jueves, 26 de noviembre de 2015

La pre

Mi hermano Hernán, cuando pequeño, soñaba con la idea de ser militar, y de manera más específica, piloto. Por mi parte, las primeras nociones que tuve sobre la guerra fueron unas enciclopedias de mi padrastro, que nunca llegó a completar, que tenían unas fotos en blanco y negro donde aparecían jeeps, tanques y soldados entre alambradas. Tan fan de la tele como era, desde luego que series como "Misión del Deber" o "Vientos de Guerra" no me pasaron desapercibidas. Las profecías de Nostradamus, sobre grandes ejércitos sacándose la madre en el Armagedon, simplemente me causaban miedo. No sé si era en Misión del Deber u otra película o serie en donde vi una escena que nunca olvidaré: un soldado herido, siendo llevado por uno de sus compañeros, al que se le cae un amuleto o crucifijo, que luego otra pareja de soldados encuentra, mientras el uno le dice al otro "mira, es para la buena suerte" y el otro le responde "ojalá".

En 1995, la teleserie se convirtió en parte en realidad, cuando en la Zona del Cenepa se enfrentaron durante casi dos meses tropas ecuatorianas y peruanas, despertando no sólo el temor a la muerte de las mayorías, sino también el patrioterismo con el que nos habían educado desde primaria. En el colegio, nuestro rector (un insensato que sólo aparecía para los programas o eventos), sin consultar con nadie, había ofrecido a los alumnos más grandulones de sexto curso para enlistarse en caso de ser requeridos. Terminada la conflagración, y unos pocos años después, mientras cursaba quinto, me vi ante la encrujida de escoger como trabajo de graduación entre reforestación,educación víal y la premilitar. A los chicos de Químico-Biólogo se les había impuesto reforestación, por estar más cerca de su área de estudios; la mayoría de Físico-Matemáticos (y también de Sociales) acudieron a educación víal, tras correrse el rumor de que las peladas más guapas de los colegios de Quito estarían allí. Como un modo de exorcismo, y para quitarme un poco el miedo, decidí escoger la pre, sin imaginar que, mi hermano, por esos mismos días, en el colegio al que acudía (coincidimos en quinto debido a que escogió repetir cuarto curso y cambiarse de plantel), escogería lo mismo.

La jornada de instrucción militar estudiantil era cada sábado, de 7am a 13pm. Al colegio San Fernando, donde estudiaba mi ñaño, y al Montúfar, donde acudía yo, nos asignaron en el cuartel Epiclachima, al sur de Quito, junto con otros planteles como el Espejo, el Vida Nueva, el UNE y otros pocos que ya no recuerdo. Del MH éramos en total 40 chicos, por lo que éramos un solo pelotón. De vez en cuando nos juntaban con el Espejo, o con el Vida Nueva, dependiendo de la ocasión. El pelotón de mi hermano estaba conformado por toda su clase de Físico-Matemático, unos 30 chicos más o menos.

Al final no nos enseñaron nada del otro mundo, o que no hubiesen enseñado a los boy-scouts: orientación geográfica, atar nudos, ejercicios físicos, trote, ser perseguido por quien llevara la guaraca, generalidades castrenses, marcha. Lo más pleno desde luego fue aprender a disparar. La semana previa, recuerdo que uno de mis compañeros, Edison Yandún, oriundo de Tulcán, me contó que estaba decidido a probarse el año entrante en la Escuela Superior Militar. De alguna manera todos estábamos algo entusiasmados, como perturbados, antes las noticias de las negociaciones sobre el diferendo territorial entre Ecuador y Perú, la posibilidad, en ese entonces de mediano plazo, de nuevas escaramuzas bélicas. El instructor a cargo de nuestro pelotón, el soldado raso Toapanta, a quien decíamos de cariño soldado "pajarito", nos contó en una ocasión que en caso de terminarse las reservas de conscriptos que hayan hecho el Servicio Militar, los brigadistas (como nos llamában) seríamos tomados en cuenta. Otro compañero, el Washo Ushiña, solía sugerir entre dientes a nuestro instructor que cuidado le hacía cabrear, o que caso contrario sacaría su huevólver.

