jueves, 7 de mayo de 2026

Krupskaya

Nos acabábamos de mudar desde Itchimbía; mamá había regresado a Italia, tras encargar a mi padrastro el trasteo hasta la nueva casa cerca de La Alameda y del cuidado de mis hermanos y mío. No hacía demasiado desde que inicié el primer curso en el colegio Montúfar, luego del paro nacional de profesores de fines del 93; se me hacía extraño que ahora me llamaran «señor» cuando todavía era un niño de doce años recién cumplidos.

    La casa que compraron mis padres, que estaría hipotecada hasta 1998, todavía estaba arrendada por personas cuyos contratos con el dueño anterior estaban vigentes, por lo que debimos ocupar una parte del primer piso, único espacio disponible entonces. Mi pa, mis dos hermanos y yo debimos compartir la misma habitación, en dos literas: toda una barraca de machos. El tercer piso, que sería nuestra morada, no estaría desocupado hasta después de nuestro verano equinoccial, en tanto que en el segundo piso habitaba una familia conformada por la vecina cuyo nombre no recuerdo, a quien solía mirar lavando ropa en el patio del segundo piso; su esposo, cuyo nombre tampoco recuerdo pero que supuestamente era operador de la ya desaparecida radio Bolívar; un perro pastor alemán llamado Dinky y finalmente los hermanos: Gianni y Dimitri, y las hermanas, Priscila y Krupskaya. Kaya era la mayor de ellos.

    Más alta que yo (tendría entonces quince años), su rostro me recordaba al de Irán Castillo, la actriz que interpretaba a Cecilia en Agujetas de Color de Rosa. Era bonita, de nombre muy peculiar y ojos de miel con cereal, y parecía tener el carácter liviano. Priscila, menor que ella, tampoco estaba mal; tenía un novio que solía venir a verla, ataviado con la moda de esos años, con una camisa que parecía de pakistaní y un chaleco. Mi hermano mayor, apuesto pero sobre todo muy seguro de sí mismo, no tardó en desplazar al galán noventero del corazón de Priscila.

    A mi padrastro no le agradaba que fraternizáramos tanto con ellos, debido a la cuestión de arrendadores y arrendatarios; de todos modos, terminado el contrato con el dueño anterior se irían. Por supuesto, a los doce o trece no piensas demasiado en aquellas cosas y nos hicimos amigos. En una ocasión nos pusimos a asar un pollo en la terraza, cuando por fin pudimos pasar a ella; seguro más de un vecino se asustó por el humo. También jugábamos páreme la manoverdad o desafío, llenábamos curiosos e intercambiábamos casetes con canciones que grabábamos de la radio —cada vez que escucho «Me haces tanto bien» de Amistades Peligrosas me acuerdo de esos días—. Ya en vacaciones, el patio de nuestra antigua escuela solía abrir para que los chicos del barrio jueguen al básquet o al fútbol, debido a que en el sector no había canchas cercanas: a veces también fuimos allí. Cuando finalmente nos pasamos al tercer piso, la Pris y la Kaya nos pasaron café con azúcar a través de un vaso con una cuerda, desde las ventanas de nuestras cocinas.

    Desde luego, jamás tendría una oportunidad con Krupskaya. Con mi entonces cuñada, la Pris, asistían al colegio 24 de Mayo. Nunca conocí al novio de la Kaya si es que tenía alguno por esos días, y agradezco que así fuera. Me habría puesto celoso. 

    Una tarde, en que salimos a buscar sigses para hacer cometas en el potrero de Itchimbía que años después sería convertido en parque, le dije a Krupskaya que me sentía triste. Al preguntarme por qué, le respondí que se debía a que me parecía muy linda y a que lamentaba no ser más grande para preguntarle si podría salir con ella. Luego de sonreír espero que no por burla— me respondió que no era cierto, que le parecía un niño simpático (allí comprendí que estaba lejos aún de ser un «señor» como me decían en el colegio), y que, dentro de no mucho, todas las chicas también empezarían a fijarse en mí. «Bah, solo dices eso para que no esté triste», le respondí con alguna lágrima. «Te lo digo de verdad. Es más, un día no te gustará solo una, sino todas las chicas», concluyó, dándome un abrazo.

    Unos días antes de empezar segundo curso, ya en octubre del 94, la Kaya y su familia desocuparon el departamento del segundo piso. Mi ñaño me contó que la Pris le contó que se mudarían a la casa de sus abuelos, pero que no sería posible que se llevaran a su perro Dinky con ellos. Sorpresivamente mi padrastro estuvo de acuerdo en que adoptemos al Dinky, pero el perro empezó a raspar la puerta de madera de ingreso a ese piso, y un día le permitió salir. Nunca más supimos de él. Supuse que mi ñaño, antes de terminar con Priscila, le habría contado.

