viernes, 29 de mayo de 2026

En las últimas

Rolando Vera, Yolanda Quimbita, Martha Tenorio, Silvio Guerra, fueron nombres que acompañaron parte de mi infancia. Y es que en un país tan insignificante como el nuestro la gloria lo es todo. Toda gran historia tiene un comienzo.

    Cada año se celebraba para dar la bienvenida al verano equinoccial la carrera Quito-Últimas Noticias, organizada por el periódico vespertino homónimo que a veces, a alguno de mis compañeros o a mí, que asistíamos por la tarde a la primaria, algún profe desubicado nos enviaba a buscar. La primera edición de la competencia se llevó a cabo en 1960: se denominó «Maratón de los barrios quiteños» y participaron alrededor de doscientos llamingos, entre quienes seguramente hubo estudiantes, obreros, barrenderos o incluso algún ebrio. El primer ganador fue Efrén Castelo, de la provincia de Chimborazo. Desde 1975 se creó la categoría femenina. Posteriormente se creó la novedosa «Vilcabamba boys», para corredores de más de sesenta años, y otra categoría de sillas de ruedas. Inicialmente, el circuito partía de la plaza de La Merced, en el Centro Histórico, hasta las oficinas de Grupo El Comercio, editor del tabloide. Desde 1978 se estableció la meta en el Estadio Olímpico Atahualpa, que alguna vez fue la casa de Liga, Aucas y el Nacho. Desde ese año la competencia también se volvió más profesional.

    Mi amigo Luis me contó que participó por primera vez de la Últimas en 2003; su jefe, en la copiadora donde camellaba, le había motivado. Si mi pana —que no era precisamente un atleta— había podido, supuse que también yo podría. Me inscribí por primera vez en 2005; en aquel entonces el evento no contaba todavía con el glamour que posteriormente le daría el auspicio de Adidas y otras marcas comerciales, como tampoco la exposición en redes sociales. Apenas te daban un número que debías sujetar de alguna camiseta y listo. Novato igual, como quizás esos héroes anónimos de 1960, apenas salí a trotar en dos o tres ocasiones como entrenamiento. Para el gran día, había elegido correr con unas Converse verdes que me había comprado en el Ipiales, error que luego me pasaría factura.

    Quedamos con mi brou en topar a las 6:30 en El Tablón de San Bartolo, donde quedaba la gran casa impresora del Últimas. El trolebús nos dejó subir gratis para llegar hasta el lugar. Había de todo: gordos, flacos y esbeltos calentando; hombres y mujeres que sacaban pecho de cómo les había ido el año pasado y de cómo esperaban simplemente superar su marca en esa edición. Acordamos con el Luis tratar de ir parejo, por si a alguno le daba un calambre o un patatús, pacto que deshicimos en cuarto de hora cuando cada uno decidió seguir a su propio ritmo. En la línea de partida sonaba, entre otras canciones, «Young Turks» de Rod Stewart. Supongo que ahora se mandan algún reguetón para entrar en calor.

    Casi ni me di cuenta cuando sonó el disparo de largada; había tanta gente aglomerada que durante parte del primer kilómetro tuvimos que andar lentos y apretados. Cuando los élites —desde entonces africanos en su mayoría— finalmente salieron soplados, empezó la competencia de verdad: fue el momento en que los Rolando Veras, Carl Lewis, Abebes Bikila y Usain Bolts desataron su furia. Pero la competencia se volvió también un divertido desfile de cosplay: atletas con gorros de cocinero, con antifaces e incluso con disfraces de perro o de oso convirtieron el evento en un delirio surreal. 

    Todo iba más o menos bien hasta que, superado el tramo entre El Recreo y la Villa Flora, fue el momento de ascender por la rompecorazones, como le decían a la cuesta de la avenida Maldonado que subía de La Recoleta hasta Santo Domingo. Mi cara debió estar más roja que un tomate; mis pies parecían caminar sobre brasas ardiendo, cuál fakir. Por un instante pensé incluso en abandonar la ruta; pese a que había varios puntos de hidratación, el cuerpo ya no me daba, hasta que, una persona del público se acercó y me regaló un pedazo de panela, que según decía mi padrastro, era una gran fuente de energía. Sea por la anécdota o los propiedades del azúcar, el punto es que cobré un segundo aire.

    Luego de pasar cerca de mi casa, donde no encontré a ningún orgulloso vecino que me echara porras, finalmente emprendí la ruta hacia el Norte. Varias personas portaban la bandera del país y animaban a sus parientes y a todos. Un anciano bastante rezagado era aplaudido; una entusiasta esposa hacía sonrojar aún más a su colorado esposo. Cerca del parque de La Carolina volví a sentir que las piernas se me dormían; era de mañana, pero por alguna razón sentí que ya eran las cinco o seis de la tarde. Al llegar a la Shyris, y finalmente contemplar el estadio, decidí quemar el último pistón que me quedaba, y en una remontada heroica, que acompañé en mi cabeza con alguna melodía de Supercampeones, finalmente hice algo que solo imaginé en sueños: llegar, en las últimas, a pisar la pista y la cancha del Olímpico.

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Esa tarde terminé con horrendas ampollas en ambos pies; no volví a ver a mi amigo Luis hasta unos días después. Al año siguiente, decidimos volver a participar; esa vez busqué zapatos más adecuados, a los que debí atar un chip electrónico. En la siguiente edición se nos unió mi hermano menor; decidimos confeccionar camisetas de Caricato para competir «como equipo»; una vez más, lo de gregarios se disipó apenas salimos. Mi ñaño, desde siempre un gran deportista, fue el primero en llegar, haciendo un tiempo que estuvo cercano ya al de un atleta de élite, pero me contó asimismo que llegó con la camiseta reventada, sangrándole las tetillas y vomitando el desayuno de ese día. 

