martes, 21 de julio de 2015

El grado


Siempre imaginé que este día me revolcaría en el estadio del colegio, con una botella de vino, suponiendo que de ahí en adelante viajaría por el mundo como un bohemio errante. Hoy, mientras todos se marchan en sus autos, con sus sudorosos padres empapados de colonia barata y camisas de a dólar, y sus madres emperifolladas cuál bautizo, boda o velorio, pero con una risa de satisfacción, o más bien de pausa por los años que le esperan en la universidad al guagua, deseo quedarme solo. Unos meses atrás, mientras caminábamos por el sector de La Mariscal, decidí por mi cuenta que comería en El Toro Partido para celebrar el haber sobrevivido a seis años de jugar al futuro, repitiendo de manera recargada lo que ya había visto en primaria, recuperándome del acoso escolar de mis acomplejados compañeros y esquivando los puñetes que nunca se hicieron echar de menos.
    Estoy en un chifa. Escucho desde la mesa contigua a un hombre que comenta que vendió su taxi por apenas diez millones de sucres y que está considerando ir a España, mientras un bebé llora unas mesas más adelante. Si al menos estuviese comiendo… Mi chaulafán no llega. ¿Acaso ignoran que es mi día especial? ¿Se estarán tardando para ponerme un camarón de más?
    Mientras mi plato sigue aguardando, mi padrastro me ofrece de su tallarín para de algún modo tamizar el instante incómodo. Supongo que descartó el restaurante que yo quería por considerarlo caro; supongo le habrá dado igual mi incorporación. Como sea, ya nada de eso importa. Luego de rechazar su gesto de paz, y tras la demora de mi suculento almuerzo, doy gracias y decido marcharme a casa. Es la última vez que llevaré la corbata y el uniforme del colegio Montúfar; ya en el barrio no me dirán lechero nunca más. Por cierto… Vivo en un barrio de puros tipos del Mejía, que se acaban de graduar también. Quizás nos veremos en la universidad; aunque lo dudo. Ingresaré a la Católica a estudiar Ciencias Geográficas y Ambientales, y me convertiré dentro de unos años en una especie de nuevo Jacques Costeau o Steve Irwins. 
    Ni siquiera mis amigos han venido a verme. El Luis tuvo que trabajar; se graduará el año entrante. El Andrés, ni idea; seguro mira un video de la WWF o escucha WASP a todo volumen. Mi madre me llamó temprano: dijo que enviará a mi padrastro el dinero para el primer semestre de la universidad y que no olvide hacer el trámite para la pensión diferenciada. Supongo que era una de las razones para no ir al Toro Partido.         
    Es agosto: debimos graduarnos en julio, pero el paro de inicios de año retrasó varios de nuestros planes. Solo hay cinco capas y birretes para doscientos muchachos en su mayoría físico-matemáticos, que han postulado a la Politécnica. Solo dos compañeros nuestros se graduarán en septiembre, un par de losers cuyos nombres olvidaré y dejaré de prestar importancia. Tampoco nos fuimos de paseo. La división ideológica de nuestra clase, aunque risible, es irreconciliable. Quizás fue mejor así. Después de todo a casi nadie le caía bien. Además, qué aburrido salir solo entre varones. Presiento que del curso saldrán al menos uno o dos gays, precisamente aquellos que juraban que yo lo era también. A uno de ellos le molerán a golpes unos años después. Otro compañero, a quien presté un disco que no me devolverá nunca más, se hará famoso por un triste motivo, mientras otro mas se pondrá en pausa indefinidamente. Dos de los demás chicos dicen que optarán por la Policía: uno de ellos, mi gran amigo Ruiz, quien quizás no pueda entrar debido a su medida de vista de casi 2.0; tal vez el Cisneros sí lo logre. Supongo que varios de ellos viajarán a España el año entrante; dicen que el Alfonso ya es papá incluso. Paúl, el más aniñado de la clase será el único en acudir a la San Pancho, tan despreciada por el Lucho, que se declara guevarista a morir y que se irá a estudiar Derecho a la Central —el plan que yo tenía hasta quinto— junto con la mitad del curso. Solo el Guillermo ha tenido el valor de optar por Psicología. Cuando me preguntaron de qué se trataba mi carrera, solo supe decirles que «de dibujar mapas». «Seguro te irá bien brou, vos sí dibujas», me dicen de vez en cuando. El Rueda dice que no tiene para la U y que ingresará al Servicio Militar de manera voluntaria. El Levoyer (quien pensé por mucho tiempo que era venezolano) supuestamente se irá a Estados Unidos. El Tula, cuya voz parece de locutor de AM, seguro estudiará Comunicación y se volverá un locutor famoso. El Danilo tal vez me siga a la Cato. Nadie se atreve a decir que no estudiará: todos harán más o menos algo. Christian Stahli, el chico de intercambio que fue nuestro compañero, nos ha enviado una felicitación por escrito, ya que tuvo que volver a Suiza unos días antes. Los muchachos corean una versión chauvinista de «Al partir» de Nino Bravo. En mi cabeza suena «Run» de Collective Soul.
    Ya no pronunciaré el himno de mi colegio, ni juraré darme de puñetes con un rosca del Mejía si es necesario. Ya no entonaré alguna barra colegial adaptada de Barcelona o de Liga, robadas a su vez de cánticos argentinos. Quizás ya no leeré a Marx: sé que en la Católica no son materialistas dialécticos. No sé si deba fingir ser fiel devoto o algo así. Supongo que habrán muchas chicas bonitas, y que me enamoraré de alguna de ellas. No sé si hago lo correcto. Siempre me gustó escribir. Quizás debería haberme inscrito en la Facultad de Filosofía y Letras, pero qué futuro podría esperarme. Dicen que hay puros chinos tirapiedras y garroteros. 
    Tal vez en la Católica tenga futuro. O tal vez no. Tal vez no exista el futuro. Tal vez conoceré a un tipo de quien solo recordaré que me dijo una vez que «cada persona es un mundo»; por ahí me gustará la chica más alta de la clase, que jamás me hablará hasta 2005, cuando coincidamos en una marcha que busque derrocar al presidente de turno; quizás me citaré con otra chica de aspecto más simple, a quien compraré flores y quedaré de ver en la Plaza Grande, pero finalmente no veré porque no acordaremos la hora jamás, y que me llamará días después a preguntar por qué no volví a clase, ya que me retiraré ni terminado el primer semestre. 
    Quizás me olvidaré de todos ellos y escribiré sobre lo fugaz que es la vida, de vez en cuando.


jueves, 16 de julio de 2015

Koyagal


Nuestros ojos se encontraron
un día sin pensarlo.
El viento soplaba las espigas
a lo lejos.
Una inmensa nube gris nos miraba.
La lluvia dejó un rastro de lodo
donde hundimos nuestros pies.
Sus voces nos hablan pero
no nos importa.
Solo queremos escuchar
nuestro corazón.
La sangre nos reclama,
pero preferimos sentirla
hirviendo.