    Una tarde, el 12 de julio de 1998, el mismo año en que nuestros padres terminaron de pagar la casa, recibimos una sorprendente visita. Eran Dimitri, Priscila y Krupskaya, quienes vinieron a ver la final del mundial de fútbol, entre Brasil y Francia. Mientras veíamos el partido, todos amontonados en la cama de mi hermano mayor, la Kaya nos contó que se había convertido en madre, y que su hijo, Yoshua, estaba ese día con el papá. 

    Ese día comprendí que aquella tarde de verano del 94, la Kaya había tenido razón: ahora me gustan todas las mujeres.

A mis hermanos


miércoles, 29 de abril de 2026

Lunes

Antonio y yo teníamos varias cosas en común: éramos casi de la misma edad y nos gustaban más o menos las mismas cosas. También llevábamos bastante tiempo en la desocupación.

     Una tarde, se me había ocurrido una idea de emprendimiento. El Toño era psicólogo, por lo que supuse que podría ayudarme. Sin embargo, encontrar a mi pana era como pretender sacar cita con el presidente. Extrañamente, ese inicio de semana aceptó que nos reuniéramos.

     Luego de acompañarlo a pagar de unas cuentas, que sospecho, fueron la principal razón para venir de mi hikikomori amigo, decidimos ir por un café. Tras sentirme un poco ñoño, propuse buscar cerveza, aunque sea en alguna tienda.

     —Es lunes, pareces albañil, chch —refutó.

     Pese a ello, logramos dar con un bar abierto, ubicado frente al cuasi legendario Epicentro. Tras preguntar a la dueña a cómo estaba el combo de bielas, nos respondió que solo tenía litronas de Pílsener a cinco dólares. Algo cansados ya, decidimos quedarnos. Luego de pagar a la entrada, la señora nos pasó canguil y limón también, prometiendo el respectivo refill.

     Mientras contemplaba la peculiar botella de tono caramelo oscuro, el Toño me recordó una vez más que «no era él cuando se chumaba». «Qué, te crees la Melo?» le respondí. 

     Entre vaso y vaso la charla cobró forma. Me contó cosas que hasta entonces no me había revelado, por ejemplo, que se había jalado el primer curso del colegio y que por ello, su madre, como escarmiento, lo inscribió en otro del centro histórico, considerado un gulag. Me contó además otras cosas más personales, mientras intercambiaba confidencias también. Bebernos esa horrenda botella fue como atravesar el tiempo de la teoría de la relatividad de Einstein, o tomar una siesta durante la tarde: unos cuantos minutos parecieron horas. Al final, nunca hablamos de mi idea de negocio.

     Tras salir del bar, el Toño ofreció acompañarme caminando hasta mi casa, con el fin de disipar nuestra borrachera. De ser por nosotros, las compañías de alcohol quebrarían todas. Resultamos bastante económicos. 

     

John Jay Smith

Lo vi por primera vez hace unos meses: eran casi las diez de la noche, el supermercado más cercano ya había cerrado y en la tienda de la veci, bastante carera pero a la vez la única con el valor de abrir su negocio hasta tarde, había pedido avena y leche deslactosada. Llevaba gafas y mascarilla; por un momento creí se trataría de algún vacunador, pero su suave voz de acento extraño, que descarté de inmediato fuese colombiana o venezolana, me hizo suponer que se trataba quizás de una persona gay.

    Desde aquella vez, volví a verlo en dos o tres ocasiones; una tarde, en que me dolía la rodilla y no quise caminar hasta el supermercado, mientras compraba unas papas fritas, me atreví a preguntar a la veci si lo ubicaba.

    —Ni idea, veci; solo sé que no es de acá. A lo mejor está huido de su país.

    Unas semanas más tarde, en que salí a dejar la basura en la esquina y por casualidad me encontré con el misterioso vecino, decidí seguirlo a distancia. El hombre se alojaba en una de las hostales de la calle Ríos. Avergonzado por mi impertinencia, resolví dar media vuelta y volver del modo más sigiloso posible hasta mi casa, cuando de pronto, sentí unos dedos de frío cuero sobre mi espalda.

    —No sé qué pretendes al seguirme, no tengo nada que esconder —dijo en perfecto castellano, antes que pudiera dar la vuelta siquiera.

    —Perdón, amigo, no quise molestarlo —respondí con algo de temor—. Espero que su estancia en nuestro barrio sea lo más cómoda posible.