    A partir de 2008, la organización del evento estableció una camiseta única para todos los competidores. Al principio se me hizo algo bacán, ignorando que quizás perdíamos algo. Desde ese año incluyeron también una medalla, en la bolsa multiproductos que entregaban a todos al llegar a la meta. Llegué a tener algunas medallas y camisetas, que convertí con los años en piyamas, hasta la última edición de 2015 en que participé. Ya no existe el diario Últimas Noticias, la competencia ahora se llama Quito Race 15k y se convirtió en otro producto costoso más. Pensé en colarme como espontáneo para la edición de este año, pero es probable que sin chip no pueda ingresar al césped del Atahualpa.

jueves, 28 de mayo de 2026

MMVIII

 El 31 de diciembre de 1997, en mi última nota del diario personal que llevé hasta poco después de cumplir dieciséis años, escribí que la fecha ideal de mi muerte sería el 21 de febrero de 2008. Había escogido esa día, primero, por emular erróneamente la edad del deceso de Kurt Cobain, quien decidió irse de este mundo a los 27 años —tendría que haberme ido diez meses más tarde para coincidir en la edad—. El otro motivo, algo burdo, es que la fecha coincidía parcialmente con el álbum En Directo de Obús, registrado el 21 de febrero de 1987. 

    Mis quince años fueron de transición juvenil: empecé el segundo trimestre de cuarto curso, que se me hizo difícil, como seguramente a tantos otros estudiantes: me quedé por primera vez a supletorios, tuve que rendir Biología en segunda oportunidad en septiembre, luego decidí escoger Ciencias Sociales para quinto —aunque asistía al club de Periodismo, mi plan era estudiar Derecho en la Universidad Central—, y me topé con el grupo más variopinto y hostil que se podría encontrar en el colegio. Sin embargo no todo fue malo; me reencontré también con algunos compañeros de primero, segundo, tercero y cuarto curso, a quienes cada año nos sorteaban por azar, como pelotas de Bingo, en algún experimento antropológico.

    Uno de los chicos con quien me reencontré fue José Luis, mejor conocido como Negro. Fuimos compañeros en segundo curso, entre el 94 y el 95, y también fue compañero de mi hermano menor en el club de taekwondo del colegio en ese período lectivo. En quinto curso, nos descubrimos mutuamente como aficionados al rock: yo un poco más a los grupos heavy y punk y él al death, thrash, doom y black metal. No éramos los mejores amigos de la clase, pero al menos charlábamos bastante de música. Por su parte, se juntaba también con un par de tipos que abandonaron el Montúfar luego de jalarse cuarto curso, la cernidera de gente. Uno de ellos —mi tocayo, para colmo—, había sido mi compañero también en segundo y tercer curso, y siempre que pudo aprovechó para hacerme quedar como un ignorante del metal, chantándome sus CD originales. 

    En una ocasión coincidimos en un evento de death metal en Chimbacalle: se presentaron Kassiel, Kibalión, Muerte, Fear y cerraba el cartel Ente. Fue la primera vez que participé de un mosh; por alguna razón, el José Luis asistió sin el David. Durante Kibalión ingresé al remolino humano, de manera cauta; salí sin ningún rasguño. Luego me colé en alguna que otra canción, hasta que fue el turno de Ente. Mi suerte llegó hasta ahí; un codazo me hizo ver luces blancas en el horizonte. No lo quise creer, pero el codazo me lo había dado el Negro.

    En sexto curso, acordamos intercambiar música: él me prestaría un casete de la banda colombiana Apolion´s Genocide y yo le daría un disco vinilo de siete pulgadas de Total Death. Luego de la última hora de clases de ese día, decidí sacar la cinta para curiosear el cancionero. El demotape ya no estaba. Era consciente de que la mayoría de mis compañeros me detestaban, pero no al punto de robarme un casete. Luego de echar a la culpa a dos que tres, todos coincidieron en decirme que les caía mal, y que por ende nunca escucharían lo que yo. Concluí que nadie diría jamás «yo fui» y me resigné a buscar una nueva cinta.

    No recuerdo ya en qué momento, pero al día siguiente el José Luis me confesó que había sido él mismo quien se llevó al casete; se justificó más o menos diciendo que me prestaría en breve un trabajo de otra banda. No comprendí porque había hecho eso; lo encontré bastante despreciable. Pensé por un momento que tal vez fue un ardid para quedarse con mi vinilo de Total Death. También pensé que pudo ser porque tuvimos una amiga en común, Lucía, a quien conocí en la premilitar y en cambio él en algún ensayo con sus amigos. Si me lo pedía de buen modo quizás hasta le hubiera obsequiado el álbum, después de todo, el tocadiscos de mi casa ya no andaba bien y temía rayar mi EP. De todos modos, tampoco me devolvió el disco. A partir de ese día me junté un poco menos con él; un año lectivo atrás, otro compañero, que fue el único que se jaló de todo Quinto Sociales, ya me había choreado un CD del álbum Pulse de Pink Floyd, y no estaba dispuesto a hacerme mala sangre de nuevo.

    Unos años después, volví a encontrar al Negro trabajando en un almacén de la calle Chile, cerca del Municipio de Quito; lucía más gordo e igual que yo, se había dejado el cabello largo. No le saludé en esa ocasión, pero sí meses más tarde, en la edición 2006 del Festival de la Concha Acústica de la Villa Flora. Me contó que se había retirado de Derecho y cambiado a una universidad privada para estudiar producción audiovisual, y que se había unido a una banda de black metal, Naagrum. Yo en cambio empecé a formar parte de una revista, y le regalé un ejemplar. 

    Para entonces casi me había olvidado del disco de Total Death y de mi promesa de morir en febrero de 2008, año en que en un programa de radio que solía escuchar los domingos, Historias del Lado Oculto, habían anunciado el «Ultratumba Fest», un concierto de gótico en el que participaría Lamento, proyecto musical de Amable Mejía, un músico ambateño al que admiraba por su trabajo en CRY. También se presentarían Zelestial, Hempírika y otras bandas. Mi plan era ir con mi amigo el Andrés, quien quedó en confirmarme días después, ya que posiblemente tendría una actividad. 

