ese día, trabajó como siempre, acomodando carros, ayudando a cargar tanques de gas y bolsas de compras. Por la noche quise volver a espiarle, pero supuse que tal vez estaría durmiendo en el lugar de siempre y que no pasaría nada extraño.
Sin embargo, varias noches después, mientras volvía a las dos de la mañana de visitar a mi novia, encontré al vecino corriendo por la calle, de la misma manera que la noche que olvidé sacar la basura. Recordé lo que me dijo una vez mi hermano, sobre su supuesta adicción a las drogas. Al día siguiente, encontré al Rolando dormido dentro del cajón de una camioneta que se aparcó a dos casas de la mía. Las semantas siguientes, noté que su aspecto había desmejorado bastante, y que sus ojeras estaban más obscuras. Supuse que tal vez padecía tuberculosis, o sida. También lo hallé más pálido. Sin embargo, unos días más tarde volví a verle reestablecido, con una nueva chompa y un radio de pilas que lo cargaba por todos lados. También empecé a escucharle cantar, e invitar a los transeúntes de La Alameda a comer en un restaurante que quedaba en la esquina de nuestra calle. Supongo que alguien también le regaló un maso de cartas, con las que jugaba solitario. Por momentos pensaba que era positivo que de cierta manera, ese hombre que no tenía nada hubiese encontrado en nuestra calle una forma de subsistir. Sin embargo, me di cuenta al rato que en cada calle de la ciudad, había aparecido un nuevo hombre, cada uno con su forma de hacer las cosas. Hace tiempo que mi ñaño ha dejado ya de querer enviar a Rolando a la cárcel. Por suerte, no he escuchado quejas sobre él.
Me pregunto dónde terminará esta historia. Me pregunto si el día en que se muera o le suceda algo, alguien vendrá para cuidarlo. A veces hasta dudo de su nombre.
No me di cuenta de su llegada hasta una tarde en que la Mary, mi vecina del segundo piso, mientras escuchábamos la radio en mi balcón, me insinuó que el hombre que caminaba en la calle con gorra y traje azul era un guardia de seguridad que había contratado alguien. Al principio creí que efectivamente era un guardia, hasta que noté que llevaba un palo que distaba de parecer un tolete y que el supuesto uniforme que traía más bien era una colección de harapos remendados.
Con el tiempo, me percaté de que el hombre permanecía casi todo el tiempo en la calle, y que su tarea principal era acomodar y vigilar los carros. Un día, mi hermano llegó enfadado a la casa, diciendo que un tipo que se cree el dueño de la calle le había pedido unas monedas.
Un día, Rolando se acercó a retaquearme. Me dijo que el dueño de la casa donde dormía estaba de viaje, y que necesitaba reunir unos cinco dólares para dormir en la hostal que quedaba a la vuelta de la esquina. Lamentablemente, tenía apenas dos con cincuenta. Le pregunté si le parecía suficiente y me dijo que sí. Regresé a dormir tranquilo, con la casi certeza de que quizás tendría otros dos dólares y que dormiría cómodamente en esa hostal, que suele estar repleta de suizos y gringos que suelen visitar el país.
El dueño de la calle, como le decía mi ñaño, tenía un acento entre costeño y medio paisa, por lo que muchos le llamaban el colombiano. Un día quise entrevistarle para un trabajo de mi universidad sobre Comunicación y Alteridad, pero misteriosamente el vecino desapareció por varios días. Nunca supe donde había ido; y como no tenía esposa ni hijos, aparentemente, nadie nos dio razones sobre él. Sobre su posible origen, la versión más verosímil me la compartió el zapatero de la cuadra, quien dijo que el dueño de un pequeño y no tan próspero restaurante ubicado casi el frente de mi casa le trajo en alguna ocasión de la Costa. Mi hermano, que parecía empeñado en echar al Rolando de la calle a toda costa, solía decirme que siempre le encontraba fundeando. Cuando finalmente vencí el pánico a conducir, el vecino me ayudaba a parquearme sin rozar a los carros que estaban a los lados. A veces también ayudaba con las compras a los vecinos, y sobre todo con el tanque de gas a las mujeres. Se convirtió en el asistente personal de todos. Un día, en que tuve que ir a traer mi televisor reparado del taller sin el auto, el hombre me ayudó a cargar el aparato, que resultó más pesado de lo que esperaba.