    Luego de aquel incidente, durante algún tiempo intenté evadir lo más que pude la zona de las hostales y la tienda de la veci, tanto así, que en una ocasión que se me terminó el tanque de gas que solía comprarle, tuve que buscarlo en otra parte. Sin embargo, durante otra noche que tuve que volver a dejar la basura en la esquina, volví a encontrarlo.

    —¿Te molesta si te invito a un trago?

    —No hay muchos bares por acá —respondí—. Pero si gustas podemos ir hasta la Antepara, cerca de la plaza de toros Belmonte, me parece que allí hay alguno que otro café.

    Durante la caminata que hicimos bordeando el parque La Alameda, un silencio espectral pareció envolvernos. Una vez en el café, que estaría abierto hasta medianoche, le pedí al mesero una manzanilla. Mi extraño vecino pidió algo al empleado, hablándole al oído. 

    —Mi nombre es John Jay Smith. Mucho gusto.

    —Damián Salguero. Mucho gusto también.

   »Te preguntarás por qué estoy acá. Bien; vine aquí porque nadie me conoce y a nadie importo, y si alguien me conocía ya me habrá olvidado. De dónde vengo he muerto ya; pronto estaré muerto aquí también. Por favor, no vuelvas a seguirme y no comentes con nadie sobre mí, pero si te ves obligado a decir algo, solo di que trataste con John Jay Smith.

    Luego de otro incómodo silencio, mi vecino pagó la cuenta en efectivo, sin exigir el vuelto.

    Desde ese día no volví a verlo. En una nueva ocasión, en que debí volver a la tienda para buscar algún analgésico, la veci me contó que tampoco volvió a ver a JJ Smith.

   —Qué buena gente era. Siempre me regaló los vueltos —concluyó.

viernes, 17 de abril de 2026

El amanecer de las hormigas

Esa mañana desperté soñando que nunca había pasado Matemáticas, y por lo tanto, que no me había graduado del colegio. No era la primera vez; desde hace semanas tenía el mismo sueño. Alguna vez, incluso, me vi con el uniforme de la escuela primaria, repitiendo sexto grado. El punto es que siempre, muy en el fondo, tenía la sensación de no haber terminado algo.

        Volviendo a esa mañana, al dirigirme a la cocina buscando jugo, noté como una curiosa columna de hormigas se había formado entre el lavabo y la ventana. Enseguida recordé lo que mamá solía decir, que a las hormigas y a las moscas les encanta el azúcar. Busqué enseguida alguna taza del café de la noche, pero todo estaba aparentemente en orden. El departamento de estudiantes donde vivía con mi hermano siempre estaba limpio, gracias a que la dueña de casa tenía una asistente que venía los martes y jueves a limpiar. Las hormigas siempre me parecieron simpáticas. Recuerdo que cuando iba de visita con los abuelos, y me escapaba para no ayudar en las tareas de la casa o para no jugar con mis hermanos, solía ir al terreno que tenían detrás a espiarlas. Era simpático verlas cargando objetos más grandes que ellas, hacia el posible sitio de su guarida.

        A mi ñaño le encantaba quemarlas con una fosforera. Y su afición se hizo más notable, luego de esa mañana que asomaron los bichos, cuando empecé a verlo hacer eso a diario. Desde luego, me parecía una crueldad, claro, no mayor que la de nuestro primo Carlos Andrés, quien disfrutaba además de arrancar las alas y cabezas de las moscas moribundas, cuando era más pequeño. Volviendo a las hormigas, me inspiraban cierto respeto, primero, porque me parecían los insectos más inofensivos (pensamiento que mantuve hasta aquella vez en Santo Domingo, cuando conocí a ese otro tipo de formícidos que mordían). Luego, por su notable organización, y finalmente, por la instantánea mental que dejaban en mis ojos cada vez que una columna de ellas resaltaba con una delgada línea verde formada por hojas.

        Un día, entendí que las hormigas también eran como nosotros, depredadoras y carroñeras, cuando vi que un grupo de ellas arrastraba a una mosca hacia su guarida secreta, donde probablemente la reina les recibiría con un apoteósico homenaje. En algún libro, y luego en un película, aprendí que también tenían su propio ganado, consistente un grupo de pulgones o insectos áfidos a los que ordeñan una rica sustancia azucarada. En alguna página mal traducida, de esas que abundan en internet, leí que algunas especies de hormigas tropicales tienen incluso rebaños de insectos, con el fin de alimentarse de su carne.