El fusil automático ligero (FAL), de origen belga, empleado en las Guerras de Vietnam y de las Malvinas,  con un peso aproximado de 8 libras, y con una bala de 7,62 X 51mm, sería el destinado para mi primer disparo. Cada chico tendría la oportunidad de disparar 10 balas; por un momento nos sentimos Rambos. Desde luego, sólo se nos permitiría ejercitar con las municiones en un polígono de tiro, al que llamábamos de cariño polígono de tire. El Salguero, un man que se las daba de macho en construcción, pero que años más tarde nos enteramos que se había declarado abiertamente gay, se perdió de ese día de gloria: estaba con una fuerte gripe. Según mi hermano, en su pelotón, y dado a que eran menos brigadistas, les habían permitido disparar en más de un turno; para el campamento, supuestamente, les darían a él y a otros chicos diestros en la instrucción militar un uniforme de camuflaje y la potestad de ser comandantes. Volviendo a mí, ya en mi turno, la casualidad debió ensañarse conmigo pues, mi fusil, además de golpearme fuertemente con la culata en el hombro (lo había tomado mal), se había encasquillado luego de la quinta bala. Como si fuera poco, el soldado pajarito, luego de terminado el ejercicio, me dijo que se habría sentido más seguro al ser apuntado por un peruano, tras evaluar mi puntería.

Previo al final de esos seis meses de coqueteo con la vida castrense, llegó al fin el campamento; a mi ñaño y a sus amigos no les dieron el tal camuflaje. Ese día, como cada sábado, partimos en buses distintos; bueno, hubo una ocasión en la que él, que tampoco era un villano como he intentado pintarlo, me invitó a una fiesta con sus compañeros del San Fernando, en la inolvidable discoteca Macks. Fue gracioso ver como al hacer fila, con la camiseta negra de instrucción debajo, un grupo de heavies nos llamaron poperos. Las chicas del Espejo eran bastante guapas; mi hermano vaciló con dos o tres de ellas. Había una chica que me gustaba, Lucía; le encantaba el rock. Verla cada sábado, con esa gorra y camiseta negra, hizo algo más interesantes mis sábados. La noche del campamento, a la que llegamos luego de sobrevivir a todo un día de lluvia en el Fuerte "Atahualpa" de Machachi, al arroz hecho bolas, a las jodas de mi ñaño que frente a mis amigos me sugirió no olvidar mi pijama, al lodo y a los ejercicios, que según nos enteramos luego no fueron tan rigurosos como los que les hicieron practicar a los del UNE y del Vida Nueva, a quienes habían sacado la puta, los militares decidieron darnos un par de horas en el coliseo para organizar un mini-festival. Cansados, los "lecheros" no organizamos absolutamente nada; el San Fernando había hecho un número basado en la coreografía del tema "Thriller" de Michael Jackson. Para su atuendo de baile, mi hermano había roto una camiseta con la que solía irme a los conciertos de rock, excepto uno de Blaze y Barak en la Plaza de Santo Domingo, al que había ido con la camiseta de la pre. Superada la bronca, fuimos conducidos a dormir en unas estrechas carpas, donde nos tocaba de a dos. Varios conscriptos fueron destinados a hacer guardia para evitar que en cada tienda durmiera una pareja con dos sexos diferentes. Me tocó compartir la mía con el Néstor Flores, un tipo que parecía más bien japonés, y que siempre hablaba apurado. No pudimos ducharnos; apenas había un chorro de agua que parecía caer del helado Cotopaxi.

Al día siguiente, y tras volver a casa, contraje una gripe quizás peor que la que le había dado al Salguero. Falté creo por un par de días al colegio. Tras volver, nadie nos consideró héroes, o algo por el estilo; los únicos que realmente lo habían pasado bien, fueron los chicos de Educación Vial. Varios días después, en una fiesta que organizó mi hermano en casa para reencontrarnos con las chicas del Espejo, volví a ver a Lucía. Le presté unos cassettes de Toccata y Bulla, Mortal Decisión, Chancro Duro y Sacrificio Punk. Un año después, mi hermano se marchó a Salinas, a la Escuela Militar de aviación. No he vuelto desde entonces a disparar otro tiro; tampoco volví a ver a Lucía y a mis cassettes.

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