    Dos o tres días antes del 19 de abril, había juntado por fin la plata para las entradas, que adquiriría en el Underground Music Shop, que quedaba detrás del Seguro Social. Antes de eso, debí ir a pagar de unas boletas de luz en el centro histórico. Cumplido el trámite, descendí por la calle Guayaquil, cuando en eso, me topé con Adriana, un exvacile con quien nunca terminamos, sino que solo dejamos de vernos. Por alguna razón, insistió en invitarme un café. Una vez allí, luego de conversar de alguno que otro asunto, me propuso comprarle unas entradas para una rifa o peña solidaria. Cada boleto, si no estoy mal, estaba a 5 dólares, y debía comprarle dos. Al principio me negué rotundamente, ya que esa plata sería para mi boleto al Ultratumba. Sin embargo, ella insistió, y tras decirme que eran para apoyar la cirugía de un niño, finalmente me convenció. Ya conseguiría luego más dinero para el evento que se haría en la discoteca Factory; sin embargo, esa misma noche el Andrés me escribió para decirme que siempre no podría ir al concierto, ya que ese sábado tendría una actividad de integración con unos amigos suyos y de su hermano en el Palacio de Cristal de Itchimbía.

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Me enteré del incendio un poco por casualidad, tras prender la radio y sintonizar la 99.3 FM; el siniestro había iniciado en la tarde, tras el encendido de una bengala durante el show de Vendimia. Para varias personas resultó imposible escapar del lugar debido a que las puertas de emergencia de la discoteca Factory estaban cerradas. De pronto, el locutor empezó a leer la primera lista de fallecidos difundida por el Cuerpo de Bomberos: A, B, C... J.L. Casi de inmediato descarté que se tratara de un homónimo. Poco después, una imagen de prensa terminó de confirmarme que era él.

    No pretendo atar cabos, pero debería suponer que mi encuentro con la Adri pudo haberme salvado la vida; alguna vez, años después, le escribí un mensaje a Facebook comentando la anécdota, pero no volvió a responderme. En Caricato de mayo de 2008 dediqué un dibujo al Negro, tocando el instrumento que más le gustaba: la batería. Alguna vez recordé lo mala onda que había sido al quedarse con mi disco de Total Death, de quitarme el casete que me había prestado y del codazo en el mosh durante la presentación de Ente; hoy, hubiese preferido que se quede con todos mis discos y cintas en vez de que le sucediera eso. Tiempo después, en que por curiosidad decidí hojear mi diario de 1997, volví a recordar que me había propuesto morir unos días antes que mi amigo, y que felizmente no me había salido con la mía, aunque me pregunté también si la muerte se cobra de algún modo las promesas.

    Durante algún recreo en el colegio, el José Luis me había contado que soñó que Metallica se presentaría en el Estadio del Aucas.        

miércoles, 27 de mayo de 2026

Mi primera chamba

Por acá y en Colombia le decimos todavía camello. En Chile le dicen pega, en Argentina laburo, en España curro. En México y Perú le dicen chamba. La glocalización del dialecto mexicano, al que estamos tan acostumbrados por el doblaje de Dragon Ball y Los Simpson, además del tema musical adaptado con inteligencia artificial y viralizado en internet, «Mi primera chamba», está haciendo que los centennials le digan chamba también.

    A mis 19 o 20 años, una casualidad hizo que me reencontrara con Graciela, una chica a quien le gustaba en el colegio, y de quién guardo aún una pequeña tarjeta con la letra de «Patience» de Guns N´ Roses escrita a mano. Me encontraba en cierto lapso incómodo de mi vida: me había retirado de la universidad porque la carrera que había elegido no resultó ser lo que esperaba, y mientras reflexionaba sobre qué mismo estudiar para no volver a meter la pata, decidí buscar empleo. Mi madre dice que trabajó por primera vez a los diez años, cuando escapó de casa de la ogra de mi abuela en Guaranda y se hizo tomar de empleada infantil en un restaurante en Quito; siempre que veíamos un camión de Pílsener se jactaba de haber cargado con su cuerpo de niña aquellas jabas, cuando sus jefes la enviaban a vender cerveza en la Plaza de Toros. Mi padrastro, hombre de campo, trabajó también desde pequeño, acompañando por las madrugadas a sus hermanos a llevar las vacas al potrero y a cultivar y cosechar el fréjol. Tuve la suerte para unos —y la maldición para otros— de no tener que trabajar desde niño; lo más cercano tal vez fue cuando tuvimos una tienda y a mis diez u once años a veces me encargaban el negocio, que probablemente quebró por robarme tantas golosinas.

    Ni la Chela ni yo éramos ya esos adolescentes de los noventa, que solían verse cada sábado en el intercolegial de Periodismo. Ella llevaba blusa y traje oscuro. Me preguntó qué había sido de mi vida; le dije que ya era padre y que dentro de nada me convertiría en abuelo. Luego de cagarnos de risa, le dije, al puro estilo de comedia gringa, que «estaba evaluando opciones».

     —En el sitio donde trabajo te puedo ayudar, si quieres— propuso, agradable y empoderada a la vez.

    —¿En qué estás camellando?

    —Trabajo para una funeraria. 

    —¿Maquillas a los muertos? —no sé por qué me acordé de aquella película, Babycakes, conocida acá como «Caramelos».

    —Estúpido, ¿me estás diciendo gorda? ¡Claro que vi esa película que te estás imaginando! —respondió en seguida. —Nah, ¡es joda! No maquillo a los muertos, vendo paquetes funerarios.

    —¿Y cómo haces eso?

    —En nuestro caso, nos acercamos a la morgue de la Policía y respetuosamente les proponemos a los deudos nuestros servicios. Obviamente debes hallar el tono para hablarles. Haces citas con ellos, y si aceptan alguno de los planes, bingo. ¿Te gustaría intentar?

    Luego de darle mi número de celular, que en ese entonces era todavía algo novedoso, le di vueltas al asunto. «¡Bah, solo son muertos! ¡Lo peor que podría pasarme es que me digan que no y ya!»

