domingo, 23 de agosto de 2026

Angie

Me escribió hace días, a través del Messenger de Facebook; hacía años que no sabía nada de ella. 
    Luego de retirarme del Montúfar, que junto con el Mejía eran los únicos colegios fiscales masculinos que quedaban en Quito —después de jalarme cuarto curso—, fui a dar a un fiscomisional de Solanda donde repetí el año y posteriormente me pasé a otro cole nacional cercano, el Emilio Uzcátegui. Allí conocí a Santiago, quien me contó que el año pasado había armado una banda de rock con otros compañeros, luego de escucharme cantar un tema de Barón Rojo. Al Santi le gustaba una compañera, Paola, chica nada extraordinaria para mis ojos, pero toda una inspiración para mi nuevo amigo. Sospecho que su empeño con el grupo del que luego me invitó a formar parte, se lo debemos mucho a ella.
    En una ocasión, Paola organizó una fiesta a la que invitó a gran parte del curso; en el Montúfar solo había acudido a una que otra kermés de colegio femenino, por lo que la farra no era precisamente mi fuerte. La casa de la Pao era más grande que la mía y la del Santi, y probablemente de las más grandes que había conocido hasta entonces. También invitó al evento a varias amigas, más guapas que las del Emilio.
    Estaba un poco ebrio ya cuando de pronto, una de esas chicas se me acercó. En el colegio al que fui luego del Montúfar algo aprendí a tratar con ellas; sin embargo, me consideraba muy tímido todavía.
    —Me llamo Angélica.
    —Soy Luca.
    —No pareces argentino y menos italiano… pero qué bonito nombre.
    —Gracias.
    Mientras mi amigo intentaba inútilmente que Paola le parara bola, habíamos repasado ya la mitad de nuestras vidas a pesar de la bulliciosa música de Sandy y Papo y Los Cuentos de la Cripta. Antes de marcharse, le di mi teléfono casi sin ninguna esperanza de volver a verla. Había además otra chica en clase con quien tenía cierta onda, y no quería echarlo a perder.
    Tiempo después y contra mis expectativas, Angélica me llamó. Quedamos en tomar un helado o algo así; volvimos a salir un par de veces. Nos besamos. Hicimos el amor. Del puberto tímido del Montúfar al que nadie paraba bola no quedaba casi nada. Me había convertido en un galán de barrio con el poder de saber qué les gustaba exactamente a las chicas. La pasión me desbordaba por los poros. Sin embargo, también estaba consciente que esa historia sería pasajera, que seguramente para la Angie solo sería un pasatiempo antes de otro man que le gustara más, por lo que solo debía aprovechar el momento, aunque por otro lado también estaba mi compañera, con quien había creado un vínculo especial que simplemente no se podía explicar con palabras, y con quien estábamos ya a un paso de concretar.
    Angie finalmente dejó de llamarme y tampoco la busqué. Mi compañera y yo nos hicimos novios; esos días que fueron apenas un par de meses sucedieron muy lento, tan lento que parecieron años. Dicen que cuando estás solo no se te acercan ni las moscas, pero que cuando ya andas con alguien, te vuelves inexplicablemente atractivo. Angélica me volvió a buscar.
    Nunca fui de piedra y quizás no lo sea hasta que me convierta en polvo, pero decidí echarme otro polvo con Angie. Era una pasión adolescente inefable, que me hacía hervir la sangre. No obstante, así como intenso fue el momento también lo fue el rompimiento de mi corazón, cuando finalmente me redescrubí a mí mismo como novio de alguien y me ganó el cargo de conciencia.
    En enero del año siguiente, agobiado de tanta pasión adulta para la que aún no estaba listo, les pedí a mis padres que me regresaran al colegio fiscomisional dónde aprobé el cuarto curso. Pese al cambio, mi novia y yo seguimos juntos, aunque Angie también me volvió a buscar de vez en cuando. 
    Tras terminar bachillerato, un tiempo después mi novia y yo nos casamos, tuvimos un hijo y años después nos divorciamos. Angie me contó que le ocurrió algo parecido, pero que luego finalmente se empató con alguien más. Todavía luce hermosa en sus fotos de redes sociales, y aún me siento especial cada vez que me habla.

jueves, 30 de julio de 2026

Deportivo Quito

En 2009, mientras conseguía su cuarto título dirigido por Rubén Insúa y en serie B ascendía un club casi desconocido llamado Independiente del Valle y descendía a Segunda Categoría el Aucas, nadie imaginaba que esa odisea del cuadro oriental sería poco con lo que le esperaría al Quito en 2018, cuando por un tema de deudas, la FIFA decidiría enviarlo aún más abajo del infierno: en 2019 jugaría en el fútbol amateur. 

    Los hinchas de Liga le arrojaron pan en su última participación en Serie A y la Federación lo descalificó de la primera edición de Copa EC sin haber perdido. Aún así, continúa llevando más aficionados a la preferencia del Atahualpa que Cumbayá, Católica, América o el mismo Nacho.

    Nacido en la plaza del Teatro, donde al reencontrarse con el campeonato nacional en 2008 luego de cuarenta años sus hinchas ya no encontraron la pileta, sus colores son inspiración para muchos, como lo fueron una lejana mañana de los años 60 para Ernesto Guerra o una tarde de los 80 para Álex Aguinaga. Fue el primer campeón nacional de la capital, ha llenado el estadio de Chillo Jijón más veces que el IDV y aunque a diferencia del Aucas muchos le anticiparon el pésame en vida y le descendieron a barriales y colegiales, es más zombie que The Walking Dead, más inmortal que taraxaco y es eslabón entre ser humano y calamar al tener dos corazones.

miércoles, 29 de julio de 2026

Aucas

 Muchos desprecian al Quito, detestan a Liga, odian a Barcelona y respetan pero ignoran al Independiente del Valle; sin embargo, en el fondo, todos quieren al Aucas, y lo quieren porque les recuerda al papá mal genio que se ponía buena gente el domingo, al abuelo romántico que llevaba el radio a la misa si no había para ir al estadio, a la dueña de la farmacia con la amarilla bajo el mandil o a la seño del mercado vendiendo camisetas de otros clubes en domingo, pero con el Aucas por dentro.

   En 2022, cuando a muchos de los pioneros de Chillogallo, Solanda, o Guamaní se los había llevado el Covid o la desilusión, Aucas lograría un hito esquivo hasta entonces como una Libertadores para Barcelona, un país sin deuda externa o una sociedad sin corrupción: ser campeón, de la mano de un técnico de un país más experto en béisbol y hasta hace poco más jodido que el nuestro, pero sobre todo, con una hinchada que, como la vendedora de camisetas de otros equipos, siempre supo donde tenía el corazón.

   En la era del fútbol amateur de Quito, entre 1945 y 1949, se adelantaría al pentacampeonato europeo del Real Madrid de los años 50, en el inolvidable estadio de El Arbolito, el actual parque donde deambulan los fantasmas de Gladiador, Titán y Gimnástico. Gonzalo Pozo Ripalda sería de los primeros fichajes nacionales en el extranjero, al ser llamado por América de Cali, en la época de oro del fútbol colombiano. Muchos años más tarde, ya en la era del campeonato nacional, tendría alguna vez en su arco a nada más y nada menos que René Higuita, el escorpión humano. Aucas sería la casa también de Ariel Graziani, el Loco Abreu y Agustín Delgado.