Así, la vida había transcurrido aparentemente normal hasta esa noche, en que el Rolando me pidió esas monedas y yo, seguro de haber hecho una obra de bien, fui a dormir plácidamente, hasta que recordé que no había sacado la basura de la casa. Era casi la una de la mañana, y cuando regresé de dejar la funda en el depósito, noté que una persona aparecía y desaparecía de la esquina, como si se tratara de un duende. Impresionado por la curiosidad, decidí espiar un rato más. Media hora después, el vecino atravesó toda la calle, para reaparecer durante la siguiente media hora.
Al día siguiente, quise preguntarle si había dormido en la hostal. En cuanto le saludé, me dijo que me pagaría los dos dólares con cincuenta más luego, cuando tuviera más propinas. Le dije que no se molestara; sin embargo, su comportamiento me siguió pareciendo extraño. Ese día, trabajó como siempre, acomodando carros, ayudando a cargar tanques de gas y bolsas de compras. Por la noche quise volver a espiarle, pero supuse que tal vez estaría durmiendo en el lugar de siempre y que no pasaría nada extraño.
Sin embargo, varias noches después, mientras volvía a las dos de la mañana de visitar a mi novia, encontré al vecino corriendo por la calle, de la misma manera que la noche que olvidé sacar la basura. Recordé lo que me dijo una vez mi hermano, sobre su supuesta adicción a las drogas. Al día siguiente, encontré al Rolando dormido dentro del cajón de una camioneta que se aparcó a dos casas de la mía. Las semantas siguientes, noté que su aspecto había desmejorado bastante, y que sus ojeras estaban más obscuras. Supuse que tal vez padecía tuberculosis, o sida. También lo hallé más pálido. Sin embargo, unos días más tarde volví a verle reestablecido, con una nueva chompa y un radio de pilas que lo cargaba por todos lados. También empecé a escucharle cantar, e invitar a los transeúntes de La Alameda a comer en un restaurante que quedaba en la esquina de nuestra calle. Supongo que alguien también le regaló un maso de cartas, con las que jugaba solitario. Por momentos pensaba que era positivo que de cierta manera, ese hombre que no tenía nada hubiese encontrado en nuestra calle una forma de subsistir. Sin embargo, me di cuenta al rato que en cada calle de la ciudad, había aparecido un nuevo hombre, cada uno con su forma de hacer las cosas. Hace tiempo que mi ñaño ha dejado ya de querer enviar a Rolando a la cárcel. Por suerte, no he escuchado quejas sobre él.
Me pregunto dónde terminará esta historia. Me pregunto si el día en que se muera o le suceda algo, alguien vendrá para cuidarlo. A veces hasta dudo de su nombre.
lunes, 5 de marzo de 2012
Sin parar
Te escucho.
Mi alegría se fundió
en la superficie del mar
con tu aliento.
En algún lugar sabía
que la locura un día
derivaría en una escena
real,
simple pero sublime.
Y verte es como mirar
a la carretera después
de una suave llovizna,
como sí pudiese limpiar
toda la pena.
Mientras permanecías
sonámbula invocaba tu
nombre para que ese
dolor que sentía no se
apoderara de mi sangre.
Era preciso continuar,
pero necesitaba reconfortarme
en tus ojos.
El viento no deja de soplar...
Mi alegría se fundió
en la superficie del mar
con tu aliento.
En algún lugar sabía
que la locura un día
derivaría en una escena
real,
simple pero sublime.
Y verte es como mirar
a la carretera después
de una suave llovizna,
como sí pudiese limpiar
toda la pena.
Mientras permanecías
sonámbula invocaba tu
nombre para que ese
dolor que sentía no se
apoderara de mi sangre.
Era preciso continuar,
pero necesitaba reconfortarme
en tus ojos.
El viento no deja de soplar...
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