    Al día siguiente, la Chela me dio la dirección de la oficina y bodega de la funeraria. Me recibió una señora, ella sí rechoncha y nada sonriente.

    —Me dijo Graciela que está interesado, precisamente buscamos a otro agente. ¿Ya ha tenido experiencia como vendedor?

    —Sí, trabajé para una tienda —mentí sereno.

    —Y dígame algo, ¿tal vez tiene licencia de conducir? Puede que alguna vez necesitemos llevar una carroza.

En ese instante traté de decir alguna otra mentira, que evidentemente no podría sostener.

    —Disculpe, señora, aún no he aprendido a manejar.

    —Está bien —respondió afablemente—. El agente anterior nos dijo que sí sabía manejar y resultó que no podía. Bienvenido sea, entonces. Venga mañana para la inducción y a continuación a la morgue.

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Mientras iba en el bus de camino a casa, me sentí perturbado. Había conseguido camello, por primera vez. Ganaría mi propia plata; tal vez me vendrían bien unos zapatos nuevos. Mi padrastro me contó que luego de cobrar su primer sueldo acá en Quito, fue lo primero que se compró. Nah, mejor gastaré esos dólares en otra cosa. Podría comprar una guitarra eléctrica; la gente decía (y dice todavía) que un objetivo a corto o mediano plazo siempre es el mejor incentivo para trabajar. Claro, ¡qué mejor incentivo que impedir que tus hijos mueran de hambre! Pero no tenía hijos entonces; aún faltaba mucho para eso. 

    Al día siguiente, ni bien llegado, la dueña me pegó mi primera puteada.

   —Qué, ¿Graciela no le dijo nada? —no entendí a qué se refería; según yo había arribado puntual.

   —Son ocho en punto, ¿cuál es el problema?

   —Tenía que venir con terno. No puede presentarse así en la morgue.

    Tampoco estaba mal vestido; tenía una camiseta blanca polo, un jean azul y zapatillas oscuras. Ese día hacía además un solazo maldito; no comprendía cómo esperaba la señora que esté de traje. 

    —Bueno, bueno…, recuerde mañana venir al menos con una camisa y corbata, pero tampoco venga como cobrador de bus.   

    Luego de darme las instrucciones, me dirigí a buscar mi primera venta. Ese día, la morgue de la Policía lucía cual vitrina de trofeos internacionales del Barcelona Sporting Club. Extrañamente, nadie parecía haberse muerto en aquella jornada.

    Al día siguiente, llegué con el terno que me hicieron confeccionar un año atrás para caballero de la boda de mi primo. La jefa me dijo que lucía mucho mejor, y que seguro ese día sí lograría una venta.  «¡Ni que la muerte dependiera de mi ropa!» pensé casi en voz alta.

    En esta ocasión sí me encontré con una ambulancia legal. Casi en seguida llegaron varias personas a la morgue, que no lucían muy bien encaradas. Por un momento pensé que viéndome vestido así, alguna de ellas me robaría. Después llegó otro grupo de personas, de aspecto más amable. Decidí entrar en acción.

    —Buenos días, señores. ¿Tal vez son parientes del fallecido que acaba de ingresar?

    Nadie contestó, como me sucedería años después, en mi primera cobertura como periodista, cuando el diario me encargó obtener testimonios en el sitio de un accidente de tránsito.

    Empezó a llegar más gente. Los nervios me ganaban. Decidí quitarme la leva, que empezó a pesar una tonelada. Esa mañana olvidé ponerme bloqueador solar; el sol, el sudor y la ansiedad me pusieron como un chicle.

    —Buen día. ¿Son parientes tal vez del fallecido? —insistí con otro corillo.

    —Sí, somos primos de la señora —respondió un hombre, de gafas oscuras. ¿Necesita algo? 

    —Lamentamos su pérdida. Mi nombre es D…, y represento a la funeraria X. Comprendo que es un momento delicado, pero que precisará de apoyo exequial para el servicio de velatorio y sepelio. 

    —Me parece que debería hablar con el viudo de la doña o alguno de sus hijos —continuó respetuosamente el de las gafas—. Creo que ingresó con al agente de Judicial. Tal vez si le espera un rato.

    Luego de agradecer al sujeto, me acomodé a esperar. En ese instante llegó otro tipo de traje, junto a una señora muy elegante. Supuse de inmediato que serían la competencia. Sin embargo, no se quedaron por mucho. Media hora y algo después, el señor de las gafas me indicó que el viudo salía de la morgue. Era mi momento.

    —Buen día, señor, lamento su pérdida. Me presento, soy D…, agente de la…

    —¡Lárguense de aquí, mercaderes de la muerte! ¡Ya gestionamos esto además con el Seguro!

    La respuesta del hombre me dejó con un nudo en la garganta, que en algún momento me hizo creer que me haría llorar. Y tan aturdido estaba en mis pensamientos, que tardé bastante en enterarme que la señora había muerto de un infarto, tras un asalto. Me di cuenta luego que las personas mal encaradas que vi primero, eran familiares de un preso al que habían acuchillado en el penal García Moreno, cuando ya me repuse e intenté venderles el servicio también, mismo que rechazaron con un parco Dios le pague.

    Al día siguiente no regresé a la funeraria. La Chela me llamó al celu tres o cuatro veces. Me dejó incluso un mensaje de voz que preferí no escuchar. Luego, bloqueé su número telefónico y no volvimos a vernos nunca más. Había fracasado en “mi primera chamba”. 





domingo, 24 de mayo de 2026

La juguería

Nunca fui bueno trabajando. Tampoco es que fuese un vago. O, ¿lo era? A los treinta y tantos me pasó algo que tal vez le pudo ocurrir a cualquiera.

