Nos conocimos en alguno de mis arrastres; nunca fui buen estudiante, tenía serios problemas de atención y para colmo dejaba casi todo para el último. Se llamaba Mónica, y en un inicio intenté evitarla, pues tenía algo que me recordaba a una exnovia que tuve en aquella misma facultad.
Ya ni recuerdo por qué nos acercamos e hicimos amigos: quizás algún trabajo de grupo. Mientras yo era un lobo solitario, la Moshi tenía su respectivo grupo de amigas, un aquelarre que se había conformado desde las aulas del colegio Espejo, que quedaba cerca de mi casa, y qué, oh, casualidad, también fue el colegio de mi ex. Seguramente nos topamos más de una vez en La Alameda, ignorándonos sin querer.
Una tarde, en que nos dimos a charlar y empezamos a imaginar el futuro, descubrimos que también nos gustaba Salvado por la Campana. «Cuando egresemos o nos graduemos, deberíamos organizar una fiesta, al estilo del último baile de Bayside», me dijo aquella vez.
Hicimos juntos varias tareas de la facultad; era divertido trabajar juntos. En una ocasión escribimos y grabamos el cortometraje π², que trataba sobre un despistado muchacho que no entendía cómo se había meado en la cama. En otra ocasión grabamos un video de Comunicación Organizacional que se pudrió en mi compu, justo el día que tuvimos un evento. El destino quiso que pese a ese traspié, Mónica se especializara en ese campo. Previo a eso, intentó ayudarme con una plaza para hacer mis prácticas profesionales, que finalmente no me fue asignada. Años después, ya respectivamente casados ambos, me ofreció acceder a un empleo que en cambio rechacé por seguir a mis alocados proyectos que finalmente no llegaron a ninguna parte.
A pesar de ser muy distintos (ella es cristiana y yo probablemente deísta o agnóstico), la Moshi nunca se rindió, siempre apoyó mi proyecto de revista y aunque tomamos distancia luego de egresar de la facu, en cuyo bar nos desternillábamos de risa cada que la dueña manifestaba «Patrriciaaa... el mote», aún siento que es de las pocas personas con quien puedo ser absolutamente sincero, sin recurrir a poses, como por ejemplo cuando le dije que me gustaba su hermana, que nunca me pararía bola, y otra amiga suya —que tampoco me paró zona—.
En algún cumpleaños le regalé El diario del Chavo del 8. Se casó con Simón, un compañero que siempre gustó de ella aunque le hizo esperar casi toda la carrera, y quién me ayudó a conseguir un interesante empleo como periodista que aproveché como pude. La última vez que nos vimos todos en la facu, íbamos vestidos de gala para nuestra premier de cortometrajes de fin de semestre y de carrera, como quizás nos imaginamos aquella tarde en el patio. No siempre seguiremos queriendo las mismas cosas; la vida cambia y nosotros con ella. Quizás ese fue nuestro último baile.
1 comentario:
Nico querido , qué lindo texto. Me dió algo de nostalgia. Abrazos amigo lindo.
Publicar un comentario