Desde que papá murió, no he vuelto a Koyagal, su pueblo natal. Recuerdo algunas cosas: que el sitio ni siquiera aparecía en el mapa, que los atardeceres eran como un monstruo de niebla devorando las espigas de trigo; que un rebaño de cabras y cerdos eran a veces las únicas aves en el horizonte; que las únicas flores crecían en las paredes, y no en el suelo, en donde en su lugar crecían diminutas manzanitas; que luego de las cosechas, los abuelos solían armar pequeñas colinas con los tallos que quedaban, donde simulábamos construir iglúes de paja, antes de las llamaradas nocturnas con que solían invocar al dios sol de las antiguas collas (de donde supuestamente deriva el nombre del pueblo). Era un sitio tan frío, que cada noche de vacaciones o feriado que pasaba allí, siempre me orinaba en la cama, de manera tan frecuente que hasta empecé a desarrollar una técnica para secar las sábanas, sin que mis tías, que al día siguiente me jalaban de las orejas o me gritaban, se dieran cuenta.

        Recuerdo los ventarrones en el verano, y con ellos a mis primos Jorge, Vero y Adriana. Adriana, a quien asesiné tres veces, la primera, ese día en que cansado de su llanto, decidí encerrarla en un cartón y arrojarla por una de las quebradas, donde quedaba la escuela; la segunda, cuando harto de su presencia le arrojé tantas piedras, como estrellas en el cielo, y la tercera, en esta ocasión, en que volveré para despedirme de mi abuelo.

        Mis primos, y aquellos que les siguieron después, habían entablado una especie de alianza con ese lugar; no lograba entender su fascinación por ese sitio, ni lograba imaginar la infancia de mi padre, ahora tan distante de mí, ni su adolescencia, cuando dejó la casa de mis abuelos en una de las primeras motocicletas que llegaron hasta ese sitio perdido del país, que sin embargo geográficamente (como descubrí años después) era parte del cantón Quito.

        Tengo ya más de 30, y es enero. El sol y el aspecto lúgubre de varias casas de adobe, ahora abandonadas por varios migrantes que ahora residen en España, pronto me hacen olvidar la visión romántica que tenía de la fogata y el cometa. El abuelo está muriendo; pero mientras muere, la vida florece en mis nuevos primos, unos niños todavía, varios de ellos venidos también de España a vacaciones, unos extraños que hablán una lengua lejana llamada catalán. Y la abuela, preparando colada en el ya cansado fogón, y los estantes descoloridos de la tienda de víveres del otro lado del dormitorio general, que por muchos años fue el único centro de abasto de Koyagal.

        Pronto me aburro, tomo el auto y me dirijo a la colina del pueblo, un sitio conocido como Cochabamba, adornado por una casa de ensueño ubicada en el centro del lugar y bordeada por siete árboles, postal que siempre me hizo suponer que todos los cuadros con una casa en una colina que decoraban las casas, eran una foto de Koyagal. De pronto descubro que Sofía, una de mis primas pequeñas, se ha escondido detrás del auto, y que deberé llevarla de vuelta a casa.

        Hace unos días se celebró la Fiesta del Niño, ocasión en que los nobles habitantes del pueblo juegan ecuavolley, compiten en caballos y cantan. Dicen en mi familia que tía Silvia siempre destacó por su extraordinaria voz; jamás le he escuchado cantar. Sofía empieza a llorar y a decir algo en catalán. Pobre. Debe sentirse como pez fuera del agua. Sin embargo, no parece tener problema para ensuciarse mientras juega con mis otras primas y otras niñas del pueblo; de hecho lleva ahora mismo el vestido y la cara sucia, con esos ojos claros de casi todas las mujeres de la familia, que me recuerdan también a los de Adriana, a quien asesinaré esta tarde, sin que los demás se den cuenta. Espero no haber efectuado un monólogo mientras conducía.

        —Por qué hablabas solo? —dice de pronto Sofía. Resultó bilingüe.

        —Solo cantaba una canción —le respondo de manera un tanto brusca.

        —¿Qué es matar? —continúa.

        —Es agarrarse de las matas de los árboles, como las del árbol lechero de la casa de la abuela- le digo con frialdad.

        Ni los pueblos ni los asesinos son como los pintan. Koyagal es una especie de aldea, en una calle, sobre una quebrada. Hace poco han inaugurado un cementerio cerca. Supongo que de haber existido en el momento en que mi padre murió, le habrían dejado allí. Imagino que el abuelo tampoco descansará en ese sitio, porque seguro le dejarán en la urna familiar del cementerio en Quito. En la cocina, las tías preparan comida, mientras conversan de sus hijos, de sus impresiones de Europa y de los contrastes entre Quito y Madrid. En el patio, los niños corretean y chatean con sus celulares. Los primos más grandes fuman en una de las bancas.

        —¿Por qué no has vuelto al pueblo Davicho?- me dice mi primo mayor Paco.

        No solo no le contesto, sino que me quedo mirando fijamente un auto en donde llega Adriana junto a su esposo. Lleva en su cara los mismos ojos claros de Sofía, y los de la Adriana niña a quien asesiné dos veces en el pasado, cuando la arrojé por la quebrada, y cuando la envolví en una lluvia de piedras. Por alguna extraña razón, siento que es hermosa y que ya no quiero matarla. Ahora quien quisiera morir soy yo.

a Jael

martes, 14 de julio de 2015

Fragmento hallado en un cuaderno

Caminé por una calle vacía,
el aire me recordó la soledad;
el cielo gris a lo lejos reía,
y el tiempo parecía continuar.

Solo la mente sigue jugando
a burlarse del tiempo y el espacio.
Pero no,
no sabes qué hacer;
es solo un día más.

Cuántas horas pasarán,
si alguna en realidad.
Quisiera desdibujar el viento,
y poder sentir de nuevo,
que hay un lugar.

El sueño parece eterno,
la dulzura, la ternura en su lecho.
Y un aire de espejismo incierto,
me hace añorar al dulce viento...
1996

domingo, 14 de junio de 2015

Lore

Se me apareció por primera vez una tarde nebulosa de 1987: llevaba un par de cachos similares a los de la Chilindrina, quizás más grandes. Igual que yo, el primer día de escuela, llevaba un atuendo distinto del uniforme. Sus ojos eran oscuros, como pepas de guaba.

Su madre, quien a la usanza de los ochentas llevaba sombras en los párpados, que no le lucían tan mal, solía ir a retirarla siempre: estudiábamos en la tarde, y al dejar el aula, nos aguardaba el ocaso. Su padre era un longo horrible y carecabreado que, años más tarde, supe que trabajaba como conserje en la Facultad de Filosofía de la Universidad Central. Sus hermanos estudiaban en una academia militar; a veces también iban a la escuela, con sus pequeños disfraces de asesinos bufones.

Sin responder aún a ningún instinto carnal, decidí, o mi mente decidió por mí, que la Lore era linda. En la navidad de 1988, la profe del grado la eligió como candidata a Estrellita de Navidad de la escuela, al igual que las navidades siguientes. Jamás ganó el certamen, pero cada fin de año, sus pequeñas galas me hacían sentir enamorado de ella. Ese mismo diciembre, su hermano mayor, a quien volví a ver años después en una farra de Año Nuevo en Chillogallo, me dijo que «hay que cuidarse de los besos en la boca, porque pueden traer bichos», como adivinando mis sucias intenciones.