    A un año de iniciada la pandemia mundial por coronavirus, la situación era tan o más complicada que ahora. Las medidas de bioseguridad obligaron a muchas restricciones, con varios efectos colaterales, entre ellos, el cierre de varios negocios. El preuniversitario donde trabajaba no fue la excepción, luego de intentar infructuosamente llevar las clases en modalidad virtual, que los pocos estudiantes que quedaban consideraron inútil. Antes de aquella crisis, mi esposa también llevaba dos años sin trabajar, desde que fue empujada a renunciar.

    Mi madre que vivía aún en el extranjero decidió apoyarnos. Uno de sus sueños frustrados, según me contó alguna vez, fue poner una cafetería. Sin preguntarme mucho, decidió que aprovecháramos un local desocupado de la casa, que pasó de ser panadería, bar, karaoke, sucursal de tintorería, distribuidora de bolos helados y museo de caricaturas a sastrería. El maestro tuvo su negocio allí durante seis o siete años, y vivía con un pequeño perro; sin embargo, desde antes de la pandemia ya tenía dificultades para pagar el arriendo a tiempo, y finalmente, en aquel «veinte-veinte» no pudo más. 

    Tras varios meses de cierre, y con el aporte económico de mi madre, mi pareja y yo decidimos poner una juguería en el local. Luego de buscar el exprimidor de metal, el extractor eléctrico, vasos, un cooler, un dispensador, una pequeña caja móvil de aluminio y vidrio y un microondas, que compramos en su mayoría cerca del Ipiales —donde estaban más baratos—, y de dejar pendiente la compra de un pequeño refrigerador que estaba más caro, nos lanzamos a reabrir el local, dejando un detalle pendiente: el nombre que le pondríamos a nuestro emprendimiento.

    Mi vocación frustrada de corresponsal de guerra y curiosidad por los libros de Historia me sugirió el nombre «Jugoslavia», que años después le parecería genial a mi cuñado, pero que en ese momento mi esposa detestó. «El jugo de La Alameda» se nos hizo un nombre muy genérico y ñoño, así como otras opciones que ya he olvidado. Finalmente hallamos uno que encontramos simpático: juguería «El Arupo». Sin embargo, una pequeña incursión en Facebook e Instagram nos hizo descubrir que ya había más de un local llamado así en Quito. Un tanto tristes, pues el nombre habría sido fantástico, decidimos, fastidiados ya, llamar «Jugos y Punto» al negocio, en vista que además no teníamos otra cosa que ofrecer. 

    Me sentía bastante ahuevado. Mi esposa tenía experiencia en restaurantes: antes de su último empleo en el banco había hecho de mesera, asistente de cocina, cajera y posillera. Yo solo había sido hasta entonces el lavaplatos oficial de la casa. Decidimos abrir la juguería un domingo de febrero que coincidió con las elecciones presidenciales de 2021; era la ocasión perfecta, pues, habría gente en la calle. Me levanté a las seis de la mañana a comprar naranjas y zanahorias; eran los jugos más pedidos, al menos en nuestro barrio. También nos hicimos de alcohol y mascarillas, ya que regía todavía el distanciamiento social. A las nueve o diez de la mañana nadie ingresaba aún a nuestro Jugos y Punto; fue entonces que mi esposa decidió jugársela y llevar el dispensador cerca de la escuela que hacía de recinto electoral. Luego de torear a un policía que nos prohibió vender en la fila de espera, vendimos nuestros primeros vasos.

    Regresamos al local para hacer más naranjada e intentar volver a la fila; sin embargo, al volver a la escuela las personas habían desaparecido. De vuelta en el local, a eso de las doce recibimos por fin a nuestro primer cliente. Era un oficial de Policía, y nos pidió uno de naranja. Fue entonces que sucedió la tragedia: un cabello de mi esposa se coló en el vaso. Avergonzado (mi esposa había subido a la casa para hacer el almuerzo), me disculpé con el chapa y le obsequié otro vaso gratis. Me pagó un dólar. Tras el pequeño incidente, nadie más ingresó en el negocio.

    Al día siguiente, lunes, ningún cliente ingresó al local. Tuvimos abierta la juguera hasta la una de la tarde. Nos habíamos bajado la radio, que fue nuestra única compañía. A la hora del almuerzo bebimos bastante naranjada. El martes, un vecino de la calle, que manejaba un negocio de suministros offset cuya mejor época ya era un recuerdo, nos compró dos zumos de naranja. A continuación vino otro vecino que siempre andaba en muletas, que trabajaba para un local que alquilaba sillas plegables. Los dos se convirtieron en nuestros clientes más frecuentes durante aquellos días. Al ver que el negocio no atraía, mi mujer decidió que debíamos ampliar nuestra oferta. Fue entonces que empezamos a ofrecer sánduches con queso, jamón y pan cortado, que ofrecíamos en combo con un vaso de jugo del día a un dólar con cincuenta. Alguno que otro vecino nos hizo el gasto. Un día, una señora me preguntó si le podía prestar el baño, que quedaba fuera del local en un patio exterior. Agradecida, me compró dos sánduches y dos jugos de zanahoria. Fuera de eso, el local volvió a pasar vacío, salvo cuando venía el señor de Sumigráficas o el hombre de las sillas.

    Debido a que nos quedamos sin plata para insumos, decidimos hacer una pausa de unos días, hasta la segunda vuelta electoral que se celebraría el 11 de abril. Aprovechamos además para darle un poco de color al local, pues tanto blanco lo hacía parecer una bóveda de cementerio. Llegado el siguiente domingo, en que elegiríamos al sucesor del cuántico Lenin Moreno, vendimos cuatro jugos durante todo el día. Quisimos repetir la estrategia de acercarnos con el recipiente a la fila, pero esta vez nos lo prohibieron de una. Los siguientes días se repitió la rutina: aparte del señor de los repuestos de imprenta y el hombre de la silla que creo nos hacía el gasto más por pena, y un tipo que un día apareció merodeando por ahí y que se encaró con mi esposa, el Jugos y Punto finalmente pasmó su mecha.

