jueves, 31 de mayo de 2018

El funeral del Pato


—Que no creía en Dios, má —tuve que repetirle una vez más, mientras ella hablaba por teléfono con el cura de la parroquia.

—Sí creía o no ya no importa, tu ñaño está muerto —respondió también, de nuevo. —Tu hermano va tener un funeral como una persona cristiana y punto.

Sólo habían pasado unas horas, pero parecían días e incluso meses desde el accidente del Patricio. Mi papá estaba todavía en la morgue de la policía, a dónde acudí también para reconocer a nuestro hermano, hijo, novio, vecino, amigo, enemigo y estudiante de la universidad. El Pato venía de una fiesta en Cayambe junto a dos compañeros suyos, quienes permanecían en el hospital, graves pero vivos. Sólo a mi hermano le tocó morir.

Unas semanas atrás, conversando, nos acordamos de la ocasión en que, mientras asistíamos al catecismo cuando eramos niños, él para la confirmación y yo para la primera comunión, me dijo que el infierno no existía, teoría que me pareció tonta en ese entonces.

«Después de morir, sin importar qué hagamos, el alma se va purificando poco a poco. Al principio padecerá de tormentos y sufrimientos, según lo que haya hecho en vida, pero finalmente se limpiará y se convertirá en luz.» Con el tiempo, supuse que tal vez el Pato escuchó esas ideas de alguien que intentó combinar las doctrinas del cristianismo con el budismo, y algún pasaje de La Divina Comedia de Dante. Fue el mismo Pato quien, años antes de la catequesis, me contó una noche que antes de morir, se supone ves a un tipo vestido de negro, que llega a avisarte de tu hora. Gracias a esa historia, por mucho tiempo tuve miedo de levantarme al baño, pues para llegar tenía que pasar por el pasillo un poco largo de nuestro departamento del centro de Quito, y encontrarme con ese ser divino o sobrenatural, y que no sé si se le habrá aparecido a mi ñaño.

Al colegio ya no acudimos juntos: mis padres decidieron meterle al Pato en el Montúfar, en tanto que a mí, optaron por enviarme al Paulo VI, donde de vez en cuando pasé alguna vergüenza por atrasarme con la pensión. Mi papá consideraba que yo no tenía el carácter para acudir a un colegio masculino, famoso por salir de bullas a cada rato y por pregonar el materialismo dialéctico, paradigma contrario a mi supuesta vocación sacerdotal. Pese a que en general siempre obtuve mejores calificaciones que el Pato, siempre le envidié: las peladas más bonitas del barrio siempre le hacían caso, mientras que a mí sólo me conocían por ser su hermano. El colegio Montúfar me parecía más bacán que el Paulo VI, pese a que mi colegio no le faltaba casi nada, y desde luego, me entusiasmaba mucho la fama deportiva y de la banda de guerra de los lecheros, sin olvidar además que cuando había paro, mi hermano siempre disfrutaba de unas vacaciones que convivían con mis deberes de Matemáticas y religión.

Un tío nuestro, Rodrigo, quien era mecánico, le enseñó durante uno de esos paros lo básico sobre el funcionamiento de carros y motos, y también a conducir. Ya a los 16, el Pato andaba en moto y hasta conducía una camioneta del taller automotriz. Por mi parte, yo andaba casi siempre en buseta o a pie, después de todo no tenía que salir demasiado, pues mi vida social no era muy agitada. La supuesta idea de mi vocación religiosa surgió otro día, mucho antes, mientras íbamos a la escuela, cuando se me ocurrió decir que de grande me gustaría ser sacerdote. Todo empezó otro día en que mirando la tele, vi como el Papa Juan Pablo II se paseaba por todo el mundo, y era recibido casi con la misma importancia que un presidente de la República o una estrella de rock. La idea de viajar era el fondo de aquello; en aquel entonces no pensaba en chicas o en tener hijos. El fin justificaría los medios. El Pato en cambio, siempre disfrutó con los aparatos mecánicos, a tal punto que fue él quien destruyó todos nuestros juguetes para saber cómo eran por dentro. Nuestro tío Rodrigo le tomó gran afecto, no sólo por ese interés de mi ñaño por la mecánica, sino también porque el tío tuvo solo hijas, y quizás veía en él a ese hijo con el cuál compartir cosas de hombres. Pero el tío, al igual que mis padres, era un ferviente católico también, por lo que con el tiempo se fue distanciando del Pato y sus ideas materialistas.