La Lore y yo no éramos los más conversones del grado. Siempre nos tuvimos mutuo recelo, pero pese a ello nuestro compañeros nos molestaban. En cuarto grado, una compañera mayor que nosotros, en una ocasión que debíamos tomar los lápices de colores de la caja comunitaria, nos aguardó el turno para que los tomemos al mismo tiempo. No sé si por todo ello es que me evitaba; fueron muy pocas las cosas que compartimos. Jamás le dije algo como «me gustas», o «creo que me siento atraído por ti» o «haces que mi corazón lata de un modo muy extraño». Obviamente era un niño.

Llegado sexto y al notar que la escuela terminaba, sentí que debía decirle que me gustaba, que fuera mi novia y que me permitiera darle un beso. Con cada día juraba que se lo diría al día siguiente, luego la semana siguiente, luego en Navidad. Alguna vez le vi charlando con mi supuesto mejor amigo, Saúl, a quien años más tarde volví a ver cerca del Hospital Vozandes, para contarme que se acababa de casar y que ahora era miembro del Opus Dei.

No sé si fueron celos, pero no le hablé en mucho tiempo. Durante nuestra última Navidad, la de 1992, no le dije nada. Sin embargo ocurrió algo que ni en sueños imaginé: mi prima Nancy, quien era de Tumbabiro, Imbabura, vino a estudiar el último año a nuestra ciudad, para continuar el colegio. Ella y Lorena se hicieron amigas, y una tarde, sin que yo lo supiera, la Lore entró a mi casa, que solía estar desordenada porque mi tía andaba muy ocupada en su trabajo y porque durante la mañana, a veces los deberes no nos daban tiempo. De haberlo sabido habría limpiado toda la casa. El punto, es que jamás conocí la suya. Y pese a que la Nancy se llevaba con la Lore, o intentó llevarse con ella, jamás me sirvió para hacerme los planes o darme metiendo carpeta.

El 14 de febrero del 93 le compré una tarjeta ridícula con unos muñecos dibujados, en donde le escribí que me gustaba, y que adjunté con una flor que compré en una esquina. Intenté dársela, pero la cobardía me hizo pensar en una alternativa: hacérsela llegar a través de una compañera. Durante el recreo encontré a Silvia, la amiga de la Lore, con mi tarjeta rayoneada.

En primer curso, ya en el colegio Montúfar, y hasta segundo, empecé a ir con unos amigos hasta el Colegio Simón Bolívar supuestamente para conocer amigas. En realidad, lo que quería era volver a ver a Lorena, quien estudiaba allí. Tiempo después, durante un programa de la escuela a la que volví para ver a mi hermano menor, y en donde encontré a otra amiga, Verónica, ella me contó que la mamá de la Lore todavía iba a verla al colegio.

Años más tarde, durante una fiesta en casa de unos primos, la Lore volvió a aparecer. Ya no era la niña de cachos en el pelo: le había crecido mucho el busto, y por primera vez la vi no solo fea, sino que paradójicamente me hizo sentir gran deseo sexual. Bailamos un set de no se qué música tropical, conversamos un par de cosas y después se fue. Años después, nos volvimos a encontrar en facebook, y quedamos en reunirnos con Saúl y ella. Nunca nos pudimos encontrar.

Una tarde, en que intentaba sostener una charla interesante por la red social, la Lore se asomó. Entre canciones de los años ochentas y noventas que puse en el Youtube, finalmente le confesé lo que sentía. Por un momento supuse que me diría que la pasaba igual. Me dijo, simplemente, «éramos tan pequeños».

sábado, 11 de abril de 2015

Volver

Mientras subía las escaleras
el desvanecimiento y la obscuridad
copulaban al ritmo de la música invisible
cadencia de viento y azúcar
intentaba imaginar como habrá sido el mundo
antes de la música
como el hombre fue en ella
como será mañana
en esas canciones que alguien imaginó
alguna vez y no pudieron tocarse
en las historias perdidas
en aquellas comunes a todos los mortales
Recordaba la metáfora del cielo
como una escalera de madera apolillada
seres que sí vuelan
como soñamos con ser antimateria
ser uno con la música y ser eco
ser lluvia para acariciar el viento
Mientras me desvanezco intento pensar
en aquellas charlas sobre un oasis amarillo espumoso
si el planeta fuera en realidad un vaso
en cómo las ciudades se expanden
en la añoranza que inspira a veces la obscuridad
En la oscuridad del mundo,
del ser
de unos ojos cerrados.
En un transplante de alma
en el tiempo que pretendemos robar.
Mientras subía las escaleras
el desvanecimiento y la obscuridad
procreaban el deseo mismo.

sábado, 7 de marzo de 2015

Cántame, Adri

Cántame,
una canción que me provoque reír,
e imaginar que te veré sobre una bici dentro de varios años.
Porque cada vez que te miro
el mundo da un giro total.
El café de aquella tarde ya debe estar frío;
hace mucho que la peña apagó sus luces.
Una columna de humo se sigue mirando desde lejos;
cántame,
como cuando volví a la iglesia para no rezar
como cuando el eco tropezó con el pan de oro para desarmarnos.
Viste de negro para desaparecer una y otra vez
canta y escúchate,
escúchame
mientras los animales corren felices lejos de nuestras fauces.
Canta para vos,
mientras escucho un concierto ajeno
sobre las agujas de un cronógrafo disfrazado de reloj.

jueves, 12 de febrero de 2015

Canción Warever

A quién le importará
que el sol se robe una tarde invernal
o retrate su almuerzo absurdo;
que la paz mundial se revuelque
en una orgía de sábanas,
mientras alguien vende lotería
con una camiseta del Ché;
quien sino,
mientras escucha una canción
para escaparse.
A quien importará
que la luna o la Antártida
se conviertan en propiedad privada
Quién improvisará la vieja
fórmula del amor desamor
en sinrazón.
Quién sino
una canción para escaparse.
Vieja guitarra
óxido en la voz
rugido de musa moribunda
luz de un peñasco
que más da
la hipnosis y el tedio
una canción
para escaparse.

viernes, 30 de enero de 2015

Iván el terrible

Hoy hace dos años
qué llegué a la ciudad
sigo en cada esquina
tras un afiche envejecido
de divas de un trasnochado Olimpo
de spanglish folclore
En mil viejas naves
sobre mares de asfalto
competí con el chasquido de los dientes
la espantosa rutina entendida como
estado de bienestar
y el discurso de los aprendices de
demagogos
-hace poco que salí
necesito volver,
no sé a donde
pero volver-
el frío metal
el cálido y sucio metal
espejo roto de smog
¿a quién le importará
mi nombre?
llámame Diego,
Darío o Iván
la culpa no es
algo que me quite el sueño
-necesito volver.
no sé a donde-
sabré como intimidarte,
preferirás dejar atrás
estigmas que considerarás menores.
Mientras te dopas con tu spanglish folclore
sabré adivinar tus gestos y vulnerabilidad
la culpa no me quita el sueño
y no me importa ser un vampiro
irreflejable entre el smog
-nadie valía la pena-
el frío metal
se convierte en cálido y sucio metal.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Noelia

La Vero y yo no sabíamos qué hacer. Llevábamos varios minutos en silencio, sentados en el mesón de la cocina. Ella no dejaba de batir su café frío, mientras escuchábamos de fondo una muñeca que no dejaba de chillar desde la tarde. Habría deseado fumar, pero la tienda ya estaba cerrada. Sí, le prometí a la Vero dejarlo, pero aún lo hago a escondidas. Al igual que nuestra hija Noelia, en varias cosas. Esa mañana me habían llamado del colegio para decirme que necesitaban hablar con la Vero, pero que cómo era el padrastro, preferían contactarse directamente con la madre. 

