jueves, 19 de noviembre de 2015

La caminata

El Omar y yo no éramos muy beatos que digamos; cuestionábamos con mucha frecuencia a la iglesia, y aunque mi amigo se mostraba un tanto más temeroso de Dios que yo, no dudaba en exhibir sus camisetas invocando a Satán. Pese a ello, las personas nos consideraban respetuosos de la religiosidad, y en alguna ocasión, decidimos participar al igual que muchos quiteños en la peregrinación de la Virgen de El Quinche, que hasta ahora suele partir de Calderón, en alrededor de, (si no me equivoco) 35 o 40 kilómetros de puros caminos empedrados.

Varios años antes, mientras regresaba con mi familia de Chillogallo y debimos parar en La Marín, vi por primera vez a un grupo de personas que compraban linternas; mi padrastro y mi ma habían participado en una ocasión en la caminata, y me contaron que toda esa gente iba en camino. Por un momento me emocionó la idea de colarme con ellos: caminar entre la obscuridad se me hacía algo nuevo e interesante. Sin embargo, esto no le gustó a mi madre, quien me consideraba demasiado pequeño aún para algo así, además de presentir que mis motivos para la travesía no eran precisamente religiosos.

Ya en quinto curso, en noviembre de 1997, y tras haberse cambiado el Omar de colegio, decidimos participar. Esa tarde me la pasé viendo televisión, escuchando música pesada y durmiendo. No sé qué carajos estaría haciendo mi pana. Otra de las cosas que recordaba es que los peregrinos iban cargados de enormes grabadoras estéreo. Esperaba que mi amigo, un coleccionista empedernido de música y de aparatos de sonido, llevara también una grabadora. En lugar de ello, cada uno llevo un walkman.

Fui hasta la casa del Omar en Solanda, desde donde salimos a La Marín, para de ahí tomar un bus hasta Calderón, En secreto, esperaba, durante la caminata, tener la fortuna de conocer a alguna guapa novelera igual que nosotros. En lugar de ello, había una chica (creo la hija del chofer o el controlador), un poco menos fea que el resto de chicas que iban con nosotros, a la que quisimos coquetear, sin darnos cuenta de lo bagreros que estábamos siendo.

Ya en Calderón, el sitio parecía un mercado: por todos lados había vendedores de estampitas, K-chitos y golosinas para el viaje. El licor no se hizo esperar, como tampoco las grabadoras stereo, que en lugar de sonar heavy metal, pasaban puro techno pata sucia. Para la travesía llevé unos zapatos tipo botines, que meses después también utilicé durante la pre-militar.

La caminata desde luego inició con toda la algarabía posible de una nueva aventura. Nos sentíamos un par de pioneros, entre tantos patasucias, dispuestos a comernos el mundo y ensuciarnos las botas. Los primeros kilómetros fuimos de lo más frescos: me pasé charlando sobre Elizabeth, la chica que me gustaba, creo que durante al menos 45 minutos: le conté al Omar desde cómo la había conocido, hasta cuando la vi por última vez, en el Club de Periodismo. El me contó sobre alguna prima que le gustaba... en realidad, era como la tercera o cuarta vez que nos repetíamos estas historias... luego, hablamos sobre Ángeles del Infierno y otras bandas. Había polvo y obscuridad. Pronto, el sueño empezó a invadirme, mientras el sudor empapaba mi frente y mi pecho.

Tras cruzar la vía a Guayllabamba, tuvimos que ascender por dos colinas que se volvieron una cordillera impenetrable. La gente -algo ebria- no sentía pena de caer rodando cual bolas de paja en el desierto. Una chica, que parecía una niña en ese entonces y que debe ser abuela ya, hacía un gesto de desesperación mientras se agarraba de una cinta que su padre, seguramente, ató en un árbol seco. Pese a no estar ebrios o drogados, el Omar y yo estábamos voladotes. En ese momento me arrepentí con sinceridad de mi novelería. Supongo que los demás tomarían eso como una prueba de su fe.

Al llegar finalmente a la cima de la colina, un puesto de secos de chivo y de gallina me hacía ojos; tenía hambre, sed y desesperación. Pero tras notar que estábamos envueltos en una nube de polvo, el Omar y yo decidimos seguir. Caminando, ya sin eje o prisa, agotados los temas y sólo deseando que esa puta travesía llegara a su final, escuché de repente de una de las grabadoras el tema "loving you" de Minnie Riperton. Mi amigo, poco acostumbrado a esa música (según él, además del metal el único grupo "suave" que había escuchado era Menudo), no pudo disfrutar igual que yo de esa voz. De pronto, el camino se volvió una monótona ruta empedrada, que no tendría fin jamás. Entonces, una chica de cabello corto, se acercó al Omar para decirle algo que no entendí muy bien. Creo que hasta le pasó un trago de su botella. Supuse entonces que el secreto para sobrevivir a esa ruta era ir bebiendo. Y el camino siguió, y las estrellas rielaban sobre las piedras... y las luces amarillas del pueblo, como telarañas, aparecieron finalmente.

Al llegar, lo último que quise (al igual que la mayoría de caminantes) fue escuchar misa. La plaza de El Quinche era un dormitorio lumpenesco, cual escena de Ernest Hemingway, remasterizada a la ecuatoriana. Lo más feo del camino estaba por empezar: aguardar despierto, y de pie, por un bus, para volver a casa.

A eso de las seis de la mañana, tras subirme al carro, juré que jamás volvería... supuse por unos segundos que quizás fue una especie de castigo divino por burlarme de la fe idólatra de adorar a la imagen de una mujer, depositaria de tantos dolores y angustias. Mi promesa no sirvió de nada. El año siguiente volvimos a buscar aventura con el Omar.

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