viernes, 19 de junio de 2026

Bayo


Se
conoció con Magui a inicios de los ochenta, en la primera cadena global de pizzerías que se inauguró en Quito; venía de abandonar la carrera de técnico en Construcciones Civiles, que retomaría más adelante, en cuanto pudiera reunir dinero.

     Nació en Tumbabiro, un pueblo de Imbabura muy cercano a las termas de Chachimbiro, cuya visita era el premio más ansiado para aquellos niños que tal vez nunca conocerían el mar, o a los que quizás les tomaría demasiado tiempo. Su hermano mayor, Jorge, impulsado por el deseo de dejarse arrastrar por las olas, fue el primero en irse del pueblo.

     Las faenas empezaban a las 4 o 5 de la madrugada, en que acompañaba a sus otros hermanos a llevar a las a veces escuálidas vacas al potrero familiar que quedaba lejos de la casa. En una ocasión, Galo, quién sería el siguiente en irse, le marcó como a ganado en un cachete inferior. Luego de la visita al terreno, el chico iba hasta la escuela, cuál jinete épico, sobre un burro. Con una habilidad poco común entre los parroquianos para las Matemáticas y la Lectura, se pensó que Bayo estaba para más, y tras terminar la primaria fue enviado a la capital, donde ya vivía y trabajaba otra hermana suya, Gladys, para estudiar en el colegio nocturno mientras invertía la luz del sol en algún empleo.

     Por entonces Quito crecía a costillas de la explotación petrolera en el Oriente, y uno de sus primeros trabajos antes de inscribirse en secundaria fue instalar y pintar postes en una de las vías en construcción hacia la provincia de Napo, donde se encontraban los yacimientos. De regreso a la ciudad, haría varias veces de mandadero y mensajero en distintas oficinas. Vivió entre San Juan y El Tejar, departió con amigos que iban a las cantinas del centro histórico luego de clases y los domingos, cuando había plata, miraba alguna película en el Alhambra, el Bolívar o el cine Pichincha. Cuando no había trabajo o algo mejor que hacer visitaba los museos y la biblioteca. También se hizo hincha de El Nacional, que pese a representar a la dictadura militar que la causaba recelo por lo que pasaba en Chile, era el club de moda.

     Un poco más grande ya, se dejó crecer el cabello y escuchó vinilos atrasados de Pink Floyd o Santana; sin embargo, la música andina de Inti Illimani e Illapu, que los amigos chilenos de la época le hicieron escuchar pudo más, y aprendió a tocar la quena, el charango y la zampoña. Alguna vez, harto de la disciplina que inútilmente sus hermanos mayores intentaron imponerle en Quito, decidió regresar al terruño, donde, con autodidacta espontaneidad, se descubrió como escultor de ramas de árboles, con las que en una ocasión construyó una lámpara con forma de mono, con la que ganó cierto premio en un concurso en Imbaya.

     Volviendo a echar de menos la ciudad, regresó para terminar el colegio, con una monografía sobre Geometría. Intentó inscribirse en alguna ingeniería, pero la caja chica de la familia le exigió volver a trabajar. Alguna vez tuvo una novia de estrato social distinto al suyo, que fue enviada a Estados Unidos para alejarlo de él. Fue después de ello que ingresó como mesero a la pizzería, donde conocería a Magui, la mujer que disimuló hasta los siete meses un embarazo que daría como resultado a un despabilado nene prematuro, que resultaría más mono que su hermano mayor y que su otro ñaño despistado.

     Unos años después, tras separarse y enviudar, Magui y el muchacho polifacético que de campesino pasara a matemático y a artista, se darían una oportunidad pese a las incertidumbres de la familia y el mundo. Tras escuchar ella el llamado de una oportunidad en el extranjero, a puertas del fin de la cortina de hierro en Europa, el chico ahora convertido en hombre se haría cargo -junto a la hermana mayor que acaso hizo también de una madre postiza para él- de tres niños a los que a veces tendría que dar algún coscacho, pero a los que también presentó al museo de cera, a la biblioteca del Ágora de la Casa de la Cultura y llevó por primera vez al Atahualpa, donde conocería a mi primer ídolo de la infancia, Álex Aguinaga.

     Cuando mamá me lo presentó, se me hizo muy similar al Pepe Cortisona de Condorito. Compartimos muchas cosas, nos soportamos mutuamente y también nos caímos mal. En la primera casa que se compró con mi mamá tuvimos una tienda, donde solíamos poner un colchón para dormir todos juntos los sábados, para venderle trago a los borrachos, mientras mirábamos alguna peli en VHS o el Cine Pícaro. Durante la época en que nació su hijo, nuestro hermanito menor, aprendió a batirse solo en Italia, sin mamá, en donde seguramente vivió muchas aventuras, mientras le sacábamos canas verdes a la Magui con nuestros púberes caprichos.

     Un año antes de irse definitivamente junto a mi madre y mi hermano menor se abrió una oficina de asuntos paranormales que me recordó a la de Los Cazafantasmas, su último intento de construir algo para él. Sobrevivió a una ocasión en que un colombiano le apuñaló, fue a la cárcel por servir de aval a un amigo, se cayó de una moto en Italia y en alguno de sus regresos, el avión en qué venía se descarriló. En alguna ocasión que entraron a robarnos, fue tras el choro y le quitó el televisor que se quiso llevar. Si hay una versión nacional cercana a Chuck Norris, definitivamente es el Bayo.

     A los siete años me regaló la primera novela que tardaría algún tiempo en terminar, luego de leer primero la que obsequió a mi hermano mayor que quizás no leyó jamás. Era Enrique Di, de Francis Finn.

     



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