     Mi mujer ya se había ido al trabajo; estoy desempleado desde hace un mes, y solo hago un turno los sábados en un bar, por lo que insistí en ir. Hace unos días le sacaron el celular a la Vero en el Trole, y no conocía el número de su trabajo, por lo que decidí contárselo en un mail.  Cuando llegaron la Noelia y su hermanita Vicky, parecían las mismas niñas de siempre. Después del almuerzo, la Vicky empezó a jugar con la muñeca chillona que le regalaron sus tíos hace tres meses, cuando estuvo de cumpleaños. Vicky acaba de cumplir ocho y Noelia catorce; cumplen años con un mes y unos días de diferencia. El padre de ellas suele visitarlas cada vez que puede; sin embargo, pese a que no les pasa la mensualidad, la Vero se siente feliz, y lo prefiere así. Me casé con ella hace dos años, cuando la Noelia todavía llevaba su mochila de Monster High a la escuela.

     Es odioso comparar, pero la Vicky es más despierta y preguntona que la Noelia; incluso más abierta. A veces siento, cuando voy con ella a la tienda, no sin antes prometerle un helado, que converso con una pequeña adulta. Me gustaría haber tenido una relación así con la enana mayor; al principio lo intenté. Le regalé incluso mi celular, porque el que le había dado el papá se había roto. No pasó mucho antes de que lo perdiera. Sin embargo le regañaba más seguido a la Vicky. Alguna vez le grité tan fuerte que se puso a llorar y una vecina de la casa me acusó de pegarle a la niña. Por un tiempo sentí alivio de que el papá de la Noelia y la Vicky no viniera a querer golpearme o algo así. Pero él tenía ya otra familia, o por lo menos así me hacía entender la Vero.

     —No sé si debería contarte... Me dijeron en el colegio que la Noelia ha llegado tarde al colegio porque se ha ido con el novio a comprar una prueba de embarazo—en ese instante deseé más que nunca un tabaco—. ¿Qué haremos?
     —Por lo pronto, llevarla al médico y que le examinen. Por favor, hasta mientras no digas nada —puntualizó.

     Los siguientes días no supe qué hacer. A espaldas de la Vero, le conté el asunto a mi hermano mayor, Paúl, quien es médico y tiene una hija de tres años. Mi ñaño me sugirió que pase lo que pase, no pierda la compostura, pues 'los padres latinos solemos ser muy cascarrabias y perder los estribos'. Que demuestre autoridad, pero de manera serena y centrada. Y que en caso de haber metido las patas, por nada del mundo le sugiera abortar, ya que en el país es ilegal.
     —Me da coraje porque la Vero y yo ni siquiera hemos pensado tener hijos aún, pues la Vero dice que dos ya son bastantes —agregué —. ¡No es justo que en menos de un año me convierta en papá y abuelo al mismo tiempo!
     —Ahí sí, vos verás, pero recuerda que aceptaste casarte así —sentenció.

.....

     —¿Qué fue, Vero, ya le llevaste al médico a la Noelia?
     —Para qué la voy a llevar, si me dirá lo que ya sé —respondió.

     No había sido la primera vez; la Noe ya había tenido relaciones con un novio anterior. Me enfadé mucho con ella. Ni siquiera fue por haberse anticipado y dejarse llevar por la curiosidad, y no saber decir que no. Me enojó la manera en que su madre y yo nos enteramos. 

     Días después, a espaldas de la Vero, durante el almuerzo, hablé con la Noelia. Entre las varias cosas obvias que le dije y que evité decirle pues me parecía un sermón barato, le prometí  que no la trataría más como una niña, ya que había decidido por su cuenta dejar de serlo.

    La relación entre la enana mayor y yo cambió. De repente dejó de saludarme y de conversar. Por las tardes habría sentido que la vida era una romántica celda fría, tediosa y silenciosa, de no ser por la muñeca de la Vicky, que despertaba de su tumba con su horrible chillido, y me obligaba a prender la tele o poner música para amagar. Pero ni Youtube ni la radio me impedirían conversar con la Vero.

     —Se qué hablaste con la Noelia y qué quisiste ayudar, pero debiste consultar conmigo primero.
     —Perdón. Tú sabes que no es fácil —respondí.

     Luego de varias otras cosas que me dijo y preferí ignorar, la relación con la Vero también se fue deteriorando. Ya solo hablaba con la Vicky. La Noelia llegaba del colegio, comía y se encerraba en el cuarto, y solo de vez en cuando le escuchaba hablar, generalmente cuando se peleaba con la ñaña menor. No he tenido suerte en encontrar otro empleo: a veces me gustaría encontrar cualquier cosa, con tal de ya no estar en ese ambiente. La Noelia no resultó embarazada; llegué a la conclusión al igual que su madre, de que prohibirle tener un novio era casi tan caricaturesco como pretender que lleguen vírgenes al matrimonio. De todos modos, jamás podríamos estar con ella las 24 horas del día. Le dije solamente que haga lo que haga tenga más criterio, de ahora en adelante, y piense un poco en su madre.

     Un día la muñequita de la Vicky finalmente dejó de chillar. No sé si la arreglaron, la tiraron a la basura o la pila se fundió.


lunes, 5 de mayo de 2014

Casino beat

Mientras me lamentaba por mi tesis sin acabar y el Sodoma y Gomorra que se me vendría encima, a la par de la crisis de los 35 años y la utopía de hallar recién un empleo en la profesión, hurgando entre mis cosas por pura ansiedad me había encontrado mi viejo casete compilado de Ángeles del Infierno. Al escucharlo en mi equipo Sony, cuyo lector de compactos ya no sirve desde hace años, el viejo parlante cuyo bajo ya hace vibrar mis ventanas delató la voz de mi amigo, Édison Pereira, a quien apodamos en la clase de la U el Yisus. Resulta que el Yisus, junto con el Santiago y el Jorge, se pusieron a jugar con la cinta simulando que presentaban un rock show radial al que habían titulado Rock and Box. 