    Pese a la moda, los descensos y los camisetazos, el equipo oriental ha sabido mantenerse vivo. Cómo decía alguien en comentarios, “ser hincha de Aucas es un acto de rebeldía”.

martes, 28 de julio de 2026

El Nacional

Fue la máquina gris, roja y tornasol. Primer bitricampeón, primer club no guayaco que se dio una vuelta olímpica en el estadio Monumental del Barcelona y uno de los tres cuadros profesionales del mundo en jugar exclusivamente con talento local, hasta aquella vez en que un cafetero con documentos alterados ensució esa tradición.

     Fundado por miembros de las Fuerzas Armadas y auspiciado por ellas hasta que un jefe de estado hincha de Emelec eliminara su aporte obligatorio, el Nacho compartió la hegemonía de nuestro campeonato y fue probablemente la primera escuadra con más aficionados de la Sierra y la segunda a nivel país entre los 70 y 80, durante la dictadura militar y los nebulosos años del retorno a la democracia.

     No ha ganado aún la Libertadores como el Nacional colombiano o el Nacional uruguayo; lo más cerca que estuvo fue en el 85, cuando otro poderoso rojo, América de Cali, que tampoco sería campeón ese año, ocupó su lugar. Hace poco regresó de la B, volvió a la B y dentro de poco quizás descienda a Segunda Categoría. 

    En redes sociales muchos sugieren salvarlo, a pesar de hinchar por otros equipos. Y es que el cuadro militar, como los demás clubes capitalinos, hasta 1997 en que Liga de Quito inauguró su estadio, fue protagonista de varias dupletas en el estadio Atahualpa, donde era común acudir entre familia y panas con camisetas de distintos colores. Érmen Benítez, Cléber Chalá, Byron Tenorio, Ítalo Estupiñán, Polo Carrera, Antonio Valencia, Juan Carlos Burbano, Édison Méndez y muchos más, fueron y son parte de esta gran cancha.

lunes, 27 de julio de 2026

Liga de Quito

Club de paradojas e hipérboles: su camiseta es llevada por aficionados en la San Pancho, la UDLA y la Cato; sus hazañas conquistaron el corazón de un Oliver de carne y hueso en Japón, al otro lado del mundo. Fue el primero del país en alzar una Libertadores en 2008, esa noche de penales en que la altura celebraba y el puerto reprochaba que uno de sus rivales alcanzara lo que ellos no, en aquel nuevo Maracanazo.

    Carrera, Berrueta, Marsetti, Manso, Bieler, Salas, Cevallos: ese mismo que no pudo ser profeta en su propia tierra. 

    Es ese uniforme blanco que en una noche de neblina disputó un clásico de paz contra otra camiseta amarilla y uno de guerra contra una lejana azulgrana, mientras arrancaba camisetazos en Solanda o Carapungo. Es un estadio que se mira desde lejos, una copa que aún no se toca y un aliento que parece ventisca por la Universidad Central en cada tarde de pileta.

domingo, 26 de julio de 2026

Solanda

De puberto adoraba visitar Solanda. Proveniente de La Alameda, quizás el barrio más solitario de Quito, el contraste era inmenso. Lo admito: las chicas me parecían hermosas, y aunque escuchaba a veces sobre unos tales MKS, Slymers u otras pandillas, era lo de menos. En el parque central había una gran rueda moscovita que por años fue para mí como la entrada a ese lugar, y si bien nunca me hice algún levante por allá, tenía y hasta ahora tengo algunos amigos que viven en la zona, cuyo eje central era la calle J. A veces iba en Solanda-Marín y más tarde (muy tarde) descubrí el Solanda-U Central, cuyo soundtrack de vallenatos hacía incluso ameno mi viaje.

    Un pana se emocionó en aquella ocasión que el noticiero Semana Rock de MTV mencionó a Solanda, por un concierto de punk donde Abdalá Bucaram intentó una cacería de brujas para coronar el siglo XX. Hace días escuché que tres muchachos, que pudimos ser mis amigos y yo de aquellos años, murieron abaleados en un confuso incidente. Hoy, Solanda, que antaño fue parte de una gran hacienda, tiene dos supermercados, un estación de metro, varios Tuti, una Pizza Hut y probablemente dentro de poco tenga un Mac Donald´s. Me enteré hace poco que La J ahora se llama José María Alemán.

    Hace tiempo que la gran rueda moscovita del parque central se fue, como se fueron quizás también las peladas que nunca me hicieron caso y los Solanda-U Central. Que sea el tiempo quien se lleve nuestros recuerdos y no la violencia.

(Publicado originalmente en la fanpage de Caricato el 20 de agosto de 2024)

viernes, 24 de julio de 2026

Auki

Me fue recomendado por la vecina peluquera de la calle; durante la noche del sábado se había roto el codo de uno de los tubos de agua de la terraza y en ese entonces no tenía idea de cómo cambiarlo. Me aseguró que era puntual, bueno y barato, pero sobre todo, que difícilmente podría encontrar a otro plomero dispuesto a venir en domingo. Ese día pensaba ir al estadio, pero la planilla de agua de hace unos meses que vino duplicada en el precio debido a una imperceptible fuga en uno de los inodoros —y que actualmente es aún más cara por incluir la tasa de recolección de basura— me obligó a establecer prioridades.
    Como si se tratara de un reloj suizo, timbró exactamente a las ocho. Ni siquiera había terminado de desayunar, por lo que debí abrirle la puerta en chanclas. El hombre no vestía al estilo de Mario Bros: traía camisa de mangas cortas e impecable pantalón de casimir y zapatos lustrados. Tampoco lucía tan desalineado como los maestros que suelen andar en la Plaza Arenas o que se juntaban en la Gaspar de Villarroel o la Granados a esperar que alguien los contrate. 
    No le tomó demasiado arreglar el daño; supongo que la experiencia de cambiar codos y universales con frecuencia debió volver la tarea cada vez menos difícil. «Listo, son diez dólares». El precio me pareció accesible. Luego de pagarle, me pasó una tarjeta, con un vistoso dibujo hecho a mano con esfero azul. 
    —Qué chévere diseño, ¿se lo hicieron en la imprenta de cortesía? 
    —No, a lo mejor fue uno de mis hijos... espere, ya le busco otra.
    —No se preocupe, lo importante es que se ve su nombre y su número...
    Ni siquiera terminé de hablar cuando me arrebató la tarjeta y me pidió que más bien anote su número en otra parte, pues, según él, ese ya no era su teléfono.
    «Roberto Cabrera» no parecía ser un nombre de otro mundo. Desde luego, jamás le llamaría así, pues desde ese día en adelante para mí sería Don Beto. Volví a llamarlo en dos o tres ocasiones posteriores, ya no para reemplazar codos (tarea que me obligué a aprender para pasar el apuro) sino ya para tareas más densas, por ejemplo, ubicar alguna fuga dentro de una pared o reparar algún baño.
    Una tarde, en que decidí buscar una supuesta nota periodística de los años ochenta que hablaba del accidente fatal en el que murió mi padre, tras hurgar inútilmente entre crónicas policiales y obituarios, decidí pasear mis ojos por las páginas de tiras cómicas. Hacía años que no miraba al Hombre Araña, Roldán el Temerario o Rabanitos impresos en blanco y negro. Además de descubrir otras historietas, importadas la mayoría de la United Features Syndicate gringa, di con una tira cuyos dibujos en comparación con los anteriores resultaban un tanto burdos. La historieta se titulaba Auki, y parecía tratar sobre un cuy indígena que debía enfrentarse a unos gallos y cerdos vestidos como conquistadores españoles. Fue entonces que lo reconocí. El gallo con casco de Benalcázar era muy similar al dibujo de la tarjeta de nuestro plomero. Tras revisar más ejemplares de diarios, logré establecer que la obra fue publicada entre 1986 y 1987, firmada precisamente por un tal Beto.
    En vista de que no tenía datos en el celu, una vez en casa intenté googlear a ver si daba con información o imágenes de la tira. Tras no hallar nada, ni siquiera en la web del periódico donde fueron publicadas, busqué en blogs, artículos o publicaciones de Facebook o Instagram, sin encontrar nada tampoco. Era como si a los dibujos se los hubiera tragado la tierra. Algo similar me ocurrió alguna vez cuando intenté investigar a Nelson Jácome, el ilustrador de las portadas de los libros de las colecciones Ariel y Antares de la editorial Libresa, aunque finalmente sí obtuve unas pocas razones sobre él. Sin embargo, Don Beto parecía haber eludido exitosamente al mundo digital.
    Ya que internet sería inútil para mi cometido, aprovechando que debía cambiar una llave del primer piso que me imposibilitaba colocar una manguera, decidí encarar a Don Beto.
    —Usted publicaba Auki en el periódico. Sí, era usted.
    —¿Cómo averiguó eso? Seguro era guagua en esa época.
    —Soy un periodista desempleado, así que a veces tengo tiempo de investigar.
    —Usted lo ha dicho. Yo también era un dibujante desempleado.
    —¿Cómo es eso? Usted al menos publicó en un diario nacional durante dos años...
    —Sí, publiqué. Pero nunca me pagaron.