Pese a las previsiones de nuestra familia, ni mi hermano estudió ingeniería automotriz, ni yo me hice cura. No sé si tal vez por la influencia de otros primos nuestros, pero él ingresó a la facultad de Jurisprudencia, en tanto que yo, que aún deseaba viajar, me metí a estudiar Turismo. Entre los dos habían apenas dos años de diferencia. Cuando el Pato se graduó del Montúfar, le hicieron una gran fiesta. Para entonces, nuestro padre, quien trabajó por muchos años en una cadena de ferreterías, renunció y con la plata de la liquidación se compró una camioneta para hacer fletes. No sé si por haberse graduado, o por una travesura unilateral, mi hermano se había sacado la camioneta y desaparecido por tres días. Pese a que el vehículo volvió intacto, la puteada que le dieron en casa duró hasta el año siguiente, en que asistí a sexto curso.

Aunque el Pato convivió con varios aspirantes a revolucionarios e intelectuales de izquierda, nunca tomó esa opción, excepto quizás el ateísmo. De decirme cuando niños que el infierno no existía porque el alma se purificaba en el camino, pasó a decirme que el alma ni existía, matizando quizás su afirmación con la ley de la Química de Lavoisier, esa que dice que «la materia no se crea ni se destruye, sino que se transforma.» Durante los últimos años del colegio y primeros de la U, mi hermano me acusó varias veces de curuchupa. No fue sino hasta un poco adentrado en la universidad en que, en varias cosas, tuve que darle la razón.

—Má, creo que la mejor manera de mostrar cariño y respeto al Pato es darle un funeral laico —insistí a mamá.

—Hijo, ¿tú qué sabes? fue pidiendo a Dios que ustedes vinieron a nosotros y nacieron bien.

—Si má, ¿pero cómo sabemos sí el existe realmente? además, de existir, ¿por qué se iba a llevar al Pato?

—Por que sólo Dios sabe cuál es nuestro momento. Más bien hay que agradecerle por todo el tiempo de vida que nos permitió disfrutar de la compañía del Patricio.

—¡Pero qué dices mamá! ¿Agradecerle? ¡le agradecería y creería en él si le hubiera salvado del accidente!

Fue entonces cuando mi madre me dio una tremenda bofetada, como no lo había hecho desde mi catequesis.



«o»


A la sala de velaciones acudieron muchas personas: Vicky, una pelada de mi ñaño que siempre me gustó en secreto; Laura, una novia suya durante el colegio, con quien incluso alguna vez, la gente chismosa comentó que serían padres, pero que habían hecho algo al respecto; Claudia, su primera novia de la universidad; Germán y Christian, dos de sus amigos del colegio; Alejo, su amigo aniñado de la facultad, entre otros tipos cuyos rostros recordaba, pero no sus nombres. Acudieron además nuestros primos, tías, el tío Rodrigo, los abuelos, algunos ex compañeros de la ferretería de mi padre, un par de amigas desde el colegio de mi madre, unos pocos compañeros míos de la carrera de Turismo y un cura. No asistió nadie de la FESE, la JRE o el FRIU, pues mi ñaño ya nada tenía que ver con ellos desde antes de morir.

Luego del pequeño oficio religioso, que pese a mi intento de omitir se llevó a cabo, fue el turno de mi padre de expresar unas palabras. Mamá desde luego no podía, no paraba de llorar. Fue entonces que mi padre se doblegó también. Mi tío Rodrigo quiso tomar la palabra, pero decidí no permitírselo. 

Frente a todas esas personas vestidas de negro, a esos panas y parientes nuestros, sentí que me doblegaría también. Sin embargo, decidí no permitírmelo.

«Gracias a todos por estar acá. Cuando éramos niños, mi hermano me dijo una vez que el infierno no existe, pues sin importar lo que hagamos, nuestras almas se purificarían en el camino. Mi ñaño era también bastante odioso; más de una vez nos dimos de kiños. Una vez le pegué también, con una silla, por la espalda, pues jamás podría ganarle en los puñetes. Un día se robó mil sucres de mis papás para irnos a los cosmos, y cuando nos cacharon, se echó toda la culpa. Un día, en que me robé unas monedas del bolso de mi mamá, se echó la culpa también. Y en otra ocasión, en que rompió sin querer una caja de herramientas de mi papá, me eché la culpa. Mi hermano decidió no creer en Dios, y no sé si habría estado de acuerdo con que un cura celebre su funeral; sólo sé que nadie es perfecto. Quiero suponer o pensar que Dios, si es que existe, se encuentra como dijo mi madre en cada momento que compartimos con quienes queremos; quiero suponer que la capacidad de amar de los seres humanos, es superior a cualquier creencia. Quiero concluir, suponiendo, como decía mi hermano y Lavoisier, que al igual que la materia no somos creados o destruidos, sino que simplemente nos transformamos. Quiero pensar que encontraré a mi ñaño cada vez que llueva, haga sol o que volveremos a encontrarnos.»