     Luego de egresar había perdido contacto con ellos, hasta el día en que la Diana, nuestra chismosa compañera que de soñar con presentar un noticiero de farándula terminó como relacionista pública y ganando más plata que nosotros, me contó que el Santiago se había a ido a EEUU, que el Jorge se había casado y divorciado, pero que del Yisus, el más misántropo de nuestra pata, no sabía nada. Indignado por haber encontrado el casete pero también algo curioso por saber en qué momento mis compañeros la habían alterado finalmente olvidé el episodio, hasta esa noche de carnaval en que decidí visitar la plaza Foch, que por el feriado y estar lluvioso, parecía más bien un colegio en domingo.

     Luego de deambular un rato ingresé al Casino Beat, sitio que de casino solo tenía el azar de los extraños que se encontraban, pues era solo una sucia covacha con cuatro mesas de madera por lado, un viejo monitor Panasonic que servía de karaoke y una destartalada refri que servía de bodega para la embriaguez. Eso sí, la música era excepcional: desde Ilegales hasta Sepultura, pasando Metallica, Soda Stereo, una que otra de Vilma Palma e Vampiros y alguna de Enanos Verdes. Varias veces acudí a este bar con amigos y amigas, a quienes intenté e incluso robé destrampes fugaces, al son de alguna canción de heavy metal en castellano de Obús, Barón Rojo o Mago de Oz. Además del letrero, el bar conservaba el mismo aspecto, salvo por una cosa: la música ya no era la misma. Empezó a llover más fuerte y la pereza me consumió más rápido de lo que supuse me consumiría la cerveza. Me senté al fondo (no habían más que tres o cuatro pelagatos) y pedí un combo.

     La última novia que tuve me dijo que "era un tipo muy económico" y que con el tiempo, en lugar de volverme inmune al alcohol mi garganta se había vuelto sensible. De repente escuché aquella voz:

     —Grabamos en ese casete mientras fuiste a almorzar con tu ñaño.

     Era el Yisus, y no solo él; eran su vieja camiseta de Testament, su vieja chaqueta y cabellera.

     —Chucha, no has cambiado nada —le dije—. ¿Quieres una biela?
     —Gracias loco —respondió, casi dando la impresión de hablar mientras empuñaba la botella.
     —Qué verga de bar  —siguió; quise ir al Waiting o al Epicentro, pero estaban cerrados.

     Yo no era muy asiduo de esos lugares; sin embargo, en una ocasión entré al Epicentro. Me pareció un sitio repugnante. Prefería el Casino Beat no solo por más pequeño, sino porque tenía una enorme ventana desde donde podías ver a casi todos los zombis de la plaza Foch.

     —¿Es la primera vez que vienes al Casino Beat? le pregunté.
     —Qué te haces el loco careverga, no te acordarás que un día vinimos con el Santiago y el Jorge?
     —Simón  —respondí.
     —Te has engordado más cabrón, siguió.
     —Ja, ja, ja.

     Luego de varias canciones de rock latino que no me incomodaron en absoluto, el Edison empezó a irritarse. Recordé enseguida que detestaba casi todo lo que no fuera thrash de los ochenta.

     —Ya nadie se viste como vos —le dije, mientras en sus lentes se reflejaba la etiqueta de la botella de Pilsener, que había doblado de tal forma que en lugar de leerse la marca se leía Pene.
     —No sé, pana; estos lugares en el fondo solo buscan vender.
Me pareció muy lógica su apreciación.
     —¿Has sabido algo del Santiago?
     —Sí, el otro día le vi por la Plaza de Toros; me dijo que pensaba hacer un programa en una radio online con un primo. Luego supo que se fue a Boston, donde viven los hermanos.
     —¿Y que hay de tu revista Rock and Box, sigue el proyecto en pie?
     —Se hace lo que se puede, loco; ahí nos armamos una página con un pana y una man que sabe full de extremo.
     —¿Ah, sí? ¿Y cuántas visitas has tenido?
     —Solo las necesarias —concluyó.

     El Yisus solía decir que era un forastero en el lugar y época equivocada, y que debió nacer en 1965 en Florida o California para vivir el nacimiento del thrash y el death. Pese a ello, en otras ocasiones decía en cambio que le valía verga el consumismo. Jamás entendí esa contradicción en él.

     —La Diana me contó que vas a entrar a un Ministerio a trabajar...
     —Sí, loco, y me piden que me corte el pelo, porque la directora es temática con eso.
     —Supongo que la plata no te vendrá mal.
     —Claro que no, pero ojalá no me pidieran eso. A mi primo el Beto que está en una Subsecretaría nadie le dice nada.

     Hace tiempo también tuve el pelo largo, pero se me empezó a caer. Empecé a llevarlo corto por eso, por comodidad (odiaba peinarme) y porqué empecé a tener la sensación de que mi cara ya no se adaptaba a eso.

     —¿No crees que es una huevada lo del pelo? —le dije, sin contarle los detalles tediosos de mi historia.
     —Ja, ja, ja, respondió. Salud.

     Borrachos ya y perdidos en la nube de nuestros pensamientos, un insulto pronunciado desde la oscuridad, cuyas palabras ya no recuerdo, fue la mecha que encendió la pólvora del bar. De inmediato, el sitio cuyos muros parecían recubiertos de rostros humanos se vio iluminado por un destello al que inmediatamente siguió la música de los golpes y las pinceladas de sangre. La música paró. Ni siquiera recuerdo de qué parte vino el primer kiño; solo sentí de inmediato que el alcohol, el fervor y la sangre elaboraban un coctel en mi cabeza, en la del Yisus y en la del Sodoma y Gomorra en que se convirtió el Casino Beat. Esa noche sentí que debía volver a mi animalidad. Lo último que recuerdo de esa noche es haberle dicho que No.

     Tiempo después, me enteré que el Yisus se había cortado el pelo, pero que apenas había durado tres meses en el Ministerio. Ahora camella en la sección urbana de un periódico, donde también escribe sobre espectáculos. A veces sueño que vuelvo a dejarme el cabello largo y que vuelvo a andar con un walkman por las calles. Hace una semana pasé por el Casino Beat y descubrí que ahora es una shawarmera. El día feriado, antes de la trifulca, al preguntar al Edison por qué quería que su revista se llame Rock and Box, me contestó que era porque la música también tuvo que entrar dando golpes.

lunes, 10 de marzo de 2014

Ticket a Crimea

 La fría espuma del mar en blanco y negro
 colándose entre mis huesos,
 me mostró un horizonte donde una silueta
 carmesí lo rasgaba todo.
 Aquí o allá,
 da igual dónde estés.
 Tus sueños se pulverizan en una ocre postal,
 dentro de un diario que prefirió volverse amarillo que desvanecerse junto al viento.
 Sobre la mar,
 el oso y el águila debaten por mi alma,
 mientras un bufón intenta animar a las   masas desde un monitor.
 Aquí o allá,
 da igual dónde estés.
 La felicidad solía ser una postal de vivos   colores.
 Un barco fantasma de ratas caníbales
 divaga en el espacio.