        Así, algo más instruido pero perplejo, desperté otra mañana luego de soñar nuevamente que me había jalado Matemáticas, y noté que las columnas de hormigas ya no estaban. Suponiendo que mi hermano había terminado con todas, me dirigí a la sala para acercarme al balcón, cuando de pronto, en el piso café de madera pero amarillo por el sol de la madrugada, noté que las hormigas ya no habitaban en columnas, sino que caminaban por todos lados, y que ya no eran negras, sino doradas. La escena me recordó un texto que leí sobre la impresión de Hernán Cortés al llegar a Tenochtitlán y ver cómo una ciudad había emergido en la inhóspita América. De la contemplación y casi veneración infantil por los formícidos pasé al horror, y a mi instinto de humano exterminador. Las hormigas habían llegado no solo a los sillones, sino también al techo, y al cuarto de la ropa. 

        Tuve que salir a buscar insecticida, que rocié durante al menos una hora por toda la sala y luego por todos los posibles orificios de la casa. Ya en la tarde, luego de suponer que los efectos del veneno habían pasado, noté que una columna gigante aún salía del pasillo, hasta la puerta de uno de los cuartos de los inquilinos, que estaba con candado. Por unos instantes, me imaginé que la pieza se había convertido en un vórtice de alimañas, o que podía incluso encerrar el cadáver de algún suculento animal para las hormigas, y que eso pudo provocar que cambiaran al color rojo. Bajo el riesgo que el vecino me acuse de choro, decidí romper el candado, forzar la aldaba, y para mi sorpresa, encontré que las hormigas ingresaban y salían de una lata de Fanta que yacía en el piso.

        No volví a ver a las hormigas, y tras ser disculpado por el vecino y la dueña de casa luego de mi extraña historia, me tocó pagar el daño de la puerta ayudando a la señora de servicio, que tuvo que ausentarse por una cirugía. Sin embargo, sigo soñando que debo volver al colegio por Matemáticas, y últimamente he empezado a soñar que debo regresar a la universidad para aprobar otras materias, pese a que me gradué hace poco e incluso me encuentro en búsqueda de empleo. He intentado establecer la relación más lógica posible entre aquel sueño y las hormigas, pero hasta ahora no puedo.

(Publicado originalmente en junio de 2014)


El álbum

Mientras iba a casa y miraba las fotos de Instagram de su paseo al parque el fin de semana, ella le envió un mensaje por Whatsapp. Estaba muy entusiasmado con su nueva relación; antes de despedirse, lo último que le dijo fue que lo quería, y eso le había llenado de ilusión. Esa misma noche, le volvió a escribir para desearle que soñara con ella y con alguna manera de estar juntos, pese a vivir él en San Juan y ella en San Antonio. Sin embargo, aquel mensaje no fue el esperado.

        Antes de entrar con Fernanda, Armando se la había pasado bebiendo, saliendo con varias chicas e intentando escribir sin éxito nuevas canciones para su banda de hardcore, ya que su estado anímico en ese momento le daba más para crear baladas de pop, que para componer gritos guturales. El motivo: su ruptura con Valeria, la profesora de Matemáticas que no encajaba en nada con él, pero que sin proponérselo, se había apoderado de su ser. Armando nunca había tenido una novia como Vale, preocupada por asistir a la iglesia, que hubiera trabajado desde pequeña y que deseara una vida casera, como tantas mujeres hoy tachadas a la antigua. El amor a veces es como una madrugada de lluvia inesperada, en que amanece soleado y el arco iris aparece de la nada. Armando se sentía tan cómodo debajo de ese arco iris, que hasta estuvo dispuesto a dejar la música. Sin embargo, los arco iris no suelen durar las 24 horas, y algo con la Vale empezó a fallar. 

        Armando estaba seguro de no haber hecho las cosas mal: siempre detallista y oportuno, no vaciló en registrar para siempre cada momento juntos en Facebook e Instagram. De haber tenido que escribir una cronología sobre su vida juntos, su archivo habría sido la fuente más fidedigna de todas las historias de la Historia. Pero a la Vale no le bastó aquello, y sus diferencias finalmente se impusieron.

        Superado el trauma de la ruptura, como cuando la calle vuelve a estar seca tras la lluvia y el regreso del sol, volvió la noche, y con ella Fernanda, quien le había agregado como amigo en su face alguna vez, aunque ni eran amigos ni se habían visto las caras. Entre chats, acordaron finalmente conocerse, aunque ya sabían el uno del otro, pues Fernanda también tocaba el bajo en una modesta banda de heavy metal. Llegado el día, en que al fin se conocieron, una conexión mágica pareció atraerlos, tan mágica que Armando no se lo creía. Fernanda era una especie de ser místico y sensual, todo lo opuesto a la profe de mate. Quizás, el universo había puesto de nuevo las cosas en su lugar. Christian, el pana de toda la vida del Armando, se sorprendió mucho al ver sus nuevas fotos con Fernanda. «Qué bacano, loco; nada que ver con esas fotos con la Vale» escribió alguna vez. Sería ese comentario aparentemente inofensivo el que desencadenaría la tragedia.