A mis hermanos

domingo, 27 de mayo de 2018

Elepe

Su nombre era Joaquín, pero a diferencia de los demás compañeros, a quienes llamábamos por sus apellidos (el Castillo, el Ponce, el Nicolalde), le decíamos Elepe. La obvia razón: vivió en España por 8 años, a donde le llevaron sus padres siendo guagua. Aquel año, el tercero de bachillerato, fue el alma de nuestra fiesta, la sal de nuestros limones: el blanco perfecto para nuestras jodas. A veces le decíamos también Ojete, Majo, Crío, Coño, El Hostias, o cualquier cosa que sacáramos de una película gringa traducida en Madrid.

Llegó durante los primeros días de septiembre: nuestro colegio de Solanda se aprestaba a iniciar con la primera promoción de bachillerato internacional, y la Adri, pelada del Santiago Ponce, nos contó que había conocido a un chico guapo, muy bueno en el basquet y que hablaba con acento español. Eso sí, además del acento no parecía muy europeo que digamos: más bien era bastante flaco y moreno, lo que hacía pensar a cualquiera que venía de Turquía, Líbano o algún país de Medio Oriente. «Bien lindo, eso sí», según la Adriana, comentarios que le ponían al Ponce (todo lo opuesto al Majo: rechoncho, patucho y colorado cuál melloco) en apuros. En fin, creímos que venía para lo del bachillerato internacional, por lo que supusimos iría a primer año, sin embargo, vino a tercero, no porque la educación española fuese superior a la nuestra, sino por un tema de convalidación: el Joaquín ya había terminado el colegio en Valencia, pero para ingresar en alguna de nuestras universidades, debía al menos cursar un año acá. En fin, todo un asunto raro que por ahora importa menos que el impacto que causó en nuestro curso.

Los típicos clichés de la jerga española no se hicieron esperar, y pronto expresiones como «joder», «macho», «majo», «tío» y «coño» se agregaron a nuestro dialecto quiteño que antes ya había recibido con brazos abiertos coloquialismos mexicanos, argentinos e incluso colombianos, a través de la tele. No era un excelente estudiante, pero tampoco descuidado. Haber hecho «algo de mundo» le daba cierta seguridad que nos faltaba a muchos de nosotros.

Al Joaquín le gustaba fumar una cosa llamada hashís, algo difícil de conseguir acá, por lo que tuvo que conformarse con marihuana. Según el man, había de varios tipos; a nuestro grupo de panas no nos atraía tanto esa cosa, salvo en ocasiones especiales. Eso sí, el pana no bebía, a diferencia de nosotros, insignes consumidores de biela. Como la Adri nos lo había anticipado, Elepe era una bestia en el basquet: nos aseguró que en su «instituto» formó parte de la selección, y que se le habían presentado varias opciones que ya no podría tomar, dada la decisión de su padre, un entusiasta seguidor de Rafael Correa (y enérgico detractor después), quien resolvió volver al país tras quedarse sin un trabajo estable, con la idea de ponerse una gran ferretería. Pese a los celos del Ponce, El Joaquín no pudo encontrar un mejor amigo que él; fue más bien un rival en la cancha quien le daría un giro penoso a su historia.

Un día, mientras jugábamos en las canchas del parque (decir «jugábamos» es colarme: yo era bastante malo y apenas duraba minutos), un tipo y sus amigos decidieron retarnos. El Joaquín les dio toda una cátedra. Luego del partido, y como supuesto gesto de caballeros, los perdedores decidieron invitarnos unas bielas, que Elepe rechazó. Desde entonces, aquellos guambras empezaron una campaña negativa sin precedentes contra nuestro compañero: desde hacer público su entusiasmo por la hierba, hasta jactarse de su forma ibérica de hablar, algo que también nos encantaba hacer (incluso a los profes), pero hasta cierto punto.

Lo peor sucedió el día en que una ex de los rivales del basquet, Vero, empezó a coquetear con el Joaquín. En una ocasión, en que entramos en mucha confianza, le pregunté si tenía o tuvo alguna pelada en Valencia. Me dijo que sí, que se llamaba Nela (me explicó más adelante que era el diminutivo de Manuela), y que solían escribirse de vez en cuando en valenciano, lengua parecida al catalán y de cuya existencia no conocía, pues al igual que la mayoría de quiteños, pensaba que en España solo se hablaba castellano. El punto es que la distancia pudo más que el amor epistolar entre los dos, y el Joaquín vaciló con la Vero durante la kermés. Animados por el trago y un sentido tarado del honor estilo peli ninja, el ex de la Vero y sus panas agarraron al Elepe, mientras iba a su casa y entre golpes, le dieron también una puñalada. Cuando nos enteramos, lo primero que creímos fue que deberíamos buscar ropa negra. Por suerte el hecho no fue del todo grave, aunque sí provocó que nuestro españolete tuviese que dejar de jugar, faltar al colegio y a la graduación.

Luego del final, por mucho tiempo dejamos de saber del Joaquín. Supusimos que fue a probar suerte en otro colegio o que regresó a España. Ni idea. Tiempo después, la Adri (nuevamente ella) nos aseguró que una prima suya lo había visto en Manta.