jueves, 23 de julio de 2026

Guardarraya

No me gusta Guardarraya. No he comprado ninguno de sus discos ni me ha intentado bajar alguna de sus canciones. Los conocí por una ex, siglos atrás, un día que tarareaba una canción sobre un pastelillo parlante que salía de una nave espacial y no sé qué. Detesté que telonearan a Caifanes en 2019, durante su show en el Ágora. No colaboré en su crowfounding ni pedí jamás una de sus canciones en la radio.

    Hay algo, sin embargo, que debo reconocer de ese grupo a pesar de mi corazón de mandril: sabe conectar. Ha sabido cómo llegar al origen de esta tierra mestiza, que por muy trend o reguetón no ha olvidado ese legado de los discos viejos del abuelo: la música popular. Guardarraya sabe qué, cómo escuché alguna vez en la serie "El Más Querido" (último puntazo de Peki Andino), a la gente de acá le gusta bailar con música triste.

    No conozco a Álvaro Bermeo (cada vez que ponían a Damiano lo confundía con él), y probablemente jamás le conozca, pero admiro su postura social. Quizás para muchos sea incluso pose o 'fan service', pero es más difícil arriesgar la posición en el siempre tambaleante mainstream nacional que pretender una migaja de él, como Fausto Miño. 

(publicado originalmente el 5 de junio en el Facebook de Caricato)

viernes, 3 de julio de 2026

La suerte


A veces, como cualquiera que necesitara abrazar alguna esperanza, era supersticioso. Recé varias veces o dejaba de mirar el encuentro de fútbol para que mi equipo ganara —como si la vaina dependiera de mi voluntad—; pedía deseos de cumpleaños que no revelaba nunca para que no se pasmaran, salté sobre el año viejo en llamas bajo el riesgo de quemarme el culo e incluso di la vuelta al barrio con la maleta encima para viajar al año siguiente por el mundo. Cada vez que podía permitirme un billete de lotería elegía cualquier número terminado en cinco, revisaba escrupulosamente el horóscopo y por supuesto, creía en los amuletos.

     Tenía once años cuando finalmente lo encontré. Había salido a dar una vuelta al parque de El Arbolito y me había sentado un rato sobre la hierba, con la bici tumbada de un lado, cuando, mientras espiaba a una hormiga, el amuleto se reveló ante mí. Para estar seguro conté varias veces: era un trébol de cuatro hojas. Desde ese momento, mi vida no sería más la misma. Finalmente la suerte estaría de mi parte y todos mis sueños se harían realidad.

     Los días transcurrieron en absoluta normalidad: volví a la escuela, en casa la tía continúo con su máquina de coser y mis hermanos siguieron jugando a la pelota y al club de la pelea por las tardes. Mi trébol se marchitó también. Un día, harto de esperar ya por el gran acontecimiento de mi vida, decidí finalmente revelar a mis ñaños el gran secreto de mi hallazgo.

     —Para lo que sirvió esta nota —concluí decepcionado—. Mi hermano mayor me lanzaría a continuación tremenda máxima:
 
     —¿Cómo sabes? ¿Y si ese día estabas destinado a morirte?

jueves, 2 de julio de 2026

El último baile de Bayside

Nos conocimos en alguno de mis arrastres; nunca fui buen estudiante, tenía serios problemas de atención y para colmo dejaba casi todo para el último. Se llamaba Mónica, y en un inicio intenté evitarla, pues tenía algo que me recordaba a una exnovia que tuve en aquella misma facultad.

   Ya ni recuerdo por qué nos acercamos e hicimos amigos: quizás algún trabajo de grupo. Mientras yo era un lobo solitario, la Moshi tenía su respectivo grupo de amigas, un aquelarre que se había conformado desde las aulas del colegio Espejo, que quedaba cerca de mi casa, y qué, oh, casualidad, también fue el colegio de mi ex. Seguramente nos topamos más de una vez en La Alameda, ignorándonos sin querer.

    Una tarde, en que nos dimos a charlar y empezamos a imaginar el futuro, descubrimos que también nos gustaba Salvado por la Campana. «Cuando egresemos o nos graduemos, deberíamos organizar una fiesta, al estilo del último baile de Bayside», me dijo aquella vez.

    Hicimos juntos varias tareas de la facultad; era divertido trabajar juntos. En una ocasión escribimos y grabamos el cortometraje π², que trataba sobre un despistado muchacho que no entendía cómo se había meado en la cama. En otra ocasión grabamos un video de Comunicación Organizacional que se pudrió en mi compu, justo el día que tuvimos un evento. El destino quiso que pese a ese traspié, Mónica se especializara en ese campo. Previo a eso, intentó ayudarme con una plaza para hacer mis prácticas profesionales, que finalmente no me fue asignada. Años después, ya respectivamente casados ambos, me ofreció acceder a un empleo que en cambio rechacé por seguir a mis alocados proyectos que finalmente no llegaron a ninguna parte.

    A pesar de ser muy distintos (ella es cristiana y yo probablemente deísta o agnóstico), la Moshi nunca se rindió, siempre apoyó mi proyecto de revista y aunque tomamos distancia luego de egresar de la facu, en cuyo bar nos desternillábamos de risa cada que la dueña manifestaba «Patrriciaaa... el mote», aún siento que es de las pocas personas con quien puedo ser absolutamente sincero, sin recurrir a poses, como por ejemplo cuando le dije que me gustaba su hermana, que nunca me pararía bola, y otra amiga suya —que tampoco me paró zona—.