        Una noche, en que Fernanda había vuelto de su trabajo, no pudo evitar mirar el comentario de Christian, a quien había agregado también como amigo en su face. «Valeria», se repitió Fernanda. De pronto, recordó que Armando le había conversado sobre ella, así como ella le había hablado de David, su exnovio. Pero a diferencia de ella, Armando, quien además de cantar con estridente voz tenía una manía por registrar cada momento, cual influencer de barrio, se había hecho más de dos mil fotos con Vale, mismas que, quizás por un curiosidad humana, Fernanda no pudo evitar mirar. Armando y Valeria en El Molinuco; Armando y Valeria en Los Frailes; Armando y Valeria en las fiestas de Otavalo, en el cumpleaños del Christian, en un concierto de Juanes, incluso en un video, en el que Armando, el mismísimo cantante de hardcore, regurgitaba una cumbia.


……….


        «Por favor no te lo tomes a mal; comprendo que es parte de tu pasado, y que no lo puedes borrar, pero por favor, deja de poner en vista pública tus fotos con ella».

        Armando no supo qué pensar. Fue como un baldazo de agua fría; se sentía feliz, hasta el momento del mensaje. «Borrar sus fotos». Confundido, tomó en ese instante la peor decisión posible: consultar con su amigo Christian, quien no era precisamente una autoridad en relaciones amorosas.

    —Mira loco, tienes dos escenarios: dile de plano que no borrarás las fotos, pues borrando tus fotos no podrás borrar tu pasado, o simplemente bórralas y enfócate en el presente con ella. En todo caso, ¡no quedes como un mandarina!

    —¡Qué mierda loco, no sé qué hacer! —respondió—. Deshacerse de dos mil fotos y pico no sería tarea fácil.

    —¿Y por qué no pruebas con alguna opción como te dijo la Fer, para dejar de hacer públicas esas fotos en Instagram? —intentó ayudar Christian.

    —Chch loco, el problema es que las tengo casi todas etiquetadas, y no van a desaparecer.

    —Chuzo… Tendrás que tomar una decisión… En todo caso, yaff, lo pasado pisado.

    Armando regresó a su casa sintiendo un vacío en la garganta. Quería mucho a la Fernanda, y luego de meditarlo, decidió que borraría todas las fotos con Valeria. Fue entonces que, un sentimiento muy parecido a esa sensación de caminar debajo de un arco iris regresó por él. Vale y él, el día que fueron en avión a Cuenca; él y Valeria, el día en que se fueron de karaoke. Todos esos recuerdos tendrían que irse, para que su nuevo presente no se convierta abruptamente en pasado. 

    «De todos modos nadie me quitará lo vivido», pensó. Pero a medida que lo hacía, le era cada vez más difícil borrar las fotos. Entonces contempló un par de escenarios alternativos: por un lado, encarar a Fernanda y decirle que eliminar sus fotos con Valeria no borraría su pasado, como tampoco sus nuevos sentimientos por ella. Por otro, eliminar de un sopetón todas las imágenes y álbumes, como cuando debes beber de una sola un shot de tequila. En medio del silencio, sonó el teléfono. Una parte suya llegó incluso a pensar que se trataría de Valeria, pidiéndole que no borre las fotos y regrese con él. Otra parte, más lógica quizás, supuso que sería Fernanda.


    —¡Qué dice, loco! ¿Ya viste la serie de Luis Miguel? —era el Christian.

    —¡Habla serio loco, creí que me estaba escribiendo o llamando la Fer! —respondió Armando.

    —Chch… ¿Y qué fue, ya arreglaste el problema de las fotos?

    —No, men.

    —Mira, se me ocurre una idea —escribió Christian. —¿Por qué no le regalas un portarretrato vacío a la Fer, como símbolo de que lo anterior quedó atrás y que ahora será su foto la de tu vida presente?


        —Chch, ¡porque me ha de dar con lo mismo en la cabeza! —escribió Armando.


……….

                                                                           

Una vez borradas las fotos, y entre la noche que había vuelto, alguien tocó el timbre.

        —Hola, Armando. Quería pedirte disculpas… Es solo que me sentí triste de ver todas tus fotos con ella. Lo siento. No debí pedírtelo. Por favor, no borres tus fotos —Insistió Fernanda—. Crearemos nuevos recuerdos juntos.