lunes, 24 de febrero de 2014

Mi pelota de mocos

Antes de iniciarme en otras cosas más sucias, solía meterme los dedos en la nariz y sacarme los mocos. Como cualquier niño. Quizás como cualquier adolescente, anciano, deportista, superestrella o presidente, en secreto. En una ocasión, mientras iba en el bus con una amiga, con una mueca y una tremenda cara de asco me dijo que un guambra, que iba en la otra fila, "se estaba sacando los sesos". 
     —Ni que vos no te hubieras quitado los mocos nunca —le respondí. 
     —¡Tatay, ve! —concluyó.
     Ella ignoraba que hace años desarrollé un alocado experimento. Estaba creo en cuarto o quinto grado, cuando una tarde, mientras hacía un deber de Matemáticas, luego de vaciar mis napias y de frotar mis mocos con los dedos pulgar e índice, descubrí que estos tenían una viscosidad que me recordaba a esas pelotas negras de caucho que solían vender en algunos bazares. El masaje había provocado un efecto tal, que fue como frotar plastilina. Decidí guardar mi pequeña bolita en el envase plástico de un rollo de cámara de fotos de esos que ya casi no se ven.
     Al día siguiente repetí el experimento, y decidí unir las dos bolitas para formar una gran bola. Repetí el experimento durante varios días seguidos; la cualidad hermética del envase había provocado, sin querer, que la bola no se secara a la temperatura ambiente y que mantuviera un cierto índice de humedad. Nunca fui preciso en Geometría, pero creo que el diámetro llegó a superar los cinco centímetros, pues varios días después mi esfera ya no cabía en el frasco.
     Pasaron los meses, llegó Navidad, Carnaval, Semana Santa y para las vacaciones, ya tenía una pelota de mocos o por lo menos se le acercaba bastante, como comprobé un día mientras mi ñaño estaba fuera, al compararla con su balón de fútbol. Una tarde, luego de ir a la tienda por una bolsa de papas fritas, mi tía me esperaba en la puerta.
     —¡Qué mierda es esta pendejada!—dijo enérgicamente, con el juguete que había creado desde mis fosas nasales a sus pies.
     Una semana después, luego de que el dolor en mis manos y orejas había pasado, decidí que no volvería a jugar fútbol o ping pong. Mi tía por su parte le agarró cierta tirria a las pelotas de caucho. En unas vacaciones siguientes, en las que fuimos de visita donde otros tíos, y en donde se me tapó la nariz, mi tía no paraba de verme, y cada vez que acercaba mi mano a la cara, me clavaba esa mirada inquisitiva que solo había visto cuando un día, por accidente, perdí un vuelto en la calle.
     Nunca más pude armar una pelota tan grande de mocos. Supongo que hay cosas que solo puedes hacer mientras eres niño.


sábado, 25 de enero de 2014

El hombre que le gritaba a la nada

Intentaba en vano redactar mi tesis cuando lo escuché por primera vez. Aburrido casi por completo del Facebook (le había dado like a lo que debía y a lo que no), esa noche escuchaba el trepidante sonido de una puerta, de esas de madera y metal. Suponiendo que se trataba de algún borracho, resté importancia al forcejeo. Sin embargo, mi paz artificial se echó abajo cuando empecé a escuchar, desde el fondo del alma de algún quiteño atormentado, el grito imparable de « SONIA, ¡SOOONIA!» 
     Convencido al fin de dejar la aburrida laptop y el Facebook desgastado, decidí mirar a través de la persiana de la sala, curioso más bien morboso por saber cómo era el aspecto del exótico galán que gritaba por su amada. El tipo, seguro, no medía más de 1,60 cm de estatura; no era gordo ni calvo, se veía trigueño (la luz amarillenta de la noche, que hace pocos días fue reemplazada por unas led, fue todo lo que me permitió distinguir). Supuse que se trataría del típico caso de algún borracho que habría extraviado la llave y al que se le habría negado la entrada a su casa por los tragos que seguro llevaba encima. Luego de ese panorama, apagué la compu y me fui a la cama.

     La siguiente noche, un poco más dispuesto a estudiar, pero un poco perdido entre las letras algo difusas de mis libros fotocopiados, le escuché otra vez. SONIA, SONIAAA… TUMTUMTUM… SONIAAA… ¡SONIAAA!

     De pronto, pensé que el gritón galán tal vez era no un bebedor ocasional, sino un alcohólico, pese a las advertencias de que las casualidades existen. Sabía que era un tipo de estatura mediana, de apariencia ecuatoriana común y corriente, pero ignoraba su nombre. Al menos sabía o suponía que la persona requerida era Sonia. El sonido de la puerta continuó esa noche. Por un momento, creí que algún vecino llamaría a la Policía. Por un rato se me pasó la idea por la cabeza también, sin embargo pudo más la lástima, y la comodidad de suponer que alguien más lo haría.

     Una semana después, el grito de "SONIA, SONIAAA" regresó. Esa noche intentaba mirar una película erótica, y necesitaba sentirme concentrado; los alaridos del hombre entorpecieron mis planes. Esa noche me pareció el colmo. Agarré el teléfono y marqué al 911. La voz de la operadora no fue nada amable, y en tono aburrido me dijo "ya le comunico con alguien". Una musiquilla repetitiva, aburrida y odiosa al extremo casi termina por provocarme náuseas. Al final, los gritos del borrachín se me hicieron más simpáticos que la mediocre atención de los servicios de seguridad. Minutos después, un agente de policía me respondió. Le dije que un hombre hacía escándalo, que por favor se lo lleven, pero también les dije que le presten ayuda. Me dijeron que enviarían una patrulla en veinte minutos. La patrulla nunca llegó. Minutos después, los gritos del hombre pararon.

     Habían pasado varios meses desde entonces. Conseguí un nuevo trabajo y volví a olvidarme de mi tesis. Me olvidé del gritón también, y de Sonia, a quien nunca conocí. Una noche, mi novia se quedó en casa conmigo. Mientras intentaba dormir (ella ya soñaba algo seguramente), le volví a escuchar.

     Curioso (mejor dicho, morboso), decidí otra vez regresar, para constatar que fuera el mismo. Esa noche, una patrulla pasó por la calle con un altavoz, pidiendo a la última tienda abierta que la hora de cerrar había terminado a las 10. Unos chicos buscaban botellas de plástico para reciclar y vender. Escuché al camión de la basura también. El amarillo intenso de la lámpara más cercana a mi balcón, dio paso al hombre que seguía gritando «SONIA, SONIAAA» a viva voz.

     Un vecino de mi casa, Don Néstor, zapatero desde hace cuarenta años, me reveló finalmente el misterio del hombre de los gritos. Me dijo que se llamaba Efraín, de 63 años, que trabajaba eventualmente como electricista, y que Sonia, su exmujer, había fallecido hace diecisiete años, luego de estar recluida en el San Lázaro durante seis meses. Que luego de la muerte de Doña Sonia, su hijo mayor, Daniel, impactado por el suceso, se había enemistado con él, empezando a beber, situación por la que un día tuvo un accidente fracturándose la pierna, cuya recuperación le llevó más de un año, debido a un mal reposo que empeoró su condición, obligándolo a andar en muletas, parcialmente incapacitado.

     Por momentos, creía que en esa casa vivía una mujer llamada Sonia. Alguna vez quise jugar a Sherlock Holmes y averiguar quién era la señora; sin embargo, la pereza y el recelo me hicieron declinar. La historia que me contó Don Néstor al menos satisfizo mi curiosidad.