    En algún cumpleaños le regalé El diario del Chavo del 8. Se casó con Simón, un compañero que siempre gustó de ella aunque le hizo esperar casi toda la carrera, y quién me ayudó a conseguir un interesante empleo como periodista que aproveché como pude. La última vez que nos vimos todos en la facu, íbamos vestidos de gala para nuestra premier de cortometrajes de fin de semestre y de carrera, como quizás nos imaginamos aquella tarde en el patio. No siempre seguiremos queriendo las mismas cosas; la vida cambia y nosotros con ella. Quizás ese fue nuestro último baile.

    

viernes, 19 de junio de 2026

Bayo


Se
conoció con Magui a inicios de los ochenta, en la primera cadena global de pizza que se inauguró en Quito; venía de abandonar la carrera de técnico en Construcciones Civiles, que retomaría más adelante, en cuanto pudiera reunir dinero.

     Nació en Tumbabiro, un pueblo de Imbabura muy cercano a las termas de Chachimbiro, cuya visita era el premio más ansiado para aquellos niños que tal vez nunca conocerían el mar, o a los que quizás les tomaría demasiado tiempo. Su hermano mayor, Jorge, impulsado por el deseo de dejarse arrastrar por las olas, fue el primero en irse del pueblo.

     Las faenas empezaban a las 4 o 5 de la madrugada, en que acompañaba a sus otros hermanos a llevar a las a veces escuálidas vacas al potrero familiar que quedaba lejos de la casa. En una ocasión, Galo, quién sería el siguiente en irse, le marcó como a ganado en un cachete inferior. Luego de la visita al terreno, el chico iba hasta la escuela, cuál jinete épico, sobre un burro. Con una habilidad poco común entre los parroquianos para las Matemáticas y la Lectura, se pensó que Bayo estaba para más, y tras terminar la primaria fue enviado a la capital, donde ya vivía y trabajaba otra hermana suya, Gladys, para estudiar en el colegio nocturno mientras invertía la luz del sol en algún empleo.

     Por entonces Quito crecía a costillas de la explotación petrolera en el Oriente, y uno de sus primeros trabajos antes de inscribirse en secundaria fue instalar y pintar postes en una de las vías en construcción hacia la provincia de Napo, donde se encontraban los yacimientos. De regreso a la ciudad, haría varias veces de mandadero y mensajero en distintas oficinas. Vivió entre San Juan y El Tejar, departió con amigos que iban a las cantinas del centro histórico luego de clases y los domingos, cuando había plata, miraba alguna película en el Alhambra, el Bolívar o el cine Pichincha. Cuando no había trabajo o algo mejor que hacer visitaba los museos y la biblioteca. También se hizo hincha de El Nacional, que pese a representar a la dictadura militar que la causaba recelo por lo que pasaba en Chile, era el club de moda.

     Un poco más grande ya, se dejó crecer el cabello y escuchó vinilos atrasados de Pink Floyd o Santana; sin embargo, la música andina de Inti Illimani e Illapu, que los amigos chilenos de la época le hicieron escuchar pudo más, y aprendió a tocar la quena, el charango y la zampoña. Alguna vez, harto de la disciplina que inútilmente sus hermanos mayores intentaron imponerle en Quito, decidió regresar al terruño, donde, con autodidacta espontaneidad, se descubrió como escultor de ramas de árboles, con las que en una ocasión construyó una lámpara con forma de mono que le hizo ganar un premio en Imbaya.

     Volviendo a echar de menos la ciudad, regresó para terminar el colegio, con una monografía sobre Geometría. Intentó inscribirse en alguna ingeniería, pero la caja chica de la familia le exigió volver a trabajar. Alguna vez tuvo una novia de estrato social distinto al suyo, que fue enviada a Estados Unidos para alejarlo de él. Fue después de ello que ingresó como mesero a la pizzería, donde conocería a Magui, la mujer que disimuló hasta los siete meses un embarazo que daría como resultado a un despabilado nene prematuro, que resultaría más mono que su hermano mayor y que su otro ñaño despistado.

     Unos años después, tras separarse y enviudar, Magui y el muchacho polifacético que de campesino pasara a matemático y a artista, se darían una oportunidad pese a las incertidumbres de la familia y el mundo. Tras escuchar ella el llamado de una oportunidad en el extranjero, a puertas del fin de la cortina de hierro en Europa, el chico ahora convertido en hombre se haría cargo  —junto a la hermana mayor que acaso hizo también de una madre postiza para él— de tres niños a los que a veces tendría que dar algún coscacho, pero a los que también presentó al museo de cera, a la biblioteca del Ágora de la Casa de la Cultura y llevó por primera vez al Atahualpa, donde conocería a mi primer ídolo de la infancia, Álex Aguinaga.

     Cuando mamá me lo presentó, se me hizo muy similar al Pepe Cortisona de Condorito. Compartimos muchas cosas, nos soportamos mutuamente y también nos caímos mal. En la primera casa que se compró con mi mamá tuvimos una tienda, donde solíamos poner un colchón para dormir todos juntos los sábados, para venderle trago a los borrachos, mientras mirábamos alguna peli de la tele. Durante la época en que nació su hijo, nuestro hermanito menor, aprendió a batirse solo en Italia, sin mamá, en donde seguramente vivió muchas aventuras, mientras le sacábamos canas verdes a la Magui con nuestros púberes caprichos.

     Un año antes de irse definitivamente junto a mi madre y mi hermano menor se abrió una oficina de asuntos paranormales que me recordó a la de Los Cazafantasmas, su último intento de construir algo para él. Sobrevivió a una ocasión en que un colombiano le apuñaló, fue a la cárcel por servir de aval a un amigo, se cayó de una moto en Italia y en alguno de sus regresos, el avión en qué venía se descarriló. En alguna ocasión que entraron a robarnos, fue tras el choro y le quitó el televisor que se quiso llevar. Si hay una versión nacional cercana a Chuck Norris, definitivamente es el Bayo.

     A los siete años me regaló la primera novela que tardaría algún tiempo en terminar, luego de leer primero la que obsequió a mi hermano mayor que quizás no leyó jamás. Era Enrique Di, de Francis Finn.

     



sábado, 13 de junio de 2026

Viki

Un puente invisible atraviesa el océano;

sobre él, un gato se pasea cada noche.

Viejas y nuevas canciones se escuchan en el horizonte, mientras la luna lo sigue a todos lados.

Es curioso, 

cómo se puede ser tan cercano y a la vez distante; 

cómo se puede pasar de lo concreto a lo abstracto.

Los barcos miran, también invisibles, al gato;

alguien ansiará por su puerto y otros seguirán su rumbo.

Somos pájaros, mientras otros duermen, en algún lugar del mundo.


jueves, 11 de junio de 2026

La chica nacional

Don Manuel llegó a Quito hace veintiocho años; oriundo de Rocafuerte, provincia de Manabí, soñaba de niño convertirse en piloto de Fórmula 1, pero una vez puestos los pies sobre la tierra, se encontró a sí mismo trabajando en una cevichería de la capital, primero sirviendo mesas y luego como ayudante de cocina. Bastante más decidido que sentimental o nostálgico, cuatro años más tarde renunció a su trabajo, y con un coche que no era de carreras empezó a vender encebollado como ambulante, primero junto a la estación del trolebús de El Recreo por donde vivía y más adelante a las afueras del hospital del Seguro. A veces llevaba su carrito incluso hasta el coliseo Rumiñahui, cada vez que había un concierto, y otras, desafiando a la chapería municipal, a la Plaza de Toros, varios años antes de la suspensión de las corridas.