    Cerramos definitivamente a mediados de mayo. Mi madre, que volvió a finales de ese año al país, concluyó que el sitio no logró rentabilidad debido a nuestra posible ineptitud y vergüenza para hacer publicidad. Mi esposa se solía parar a la puerta del local a gritar «¡jugos y sánduches, jugos y sánduches!». Por mi parte hice algunos posts en redes sociales. Fue entonces que mi madre propuso convertir el lugar en una cafetería: se compró tres mesas con sus bancas, la refri que nunca pudimos adquirir, otra licuadora, una estufa y a una prima que es diseñadora gráfica le encargó hacer unas volantes con un menú que jamás cocinaríamos, pues, tras acusar a mi esposa de ser una vaga, y de contagiarnos finalmente de coronavirus en enero del 2022, mi madre, que le tenía pavor a la Covid por la cantidad de ancianos que se llevó en Europa, decidió alejarse por precaución de nosotros y regresar a su otro hogar. Mi esposa también consiguió otro empleo en un call center tiempo después.

    Hace meses, mi hermano, que creció con mi madre y se formó como cocinero, se abrió una pequeña pizzería donde fue alguna vez nuestro Jugos y Punto. Estuve con él cuando hizo su primera venta a un grupo de estudiantes de Medicina, que ya no tuvieron que ingresar con mascarillas y que probablemente solo recuerdan la pandemia como un evento anecdótico. Ha tenido también sus días y días, y la pizza no está mal; seguro sabe lo que hace.

jueves, 21 de mayo de 2026

Hotel

En un episodio de Los Años Maravillosos, escuché una frase que siempre me dejó pensando: «no eres dueño de nada, excepto de tu corazón y tus temores». A veces, cuando digo «mi casa», olvido que es la casa de mis padres y de mis hermanos. Así, simplemente, no se puede estar en privado.

    En una ocasión, durante un inicio de año, decidí salir de la ciudad, hacía cualquier lugar, para estar solo. Tomé un bus en el entonces aún flamante nuevo Terminal Terrestre de Quito y me trasladé a Ambato. Me alojé en el Hotel Amazonas, establecimiento nada lujoso pero confortable, ubicado en la avenida Bolivariana, por donde salen los buses a Baños y al Puyo. De haber tenido más plata habría ido hasta Baños. Sin embargo, era lo que había. Tomé mi llave, me di una ducha y me puse a mirar Superman Returns —según la crítica, la peor del Hombre de Acero—, y me quedé dormido. Al despertar, decidí salir un rato a la ciudad, que todavía hedía a ceniza y petardos de años viejos. Tras comer de merienda un pastelillo con leche, y poner en el cable un canal de dibujos animados antiguos, me dormí sin pensar en el mañana.

    Varios años después, un romance me llevó esta vez a un motel. La idea había sido de Vivi, con quien tenía una relación indefinida, pues andábamos quizás en un punto intermedio entre vacile y noviazgo. La noche se pintaba perfecta; imaginé por un momento que haríamos el amor ni qué estrellas de porno. Nada más lejos de la realidad. Además de no tirar como los dioses ni poder dormir, el jacuzzi jamás funcionó. Para rematar, al día siguiente pasamos por una farmacia y me recomendó tomarme no sé qué pastillas, en caso de haber pescado alguna infección.

    En otra ocasión, luego de mi frustrado intento emular a Rocco Siffredi, debí dirigirme a la provincia de Bolívar a rendir un examen para ingresar como servidor público en el Municipio del cantón Chimbo. Puesto que esa ciudad quedaba a más de cinco horas de Quito, decidí por precaución viajar el día anterior hasta Guaranda y pasar la noche en un hotel. Como andaba con las justas de plata, busqué un sitio barato, con la esperanza de que no fuese un cuchitril. Que la dueña se opusiera a que el empleado me mostrara antes la habitación, ya debió encender mi alarma: esta tenía una ventana del tamaño de un plato de comida, las cobijas parecían sucias y en el cuarto adjunto, unos tipos de la Costa no paraban de hablar ni qué merienda de negros. Intenté quejarme, pero la hosca dueña jamás me paró bola. De haber tenido más plata habría ido a otro lugar. Para colmo, había olvidado empacar piyama y tuve que dormir con el jean que traía puesto. Al día siguiente, con cara de mal chuchaqui, me presenté al examen que días después me enteraría que empató con la segunda mejor nota, pues la primera, sospechosamente, la obtuvo un tipo que ya trabajaba en ese Municipio, en una plaza de comunicador social pese a ser diseñador gráfico, obteniendo perfecto además en la evaluación psicológica.

    Hay quienes dicen a veces, con mucha soberbia, que preferirían dormir bajo un puente que estar en ciertos lugares. Hay dos sitios en los que preferiría no dormir jamás: las calles y la cárcel. Me pregunto si quienes viven en situación de calle realmente llegaron a acostumbrarse a esa vida. Me pregunto si existen personas que viven cada semana de motel en motel. Qué difícil debe ser trabajar en un hotel u hostal y tener que vigilar el sueño de los demás. Kevin Arnold tenía razón: no somos dueños de nada, excepto de nuestro corazón y temores.

viernes, 15 de mayo de 2026

Yumi

Aquel semestre hubo muchos cambios en casa, la casa que ayudaba a administrar a mi mamá, quien vivía aún en el extranjero con mi padrastro y mi hermano menor. Por acá, mis hermanos mayores hacía tiempo que se habían mudado: Hernán llevaba tres años de casado, viviendo en el Valle en una casa que se construyó a medias con su esposa, e Israel había iniciado su internado rotativo en un hospital de Ibarra. 

    De mi lado, había pasado un año ya desde que mi novia, Fernanda, terminó conmigo. Mi obsesión, despecho o terquedad fue tan grande, que decidí salirme de la facultad, con tal de no volver a verla. Pésima decisión. No solo puse en suspenso mi carrera, que tal vez nunca llegaría a ejercer, debido a que ya tenía tercera matrícula en dos materias, sino que ni siquiera podía encontrar empleo. Así y todo, no me quedó de otra que ahondar en mi responsabilidad de hacer de guardián de la casa, ahora que mis ñaños no vivirían más en ella, al menos por un tiempo.