Y en medio de ese abrazo, de paz y oscuridad, Armando deseó por un momento poder estar con todas las mujeres a la vez y al mismo tiempo. Sintió de manera profunda que pese a todo, uno no deja de querer lo que quiso, aún si ya no lo tiene. «Ojalá no me sueltes», le dijo en silencio a Fernanda. «Ojalá en el futuro no sufra lo que hoy sufro por Vale, contigo», se siguió repitiendo. Y pasaron la noche juntos, envueltos en ese nuevo amor. Pero por la mañana, junto al aparador de su cama y a un haz de luz de la ventana, Fernanda se encontró una foto.


(Publicado originalmente en junio de 2018)

sábado, 8 de noviembre de 2025

[El final]

Hay gente a la que solo veremos por casualidad,

obligándonos a vivir esos pocos instantes como si fuesen los últimos,

Aunque no sepamos qué decir.

Nos preguntaremos quizás por un instante qué hicimos mal,

o qué podríamos hacer,

pero el tiempo jamás será suficiente,

pues cuando es suficiente,

nos aburrimos con facilidad.

Solo apreciaremos los instantes cuando se parezcan a poco,

como la vida ante el cosmos,

la eternidad de las estrellas,

tan pequeñas ante nuestros ojos pero tan infinitas allá afuera,

donde somos solo granos de arena para ellas.

domingo, 17 de agosto de 2025

[Tu corazón]

Tu corazón,
entre la gente,
como un demente,
fue despertado mientras dormías,
soñando un sueño con aquel amor, aquel dolor.

Tu corazón,
se ha quedado solo,
de la otra orilla,
el río, te ha quitado,
aquellos días, aquellas vueltas,

Tu corazón,
como un laberinto,
silencioso.
Te has quedado solo,
como una noche sin estrellas,
donde te estrellas,
cual capitán,
en un barco solitario.

Y gritas y gritas
y das vueltas,
y esperas alguna voz.

Y gritas y hablas,
susurras,
quizás en alguna canción.
Tu corazón,
como un demente,
como un laberinto,
silencioso.
Te has quedado solo.
Soñando un sueño con aquel amor, aquel dolor,
aquel dolor.

Tu corazón,
nah nah,
tu corazón.

domingo, 11 de mayo de 2025

Madre

 A mháthair, ba iad do shúile mo shúile agus ba iad do chéimeanna mo chéimeanna agus mé ag fanacht sa dorchadas.

lunes, 17 de febrero de 2025

El primer día del resto de nuestras vidas

 Un amanecer,

¿Será el último?

¿Será el primero junto a ti?

Mientras las nubes se cortejan entre sí para regalarnos la lluvia,

mi alma es un ciclista sobre una cuerda floja.

sábado, 18 de enero de 2025

Fragmento de un sueño

Luna,

corro detrás de ti inútilmente cada noche, aparentas cruelmente estar cerca cuando en realidad estás lejos.

Cuando creo poder hallarte del otro lado de mi ventana resulta que te fuiste a la otra cuadra,

y cuándo camino hacia allá ya te has ido al monte, a la morada de los lobos.

Cuando te escondes en las pupilas de sus ojos pareces estar a nada,

pero cuando me sumerjo en ellos ya te has ido al océano.

Luna, eres como esos sueños donde quisiera no despertar pero solo puedo pretender que soy un fragmento de ellos.

domingo, 15 de diciembre de 2024

Enemigo mío

Tu vida,

un laberinto de incertidumbre,

una ruleta rusa,

una novela de espías.

Un slam en el metro,

una fiesta en todas y en ninguna parte.

Tu vida,

el eslabón de muchas vidas,

el alma de tantas reencarnaciones.

Una montaña rusa,

una tómbola americana,

un disco chino.

Escuchas la radio y parece hablarle a tu voz interior,

mientras te pregunta:

¿qué buscas de la vida?

Y crees hallar la razón en terceros,

pero siempre vuelves a ti y solo contigo.

Tu vida,

tu vida,

una espiral dialéctica de guerras y armisticios,

contigo siempre en el medio.

Tu vida,

tu vida.

jueves, 14 de noviembre de 2024

[Roja]

Mujer,

puerto de Luna,

tan hermoso pero a la vez tan lejano como el horizonte.

A veces sueño contigo sin importar si me pierdo mientras sueño.

Seguramente existes en cada una de las cosas más hermosas de este mundo,

y seguirás existiendo cuando todos se hayan ido.

sábado, 12 de octubre de 2024

Una mañana de feriado

Amor mío,

amor del aire y del viento,

que viajas sobre un tren mientras camino.

La ciudad es como un universo infinito de confusión y vacío.

Siempre tan cerca y a la vez tan lejos,

en el tiempo y espacio,

y aún así el recuerdo de tus besos y tu piel aún estremece la mía.

Oh amor,

oh sueños,

siempre tan cerca y a la vez tan lejos,

cada noche te pienso y te pierdo,

cada noche deseo tu piel y me pierdo.