    Con el tiempo y tras muchas privaciones, Don Manuel logró abrir su propia cevichería, a unas cuadras del hospital, donde al parecer le había ido mejor. Empezó primero como cocinero, mesero, cajero y posillero; luego, ya con medios suficientes, contrató un par de muchachos oriundos también de la Costa, una de ellos Mariela, que con el tiempo se convertiría en la madre de sus dos hijos: Boris, quién para tristeza de Don Manuel preferiría ser hincha de Liga que de Barcelona, y Anahí, la consentida de la casa. El negocio continuó de maravilla y tiempo después necesitó de más personal, entre el que apareció Julia, solandeña de dieciocho años, no muy agraciada para el gusto de Doña Mariela, quien en secreto temía que Don Manuel se volviera a enamorar de alguna de sus nuevas empleadas. 

    Julia tenía una nena de dos años, Cristina, a quién conoció luego de un fallido amor eterno de adolescente que no duró ni nueve meses, y por quien tuvo que aplazar indefinidamente su aspiración de ser doctora. Solía dejarla al cuidado de su madre, quien tenía un taller de costura en el barrio y que la habría apoyado más, de no ser porque aún debía cuidar de sus hermanos menores. Bastante torpe al principio, Julia fue de aquellos marineros que tuvo que aprender a navegar entre la tempestad: la tempestad del restaurante de mariscos que abría desde las siete de la mañana con desayunos costeños y encebollados para el chuchaqui, y se iba de largo hasta las cinco de la tarde, o hasta que el último ceviche o arroz con camarón se hubiese acabado. Tras aprender el oficio luego de quebrar muchos platos y vasos, de confundir pedidos y de a veces dar de comer las sobras a un mendigo que solía aparecer por el local, Don Manuel y Doña Mariela le tomaron cariño a Julia, quien a pesar de sus notorios rasgos andinos se había vuelto más mona que el resto de sus compañeros.

    Un día arribó al restaurante una pareja venezolana, Edwin y Mariángel; llegaron con una hoja de vida mal impresa que aseguraba que tenían estudios universitarios, pese a lo cual, mencionaron estar dispuestos a trabajar en lo que sea. Por esa misma temporada, dos de los meseros, Karina y José Carlos, que curiosamente también se habían enamorado en la cevichería, al igual que Don Manuel y Doña Mariela, anunciaron que se irían a vivir a Santo Domingo, donde pondrían un restaurante con otros parientes. Edwin y Mariángel eran muy hábiles; a diferencia de Julia, no tardaron en adaptarse a la rutina del salón, reemplazando a la pareja que se había ido. Los detalles de la manera en que fueron contratados nunca le fueron revelados a Julia ni debían ser de su interés.

    Luego del terremoto de 2016, otra mesera, Viviana, que también era de Manabí, decidió renunciar también con el fin de ir a acompañar a sus abuelos, prometiendo volver si se le daba chance, en cuanto su situación estuviese más resuelta. Fue entonces que Mariángel recomendó para ocupar su lugar a una prima suya, Érika, quien llegaría desde Maracaibo dentro de pocos días. Durante ese lapso, Julia tuvo que doblar turnos y trabajar más fines de semana seguidos. Finalmente Érika reemplazaría a Vivi, de quien no se volvió a saber nada. Maykel, un pelado de Quevedo quien era el menor de los meseros anunció que se iría también, pues finalmente había obtenido un cupo para estudiar medicina en la Universidad Central, provocando un sentimiento mezclado de felicidad y envidia en Julia. No pasó ni un día cuando Isabel, una muchacha de Táchira, lo reemplazó. Alguna vez se le ocurrió a Julia preguntar a Doña Mariela por qué ese empeño en contratar ya solo a extranjeros. «Ellos trabajan más, la gente de acá es vaga», sostuvo la jefa, hace años otra chica nacional que llegó al salón precisamente buscando trabajo.

    Meses después, Julia escucharía sin querer una discusión: eran Edwin y Mariángel reclamando a Don Manuel por negarse a subirles el sueldo. Julia supuso que quizás los trescientos sesenta dólares que les pagaban empezaban a serles insuficientes; después de todo, en un país dolarizado la vida es cara. 

    La hija de Julia, Cristina, tiene ya ocho años; Edwin y Mariángel tienen también una hija, Melanie, de seis. En una fiesta que Don Manuel organizó para el cumpleaños de Anahí y a la que invitó a todos los empleados, las niñas jugaron la tarde entera. Algo borracha ya, y preocupada por la repentina carga horaria que sus patrones le habían impuesto hace poco, Julia se atrevió a preguntar a Edwin y Mariángel el porqué de su pretensión de pedir más paga, si supuestamente todos ganaban lo mismo. Fue entonces que lo supo: a Edwin se le pagaba doscientos cincuenta al mes y a Mariángel, que también ayudaba en la cocina, trescientos.

    La semana siguiente, a Julia le volvieron a doblar los turnos. Para entonces, entendió por fin que los extranjeros eran mejores trabajadores por aceptar menos paga a cambio de más horas de trabajo y exigir menos retribuciones sociales. Julia, en secreto, ya estaba enviando hojas de vida a otros restaurantes e incluso a un supermercado que el amigo de un chico que pretendía salir con ella le había recomendado; sin embargo, la respuesta no pasaba en el mejor de los casos de un «no nos llame, nosotros la llamaremos». 

    Una mañana, Julia no vio más a Edwin ni a Mariángel en el restaurante de Doña Mariela. En su lugar había otras dos venezolanas: Carlota y María Eugenia. Nadie, excepto el cliente, es indispensable.

(Publicado originalmente en 2018)


miércoles, 10 de junio de 2026

El secreto

En aquel sitio oscuro no podía distinguirse si era de día o de noche; con excepción de ciertos momentos en que una descarga eléctrica calaba en lo más hondo de sus huesos, el resto daba igual. Durante los pocos momentos de remembranza intelectual que le quedaban, recordaba ese cuento griego en que un cuervo devoraba día tras día a aquél semidiós cuyo nombre ya no parecía importar.

     Una mañana, llegó la sentencia.

     Estaba resignado; no revelaría el secreto por nada del mundo. La idea de la muerte era terrible, pero a la vez esperanzadora. Si aquel final contribuiría a que en algún otro sitio del mundo la vida continúe, nada sería en vano.

     El rostro detrás de la máscara del verdugo se prestaba para todas las fantasías posibles: podría ser un hombre, una mujer, una bestia o un ser intangible. Moriría para que el secreto no pudiera revelarse. Con los ojos llenos de lágrimas por el miedo, pero con el corazón tranquilo, se acerca lentamente hacia la luz de una espada cuya hoja refleja los primeros y últimos rayos del sol, un sol que no había visto en varios días.

(Publicado originalmente en 2009)

martes, 9 de junio de 2026

Discos y casetes

 Aquí un listado de música que llegué a a tener en formato físico, aunque no llegué a atesorar demasiados álbumes o demos, pues además de chiro, era más de escuchar radio, mirar clips o escuchar trabajos prestados. La mayoría regalé, perdí, me robaron o ya tiré por daños (he excluido copias piratas, grabaciones o descargas y DVD). También me obsequiaron discos o cintas. A quienes lo hicieron, gracias.