    Además de limpiar las áreas comunes de la casa como pasillos, gradas, terraza y garaje y de llamar al plomero o electricista si se averiaba algo, debía ocuparme de cobrar los arriendos y pagar las cuentas de agua y luz, que debía dividir entre los inquilinos. A veces debí hacer también de Don Barriga, cuando alguna persona «no tenía para la renta». 

    Por esos días vivía en un cuarto del segundo piso una chica cuyo nombre ya he olvidado. Era de Morona Santiago, y vino a Quito, según ella, para estudiar en una extensión de la Universidad Ecológica Amazónica, uno de los centros de educación superior cerrados luego por la Revolución Ciudadana. Por aquel entonces, enconado todavía por mi ruptura que no podía superar, no tenía ojos para otras mujeres. Yumi, como he decidido llamar a la muchacha para disculparme por mi falta de memoria, al decir verdad, no estaba tan mal. Nada más eso. 

    En una ocasión, Yumi se atrasó del arriendo por dos meses. Cuando era pequeño y vivía con mi mamá, antes de comprar esta casa, fuimos inquilinos también. Llegué a vivir en todos los sectores de Quito: en el Sur, cerca de El Camal; en el Norte, en un departamento cerca del Quito Tenis, donde me contó mamá alguna vez que entraron a robarnos —motivo por el que no conservo ninguna foto de cuando tenía menos de cinco años—; y finalmente acá, en el centro, primero en San Juan, luego en El Dorado y ahora por acá. Por esa razón, sin tanto ánimo de ser empático tampoco, es que si alguien se atrasaba optaba por ser paciente y esperar, por último, a que la vecina o el vecino hablara conmigo. Varios años después, por esperar demasiado, uno de ellos se fue debiendo casi siete meses de arriendo; otro, que vivía con un pequeño perro, se fue debiendo ocho. A partir de eso, luego del respectivo regaño de mi madre por mi ineptitud, nunca más volví a permitir que alguien llegara los tres meses de deuda que establece la Ley de Inquilinato para proceder al desalojo.

    Antes de esa penosa lección, sin embargo, me había encontrado en la puerta de calle con Yumi, a quién le pregunté si ya tenía lo del arriendo y me respondió que le disculpara, que ya le enviarían el dinero dentro de dos días. Tres días después, Yumi no hizo el pago. A los cinco días, se acercó a la puerta de mi departamento.

    —Buenas tardes, vecina.    

    —Buenas tardes.

    —¿Me va a pagar del arriendo, verdad? —casi no me dejó terminar de hablar cuando respondió:      

    —Vecino... ¿Acaso no le gusto?

    —¿Perdón?

    —¿No le gusto, vecino?

    Me quedé un poco frío. Había visto en sketches cómicos y en telenovelas cómo a veces las personas se cobraban las cuentas o deudas en especie, pero no creí que llegara a ocurrirme. Ahora que escribo estas líneas, ya lejos del recuerdo del sentimiento por Fernanda, pienso que Yumi no estaba mal: su piel canela era como la madera de los árboles de la selva, mojada por la lluvia, y su cabello negro y lustroso era una autopista hacia la oscuridad. Me habría encantado hacerle el amor. 

    —Oh, veci… La verdad es que sí me parece muy bonita.

    Se acercó entonces y me besó.

    —Perdone, vecina, no puedo. Tengo novia y estoy muy enamorado de ella —mentí. Debió pensar que era gay o algo así.

    A continuación siguió un silencio de diez o quince segundos. Dije entonces:

    —Sabe qué, veci, hagamos una cosa… Si tiene dificultades de dinero, quiero proponerle que trabaje para mí; podría ayudarme con la limpieza de las áreas comunes de la casa, o sea, las gradas, el pasillo de su piso, la terraza y el garaje, dos veces por semana. Si lo hace, le descuento los dos meses de arriendo que me está debiendo. ¿Le parece bien?

    —Está bien, vecino. Gracias.

    Después que regresó a su cuarto, me sentí un poco aturdido. No solo había renunciado a dos meses de arriendo, sino a una esbelta chica que se me había ofrecido en bandeja de plata. Algo recobrado, analicé los pros y contras de esa decisión: de haber aceptado, no solo hubiera mandado al hoyo mi reputación, sino que pude exponerme a algún tipo de chantaje por coerción sexual. A lo mejor me terminaba gustando y lo hacíamos de nuevo, dos, tres o cuatro veces y ella terminaba embarazada… O quizás era promiscua y me exponía a una ETS o a que me chantara un guagua que no era mío, y me metía luego a su familia en la casa de mi madre… O en el mejor de los casos, solo estaba sobre pensando las cosas, y simplemente lo hubiera pasado genial, quien sabe si incluso nos enamorábamos y mandaba por fin al diablo a la Fernanda.

    Pese al alboroto en mi cabeza, concluí que hice lo correcto, y que, de paso, me había ganado una aliada en casa. Habíamos quedado en empezar con la tarea dentro de dos días, cuando le comprara desinfectante y detergente y le consiguiera otro trapeador, escoba y cepillo. No obstante, Yumi desapareció por esos días. Me comí verga de inmediato: supuse que pensó que había conseguido que le perdone del arriendo para poder largarse.

    Dos semanas después, alguien volvió a tocar la puerta. Era Yumi. Me dijo que vino por las cosas para limpiar. En esta ocasión no la encontré tan simpática. Le dije que había incumplido con su palabra y que por tanto nuestro trato quedaba deshecho. Una semana más tarde me pagó de un mes, y quince días después, cuando se cumplió el tercero, me pagó del segundo. Por esos días empezó a venir a verla un tipo, mayor que yo. Finalmente desocupó el cuarto debiendo de un mes. 