Oh cariño,

Oh aliento,

Oh fuego,

Oh viento.

lunes, 30 de septiembre de 2024

Pauli


Septiembre se lleva nuestros días y recuerdos,

junto con las hojas de los árboles que no lograron caer.

Las estrellas nos miran desde su lejano fuego y parecen querer hablarle al nuestro,

al de nuestro aliento, 

personajes distantes y minúsculos pero sensibles,

personajes que pintan universos y dibujan estrellas,

que odian y aman o creen odiar y amar,

mientras escriben otra página de este libro infinito.

martes, 3 de septiembre de 2024

Para decir adiós

Tus ojos se perdieron entre mis ojos mientras te soñaba y sin saberlo andabas entre tu propio mundo;

mis ojos murmuraban solitarios entre las estrellas de la noche oscura.

Alguien lejano, en otro espacio y tiempo dibujaba tus ojos;

mis ojos encontraron ese lienzo un día entre la llanura.

lunes, 12 de agosto de 2024

4:44

 Los sueños son a veces miedo,

miedo y esperanza.

Despiertas como noqueado sin saber si fue una advertencia de la realidad o un suspiro desde las tinieblas.

Caminas cual zombi a veces,

entre el amanecer y el último aliento de la noche.

Cuando te sientes feliz quisieras no despertar y quedarte en ese mundo,

pero los rayos del sol no tardarán en reclamarte.

lunes, 22 de julio de 2024

El buen salvaje

Hasta aquel día era otro rockero entre tantos, de pelo largo, chaleco con parches de King Diamond, Metallica o Slayer. Supuse que no tardaría en llevarse con los demás metaleros de la carrera, que solían juntarse en el patio para despotricar contra poperos, militantes neófitos de izquierda y aniñados, para terminar haciéndose verga luego en Antojitos, el bar que quedaba frente a nuestra facu.

        Fue durante una exposición sobre Rosseau que empezó realmente a llamar mi atención, y no precisamente por su conocimiento del tema. El profe de Teorías de la Comunicación le había dicho que «él, en si mismo, era el mejor ejemplo de el buen salvaje». Terminada aquella clase, luego de fumarme un tabaco en el kiosco del ingreso a nuestro edificio, le vi sentado, tarareando una canción de Silvio Rodríguez.

    —¿A poco te gusta esta música también? —le dije con cierta timidez.
    —O sea, sí, no está mal —respondió mirando hacia la montaña.

    El patio estaba un poco lleno, así que me senté junto a él. De Silvio pasó a tararear un tema de Ángeles del Infierno.

    —Tienes buena voz  —le dije esta vez sin mirarlo a los ojos, mientras hojeaba unas copias para la clase de Lenguaje. Nunca me respondió.

    Al rato, un par de amigos, Carlos y José, me invitaron a ir al Antojitos por una biela hasta la siguiente clase.

 —Qué raro es 'el buen salvaje' —sugirió Carlos, a quien sospechaba, le gustaba un poco—. O sea, no parece mala gente, pero ni siquiera he visto que se junte con los demás heaviesLa observación del Carlos me hizo caer en cuenta que era cierto: el buen salvaje (que en realidad se llamaba Leonardo) no bebía ni se juntaba con nadie.

    Esa misma tarde, luego de la clase de Lenguaje que terminó a la 13h00, decidí invitarle a almorzar. Sorprendentemente dijo que sí. Por un momento me arrepentí de hacerlo, pues supuse que se tomó demasiada confianza tras haber charlado con él más temprano; por otro lado, me imaginé que también empecé a gustarle, como al Carlos. No era ninguna Quiteña Bonita, pero me cargaba mi buena pinta.

    —¿No te molestó que el profe de Teorías te llamará 'el ejemplo perfecto del buen salvaje'? —se me ocurrió preguntar, mientras esperábamos la sopa.

    —Me vale verga lo que haya dicho. Solo es el típico man que se da de intelectual, y quienes se rieron de eso, los típicos lameculos que intentan quedar bien con todo el mundo— respondió sereno, pese a su lenguaje soez.

    —No creo que te haya dicho eso para fastidiar, no es mala gente el profe— repliqué.

 —Como sea —concluyó—. Después del almuerzo tengo que ir a camellar, no me puedo quedar por mucho.

    Antes de irse me dijo que trabajaba por las tardes en una copiadora y que los sábados repasaba con una banda de hardcore. Me prestó además un casete que se suponía era una grabación que hicieron de una canción inédita, y a cambio quedé en prestarle otro con canciones del Silvio.