-Bajo Sueños, Nada de amor (1999, CD) 

-Black Sun, Silent Enemy (2020, CD)

-Toccata & Bulla, Condena (1996, casete)

-Basca, Hijos de... (1997, casete)

-Chancro Duro, Capítulos que se le olvidaron a Chancrantes (1997, casete)

-Total Death, Silencio de Soledad (1996, vinil)

-Total Death, Lágrimas de ensueño (2000, CD)

-Total Death, El rostro que llevamos dentro (2001, CD)

-Sacrificio Punk, Represión (1997, casete)

-Mortal Decision, No hay Quórum (1994, casete)

-Mortal Decision, Vota por Mí (1996, casete)

-Mortal Decision, El perfil del asesino (2010, CD)

-Pink Floyd, Pulse (1995, CD)

-Guns N' Roses, Use your Illusion I (1991, CD)

-Guns N' Roses, Use your Illusion II (1991, CD)

-Guns N' Roses, Appetite for Destruction (1987, casete)

-Nirvana, MTV Unplugged in New York (1994, casete)

-Nirvana, In Utero (1993, casete)

-Héroes del Silencio, El espíritu del vino (1992, CD)

-Ilegales, Directo (1986, CD)

-Ozzy Osbourne, Ozzmosis (1995, CD)

-Os Paralamas do Sucesso, Arquivo (1990, CD)

-Tears for Fears, Tears Roll Down (1992, CD)

-Dimmu Borgir, Spiritual Black Dimensions (1999, CD)

-Lacrimosa, Elodia (1999, CD)

-Theatre of Tragedy, Aégis (1998, CD)

-Stratovarius, The Chosen Ones (1999, CD)

-Penitent, Deserted dreams (2004, CD)








lunes, 8 de junio de 2026

Miriam

Tendríamos quince; ella iba al colegio Quito, en la época que usaban aquel saco rojo que se hizo mundialmente famoso tiempo después en la película Ratas, Ratones, Rateros de Sebastián Cordero, y yo iba al Montúfar, que aún conserva esa horrible saco azul del diario que a algún rector se le ocurrió como novedoso mecanismo de control, para evitar que guambras ajenos al plantel se colaran en nuestras aulas. Era 1997, y nuestros colegios todavía eran femenino y masculino.

    En el «MH» existían dos tradiciones sonsas: tenías que darte de «piscinazo» (puñetes), al menos por una vez durante toda la secundaria, y nunca, ni por muy desesperado que estuvieras, salir con una chica del Quito, pues quedarías marcado de por vida como bagrero, ya que «un señor Montúfar no podía rebajarse a estar con una del 2001» (una bonita entre dos mil feas... ni que hubiésemos sido guapos, longos adefesios). Podías salir, sí, con chicas del Manuela, Idrobo, Espejo, del Simón o del 24. Por supuesto, si es que te daban chance.

    Se decía que en generaciones anteriores a la nuestra, si te pescaban vacilando con una man del Quito en la calle, al día siguiente eras recibido en el colegio con una lluvia de esputos o centavos de sucres; también corría el rumor que te colocaban ladrillos en la mochila. Personalmente jamás llegué a comprobar que ocurriera; sin embargo, la acosadera y jodedera a la que quedabas expuesto hasta graduarte, tampoco eran algo que dejara en paz los nervios. A muchos lecheros, sin embargo, eso les importaba un pepino (el apodo era por la cercanía del colegio a la pasteurizadora); «cualquier hueco es trinchera», reflexionaban algunos, otros simplemente concluían «el que no bagrea no culea».

    Al club intercolegial de Periodismo, al que acudía los sábados desde tercer curso, empezó a asistir una delegación del «Técnico Humanístico Quito», colegio en el que nos reunimos incluso por algunas semanas, luego que el Círculo de la Prensa nos vetara por un tiempo. Al decir verdad no estaban tan mal; había al menos tres chicas que se me hicieron simpáticas: Lisette, Majo y Miriam. Por ese entonces estaba más o menos obsesionado con otra man del Consejo Provincial que no me pararía bola. Una vez que volvimos al Círculo, luego de San Valentín, mientras alguien nos daba una aburrida charla, empecé a notar que la Miriam me miraba de reojo. Tenía ojos bonitos, las mejillas un poco coloradas y un par de dientes como de conejita que le daban cierto aire coqueto. Me recordaba un poco a la cantante Jewel, que por esos días rotaba en MTV «You were meant for me», aunque no tan suca.

     En una fiesta que hicimos en abril en el colegio Ángel Teófilo Chávez, a la que acudí despechado porque la tipa del Consejo que no me paró bola dejó de presentarse en el club, le propuse a la Miriam que bailemos. Estaba borracho ya. Me preguntó qué me pasaba; le dije que ya no asistiría más al grupo y que por ende era mi despedida. Luego de intentar conversar un rato y bailar alguna Macarena u otra cosa, me dijo que ya tenía que irse. «¿Puedo darte un beso?» le pregunté, sorprendido de mí mismo pese al guaro que traía encima, ya que en circunstancias normales no lo haría ni loco. Sorprendentemente dijo que sí. Más o menos una hora después me besé con otra chica también. Regresé entonado a la casa, y me importó poco que mamá dijera que charlaríamos por la mañana. Me sentía un galán, un señor.

     El sábado siguiente volví al Club con el rabo entre las patas. Al preguntarme por qué, Miriam, que seguía mirándome con ojos de cariño, me preguntó la razón. Me disculpé diciendo que había armado un drama innecesario, y que estaba un poco fuera de mis cabales por el trago. Ella solo se rió. Esa tarde me senté junto a ella, arrimando confianzudamente mi cabeza en su hombro. Ronroneaba cariño por todos sus poros, como una gatita. Fue cómodo estar allí.

     Al salir de la reunión ofrecí acompañarla hasta La Marín para tomar el bus. Al bajar por la Flores, le pedí detenernos.

     —¿Quieres ser mi novia? —me atreví—. La vez anterior, en que fui rechazado por la del Consejo, no había tenido tanto tino.

     —¿Es en serio? —preguntó, con ternura.

     —Sí. ¿Te gustaría que seamos novios?

     No dijo nada. Solo me tomó de las manos y me besó. Fue mi primera novia; no sé si fui su primer novio y no me importó. Durante la siguiente hora que duró la espera por su bus y el trayecto que hicimos en él hasta la parada donde debería tomar el siguiente, quizás fui feliz y no lo supe. Hasta que fui visto por los tipos de mi colegio, en la siguiente parada.

     Esa semana, mis compañeros no pararon de joder. «Te vimos, estabas con una man del Quito». ¿Cómo chchs sabían que la Miriam iba en ese colegio, si ni siquiera llevábamos uniforme? El chisme les venía bien. Malditos desocupados, pero más canalla yo, que no pude más con la presión y el sábado siguiente terminé con Miriam, la primera chica de mi vida que se la jugó por darme una oportunidad, que pudo ver algo a través de mi alma de lechero cabeza hueca.

     Varias semanas después, en que el Club organizó un nuevo baile, alguien colocó en el equipo de sonido «No voy a llorar» de Los Diablitos. De pronto Miriam se me acercó al oído y susurró: «te dedico esta canción». Tras dejar ahora sí el intercolegial por la premilitar y graduarme luego del colegio, algún tiempo después volví a ver a alguien muy parecida a Miriam junto a otro muchacho, cerca del colegio Don Bosco. Él la abrazaba por detrás y ella llevaba pancita. De pronto algo se desbloqueó en mí y sentí deseos de llorar. De haber estado con ella habría hecho lo posible para no ser padres tan jóvenes, para que cada uno logre sus sueños. Quizás, me estaba equivocando de nuevo y ella solo era feliz.