    Por esta casa, que sueño todavía con poder abandonar por un sitio propio, pese a que también ha sido mi refugio y me ha salvado de tantas crisis de desempleo y deudas, han pasado tantas historias. Tiempo después de la partida de Yumi, tuve que volver a la facu a suplicar a mis profes con quienes tenía tercera matrícula que la anularan para poder volver a inscribirme. Al siguiente semestre, Fernanda me llamó para invitarme un café y pedirme un favor. Por un instante pensé en contarle mi anécdota con Yumi, pero concluí que habría sido patético. Acepté hacerle el favor a Fernanda —como pago ofreció invitarme a un concierto alguna vez, cosa que ya nunca sucedió— y no volví a verlas ni a ella ni a la chica de la selva.

    

jueves, 7 de mayo de 2026

Krupskaya

Nos acabábamos de mudar desde Itchimbía; mamá había regresado a Italia, tras encargar a mi padrastro el trasteo hasta la nueva casa cerca de La Alameda y del cuidado de mis hermanos y mío. No hacía demasiado desde que inicié el primer curso en el colegio Montúfar, luego del paro nacional de profesores de fines del 93; se me hacía extraño que ahora me llamaran «señor» cuando todavía era un niño de doce años recién cumplidos.

    La casa que compraron mis padres, que estaría hipotecada hasta 1998, todavía estaba arrendada por personas cuyos contratos con el dueño anterior estaban vigentes, por lo que debimos ocupar una parte del primer piso, único espacio disponible entonces. Mi pa, mis dos hermanos y yo debimos compartir la misma habitación, en dos literas: toda una barraca de machos. El tercer piso, que sería nuestra morada, no estaría desocupado hasta después de nuestro verano equinoccial, en tanto que en el segundo piso habitaba una familia conformada por la vecina cuyo nombre no recuerdo, a quien solía mirar lavando ropa en el patio del segundo piso; su esposo, cuyo nombre tampoco recuerdo pero que supuestamente era operador de la ya desaparecida radio Bolívar; un perro pastor alemán llamado Dinky y finalmente los hermanos: Gianni y Dimitri, y las hermanas, Priscila y Krupskaya. Kaya era la mayor de ellos.

    Más alta que yo (tendría entonces quince años), su rostro me recordaba al de Irán Castillo, la actriz que interpretaba a Cecilia en Agujetas de Color de Rosa. Era una chica muy bonita, de nombre muy peculiar y ojos de miel con cereal, y parecía tener el carácter liviano. Priscila, menor que ella, tampoco estaba mal; tenía un novio que solía venir a verla, ataviado con la moda de esos años, con una camisa que parecía de pakistaní y un chaleco. Mi hermano mayor, apuesto pero sobre todo muy seguro de sí mismo, no tardó en desplazar al galán noventero del corazón de Priscila.

    A mi padrastro no le agradaba que fraternizáramos tanto con ellos, debido a la cuestión de arrendadores y arrendatarios; de todos modos, terminado el contrato con el dueño anterior se irían. Por supuesto, a los doce años no piensas demasiado en aquellas cosas y nos hicimos amigos de todos modos. En una ocasión nos pusimos a asar un pollo en la terraza, cuando por fin pudimos pasar a ella; seguro más de un vecino se asustó por el humo. También jugábamos páreme la manoverdad o desafío, llenábamos curiosos e intercambiábamos casetes con canciones que grabábamos de la radio —cada vez que escucho «Me haces tanto bien» de Amistades Peligrosas me acuerdo de esos días—.Ya en vacaciones, el patio de nuestra antigua escuela solía abrir para que los chicos del barrio jueguen al básquet o al fútbol, debido a que en el sector no había canchas cercanas. Cuando finalmente nos pasamos al tercer piso, la Pris y la Kaya nos pasaron café con azúcar a través de un vaso con una cuerda, desde las ventanas de nuestras cocinas.

    Desde luego, jamás tendría una oportunidad con Krupskaya. Con mi entonces cuñada, la Pris, asistían al colegio 24 de Mayo. Nunca conocí al novio de la Kaya si es que tenía alguno por esos días, y agradezco que así fuera. Me habría puesto celoso. 

    Una tarde, en que salimos a buscar sigses para hacer cometas en el potrero de Itchimbía que años después sería convertido en parque, le dije que me sentía triste. Al preguntarme por qué, le respondí que se debía a que me parecía muy linda y a que lamentaba no ser más grande para preguntarle si podría salir con ella. Luego de sonreír espero que no por burla— me respondió que no era cierto, que le parecía un niño simpático (allí comprendí que estaba lejos aún de ser un «señor» como me decían en el colegio), y que dentro de no mucho todas las chicas también empezarían a fijarse en mí. «Bah, solo dices eso para que no esté triste», le respondí con alguna lágrima. «Te lo digo de verdad. Es más, un día no te gustará solo una, sino todas las chicas», concluyó, dándome un abrazo.

    Unos días antes de empezar segundo curso, ya en octubre del 94, la Kaya y su familia desocuparon el departamento del segundo piso. Mi ñaño me contó que la Pris le contó que se mudarían a la casa de sus abuelos, pero que no sería posible que se llevaran a su perro Dinky con ellos. Sorpresivamente mi padrastro estuvo de acuerdo en que adoptemos al Dinky, pero el perro empezó a raspar la puerta de madera de ingreso a ese piso, y un día le permitió salir. Nunca más supimos de él. Supuse que mi ñaño, antes de terminar con Priscila, le habría contado.

    Una tarde, el 12 de julio de 1998, el mismo año en que nuestros padres terminaron de pagar la casa, recibimos una sorprendente visita. Eran Dimitri, Priscila y Krupskaya, quienes vinieron a ver la final del mundial de fútbol, entre Brasil y Francia. Mientras veíamos el partido, todos amontonados en la cama de mi hermano mayor, la Kaya nos contó que se había convertido en madre, y que su hijo, Yoshua, estaba ese día con el papá. 

    Ese día comprendí que aquella tarde de verano del 94, la Kaya había tenido razón: ahora me gustan todas las mujeres.

A mis hermanos