     Un par de años después, casado ya con mi novia, una noche que no podía dormir, le volví a escuchar…

viernes, 17 de enero de 2014

Libro de autoayuda

Con tus palabras de libro de autoayuda
evocando a Coelho, Sánchez y la vaca que se robó el queso.
Todo marcha bien.
Las páginas no se han vuelto amarillas aún.
Osho y sus consejos de cabecera
y el chocolate caliente que altera mi alma.
Echaré la culpa al queso,
huiré con el chocolate
y escucharé a Arjona tal vez,
no viviré esta noche como Bukowski persiguiendo
una casilla postal.
Me entregaré al olvido por un instante
hasta dormirme sobre una Biblia tal vez,
hasta estrellarme luego de una cetrería marchita.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Drácula

Lo malo de cuando estoy triste
es que escribo más y dibujo menos.
Recuerdo tonterías,
como aquella vez que una ex
robó mi libro de Drácula.
Después de desaparecer y reaparecer.
O aquel juguete que se cayó por la ventana,
en una tarde de lluvia.
El tiempo de obscuridad está por volver.
La brisa del parque atravesó mi espina
dorsal y nubló mi percepción.
Un grillo multiplicado por mil no para
de gritar
Puertas que se cierran y abren
silbidos
eso de prestar discos y libros es un desastre,
los libros duelen más.
Lo malo de cuando estoy triste
es que dibujo menos y escribo más
escucho el hielo quebrarse desde algún remoto lugar
cesó el canto del grillo
otra puerta se cierra
Recuerdo tonterías,
como aquel libro que robé una tarde
en que hice de la venganza una bocanada de placer.

miércoles, 21 de agosto de 2013

La plegaria

Mi mamá me había advertido. Que con eso no se juega. Que las películas son una cosa y la vida real es otra. Que la política de cualquier lugar del mundo siempre será una tontera. Que el único que gobierna este mundo y este universo es Dios. Discutíamos mucho sobre eso. Sobre si existía o no. Más de una vez, me mandó a la mierda por no ir a la misa del domingo. Mucho más en esa ocasión en que no quise ir a aquella de recuerdo del abuelo. Con el tiempo, sin embargo, empezó a ignorarme. Sospecho que su amor era más fuerte que sus creencias, aunque a veces insistiera en aquella frase de "primero Dios, después vos".

        Esa tarde, en medio de la maleza del río Toachi, recordé varias cosas; primero, ese pasaje del libro de García Márquez que decía más o menos "muchos años más tarde, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía recordaría esa mañana en que su padre le llevó a conocer el hielo". Me acordé también de una peli del Woody Allen cuyo título no recuerdo, donde antes de ser ejecutado se pasa toda una trama de situaciones hilarantes. No les mentiré. No me parece divertido estar así, y por más que intento recordar cosas chistosas para aplacar el miedo, estoy que me meo en los pantalones. Lo más horrible es esta tensión, de no saber en qué momento va a suceder. La adrenalina que me había empujado a la aventura, inspirado en parte por películas, libros y páginas de blogs sobre historia y revolución, en este momento es como agua fría en mi cabeza. No he parado de temblar; recuerdo que cuando estaba en la ciudad, en clases, en el bus o con mi novia, solía temblar, pero de felicidad o curiosidad. Esta vez es algo involuntario.

        Mi mamá me había advertido, como la mamá de esa película mexicana "Rojo amanecer", cuando les dice a sus hijos, qué no se debe enfrentar al gobierno. Pero la prepotencia también es cansona. No quería seguir envejeciendo mirando como otros se paseaban por el mundo para regresar a hacer lo mismo. No quise ser un borrego más. En el fondo siempre supe que un momento así podría ocurrir. Pero ahora, solo espero que no me torturen. Que no me disparen en la cara, me corten los dedos, los dientes o me degollen lentamente. Que estos asesinos que para colmo se atreven a invocar a Dios tengan piedad. Le pido a mi abuelo, allá dónde esté, aunque muy en el fondo sé que en realidad no está en ninguna parte, que interceda mágicamente para que algo interrumpa este momento, como pasó en un cuento de Edgar Allan Poe, cuyo título tampoco recuerdo. Mientras miro al suelo, veo sus botas, y la punta de sus machetes. Ojalá que me disparen y las balas me hagan dormir enseguida, pienso suplicando, mientras noto mis lágrimas. Mi mamá me había advertido. Ojalá estuviera ahí ahora, como la vez en que se me bajó la presión al enterarme que perdí una materia en la universidad. Ojalá viniera mi abuelo como un zombie desde el más allá y les sacara la madre a esos tipos que están frente a mí. Ojalá pudiera hacerle lo mismo a los jefes de estas personas. Intentaría ser más piadoso, matándoles rápidamente. Pero qué va. Estos tipos sí que saben de crueldad. Nos están haciendo parir. Nos dicen que saben quienes son nuestras familias, porque han visto nuestras páginas de Facebook gracias a los servicios de inteligencia, y qué serán ellos los que sigan. Qué suerte que antes de todo esto terminé con mi novia, pese a que insistió en que no lo haga. Espero ellos no sepan quien era (…)

        Perdón, acabo de vomitar… Esto todavía no acaba. Dios, si existes, haz por favor que esta gente tenga un shock mental y se caiga súbitamente sin disparar una bala o extender su machete. Y si no existes, haz lo posible por existir, aunque sea solo por este instante. Abuelo, si eres un fantasma y me escuchas, por favor evita que me maten. No, no vendrás. Estoy alucinando. Mamá, por favor reza por mí y dame algo de tu fuerza para superar este momento con dignidad. Ya no espero la gloria o la fama, ni convertirme en Rambo, solo irme a dormir con dignidad. Te quiero, mamá…

lunes, 15 de julio de 2013

Acción poética Marte

El ladrillo que arrojé desde
el aeroplano de neón,
que escapó de la atmósfera
el día en que el mundo se puso de cabeza
rompió el cristal cometa y erró el camino al sol.
Mil días y mil partículas,
si los huesos se convertirán en polvo los trazos
aún más.
Y mientras divagas entre Einstein y Hawkings te preguntas
si existirá un marciano que copie citas textuales en
el planeta rojo,
y una beata remilgosa
y un cerdo espacial.
Elevarse sobre la inmensidad del espacio
o hundirse sutilmente en una inmunda alcantarilla.
O hallar la inspiración en el sitio menos pensado.

jueves, 11 de julio de 2013

Último día de clases

Mientras regresábamos a Quito,  con la mirada perdida en el cielo anaranjado de junio, no dejaba de preguntarme por qué la Vero no había venido. Que el Huera, la Lugmaña y el López no hubiesen viajado era comprensible, pues eran bastante humildes; sin embargo, hasta la Chalá y el Angulo nos acompañaron gracias al esfuerzo que hicieron sus papás por garantizarles un bonito recuerdo de la escuela.