     No me agradan demasiado los vallenatos, por lo que el tema de Los Diablitos no logró hacer mella en mí. La canción de Jewel sí me lastima un poco.

     

domingo, 7 de junio de 2026

Dusan

Hay intrépidos —más bien temerarios— que aseguran que uno no muere de muerte sino de olvido. 

    Dušan Drašković (Dusan, para los amigos) llegó a nuestro país un 5 de marzo de 1988, un año después de la muerte de mi padre y del secuestro de León Fébres-Cordero, y dos meses después de la desaparición de los hermanos Carlos y Andrés Restrepo. Ese año concluiría con Emelec de Guayaquil imponiéndose a Deportivo Quito en la final del campeonato nacional de fútbol; ese año todavía existía Yugoslavia.

    Nacido en Bania Luka, ciudad de la actual entidad subnacional bosnia conocida como «República Srpska», pero criado en Montenegro, llegó a dirigir a nuestra Selección luego de una carrera no muy difundida como jugador y entrenador en los por acá desconocidos clubes serbios de Spartak Subotica, Vojvodina y Radnicki. Contrario a la creencia de que todo por acá se consigue a punte palancazo, se dice que la Federación lo evaluó por sobre el desempeño del brasileño Walder Pereira (Didí) y el vasco Javier Clemente. 

    Según testimonios de la época, hizo scouting por varias provincias del país para conformar el equipo que, según muchos especialistas, iniciaría la revolución de nuestro balompié, si bien muchos críticos sostienen que el mérito le corresponde a Hernán «Bolillo» Gómez (y por partida doble además, tras haber sobrevivido a un atentado). 

    En esa escuadra jugarían Álex Aguinaga, quien ya vestía la tricolor desde 1987; Carlos Luis Morales, Víctor Mendoza, Carlos Muñoz y Jimmy Izquierdo —que partieron ya—, Hólger Quiñónez, Luis Capurro, Jimmy Montanero, Raúl Avilés, Kléber Fajardo y otros nombres, algunos que permanecieron durante la Copa América de Argentina 1989, Chile 1991 y nuestra edición de 1993; otros que rotaron entre las eliminatorias para Italia 90 y Estados Unidos 94 y sobrevivieron hasta la era Maturana rumbo a Francia 98. Álex Aguinaga e Iván Hurtado conquistarían posteriormente el entonces sueño máximo de nuestro fútbol: clasificar al Mundial Japón-Corea 2002, bajo la tutela del Bolillo.

    La Copa América de 1993, disputada en nuestras canchas, sería el prime de Dusan, tras alcanzar las semifinales luego de una hasta ahora insuperable racha continental de victorias frente a Venezuela, EEUU, Uruguay y Paraguay. México, que despedía la carrera de Hugo Sánchez sería nuestro verdugo y el verdugo de Dusan; Colombia nos arrebataría el premio de consuelo. Luego de ese torneo y tras las eliminatorias para la Copa FIFA del siguiente año, Brasil y la entonces sorprendente Bolivia se quedarían con los cupos.

    Luego de aquel duro traspié, Dusan partiría a Brasil para dirigir al Bragantino y regresar luego al Barcelona. Los combinados nacionales de Bolivia y Sierra Leona también le darían una oportunidad, así como el club Comunicaciones de Guatemala. Finalmente optaría por establecerse en nuestro país, que le acogió, aplaudió y criticó mientras su país de origen se desarmaba durante las guerras entre nacionalistas serbios, croatas y musulmanes. 

    Se dice que Dusan estableció el biotipo como característica fundamental del futbolista tricolor y que aplicó en nuestro equipo el principio del jugador táctico polifuncional, que serían las bases de nuestra actual Selección. Dusan fue alegría, tristeza, victoria, derrota, frustración y esperanza. La Historia no suele reconocer a quienes empezaron la obra sino a quienes la concluyeron.

    

jueves, 4 de junio de 2026

Guambrateca

Funcionaba en el actual Centro Cultural Metropolitano, que en la colonia albergó a las universidades San Gregorio y Santo Tomás de Aquino y en la vida republicana a la actual Universidad Central, que se incendió en 1929. 

    Acudí por primera vez en 1991, como parte de una excursión de mi escuela. Las salas que más recuerdo eran las de Dibujo, Carpintería, Música, Computación, Ciencias e Historia. Esta última era una especie de túnel del tiempo, con figuras que representaban a los antiguos griegos, y desembocaba en un escenario espacial que ilustraba el viaje a la Luna. En la sala de ciencias observé por primera vez a una pulga a través de un microscopio. En la de música hicimos una vez un juego que consistía en que te vendaban los ojos y alguien señalaba a un niño o una niña, debías decir “Sí” o “No”, y en cuanto te la quitaban, debías dar un beso donde dijiste que sí. Por supuesto, no había besos en la boca. Mi hermano menor, en otro día que fuimos juntos, se demoró un siglo en probar con una flauta.

    En Computación había un juego de naves, estilo Galaga o Galaxian. Tenían además una sala de audiovisuales, con un televisor enorme, donde vi por primera vez En busca del Valle Encantado, y en otra ocasión un documental sobre cómo eran las escuelas en Japón, y lo arduo que aprender su sistema de escritura. Al final de cada recorrido siempre organizaban una especie de teatro, con animadores y payasos, en el patio ubicado de frente a la esquina de Carondelet, obsequiándonos al final un cartón de leche o naranjada. 

    La Guambrateca abría de lunes a viernes para escuelas primarias y los sábados para todos los niños. La cerraron alrededor de 1994 o 1995. Hoy, lo que alguna vez fueron sus salas temáticas infantiles son galerías destinadas a exposiciones de arte, que a veces suelen estar vacías. Con el internet y la inteligencia artificial que existe hoy, no sé si a los chicos de la actualidad el sitio les parecería la gran cosa; en mis recuerdos sigue siendo uno de los mejores sitios en los que un niño de Quito pudo estar.

martes, 2 de junio de 2026

Una ruta y una promesa


Esa mañana
despertó con una leve resaca tras la despedida de la noche anterior: fue el último show junto a su banda, aquella que conformó veinte años atrás junto con Santiago, a quien conoció en aquel colegio de Chillogallo al que llegó desde aquel otro plantel, donde todos los lunes llevaba saco y corbata, donde todos y nadie eran como él.

     Se había enamorado del metal tras una tarde de discos junto con un curioso amigo, que desde Luluncoto lo llevó en un viaje mágico hacia la lejana Escandinava, a través de una autopista de vinilo. Pasó casi nada desde aquel niño que se divertía cantando temas de Menudo y Raphael e inició una colección de cintas de distintas partes del mundo, a ese hombre que caminaba, con las manos en los bolsillos, junto a las vías del tren de la ciudad, ese que hoy emprendía viaje hacia lo desconocido.

     De escuchar casetes durante el preciso instante entre la última luz del día y las primeras estrellas de la noche se convirtió también en una, junto a la banda que soñó en aquel otro colegio donde todos y nadie eran como él pero los sueños se estrellaban contra un inmenso muro, con una salida tan solo para los más Intrépidos, aquellos que habían renunciado a algo. Junto a las vías del tren, en su yegua metálica, Negrita, hoy vuelve a sentir algo parecido a aquello, a la emoción del primer concierto, en aquella lejana kermés, dónde alguno quizás se burló o le llamó nerd, que inmortalizó en aquella foto entre tantas, que pronto formaron un nuevo mural, esta vez de esperanza.