    Si bien su grupo no me pareció la gran cosa, le encontré muchas posibilidades. El domingo por la tarde, tras terminar un par de ensayos de Historia y de Teorías, me puse incluso en la tarea de diseñarle un logo a su banda y dibujarle una portada a su demo. Tras eso, en un casete nuevo que compré para grabar los noticieros de la radio le grabé encima toda mi cinta original de Silvio Rodríguez, pues recordé que un par de pelados que tuve en el colegio jamás me devolvieron otros casetes originales que les presté.

    Al día siguiente me desperté algo ilusionada. Imaginé que mis obsequios le encantarían al Leo. Sin embargo, este no se presentó a la primera clase, ni a la segunda ni a la tercera. Supuse que quizás se puso enfermo y que regresaría el martes; sin embargo tampoco asistió, ni el miércoles ni el jueves. Quise preguntar al Carlos y al José si tal vez sabían dónde quedaba la copiadora donde trabajaba, pero finalmente me abstuve de hacerlo: con lo cargosos que eran, sabía que empezarían a fastidiar con que me gustaba.

    El semestre acabó y nunca más volví a ver al Leo, hasta un año después, en que encontré su foto en un periódico, con la misma cara triste de buen salvaje con que le había conocido, pero acompañado de su banda de rock. Hasta hace no mucho tenía guardado ese recorte del diario, junto con el casete de Silvio Rodríguez y el demo de su banda que nunca le pude regresar.

lunes, 15 de julio de 2024

Fibi

Nos hacemos viejos, como esos personajes que eran viejos para nosotros cuando éramos niños.

Ahora somos los grandes de los cuentos, esos que detestábamos y parecían no entendernos, esos que pasaban quejándose por dinero y jurando que se partían la espalda por nosotros.

Desearíamos vivir allí adentro, en esas videocintas que envejecen también pero donde somos eternamente jóvenes, donde basta dar play o rew,
donde es verano para siempre,
donde basta dar un rew para volver,
donde es verano para siempre.
Donde el amor parece congelarse,
donde es verano para siempre.

lunes, 10 de junio de 2024

Una selfie de mi sombra

Te extraño y me extraño. 

Lo sé cada vez que te miro en sueños, y que me miro en ellos como el eco de una voz perdida entre la multitud.

Soy y no soy,

un llanto bloqueado por la incertidumbre y la impotencia,

un espíritu que divaga buscando su cuerpo,

buscándose a sí mismo.

Soy esas cosas contrarias a las que supuse, a esa engranaje que quizás pretendí ser también,

una casa, hijos, un perro ausente.

Soy el residuo de aquella división que no pude resolver, esa vida, esa vida entre tantas, 

ese otro creador de contenidos que baila una coreografía de moda intentando ser bufón, que gesticula palabras ajenas pero que no recibe ni un like, 

ese solitario haciendo una selfie de su sombra.

Te extraño y me extraño, pues,

El mundo ya no es lo que era ni volverá a ser lo mismo, aunque mi nostalgia sea como un globo perdido entre la mar,

al que me aferro esperando que las nubes del cielo no me dejen solo, mientras el sol intenta penetrar hasta mi sangre.

Soy ese que ya no te abrazará más, que no supo valorar cada abrazo y que ahora no sabe si todo fue real.

Soy esa lágrima imposible que desearía fuese cascada por donde huir.

Me extraño y te extraño, pues,

el espejo no se ha roto aún y sigue reflejando un personaje que ya no existe para los demás.

Dormiré esta noche.

Soñaré que esta vida era un sueño y que persigo cosas imposibles allí dentro.

lunes, 18 de marzo de 2024

Sandra

Caminábamos por las calles,
A veces de la mano,
A veces divagando.
Imaginando muy poco, quizás,
este mundo del presente que era mañana entonces.
Aún escucho a dos pasos de nuestra escuela
(donde todavía vivo),
el eco de nuestros gritos, 
cuando todos callan y no hay un solo auto o una sola nube.
Cuán lejos estaremos ignorando el uno del otro,
cuán cercanos peor aún.
El árbol donde meditabas a solas,
¿lo habrán podado ya?
Escucho cual espía una lejana conversación nuestra, 
en la radio de nuestros recuerdos.
¿Los chicos de hoy,
serán como los chicos del mañana?
A veces el azar es el destino disfrazado de corazón,
nos empuja cual si estuviésemos siempre a punto de caer. 
El árbol donde meditabas a solas,
¿lo habrán talado ya?
Aún escucho a dos pasos de nuestra escuela
(donde viviré quién sabe hasta cuándo)
el eco de nuestra despedida,
cuando todos los autos han llegado a casa y las nubes siguen en su guarida.
A veces el corazón es un destino disfrazado de azar,
sin un 'Control Z' incluído. 
Caminamos por las calles,
A veces divagando,
A veces a solas.