   Pese a ello, la Vero, que siempre tenía más de mil sucres de colación, que cada año cambiaba de mochila y que cada semana venía con esferos nuevos, a diferencia de nuestros mordisqueados bolígrafos, no vino. Un día le presté uno de los míos, con la esperanza de que lo conservara para siempre. Mi desilusión fue grande cuando al día siguiente me lo devolvió. En fin. Supusimos que los papás quizá no la enviaron por temor a que se contagie de alguna enfermedad en las piscinas de Baños; o aún peor, seguro les parecía indigno que su estrellita de navidad se juntara con la longueada. A veces me preguntaba porque ella, pese a vivir en Chillogallo, acudía a nuestra escuela fiscal vespertina de La Alameda. Varios compañeros a lo largo de los seis años que compartimos en esas banquitas estrechas, despintadas y rayadas, se habían cambiado a otros planteles. Hasta el segundo grado, yo mismo solía mentir que me iría a la escuela municipal Sucre, que tenía mejores recursos que la Gonzalo Abad, a donde venían niños desde puntos tan lejanos del centro de Quito como Guamaní, el Comité del Pueblo o La Ecuatoriana, y que no sé cómo carajos hacían para regresarse a la casa, si ni siquiera teníamos bus de recorrido. A la Vero solía venir a buscarla su madre, una señora muy simpática que siempre se maquillaba con sombras de colores intensos en los ojos, pero que a diferencia de otras desdichadas madres le sentaban bien. Nuestro horario de salida era a las seis y cuarto de la tarde; a veces, pese a que en nuestra patria equinoccial se supone que los días y las noches deben durar lo mismo todo el año, al salir de la escuela ya había oscurecido e incluso se encendían las luces. Cuando llovía, entre las tantas prendas de la Vero había un ponchito amarillo que solía llevarle su madre, que le hacía parecer un pollo.

   Esa tarde del bus, regresando de Baños, se estaba haciendo de noche también. Una amiga, Jackie, fastidiosa, empezó a fregar ante todos que la Vero me gustaba. Acholado, dije que no, aunque me moría de ganas de decir que deseaba que el tiempo pasara y que nos volviésemos adultos para casarnos. Todos se rieron. Luego, alguien puso en la radio del bus un cassette con la canción del Meneaito, que con patéticos, tiernos y sensuales movimientos, hicimos el relleno perfecto mientras pasábamos por el Boliche, que a esas horas ya nos impedía ver el Cotopaxi.   

   Al llegar a la escuela, pese a la exigencia que hice a mi madre de no irme a buscar porque vivíamos a media cuadra -y por qué quería verme más "hombre"- fue a verme. Vino con mi hermano más pequeño, el Marco, quien me había prestado una pelota para jugar en la piscina, que perdí mientras divagaba pensando porque la Vero no había ido.

   Luego de ese sábado tan simpático, el lunes y martes la Vero faltó a clases. El Édgar, un man cargoso, llegó a insinuar que se había muerto. El miércoles sería el programa con la entrega de libretas, diplomas y toda esa vaina. En nuestros tiempos, nadie, por más vago que fuera, perdería jamás el año. Nos dedicamos a chismear sobre los colegios a los que iríamos: Mejía, Montalvo, Montúfar, Simón Bolívar, Manuela Cañizares; habían unos cuantos niños que todavía no sabían a qué colegio irían, y aún más, habían otros que aseguraban que no irían a secundaria. La Vero se había perdido esa charla; me moría de curiosidad por saber a qué colegio iría. Me moría de ganas de verla.

   Esa noche, el no tener teléfono en mi casa se convirtió en tortura china. En la lámina de un mapa de Europa, donde aparecía aún la Unión Soviética, recuerdo que escribí un número que me dio la Silvia, asegurándome que era de la casa de la Vero. No teníamos celulares, como tampoco tenía 500 sucres para ir a la tienda más cercana, ni monedas de Emetel, ni un teléfono público cerca. Necesitaba saber si iría al último día de clases. Esa noche, sin darme cuenta, soñé que le encontraba en el patio, que se me acercaba y me decía que siempre me había querido, pero que debido a mi timidez le daba cosas decírmelo. Al rato me di cuenta de que había visto mucha tele. 

   La soleada tarde del miércoles, todos los niños acudieron con el pantalón casimir que quizás ya no usarían en el colegio. Intenté en vano ir con un jean, pero mi mamá me lo prohibió rotundamente. Al acercarme a la escuela, la miré. La Vero se había contagiado de paperas, y acudió a la escuela con una bufanda. En ese momento, me apresté a decirle que, sin importar a donde nos lleva el tiempo, ni la pubertad, ni las mejillas hinchadas, la querría por siempre. Me acerqué. Entonces se interpuso su mamá, quién me saludó con cortesía. La Vero no puede acercarse- terminó.  

   Ese día, me quedé en el patio de la escuela hasta la noche. Todos se habían ido ya. La luz del poste parecía desprender miles de espigas con rumbo a todos lados. Recordé en ese instante que, allá en Baños, los postes eran redondos. Me pregunté a qué colegios iríamos la Vero, la Silvia, el Chalá, el Pérez, el Édgar y todos los demás. Un día, mientras buscaba algún billete, dentro de una enciclopedia encontré por casualidad la lámina de Europa de mi escuela, con un número escrito sobre el mapa de Rusia. Hace meses me reencontré en Facebook con varios amigos de la escuela, ahora padres de familia. Uno de ellos me dijo que ese ya no era el número de la Vero.

A Karly


sábado, 29 de junio de 2013

Turbobiela

Sangre amarilla,
el lejano domingo y su beatitud aún aguardan
en el fondo del cristal.
Filosofía de bar disolviéndose
con los asuntos más mundanos,
la música te de vueltas.
Faltan todavía unas horas para la
llegada de los marcianos verdes.
Un beso robado
y el sonido del metal en la losa,
impregnaron una pincelada en el lienzo
sabatino.
Sangre amarilla,
fulgor dorado,
arco iris gris azuláceo.
La noche es como una sala de cine
y nosotros la película.
La filosofía nos entró por una oreja
y salió por la otra.
Los besos robados desaparecen
entre la espuma.
Los marcianos se acercan,
exigen al público abandonar
sus butacas.
El sonido del metal ha pasado
de la losa al asfalto.
El domingo ahora es un lejano
sábado.

viernes, 24 de mayo de 2013

Synth

Oh, pequeña,
cuán pequeño es el mar
en tus pupilas.
Cuan efímero el instante,
cuán falaz el aliento.
Acá,
junto a un reloj en paro,
que 14 veces en una semana
dará la hora exacta.
Te miro y escucho música
que proviene de lejos.
Adelante y atrás.
La vida,
jinete espacial que nos conduce,
al paso de un gato cuya cabeza
contemplé desde el infinito.
Como cuando jugaba a recrear
el mundo,
con crayones,
sobre un terciopelo.
El cometa que rozó el planeta
que no recuerdo,
y que tal vez mirarás cuando
yo ya no pueda.
Se reflejará en tus ojos,
y alguien dirá,
un día,
oh, pequeña,
cuán pequeño el infinito
en tus pupilas,
y el mundo será otra vez de
terciopelo.