     Los años pasan y los recuerdos quedan, como las canciones. Un largo viaje de altibajos cada presentación en cada barrio, en cada ciudad, en cada festival. Una alegre caja de anécdotas en cada radio, en cada entrevista, en cada nota de prensa una nostalgia futura. Durante el último show se ha dirigido a la gente sin despedidas difusas: "el que mucho se despide pocas ganas tiene de irse". Se ha abrazado con Santiago, el único que le siguió el paso hasta ese día y le ha deseado suerte a Chava, quien le tomará la posta.

     Se ha ido de madrugada; el aire fresco parece mitigar la resaca y el miedo. Tomará viada, descenderá a gran velocidad, cabalgará junto con Negrita hacia nuevos senderos.

viernes, 29 de mayo de 2026

En las últimas

Rolando Vera, Yolanda Quimbita, Martha Tenorio, Silvio Guerra, fueron nombres que acompañaron parte de mi infancia. Y es que en un país tan insignificante como el nuestro la gloria lo es todo. Toda gran historia tiene un comienzo.

    Cada año se celebraba para dar la bienvenida al verano equinoccial la carrera Quito-Últimas Noticias, organizada por el periódico vespertino homónimo que a veces, a alguno de mis compañeros o a mí, que asistíamos por la tarde a la primaria, algún profe desubicado nos enviaba a buscar. La primera edición de la competencia se llevó a cabo en 1960: se denominó «Maratón de los barrios quiteños» y participaron alrededor de doscientos llamingos, entre quienes seguramente hubo estudiantes, obreros, barrenderos o incluso algún ebrio. El primer ganador fue Efrén Castelo, de la provincia de Chimborazo. Desde 1975 se creó la categoría femenina. Posteriormente se creó la novedosa «Vilcabamba boys», para corredores de más de sesenta años, y otra categoría de sillas de ruedas. Inicialmente, el circuito partía de la plaza de La Merced, en el Centro Histórico, hasta las oficinas de Grupo El Comercio, editor del tabloide. Desde 1978 se estableció la meta en el Estadio Olímpico Atahualpa, que alguna vez fue la casa de Liga, Aucas y el Nacho. Desde ese año la competencia también se volvió más profesional.

    Mi amigo Luis me contó que participó por primera vez de la Últimas en 2003; su jefe, en la copiadora donde camellaba, le había motivado. Si mi pana —que no era precisamente un atleta— había podido, supuse que también yo podría. Me inscribí por primera vez en 2005; en aquel entonces el evento no contaba todavía con el glamour que posteriormente le daría el auspicio de Adidas y otras marcas comerciales, como tampoco la exposición en redes sociales. Apenas te daban un número que debías sujetar de alguna camiseta y listo. Novato igual, como quizás esos héroes anónimos de 1960, apenas salí a trotar en dos o tres ocasiones como entrenamiento. Para el gran día, había elegido correr con unas Converse verdes que me había comprado en el Ipiales, error que luego me pasaría factura.

    Quedamos con mi brou en topar a las 6:30 en El Tablón de San Bartolo, donde quedaba la gran casa impresora del Últimas. El trolebús nos dejó subir gratis para llegar hasta el lugar. Había de todo: gordos, flacos y esbeltos calentando; hombres y mujeres que sacaban pecho de cómo les había ido el año pasado y de cómo esperaban simplemente superar su marca en esa edición. Acordamos con el Luis tratar de ir parejo, por si a alguno le daba un calambre o un patatús, pacto que deshicimos en cuarto de hora cuando cada uno decidió seguir a su propio ritmo. En la línea de partida sonaba, entre otras canciones, «Young Turks» de Rod Stewart. Supongo que ahora se mandan algún reguetón para entrar en calor.

    Casi ni me di cuenta cuando sonó el disparo de largada; había tanta gente aglomerada que durante parte del primer kilómetro tuvimos que andar lentos y apretados. Cuando los élites —desde entonces africanos en su mayoría— finalmente salieron soplados, empezó la competencia de verdad: fue el momento en que los Rolando Vera, Carl Lewis, Abebes Bikila y Usain Bolts desataron su furia. Pero la competencia se volvió también un divertido desfile de cosplay: atletas con gorros de cocinero, con antifaces e incluso con disfraces de perro o de oso convirtieron el evento en un delirio surreal. 

    Todo iba más o menos bien hasta que, superado el tramo entre El Recreo y la Villa Flora, fue el momento de ascender por la rompecorazones, como le decían a la cuesta de la avenida Maldonado que subía de La Recoleta hasta Santo Domingo. Mi cara debió estar más roja que un tomate; mis pies parecían caminar sobre brasas ardiendo, cuál fakir. Por un instante pensé incluso en abandonar la ruta; pese a que había varios puntos de hidratación, el cuerpo ya no me daba, hasta que, una persona del público se acercó y me regaló un pedazo de panela, que según decía mi padrastro, era una gran fuente de energía. Sea por la anécdota o los propiedades del azúcar, el punto es que cobré un segundo aire.

    Luego de pasar cerca de mi casa, donde no encontré a ningún orgulloso vecino que me echara porras, finalmente emprendí la ruta hacia el Norte. Varias personas portaban la bandera del país y animaban a sus parientes y a todos. Un anciano bastante rezagado era aplaudido; una entusiasta esposa hacía sonrojar aún más a su colorado esposo. Cerca del parque de La Carolina volví a sentir que las piernas se me dormían; era de mañana, pero por alguna razón sentí que ya eran las cinco o seis de la tarde. Al llegar a la Shyris, y finalmente contemplar el estadio, decidí quemar el último pistón que me quedaba, y en una remontada heroica, que acompañé en mi cabeza con alguna melodía de Supercampeones, finalmente hice algo que solo imaginé en sueños: llegar, en las últimas, a pisar la pista y la cancha del Olímpico.

..........

Esa tarde terminé con horrendas ampollas en ambos pies; no volví a ver a mi amigo Luis hasta unos días después. Al año siguiente, decidimos volver a participar; esa vez busqué zapatos más adecuados. En la siguiente edición se nos unió mi hermano menor; decidimos confeccionarnos una camiseta común para competir «como equipo»; una vez más, lo de gregarios se disipó apenas salimos. Mi ñaño, desde siempre un gran deportista, fue el primero en llegar, haciendo un tiempo que estuvo cercano ya al de un atleta de élite, pero me contó asimismo que llegó con la camiseta reventada, sangrándole las tetillas y vomitando el desayuno de ese día. 

    A partir de 2008, la organización del evento estableció una camiseta oficial para todos los competidores. Al principio se me hizo algo bacán, ignorando que quizás perdíamos algo. Desde ese año incluyeron también una medalla y una bolsa multiproductos que entregaban a todos al llegar a la meta. Llegué a tener algunas medallas y camisetas, que convertí con los años en piyamas, hasta la última edición de 2015 en que participé. Ya no existe el diario Últimas Noticias, la competencia ahora se llama Quito Race 15k y se convirtió en otro producto costoso más. Pensé en colarme como espontáneo para la edición de este año, pero es probable que sin el chip en los zapatos no pueda ingresar al césped del Atahualpa.